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lunes, 14 de marzo de 2016

PRENSA. "¿Hacia una era digital oscura?"

   En "El País":

¿Hacia una era digital oscura?

Buena parte de la información generada en esta era será inaccesible para las generaciones futuras por el deterioro de los datos, la obsolescencia tecnológica o las leyes del 'copyright'


Una cantidad creciente de la vida de las personas se desarrolla en la red y se guarda en enormes centros de datos como este de Google. / GOOGLE


En las pocas décadas que la humanidad lleva inmersa en la era digital ha creado datos como para llenar la memoria de tantos iPad que, apilados, casi llegarían a la Luna. El ritmo de creación de información es tal que, según un estudio de la corporación EMC y la consultora IDC, se dobla cada dos años. Para antes de que acabe la década, habrá 44 zettabytes de datos (un ZB es igual a un billón de gigabytes) y el montón de tabletas habrá ido y vuelto al satélite más de tres veces. Lo paradójico es que buena parte de esa información se perderá para las generaciones futuras.
El vicepresidente de Google y uno de los padres de internet, Vinton Cerf, alertaba en una conferencia de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia hace unos días del peligro de que lo creado por esta generación no deje apenas rastro. En la creencia de su eternidad, el homo digitalis ya no imprime fotos, las guarda en formato digital, no escribe cartas, sino que envía email, no almacena discos, sube las canciones a la nube. Una creciente parte de su vida se desarrolla en la red: juega en línea, publica selfies en Facebook y comparte sus pasiones en tuits. Pero lo digital no es tan eterno.
El deterioro de los soportes donde se almacena la información, la desaparición de los programas para interpretarla o las limitaciones impuestas por el copyright harán que, para los humanos del futuro, sea inaccesible. De hecho, ni siquiera habrá que esperar a que los arqueólogos del futuro descubran que, como decía Cerf al Financial Times, los comienzos del siglo XXI son "un agujero negro de información". Los primeros efectos de lo que los anglosajones llaman era digital oscura ya se están notando.
El caso de los disquetes ejemplifica el problema planteado por el vicepresidente de Google en toda su complejidad. Fueron el sistema de almacenamiento básico en los años 80. En ellos cabían tanto las fotos familiares como el trabajo hecho para la clase o los documentos del trabajo. La mayor parte de toda esa información ya se ha perdido. Y si aún queda algún disquete, es cuando empiezan de verdad los problemas: Habrá que encontrar una disquetera que lo lea, rezar para que los datos no se hayan corrompido por el paso del tiempo para que, probablemente, descubrir que el programa para abrir el archivo hace años que no existe.

Los disquetes de los 80 ejemplifican la complejidad y los riesgos reales de la pérdida de información
"Conservo viejos disquetes de 3,5 pulgadas que alojan archivos de texto escritos con un programa que ya no existe y que funcionaba con un Macintosh de 1986", dice el consultor tecnológico Terry Kuny. Este archivista digital canadiense fue uno de los primeros en hablar de este tiempo como una posible edad digital oscura hace ya casi 20 años. "¿Qué opciones tengo de que yo, o cualquiera, pueda acceder a esos datos hoy? Incluso si consigo una vieja disquetera, conseguir el sistema operativo y los programas no sería nada fácil en la actualidad. Y si uno no está para decirle a quien lo intente qué hay en esos discos y en qué formato está, el problema ya sería enorme", añade.
En 1997, cuando la actual era digital apenas comenzaba, cuando los ordenadores personales solo estaban al alcance de los más pudientes e internet era para una casta, cuando aún no existía Google y mucho menos Facebook o Twitter, y Microsoft dominaba el mundo con su Windows 95, Kuny, entonces asesor de la Biblioteca Nacional de Canadá dio una conferencia para la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas. Su título era premonitorio: ¿Una era digital oscura? Retos para la conservación de la información electrónica. La visión de Kuny, como la actual de Cerf, está más vigente que nunca.
"No creo que exista un riesgo de que la información de nuestro tiempo vaya a quedar inaccesible, creo que es una certeza. Ya está pasando, cada día, en todo tipo de organización, para todas las clases de datos", afirma Kuny. De hecho, cree que todo lo relacionado con la conservación digital está yendo a peor.  "Hay mucha más información nacida digital que antes y apenas hay unas pocas instituciones públicas o privadas que estén activamente implicadas en lidiar con este problema".

Enemigos de la memoria digital

El primer reto tiene que ver con la física. Cualquiera con una edad que haya intentado ver la cinta VHS con el vídeo de su boda sabe del deterioro de los soportes donde se almacenan los datos. La grabación magnética de la información ha sido la dominante en las primeras décadas de la era digital. Aún hoy, los discos duros guardan los datos jugando con la polaridad de las partículas y, por esas cosas del magnetismo, los datos acaban por perderse.
Si le pasó a la NASA, ¿por qué no iba a pasar con el vídeo de la boda? La agencia espacial estadounidense vio como buena parte de las imágenes tomadas por las sondas de la Misión Viking enviadas a Marte en los años 70 eran irrecuperables. Aunque la NASA transfirió los datos desde las cintas magnéticas originales a soportes ópticos, hasta el 20% del material no se pudo recuperar.

Solo en 2014 la industria ha cerrado los servidores para jugar en línea a 65 juegos
El caso de las sondas Viking ilustra otro de los peligros de que este tiempo se convierta en una edad digital oscura. El 80% de la información enviada desde Marte se pudo salvar, pero se guardó en un formato y con unos programas que ya no existen. Solo hace un par de años, una empresa canadiense pudo volver a extraer las imágenes. Hay formatos que parecen que van a durar toda la vida y después de ella. Es el caso de las imágenes guardadas en formato JPEG o la música en mp3. Pero ¿y si aparece un nuevo formato mejor y los anteriores caen en desuso?
Y es que confiar la preservación de los datos a la buena fe de las compañías que los crean tiene sus peligros. Como denunció el mes pasado la Fundación Fronteras Electrónicas (EFF, por sus siglas en inglés) gigantes de los juegos como Electronic Arts cierran los servidores para jugar en línea con sus títulos en apenas un año y medio si el juego no ha tenido el éxito que esperaban. Solo en 2014, la industria abandonó 65 juegos. Pero, al mismo tiempo, las leyes de copyright impiden que los jugadores mantengan sus propios servidores.
Pero el mayor riesgo de que la información de este tiempo desaparezca en el futuro está en internet. Como muestra el estudio de IDC sobre el universo digital de 2014, la mayor parte de los datos son alojados en la red. Desde los millones de selfies hasta cada minuto de vídeo subido a YouTube, pasando por los comentarios en Facebook, cada vez más, la mayor parte de la vida de una persona se encuentra en algún servidor de alguna empresa y no ya en su álbum familiar de fotografías.

El 20% de los mensajes en Twitter ya han desaparecido
Se supone que ni Google ni Facebook van a cerrar mañana. Incluso cuando cierran algún servicio, como hizo el buscador con Wave, dan un tiempo razonable para que sus usuarios se descarguen todo lo que allí tenían. Google, por ejemplo, cuenta con Takeout, un sencillo sistema para hacer una copia de todos los datos creados y alojados en sus servicios. Pero no siempre es así.
A comienzos de la década pasada, había una red social mucho más importante y conocida que Facebook. Se llamaba Friendster y en su mejor momento llegó a tener 100 millones de usuarios. Sin embargo, errores propios y la popularidad de otras alternativas, hicieron que Friendster se hundiera y, con ella, todas las historias, conversaciones, amores y momentos que compartieron sus usuarios. Hoy, la empresa languidece como plataforma de juegos en el sudeste asiático.
"Tuvimos mucha suerte de que Internet Archive reaccionara a tiempo y capturara una copia de toda la información pública en Friendster justo antes de que la desactivaran", comenta el experto en redes sociales de la de la Escuela Técnica Federal de Zúrich (ETH), el español David García. La relevancia que tienen las redes sociales en la vida de hoy, las ha convertido para los científicos sociales en herramientas fundamentales para estudiar las sociedades humanas. Solo esa copia ha servido a García y otros investigadores estudiar fenómenos sociales que afectan a la privacidad, por ejemplo.
Uno de esos investigadores sociales es Alan Mislove, de la Universidad Northeastern (EE UU). Mislove ha estudiado a fondo Twitter. En un artículo publicado el año pasado, comprobó que casi el 20% de los tuits publicados en esta red social se habían esfumado. "Es difícil proyectar que pasará con los tuits perdidos en el futuro", aclara. Para Mislove, "los datos de sitios como Twitter y Facebook ofrecen a los investigadores una capacidad sin precedentes para estudiar la sociedad a una escala y granularidad que simplemente eran imposibles antes".

Luces contra la edad digital oscura

Si existen tantos riesgos, ¿qué se está haciendo para afrontarlos? Las soluciones son tanto tecnológicas como organizativas y hasta legislativas. Lo más urgente parece ser el problema de la longevidad de los datos, cómo conservarlos para los que vengan después.
Las tecnologías de almacenamiento no han variado mucho en todo este tiempo. O se graba la información en soportes magnéticos o, con la ayuda del láser, en discos ópticos. Aunque pudiera parecer que el DVD o el Blu-ray son las mejores alternativas, el futuro seguirá siendo magnético.


En IBM Research, Mark Lantz y su equipo trabajan en cintas magnéticas para la preservación de los datos a largo plazo. / IBM
"La primavera pasada, IBM y FUJIFILM lograron una densidad de almacenamiento sobre cinta de 85,9 gigabytes por pulgada cuadrada lo que permitiría una capacidad de 154 terabytes [un terabyte son 1.000 gigabytes] en un cartucho que cabe en la palma de la mano. Eso es el texto de 154 millones de libros", recuerda el responsable de tecnologías avanzadas de cinta de IBM Research, Mark Lantz.
Quizá por eso de que IBM es la única empresa tecnológica con más de un siglo de vida, saben de la importancia de la preservación de los datos. Para Lantz, la cinta magnética no está muerta ni muchos menos. "En nuestro laboratorio de Zúrich estamos trabajando sobre una tecnología de cinta para la preservación de los datos a largo plazo", asegura. Con el mantenimiento y conservación adecuados, la grabación en soportes magnéticos mantiene la información intacta durante décadas.
Otra cuestión es la de poder reproducirlos con el paso del tiempo. Ese es el mayor temor que expresó Vinton Cerf en su conferencia. Sin las herramientas adecuadas que den contexto a los datos, aunque se conservaran, estos serían ilegibles. Cerf mencionó como solución un proyecto en el que también participa IBM. El gigante informático, junto a la universidad Carnegie Mellon tiene en marcha el proyecto Olive. Su objetivo es crear una especie de imágenes que incluyan todo, los datos del archivo, el programa con el que se creó y hasta el código. Por medio de máquinas virtuales, el contenido se podría ejecutar en cualquier sistema que apareciera en el futuro.
A iniciativas como esta ayudaría lo que está pidiendo la EFF a las autoridades de EE UU: que en la legislación sobre copyright se incluya una excepción que obligue a las empresas que crearon un programa o un juego a liberar su código cuando lo abandonen o, al menos, permitir su obtención mediante ingeniería inversa.

"Todos nosotros debemos convertirnos en nuestros propios bibliotecarios", dice el archivista digital Terry Kuny 
Pero el mayor reto es conservar toda la información acumulada en algo tan grande y dinámico como es la web. Internet Archive es el mayor intento que hay para conservar la memoria de la red. Los robots de esta organización rastrean periódicamente la web haciendo copias de las páginas que encuentra y las van guardando. Así, si alguna página desaparece, siempre habrá la posibilidad de recordar como fue.
En España, la Biblioteca Nacional ha venido haciendo lo mismo con la ayuda de Internet Archive desde hace años. Pero el año pasado fue el primero que, con su propio robot, empezaron a escanear la red española. Ya han copiado 140 terabytes entre recursos, páginas web, blogs... Sin embargo, La BNE está a la espera de la aprobación de un reglamento sobre el depósito legal de publicaciones electrónicas que le permita conservar todo lo que la tecnología permita de la internet en español.
Pero evitar que esta sea una edad digital oscura es cosa de cada uno. "Todos nosotros debemos convertirnos en nuestros propios bibliotecarios. Cada uno deber ser el responsable de su vida digital. No podremos salvarlo todo y las cosas que decidamos salvar, deberemos hacerlo con cuidado", alerta Terry Kuny, el mismo que ya lo hacía hace 20 años, mucho antes que Vinton Cerf.

jueves, 18 de febrero de 2016

ENTREVISTA a Julia Cagé, economista

   En "El País":

Julia Cagé: “La información es un bien público”

La economista francesa, autora del ensayo 'Salvar los medios de comunicación', defiende un modelo innovador para la prensa tradicional

Julia Cagé.
Julia Cagé.
Economista especializada en medios de comunicación, Julia Cagé (Metz, Francia, 1984) es profesora del Instituto de Estudios Políticos de París y doctora por la Universidad de Harvard. En estos tiempos convulsos para la prensa tradicional, Cagé expone en su ensayo Salvar los medios de comunicación (Anagrama) las claves de un modelo económico alternativo que debería permitir su supervivencia, y que no pasa necesariamente por abandonar el papel. Thomas Piketty, economista estrella –y marido de Cagé–, afirma en el prólogo del libro que sus teorías invitan “a repensar la noción de propiedad privada y la posibilidad de una superación democrática del capitalismo”.
P. ¿Llegaremos a vivir algún día en un mundo sin medios de comunicación?
R. Siempre habrá plataformas dedicadas al entretenimiento, pero no necesariamente a la información. Lo que me da miedo es terminar viviendo en un mundo en el que no haya un mínimo de contenidos sobre lo que sucede en el mundo o en el que nadie investigue sobre nuestros políticos. Seguramente nunca lleguemos a ese extremo, pero sí tendemos cada vez más a eso. Nunca ha habido tantos medios de comunicación, pero tampoco han sido nunca tan frágiles como ahora.
P. Pese a todo, en su libro se opone al fatalismo. Recuerda que, con cada innovación tecnológica, se ha producido una crisis que los medios siempre han superado.
R. La prensa sobrevivió a la radio y a la televisión. La caída de la publicidad en los periódicos no es un fenómeno tan reciente como solemos creer. En realidad, comienza a partir de los años 50, cuando empieza a emitirse publicidad en la televisión. Incluso antes, los periódicos se negaban a publicar la programación de la radio, porque no querían dar espacio a la competencia. La diferencia que presenta Internet es que no solo supone más competencia, sino que también es un soporte nuevo que puede permitir que se desarrolle. El desafío es más complejo que otras veces.

Nunca ha habido tantos medios de comunicación, pero tampoco han sido nunca tan frágiles como ahora
JULIA CAGÉ

P. Se niega a diferenciar entre periodismo impreso y digital. ¿Por qué?
R. La mayoría de lectores ya no prestan atención a esas cosas. Yo leo indistintamente en papel, en el móvil, en la tableta o en la pantalla del ordenador, en función del lugar donde me encuentre. Se ha dado un peso excesivo a internet porque, en un momento dado, se creyó que iba a revolucionar la manera de elaborar la información. Es cierto que permite hacer cosas distintas que el papel, como el hipertexto, los vídeos o la infografía móvil, que convierten el resultado en un poco más interactivo. Todo lo que cuenta es el contenido, y hay que decir que es muy parecido en ambos formatos.
P. ¿No ha habido una relación innegable entre el soporte y el contenido? Muchos medios digitales han apostado por contenidos generadores de clics que, en una mayoría de casos, no hubieran tenido cabida en su versión impresa.
R. Es cierto, pero se trata de un error del que todo el mundo se empieza a dar cuenta. Siguiendo el modelo de The New York Times, la mayoría de grandes medios de comunicación tienden hacia modelos de subscripción digital, al darse cuenta de que es difícil monetizar los clics recibidos. Ha habido una proliferación de contenidos ligeros en una serie de medios que persiguen la viralidad a través de algoritmos, pero diría que se inscriben más en el entretenimiento que en la información. Además, tienen una economía distinta que los grandes medios: disponen de menos periodistas y hacen menos investigación, incluso cuando parte de sus contenidos son periodísticos.
P. La mayoría de observadores dan por muerta la prensa en papel, pero movimientos recientes dan señales contrarias. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, compró The Washington Post, mientras que, en Francia, magnates de las telecomunicaciones salvaban a Le Monde y Libération de la quiebra.
R. Es innegable que el dinero ha vuelto a la prensa tradicional. De entrada, porque muchas cabeceras están en venta, y por cantidades no muy altas. Poseer un diario se sigue percibiendo como una forma de tener influencia política. Además, existe un efecto de contagio, un tipo moda y posicionamiento. Si Xavier Niel no hubiera comprado Le Monde en 2010, Patrick Drahi no habría adquirido Libération en 2014 y Bernard Arnault tampoco se habría interesado por Le Parisien el año pasado. Pero todo esto no es necesariamente una buena noticia. Esos accionistas externos son necesarios, porque cuesta mucho dinero que un diario haga bien su trabajo, pero hay que impedir que esas adquisiciones tengan un coste en la independencia de los medios.
P. Defiende que un medio de comunicación no es una empresa como las demás, y que tiene que estar protegida por el Estado.
R. Los medios producen información de interés general, que debería ser considerada un bien público y tendríamos que proteger. Igual que nadie se plantea privatizar completamente la educación, no entiendo por qué no sucede lo mismo con la información. En la mayoría de países democráticos, consideramos que la transmisión de un mínimo de conocimientos es algo necesario, a lo que todo el mundo debe acceder gratuitamente. Por eso el Estado protege el sistema educativo, porque se considera que no debe estar sometido a la compraventa. Con la información es lo mismo: tener acceso a ella resulta imprescindible para el buen funcionamiento de una democracia.

Poseer un diario se sigue percibiendo como una forma de tener influencia política. Además, existe un efecto de contagio
JULIA CAGÉ

P. Usted propone un nuevo modelo: la fundacción, a medio camino entre las fundaciones sin ánimo de lucro y las sociedades participadas.
R. Hay que inventar un nuevo sistema que permita repartir más el poder. En el modelo que propongo, a diferencia de lo que sucede en las sociedades con accionariado, no habría una distribución de dividendos y el capital estaría congelado. A cambio, el Estado concedería una deducción fiscal a los donantes. El accionariado estaría formado también por periodistas y lectores, que podrían participar a partir de pequeñas cantidades. La propiedad se renovaría cada año, a diferencia de lo que sucede en las fundaciones sin ánimo de lucro, donde a menudo es una sola familia la que escribe los estatutos y se perpetúa en el poder.
P. Pero su modelo parece irrealizable sin el acuerdo de los actuales propietarios de los medios. ¿No resulta algo utópico?
R. No. Todo es cuestión de voluntad política. Por ejemplo, el Estado francés concede ayudas públicas a los medios de comunicación. Podría proponerse limitarlas a los medios que adopten este sistema. Suena un poco extremo, pero se podría hacer si hubiera voluntad. Si se quiere salvar los medios, hay que encontrar soluciones.
P. Precisamente, el Gobierno francés ha aprobado una exención fiscal para las empresas de comunicación sin ánimo de lucro. Charlie Hebdo es el primer medio que ha adoptado ese nuevo estatus. ¿No le convence la medida?
R. Va en la buena dirección, pero me parece demasiado tímida: solo permite donar cantidades pequeñas. Es una lástima que no hayan ido más allá, porque tras el atentado contra Charlie Hebdo había cierto margen de maniobra. La confianza de los ciudadanos en los medios aumentó por primera vez desde hacía años, aunque estoy segura de que no tardará en volver a bajar. Me pareció curioso que en la gran manifestación que sucedió al atentado, se escuchara “soy judío, “soy policía” o “soy Charlie”, pero nunca “soy periodista”…

lunes, 22 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Verbos calificativos". Álex Grijelmo

Ál,ex Grijelmo

   En "El País":

Verbos calificativos

Una afirmación como “soy licenciado en Derecho” puede reproducirse así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”


Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos: “bueno”, “feo”, “impresentable”, “hermoso”…, o con los adverbios ( “falsamente”, “acertadamente”…, “mal”, “bien”). También existen los verbos calificativos.
Nos centraremos aquí, por razones de espacio, en los verbos del habla.
Un periodista puede escribir “el presidente de la empresa dijo que los resultados de este año serán mejores que los del anterior”. Y con el verbo “decir” no le cabrá mayor ecuanimidad, lo mismo que con sinónimos como “manifestó”, “expresó”, “enunció”…

Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos o con los adverbios 
No obstante, los redactores suben a veces un escalón al emplear verbos que dan información adicional: "El presidente de la empresa anunció que"... (pues dijo algo nuevo), o “el presidente matizó”, o “corrigió” (antes había expresado algo distinto), o "pronosticó que"... (su afirmación se adelantó a los hechos), o "insistió en que"... (porque repitió sus ideas)…
El siguiente peldaño, el tercero de nuestro relato, supone otro salto cualitativo: ya no se trata sólo de verbos que añaden información sobre lo dicho, sino que describen la manera en que fue expresado. Por ejemplo, aseguró (el hablante dio por cierto algo y lo hizo con convicción), o balbuceó (discurso entrecortado, actitud insegura), o musitó, vociferó…
En un cuarto y último escalón figuran ya los verbos que, con acierto o sin él, no sólo interpretan o describen, sino que se adentran en el espíritu de quien habla. Así ocurriría en casos como “el presidente de la empresa se ufanó de que los resultados de este año serán mejores que los del anterior” (o se jactó, o presumió, aventuró, osó decir, fantaseó…).
Ahí tenemos ya los auténticos verbos calificativos, los que incorporan dos significados: uno objetivo (alguien dijo algo) y otro subjetivo (juzgamos a quien lo dijo). De ese modo, puede ocurrir que una persona exponga en su currículo con toda sencillez “soy licenciado en Derecho” y que luego lo vea reproducido así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”.
En las últimas semanas hemos podido leer o escuchar en prensa y radio frases como éstas: “La ministra Ana Pastor se vanaglorió ayer de que su departamento licitará (…)”. “El Rey conmina a los becados de La Caixa a ayudar al resto de la sociedad”. “Renzi suplicó ayer la convocatoria de un Consejo Europeo extraordinario”.
Y quizás Pastor, el Rey o Renzi no se reconozcan en el verbo que alguien adjudicó a esas maneras de decir algo. Porque suplicar equivale a “pedir con sumisión”, conminar significa “amenazar” o “imponer”, y vanagloriarse implica “alabarse presuntuosamente”.
Vale la pena por ello prevenirse ante los verbos calificativos, que pueden ser tan discutibles, manipuladores o injustos como un adjetivo, sobre todo si se cuelan en un texto de aparente objetividad.

domingo, 10 de mayo de 2015

PRENSA. Charla entre Emilio Lledó y Manuel Cruz

   En "Babelia":
DEBATE

Esa mirada inocente sobre el mundo

El maestro Emilio Lledó y el discípulo Manuel Cruz hablan del pasado, la vida, la esperanza y la enseñanza en los viejos años del franquismo


Emilio Lledó, detrás de Manuel Cruz. / BERNARDO PÉREZ

A Emilio Lledó (Sevilla, 1927) le otorgaron, a finales de 2014, tantos premios que el profesor sintió que se habían equivocado de destinatario. Le dieron el premio de los editores españoles, el Premio Nacional de las Letras y el Henríquez Ureña de la Academia Mexicana de la Lengua. Él es académico de la Española y ha tenido a lo largo de su vida un número incontable de discípulos. Entre ellos, el también filósofo Manuel Cruz (Barcelona, 1951), con quien dialoga para Babelia sobre el aprendizaje y el magisterio, y sobre esta época como heredera de una que aún pesa mucho, el franquismo.
PREGUNTA. ¿Qué es un maestro? ¿Cómo se aprende?
MANUEL CRUZ. Creo que cuando conoces a un profesor, el vínculo que se establece con él no es el de maestro, sino el de profesor. De un profesor se admira su sabiduría, su deslumbrante información. La relación tiene que ver con el conocimiento. Con el paso del tiempo, cuando el alumno ya no es del todo ignorante sigue valorando el conocimiento, pero ya está en condiciones de apreciar otras cosas.
Es en ese momento cuando el alumno empieza a darse cuenta de que esa persona, además de tener mucha información y de saber mucho, tiene otras cualidades. El modo de entender y la relación que tiene con la filosofía, con el pensamiento, y el modo en que va por la vida con todo esto. Lo empieza a identificar como maestro cuando empieza a ver en él cosas que cuando eres joven no estás en condiciones de ver. Cómo vive un filósofo no pueden apreciarlo hasta más tarde.
EMILIO LLEDÓ. Me haces evocar nuestra propia historia en un contexto muy curioso. Nunca he tenido conciencia de lo que es la maestría, pero lo que acaba de decir Manolo me lo ha puesto en la memoria, tus palabras me evocan qué es lo que yo era para mí mismo y no tengo conciencia de ello. No tengo conciencia como maestro, sino como profesor que iba a cumplir una misión determinada, una función, una obligación, un trabajo en definitiva.
Sí es verdad que quise hacer de ese trabajo algo distinto a lo que yo había encontrado en la universidad de Madrid en la que me formé. Yo estaba lleno de entusiasmo porque en la experiencia de la universidad franquista que padecí flotaron dos o tres figuras muy respetables, y en el campo de la filología clásica, figuras de primerísima fila.
Suspendí la primera cátedra a la Universidad de Valencia; a los pocos meses conseguí la de La Laguna y llegué allí con unas ganas enormes de captar mi ser, mi función. Tengo que recordar una anécdota con Delibes. Montse [su esposa] y yo ya teníamos casa en Madrid y La Laguna nos parecía que estaba muy lejos. Delibes me dijo: “Lejos, ¿de dónde?”.

No tengo conciencia como maestro, sino como profesor que iba a cumplir una misión determinada, una función, una obligación”
E. Lledó
No lo dudamos desde luego y los tres años en La Laguna fueron inolvidables, me encontré con un calor, un eco y una acogida maravillosos. Me di cuenta de que yo quería a aquellos jóvenes que se sentaban frente a mí y que ellos me querían. Aquellos años no publiqué ni una línea, sólo preparaba las clases, me enrollaba, valga la expresión, y creo que unas de las mejores clases que he dado han estado inspiradas en aquella preparación previa, totalmente distintas de las demás.
P. ¿Qué quiso enseñar usted, don Emilio?
E. LL. En los años de comunes, Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos, como pomposamente se llamaba la disciplina. Pero lo que quería era abrir el riquísimo horizonte que la filosofía arrastra. Quería enseñar lo mejor que sabía.
Claro, en esa enseñanza se transmitía lo que yo era, un hombre con 36-37 años con 10 años de experiencia en la Universidad de Heidelberg; jugaba con mucha ventaja, y no porque hubiera aprendido muchas cosas que mecánicamente transmitiera a mis alumnos, era totalmente ajeno a esa idea. Pero fue un shockencontrarme con la vieja Universidad de Heidelberg en 1953, llena de novedad, donde no había asignaturas, donde los profesores hablaban cada semestre de temas distintos dentro de su especialidad con total libertad.
Se ve que cuando llegué ya llevaba ese espíritu, esa inquietud, y me sentí entusiasmado. Me fui al acabar el servicio militar, con 53 kilos de peso y con una maleta de cartón con las esquinas metálicas.
M. C. El maestro emerge tarde, como decía. El maestro era un modelo con otra forma de hacer las cosas para entender la filosofía, pero también para transmitirla, para enseñarla. Es lo que en primera instancia nos llamaba la atención, otra forma de enseñar filosofía, el no estar pegado al programa de la asignatura; él se quejaba mucho del “asignaturismo”, era como remover las fichas del dominó y transmitir lo que sabía de otra manera, todo distinto. La transmisión del saber.
Con el tiempo te llama la atención una constante que aún se mantiene en él, esa mirada inocente sobre el mundo, que no ingenua. Una mirada limpia, desprejuiciada en la medida de lo posible; eso es lo que nos llamaba la atención porque no lo encontrábamos en otros profesores.
Se repite mucho la frase “no se enseña filosofía, se enseña a filosofar”, pero nadie explica en qué consiste enseñar a filosofar. Pues nosotros a lo que asistíamos era al ejercicio vivo del filosofar. Es lo que sale tiempo después, te das cuenta de que en la gente que ha estado en sus clases ha quedado una memoria viva de esas clases, y que no existe la misma memoria ni con la misma intensidad con otros profesores.

Se empieza a identificar a un maestro cuando ves cosas en él que de joven no estás en condiciones de ver”
M. Cruz
Fue una experiencia del filosofar realmente impactante para nosotros. Creo que es lo que ha quedado en toda la gente que estuvo en sus clases.
P. ¿Se siente reconocido con esa mirada inocente?
E. LL. Tendríamos que pensar qué significa esa inocencia. Aunque Manolo lo ha querido evitar, también había una cierta ingenuidad, sinceridad o sencillez.
La idea del profesor que se sube a la tarima e impone cosas siempre me ha parecido repugnante, no iba conmigo, con mi manera de ser. Me escandaliza que algún político de nuestro país diga que al profesor hay que darle autoridad: la autoridad se la gana uno mismo, enseñando cómo es él en la manera de entender la materia que tiene que transmitir.
Es verdad que yo tenía esa inocencia porque me sentía parte de una pequeña familia mientras duraba la clase, aunque los alumnos casi siempre estuvieran callados. Éramos una familia que nos queríamos, en la que yo hacía funciones de padre o hermano mayor que enseñaba algo que a mí me interesaba y que me parecía fundamental para que ellos se enriquecieran. Era un transmisor (con mayor o menor fortuna) de ese enriquecimiento.
M. C. Está muy bien traído lo de la ­autoridad porque la gran diferencia entre autoridad y poder es que la autoridad te la atribuyen, no puedes decir que tienes autoridad, pero sí puedes decir que tienes poder. La autoridad te la han de conceder los demás, es absolutamente democrática. Ese reconocimiento por parte de los que han estado en sus clases es un reconocimiento de autoridad que tiene que ver con el mérito, no con el escalafón o cosas por el estilo.
En la época de Barcelona, finales de los sesenta, principios de los setenta, los últimos años del franquismo, a punto de la Transición, esa actitud estaba en el ambiente, no podíamos ser resabiados, no teníamos derecho a serlo; hoy mucha gente lo es. Teníamos la oportunidad, incluso el deber, porque algo nuevo estaba a punto de irrumpir. En esa disposición, la mirada inocente era la que correspondía, mientras que la mirada resabiada, por ejemplo, de algún profesor, era la mirada de lo viejo, del que cree que está de vuelta y que en el fondo se iba a quedar descolgado.
En ese sentido, las generaciones posteriores han arrastrado un peculiar déficit, lo que llamaría el piterpanismo, una generación, a la que nosotros pertenecemos, a la que le ha costado asumir su lugar, lo digo con la boca pequeña, y que por eso tampoco ha sabido darse cuenta de la responsabilidad que significaba que los demás te reconocieran un poquito de autoridad.
P. ¿Está de acuerdo con esta visión de aquel momento?


Cruz y Lledó, durante la charla. / BERNARDO PÉREZ
E. LL. Hace 20 años que estoy alejado de la práctica universitaria, lo que ha sido mi vida. Es cierto que teníamos algo esperanzador, todos estábamos contra aquella universidad del régimen con el que no estábamos de acuerdo, esperábamos algo. Estábamos en una dictadura, en un ambiente asfixiante, y sin embargo nunca he sentido más libertad que en aquellos años de La Laguna y del patio de la Universidad de Barcelona donde latía la vida.
En los 11 años que estuve en Barcelona descubrí lo que realmente era vivir, la vida de un profesor universitario, la de intentar transmitir también la esperanza que todos sentíamos de que aquello acabaría en algún momento, como así fue. En el fondo, la filosofía tenía que ver con conceptos esenciales como la justicia, el bien, la sabiduría, la comunicación y la palabra. Estar intentando tocar a través de la filosofía esos grandes conceptos y que pudiera modernizar, esperanzar un eco para un futuro que estaba llegando era mi función como profesor, aunque entonces no fuera consciente de ello.
Ahora estamos desesperanzados; entonces luchábamos para algo y contra algo desde nuestro pequeño espacio, desde el mío como profesor y el de aquellos alumnos que gritaban contra el franquismo desde el patio de la Universidad de Barcelona. Era algo que nos unía.
M. C. El piterpanismo marca una diferencia entre una generación y las otras en la práctica en la que se expresaba. El piterpanista no se reconoce como el padre; como mucho, como el hermano mayor que usted decía, el colega de los alumnos. Esa actitud, que se prolongó demasiado tiempo por parte de las generaciones posteriores porque lo inauguraban todo, la democracia, el gobierno de izquierdas, vivían en excitación permanente… creo que hizo que no pudieran o no quisieran asumir su papel de la manera que usted sí pudo asumir.
Estoy pensando en lo que decía Hannah Arendt: “¿Cuál es la función del educador? El educador es la correa de transmisión de la herencia recibida”. La herencia llega, se ve, se examina, se critica, se mejora, se limpia y se traspasa a las siguientes generaciones en las mejores condiciones. Es lo que usted hacía. Nos hablaba de Platón, pero nos aclaraba que no era ese Platón del que nos hablaron, sino otro, el que él veía o el que podía servir. Asumía la tradición explícitamente, la trabajaba y la transmitía.
Las siguientes generaciones no se han atrevido a hacerlo. El concepto tradición era como el de autoridad. Un hándicap que nos ha lastrado durante mucho tiempo ha sido el miedo a algunas palabras como tradición o autoridad, hay que reconsiderar lo que quiere decir tradición y a continuación reivindicarlo.

La autoridad se la gana uno mismo, enseñando cómo es él en la manera de entender la materia que quiere transmitir”
E. Lledó
En ese sentido creo que don Emilio pudo asumir ese papel de una forma plena, con todas sus consecuencias, mientras que las generaciones posteriores han estado dudando.
P. ¿Qué consecuencias ha tenido?
E. LL. También había una especie de sinceridad, de naturalidad. Yo pude ser catedrático en aquella época franquista y para mí fue una enorme sorpresa en el sentido más hondo, feliz y alegre porque en esa profesión se realizaba algo de lo que yo tenía, de lo que yo sentía. Mi manera de entender la filosofía y transmitirla era también mi yo, y me parecía que en esas clases —puede parecer un poco narcisista, pero no lo es— mi trabajo era importante y es lo que provocaba esa apertura, esa inocencia, ese no tener excesivos prejuicios aunque tenía el maravilloso prejuicio de ser quien era. Si eres quien eres, esa quienidad, valga la expresión [risas], se tiene que transmitir.
En esa quienidad —¡Dios, qué palabra! Me van a echar de la Academia— se transmitía una buena voluntad, sin la menor duda, el querer algo que brota de algo que tú tienes, que no es del todo malo sino bueno, y además esa transmisión es bondad.
Quisiera añadir algo sobre la memoria viva. Todos somos lo que hemos sido —por eso hay que seguir insistiendo en la memoria histórica, los defensores del olvido acaban en el alzhéimer colectivo más feroz e inaceptable—, la memoria es lo que hemos sido, lo que hemos aprendido, lo que consciente o inconscientemente ha ido posándose en nuestro ser, es lo que nos constituye. Estar siempre presente siendo desde lo que hemos sido, siendo en lo que hemos sido o siendo hasta para lo que hemos sido, la memoria viva, vivir esa memoria, revivir esa memoria.
Yo revivía a Platón, a Kant, a Sartre, a Nietzsche o a quien se me pusiera por delante que yo hubiera estudiado bien. La misión de un profesor es revivir: lo dices tú, lo enseñas tú y lo haces palabra tú. La palabra está mojada, digo muchas veces que nacemos en una lengua materna y que somos una lengua matriz, estamos montados en nuestro matricismo.
P. Decían que buscaban una esperanza. Don Emilio vivió la guerra, Manuel no; los dos vivieron el franquismo. ¿Cuál era la esperanza de cada uno de ustedes? ¿Cómo se ha ido constituyendo la esperanza, en decepción o en otra esperanza diferente?

La autoridad te la han de conceder los demás, es un reconocimiento absolutamente democrático”
M. Cruz
E. LL. Tuve la desgracia de vivir la Guerra Civil, de saber lo que es, de haber visto la muerte, cuerpos destrozados en bombardeos. Mi padre era militar en Vicálvaro; algunas veces me trajo a Madrid y recuerdo esas imágenes desde niño, he visto que la sangre mancha, que la pólvora huele; he sentido la destrucción real después de caer una bomba y no se olvida jamás.
Tengo clarísimas las imágenes de la Guerra Civil y es una suerte poder evocarlas y referirme a ellas porque es una experiencia única haber vivido los horrores de nuestra guerra. Ahí descubrí que tenía que buscar algo que no fuera aquella violencia y que se pareciera más a aquella escuela pública de Vicálvaro con don Francisco López Sánchez.
En aquella atmósfera de inseguridad, muerte y asesinatos, y no digamos en la del hambre real de la posguerra, cuando expulsaron a mi padre del ejército, y que duró casi 10 años, teníamos que esperar un país donde aquello no fuera posible, donde esa miseria mental que procuraban inocu­larnos y la material por la ausencia de comida no se repitiera jamás.
P. El franquismo. ¿Qué supuso esa ­época para vosotros? ¿Qué herida dejó en este país?
E. LL. Era una herida estimuladora, no infectada, queríamos curarla de verdad. Si hubiera seguido aquí, habría sido distinto. Cuando llegué a Heidelberg sólo estábamos dos o tres españoles allí, fue un poco antes de la gran oleada de trabajadores españoles que salieron, sobre todo andaluces.
Me parece injusto cuando hablan de la pereza andaluza: se fueron a Alemania huyendo del hambre. Una de las grandes esperanzas que quedan y que tenemos que revisar es esa idea de los topicazos que coagulan nuestra mente y que nos impiden pensar. Tiene que ver con la educación y con lo que hablábamos antes. Yo no pensaba que como profesor pudiera servir para algo. Ese para algo era para esperanzarse o para esperancearse —van a acabar echándome de la Academia—, una cosa es esperar y otra esperancear. La esperanza era algo lleno de interés, de conocimiento y sobre todo de afecto, pasión, deseo porque este país fuera distinto del que estábamos viviendo.


Manuel Cruz y Emilio Lledó. / BERNARDO PÉREZ

martes, 14 de abril de 2015

PRENSA. "En el tiempo". Ricardo de Querol

   En "El País":

En el tiempo

Se puede viajar a otro siglo sin perder la cobertura del iPhone. Tras cruzar una puerta creí que estaba en la más oscura Edad Media, pero no


Nacho Fresneda, como Alonso de Entrerríos en 'El Ministerio del Tiempo'


Vemos en El Ministerio del Tiempo que uno puede atravesar una puerta y plantarse en otro siglo sin dejar de tener cobertura en el iPhone. En la aplaudida serie de La 1, un organismo secreto vigila ese tráfico desde los días de los Reyes Católicos y envía comandos no a cambiar la historia, sino a asegurarse de que se cumple como está escrita. Una pena que, por esa misión, no aprovecharan para acabar con Hitler, o al menos con Himmler cuando lo tenían detenido, pero sostienen los jefes del tiempo que es mejor dejar el pasado como está, porque siempre pudo ser peor. Así que me apunté al experimento.
Abrí una puerta y vi a fanáticos de su religión matando a jóvenes, decapitando o quemando a prisioneros y destruyendo estatuas antiquísimas. Pensé que estaba en la más oscura Edad Media. Pero no.
Tras otra puerta vi a hombres negros tiroteados por la espalda por policías blancos; debía estar en los violentos años de la segregación racial en EE UU, cuando los que marchaban con Luther King eran agredidos con saña. Pero no.
Detrás de la tercera puerta había un líder ruso contando que estuvo listo para emplear su arsenal nuclear en Crimea, y creí encontrarme en la Unión Soviética de la más caliente guerra fría, cuando la crisis de los misiles nos puso al borde del apocalipsis. Pero no.
Crucé otra puerta y allí un Gobierno se enredaba durante toda una legislatura en la reforma del aborto sin contentar a nadie, y calculé que estaría en los setenta, cuando la mayoría de países avanzados resolvieron con sensatez este delicado asunto. Pero no.
Abrí una puerta más y en la televisión pública José Luis Moreno dirigía un show de tópicos muy rancios, así que me pareció encontrarme algunas décadas atrás. Tampoco.
Tras la última puerta vi que se habían encontrado los huesos de Cervantes, pero no se habían desenterrado los de García Lorca, así que no entendí en qué época estaba.
El personaje más interesante de la serie creada por los hermanos Olivares es Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda), un soldado español en Flandes del siglo XVI con un elevado concepto del honor y, claro, chapado a la antigua. Reclutado como agente en el siglo XXI, no deja de repetir que tampoco hemos avanzado tanto en 500 años. Quizás tenga algo de razón.