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sábado, 2 de abril de 2016

PRENSA. "El último Azaña". Santos Juliá

   En "El País":

El último Azaña

Lejos de la vida pública, el presidente de la República dedicó su tiempo en el exilio a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final. Murió hace 75 años, falto de todo poder pero lúcido en su razón y en su palabra


NICOLÁS AZNÁREZ


No hay nada que hacer: con esas palabras terminó Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor Central, su análisis de la situación ante los presidentes de la República y del Gobierno, Manuel Azaña y Juan Negrín, en la reunión que mantuvieron la noche del 28 de enero de 1939 cerca de la frontera francesa. Rojo presentó pocos días después un informe al Consejo de Ministros en el que, “para terminar la guerra de una manera digna”, proponía un plan de rendición muy simple: anunciar la suspensión de hostilidades y enarbolar en todas las unidades bandera blanca a la misma hora. El Gobierno no se atrevió a tomar tal decisión, la guerra continuaba y los reunidos atravesaron el 5 y el 9 de febrero la frontera, Negrín para volver de inmediato a la zona Centro-Sur; Azaña y Rojo, con la firme decisión de no regresar.
Manuel Azaña había insistido, desde que la batalla de Teruel culminó con la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo, en la necesidad de poner fin a la guerra por medio de una mediación internacional. Juan Negrín, sin embargo, mantuvo su política de resistir es vencer planeando en el Ebro una nueva batalla decisiva, de las que valen en teoría para cambiar el curso de una guerra. Pero la singular estrategia de resistir pasando al ataque acabó en un segundo y, ahora sí, decisivo derrumbe del frente republicano, que abrió a Franco las puertas de Cataluña sin encontrar apenas resistencia. Y en este punto, ya no había nada que hacer: la guerra había terminado en derrota para la República.
Azaña no regresó, pues, a la zona Centro-Sur, y Francia y Gran Bretaña le pusieron en bandeja la ocasión de dimitir cuando reconocieron al general Franco como jefe del nuevo Estado español y procedieron al intercambio de embajadores. Al día siguiente, Azaña dimitió, provocando las iras de quienes aún mantenían la política de resistencia. En la reunión que la Diputación Permanente del Congreso celebró en París el 31 de marzo, Negrín afirmó que la decisión del presidente influyó “de manera decisiva en el proceso de descomposición y rebeldía militar” contra su Gobierno y en el reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra. Dolores Ibarruri, por su parte, acusó a Azaña de haber traicionado a “este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República”.
No hacían falta estas condenas de los suyos para que, en el bando de sus enemigos, se repitiera lo que de él se venía diciendo de tiempo atrás: que era un engendro espurio, aborto de logias, pervertido, cruel, infame, una bolsa de odios y de fracasos, que alimentaba un orgullo satánico en anónimas jornadas de burócrata oscuro, incapaz de ternura, ajeno a la emoción, dominado por el resentimiento. Un sapo, una hiena, un monstruo de vientre gelatinoso. Y para colmo, un delincuente común, un forajido, un ladrón que huyó de España llevándose un cargamento de joyas y piedras preciosas, de collares y alhajas, varios lingotes de oro y un cofre conteniendo millones de monedas extranjeras.

En la derrota fue determinante la política de no intervención de Francia e Inglaterra
Azaña, mientras tanto, convencido de que la guerra había aniquilado su utilidad política, echó, como él mismo dijo, por el solo camino que le habían dejado: “Un apartamiento radical, del que ha venido a ser símbolo fortuito mi reclusión en esta aldea”, Collonges-sous-Salève, a un paso de la frontera suiza. Hasta allí le llegó noticia de lo que de él decían unos y otros, y hasta allí llegó también la propuesta de firmar, junto al presidente de Cataluña y al presidente de Euskadi, un mensaje que una asociación republicana de amigos de Francia, dividida en tres secciones, española, vasca y catalana, pensaba dirigir al Gobierno francés. Azaña se negó a firmar diciendo que si catalanes y vascos querían continuar en la emigración los costosísimos dislates que habían cometido durante la guerra, allá ellos, y que si pensaban “recobrar la República y hacer la burra nuevamente, sobre la base de las nacionalidades y dels pobles iberiques están lucidos”. Por hacer la burra se refería quizá a los sucesivos memorandos que habían presentado vascos y catalanes al Foreign Office y al Quai d’Orsay en abril, junio y octubre de 1938 con planes de mediación sobre la base de una división territorial de España en cuatro zonas, presentándose ellos como una tercera fuerza, un grupo moderado, “equidistante de los dos elementos extremistas ahora en guerra”. España dividida en cuatro: Cataluña, Euskadi, y los dos Spanish parties now fighting.¿Un dislate? Sí, y también una continuada deslealtad a la República.
Lejos de la política, dedicó su tiempo a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final: ninguna duda sobre el crimen de lesa patria cometido por los rebeldes, ni lo determinante que fue para su triunfo la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, tanto como la ciega política de no intervención de Francia e Inglaterra. Pero ninguna duda tampoco sobre el papel que en la derrota tuvieron “los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos” del campo republicano, con la revolución sindical, las divisiones en los partidos y el “eje Bilbao-Barcelona”. El resultado no podía ser más desolador: la República había muerto y nada podría restaurar las condiciones mínimas de convivencia entre españoles “mientras vivan las generaciones actuales”.

Al final de sus días aspiró a que unos cientos de personas dieran fe de que no fue un bandido
Estas fueron solo algunas de las “verdades penosas de decir, ásperas de oír”, que Azaña no ahorraba a sus lectores, convencido de que la historia de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus resultados, “será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad”, como había escrito a Lafora en plena guerra. Ahora, en el exilio, esa convicción se convirtió en amarga evidencia cuando sintió caer sobre España la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos “amos y rectores incluyen en el generalato a la Virgen de Covadonga y fusilan en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, según escribió a Blanco Amor.
A él también pretendieron fusilarlo. Varios esbirros de Falange, con Pedro Urraca al frente, acecharon la ocasión de secuestrarlo con el propósito de someterlo a un consejo de guerra y llevarlo al paredón, como ya había ocurrido con Lluís Companys, y como ocurrirá con Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y Joan Peiró. Azaña logró escapar de su residencia en Pyla-sur-Mer, con los alemanes pisándole los talones, hasta llegar a Montauban. Allí, en el Hotel de Midi, convertido en un despojo, solo aspira “a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. Entre ellos quedó el eminente historiador Ramón Carande, que muchos años después decía a sus amigos: hay que leer a Azaña; ustedes, los jóvenes, tienen que leer a Azaña. También a este último Azaña, desaparecido hoy hace 75 años, falto de todo poder, pero tan lúcido como siempre en su razón y en su palabra.
Santos Juliá es historiador.

martes, 22 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Octavio Paz en manos de la censura franquista"

   En "El País":

Octavio Paz en manos de la censura franquista

La dictadura elaboró, entre 1950 y 1976, hasta 14 informes contra los libros del Nobel

Los documentos se exponen ahora en el AGA, en Alcalá de Henares

 

  • Foto inédita de Octavio Paz a los 23 años.

    Los funcionarios de la Dirección General de Propaganda y la Dirección General de Cultura Popular del Ministerio de Información y Turismo, que se ocupaban de revisar (léase censurar) todo lo que se publicaba en España durante la dictadura de Franco, afilaban la mirada, subrayaban, tachaban y, al final de su lectura, rellenaban siempre el mismo formulario: “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”. Uno de los grandes afectados por aquellas preguntas y los subsiguientes cortes y supresiones de pasajes fue el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998).
    En julio de 1950, la compañía Editora y Distribuidora Hispanoamericana S.A. (EDHASA) solicitó el permiso para distribuir 200 ejemplares de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, publicados en México. El libro fue enviado a dos censores. El primero, Pedro de Lorenzo, dijo en su informe que en seis páginas había “frases o expresiones obscenas, otras irreverentes”. El segundo, Andrés de Lucas, apuntó con letra angulosa: “Versos oscuros y estúpidos con algunas expresiones equívocas. Creo, sin embargo que puede autorizarse por el escaso número de lectores que leerán estos engendros”.
    Catorce informes de este estilo, sobre distintos libros del escritor mexicano y Premio Nobel de Literatura 1990, se exhiben hasta el próximo 20 de marzo en el Archivo General de la Administración, ubicado en Alcalá de Henares (Madrid), como parte de la exposición Octavio Paz: Guerra, Censura y Libertad. “La muestra podría dividirse en dos partes: la figura de Octavio Paz y el contexto de sus ideas y su obra en relación con España”, dice Evelia Vega, una de las comisarias, quien trabaja en el archivo dependiente del Ministerio de Educación Cultura y Deporte. En la exposición hay, además, fotografías del autor mexicano durante su estancia en España en 1937, junto a algunos de sus colegas que asistieron al Congreso de Escritores Antifascistas de ese año en Valencia, como el narrador José Mancisidor, el poeta Carlos Pellicer, el músico Silvestre Revueltas o el pintor José Chávez Morado. Y un reportaje gráfico de abril de 1982, cuando Octavio Paz visitó el Ateneo de Madrid.

    “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”
    Dice Eduardo Ruiz Bautista, investigador de la Universidad de Alcalá, que los censores franquistas se caracterizaban por su “servilismo desmedido, exceso de celo, ínfulas de literato frustrado y la crasa ignorancia y competencia lectora que exhibían en muchos de sus juicios y prejuicios”. Cuando en 1955 revisaron el poemario Semillas para un himno, escrito por Paz un año antes, Jesús Garcés señaló en su informe que se trataban de “poesías de un poeta americano, creacionista sin un argumento general. Después de la obra creadora el poeta hace unas traducciones de los poetas Marvell y Gerardo Nerval. Nada que objetar. Autorícese salvo superior parecer”.
    Cuenta Jesús Cañete, el otro comisario de la exposición y director del Festival de la Palabra de la Universidad de Alcalá, que “la censura veía a Octavio Paz como alguien peligroso por haber asistido al Congreso Antifascista de Valencia. Quizá porque esa experiencia marcó para siempre al autor de El laberinto de la soledad, tanto en su obra poética como ensayística. Llama la atención que cuando la censura no podía evitar la publicación de algún libro, hacía todo lo posible por demorarla. El 17 de abril de 1973, Círculo de Lectores solicitó autorización para reeditar Los signos en rotación y otros ensayos, que ya había publicado Alianza en 1971. En esta ocasión el lector censor volvió a tachar las referencias que había a la Virgen en el texto dedicado a la obra de Marcel Duchamp (“La novia desnudada por sus solteros”). La editorial protestó argumentando que el libro ya se había editado anteriormente y que detener la impresión le causaba daños económicos. Entonces el censor no pudo impedir su impresión pero sí hizo todo lo posible por retrasarla. El libro no se publicó hasta año y medio más tarde: en septiembre de 1974”.
    En 1971, la editorial Seix Barral decidió publicar Las peras del Olmo, un compendio de ensayos del Premio Cervantes 1981. La censura pidió que se suprimiera el texto titulado Aniversario Español. Y así se hizo en su primera edición. La censura, sin embargo, no se conformaría con trocear los libros de Paz. En 1975 se impidió la libre circulación de la revista Plural en España y el editor Pere Gimferrer organizó una protesta pública. Un año después, cuando ya el dictador había muerto, la censura seguía fijándose en los libros de Paz. “Vuelta, poemario de Seix Barral, es poesía surrealista. No me ha gustado. Pero desde el punto de vista jurídico-administrativo, nada que señalar”, dice el informe fechado en aquel año.
    Este tratamiento al que fue sometida la obra de Octavio Paz en la España franquista ha despertado un interés mesurado entre los conocedores de la vida y obra del escritor mexicano. “Conocer estos documentos es algo curioso”, dice el filósofo Fernando Savater, “y son una buena anécdota para sumarla a toda la información que ya tenemos sobre Octavio. Son interesantes, también, porque demuestran la mentalidad de esos inquisidores contemporáneos que eran los censores franquistas, cuyos criterios literarios dejaban mucho que desear. Lo sé bien, porque me tocó vivir la censura en todo lo que escribí hasta los 28 o 30 años, la edad que tenía cuando yo murió Franco”.
    Para Chus Visor, editor de Visor Libros, “los cortes que se le hicieron a la mayoría de los libros que pasaban por la censura franquista fueron poco importantes para su publicación. De lo contrario, los autores se hubieran negado a publicar. Lo que solía hacerse era cambiar algunas palabras por eufemismos. Y eso te jodía, como autor o editor, pero eras consciente del contexto en el que vivías y podías soportarlo”. Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg, que en alianza con Círculo de Lectores ha publicado las obras completas de Paz en España, opina que “el hecho de que ahora se conozcan estos informes no aporta gran cosa a la vida y obra del Nobel. Pero sí a la historia cultural de España. Porque demuestra cómo se trataba a los escritores durante la dictadura”.

    martes, 24 de noviembre de 2015

       En "infolibre":
    A la sombra de la dictadura de Franco
    Julián Casanova (historiador)      19 noviembre 2015

    El dictador Francisco Franco junto a Heinrich Himmler y Ramón Serrano Súñer.  EP

    El dictador Francisco Franco junto a Heinrich Himmler y Ramón Serrano Súñer. EP
    Se cumplen hoy cuarenta años de la muerte de Francisco Franco, del “Caudillo de España por la gracia de Dios”, del dictador que dominó de forma absoluta durante casi cuatro décadas.

    Si se repasa su historia, Franco logró lo que se proponía: una guerra de exterminio y de terror en la que se asesinaba a miles en la retaguardia para que no pudieran levantar cabeza en décadas. Forjado en el africanismo, la contrarrevolución y el anticomunismo, nunca concedió el más mínimo respiro a los vencidos o a sus oponentes. De palabra y de obra. "No sacrificaron nuestros muertos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar", declaraba en la inauguración del Valle de los Caídos en abril de 1959. Recordar la guerra, siempre en guardia contra el enemigo, no cambiar nada, confiar siempre en esas fuerzas armadas que tan bien habían servido a la nación española, utilizar la religión católica como refugio de su tiranía y crueldad. Ésa era la receta.

    Su legado y el de la larga dictadura que presidió no es fácil resumirlo y es objeto de debate entre historiadores y de encontradas opiniones entre la ciudadanía. Franco buscó y consiguió la aniquilación de sus enemigos que, vistos los resultados, fueron en verdad muchos. Gobernó con el terror y la represión, pero también tuvo un importante apoyo social, muy activo por parte de las numerosas personas que se beneficiaron de su victoria en la Guerra Civil y más pasivo de quienes cayeron en la apatía por el miedo o de quienes le agradecieron la mejora del nivel de vida durante sus últimos quince años en el poder. Para muchos españoles, la dictadura significó cuatro décadas de miedo, subordinación, ignorancia y olvido de su propio pasado y del mundo exterior. Para otros, una idea sostenida todavía en la actualidad por una parte de la derecha política, Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes.

    La España de 1939 y la de 1975 se parecían, efectivamente, poco. Una profunda transformación económica y social había causado grandes cambios en las clases medias y trabajadoras y en la administración del Estado. Los sindicatos ya no eran agentes de la revolución social sino instrumentos para conseguir libertades democráticas. El proyecto de cambio político y social de la Segunda República quedó sepultado en la gran tumba que el franquismo cavó desde abril de 1939. La república, el anarquismo y el socialismo desaparecieron de las reivindicaciones, como desapareció también el anticlericalismo, el anticapitalismo y el problema de la reforma agraria, algunos de los ejes fundamentales de las luchas sociales y políticas de los años treinta. Los modelos históricos de sociedad y cultura de la derecha y de la izquierda habían quedado atrás, superados por la modernización.

    Cuando Franco murió, su dictadura se desmoronaba. La desbandada de los llamados reformistas o “aperturistas” en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos franquistas de siempre, poderosos o no, se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. La mayoría de las encuestas realizadas en los últimos años de la dictadura mostraban un creciente apoyo a la democracia, aunque nada iba a ser fácil después de la dosis de autoritarismo que había impregnado la sociedad española durante tanto tiempo. Era improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero Arias Navarro y su Gobierno mantenían intacto el aparato represivo y tenían a su disposición ese ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco. Ese equilibrio “desigual e inevitable” entre el legado autoritario del franquismo y las aspiraciones democráticas enmarcó los primeros años de la transición.

    Tras una compleja transición, sembrada de conflictos y de obstáculos, la democracia cambió el lugar de España en Europa, con su total integración en ella, uno de los sueños de las elites intelectuales españolas desde finales del siglo XIX. El reto de los españoles del siglo XXI ya no consiste tanto en crear una democracia plena con derechos y libertades, caballo de batalla, a veces sangriento, de algunas de las generaciones que nos precedieron, como en seguir cambiando para mejorarla y reforzar la sociedad civil y la participación ciudadana.

    Cuarenta años después de la muerte del último dictador de nuestra historia, la sociedad española ha podido dejar atrás algunos de los problemas fundamentales que más la habían preocupado en el pasado. Pero desde su tumba, Franco parece mostrar todavía el camino a seguir en otros no menos importantes. El Valle de los Caídos fue suyo en vida y continúa siéndolo tras su muerte, incapaces los gobiernos democráticos de establecer una política coherente de gestión pública de esa historia. Y las miradas libres a ese pasado traumático, así como la reparación política, jurídica y moral de las víctimas de la violencia franquista, generan el rechazo y el bloqueo de poderosos grupos bien afincados en la judicatura, en la política y en los medios de comunicación.

    La dictadura de Franco recordó siempre su victoria en la guerra civil, llenando España de lugares de memoria. Los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces, y en bastantes casos presentes todavía hoy, los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos.

    Los otros muertos, los miles y miles de rojos e infieles asesinados durante la guerra y la posguerra, no existían, porque no se les había registrado o se había falseado la causa de su muerte (“fractura cráneo”, “herida arma fuego”, se escribió en los libros de defunción), asunto en el que algunos obispos y curas tuvieron una responsabilidad destacadísima. Habían sido abandonados en dehesas, extramuros, tapias de cementerios o fosas comunes. Por eso sus familias, sus hijos y nietos, todavía los buscan hoy, ayudados por diferentes asociaciones y foros “para la recuperación de la memoria histórica”. Sólo quieren un poco de recuerdo y dignidad, bastante menos de lo que están obteniendo los cientos de “mártires de la cruzada” que la Iglesia católica española y el Vaticano se han empeñado en beatificar.

    Calles, monumentos, símbolos, ritos y víctimas. Todo eso y mucho más nos queda del franquismo, cuarenta años después, sin necesidad de mencionar aquí a los políticos y servidores de la dictadura todavía vivos, a esos que abrazaron con tanto tesón y convicción las ideas autoritarias y represoras. Hay quienes quieren ahora que la memoria saque a la luz hechos y personas que la historia no documentó. Otros dicen estar cansados ya de tanta historia y memoria de guerra y dictadura. El pasado se ha hecho presente, convertido ahora en un campo de batalla político y cultural, donde se da la voz con más fuerza que nunca, en libros, documentos y homenajes, a los supervivientes de aquellas experiencias tan traumáticas.

    Pero el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo, investigado y divulgado por notables historiadores, ha hecho también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado la vieja cantinela de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la guerra civil y lo que hizo la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al “terror frentepopulista”. La propaganda sustituye de nuevo al análisis histórico. Es la sombra alargada del franquismo, otra forma de vengarse años después.

    Son varias y poderosas las armas que utiliza esa propaganda. Están, en primer lugar, los seudohistoriadores, los encargados de transmitir en un nuevo formato, con libros bien cocinados y preparados para la divulgación, las viejas tesis franquistas que ya sólo servían para uso de la ultraderecha y de los nostálgicos de la dictadura. Son relatos basados en fuentes secundarias y desprecian datos y hechos que no se adaptan a sus tesis. Sus conclusiones, además, son presentadas como novedosas por el marketing agresivo de sus editores, de quienes les hacen la publicidad y de que quienes les dedican las reseñas, donde suelen destacar su valentía para enfrentarse en solitario a la dictadura de los historiadores universitarios. Aparecen, por último, en el tercer nivel de esa estrategia propagandística, los periodistas y tertulianos de los medios de comunicación que jalean y aplauden sus libros y opiniones e insultan y calumnian al contrario.

    Estamos ahora, por lo que al franquismo se refiere, en la “era de la memoria”, tan incómoda para muchos, en el regreso del pasado oculto y reprimido. Es una construcción social del recuerdo, que evoca con otros instrumentos, y a veces deforma, lo que los historiadores descubrimos. No sabemos qué quedará de todo ello para el conocimiento histórico de las generaciones futuras, de aquellos historiadores que ya no habrán vivido la dictadura. Pero para llegar hasta allí , necesitamos, y ésa es la responsabilidad de políticos y gobernantes, preservar los testimonios y documentos, crear un Museo-Archivo de la Memoria, al que deberían incorporarse como propiedad pública los fondos documentales de la Fundación Nacional Francisco Franco, y transmitir una educación democrática que impida que las nuevas generaciones de estudiantes reciban todavía el legado ideológico del autoritarismo. Es un legado pesado, dominante durante mucho tiempo, e imposible de olvidar. Por eso regresa, vuelve con diferentes significados, lo actualizan sus herederos. Cuarenta años después de su final.
    ___________________________________

    Julián Casanova
     es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y visiting professor de la Central European University de Budapest y autor y editor de Cuarenta años con Franco (Crítica).

    viernes, 20 de noviembre de 2015

    HISTORIA. "Sin respeto por la historia". Ángel Viñas

       En "publico.es":

    Sin respeto por la historia

    El siguiente texto es un fragmento de la introducción escrita por Ángel Viñas en la 'Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova', que ha dedicado su número, íntegramente, a combatir la biografía de Franco escrita por el catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin y conocido hispanista, Stanley G. Payne, y el periodista Jesús Palacios Tapias.  



    Serrano Suñer, Franco y Mussolini, en 1941. | Efe
    BRUSELAS.- La génesis de este número es bastante simple. Franco. Una biografía personal y política es el título de la obra sobre la que gravitan los artículos que lo componen. Salió al mercado en la segunda mitad de septiembre de 2014. Con ello logró la primicia de adelantarse casi un año al XL aniversario. Los motivos presumibles serán, sin duda, varios. Más adelante aventuraré alguna conjetura. Los autores explican que habían llegado a la conclusión "de que era el mejor momento de hacer un nuevo esfuerzo de descripción y evaluación (....) Nuestros lectores podrán juzgar si aportamos aquí datos significativos para la comprensión de la época de Franco en la historia de España".

    Así, pues, Stanley G. Payne y Jesús Palacios (en adelante P/P) afirman inequívocamente que su obra da a conocer algo nuevo sobre una figura "compleja y polarizada". Se basan para ello en dos supuestos: "hemos tenido acceso a un buen número de nuevas fuentes (...) hasta la abundante información procedente de nuevas fuentes primarias". Ruego al lector de estas líneas tener presentes ambas declaraciones sobre las cuales haré algunas precisiones posteriormente.
    Servidor procuró adquirir tan prometedora obra tan pronto como le fue humanamente posible. Llevaba años enfrascado en un estudio sobre el comportamiento de Franco, inducido a través de la evidencia primaria relevante de época (EPRE) que había ido recopilando penosamente desde 2010 en diversos archivos, españoles y extranjeros. No extrañará que tuviese el máximo interés en conocer cuanto antes lo que nuestros distinguidos biógrafos habían escrito sobre tan señera figura histórica por si se cruzaba con mi libro en elaboración. Es algo que, en general, los historiadores profesionales suelen hacer. Hay que estar al día, tener humildad y reconocer que uno no detenta la llave del arcón en el que duermen las incógnitas y los problemas de un pasado que no siempre es fácil de desentrañar.

    Reconozco sin reserva alguna que mis esperanzas no eran grandes. Años antes los mismos autores habían aprovechado una serie de conversaciones con la hija del Caudillo, hoy duquesa de Franco, para esbozar una imagen biográfica del mismo. Ni el contenido de las conversaciones ni la imagen aportaron, en mi modesta opinión, nada espectacular o novedoso.

    Al aparecer, pues, una biografía en buena y debida forma, y tratándose de un segundo intento, pensé que probablemente habrían convencido a la señora duquesa de que les dejase consultar los papeles privados de su padre que no parece que sean los que están ni en los archivos oficiales españoles ni en la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF).
    Abrí así el libro en la ingenua creencia de que, si bien el antecedente no era demasiado
    alentador, P/P podrían haber escrito en esta segunda ocasión una biografía de tono si no académico por lo menos mínimamente científico, riguroso, analítico. En todo caso algo que supusiera un avance historiográfico con respecto a la canónica obra de Paul Preston.

    Confieso, sin tapujos, que mi desilusión fue total. Una rápida lectura, para ver qué es lo que del segundo producto podría incorporar a mi propio estudio sobre Franco, me hizo ver que el esfuerzo, sin duda denodado, que P/P habrán realizado no aportaba absolutamente nada con lo que enriquecer y mejorar mi análisis. Es más, a contrario sensu, a lo más que podía llegar era a verme en la necesidad de poner de relieve algunos de los más flagrantes y, a veces, grotescos errores, omisiones y falaces interpretaciones que chocaban con mi argumentación y sus soportes documentales. Para bien o para mal, esta tarea crítica la he llevado a cabo, aunque necesariamente de refilón, en un libro que se ha puesto en el mercado antes que aparezca en la red este número extraordinario.
    La crítica, insisto que de refilón, no me hizo olvidar en ningún momento que la biografía escrita por P/P merecería un análisis más en profundidad. Lo que en ella figura, y lo que en ella se omite, forman un todo destinado, al menos así me pareció, a esculpir una interpretación más o menos presentable y, en el fondo, un tanto redentora del Caudillo y de su dictadura.

    Por ejemplo, que P/P hagan de Franco un regeneracionista de, por así decir, última generación me dejó sin aliento. Que disminuyeran en todo lo posible el papel del Caudillo, aunque no puedan negarlo del todo, en quizá la más brutal y duradera represión multimodal que registra la historia española me repugnó profundamente. Que rellenasen centenares de páginas y no abordaran en absoluto los mecanismos de funcionamiento de la dictadura me pareció un fallo analítico imperdonable.

    Que echaran salpicaduras aquí y allá, sin la menor trabazón, sobre la conexión de las políticas internas  de Franco con la evolución del entorno exterior me llenó de estupor. Que escribieran parrafadas enteras de una inanidad sobrecogedora sobre su visión del Caudillo de puertas adentro me llevó a pensar qué tipo de biógrafos pueden ser los que tan escasa curiosidad mostraban sobre la dinámica que permitió a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) hacerse con una cuantiosa fortuna por medios no demasiado éticos en un país ensangrentado por la guerra y en gran parte aterrorizado por la represión.

    Su referencia al caso de Jordi Pujol colmó el vaso de mi paciencia. En definitiva en septiembre/octubre de 2014 llegué a tres conclusiones, quizá erróneas, pero de
    las que no pude zafarme:

    - El valor científico de la biografía escrita por tan notabilísimos y alabados autores es casi igual a cero. Como el de su libro anterior, solo que ahora envuelto en una actitud de gran pretenciosidad y en una supuesta objetividad aireada a los cuatro vientos para encubrir un trabajo banal.
    - P/P probablemente lo que habrían querido es "hacer caja", aprovechándose de la cercanía del XL aniversario. Esto de por sí no es nada reprochable. ¿A quién no le gusta que sus libros se vendan cuanto más mejor? Por la caja, por la gloria o por el deseo de que los lectores conozcan sus opiniones, a lo que todo buen historiador aspira.
    - Sin embargo, en este caso me pareció que lo que estaba en juego era el intento, un tanto cínico, de explotar al máximo una imagen de "gran hispanista" y ocultar oscuros, pero no borrados, antecedentes ideológicos. ¿Para qué? Verosímilmente para difundir una interpretación que vendiera bien en ciertos círculos de descendientes de quienes en España y en el extranjero siempre ayudaron a Franco.

    Reproduzco mis impresiones de hace un año. No pretendo haber estado en lo cierto. Parto, sin embargo, del supuesto de que a los historiadores se nos juzga por nuestras obras y no por nuestras intenciones. A su vez, esas obras se valoran con arreglo a criterios hermenéuticos, metodológicos y heurísticos muy precisos. Para mí, tras una primera y urgente lectura, P/P suspendían en casi todos ellos.

    Su afirmación de que la biografía está basada en documentación primaria y en un gran esfuerzo de acopio de la literatura relevante pertenece en buena medida al reino de la fantasía. Tal vez lo habrán anunciado con el fin de pescar incautos, que por desgracia abundan, pero no resiste la menor contrastación hecha con criterios profesionales.
    La aseveración de que "casi 40 años después de su muerte, Franco y su larga dictadura aún no han quedado totalmente relegados para la Historia, sino que continúan levantando encendidas pasiones, al menos entre una parte de sus compatriotas" me hizo pensar si estaban realmente pensando en España o en, quizá, otro lugar. Porque me dio la impresión de que el gran hispanista norteamericano parecía haber olvidado el dictum de uno de los grandes literatos de su país, William Faulkner: "The past is never past. It´s not even past"

    Pero la reseña crítica que pudiera hacer en alguna revista profesional o incluso en un medio de comunicación de los que también se leen en la red me pareció que no haría justicia a la obra. Si P/P no se han tomado en serio a Franco, la figura del Caudillo sí merece que se la tome muy en serio. Es lo que han hecho numerosos historiadores españoles y extranjeros, con frecuencia no aureolados con las distinciones y glorias académicas y profesionales de que hace gala el profesor Stanley G. Payne.

    Conspiración y guerra

    El papel de Franco como conspirador contra la República y su actuación en la guerra civil los ha abordado un discípulo y colega del tan llorado Gabriel Cardona. Juan Carlos Losada ha labrado su reputación como historiador militar, ámbito del que P/P no parecen tener demasiada idea. Su contribución es particularmente crítica de las interpretaciones de la biografía y, sin deleitarse en la considerable acumulación de errores en que la obra incurre, llega a un veredicto implacable: el valor de la misma es = cero.

    Confieso estar de acuerdo con Losada. Es más, cabe reprochar a tan esforzados biógrafos que, como es habitual en su obra, no se les ocurra profundizar lo más mínimo en su más que pedestre interpretación en lo que toca a la superficialidad de los hechos. No solo no indagan en las interioridades (que ya van conociéndose de la conspiración y que algunos de los protagonistas de la época pusieron desde hace muchos años al descubierto) sino que omiten (una vez más) cualquier análisis crítico de la literatura disponible. Es difícil seguir manteniendo que hasta el último minuto Franco estuvo dubitativo (lo que, sin embargo, sería congruente con su prudencia innata y su dificultad en tomar decisiones) y que, además, quiso cumplir con su juramento de fidelidad a la República. Solo la imparable marcha hacia el estallido de la revolución izquierdista que P/P afirman que se avecinaba y la muerte violenta de Calvo Sotelo no le dejaron otra alternativa.

    Naturalmente eluden indagar en las implicaciones de la instrucción reservada de Mola para el Ejército de África de finales de junio y se abstienen de explorar la prehistoria del vuelo del Dragon Rapide y su destino. Todo lo que afirman no tiene una sola referencia documental seria. Sobre el Franco en guerra se ha escrito mucho, pero nuestros autores tampoco están demasiado familiarizados con la moderna y más relevante literatura. Dado que, de nuevo, desarrollan su argumentación al nivel más elemental posible (no más elevado que el que adoptaría un alumno de tercero de grado) todo lo que huela mínimamente a análisis les es extraño. Llama la atención que para todo el período de la guerra solo haya cuatro (quiero decir, 4 y solo 4) referencias a documentos de la FNFF. Es decir que en el terreno más trabajado por la investigación empírica, que ha ido demostrando en los últimos años hasta qué punto habían quedado millares de documentos por explorar, el valor añadido de nuestros autores es o bien nulo o centrado en la tergiversación.

    Algún lector pensará que estoy exagerando. Lejos de mí tal pecado. En menos de cinco páginas (pp. 242-246) P/P "despachan" el final de la guerra. Aparte de repetir como papagayos los consabidos mitos de la preponderancia comunista, del carácter lacayuno a los dictados de Moscú del Gobierno republicano y otras lindezas ni se les ocurre mencionar el canónico libro de los profesores Ángel Bahamonde y Javier Cervera (que tiene ya algunos añitos) ni, por supuesto, las investigaciones posteriores. Las referencias oblicuas a supuestas intenciones soviéticas solo tienen como fuente su imaginación. Y, si no, ¿por qué no las documentan? Porque documentarlas sí se podría. Varios historiadores han trabajado sobre documentos soviéticos. Entre ellos un norteamericano, Daniel
    Kowalsky, a quien Payne dirigió su tesis doctoral (algunas malas lenguas dicen que también se aprovechó de ella). Pues bien, ¿creerá el lector que lo citan? Sería lo más normal, pero Kowalsky no figura en su larguísima relación de "nuevas" fuentes secundarias, esas que ensalzan tanto en el prólogo. Una casualidad.

    Admitamos, a meros efectos dialécticos, que tal vez Payne haya reñido con él y que por
    consiguiente haya caído en la fea tentación de ningunearlo. Obviamente no puedo saberlo ni me importa. Pero sí sé que Payne tampoco menciona a otro historiador, esta vez alemán, que al igual que Kowalsky y un servidor se molestó en trabajar en los archivos de Moscú. ¿Acaso no hemos descubierto entre los tres nada nuevo? Porque lo cierto que entre las obras que mencionan los admirables P/P no aparece ninguna que esté basada en la documentación soviética. El autor alemán al que me refiero se llama Frank Schauff. ¿Verá su nombre el lector en la grandiosa bibliografía que nuestros biógrafos dicen haber utilizado? Como el catedrático de Wisconsin cita, ocasionalmente, algún libro en alemán supongo que entenderá tal idioma. Ahora bien, si esto es así todavía en 2014 no se había enterado de que el libro de Schauff, disponible en español, data ya desde hace una buena porrada de años. En estas condiciones ¿cómo otorgar a P/P la menor credibilidad? Y ya, para terminar, ¿por qué no citar, al menos, el libro de los primeros autores españoles en haber trabajado en los archivos de la Komintern? Antonio Elorza es un historiador superfiable y la añorada Marta Bizcarrondo daba sopas con hondas a Payne y a Palacios en lo que atañe a interpretar la izquierda bolchevique española. Quizá es que todos estos temas les producen urticaria.

    El vergonzoso tratamiento de la represión franquista

    Si las patochadas relacionadas con los malvados negrinistas, comunistas y soviéticos son de antología la aportación de P/P queda a la altura del betún cuando acometen una auténtica "machada" historiográfica. La de intentar blanquear, en lo posible, uno de los "pecados capitales" que, según afirman, ennegrecen la imagen de Franco: su papel en la represión. No pueden evitar, claro es, entrar al toro pero se cuidan muy mucho de cuadrarlo. De entrada el capítulo que dedican a la represión es uno de los más cortos de la biografía (catorce páginas, de la 255 a la 269). La técnica que emplean es muy simple: por un lado practican la omisión masiva, en gran escala; por otro utilizan referencias a presuntas "autoridades" cuidadosamente seleccionadas.

    No son muchas. Destacan personajes como Francisco Pilo o Julius Ruiz, profesor de la Universidad de Edimburgo. A este último P/P le caracterizan, nada menos, que como "el principal historiador de la represión de la posguerra" (pág. 693). [En este punto confieso que casi no puedo reprimir una sonrisa de conmiseración en vista de tanta ignorancia o, quizá, de tanta duplicidad].

    Lo que cuenta es el efecto que nuestros distinguidos biógrafos quieren obtener. Así, al lector no informado que acuda a tan corto capítulo como fuente de información se le escapará sin duda el que el estudio de la represión franquista, de 1936 a 1975, se ha convertido en el capítulo más vibrante de la historiografía española en los últimos años. La "recuperación de la memoria histórica", unida al escándalo mayúsculo que supone la exhumación de las "fosas del olvido" (nunca expresión de este carácter fue tan ajustada a la realidad), más el hecho de que España disfrute del dudoso honor de ser el país que mayor cantidad alberga tras Cambodia, han avivado las ansias de conocer el negro pasado de muchos años de represión continuada.
    No extrañará, por ello, que en este número de HISPANIA NOVA se haya realizado un esfuerzo especial para presentar a los lectores lo que a P/P no les ha pasado por la mente hacer: un resumen, dividido en tres aportaciones, de la panorámica general de la represión, desde 1936 a 1975. Sí, a 1975.

    Procedemos cronológicamente. En primer lugar el Doctor José Luis Ledesma, uno de los expertos más notables de la violencia en la guerra civil, tanto franquista como republicana, sintetiza en su artículo sus objeciones a las cortas referencias que P/P dedican al tema. Ledesma publicará dentro de poco su tesis doctoral del Instituto Universitario Europeo (Florencia) pero ya antes de ello había escrito largo y tendido sobre esta temática. En todo caso, incluso el menos informado lector podrá comprobar que la vacuidad y el carácter esquivo y torticero del proceder historiográfico de P/P quedan más que demostrados en este artículo.

    En segundo lugar este número ha podido contar con la contribución del profesor Francisco Moreno Gómez. Su último libro, La victoria sangrienta, me impactó de tal manera que le dediqué varios comentarios en mi blog. Moreno lleva años dedicado a la investigación de las modalidades y efectos de la represión y es una de las autoridades en la materia. No Julius Ruiz. Desde el punto de vista cronológico su artículo continúa el de Ledesma. Tras recordar algunos rasgos esenciales de la violencia franquista en la guerra civil Moreno Gómez se centra en las características de la represión multimodal, continuada, que Franco mantuvo durante los años cuarenta. ¿No hablan P/P de la importancia de "sus" fuentes?

    Pues bien, leyendo este artículo lo que se pone de manifiesto es que nuestros eminentes biógrafos no tienen ni la más mínima idea de lo que significan las fuentes y la literatura existentes. Esta mera constatación debería servir para, en el plano puramente historiográfico y académico, aniquilar su obra. Punto. Finalmente el Doctor Juan José del Águila, magistrado jubilado, con una larga carrera como jurista en la dictadura, ha seguido la pista de las disposiciones y efectos del mantenimiento de la Jurisdicción de Guerra. Su obra sobre el Tribunal de Orden Público (TOP) es de auténtica referencia pero ni que decir tiene que nuestros eminentes biógrafos la ignoran cuidadosamente. Y digo cuidadosamente porque yo me fío de la afirmación de del Águila de que, en su momento, se la envió a Payne, quizá pensando en que el distinguido catedrático emérito de Wisconsin era un historiador serio.

    Los tres autores ponen de relieve no solo las omisiones de P/P sino algo mucho más grave: la distorsión de los hechos, ya sean los encerrados en archivos que jamás han visitado sino, más prosaicamente, en las páginas del Boletín Oficial del Estado, muchas de ellas consultables sin problemas por internet desde Wisconsin y Madrid, a las que Palacios siempre hubiera podido complementar con cualquier ojeada al Aranzadi, disponible fácilmente en numerosas bibliotecas. Este tipo de omisiones, y la preferencia marcada hacia el señor Pilo y el Doctor Ruiz, creo que caracterizan perfectamente la obra cuyo objetivo es la desinformación y su rasgo más acusado la manipulación. Punto.

    Anticonclusiones

    Es muy de agradecer que P/P hayan, siguiendo la costumbre académica, sintetizado sus "hallazgos" en las páginas 623 a 650. En ocasiones son patéticas y ruego al lector que me disculpe por el reiterado uso de este adjetivo. "Ningún rey tradicional dispuso de los poderes y capacidad de "penetración" (...) que sí tuvo este fuerte dictador del siglo XX". Esto para quitarse el sombrero, la boina o, en honor de la costumbre norteamericana, la gorra de béisbol. Quizá lo mismo podría decirse de Hitler, Stalin, Mussoini, Mao Tse Tung, Ceausescu, entre otros. El argumento es rotundamente ucrónico. Ningún rey necesitaba aplicar el Führerprinzip tan a rajatabla como Franco en una situación de relativa avanzada tecnología y de moldeamiento de la opinión por la imposición de los medios de comunicación de masas. De comparar a Franco con algún rey mi preferencia iría a Fernando VII lo cual no es precisamente un timbre de gloria. Retrasó la evolución política y social española casi tanto como reinó. La caracterización sicológica de Franco que ofrecen P/P (solo tenía una limitada paranoia) es, cuando menos, discutible. Cabe añadir otros rasgos. Para mí el más importante fue su impenitente narcisismo, algo en lo que nuestros estimados autores ni siquiera reparan. Sin embargo es fácil ilustrarlo con ejemplos que naturalmente no identifican.

    Que Franco no fuese tan terrorista como Stalin y Hitler es muy de agradecer, sobre todo si el historiador se sitúa en el punto de vista de las víctimas. Pero lo fue mucho más que Mussolini. Esta última comparación no la hacen P/P. Podrían, por ejemplo, haber estimado el número de muertos implicados en el montaje y evolución de la dictadura fascista italiana hasta 1939 y compararlo con la mortandad española de la posguerra. Es una posibilidad. Otra es haber penetrado en las características, tan diferentes, de ambas sociedades. En cualquier caso no cabe escabullir el bulto diciendo simplemente que Franco "nunca mandó ejecutar a una persona que hubiera sido un estrecho colaborador".

    Mussolini, es verdad, lo hizo con Ciano. No le salva tal vez pero el Duce tuvo menos
    afición al gore que el africanista Franco. Por lo menos hasta muy avanzada su participación en el segundo conflicto mundial. ¿Tuvo más éxito el "Caudillo de España" que Stalin? Nuestros autores dicen que sí pero no identifican los criterios que utilizan. Hay uno muy simple que deberían haber aplicado tras empeñarse a colgar de Franco el timbre de gloria de "regeneracionista". En los años veinte la naciente Unión Soviética era un país atrasado, empobrecido, esquilmado. Tres decenios después se había convertido en una superpotencia. No puede afirmarse que no fuera un éxito. Otra cosa, naturalmente, fue el coste. En general, para un historiador que presume de comparativista como es Payne sus referencias a otras realidades históricas son o banales o distorsionadoras, al querer  examinar bajo su luz la realidad española.

    ¿Fue la sociedad en el tardofranquismo más feliz, potente y moderna que la que existía cuando Franco empezó su escalada hacia la cúspide? Es obvio que se había desarrollado económicamente. También lo hicieron casi todos los demás países de Europa occidental en los treinta gloriosos años después de la segunda guerra mundial, salvo Portugal y Grecia. España empezó a crecer solo a mitad de los años cincuenta pero ya llevaba tiempo haciéndolo mal y continuó en ello. En cuanto a la felicidad (concepto más bien personal que colectivo) si se tiene en cuenta que la dictadura se asentó sobre una guerra civil no cerrada y una represión sin precedente en la historia española, el aserto de P/P es discutible. Por lo que se refiere a cifras de muertos, huelgas y violencia que se registraron en los primeros años de la transición convendría que hubiesen hecho, siquiera, una mínima referencia. En todo caso, ¿cuál fue el comportamiento colectivo de los españoles en junio de 1977, en las primeras elecciones libres desde 1936? Pues estribó en sentar las bases para echar abajo todo el aparato institucional del franquismo y en dejar en la estacada a sus sucesores y ansiosos continuadores, dentro de lo posible. Franco era imperialista, afirman, "en la época de los imperialismos europeos". ¿Qué imperialismos? Los únicos existentes eran los fascistas porque la URSS bastante tenía conque la dejaran sola o le permitieran participar en la formación del valladar antifascista que la amenazaba tanto, o más, que a las democracias occidentales.

    Pero eso sí, concluyen P/P, Franco pronto se dio cuenta de que su destino no estaba ligado al Eje. A mí me da un poco de vergüenza llevar la contraria al distinguido historiador de Wisconsin porque él ha escrito una monografía sobre las relaciones Franco-Hitler y yo no. Sin embargo, como según la costumbre habitual tal monografía no está precisamente muy basada en fuentes primarias novedosas, he de dejar para mejor momento (quizá el año próximo) la demostración de cómo es posible avanzar en ese  ampo que aparentemente está ya tan trillado.

    Lo que no entiendo es el emperramiento de Payne (y de Palacios, segundón estrecho) en seguir manteniendo que la guerra de expansión "junto a Alemania fue una tentación común a todos los dictadores europeos, fueran de derechas o de izquierdas" (p. 633). No fue, ciertamente, el caso de Oliveira Salazar. Tampoco de Stalin. Payne se empeña en lo contrario gracias a un reiterado fallo interpretativo de la dinámica que condujo al pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939. La literatura alemana, francesa y anglosajona que lo aclara, junto con sus pormenores, es algo que nuestro internacional autor desconoce pura y simplemente. Tampoco ha trabajado en los archivos que podrían aclarar algo su petición de principio. Los más importantes son los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. Así que no le importa nada quedarse tan satisfecho con sus invenciones.

    Es muy interesante la mirífica creencia que P/P tienen en las razones que explican la escasa efectividad de la guerrilla (o maquis). Como desconocen la abundante literatura existente (solo citan en la bibliografía una obra que no utilizan para nada) no se les ocurre pensar que fue el único caso en que la resistencia militar contra la incipiente dictadura fue abandonada por las potencias democráticas en guerra (lo que no ocurrió en ningún otro caso de entre los países ocupados por los nazis).

    Tampoco han perdido el tiempo indagando en las consecuencias de una política de venganza (Paul Preston) que acoquinó a la población civil ni en los estragos que causó entre los vencidos. Sin apoyo exterior, ¿cuánto podría mantenerse el maquis? Al menos los británicos ayudaron a la resistencia en Francia, Bélgica, Yugoslavia, etc. desde el primer momento. Y luego se unieron los norteamericanos.

    Un historiador internacional de la talla de Payne, ¿no ha leído nada sobre el SOE o la OSS?. ¿Sobre la Résistance en Francia? ¿Sobre Vichy? ¿Cuál fue la política de los aliados respecto a la España de Franco? Convendría que, al menos, hubieran indicado algunos de sus rasgos característicos en vez de emborronar páginas sobre la ECONOMÍA. ¡Oh!, la economía... Una "dormida" para el lector casual y no abrumado por la actual crisis que es al que probablemente apuntarán P/P.

    Sin embargo lo único que hacen es acentuar a troche y moche la voluntad de su héroe (p. 626) de crear una "economía productiva", !nada menos! así como las presuntas aspiraciones "regeneracionistas" de su tan alabado Caudillo. Al final resulta que a Franco ha de rescatársele por su incomparable aportación al desarrollo económico español. Pues si es así, van listos, porque este es un tema bastante bien estudiado por historiadores y economistas españoles.

    Claro es que, no faltaría más, los trabajos más serios y documentados sobre la fase de autarquía y su desembocadura en el plan de estabilización y liberalización de 1959 los desconocen nuestros entendidos autores. No vamos a pedirles que ojeasen el libro de Manuel-Jesús González o los trabajos de Manuel Varela o, ¿por qué no?, los míos propios. Hasta podrían haber consultado alguna vieja edición de los manuales de Ramón Tamames. Pero, en realidad, quizá les habría venido mejor seguir el recio aforismo español del "zapatero, a tus zapatos". O, por lo menos, haber leído algo más que los cuentos de la lechera. Así, sus famosas "nuevas fuentes secundarias" se quedan en un hálito un tanto desvaído o en un autotorpedeamiento en la propia línea de flotación del argumento más reiterado para redimir a Franco. De nuevo, como siempre, manipulación.

    Conclusión

    Al término del análisis colectivo al que se ha sometido la banal obra de P/P quedan todavía varios aspectos por rectificar. Pero el gato está servido, el tiempo es corto, los apremios profesionales muchos y el pasado ignoto guarda demasiadas cosas por descubrir. Perder el tiempo en una biografía destinada a hacer caja o a tranquilizar a los eventuales lectores de que Franco fue, realmente, un gran hombre al que la izquierda (siempre la maldita izquierda) no quiere hacer justicia es algo que resulta un tanto tedioso.

    No obstante, quizá estos ensayos, que no esconden un punto de mordacidad cuando no de ironía, puedan cumplir una función útil. El catedrático de Wisconsin, tan enfrascado en sus estudios sobre la guerra civil y el franquismo y sus comparaciones internacionales, no ha tenido tiempo, me temo, de haber dedicado atención a los principios fundamentales del oficio de historiador. Quizá porque crea que en esa España corroída por la memoria histórica, izquierdismos varios y la corrupción no hay investigadores que sí se los toman en serio. Tal vez porque lo que preocupe desde hace años sea hacerse con un "paquete". Así que no estará de más recordarle algunos de esos principios. No por supuesto de nuestra propia cosecha sino de la pluma de un colega de la Universidad de Harvard de quien probablemente haya leído algo. Ha sido el editor del Journal of the Philosophy of History y del Companion to the Philosophy of History and Historiography. Uno de sus trabajos de síntesis sobre revisión historiográfica y revisionismo ha sido publicado recientemente en España.

    Obsérvese que en este número quienes a él hemos contribuido no nos hemos adentrado en la polémica subyacente. Hemos preferido centrarnos en las afirmaciones y omisiones en que incurren nuestros estimados autores.

    El primer principio que menciona Tucker es que los historiadores proponen un conocimiento científico falible, es decir, que está basado en la precisión, en la descripción de las evidencias, en el alcance de la capacidad explicativa, en la diligencia en la búsqueda de pruebas, en la coherencia interna, etc. Es un conocimiento que permite elegir entre varias hipótesis o teorías concurrentes. Medido por estos criterios, la metodología de P/P se cae por su propio peso.

    El segundo principio es que los historiadores genuinos huyen de revisiones no científicas porque los anteriores criterios se aplican a sus propias construcciones y estas son contingentes y dependen de factores tales como el descubrimiento de nueva evidencia, la evolución teórica para tratar con ella, el discurso intersubjetivo y, en general, la apelación a métodos aceptados desde que la historiografía dejó de basarse en relatos mitológicos o literarios.

    Pues bien, lo único que se me ocurre es afirmar que P/P son revisionistas no genuinos y que escriben lo que Tucker denomina "historiografía revisionista ilegítima", es decir, la apegada a valores no cognitivos sino ideológicos y políticos. Comprendo que esto pueda no gustar a muchos cuando se dirige a un historiador de la talla aceptada comúnmente de Stanley G. Payne. Pero su biografía de Franco lo demuestra abundantemente.

    De todas maneras, no hay que perder la esperanza. Veremos si P/P se dignan responder a nuestras observaciones con muestras adicionales de su simpar conocimiento de fuentes primarias o, cuando menos, de otras "nuevas fuentes secundarias". Hasta entonces habrá que aplicarles el clásico quousque tandem... abutare patientia nostra.

    martes, 10 de noviembre de 2015

    PRENSA CULTURAL. Sobre "Los caprichos de la suerte", novela de Pío Baroja. José-Carlos Mainer

    Pío Baroja
       En "El País":

    Rescoldos de la hoguera

    El escritor hizo con la Guerra Civil lo que con otros conflictos: contarla a su público


    Pío Baroja hizo con la Guerra Civil lo que siempre había hecho con las grandes conmociones del país que le toco vivir: contarla a su público. Lo hizo con la guerra carlista, que fue una vivencia casi intrauterina; con la desmoralización de 1898 y el nacimiento del proletariado madrileño; con el atentado de Mateo Morral y la mala simiente del terrorismo; con la Europa que sobrevivió a 1918; con la España de la República. La novela Los caprichos de la suerte es el remate de una trilogía, Las saturnales,que escribió febrilmente entre 1949 y 1951, cuando contrastó su opinión y sus recuerdos con las muchas cosas que le contaron sus contertulios, las criadas de casa y los amigos libreros. No vio nada bueno en su balance: incompetencia de los políticos, doctrinarismo en todos los partidos, turbios deseos de venganza en las masas; cerrilismo en gentes más influyentes.
    Su previa exploración de la república recibió su nombre —La selva oscura— del temeroso paraje en que se encontró Dante al inicio de la Divina Comedia. Las saturnales eran las fiestas romanas del solsticio de invierno que consagraban la vuelta al desorden primitivo y al derroche, seguramente para celebrar el final del ciclo anual de los cultivos. Se celebraban con un banquete en que esclavos y amos llegaban a intercambiar sus funciones. Baroja siempre creyó que de aquella sangría suelta de 1936 sólo vendría el final de la clase media, la suya, menos culpable que ninguna de aquel desastre. De eso trata Los caprichos de la suerte: de un periodista republicano desazonado que huye a París, de una historia amorosa tardía a la que pone fin el egoísmo, de un París vivaz sobre el que ya planea la negra sombra de otra guerra y de una desesperanzada huida final a América (que Baroja tentó sin decidirse a la postre).
    Ya no hay nada más de relieve en la gaveta de Itzea… Y esta última obra tiene ecos de otras: el personaje de Procopio Pagani viene de El hotel del Cisne, que es la novela de los españoles que vivieron en París la Segunda Guerra Mundial y que abrió la trilogía inacabada Días aciagos; un capítulo entero fue removido de nuestro relato para integrarse en Aquí París, y una trama parecida se había esbozado en la novela corta Los caprichos del destino, ya publicada en 1948. Restos de un naufragio, rescoldos de un fuego: “Serán ceniza, mas tendrá sentido", dijo Quevedo del fin del amor constante.