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viernes, 8 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los justos", de Albert Camus. Fernando Aramburu

   En la revista "Mercurio":

No todo está permitido

FERNANDO ARAMBURU  |  MERCURIO 154 · TEMAS - OCTUBRE 2013

Estrenada en la posguerra, cuando muchos aún justificaban la violencia en razón de objetivos políticos, ‘Los justos’ ofrece una profunda reflexión sobre la inviabilidad moral del terrorismo
Atentado
Los justos. © ASTROMUJOFF
Albert Camus estrenó Los justos a finales de 1949 en el Théâtre Hébertot de París. No faltaron algunas reacciones y comentarios adversos. Visibles todavía en numerosas ciudades y pueblos los estragos de la guerra reciente, una parte de la intelectualidad occidental europea, incluyendo la francesa, sigue cerrada por entonces a la crítica del ideal socialista a partir de sus consecuencias. No pocos intelectuales que disfrutan de la amplia libertad de expresión que les garantiza la democracia desean para su país la dictadura soviética. Se niegan a admitir que un modelo social basado en un ideal de justicia equitativa pueda desembocar en un régimen sanguinario, con su tirano a la cabeza y sus servicios policiales consagrados por entero a la represión. Frente a la subordinación del hombre a las ideas, origen de tanto fanatismo, Camus propone una profunda reflexión moral sobre la base de que ninguna convicción, por nobles que sean su apariencia y su propósito, es justa si sirve de coartada para ocasionar daño al prójimo. ¿Lo es si quien se empeña en llevarla a la práctica sacrifica su vida en el intento?
Es esta una de las cuestiones esenciales tratadas en Los justos. La acción transcurre en Moscú, a principios del siglo XX. Cinco activistas de una organización revolucionaria (cuatro varones y una mujer) se han propuesto liberar al pueblo ruso por la vía de liquidar a los déspotas. La primera tentativa de matar a uno de ellos fracasa como consecuencia de un repentino escrúpulo del terrorista encargado de arrojar la bomba. En la calesa del gran duque, blanco del ataque, viajan dos niños. Una segunda tentativa, pocos días después, conduce a la muerte del referido aristócrata, así como a la detención, encarcelamiento y posterior ejecución del terrorista. El interés de Los justos acaso no radique hoy día tanto en sus componentes propiamente literarios, en absoluto desdeñables, ni en la psicología de los personajes como en las complejas cuestiones de índole moral que la pieza plantea y sobre las cuales el propio Camus se pronunciará por extenso en su obra inmediatamente posterior, El hombre rebelde.
¿Se puede crear una sociedad justa cometiendo asesinatos? No es difícil comprender que una sucesión mejor o peor organizada de crímenes constituye un ejercicio de pureza. Por lo general, los brutos, cuando se meten a arreglar el mundo a su manera, optan por este tipo de soluciones primitivas, equivalentes a una poda de seres humanos en vez de ramas. La idea básica consiste en llevar a cabo una selección, con el pensamiento de que al final la sociedad albergue solamente a los adeptos; esto es, a los puros.
La actividad criminal continuada es inviable si el activista no tiene cerradas todas las puertas de la culpa. La culpa no solo es un elemento desmoralizador, un obstáculo, un freno en el esfuerzo hacia el objetivo final, sino que implica el reconocimiento de que se ha actuado de forma reprobable. Alienta, por tanto, la conciencia de que no se ha tenido la razón, de que se ha estado sirviendo a ideas erróneas. Para evitar que la culpa disuada o paralice, el activista ha de tomar ciertas precauciones (y si no él, los encargados de lavarle el cerebro). Una de ellas consiste en la criminalización de la víctima, de tal manera que la acción violenta ejercida sobre ella adquiera desde el principio un componente de castigo o, en todo caso, de defensa propia. De este modo, toda culpa es de la víctima. Kaliayev, el encargado de lanzar la bomba contra el gran duque, no tiene duda de que está ejecutando un veredicto. Ni siquiera actúa por propia voluntad. Es un obediente que ve en sí mismo, por así decir, una víctima de la víctima, obligado por ella a matar y a exponerse a las represalias previstas para su caso por las leyes del zar.
La deshumanización del adversario preserva al terrorista de tentaciones compasivas. Para este, la víctima carece de rasgos faciales, de sentimientos, de vida familiar. Se mata a un hombre como se destruye un puente o se cortan los cables del teléfonoLa consiguiente deshumanización del adversario preserva al terrorista de tentaciones compasivas. Para este, la víctima carece de rasgos faciales, de sentimientos, de vida familiar. Se mata a un hombre como se destruye un puente o se cortan los cables del teléfono. Si la víctima hizo en el pasado alguna aportación positiva a la sociedad, no se le tiene en cuenta. Que al morir deje viuda y huérfanos apenas supone un daño colateral o, en todo caso, él ya estaba avisado, no debió meterse en política, qué significa su sufrimiento frente al de todo un pueblo, etc. La víctima es asesinada por lo que representa. Se dispara contra el uniforme, contra el cargo, contra la posición del funcionario en el entramado social, y puesto que la víctima es considerada parte integrante de un sistema injusto, se le hace responsable de cualquier acción, medida o consecuencia de dicho sistema. De nuevo la víctima es culpable; de nuevo el agresor imparte justicia.
Al formular su célebre frase: “Si Dios no existe, todo está permitido”, Iván Karamazov, personaje de Dostoyevski, no renuncia a su condición humana. Está, eso sí, persuadido de haberse quedado sin cimiento moral. ¿Quién le pedirá cuentas por sus vicios y pecados? ¿Para qué practicar la bondad si no hay recompensa? A los terroristas de Camus la condición humana les resulta indiferente. Si Dios no existe, piensan, nosotros ocuparemos su lugar. A partir de ese instante la justicia es absoluta y el reino de los cielos, la sociedad que se aspira a construir. Ahora ya no está todo permitido; ahora prácticamente no hay nada permitido salvo la entrega sin restricciones a la causa. Ni siquiera los niños son inocentes. Cualquier desviación, cualquier demora en el cumplimiento del plan, debe ser atajada sin miramientos.
Ningún personaje encarna de forma tan extrema esta radical postura como Stepan Fedorov, el más inmisericorde de todos. Stepan no tiene empacho en proclamar que no ama la vida, sino la justicia, y que concibe a esta por encima de aquella. Es comprensible que reproche a Kaliayev que no hubiera lanzado la bomba el primer día, cuando el gran duque viajaba en la calesa con su mujer y los dos niños. Pero, ya avanzada la obra, descubriremos en Fedorov una pulsión que los otros, verdaderos crédulos, no sienten: la sed de venganza. Las carnes de Stepan Fedorov están marcadas por el látigo de la ley y él quiere resarcirse a toda costa, caiga quien caiga. A la causa defendida por la organización, él agrega la suya personal, nacida del resentimiento.
Un rasgo, pues, de egoísmo al que a primera vista parece oponerse la renuncia total al interés propio de Kaliayev. “Nosotros”, afirma este personaje, “matamos para construir un mundo en el que nadie vuelva a matar nunca. Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra por fin de inocentes”. Tamaño sacrificio exige la anulación completa de los impulsos naturales del individuo. Poseído por el ideal, el individuo ya solo es un instrumento al servicio de la ortodoxia. Uno de dichos impulsos es el amor, que tanto Kaliayev como Dora, la única mujer del grupo, reprimen de común acuerdo. No hay felicidad posible sino después de cumplido el ideal. Solo entonces el amor deja de entorpecer y deshonrar la causa. Dora lo formula mediante una de esas frases de Los justos que cortan el aliento: “Los que aman de verdad la justicia no tienen derecho al amor”. Es, pues, coherente su decisión final de seguir los pasos del amado hacia el patíbulo. Al mismo tiempo entrevemos en su actitud de desprendimiento extremo un rasgo de egoísmo, mayor incluso que el de quien tan solo aspiraba a una reparación personal. Es el egoísmo de los que anhelan la salvación eterna.
Fernando Aramburu

viernes, 20 de agosto de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). TEATRO. "Los justos", de Albert Camus (1913-1960)

Albert Camus
ACTO PRIMERO
En el piso de los terroristas. Por la mañana.

Se levanta el telón en silencio. DORA y ANNENKOV en escena, inmóviles. Se oye una vez el timbre de la entrada. ANNENKOV hace un gesto para detener a DORA que parece querer decir algo. El timbre suena dos veces seguidas.

ANNENKOV: Es él.
(Sale. DORA aguarda, sin moverse. ANNENKOV vuelve con STEPAN, a quien agarra por los hombros.)
ANNENKOV: ¡Es él! Aquí está Stepan.
DORA (se acerca a STEPAN y le da la mano): ¡Qué alegría, Stepan!
STEPAN: Hola, Dora.
DORA (le mira): Tres años ya.
STEPAN: Sí, tres años. El día que me detuvieron, iba a reunirme con vosotros.
DORA: Te esperábamos. Pasaba el tiempo y cada vez se me encogía más el corazón. No nos atrevíamos ni a mirarnos.
ANNENKOV: Tuvimos que cambiar de piso otra vez.
STEPAN: Lo sé.
DORA: ¿Y allá, Stepan?
STEPAN: ¿Allá?
DORA: ¿En la cárcel?
STEPAN: La gente se evade.
ANNENKOV: Sí. Nos alegramos al enterarnos de que habías podido llegar a Suiza.
STEPAN: Suiza es otra cárcel, Boria.
ANNENKOV: ¿Qué dices? Allá son libres, al menos.
STEPAN: La libertad es una cárcel mientras haya un solo hombre esclavizado en la tierra. Yo era libre y no dejaba de pensar en Rusia y sus esclavos.
(Silencio.)
ANNENKOV: Me alegro mucho, Stepan, de que el partido te haya mandado aquí.
STEPAN: Era necesario. Me ahogaba. Actuar, actuar por fin... (Mira a ANNENKOV.) Lo mataremos, ¿verdad?
ANNENKOV: Estoy seguro.
STEPAN: Mataremos a ese verdugo. Tú eres el jefe, Boria, y te obedeceré.
ANNENKOV: No necesito tu promesa, Stepan. Somos todos hermanos.
STEPAN: Hace falta disciplina. Lo he comprendido en la cárcel. El partido socialista revolucionario necesita disciplina. Disciplinados mataremos al gran duque y destruiremos la tiranía.
DORA (acercándose a él): Siéntate, Stepan, debes de estar cansado después de ese largo viaje.
STEPAN: Yo nunca me canso.
(Silencio. DORA se sienta.)
STEPAN: ¿Está todo listo, Boria?
ANNENKOV(cambiando de tono): Desde hace un mes, dos de los nuestros estudian los movimientos del gran duque. Dora ha reunido el material necesario.
STEPAN: ¿Está redactada la proclama?
ANNENKOV: Sí. Toda Rusia sabrá que el gran duque Sergio fue ejecutado con una bomba por el grupo de combate del partido socialista revolucionario para acelerar la liberación del pueblo ruso. La corte imperial sabrá también que estamos decididos a ejercer el terror hasta que la tierra sea restituida al pueblo. ¡Sí, Stepan, todo está preparado! Se acerca el momento.
STEPAN: ¿Qué debo hacer yo?
ANNENKOV: Para empezar, ayudarás a Dora. Schweitzer, a quien tú reemplazas, trabajaba con ella.
STEPAN: ¿Murió?
ANNENKOV: Sí.
STEPAN: ¿Cómo?
DORA: Un accidente.
(STEPAN mira a DORA. DORA desvía la mirada.)
STEPAN: ¿Y después?
ANNENKOV: Después, ya veremos. Debes estar dispuesto a sustituirnos, llegado el caso, y a mantener el enlace con el Comité Central.
STEPAN: ¿Quiénes son nuestros camaradas?
ANNENKOV: Conociste a Voinov en Suiza. Confío en él, a pesar de su juventud. No conoces a Yanek.
STEPAN: ¿Yanek?
ANNENKOV: Kaliayev. Le llamarnos también el Poeta.
STEPAN: No es un nombre para un terrorista.
ANNENKOV (riendo): Yanek piensa lo contrario. Dice que la poesía es revolucionaria.

lunes, 20 de julio de 2009

PRENSA. "El halcón y la paloma", de Gustavo Martín Garzo


El escritor Gustavo Martín Garzo publica hoy en "El País" este artículo, sobre los disminuidos psíquicos, sus cuidadores, y el amor: EL HALCÓN Y LA PALOMA:

Hay que elegir entre la justicia y el amor -escribió Elías Canetti-. Yo no puedo, yo elijo las dos cosas". Una leyenda del Mahabharata, recreada por Jean-Claude Carrière, nos dice que es posible. Cuenta la historia de un rey de quien todos decían que era el más justo de la tierra. Un día, estando en los jardines de su palacio, una paloma cayó sobre su muslo para pedirle ayuda. Pero un delgado halcón que se posó en una rama vecina le advirtió que era suya y que se la debía entregar. El rey se negó, con el argumento de que no se entrega un animal asustado a su enemigo, y el halcón le dijo que si era el más justo de la tierra no podía negársela, pues sólo esa paloma le permitiría aplacar la angustia de su hambre. ¿Acaso los halcones no se habían alimentado de las palomas desde que el mundo era el que conocían? El rey, turbado, reconoció que tenía razón, y le ofreció canjear aquella paloma por lo que quisiera, un buey entero, todo su ganado, todo su reino. "Sólo aceptaría una cosa, le contestó el halcón. Si sientes tal amor por esa paloma corta un trozo de carne de tu muslo derecho, del mismo peso que esa paloma, y dámelo". El rey se cortó un trozo de su muslo derecho, y mandó que le trajeran una báscula, pero el peso de la paloma sobrepasaba el de la carne. Se cortó otro trozo y la báscula seguía sin moverse, pues la paloma seguía siendo más pesada que su carne. El rey se cortó el otro muslo. Se cortó los brazos, el pecho, toda su carne. Al final, cuando sólo era un esqueleto sangrante, se subió él mismo sobre el platillo, y la báscula no se movía. El cuerpo de la paloma era más pesado que el del rey. "Hemos venido hasta aquí para conocerte, la paloma y yo, dijo entonces el halcón. A ti, de quien se dice que eres el hombre más justo del mundo". Y las dos aves echaron a volar juntas.
He pensado en esta fábula al visitar un centro para niños con parálisis cerebral en mi ciudad. Los niños que pueblan sus salas son como la paloma de esta leyenda, víctimas temblorosas de un mundo donde todo debe responder a unos preceptos de utilidad y eficacia; y los padres y educadores que los cuidan, como el rey que acoge en su jardín a esa paloma. También ellos entregan partes de sí mismos, de su tiempo y de su atención, para proteger a los niños que están a su cargo. Es una entrega que carece de lógica, pues ¿cómo el más dotado habría de ofrecer su vida y el ejercicio de sus capacidades a aquel que nada o casi nada podrá darle a cambio de su sacrificio? El que sabe andar, es dueño de un lenguaje, de unas facultades físicas y mentales superiores, ofrece esas piernas, esas palabras, parte de esos complejos pensamientos, a quien apenas podrá entenderlos o utilizarlos, pues ¿de qué podrían servirle si su destino es estar de más, haber venido al mundo no a enseñorearse de él sino a sufrir su peso inaudito? Y sin embargo, eso es el amor: que también para ese cuerpo haya un lugar entre nuestros brazos y que, al confiarnos su existencia, quedemos obligados a él como si fuera el cuerpo tembloroso de una paloma.
Esto es lo que sentimos al visitar este Centro. Paseamos por sus anchos pasillos, nos asomamos a las clases de grandes ventanas, y al ver las pizarras, los muebles, las mesas llenas de dibujos y objetos, expresión de una labor tan discreta como incesante, pensamos: "Sí, debió de ser en un lugar así donde el rey recibió a la paloma". Y no tendremos entonces una impresión de abatimiento y derrota, sino de desafío. El desafío de una apuesta que tiene que ver con el incomprensible alentar de la vida. Y la visión de los niños ensimismados, de sus posturas extrañas y sus cuerpecitos deformes, pero a su manera delicados y perfectos, nos hará pensar que aún hay mucho por hacer. Y todo a nuestro alrededor tendrá que ver con esa tarea sin fin, la de la construcción de un mundo que no sea el lugar de la decepción y la renuncia sino el de la siempre misteriosa alegría. Eso será entonces este colegio para quien lo recorra y lo sepa mirar con atención, un mundo lleno de tareas pendientes, de apuestas inauditas, donde está presente el juego de la vida y sus siempre delicadas construcciones: las primeras palabras, los primeros gestos, los primeros nombres. Veremos, por ejemplo, a una niña que, incapaz de pronunciar una sola palabra, logrará comunicarse con nosotros señalándonos en su pequeño álbum la imagen de lo que desea. Si quiere ir al comedor, la figura de alguien comiendo; si quiere ir al baño, la de un pequeño retrete; si pide volver a clase, la de una mesa llena de cuadernos. Las demandas se multiplican y mientras otro de los niños quiere mostrarnos sus dibujos una nueva, pequeña como un cordero, se restriega contra nuestras piernas. "Quiero ser real", nos dicen sus ojos cuando la miramos. Y nos iremos asomando a ese mundo desconocido, a sus tareas y sus logros minúsculos, como a un reino lleno de objetos maravillosos y de proyectos tan dulces como insensatos. Masas de papel que dan lugar a una imponente figura de Obelix; soles, estrellas cubiertas de purpurina, un perro detenido sobre la mesa como una de esas figuras recortadas en un seto de boj por Eduardo Manostijeras. Uno de los niños no ve ni logra sostener su cabeza. Está acostado en un pequeño parque y cuando llegamos a su lado su educadora le advierte que es la hora de comer: "Venga, gandul", le dice con ternura. Y el niño se despereza, extiende sus bracitos delgados y sus movimientos tienen la dulce somnolencia de las criaturas que viven en el fondo del mar.
Borges tiene un poema titulado Los justos en que va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos: el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo. Podríamos sumar a ellas las acciones de los protagonistas de esta historia que, como la leyenda del Mahabharata, habla de esa justicia que no sabe vivir a espaldas del amor. La madre que esperando encontrar en su cuna a un niño normal encuentra un ser desfigurado y se ocupa de él como si recibiera en su regazo el cuerpo de un dios diminuto; las pobres criaturas para los que el más elemental de los gestos, tomar una cuchara, por ejemplo, es comparable a la conquista por parte de los alpinistas de la cumbre del Everest; los educadores que escriben para sus alumnos cuentos en que las palabras se confunden con los objetos del mundo. Cada uno de ellos nos entrega una nueva leyenda. Son los nuevos justos, los que, sin darse cuenta, sin pretenderlo, hacen que el halcón y la paloma puedan volar juntos sin hacerse daño.

Añadimos también el poema LOS JUSTOS, de Jorge Luis Borges, mencionado en el artículo:

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.