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lunes, 22 de febrero de 2016

POESÍA. "Parergón. Los ojos", de Antonio Machado (1875-22 febrero 1939)




 PARERGÓN
Al gigante ibérico Miguel de Unamuno, por quien
la España actual alcanza proceridad en el mundo.

            LOS OJOS

                  I
  Cuando murió su amada
  pensó en hacerse viejo
  en la mansión cerrada,
  solo, con su memoria y el espejo
  donde ella se miraba un claro día.
  Como el oro en el arca del avaro,
  pensó que no guardaría
  todo un ayer en el espejo claro.
  Ya el tiempo para él no correría.

                  II
Mas, pasado el primer aniversario,
¿Cómo eran —preguntó—, pardos o negros,
sus ojos? ¿Glaucos?... ¿Grises?
¿Cómo eran, ¡Santo Dios!, que no recuerdo?...

                  III

  Salió a la calle un día
  de primavera, y paseó en silencio
  su doble luto, el corazón cerrado...
  De una ventana en el sombrío hueco
  vio unos ojos brillar. Bajó los suyos
  y siguió su camino... ¡Como esos!

martes, 26 de enero de 2016

LITERATURA. "El papagayo verde". Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

El papagayo verde

Para Flaubert, un escritor obsesionado con la idea de la insuficiencia del lenguaje

a la hora de expresar nuestros anhelos, el loro disecado es un símbolo. Y los símbolos hacen crecer la historia en las direcciones más impensadas

El papagayo verde
TOMÁS ONDARRA

Un corazón simple es una novela corta que Gustave Flaubert incluyó en su último libro, Tres cuentos. Se conservan varias cartas en que su autor se refiere a la laboriosa génesis del texto. La novela apenas tiene 50 páginas y necesitó cinco meses intensivos para escribirla. “Apenas puedo poner en marcha mi historia. Ayer trabajé durante dieciséis horas, hoy todo el día, y por fin esta noche he terminado la primera página”, escribe a comienzos de marzo de 1876. Varios meses después, Flaubert vuelve a aludir a esa dificultad en una carta a su amigo Turguéniev: “Mi Historia de un corazón simple estará terminada sin duda a finales de agosto. ¿Pero qué difícil, Dios mío, qué difícil! Cuanto más adelanto más me doy cuenta. Me parece que la prosa francesa puede llegar a una belleza de la que no se tiene ni idea. ¿No le parece que nuestros amigos se preocupan poco de la Belleza. Y sin embargo es en el mundo lo único importante?”.
Un corazón simple habla de ese mundo de la pequeña burguesía rural que Flaubert conoce como la palma de su mano y que ya ha retratado magistralmente en Madame Bovary. Su protagonista es Félicité, una abnegada mujer que vive a la sombra de su señora, cuidando a sus hijos y ocupándose de las tareas de la casa. Flaubert se detiene con puntilloso realismo en los pormenores de esa vida insignificante y nos habla de sus pesares y pequeñas alegrías, y de los seres que van pasando por su vida: un novio poco delicado, los hijos de su ama, un sobrino, un anciano al que cuida en su enfermedad. Unos mueren, otros se van de su lado o sencillamente la olvidan, y Félicité se queda sola. Casi es una anciana cuando una familia de indianos se muda a la casa vecina. Ella vive pendiente de sus conversaciones animadas, de su afición a la música, de sus vestidos alegres. Tienen un loro, que se llama Loulou. Lo han traído de sus lejanas tierras y a Félicité le fascinan sus colores tan vivos, su voracidad, sus gritos desdeñosos, su mirada desafiante. Pero los indianos no se adaptan bien ni a los inviernos ni al rigor de las costumbres de la comarca, y deciden regresar a sus tierras. Y como el loro es un estorbo para ese viaje se lo regalan a Félicité. Su vida cambia desde entonces, ya que el loro se transforma en su única compañía. A tal punto se obsesiona con él que, cuando muere, Félicité manda disecarle y le construye en su propio cuarto un pequeño altar que se convierte en el centro más secreto de sus fantasías.

El arte no habla de lo
que tenemos sino de lo que nos falta, nos ofrece una segunda vida
Julian Barnes tiene un elocuente libro en que trata de resolver el enigma de ese loro. El loro es para él un ejemplo del estilo grotesco de Flaubert. Y aventura las semejanzas que hay entre el escritor y la protagonista de su historia. Los dos son viejos prematuros, son seres solitarios cuyas vidas han quedado marcadas por las pérdidas, los dos son igual de perseverantes. Y aunque Félicité, al contrario que Flaubert, es incapaz de expresarse, a través del loro recibe el don de las lenguas. ¿Félicité más Loulou equivale a Flaubert? se pregunta Barnes. Félicité contendría su carácter, Loulou su voz. Flaubert estaba obsesionado como escritor con la idea de la insuficiencia del lenguaje para expresar nuestros anhelos. “La palabra humana”, escribe en una de sus cartas, “es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas”. El loro con su repetición paródica del lenguaje humano sería el signo de ese fracaso. Un ave que habla sin parar y que sin embargo no sabe lo que dice, ¿así son los escritores?
En una de sus conferencias, Flannery O’Connor nos recuerda que los estudiosos medievales se servían de tres procedimientos a la hora de enfrentarse a la exégesis bíblica: el alegórico, en virtud del cual los relatos o figuras bíblicos no serían sino la representación de ideas abstractas; el tropológico, en el que daban cuenta de sus enseñanzas morales; y el analógico, en que los textos tenían que ver con la vida divina y con nuestra forma de participar en ella. En su opinión, es esta tercera actitud la que corresponde al artista, ya que le permite enfrentarse al misterio de la vida ensanchando el escenario humano. Es lo que pasa en este relato. Para Flaubert el loro disecado es un símbolo, un lugar de sentido. Pero los símbolos, al contrario de lo que pasa con las figuras de la alegoría, nunca significan una sola cosa. Hacen crecer la historia en las direcciones más impensadas, nos relacionan con lo que desconocemos. El arte de Flaubert opera en Un corazón simple analógicamente (en todas sus novelas lo hace así). Parte de un escenario perfectamente identificable, el que se corresponde con una novela realista como hay tantas, pero de pronto surge en él algo semejante a una fractura, una grieta por la que se precipita lo que creíamos saber acerca de ese escenario y de sus personajes. Algo que desequilibra las cosas, que tiene que ver con alguna forma de visión. Eso representa el loro.

La sensible crónica de una abnegada criada es en una de las fábulas más hermosas de la literatura
Antonio Machado tiene un poema misterioso en que sucede algo parecido: “Te cantaré mi canción, / se canta lo que se pierde, / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”. No sé cómo interpretan los estudiosos de la obra de Machado la presencia de ese papagayo cantor. Decir que se canta lo que se pierde ya es suficientemente hermoso, ¿por qué entonces debe ser un papagayo verde quien lo diga? Creo recordar que esa coplilla fue escrita en la época en que Machado vivía su pasión prohibida por Guiomar, y bien podemos pensar entonces que el papagayo es un símbolo del deseo. Habla de ese mundo poliformo del deseo, de toda la locura y belleza que hay en las selvas tropicales donde viven estas aves. Como si el poeta le dijera a su amada: en esto me he convertido por ti. “Cualquier camino lleva / al arsenal de cosas no vividas”, escribió Rilke. ¿Cualquier camino? No lo tengo tan claro. Hace falta un papagayo en el balcón, un loro como el de Flaubert.
El loro aparece en el lugar de la herida y Félicité al quedarse con él pasa a formar parte de esa legión silenciosa de seres a los que algo les es asignado por un motivo misterioso, como pasa en La leyenda del santo bebedor, la enigmática novela de Joseph Roth. Cumplir con ese encargo supone una restauración de los vínculos con los demás. Arrancarle inesperadamente a la vida, como quería Magris, territorios de persuasión. El loro es mucho más que la imagen paródica de la impotencia del escritor. Gracias a él la sensible crónica de una abnegada criada se transforma en manos de Flaubert en una de las fábulas más hermosas de la literatura universal. Una fábula sobre el sentido del arte, sobre el arte como visión. Porque el arte no habla de lo que tenemos sino de lo que nos falta, quiere ofrecernos una segunda vida. Eso representa para Félicité el loro: todo lo que no ha tenido ni tal vez podrá tener jamás. La promesa de una transfiguración.
De modo que cuando terminen de leer un libro pregúntense si le falta el loro o no. Así sabrán si ha merecido la pena.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

jueves, 4 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Elena Medel lee a Antonio Machado". Laura Ferrero


   En "fronterad.com":

Elena Medel lee a Antonio Machado, y un libro que leía su madre antes de ser su madre

Laura Ferrero - 28-05-2015


A Elena Medel (Córdoba, 1985), Antonio Machado le recuerda a la estantería de la habitación de sus padres. A un tomo que decía: Poesías completas, y en concreto a una anotación del interior, “Araceli, diciembre 1978”. O sea: a su madre antes de ser su madre. Por tanto, podríamos decir que el poeta sevillano la ha acompañado desde siempre, incluso antes de que ella naciera. Leyó a Machado guiada por las marcas de su madre. Y ya se sabe: los libros subrayados determinan un camino y una dirección: nos abren a una multiplicidad de significados. Pero sí: la primera vez que Elena Medel leyó a Antonio Machado lo hizo guiada por una chica que era su madre antes de ser su madre.

Antonio Machado nos conecta a muchos con nuestra infancia. Con poemas que hemos leído en tantas ocasiones que parecen formar parte del refranero popular. Algunos de sus versos huelen a goma de borrar, al bocadillo de recreo, al polvo del borrador de la pizarra en la que algún pobre alumno buscaba figuras retóricas que pocos sabíamos pronunciar. Aliteración. Polisíndeton. Hipérbaton. En realidad, todos hemos vivido –aunque sea un poco– con Antonio Machado.

No hace falta introducir al poeta sevillano. Pero vayamos a por Elena Medel: tiene treinta años, es de Córdoba y de niña prefería leer que dormir (ahora le ocurre lo mismo). Es poeta, escritora y editora de La Bella Varsovia. También, aunque no lo diga casi nunca, ha ganado algunos premios que reafirman lo que ya sabíamos: que es una de esas mujeres que sabe escoger las palabras adecuadas y que tiene una sensibilidad especial para detenerse en lo importante. Consiguió el Andalucía Joven por Mi primer bikini (2001), el Loewe en la categoría de Creación Joven porChatterton (2014). Libros que, junto a los de Vacaciones, Tara Un soplo en el corazón acaba de reunir en Un día negro en una casa de mentira (Visor, 2015). Ahora se pasa al ensayo con El mundo mago. Una vida con Antonio Machado (Ariel). Pese a que este año haya escrito tres libros –aunque uno sea una recopilación–, tardó siete años en terminar Chatterton. De este último, la crítica dijo muchas cosas. Una de ellas, que era un libro generacional.

—Y pensé: ocho años para esto –dice ahora sonriendo.

Es legítimo decir que lo es, pero quizás sea más pertinente decir que Chatterton es un libro que aborda situaciones universales. La precariedad laboral es una constante de nuestra época pero también de muchas otras. Y en realidad el libro va mucho más allá de la crisis. Escrito con ironía, en sus versos retrata las expectativas incumplidas: la soledad dentro de un autobús, las mudanzas y el desarraigo en casa de los padres cuando se ha cumplido la treintena.

Elena Medel no es de esas autoras que tiene prisa por publicar: ella aboga por una escritura lenta. Afirma que empezó a escribir como consecuencia directa de sus lecturas. Primero fue prosa, relatos, incluso tiene un libro inacabado que no acaba de convencerla. Y ahora, sobre todo, se dedica a la poesía, un género que empezó a leer de jovencita cuando a los once años sus padres le regalaron una antología de la Generación del 27.


* * *

Dar con los motivos por los que alguien escoge a Antonio Machado para contarse a sí mismo es preguntarse por esa persona. En el prólogo leemos: “Resulta difícil hablar sobre Antonio Machado sin hablar sobre uno mismo”. Siendo ya mayor, Medel se compró su propio libro de Machado para seguir el rumbo de sus propios subrayados. Y en esta lectura del poeta sevillano, ese poeta que contiene dentro de sí tantos niveles como las muñecas rusas, Elena Medel traza una cartografía de sus propias inquietudes y certezas, de manera que en su lectura asoma la propia niña que era, la que leía en la cama, robando horas al sueño y escondida para que no la encontraran. La misma que pese a no entender a Federico García Lorca de Poeta en Nueva York intuía que ahí había algo importante que descubriría con los años.

Dice Medel que Machado es un poeta enraizado en la vida. Le recuerdo un verso de Benjamín Prado que pertenece a ‘Lo mismo y lo contrario’:

“Hay verdades sin límite
y hay cosas que se acaban:
los ríos son Machado;
yo te amé a tumba abierta;
los alacranes brillan a la luz de la luna
y después son, de nuevo, venenosos y oscuros…”

¿Los ríos son Machado? Nunca entendí esa frase. Me responde Medel que para el poeta, los ríos son marcas de vida. Porque Machado, ya lo he dicho, es un poeta anclado a la vida. En el ensayo El mundo mago. Una vida con Antonio Machado se obvian las lecturas infantiles a las que estamos acostumbrados: “aquí Machado dice, esto significa que…”. Porque la poesía, como el arte en general, no puede leerse como si fuera la guía de una ciudad. La exactitud no es para la poesía, es para el GPS del coche. Porque se equivocan los que buscan el significado a los versos. Aunque lo intentemos, lo que quiso decir el autor lo sabe solo el autor, que por algo lo escribió. El texto, una vez escrito, ya no le pertenece sino que pasa a pertenecernos a nosotros, los lectores, que nos leemos a través de los versos del otro. Cuenta Elena Medel que recientemente, en un examen de literatura del colegio, a la pregunta de “¿A quién está dedicado este poema?”, un alumno dio una respuesta inesperada: “A mí”. La maestra, claro, le puso un diez. No podía hacer otra cosa. Porque esa es una interpretación tan de válida como la real.

Todos hemos tenido la sensación de que hay párrafos, versos o libros que parecen escritos explícitamente para nosotros. ¿Qué poemas siente Elena Medel que están dedicados a ella?

—‘Camisetas’, de Luis Muñoz, y ‘Ya no será’, de Idea Vilariño.

Me estremezco al pensar en aquel verso final del poema de Vilariño, “No te veré morir”.

Tengo los libros de Medel subrayados y me encantaría preguntarle qué quiere decir en muchos de sus poemas. Pero entonces la entrevista no acabaría nunca. Pienso en aquel verso del poema ‘De vacaciones’: “Con las muñecas rotas te estoy diciendo adiós”. ¿Cuántas veces habré leído esa línea tratando de meterme en la cabeza de Medel? Es cierto: no puedes decir adiós con las muñecas rotas, ya no puedes hacerlo porque te has despedido tantas veces que incluso las muñecas han terminado por romperse. Crac. O tal vez se refiera a las muñecas rotas de la infancia. Interpretar es tratar de resolver un acertijo: solo sirve para darnos cuenta de la distancia que separa al autor del receptor. La verdad del arte, de la poesía es esa: la de cada uno.


* * *

No deja de ser sorprendente que una poeta de 30 años dialogue con Machado. Me hubiera esperado un diálogo con Sylvia Plath, con Sharon Olds, tal vez con Wislawa Szymborska.

—Pero… ¿por qué Machado?
—Porque dentro de él hay muchos poetas. En cada poema hay multitud de poemas. Por ejemplo, el de ‘A Jose María Palacios’ es, a la vez, un poema de amistad, amor, desamor y contemplación.


* * *

En El mundo mago Medel dice: “Jugué a dejar que Antonio Machado adivinada mi futuro. Un día cerré los ojos, lancé una pregunta y abrí el tomo grueso al azar, dejando que me respondiera y leí:

“Aunque me ves por la calle,
También yo tengo mis rejas,
Mis rejas y mis rosales”.

Porque el libro habla sobre rejas y rosales, pero no solo de los de Machado o de ella misma, sino de los de la vida. De esos cuatro o cinco temas básicos y universales que nos ocupan a todos, seamos poetas o no. Por tanto, es acertado decir que este no es un libro sobre Antonio Machado. Es un libro sobre Elena Medel leyendo a Antonio machado. Es decir: es un libro sobre Elena Medel.


* * *

El poeta andaluz no nos da sus razones para la escritura. Medel, ahora, en esta cafetería de Barcelona llena de bullicio y de reuniones de trabajo, en un mes de mayo lluvioso, dice que la escritura no tiene únicamente una razón:

—Escribes porque te falta algo y porque quieres encontrarle un remedio a la realidad.

Como decía Carles Dachs “Escric potser perquè no sóc capaç de viure tot allò que em passa” (Quizás escribo porque no soy capaz de vivir todo lo que me ocurre). Algo de eso habrá. Hay algo que se nos escapa, si no lo hubiera, no escribiríamos. Pero ese algo varía según el momento de la vida en el que nos encontremos. Los poemas van cambiando desde el preciso momento en que se empiezan a gestar. Medel empieza anotando ideas en una libreta. Después las deja procesar. Y las cosas cambian, tienen vida propia. Porque ella también lo hace.

Me viene a la cabeza ahora, y se lo comento, un verso comprendido en ‘Maceta de hortensias en nuestra terraza: pulgón’. Dice así: “Porque cuando todo va bien, algo se mancha”. Me pregunto qué tendrá que ver eso con la escritura: ¿Es esa mancha la que nos lleva a escribir? ¿Hace falta que algo vaya mal para escribir?

—No mal. Pero es necesaria cierta falta de certezas. Y sobre todo: no haber encontrado el lugar. No es preciso ser infeliz pero sí tener cierto desasosiego vital.


* * *

Supe que quería conocer a Elena Medel un día en la M-30. Había cogido el autobús número 28 con destino a casa de mi padre en las afueras de Madrid. Parada en medio de un atasco, mirando a través de la ventana, me fijé en la conductora del Range Rover de mi lado. Era una compañera de clase de la universidad. Ella también me vio y al principio tardó en reconocerme. Me saludó con la mano y justo el autobús arrancó y me quedé, ahí, mirando a través de la ventana saludando a la nada. Me sentí absurdamente pequeña en mi autobús de línea. Es un pensamiento infantil pero la comparación existe. Tú vas en un autobús lleno hasta los topes y tu compañera en un coche tapizado de piel de color beige. Yo llevaba, por aquellas casualidades de la vida –los libros y las canciones siempre aparecen en los momentos adecuados–, el poemario de Chatterton en el bolso y releí ese poema infinitamente subrayado: ‘A Virginia, madre de dos hijos, compañera de primaria de la autora’. En él, Medel se encuentra en un autobús que viaja desde la periferia de Córdoba al centro de la ciudad. Se encuentra a Virginia, una antigua compañera de colegio, y pese a que la otra no la reconoce, Medel va armando un poema a lo largo del tiempo –se encuentra a Virginia varias veces– y construye unos versos que la llevan al territorio de la infancia, al centro de Córdoba, pero al centro de la vida misma también. El poema habla de muchas cosas. Pero sobre todo se centra en una: en el fracaso. En volver a casa de los padres. En las uñas mal pintadas, en los consejos del papel cuché, en el bolso colmado de galletas que dos niños devoran en los asientos de un autobús.

La vida también iba a ser eso cuando de niño, en el colegio, te preguntaban qué querías ser. Medel traza, en el que para mí es uno de sus mejores poemas, un viaje al centro de un mundo, el de las expectativas frustradas. En veintiocho minutos que dura el trayecto del autobús Medel desmenuza los años pasados, los años en los que el futuro era algo lejano y lo confronta con un hoy vacío de promesas y lleno de manos ásperas que huelen a lejía y a productos de limpieza. No es un poema alegre. Es sarcástico, irónico. Y reconozco que si me preguntaran a quién está dedicado, diría, como el alumno, que está dedicado a mí. Al menos, aquel día del autobús y el Range Rover, lo estaba.

La grandeza de Elena Medel consiste en eso mismo: en que es capaz de unir autobuses que están a muchos kilómetros de distancia. Y que con sus versos logra hacer más humano y luminoso este mundo que a menudo se nos antoja tan descabellado.



Laura Ferrero es filósofa y periodista. Trabaja desde hace años en el mundo de la edición. En FronteraD ha publicado Un café con Leila GuerrieroLas infidelidades, o la gran crisis del deseoEl Chad: lejos del desencantoEn letras mayúsculas y Miedo de ser William Stoner, y mantiene el blog Los nombres de las cosas

jueves, 19 de febrero de 2015

POESÍA. "A don Francisco Giner de los Ríos". Antonio Machado

Francisco Giner de los Ríos

Ayer se cumplieron cien años de la muerte de Francisco Giner de los Ríos, considerado por muchos como uno de los grandes educadores de la España contemporánea; fue el creador de la Institución Libre de Enseñanza, que estaba «disociada de los principios o intereses de toda comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, y defendía la libertad e inviolabilidad de la ciencia, y el derecho de todo maestro al ejercicio ya la transmisión independientes del conocimiento, sin interferencia de ninguna autoridad».

   Don Antonio Machado le escribió esta elegía:

A don Francisco Giner de los Ríos

 Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió? . . . Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
. . . Oh, sí, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas . . .
Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.

                                      Baeza, 21 febrero 1915.

PRENSA CULTURAL. "Nota sobre el centenario de la muerte de Giner"

Francisco Giner de los Ríos

   En "El País":

Nota sobre el centenario de la muerte de Giner

Fue hombre de su tiempo, de nuestro tiempo y del tiempo futuro


Cuenta Fernando de los Ríos, en su texto "Escuela y despensa (homenaje a Costa)" recogido en sus Escritos breves, que una noche de 1910, durante una cena con su tío Giner y el discípulo de éste Joaquín Costa fue testigo, a propósito de una poesía que describía la España del siglo XVII, del siguiente diálogo entre ellos:
- Giner -le dijo Costa a don Francisco -, esa es España.
Y Giner le contestó:
- No Joaquín, así fue España. España es ya otra.
- Giner, hace falta un hombre.
- Joaquín, lo que se necesita es un pueblo.
La búsqueda de ese pueblo lleva a Giner a crearlo, o a recrearlo. Es la razón última de su proyecto educativo. Giner pretende un pueblo educado en armonía con la naturaleza y preparado para la convivencia. Educarlo, que no instruirlo por medio de la tradicional enseñanza que se ocupaba (y preocupaba) sólo por la memorización de lo que otros pensaban, ajena a toda reflexión propia. Inculcarle el valor de la tolerancia y los principios que fundamentan el avance de la civilización. Dar el protagonismo al alumno. ¿Cómo hacerlo? Giner encuentra la respuesta en la pedagogía, que transforma y revoluciona. Algunos de esos alumnos, imbuidos de tan nobles convicciones, serán años después capaces de hacer suyos los problemas de los demás y antepondrán los intereses colectivos a los propios.
En la primera planta del antiguo edificio de la Institución estaba, en una pared y enmarcada, la elegía que Antonio Machado dedicó a su maestro Giner hace ahora cien años, donde decía:

Pretende un pueblo educado en armonía con la naturaleza y preparado para la convivencia
“Allí el maestro un día soñaba un nuevo florecer de España”
Aquel hombre bueno y poeta sabio que en su Autobiografía recordaba: “Me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza y conservo un gran amor a mis maestros”. Aquel hombre bueno y poeta sabio que, en La Voz de España, el 14 de abril de 1937 recordaba, en la efeméride republicana, que “unos cuantos hombres honrados, (…), tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el porvenir”. Muchos de ellos formados gracias al proyecto educativo que impulsó Giner y dio cauce la Institución Libre de Enseñanza.
Giner fue hombre de su tiempo, de nuestro tiempo y del tiempo futuro. La modernidad de las ideas de Giner hace inevitable el hallazgo de rasgos comunes con actuales renovadores de la educación. En La educación encierra un tesoro, parece como si Delors escribiese la continuación de los últimos textos de Giner. El aprendizaje del alumno no trata solo de sumar conocimientos sino de su aplicación, como también de que los jóvenes aprendan a vivir juntos, y encuentren su propio camino en la vida por medio del ejercicio del pensamiento. También el ilustre profesor de la New York University Ken Bain decía en 2007 que “los buenos profesores no aspiran meramente a que sus estudiantes hagan bien sus exámenes, sino a producir una influencia duradera e importante en la manera en que piensan, actúan y sienten”.
Algo que, asimismo y con sus palabras, decía Giner.
Francisco Michavila es director de la Cátedra UNESCO de Gestión y Política Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid y Patrono de la Fundación Francisco Giner de los Ríos [Institución Libre de Enseñanza].

sábado, 10 de enero de 2015

PRENSA. "Turismo de autores muertos"

   En "El País":

Turismo de autores muertos

La tumba de un escritor de éxito atrae numerosas visitas y los países las quieren en su territorio

Andalucía ha planteado el retorno de Machado desde Francia


El músico Paco Ibáñez canta frente a la tumba de Machado a los 70 años de su muerte, en febrero de 2009. / R. ROIG  (AFP)
A 26 kilómetros de la frontera entre Cataluña y Francia, en un pueblo costero francés llamado Collioure, hay un pequeño cementerio donde está enterrado un santo laico español. Se llama Antonio Machado (1875-1939) y, durante el franquismo, su tumba se convirtió en un lugar de peregrinación política por ser considerada un símbolo del exilio republicano. Más tarde, ante la constante y numerosa afluencia de visitantes, se tuvo que instalar un buzón para dar cabida a cientos de cartas, con todo tipo de peticiones (trabajo, salud, amor, paz), que le dejaban los admiradores de su vida y obra. Cada tanto, algún político de tal o cual partido se atrevía a pedir la repatriación de los restos del poeta sevillano a España y desataba así una encendida polémica que, sin embargo, no tardaba en apagarse. Hasta que llegaba otro para reavivarla.
Cuando en febrero pasado se cumplieron 75 años de la muerte de Antonio Machado, Luciano Alonso, consejero de Educación, Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, propuso (como lo han hecho otros políticos desde hace medio siglo) que los restos del autor de Campos de Castilla regresen a España, de preferencia a Sevilla, antes del año 2025, cuando se cumple el 150 aniversario del nacimiento del escritor. Dijo que Machado añoraba la ciudad donde nació y que por eso buscaría llegar a un consenso para su repatriación.
No dijo nada más y no se conocen muchas gestiones para concluir esta propuesta, pero el debate se reabre de tarde en tarde, porque los autores muertos son también un foco de turismo muy activo. ¿A quién pertenecen los escritores? ¿A su familia, a sus lectores, al Gobierno del país en donde nacieron? ¿Quién de ellos ha de decidir dónde deben descansar sus restos? Hay quien, en sus últimas voluntades, deja claro dónde (o cómo) quiere permanecer después de muerto. Pero ¿y si no lo dejó dicho? ¿Es pertinente trasladar los restos de alguien de un país a otro? ¿Hacer santuarios para fomentar el turismo? El filósofo Emilio Lledó considera que una discusión de este tipo es intrascendente, pues para él “la verdadera patria de un escritor son las palabras. Son ellas las que los hacen inmortales. Lo demás es, como diría el poeta, música de fuentes. Por ejemplo, Homero sigue vivo porque uno lo sigue leyendo y uno no sabe dónde está enterrado o siquiera si está enterrado”.

Savater: “Se debe respetar el deseo de los escritores o de sus familiares”
Su colega Fernando Savater, en cambio, es de los que acostumbra a peregrinar hacia las sepulturas de sus escritores favoritos. “Acabo de volver de la de André Gide en el pueblecito normando de Cuberville-en-Caux. Yo voy por el mundo no dando tumbos, sino dando tumbas...”, aclara. “En condiciones normales, yo creo que lo debido es respetar la voluntad de los propios escritores y, si no, de sus familiares directos. Bueno, lo mejor es tener la precaución de hacerse en vida una tumba preciosa, como Chateaubriand frente al mar de Saint-Malo. En caso de duda, hay que respetar dónde cayeron y enterrarlos in situ, como suele hacer Inglaterra con sus soldados. Cuanto menos oficialismo haya en el asunto, tanto mejor”.
La lista de escritores que no están enterrados en sus países de origen es amplia. Los restos del polaco Joseph Conrad se encuentran en Inglaterra; los del inglés John Keats en Italia, y los del irlandés Oscar Wilde en Francia. Y las propuestas de los políticos para devolverlos a sus terruños son frecuentes. Sucede en Perú, donde, desde los años cincuenta del siglo pasado, miembros del gobierno de turno piden los restos del poeta César Vallejo, enterrado en París.

De tumba en tumba

Las visitas a las tumbas de personajes famosos son frecuentes en cementerios como el Père-Lachaise en París o La Recoleta de Buenos Aires. Ubicado en el Distrito XX de la capital francesa, el Père-Lachaise es la necrópolis más visitada del mundo (dos millones de personas al año). En sus más de 40 hectáreas, llenas de mausoleos, están enterrados grandes nombres de la literatura, el teatro y la música, como María Callas, Jim Morrison, Edith Piaf, Marcel Proust y Oscar Wilde.
En pleno centro de Buenos Aires, en los laberínticos pasillos de La Recoleta, descansan presidentes, vicepresidentes, políticos, artistas, militares, científicos, magnates, revolucionarios y empresarios de Argentina. Pero la tumba más buscada es la de Eva Perón. Cada año pasan por ahí más de medio millón de visitantes.
No hay datos precisos, pero Marta Sanmamed, una artista plástica cuyo esfuerzo se centra en “revalorizar el arte que se esconde en los cementerios”, sostiene que los españoles no están muy acostumbrados a practicar el denominado “turismo de cementerio”. Para ella, “a diferencia de lo que sucede en otros países, los camposantos de España no tienen una buena afluencia de visitantes. Nuestra manera de ver la muerte es distinta, más solemne y oscurantista. El cementerio es un lugar frío y silencioso, entre muros altos”.
La Organización Mundial de Turismo avala la Ruta Europea de Cementerios, que difunde el patrimonio funerario del continente. Está integrada por 60 cementerios —“museos al aire libre”— ubicados en 46 ciudades de 18 países. No obstante, se encuentra en proceso de ampliación por miembros de la Asociación de Cementerios Significativos de Europa. Pero estas dos agrupaciones continentales destacan más las esculturas y mausoleos que las tumbas de famosos que albergan.
Sanmamed es autora de Aquí yace… o no (Oberón), un libro que recopila las historias y anécdotas que rodean a los cementerios más importantes del país. “Los españoles no tenemos la costumbre de visitar tumbas. Porque no somos tan mitómanos. Ni siquiera las de Paquirri o Camarón son visitadas en masa. Sin embargo, hay muchos españoles que cuando van a otros países sí se detienen en algún cementerio. Es decir: visitan otros y no los propios”.
En Argentina también se plantea cada tanto la posibilidad de exhumar la tumba de Jorge Luis Borges, en Ginebra, para llevarlo a Buenos Aires. En 2009, la diputada peronista María Beatriz Lenz presentó un proyecto de ley al respecto, pero no prosperó. Ese año, Mario Vargas Llosa planteó en este periódico una solución para evitar este tipo de polémicas: “Un consejo, amigos escritores: nadie puede poner lo que escribió a salvo de futuras manipulaciones, distorsiones y vejaciones. Pero sí es posible, en cambio, precaverse contra póstumas emboscadas como la que estuvo en marcha y felizmente fracasó contra los huesos del pobre Borges. Háganse incinerar y que esparzan sus cenizas en lugares inalcanzables, como el bosque o el mar”.
Ian Gibson es uno de los hispanistas que más se ha empeñado en desentrañar a las figuras clave de la historia cultural contemporánea de España. Después de siete años de investigación, en 2006 publicó La vida de Antonio Machado. Ligero de equipaje (Aguilar), una monumental biografía que varias personas llevan bajo el brazo cuando van al cementerio de Collioure y contemplan, a la sombra de un árbol, esa especie de cama matrimonial de piedra donde están enterrados Machado y su madre, Ana Ruiz. Ante la reapertura del debate, Gibson es tajante: “Estoy totalmente en contra de la repatriación. Sus restos deben permanecer en Collioure porque así la gente tendrá más clara una etapa histórica de España. Representa la muerte de muchas personas en el exilio y si los mueven de ahí, ¿quién se va a acordar?”.
Lo mismo opina el escritor Antonio Muñoz Molina, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013: “El mejor monumento a la memoria de Machado ya está construido: es el paisaje de Collioure, ese cementerio tan modesto y cercano a España. Ahí murió porque hasta allí llegó huyendo de la victoria vengativa de los nacionales. En ese sitio, fuera de España, resalta paradójicamente su universalidad; ahí también está a salvo de grotescas reclamaciones identitarias, como la formulada por el consejero andaluz. Por otra parte, el monumento a Machado en Baeza, y el paseo con su nombre, se encuentran en un estado de abandono vergonzoso”.
El poeta y narrador Luis García Montero, en cambio, está a favor de que el sepulcro de Antonio Machado se ubique en España. “A diferencia de Luis Cernuda, otro poeta exiliado, que dijo que había roto con España y que su deseo era descansar en México, Machado nunca se desprendió de sus raíces. Lo sepultaron en el sur de Francia, pero allí hubo campos de concentración donde también encerraron a muchos españoles. No es, por tanto, una zona digna de Machado. Y, sobre todo, no es un buen sitio para la memoria de los exiliados. Ahora bien, la Junta de Andalucía propone llevarse los restos a Sevilla. Y no, mejor que sea al Panteón Civil de Madrid, ciudad donde vivió más tiempo y donde están enterrados muchos de sus maestros de la Institución Libre de Enseñanza y varios miembros de la República”.
En la familia Machado prefieren evitar posicionarse en uno u otro extremo de la discusión. Dice Manuel Álvarez Machado, sobrino-nieto de don Antonio, que “la decisión ha de tomarla el pueblo. Y nosotros estaremos de acuerdo con lo que diga la mayoría. Siempre, a lo largo de los años, ha habido gente que ha querido traerlo, pero nunca han hecho las gestiones correspondientes para lograrlo. Se han quedado en meras manifestaciones de voluntad. Y digo yo: ¿hay que traerlo por motivos turísticos? Sería lamentable que lo hicieran solo por eso”.

Wilde, Conrad
y Borges son a menudo reclamados en sus países
Antonio Machado fue un transterrado toda su vida —iba de un sitio a otro por estudios, por trabajo, por amor o por la guerra—. En 2009 cinco de las ciudades que fueron parte de su vida (Sevilla, Soria, Baeza, Segovia y Collioure) formaron la Red de Ciudades Machadianas para promover el turismo en torno a la figura del bardo que murió frente al mar francés el 22 de febrero de 1939. Auspiciada por el Ayuntamiento de Soria, donde se encuentra la Casa-Museo de Antonio Machado, la asociación no considera necesario que sea alguna de las ciudades españolas que la integran la que acoja los restos del escritor. “Quizá nos incrementaría el turismo, pero hay que tener otras miras, no solo económicas”, puntualiza Jesús Bárez, concejal de Cultura de Soria. “Por razones históricas es importante que Machado se quede donde está”.
Claudia de Santos Borreguero, concejala de Patrimonio Histórico y Turístico de Segovia, arguye que “no se puede incrementar el turismo a costa de tergiversar una biografía. Y, en el caso de Machado, la muerte es muy biográfica. Porque es la culminación de las penurias que tuvo que sufrir. Mejor hay que fomentar que los turistas entiendan por qué está enterrado allá”. La delegada de Fomento, Vivienda, Turismo y Comercio de la Junta de Andalucía en Sevilla, Granada Santos, se limita a decir que “cualquier iniciativa turística que suponga crear nuevos productos e itinerarios culturales con los que ampliar y diversificar la oferta de Andalucía y atraer a los viajeros nacionales e internacionales [como la repatriación de los restos de Machado a Sevilla], será siempre acogida de forma positiva”.

Ian Gibson: “Si mueven a Machado, quién se va a acordar del exilio?”
John Kester es director de Tendencias de Turismo y Estrategias de Marketing de la Organización Mundial de Turismo y comenta que “no hay datos concretos sobre cuántas personas incluyen en sus itinerarios turísticos algún cementerio, pero es sabido que la gente que va a París, por ejemplo, casi siempre va al cementerio de Père-Lachaise. Un escritor es patrimonio del país donde nació, donde vivió y donde murió. Y esto representa motivos para visitar tal o cual ciudad. Hay gente que a va a sus casas y a sus tumbas, como si se tratara de sus seres queridos. Es común, también, que la gente incluya cementerios que tienen que ver con la guerra en sus recorridos, como el cementerio de Flandes, en Bélgica, o el de Arlington en Estados Unidos. ¿Qué te hace visitar un cementerio? Pues que la muerte es parte de la vida y que hay que tener un sitio para conmemorar hechos que protagonizaron diferentes personajes. Pero todo depende de la cultura de cada país. Cada uno le da el valor que quiere a sus muertos”.