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jueves, 7 de abril de 2016

LITERATURA. "Alberto Méndez, el más famoso autor desconocido"

   En "El País":

Alberto Méndez, el más famoso autor desconocido

‘Los girasoles ciegos’ prosigue su reconocimiento universal como obra maestra 12 años después de la muerte de su autor

JESÚS RUIZ MANTILLA   18 febrero 2016
El escritor Alberto Méndez.
El escritor Alberto Méndez
Fue editor, empresario, guionista, traductor, comunista, pescador, cocinero, fabulador en cafés clandestinos, vital, iconoclasta, lector contumaz, agitador universitario… Pero muy pocos sabían que Alberto Méndez (Madrid, 1941-2004) también pergeñaba cuentos que a nadie quería leer y urdía en silencio, como un secreto indescifrable y valioso, en la caja del tesoro bajo siete llaves de su terror discreto a no ser entendido.
Sabía lo que se traía entre manos con aquellos relatos que llevaban el hilo coherente de la nobleza y la ignominia, a partes iguales, bajo el epígrafe de cuatro derrotas: las historias, mitad autobiográficas, mitad hijas de realidades ajenas, que compusieron su única obra maestra, Los girasoles ciegos (Anagrama), y que han impactado ya a más de medio millón de lectores en todo el mundo.
Un libro que se defendió sólo desde el principio. Cuando Jorge Herralde lo editó, Méndez apenas pudo saborear su éxito. Murió meses después de verlo en la calle y antes de recibir el Premio de la Crítica, el Nacional de Narrativa o de saber que Rafael Azcona y José Luis Cuerda lo llevarían al cine y que un enorme puñado de editores en 16 países, lo convertirían en un fenómeno de impacto global.
Tampoco que 10 años después de su muerte se celebraría un congreso sobre el libro en Zúrich –organizado por las profesoras Itziar López Guil y Cristina Albizu- y que esas actas formarían un volumen que acaba de publicar Antonio Machado Libros. Su amigo, también editor, librero y distribuidor, Miguel Visor, fue de los pocos que acompañó a Méndez en su aventura literaria hasta el final. “Pocas semanas antes de morir, le llamé y le dije que estaban a punto de lanzar otra edición de su libro. Me mandó a la mierda. Creía que se lo decía para animarlo. ¡Pero era verdad!”. Visor y su amigo Alberto Corazón se encargaron de convencer a Herralde de que lo publicara. “No costó nada. En 48 horas dijo que sí”, comentan ambos.
El dueño de Anagrama, con su olfato de perro viejo, supo ver dentro de los cuentos una profunda humanidad contagiosa en su más amplio sentido. El que impregnan las cuatro milagrosas historias de Los girasoles ciegos. “Lo acogí con cierto recelo”, confiesa Herralde, “pero rápidamente me di cuenta de lo que era: una obra intensa, conmovedora y estremecedora que se dirige al corazón de la derrota, apunta hacia una ideología de la reconciliación y acaba con el triunfo de la verdad literaria”.
Y de su autenticidad, como persona y como creador: “Llevan dentro el retrato de lo que fue: un hombre vital, generoso, inquieto, impetuoso. Algo que, como entendimos al leer, llevaba cociendo toda la vida y finalmente, nos sirvió”, recuerda Manuel Gutiérrez Aragón, otro amigo cercano, que compartió clandestinidades en el PCE, fiebre literaria y complicidades cinematográficas.

"Lo acogí con cierto recelo”, confiesa Herralde, “pero rápidamente me di cuenta de lo que era: una obra intensa, conmovedora y estremecedora"

Como el artista y diseñador, Alberto Corazón. De los pocos que pudo conocer de primera mano algunos folios antes de que fueran publicados. “No hablaba mucho de lo que estaba escribiendo por vértigo. Muy pronto supimos que ese miedo no llevaba razón, porque se convirtió en un fenómeno por el boca oído. De lo que sí me parecía muy consciente es de lo que se traía entre manos”.
La historia del capitán Alegría, ese militar clarividente que se rinde nada más ganar la guerra, convencido de que ha luchado para aquellos a los que mueve más la usura y la mera conquista de los cementerios que otra cosa. La callada batalla de la esposa de un derrotado que queda a expensas del aliento rijoso de un cura ventajista. La desoladora lucha contra la muerte de un padre que no logra mantener vivo a su hijo en el monte. La atroz genética vengativa de un coronel sanguinario que a bocinazos no consigue hacerse con el respeto de un profesor de chelo…
Los girasoles ciegos van delimitando así su notaría de expolio, una lírica de la decencia acosada en mitad de la cizaña, que ha atravesado irremediablemente la sensibilidad de lectores intergeneracionales. Algo que Méndez fue urdiendo a golpe de relatos reales, tras horas de escucha y vivencias personales de remotas pero muy presentes imágenes de infancia. Ecos que encontraron su hábitat entre las páginas de esta narración insólita, trazada en tiempo lento y estado de gracia que sigue creciendo hoy por todos los rincones del mundo.


LECTURA RECOMENDADA Y MIMO DE LOS LIBREROS


Dos factores han contribuido, según Jorge Herralde a que Los girasoles ciegos vaya ganando la batalla al tiempo con una venta media de entre 10.000 y 12.000 ejemplares al año: “Que rápidamente se impuso como lectura recomendada en institutos y colegios y un mimo especial de libreros con mucho peso”, asegura el editor. Pero esa potencia sostenida continúa en otros países, como en Suiza: “Es, desde 2009, lectura obligatoria en la carrera de Hispánicas de la Universidad de Zúrich”, asegura la profesora de dicha institución, Itziar López Guil. “Son muchas las virtudes que le han valido su rápido y justo ingreso en el canon académico. A mi juicio, bajo la aparente sobriedad de su trama y de su forma depuradísima, se oculta una complejidad discursiva muy cercana a la de textos como el Quijote o la Divina Comedia, que Méndez conocía muy bien”, agrega la experta.
Los girasoles… articulan a un tiempo toda una concepción estética sobre el arte literario con una muy peculiar visión de la historia, desde posturas ideológicas y filosóficas francamente complejas. “Y la profundidad de este texto estético es tal que, 12 años después de su publicación, la crítica aún tiene una ardua tarea por delante para lograr desentrañar algunos de los aspectos más destacados de su pluralidad discursiva. Es una obra de vejez, que contiene, sílaba a sílaba, la visión del mundo de alguien que llega al final de su vida y lo sabe”.

jueves, 9 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Alberto Méndez, autor de 'Los girasoles ciegos'

   En "El País":

Alberto Méndez, el luminoso destello del escritor furtivo

Un congreso en la Universidad de Zúrich rescata, diez años después de la muerte del autor de 'Los girasoles ciegos', la magia del libro que ganó el Premio de la Crítica


El escritor madrileño Alberto Méndez, autor de 'Los girasoles ciegos'.
En el amable otoño neoyorquino de 2005 estaba con un grupo de amigos, muy relevantes en el mundo de la edición, cuando sonó mi teléfono móvil: acababan de premiar con el Nacional de Narrativa a Alberto Méndez, por Los girasoles ciegos(Anagrama). Hacía un año que Méndez había muerto. No pudo, ni siquiera, atisbar el unánime reconocimiento a un escritor descomunal. Nunca el Premio Nacional de Narrativa, el más importante galardón, se había concedido a un autor fallecido. Nunca al autor de una sola obra. Nunca a un escritor absolutamente desconocido. Ante mis balbuceos lacrimosos preguntaron con delicadeza quién era Alberto Méndez. El más importante escritor desconocido, sigue siéndolo diez años después de su muerte, con un libro que no solo es un continuo éxito editorial en Europa, sino que además es un texto de culto, traducido y reeditado en más de 11 idiomas.
Hacer libros fue la pasión compartida que tejió la profunda relación entre Alberto y yo. Alberto se ganaba la vida en agotadoras jornadas de traductor. Nos habíamos conocido fundando la editorial Ciencia Nueva. Cuando la dictadura nos obligó a cerrarla, creamos COMUNICACIÓN con el sello Alberto Corazón editor. Sostenida por los adelantos financieros de nuestro socio y distribuidor Miguel García Sánchez, la editorial nunca dio beneficios. Alberto tenía que seguir traduciendo.
La oportunidad apareció al cabo de unos meses. En Barcelona se acababa de instalar el gran editor Grijalbo, que contrató a Alberto para la gestión de distribución. Profesionalmente se consolidó como un gran experto en la edición y distribución editorial. Un perfil profesional que ya no abandonó hasta crear, veinte años después, su propia Compañía, como le gustaba nombrar pomposamente a la pequeña oficina de Marketing Editorial.

Regreso a ‘Los girasoles ciegos’

BORJA HERMOSO
Diez años ya de la muerte de Alberto Méndez (Madrid, 1941-2004), un señor que fumaba, bebía, hablaba y escribía… diez años ya de aquellas 155 páginas de Los girasoles ciegos, principio y fin de la vida más literaria que quepa imaginar, la de quienes por un lado persiguen con la furia serena de un chamán el ideal de la escritura y sus flujos y mareas y, por otro, escapan como del diablo de toda frecuentación de camarillas, cenáculos, familias y corifeos. En suma, esos repelentes lobbies tan queridos por las letras españolas de hoy y de siempre.
Electrones libres se les llama a especímenes como Alberto Méndez y otros pocos, otros tristemente pocos. Probablemente sólo desde esos balcones de la indiferencia en el mejor de los casos o del desprecio en el peor de ellos ante cualquier ejercicio tendente a la mafia cultural se puede, probablemente, dar a imprenta escritos inclasificables como Los girasoles ciegos en el caso de Méndez, La buena letra en el caso de Rafael Chirbes, o, pongamos por caso, la magistral novelita Estrella distante en el caso de Roberto Bolaño. Libros sin marchamo ni etiqueta, casualmente (para quien crea en las casualidades) convertidos en pasta de papel por el mismo editor, a saber Jorge Herralde (Anagrama). A día de hoy Los girasoles ha hecho vender a Herralde cosa de 300.000 libros. La cifra de ventas en España, entre Anagrama y Círculo de Lectores, que también la editó, se acerca al medio millón de ejemplares. Los cuatro relatos bajo los que corre, pegajoso y magistral, el fantasma de la Guerra Civil y que vertebran el volumen fueron merecedores del Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa. Sin sospecharlo, sin quererlo… sin saberlo: Méndez murió antes de tanto laurel, apenas tuvo tiempo para ver su poderosa escritura convertida en carne de éxito.
Familiares y amigos del autor (entre ellos Alberto Corazón, que firma el artículo) y estudiosos de este libro celebran hoy en la Universidad de Zúrich, un seminario en torno a esta obra de culto. ¿Para cuándo algo similar en España?
Los personajes, las historias y la escritura de Los girasoles ciegos son los propios de un genial escritor, de un enérgico fabulador. Pero esa energía solo pudo ser trasvasada a su escritura en el tramo final de su vida. Malgastaba sus esfuerzos fantaseando con que su Compañía le daría recursos económicos para retirarse a escribir.
Afortunadamente, en los últimos ocho años de su vida pudo entregarse a una escritura intensa, cuando encontró, al fin, Las Brañas. Rematando una colina desde la que podía verse el mar, reconstruyó una casona con una sensibilidad, delicadeza y elegante confortabilidad que la hacían inolvidable. Desde primeras horas de la mañana se entregaba a la escritura. Un cigarrillo y un café era todo lo que necesitaba para dejar el sueño y encontrarse lúcido. Nuestras conversaciones podían prolongarse hasta altas y alcohólicas horas de la noche, pero casi con el amanecer Alberto ya estaba trabajando. Escribía, corregía, desechaba, volvía de nuevo. Su instinto de escritor era tan versátil como exacto.
El mar, el ozono marino le daba una serenidad especial. Era un buen nadador y un excelente pescador submarino. Durante los años que veraneamos en una pequeña ensenada asturiana cenábamos los peces que cobraba por las mañanas. A los dos nos gustaba cocinar. Yo le llamaba Méndez y él me llamaba Cuore, así evitábamos el repiqueteo de Albertos. Compró una pequeña barca de pesca de bajura con el motor diesel del rítmico paf, paf, paf, pausado y tranquilizador. Costeábamos hasta dos rías próximas cercadas por acantilados sobrecogedores. Allí, en Tina Mayor y Tina Menor, con la excusa indolente de pescar al arrastre, Méndez iba desmenuzando a los personajes de sus cuentos. Creía que la literatura debía hablar de la condición humana y del esplendor, tantas veces oculto, de la vida. Necesitaba que las historias fuesen reales para dar esa consistencia y fragilidad única a sus personajes. Toda su literatura está envuelta por una enigmática compasión. A mí me parece que esa es la clave de una escritura que al cabo de los años sigue atrapando con una atracción abisal a lectores de diferentes generaciones y culturas.
El último viaje largo que hicimos juntos fue explorando las villas de Palladio entre los canales del Véneto. El hermetismo férreo con el que Alberto llevaba los avances de Los Girasoles, comenzó a abrirse tumbados los dos en una pradera de la Villa Rotonda. Ya no hablaba de personajes y relatos sino de un libro en el que estos se mezclarían como en un retablo, en el que las escenas, las figuras, el propio estilo pictórico sería necesario para que conformasen un todo. Me confesó que el relato uno y el tres estaban terminados, el dos a falta de una última corrección y el cuatro muy avanzado. Todo su arrojo en cualquier tema, se transformaba en timidez celosamente defensiva con su escritura. Por fin me dejó leer un montón de folios. Aquellas páginas eran escritura con mayúsculas, gran, gran literatura.
No me cansaba de pedirle un último esfuerzo, el cuarto relato, el final de Los Girasoles. Urgencia porque estaba ante la obra maestra del amigo hermano ya seriamente enfermo. A comienzos de 2003 la enfermedad avanzaba, Los Girasoles finalizados, pero él se resistía a dar el último paso. Creía que nadie le recordaba, que su escritura era marginal para los cenáculos críticos y además, estaba agotado por su día a día y su noche a noche tan dolorosas. Entregó el manuscrito a Herralde, que a las 48 horas había leído Los Girasoles, quería firmar el contrato para editar inmediatamente. Alberto revivió durante unos meses. Hacía planes de futuro pero ya solo podía dar pequeños paseos.
El libro estaba en las librerías a comienzos de 2004. El boca a oído comenzó a funcionar. Cada lector de Los Girasoles no podía dejar de recomendarlo con una convicción emocionada. Solo firmar ejemplares en la Feria del Libro era ya un trabajo agotador.
Murió a finales de diciembre de 2004, menos de un año tras la edición del libro. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” afirmaba Wittgenstein. Ahora el mundo de Alberto Méndez, inabarcable y luminoso, es el que está en sus Girasoles Ciegos.