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sábado, 9 de abril de 2016

PRENSA. "¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?"

   En "El País":

¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?

El documental 'El aula vacía' pretende ser un aldabonazo visual para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil

Fotograma de trailer del documental 'El aula vacía'.
Fotograma de trailer del documental 'El aula vacía'.

Hay películas que te cambian la vida. O por lo menos eso dicen. Para probar la hipótesis, de forma poco experimental, pero práctica, decidí preguntar a mis amigos si había alguna película en esta categoría. La respuesta fue un rotundo “sí”.
A algunos la gran pantalla les enseñó a ser optimistas. Siempre. Aun en las situaciones más difíciles. Quién no recuerda La vida es bella de Roberto Benigni, la historia de un padre que en un campo de concentración nazi crea un mundo de fantasía para proteger la inocencia de su hijo. La lección aprendida es que lo importante no es tanto lo que pasa sino cómo lo vives. La leyenda del indomable, con una actuación estelar de Paul Newman, nos muestra que no poseer nada puede ser bueno. Él que poco tiene que perder y puede ganar mucho. “Luke me enseñó que no hace falta demasiado para salir adelante, solo carácter”, señaló uno de mis amigos. Y añadió: “Nadie te puede derrotar sino te das por vencido”. Y una de mis encuestadas me comentó cómo cambió su forma de consumir tras ver Historias de dos ciudades.
Otras películas te salvan la vida, literalmente. Este es el caso de Thin Blue Line. La cinta mostró que Randall Dale Adams, que estaba en el corredor de la muerte, no era un asesino. Tras la película se le hizo otro juicio y salió de la cárcel.
En otras ocasiones, el cine ha hecho que empresas y gobiernos cambien sus políticas. ¿Se acuerdan de Super Size Me? Tras la película, McDonald’s dejó de vender los combos gigantescos. O Bowling for Columbine de Michael Moore, sobre la violencia con armas de fuego, que hizo que Kmart dejara de vender armas. O Una verdad incómoda, de Al Gore; uno de los documentales más taquilleros en la historia de EE UU que no solo contribuyó a que ganase el Premio Nobel de la Paz sino que hizo del cambio climático un tema atractivo.
Con todos estos antecedentes, la pregunta es: ¿se podría hacer una película que nos ayude a mejorar la educación en América Latina? La necesidad es clara, en la región casi la mitad de los jóvenes no acaba la etapa secundaria. Déjenme que lo repita de nuevo. En las aulas de América Latina no están la mitad de los jóvenes que deberían estar.

¿Sería entonces posible mostrar de forma cautivadora, no dogmática y con pasión los retos de millones de jóvenes en lugares tan diversos como San Salvador y Montevideo para acabar la escuela, y en menos de dos horas? ¿Podríamos reclutar al mejor talento de América Latina para contar una historia universal con voces locales? ¿Tendríamos compañeros de viaje para esta aventura? La respuesta, de nuevo, fue un rotundo sí. Así nació la película El aula vacía.
Gael García Bernal se convirtió en nuestro director creativo, y con él vinieron 11 fabulosos directores de cine que cuentan 10 diferentes historias desde una óptica muy personal. Por ejemplo, Pablo Fendrik, director de El ardor y La sangre brota, entiende muy bien la importancia de acabar la secundaria. Él no lo hizo, y sabe lo duro que puede ser la vida sin educación. A él le salvó el cine, su pasión, pero reconoce ser la excepción.
Mariana Chenillo, desde México, retrata los obstáculos que enfrentan los jóvenes con discapacidades. En su corto Chenillo cuenta qué pasa si eres sordo en un mundo de oyentes y quieres ir a la escuela. Tras verlo, uno se queda con la duda de si el protagonista es sordo o si el sordo es el sistema escolar al no escuchar las necesidades de los jóvenes.

Así se hizo el documental 'El aula vacía'.
La violencia, el tema que más preocupa a los ciudadanos en América Latina, tampoco se escapó de El aula vacíaTatiana Huezo señala cómo la educación es una herramienta poderosa para prevenir la violencia. Pero la trágica paradoja es que, en algunos lugares, hasta las propias escuelas son peligrosas y eso es lo que Huezo muestra en su corto desde El Salvador. Carlos Gaviria, desde Colombia, también investiga los vínculos entre la deserción escolar, la violencia y el bullying. Y va más allá preguntándose qué rol debe jugar el sistema educativo al integrar a los jóvenes que han vivido situaciones de violencia.
El aula vacía no busca cambiarte la vida, pero sí pretende poner su grano de arena para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil. Busca que millones de jóvenes tengan una mejor educación y pasen más tiempo en las aulas aprendiendo, formándose. Déjenme que me corrija: El aula vacía sí busca cambiar la vida. ¿Nos ayudas?
Gador Manzano es especialista en comunicaciones del departamento de relaciones externas Banco Interamericano de Desarrollo  (BID).

viernes, 8 de mayo de 2015

PRENSA. Sobre los desaparecidos durante la dictadura argentina. "Una verdad que quema"

   En "El País Semanal":

Una verdad que quema

Fueron tomados como botín de guerra, despojados de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines al régimen militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983

Cuatro hijos de militantes políticos asesinados narran cómo afrontaron su nueva vida entre dos familias, tras ser recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo

Hijos de asesinados y desaparecidos políticos de la dictadura argentina. / MARIANA ELIANO

Llora como un niño, hipando. Matías tiene 37 años y sabe desde hace 25 que es hijo de desaparecidos, víctimas de la dictadura militar argentina, pero se quiebra y tarda varios minutos en recobrarse cuando piensa en cómo va a contarle a Benjamín, su hijo, que no ha cumplido dos aún, que él y su hermano mellizo llamaban papá a Samuel Miara, un torturador que se los apropió en mayo de 1977, pocos días después de que su madre los diera a luz en La Cacha, un centro clandestino de detención ubicado en la cárcel de Caseros, La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. “Si hay algo que no le voy a hacer a mi hijo es mentirle. Te entrenan para mentir, para llevar una doble vida”, cuenta en su apartamento de la ciudad de Rosario, a 300 kilómetros de la capital del país.
Tatiana recuerda que a Mirta, su mamá, la secuestraron frente a sus ojos en una plaza de Villa Ballester, cuando tenía tres años y medio. “La veo como en una película muda. Reconstruyo lo que dice: ‘Cuídense mucho”. Allí quedaron ella y Laura, su hermana de tres meses, hasta que la policía las llevó a un juzgado de menores como NN (Nomen nescio: sin identidad conocida). Adoptadas de buena fe por un matrimonio, fueron las primeras nietas recuperadas por Abuelas de Plaza de Mayo en 1980. “Hasta los 12 años pensaba que mis padres iban a volver”, dirá embarazada de Pedro, su tercer hijo, que habrá nacido cuando este reportaje se publique.
Victoria nació en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los centros clandestinos de detención más emblemáticos de Argentina, durante el cautiverio de su madre, Cori, cuyos ojos ella heredó y también Trilce, su beba de cinco meses. Militante social desde muy joven, Viki vivió hasta los 27 años creyéndose hija de Esther y Juan Antonio Azic, Piraña, exmiembro de las fuerzas de seguridad devenido comerciante, condenado a 18 años de prisión por secuestros y torturas. Fue restituida en 2004, y en 2007 se convirtió en la primera nieta recuperada en ser elegida diputada nacional. Pero sigue visitando en el penal de Ezeiza a su apropiador, a veces con su niña en brazos. “A pesar de lo que hizo y de lo que es, un represor, lo quiero”, definirá con la voz quebrada en el salón de su apartamento del barrio de Boedo, un ambiente pintado de naranja furioso.
Ignacio, músico, vive en Olavarría, a 350 kilómetros al suroeste de la ciudad de Buenos Aires. El 5 de agosto de 2014 se enteró de que es el hijo de Laura Carlotto y nieto de Estela, la presidenta de Abuelas, que lo buscaba desde hacía más de tres décadas cuando supo que su hija lo había parido en una prisión clandestina. “Pobre mujer, ¿lo encontrará?”, llegó a preguntarle a Celeste, su mujer, mirando una entrevista televisiva, sin sospechar que Guido, el pródigo al que buscaba, era él. Y aunque dice que recuperar su identidad a los 36 años ha sido “un sacudón feliz” (“me llovieron dos familias”), reconoce que “lleva tiempo reinterpretar toda tu vida” y que no es fácil asumir “de la noche a la mañana que tu cara se convierte en un póster”. Mientras, la justicia investiga aún su apropiación y la responsabilidad de Clemente Hurban, su padre de crianza, un trabajador rural que apenas terminó la escuela primaria, a quien Ignacio atesora como su “viejo”.
Tomados como botín de guerra por los militares, unos 500 niños nacidos entre 1975 y 1980 fueron despojados en Argentina de sus identidades y entregados en su mayoría a familias afines que los registraron como propios, a fin de evitar que fueran educados en ambientes que el régimen consideraba “subversivos”. Hijos de militantes políticos secuestrados y asesinados por la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983 (algunas fuentes elevan a 30.000 los desaparecidos), Matías Reggiardo Tolosa, Tatiana Sfiligoy, Victoria Donda Pérez e Ignacio Montoya Carlotto representan cuatro casos de los 116 nietos recuperados hasta hoy por Abuelas de Plaza de Mayo, una asociación civil creada en octubre de 1977 por mujeres que encontraron fuerzas para seguir en la ilusión de recuperar a los hijos de sus hijos. El País Semanal entrevistó a los cuatro para saber cómo se vive después de una verdad que escalda y que obliga a reconstruir con retazos y relatos de otros las historias de sus padres, en las que se entreveraron ideales, mentiras, torturas, muerte y terrorismo de Estado. Todos ellos son más viejos hoy que sus padres al ser asesinados.

Ignacio Montoya Carlotto
Hijo de Laura Estela Carlotto y Walmir Óscar Montoya, secuestrados en 1977.
Le dicen “el Messi de los nietos”, un apodo que le pusieron otros jóvenes restituidos medio en broma, reprochándole que desde que él apareció, el 5 de agosto de 2014, los demás quedaron opacados. “Si no estás bien contenido, una noticia como esta te destruye, empezás a hacer pavadas”, dice, mate de por medio, Ignacio, el nieto que Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, esperaba desde hacía 36 años.
La búsqueda de su abuela, Estela, empezó cuando supo por testimonios de sobrevivientes que su hija Laura, militante del grupo armado Montoneros y secuestrada en noviembre de 1977, había dado a luz –esposada, en un hospital militar– a un niño al que llamó Guido, en homenaje a su papá. A las pocas horas los separaron; la joven fue asesinada dos meses más tarde en un falso enfrentamiento. Los militares entregaron a la familia el cuerpo de Laura, pero no el niño.
La búsqueda de Ignacio empezó el 2 de junio del año pasado, el día de su cumpleaños, cuando un allegado a la familia le confirmó a Celeste Madueña, su mujer, algo que él sospechaba: que era adoptado. Entonces, se contactó por correo electrónico con Abuelas. Le dijeron que solo uno de cada mil casos resulta en una confirmación. Entretanto habló con sus “viejos”, Juana y Clemente Hurban, a quienes sigue defendiendo como tales. “Me contaron que Carlos Francisco Aguilar, el dueño del campo donde ellos eran puesteros, sabiendo que no podían tener hijos, les dijo que había una mujer de La Plata que no quería criar al suyo y que podía traerlo. Ellos aceptaron y firmaron papeles que creyeron que eran de adopción. Les dijeron que era mejor que no me contaran nada. Son gente muy humilde, confiaron ciegamente”. Aguilar murió en marzo de 2014 y su ausencia parece haber relajado los pactos de silencio.
El 5 de agosto, tras los cruces de ADN pertinentes, cotejados con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos creado durante la presidencia de Alfonsín en 1987, el país y el mundo se conmovieron por la aparición de Ignacio, el nieto recuperado número 114, cuya abuela es Estela de Carlotto. Todo argentino recuerda dónde estaba cuando recibió la noticia. Así de movilizador es su caso.


Ignacio Montoya Carlotto, nieto de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas Plaza de Mayo. / MARIANA ELIANO
“Es muy difícil la situación, no solo por lo íntimo y por el peso de la verdad, sino por todo lo que lo acompaña: la portada de las revistas, las cámaras que te siguen y la expectación por lo que vas a decir”, describe. “Es raro, por ejemplo, tener que explicar que sos quien eras y que te llamás como te llamás. Yo no soy Guido. Y a veces recibo cartas de gente que me pide explicaciones: ‘¿Cómo puede ser que no te hagas cargo del símbolo que representás?”. Cree, no obstante, en una responsabilidad cívica, que supera esas molestias: “Yo no soy un militante, pero el derecho a la identidad es fundamental y hago lo que puedo para aportar y alentar a que otros se animen a saber”.
Hace apenas ocho meses que la vida de Ignacio giró 180 grados. La primera vez que se encontró con Estela, su abuela, se abrazaron y se pusieron a llorar. “Fue en La Plata. Nos sentamos y empezaron las charlas. A unas cuadras esperaban mis primos: 14 más sus parejas y sus hijos. Me preguntó si los quería conocer y le pedí tiempo. Fue al día siguiente. La abuela les dijo: ‘No le gusta que lo abracen ni que lo toqueteen como hacemos nosotros’. Cuando llegué habían hecho una fila y estaban duros: ‘Hola, qué tal, yo soy fulano’. Los saludé a todos ¡y una se coló dos veces! Fue gracioso. Vinieron también unas primas por parte de mi papá. Todos nos conocimos ahí, porque no había certeza hasta el ADN de quién era la pareja de mamá. Fue un gran momento”.
Ignacio no habla de pérdidas; sí, de duelo y de una historia con un “inicio dolorosísimo que tiene esta instancia de luminosidad”. “Yo no tuve oportunidad de preguntar nada, me llenaron de información. Cosas que sé que son ciertas, pero que están tamizadas por años de repetir la historia para no olvidarla. Pero de a poco, con todos los viajes que hice en estos meses, encontré anécdotas y fui construyendo una imagen de Laura y de Walmir, que se conocieron en la clandestinidad. Me mostraron por ejemplo una postal que mi papá le mandó a mi abuela Hortensia, que hoy tiene 92 años. Está llena de horrores de ortografía. Y en una época yo era así, un asco escribiendo. Así junto pedacitos, un rompecabezas de cositas lindas. Eso es mío y ahí sí los puedo ver como papá y mamá. Si no, es muy difícil: no los conociste, no tenés registro”.
Lo que más le ha costado es defender su espacio y su intimidad de la invasión que supone convertirse en alguien público. Ahora que han llovido posibilidades “de tocar acá y allá, de vivir en otra parte”, volvió a elegir Olavarría, donde está haciéndose una casa y donde Celeste y él quieren tener un hijo (“estamos en eso”).
A sus dudas de antes las llama “ruidos”. “Yo tuve y tengo una vida feliz. Pero había ciertas cuestiones básicas: los parecidos físicos, por ejemplo. No nos parecíamos. Y la música, porque nosotros vivíamos en el campo, a 45 kilómetros de acá, en un sitio donde no hubo luz eléctrica hasta el año pasado. Ni radio había. Y cuando un día fuimos a una localidad cercana, yo tendría ocho o nueve años, escuché una orquesta típica que tocaba un poquito de todo –pasodoble, rock, pop…–, fue un flash, no pude creer lo que escuchaba”, recuerda. Y empezó a estudiar.
Esa música, lo sabe ahora, corría en la familia. Walmir Montoya, su papá, era baterista: militante montonero secuestrado en 1977 y acribillado en un presunto enfrentamiento, sus restos enterrados como NN en una fosa común, fueron hallados en 2006 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Su abuelo paterno era saxofonista, y su abuelo materno, Guido, un melómano, amante del jazz. “La sangre no es agua”, dice Ignacio. Saborea ese refrán que tiene equivalencias en varias lenguas, mientras toca en el piano Los niños que soñaban en colores, “un valsesito jazzeado”, lánguido y bello, que es lo primero que compuso después de saber quién es.

Tatiana Sfiligoy 
Hija de Mirta Graciela Britos Acevedo y Óscar Ruarte, que continúan desaparecidos.
Habíamos visto en la esquina de casa el operativo, una patota armada. Y mi mamá atinó a ir a la plaza. Nos siguieron y no tuvo alternativa. Comenzó a besarnos y a despedirse. No recuerdo haber tenido miedo. Sí, desconcierto. Esa es la última vez que vi a mi mamá”, cuenta Tatiana volviendo a ese día infernal de 1977.
Tenía tres años y medio. Seis meses después, ella y su media hermana Laura (hija de Alberto Jotar, también desaparecido, pareja de Mirta Britos en ese momento) fueron dadas en guarda a un matrimonio de buena fe, Inés y Carlos Sfiligoy, quienes las adoptaron, cuyo apellido decidió conservar y a quienes llama mamá y papá. “Cuando en 1980 nos citaron al juzgado porque mis abuelas nos localizaron y se produce el encuentro de ambas familias, hubo un entendimiento. ‘Arréglense las partes’, dijo el juez, y lo hicieron. Se estableció un régimen de visitas para mis abuelas, que vivían en Córdoba. Eso me permitió crecer y sostenerme en otros papás sin cortar lazos con ellas ni con mis primos y tíos y sin ocultar la historia de mis padres biológicos. Eso fue atípico”, resume Tatiana. Casos como el suyo –donde no hubo robo de niños ni apropiación de quienes criaron a los chicos– son contados con los dedos.


Tatiana Sfiligoy tenía tres años y medio cuando su madre la abandonó en una plaza junto a su hermanita bebé mientras los perseguían los paramilitares. / MARIANA ELIANO
Hasta los 18 años, Tatiana no preguntó mucho. Un día encontró en un diario un remitido de la Asociación Argentina de Actores que incluía el nombre de sus padres. “Me impactó muchísimo y tardé casi un año en buscar más datos”. Pero lo hizo. Viajó a Córdoba, donde Mirta y Óscar militaban en las organizaciones guerrilleras FAL 22 y el PRT-ERP. “Fue muy fuerte para mí y para sus compañeros. Me miraban como si fuera un fantasma, porque me parezco a mis papás”.
Comenzó entonces para ella una época de activismo por los derechos humanos. Estudió Psicología y participó de los primeros escraches organizados contra represores por la agrupación H.I.J.O.S., creada en 1995 para luchar contra la impunidad. “Los escraches estaban muy mal vistos. Eran momentos muy álgidos para los hijos de desaparecidos. Llevó mucho tiempo, incluso en democracia, que la memoria fuera una política de Estado”, recuerda.
H.I.J.O.S. acaba de poner de manifiesto las divisiones que existen entre los militantes por los derechos humanos en relación con el kirchnerismo, al quemar en La Plata –el último 24 de marzo, a 39 años del golpe de Estado– dos muñecos abrazados de Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Plaza de Mayo, y César Milani, actual jefe del Estado Mayor del Ejército argentino. La quema repudió las contradicciones del Gobierno de Cristina Kirchner, que auspicia activamente una política por la memoria, pero nombró en 2013 y aún sostiene a ese militar sospechoso de crímenes de lesa humanidad.
La historia se lleva en la piel. “No juzgo a mis padres. Su generación pensó que era posible un cambio. Era grande el compromiso y poca la conciencia de lo siniestro que se gestaba. Nunca pensaron que los iban a matar”, reflexiona Tatiana. Tras la muerte de sus abuelas, hace cinco años, los contactos con la familia biológica se espaciaron (“casi todo es por Internet”). Con Laura, su hermana, pasa algo similar. “Ella hizo un proceso diferente. Vive en EE UU. Es paradójico porque no conoció a nuestros padres, no los recuerda, pero los padece. No los perdona. Allí es donde se produce el mayor desencuentro. Estamos hablando otro código. Tengo dos sobrinos allá y es complicado”.

Matías Reggiardo Tolosa
Hijo de María Rosa Ana Tolosa y Juan Enrique Reggiardo, desaparecidos en febrero de 1977.
"Yo les preguntaba a las chicas con las que salía: ‘¿Vos sabés quién soy?”, lanza Matías mientras conversamos rodeados de la sillita de comer y los juguetes de Benjamín. “Ahora lo tomo a risa, pero ante esa pregunta, pensaban: a) es un asesino en serie; b) está casado; c) es gay”. En 2009 conoció a María, que no temió explorar la respuesta; se casaron tres años después y nació el chiquilín cuyas fotos tapizan las paredes.
Se considera un hombre feliz e incluso rei­rá varias veces a lo largo de la conversación. Pero nunca pudo acostumbrarse a festejar su cumpleaños el 27 de abril, cuando se presume que nació, durante el cautiverio de María Rosa Tolosa, su mamá, quien continúa desaparecida. Sigue haciéndolo el 16 de mayo, día en que él y su hermano mellizo, Gonzalo, llegaron a la casa del exsubcomisario Samuel Miara, condenado en 2013 a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención Club Atlético, El Banco y Olimpo. Miara y su mujer, Beatriz Castillo, los registraron en 1977 como hijos propios. Hasta 1985 los chicos no sospecharon nada. Ese año huyeron a Paraguay: Abuelas de Plaza de Mayo los descubrió pensando que eran otros mellizos hijos de desaparecidos, los Rossetti Ross.
Los extraditaron en 1989, pero verificar su identidad llevó años (“pensá que no había ADN aún, sino estudios de histocompatibilidad”), durante los cuales siguieron viviendo por decisión judicial con los Miara. Ese tiempo fue muy difícil: “Ellos nos dijeron que habían cometido un delito y que iban a ir presos. La justicia estableció un seguimiento muy cercano. Durante toda mi adolescencia y hasta que cumplí los 18 años, tuve que ir cada 15 días a ver a un psicólogo forense. Nos sentimos como conejillos de Indias y sé que nuestro caso se trata aún hoy en distintas cátedras de psicología”.


Matías Reggiardo Tolosa desapareció en 1977. Supo de adolescente que fue arrebatado de sus padres siendo un bebé. / MARIANA ELIANO
No es lo mismo restituir a un menor de edad que descubrir quién eres de adulto. El caso Miara aún duele. En 1994, los mellizos llegaron a las pantallas de la televisión argentina; tenían 16 años y acababan de mudarse con su tío materno, Eduardo Tolosa. Pedían volver con sus apropiadores, a quienes por entonces sentían y querían como padres. ¿Por qué? “Nos obligaron a cortar todo lazo con nuestra vida anterior: la ciudad, los amigos, el colegio, los Miara. Al principio tratábamos de hablar en forma clandestina con ellos, nos escapábamos. Llegaron a poner policías para seguirnos. Estábamos presionados por ambos lados. Lo que generó todo eso fue un retraso muy significativo en nuestra voluntad de recobrar nuestros orígenes”, recuerda ahora Matías.
Después del escándalo mediático (“todavía me parece una locura que nos hayan dado aire, hoy sacás a un menor sin autorización en la tele y te cierran la emisora”), Eduardo, que no quería negociar un régimen de visitas con los apropiadores, renunció a la guarda de sus sobrinos y los chicos vivieron con una familia sustituta hasta su mayoría de edad. A los 21 años, Matías y Gonzalo decidieron volver a vivir con Beatriz Castillo. “Sentía que no tenía otro lugar a donde ir”, explica Matías. “A ella le decía mamá, pero siempre era consciente de lo que habían hecho. Samuel estaba preso por nuestra apropiación. La distancia se empieza a profundizar a mis 28 años, porque empecé a caer”.
En junio de 2005, la Corte Suprema declara la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que junto con los indultos del menemismo garantizaban impunidad. Así, militares cuyo enjuiciamiento se había suspendido vuelven a los tribunales. Miara regresa a prisión para ser juzgado por delitos de lesa humanidad. El proceso fue muy lento y los mellizos lo visitaban. “Lo vimos varias veces en la cárcel. Hablábamos de todo, pero hubo momentos en que mi hermano y yo lo acorralamos un poco y esas charlas me hicieron sentir que yo no tenía por qué pasar por eso: estar con una persona que es un psicópata y te lo demuestra, que dice cosas que te hacen daño y que está en la cárcel, además, con otros represores. La última vez que vi a Miara fue en 2007, y a Beatriz, en 2011. Cuando vine a vivir a Rosario, le pedí incluso que no me hablara más. Pero siguió haciéndolo por un tiempo”.
Sabe por relatos que Quique, su papá, tenía un hablar susurrado como el suyo y que amaba como él la literatura. “Cuando te los quitan a sus 24 años no podés pelearte con nada. No podés llegar a esa distancia natural que hay en la adolescencia respecto de los padres. Aunque siempre te preguntás si hubieran podido actuar de otro modo para salvarse”.
Compleja y dolorosa para los hermanos Reggiardo Tolosa, su experiencia supuso un antes y un después en los casos de restitución. Diana Kordon, psicoanalista que trabajó con las Madres de Plaza de Mayo hasta 1990 y que hoy coordina el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, especializado en el apoyo a víctimas de traumatismos sociales, recuerda que el consenso en aquel momento era otro: “No solo los medios debatían si había que restituirlos o no. Discutíamos entre profesionales. Era muy fuerte la presión en el sentido de que estábamos estimulando un nuevo trauma en los chicos. Ahora es distinto: hubo una legitimación acerca de que la apropiación existió y es un crimen condenable en términos sociales, pero también en relación con las personas que la sufrieron y sus familias”.
Ese cambio de mirada se evidencia también en la cantidad de consultas anuales que recibe Abuelas, que crecieron más del 600% entre 2001 (109 consultas) y 2014 (678), con un pico de 117 presentaciones el pasado septiembre a raíz del efecto Guido, tras la restitución del nieto de Estela de Carlotto, presidenta de la institución. “La apropiación es una situación traumática porque rompe la cadena genealógica y su transmisión cultural, que va mucho más allá de la sangre. La restitución, en cambio, es un momento de crisis grande, pero también la posibilidad de un gran encuentro con la verdad”, define Kordon. Reconstruir lazos con sus familias de origen llevó años para Matías. El tiempo saneó su relación con Eduardo, su tío materno, a quien reencontró en las audiencias del juicio a Miara, condenado finalmente en 2013.
Aunque con demora, volvió a relacionarse con la familia de su padre: atesora un álbum fotográfico de tapas azules que prepararon en 2009 para él sus tías paternas. En la primera página de ese documento se lee “Memorias de tu papi, Quique, Juan Enrique Reggiardo” y se ve un árbol genealógico dibujado a mano, que pone nombres a los rostros de las fotos.

Victoria Analía Donda Pérez
Hija de María Hilda Pérez y José María Laureano Donda, que continúan desaparecidos.
Su vida cambió para siempre el 24 de julio de 2003, cuando Juan Antonio Azic, a quien llamaba papá, intentó suicidarse volándose la cabeza con su arma reglamentaria. Quedó en coma tres meses. La razón llegó por la prensa: Azic figuraba entre los represores cuya extradición pedía el juez español Baltasar Garzón para juzgarlos por delitos de lesa humanidad fuera de Argentina, donde aún regían las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Analía (ese era su nombre entonces) sintió que su vida se derrumbaba y llamó a Abuelas de Plaza de Mayo para disculparse por su padre. Pocos días después, la contactó un grupo de H.I.J.O.S. para decirle que sospechaban que había sido apropiada por Azic y su mujer, Esther, y que solo un análisis de ADN podía confirmarlo. “Recuerdo la sensación de estar ante un abismo, que todo se caía. Veía todo negro y temblaba mucho. Supongo que de miedo. Fueron días en los que no paré de temblar”, cuenta ahora Victoria Donda con un hilo de voz, mientras prepara el biberón de Trilce, su beba.


Detalle del mural de los desaparecidos en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro de detención y tortura de la dictadura militar argentina. / MARIANA ELIANO
“Tardé ocho meses en decidirme a hacer el análisis porque sentía que era dar una prueba para que metieran preso a Juan, un hombre al que yo quería mucho. Al que quiero mucho. A pesar de lo que hizo y de las responsabilidades que le caben por ello, porque es un represor y por eso está preso, yo lo quiero”. Aún lo visita en el penal. ¿Cómo son esos encuentros? “Más tranquilos, ya no hay nada que ocultar. De algunas cosas elegimos no hablar, pero es una linda relación”.
Ese análisis demostró que era hija de María Hilda Pérez, Cori, y José María Donda, a quien llamaban Pato, integrantes de Montoneros, secuestrados en 1977. Y también, que su tío no es otro que el marino Adolfo Donda Tigel, hoy preso, responsable de inteligencia de la ESMA, por donde pasaron más de 4.200 detenidos desaparecidos. Allí nació Victoria, separada de su madre con 15 días de vida: fueCori quien le puso el nombre y también quien, ayudada por una compañera a parir, perforó sus orejitas con una aguja quirúrgica y pasó hilitos celestes por ellas, según relatos de algunos sobrevivientes. Esas voces señalan a su tío como el delator de sus padres. Él fue también quien arrebató a Eva Daniela, su hermana mayor, nacida en 1974, que estaba al cuidado de su abuela, Leontina, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.
Adolfo Donda logró quitarle la guarda de la niña y la crio como hija propia, ahondando una tragedia familiar que representa la de todo un país. Eva siente afecto de hija por ese tío-padre-apropiador que estaba al tanto del secuestro de su cuñada y de su hermano y que la educó a ella, pero permitió –en el colmo de la crueldad o de la contradicción– la entrega de su otra sobrina, Victoria, a quien incluso se negó a conocer.
La relación entre ambas hermanas fue muy difícil durante años. La mayor de las Donda llegó incluso a participar en 2009 en un acto de la asociación de Familiares y Amigos de las Víctimas del Terrorismo en la Argentina, que cuenta los asesinatos de militares a manos de la guerrilla. Recién ahora el vínculo está recomponiéndose, alentado en parte por el deseo de dejarles a sus propios hijos otra realidad afectiva. “Estamos en eso”, dice Victoria. “Nos visitamos, nos vemos. Salimos juntas. Está bueno. Hay cosas que mejor no hablamos. Ella está en un proceso personal también”, define.
La política fue la mejor terapia de Victoria. “Belicosa”, como le gusta definirse, es un rostro de las ideas de izquierdas que brega por la legalización de la droga (“es el único modo de luchar contra el narcotráfico”) y por los derechos de las mujeres. Asegura que cuando Trilce, su beba, pueda entenderlo, le contará todo, con Disney como aliado (mal que le pese a sus compañeros de partido, Libres del Sur). “Tengo pensado ver con ella Enredados. La película habla de una apropiación porque a Rapunzel la alejan de sus padres y le mienten sobre su origen”.
Viki tuvo dos madres. O así lo siente. “Esther, la mujer de Juan, fue mi mamá y va a ser la abuela de Trilce, no importa que haya muerto hace cuatro años. Pero mi mamá biológica, Cori, también me hizo falta: la extrañé mucho durante mi embarazo. Nunca la vi, cierto, pero la necesitaba cerca”.
Y hay cicatrices. Desde 2003 sueña que la secuestran hombres sin cara y falta un sitio donde honrar a sus mayores. “Lo que más duele es la ausencia de la ausencia; no saber dónde están mis padres. Que cuando quiero ir a llevarles una flor tengo que ir a un río”, señala, aludiendo a la muerte de Cori, que fue “trasladada”, eufemismo que usaban los militares para aludir a los prisioneros que eran drogados y tirados al Río de la Plata en los llamados “vuelos de la muerte”.
Mientras la beba sonríe, contentísima con el despliegue de grabadoras y cámaras, Victoria habla del nombre que junto con Pablo, su marido, eligieron para ella: “La canción de Trilce”, de Daniel Viglietti, una de sus favoritas; el sonido, casi un caramelo, que no quiere decir nada y sin embargo “suena a una mezcla de triste y dulce”. Quizás un verso del poema homónimo de César Vallejo encierre otra clave de la elección cuando repite testarudo: “Ya no tengamos pena”.

¿ADN obligatorio?

¿Se puede obligar a alguien a lidiar con una verdad que no quiere conocer? La hermana de crianza de Victoria Donda nació en 1980, también apropiada y llamada Carla por el matrimonio Azic. Su caso se resolvió en 2008 cuando, ante su negativa a hacerse los análisis inmunogenéticos, la justicia ordenó obtener muestras de ADN a través de objetos personales de la joven. El 27 de mayo de ese año se confirmó que se trataba de Laura, tercera hija del matrimonio formado por Silvia Beatriz María Dameri y Orlando Antonio Ruiz, aún desaparecidos. Existen precedentes de la Corte Suprema argentina que declaran inconstitucional la extracción forzosa de sangre. Pero dada la existencia de métodos no invasivos (análisis de muestras de pelo o saliva), la justicia ha fallado priorizando el valor social que tiene restituir la identidad de una persona y la posibilidad de investigar el delito de su apropiación.
Un caso muy controvertido fue el de Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble, directora del periódico Clarín, medio al que el kirchnerismo considera opositor. Ante el reclamo de dos familias querellantes (Lanuscou-Miranda y Gualdero-García) que alegaban la presunta condición de hijos de desaparecidos de los jóvenes, se inició un periplo judicial, que incluyó en 2010 el secuestro de la prendas íntimas que los hermanos vestían en ese momento. Para poner fin a lo que vivían como una “inédita persecución política”, los jóvenes solicitaron en 2011 el cotejo de su ADN con todas las muestras existentes en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Todos los análisis dieron negativos.
El 10 de marzo de 2014, la jueza federal Sandra Arroyo Salgado dio por terminadas las pericias en la causa. En marzo de este año, Javier Gonzalo Penino Viñas, quien había sido adoptado ilegalmente por el represor Jorge Vildoza y recuperó su identidad en 1999, declaró como testigo de la defensa en el juicio contra su apropiadora, Ana María Grimaldos, esposa de Vildoza, alegando su derecho a mantener ese lazo. La justicia condenó el pasado 14 de abril a la apropiadora a seis años de prisión. El 12 de abril, Abuelas de Plaza de Mayo confirmó el suicidio de Pablo Germán Athanasiu Laschan, quien había recuperado su identidad a los 37 años en agosto de 2013, tras someterse voluntariamente a los análisis. Pablo había sido anotado como hijo propio por un matrimonio con estrecha vinculación con la dictadura. Su apropiador está detenido en el marco de una causa por crímenes de lesa humanidad.

miércoles, 15 de abril de 2015

PRENSA. "Galeano, político hasta el final"

   En "El País":

Galeano, político hasta el final

Referente de la izquierda, el autor mostró su último apoyo al chavismo la semana pasada

 Buenos Aires 13 ABR 2015  
  • Eduardo Galeano
    Encuentro entre Eduardo Galeano (izquierda) y Hugo Chávez en Caracas, en 2004. / AFP

    Eduardo Galeano pasará a la historia de la literatura por sus libros, pero el escritor nunca descuidó su faceta política, que mantuvo activa hasta el último momento. La semana pasada, el 7 de abril, Galeano sumó su firma a un manifiesto contra un decreto de EEUU que considera a Venezuela una amenaza para la seguridad de este país. Nicolás Maduro, criticado con dureza por el encarcelamiento de opositores, entre ellos el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, mostró en televisión ese apoyo de Galeano, que fue siempre un referente para Hugo Chávez.
    Las televisiones argentinas muestran ahora el momento en el que, en 2009, el fallecido presidente de Venezuela interrumpió la Cumbre de las Américas para levantarse y entregar a Barack Obama, presidente de EEUU, un ejemplar dedicado de Las venas abiertas de América Latina, el libro más político de Galeano en el que critica con dureza la injusticia social y la explotación de este subcontinente por las grandes multinacionales de EEUU. Obama, sentado al lado de la chilena, Michelle Bachelet, se levantó y saludó a Chávez con cara de circunstancias pero aceptó el regalo y se puso a hojearlo delante de las cámaras.

    Galeano renegaba de ese libro, decía que lo escribió demasiado joven (31 años), sin formación real, y que el lenguaje de esa época es demasiado farragoso, que ahora no lo escribiría así. “Era por coquetería”, se ríe Miguel Bonasso, escritor y periodista argentino, amigo de Galeano y exiliado como él. Bonasso, autor de un conocido libro sobre la represión argentina, Recuerdos de la muerte, asegura que Las venas abiertas de América Latina fue un referente para toda su generación como lo fue el propio Galeano, activo políticamente hasta los últimos días de su vida. Toda la izquierda latinoamericana, explica, lo ha tenido como un personaje clave que si bien pudo no entrar entre los referentes de la crítica literaria, sí era un hombre tan popular que todo lo que decía tenía una enorme repercusión, incluso más en su faceta política.
    “Siempre estuvo ahí con personajes muy populares de la izquierda no encuadrada, a los que la gente seguía, como Mario Benedetti, pero también otros como el propio Joan Manuel Serrat, a los que la gente venera”, explica Jorge Fernández Díaz, otro escritor argentino que describió con mucho detalle la forma en que Galeano escribía y buscaba sus historias. “Trabajaba con libretas minúsculas, buscaba por todas partes pequeños fragmentos que narrar, era un topógrafo humano, un antologista de la vida”, señala Fernández Díaz, autor de éxito en Argentina. El propio Serrat sigue arrasando estos días en Buenos Aires con un público incombustible, el de le generación que más leyó y aplaudió a Galeano.
    “Nunca fue un sectario, siempre fue un tipo inteligente”, explica Bonasso, “pero fue coherente con sus ideas toda su vida”. Le marcó mucho el exilio, explica. De hecho, a ellos, al grupo de periodistas y escritores argentinos que, con Juan Gelman, tuvieron que exiliarse, su experiencia les ayudó porque ellos le conocieron en Buenos Aires cuando el propio Galeano tuvo que exiliarse de la dictadura uruguaya. Ellos entonces no sabían que poco después tendrían que marcharse también. Galeano a España, Gelman y Bonasso a México. Galeano ha sido un referente para la mayoría de los líderes políticos de la izquierda latinoamericana, y en Argentina, donde vivió hasta que la dictadura le forzó a huir a España, hay auténtica veneración por él. El escritor también ha tenido una presencia notable en la política uruguaya, donde apoyó también al actual presidente, Tabaré Vázquez.
    Pero con quien más se comprometió el intelectual uruguayo fue con el chavismo. Galeano vivió en Venezuela como corresponsal y siempre apelaba a esa vivencia para defender los logros del movimiento que lideró Hugo Chávez. Siempre recurría a la ironía para apoyar al chavismo: “Yo viví en ese país algunos años (como periodista-corresponsal de Prensa Latina) y conocí muy bien lo que era. La llaman la Venezuela Saudita, por el petróleo… Pero tenían más de dos millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Chávez alfabetizó a dos millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo”, aseguró. “En la época en que yo vivía allá como corresponsal, nunca vi un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno”, señalaba el escritor uruguayo, que ironizaba con la idea de que Hugo Chávez era “un extraño dictador” porque se presentaba a las elecciones y las ganaba.

    viernes, 14 de noviembre de 2014

    PRENSA CULTURAL. "América latina reescribe la muerte"

       En "El País":

    América Latina reescribe la muerte

    Veinte autores emergentes trazan una radiografía en sendos relatos sobre la forma en que la ‘catrina’ o la ‘pelona’ vive en su continente y cómo es su relación con ella


    Cementerio de Panchimalco, El Salvador, el Día de muertos, 1 de noviembre, de 1985. / JEAN GAUMY (CONTACTO)
    La muerte, que siempre ha estado presente en la literatura latinoamericana, se manifiesta estos días con fuerza. Allí, donde sostiene un fuerte duelo con la vida al ser desvalorizada por bandas criminales y el propio Estado y sus representantes, como ha ocurrido estos días en México, y antes en Colombia, y antes en Venezuela y Argentina y Chile… y donde muchas personas sacralizan y desacralizan la vida y la muerte con la misma ilusión de engañar a una y a otra, veinte de las voces literarias latinoamericanas más prometedoras se adentran en esos predios para seguir sus huellas y ponerle su verdadero rostro, el de la vida.
    Veinte relatos-testimonio escritos expresamente para la antología Disculpe que no me levante (Demipage). Cuentos que van y vienen, sin perder de vista de donde son sus autores porque “en la historia de Chile, de México ahora, y de Latinoamérica en general, hemos tenido que lidiar con nuestra historia de cuerpos sin sepultura, de fantasmas perturbadores que denuncian desde su ausencia la violencia de los estados y el poder”, afirma la chilena Andrea Jeftanovic, autora de Hasta que se apaguen las estrellas (sobre la enfermedad de su padre y la complicidad que se establece entre ambos).

    ‘Disculpe que no me levante’ reúne cuentos exclusivos para ese libro. Son tragedias sobre muertes súbitas, ausencias presentes, enfermedades...
    Cuando se habla de muerte aparece México. Primero por sus raíces culturales al acercarse a ella en un sentir singular recogido en clásicos como Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Y, segundo, porque en los últimos días, y años, el país vive una relación cotidiana con un tipo de muerte en particular, explica la mexicana Laia Jufresa: “Arbitrarias, violentas, masivas e impunes, que además muchas veces no se nombran como tal. Tenemos (y también tiene Centroamérica) muchos desaparecidos (más de 25.000) (sí, veinticinco mil personas) cuyas familias no pueden con certeza, con un acta, llamar muertos. Son muertos no nombrados, gente que ya no está, y un montón de duelos que no pueden emprenderse cabalmente”. Una situación que ha influido en la escritura, aunque, se lamenta Jufresa, autora de El esquinista, “hay algunos libros notables y también hay mucha basura que, so pretexto de retratar la realidad, coloca la violencia en un pedestal, trabaja con estereotipos y deja de ocuparse de la labor narrativa que es generar mundos propios que se sostengan independientemente de cuánto se parezcan a este”.
    Autores que en silencio comparten las palabras de La viuda de Montiel, del relato de Gabriel García Márquez, cuando, tras fallecer su marido, se queja: “El mundo está mal hecho”, al pensar que “si Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo para terminar el mundo”, y no le hubieran quedado “tantas cosas mal hechas. Al fin y al cabo, le quedaba toda la eternidad para descansar”.

    Hemos lidiado con nuestra historia de cuerpos sin sepultura, Jeftanovic
    Una cosa mal hecha para gracia de las artes que tienen ese entuerto como punto fuerte de inspiración, creación, reflexión y belleza. Muertes, entierros, duelos y pesares recogidos desde el mismo origen de la literatura, con Epopeya de Gilgamesh, y seguido con el testimonio de los grandes autores de todos los tiempos que palpitan en las historias de Disculpe que no me levante. En esta última antología, la sombra de la muerte se manifiesta de múltiples maneras, la tragedia de una enfermedad, el impacto de un adiós súbito, la visión del primer difunto, los fantasmas de las ausencias presentes, las pulsiones de cortar la vida, el sueño de inmortalidad, las musarañas surgidas tras una pérdida, las emociones del sepulturero…
    Milenios que escritura que no despejan dudas. “La muerte es incógnita, duda o miedo porque es quizá la única acción humana cuyo testimonio no compartimos”, recuerda Carlos Yushimito, autor de El peso inevitable de las palomas. Para el escritor peruano, “más que el acto nuevo, lloramos siempre una rotura o una discontinuidad de lo precedente, del mismo modo que, al leer, nos afecta sobre todo aquello que llega al borde de algo, lo que decía Borges que era la experiencia estética: la inminencia de una revelación que no se produce”.
    Rutas literarias que hunden sus raíces en la vida. Y que debería ser tratado con la misma óptica o técnica que el resto de historias, pero con cierto cuidado. “Sin ceder ante los extremos del sentimentalismo, la ornamentación o la truculencia, porque si se lo hace se corre el riesgo de hacer demasiado ruido y opacar el texto”, explica el mexicano-boliviano Sebastián Antezana, autor de Si contarlo está en tu poder. “Ficcionalizar la muerte requiere de equilibrio y mucha edición”, agrega, “es complejo por todas las implicaciones que trae la idea de muerte y su condición de punto de encuentro de pulsiones y tensiones varias, pero no más complejo que, digamos, escribir una escena de sexo o un buen diálogo”.

    Más que el acto nuevo, lloramos una rotura de lo precedente”, Yushimito
    Para escribir sobre cualquier tema doloroso, explica el boliviano Maximiliano Barrientos, autor de Moscas, “un escritor no necesariamente tiene que haber pasado por una experiencia traumática, pero sí tiene que estar ligado a esta ya sea por el miedo o por la obsesión. A veces el miedo de perder a las personas amadas es un motor narrativo más poderoso que el luto de la pérdida real. Hay que escribir sobre aquello que late en la cabeza, no importa qué tipo de voz sea la que suena”.
    A veces procede de la primera vez que el autor se topa con la catrina.En las historias de la argentina Selva Almada es un tema presente, un personaje que le resulta familiar. Toda su serie En familia (del libro ‘Una chica de provincia’) gira en torno al suicidio de su tío. “Si tenía alguna aprensión para escribir sobre muertes y muertos, creo que la superé escribiendo esos cuentos”, confiesa la creadora de El viejo muerto.
    La mezcla de recuerdos infantiles y adolescentes y las suposiciones son un buen material para los autores. Es el combinado con el cual el colombiano Andrés Felipe Solano creó Baila en el bosque. Sus padres tenían una pequeña casa de campo a las afueras de Melgar, un pueblo muy caliente a dos horas de Bogotá, donde hay una base aérea militar. Así es que en el cuento se imaginó “un encuentro enloquecido entre una pareja joven, que lleva saliendo muy poco, y varios soldados gringos en una discoteca de Melgar. Me interesaba cruzar esos dos mundos a ver qué salía”. Y de fondo las cenizas de su abuelo.
    Esa visibilidad de la pelona también es azarosa. Le ocurrió a la chilena Lina Meruane como lo relata en Ay. Una historia que la acompaña desde que empezó a escribir y se encontró con una nota muy breve en el diario sobre una familia de enterradores de un barrio marginal que se habían negado a enterrar a su hija. “La dificultad”, cuenta Meruane, “era la de la separación y la del duelo, pero también estaba la pobreza... Recorté esa nota, la archivé como posible material pero en sucesivos cambios de casa la perdí; muchos años después, escribiendo por encargo, esa escena resurgió como relato de la relación entre una madre y su hija y los muchos modos de pérdida que ocurren entre ellas, no sólo la de la vida”.
    En ese mundo de los sepultureros también entra la uruguaya Fernanda Trías en Cuerpos Extraños. Lo hizo porque ese otro lado de la muerte suele ser ignorado. “Al pensar en la muerte pensamos en el que muere o en los que padecen la ausencia”, dice Trías. Y recuerda que “los sepultureros deben lidiar con lo más prosaico, los restos materiales de la muerte, lo que nadie quiere ver, ni siquiera imaginar. Son seres fantasmas que asociamos con frialdad y desinterés. Y sin embargo allí hay una persona, con vida, con hijos, con problemas. El sepulturero está envuelto en la niebla del tabú y me interesaba rescatar esa voz, dejarlo hablar".
    ¿Y si tuviera razón la viuda de Montiel?

    Finados, funerales y adioses literarios inolvidables

    Selección de las primeras muertes que leyeron o las que más les gusta a los autores de Disculpe que no me levante (Demipage).
    Hamlet, de William Shakespeare.
    Madame Bovary, Gustave Flaubert.
    Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes.
    Los muertos, de James Joyce.
    La muerte de Ivan Illich, de Leon Tólstoi.
    Pedro Páramo, Juan Rulfo.
    Mi planta de naranja-lima, de José Vasconcelos .
    La luz difícil, de Tomás González.
    Moby Dick, de Herman Melville.
    La amortajada, de María Luisa Bombal.
    Mujercitas, de Louise Alcott.
    Tierras de cristal, de Alessandro Baricco.
    Sandokán, de Emilio Salgari.
    Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy.
    La hojarasca, de Gabriel García Márquez.
    Muerte en Venecia, de Thomas Mann.
    La dama de las camelias, de Alejandro Dumas.
    Anna Karenina, de León Tolstoi.
    Cien años de soledad y La hojarasca, de Gabriel García Márquez.
    Mientras agonizo y El ruido y la furia, de William Faulkner.
    Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.