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miércoles, 28 de noviembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Suave patria". Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

'Suave patria'

López Velarde y Mark Twain hablan de la intimidad y de la infancia. Ambos nos animan a no dejar fuera de la política a la poesía, la actividad humana que más conciencia tiene sobre la complejidad de la vida

 25 NOV 2012

La ciudad de Jerez está situada en el Estado mexicano de Zacatecas. Es una ciudad colonial fundada en el siglo XVI. Tiene varios templos y un teatro delicado y bonito como el costurero de una damita de otros tiempos. Su plaza central es un silencioso jardín por el que corren niños y aves. Hay un templete donde se reúnen los lugareños a jugar al dominó, bajo la sombra de árboles de copas densas y plumosas que recuerdan nuestros sauces. Es una de esas ciudades que invitan a pasear por sus calles y plazas dejando pasar el tiempo sin prisas. Ramón López Velarde nació aquí en 1888. Su casa museo está amueblada con los muebles y enseres de entonces. En su patio central hay una pajarera, pues era costumbre de los jerezanos alegrar sus patios con los cantos y el plumaje de sus pájaros.
La casa museo recuerda una pequeña escuela y así, mientras se pasea por el comedor, el despacho, la cocina y los dormitorios, se escuchan los versos del poeta, como si se fuera allí a aprender. Es una casa que habla, una casa que recita poemas a sus visitantes a través de una red de pequeños altavoces que cuelgan del techo y que se activan cuando alguien se acerca. El poeta murió con apenas 30 años, cuando solo había publicado dos libros. Es, sin embargo, uno de los escritores más cautivadores de nuestra lengua. Vida cotidiana y poesía se confunden en su obra. “Solo una cosa sabemos, escribió, el mundo es mágico”. El mundo es mágico ya que está animado por el deseo. El valor de las cosas es su vivacidad. En su casa museo se escuchan poemas dedicados a sus primas, a una niña con la que jugaba y que pasaría a ser su amada perdida, a la máquina de coser de su madre, que descansa sobre la mesa como un caballito con la cabeza de plata. Y se escucha, sobre todo, el más conocido de sus poemas, el que dedicó a su patria natal. Se titula Suave patria y es un poema que todos los niños mexicanos conocen y recitan en la escuela. La patria de López Velarde, escribe Octavio Paz, no es una realidad histórica o política, sino de la intimidad.

Europa se ha transformado en un casino donde solo el dios del dinero impone su ley
Tal vez por eso en los versos de este hermoso poema no hay proclamas ni invocaciones a la raza o los héroes. No se habla en él, como suele suceder en estos poemas patrióticos, de un pueblo elegido ni de su destino sagrado en la tierra. Ramón López Velarde se limita a evocar el México en que le tocó vivir. Habla de un paraíso de compotas, del relámpago verde de los loros, de la honda música de la selva y del santo olor de las panaderías. No hay en su poema alusiones a héroes, batallas, himnos o banderas y cuando, en su parte central, se refiere a Cuauhtémoc no es para recordarnos sus hazañas ni sus creencias, sino su sufrimiento cuando los españoles le hacen prisionero y le separan de los suyos. Y así nos habla del “azoro de sus crías”, del “sollozar de sus mitologías” y, por encima de todo, de su dolor al verse desatado “del pecho curvo de la emperatriz, / como del pecho de una codorniz”.
La única patria decente, dice Fernando Savater, es la infancia. Todos tenemos una patria así. En ella están los lugares en los que vivimos, la lengua con que aprendimos a nombrar el mundo y a disipar el miedo a la ausencia de los seres amados. Están los juegos misteriosos, las olorosas fiestas en la cocina, las historias que escuchamos de los labios de los adultos, las primeras lecturas, las canciones que acompañaron nuestro despertar a la vida, los cines y las películas amadas. Y esa patria oculta, secreta, nada tiene que ver con las banderas, los himnos, las fingidas lecciones de la historia, los tertulianos y los equipos de fútbol que pueblan esos parques temáticos de la identidad a que tan proclives son todos los patriotismos. Tiene que ver con aquello de lo que no somos dueños, representa lo más íntimo y escondido de cada uno, pero es también la puerta por la que entra en nosotros el mundo con toda su diversidad.
Recuerda a la balsa en que Huck y su amigo Jim huyen por el río Misisipi en la novela de Mark Twain. Era un tiempo en que un negro y un blanco pertenecían a mundos irreconciliables. Lionel Trilling dice que el niño y el esclavo negro forman una familia, una comunidad de santos porque de ellos “está ausente el orgullo”. Esa balsa no está alejada de la política. No hay nadie más responsable que Huck. Su simpatía ante todos los seres humanos es inmediata. Se conmueve en el circo ante un hombre que se cae del caballo y su alto sentido de la libertad le hace lamentar que lleven a la cárcel a una pandilla de maleantes, al pensar que él mismo, con un poco de mala suerte, podría haber formado parte de ella. Pero enseguida admite que de haber sido así habría tenido que pagar por ello y aprender a soportarlo. La política tiene por fin la organización de la sociedad. Es una tarea complicada y necesaria que persigue el bien común, la libertad y la igualdad de todos lo seres humanos. Ramón López Velarde y Mark Twain nos animan a no dejar fuera de ella la poesía, que es la actividad humana que tiene una conciencia más precisa e intensa de la variedad, la posibilidad, la complejidad y la dificultad de esa vida en común. No deberíamos olvidar esto en unos tiempos en que Europa se ha transformado poco más que en un casino donde solo el dios vulgar del dinero impone su ley. La Europa de la especulación, de las oscuras finanzas, de los paraísos fiscales, de los barrios financieros, de los políticos indiferentes al sufrimiento de los que representan, del recelo frente a los emigrantes y del desprecio a lo público, nada tienen que ver con aquella Europa de la solidaridad y la cultura con la que soñábamos. Era la vieja idea de “cultura” como paideia propugnada por la tradición platónica. La cultura como medio para proporcionar a la vida social los objetos correctos, justos y bellos; pero también como ejercicio crítico, como búsqueda de la justicia. Esa relación entre sueño y razón, entre utopía e ironía es la que reina en la balsa de Huck.

¿Hay un sentimiento más absurdo que el orgullo cuando se va en una balsa sin rumbo?
En Zacatecas, muy cerca de Jerez, está el museo de máscaras de Rafael Coronel, un pintor que entregó parte de su vida a formar una de las más bellas colecciones de máscaras que existe en el mundo. El museo está en un monasterio del que solo se ha rehabilitado una parte. Sorprende adentrarse entre las ruinas hasta llegar a las salas donde nos esperan las máscaras. No están ordenados con criterios antropológicos, ni de época, sino con caprichoso amor, como corresponde a una colección personal. Son inquietantes y tiernas a la vez. Hablan de un mundo perdido y en ellas todo se mezcla: muertos y vivos, indios y colonos, animales y hombres, moros y cristianos, niños y viejos, demonios y ángeles. “Lo bello”, escribió Antonio Porchia, “se halla removiendo escombros”. Tal es la belleza que hay en ese lugar, la belleza de la vida que alienta en las ruinas. No es posible contemplar estas máscaras sin sentirse conmovido por su belleza. Representan todo lo que de incumplido hay en nuestro corazón, todo lo que hemos perdido y pide regresar a nosotros. Su reino es el de esa suave patria cantada por López Velarde en que “las cantadoras de las ferias” y “los bailadores de jarabes” acuden en nuestra ayuda para “agudizar nuestro ingenio, ahondar nuestra percepción e iluminar nuestra capacidad de razonar”.
Me pregunto si entre nosotros aún es posible un lugar así. Esa sería nuestra verdadera patria, la única que merecería la pena salvar. Un lugar complejo, amigable y lírico, al que raras veces las ideas y las tareas cotidianas de la política actual hacen justicia. Un lugar modulado en nuestros sueños “al golpe cadencioso de las hachas / entre risas y gritos de muchachas / y pájaros de oficio carpintero”. Un lugar como la balsa de Huck y Jim, tan ajeno a los delirios de la identidad como a la arrogancia de tantos viajeros. Porque ¿acaso hay un sentimiento más absurdo que el orgullo cuando se va en una balsa que nadie sabe adónde se dirige?
Gustavo Martín Garzo es escritor. Su último libro publicado es Y que se duerma el mar (Lumen).

viernes, 21 de enero de 2011

PRENSA. 21 enero 2011

   En "El País":

1. Los de siempre. Columna de Juan José Millás.

2. Nueva imagen de la inocencia salvaje de Twain. Por J. M. Martí Font. Santi Moix ilustra una nueva edición de 'Las aventuras de Huckleberry Finn'.

3. El diésel no compensa tanto (y es más sucio). Reportaje de Sebastián Tobarra. La fiebre por los motores de gasóleo, un 70% de las ventas, no se justifica para el conductor común - El combustible es algo más barato por sus menores impuestos, pese a su impacto en la salud.

4. El regreso de Sade. Artículo de Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política.

5. CINE. Crítica de cine. Supervivientes del túnel (Más allá de la vida, de Clint Eastwood. Por Javier Ocaña). Solo contra todos (El demonio bajo la piel, de Michael Winterbottom. Por Jordi Costa). Periodismo matutino (Morning Glory, de Roger Michell. Por Javier Ocaña).

miércoles, 1 de diciembre de 2010

PRENSA. 1 diciembre 2010

En "El País":

1. Medio muertos. Columna de Elvira Lindo.

2. Con ustedes Mark Twain, 'best seller'. Reportaje de Barbara Celis. La autobiografía del 'padre' de Tom Sawyer se publica por vez primera sin censuras y en el orden en que él la escribió - El libro se convierte en inesperado superventas. La gran novela americana. Análisis de Javier Rodríguez Marcos.

3. Los secretos a voces. Por Manuel Rodríguez Rivero.

4. Filántropo mirando el céntimo. Reportaje de Sandro Pozzi. Las donaciones sufren la crisis y la demanda de eficiencia crece - Los ricos buscan asesoría muy cualificada - Las redes sociales pueden expandir la base. 

5. México: la revolución soñada. Artículo de Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política.

6. Por su propia seguridad, no se callen. Artículo de Gabriela Cañas.

7. La pederastia: el Auschwitz del sexo. Artículo de Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. En 2010 recibió el Premio 'Espasa de Ensayo' por su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor. La referencia a un horror desmesurado evita cualquier discusión. Hoy ya no se sataniza el sexo, simplemente se ha banalizado. No hay margen para la transgresión y se impone el concepto de prácticas "sanas y ordenadas".

miércoles, 20 de octubre de 2010

PRENSA CULTURAL. En el centenario de Mark Twain

En "El Día de Córdoba":
Una flor para Mark Twain

Se cumplen 100 años del fallecimiento del autor de 'Las aventuras de Tom Sawyer', un escritor de amplio universo literario del que. según Hemingway, surge toda la literatura estadounidense moderna

Ana Ramos
Actualizado 17.10.2010

Samuel Langhorne Clemens, más conocido como Mark Twain, nació en Missouri en 1935 y murió en Connecticut en 1910, hace ahora 100 años, lo que equivale a decir que asistió a la configuración de los actuales Estados Unidos. Cuando nació, hacía sólo un par de décadas que España había cedido Florida y Oregon, vivió la guerra con México tras la que el gigante americano recibió Texas, Nuevo México y California. Son los años del desarrollo del ferrocarril y del telégrafo, de la colonización masiva del Oeste y la Fiebre del Oro, también de los enfrentamientos políticos, raciales y económicos entre Norte y Sur que acabaron en la Guerra de Secesión. Digamos que Twain es testigo del moderno desarrollo de su nación y que, de alguna manera, su literatura es también fundacional. Según Hemingway: "Toda la literatura estadounidense moderna surge de un libro escrito por Mark Twain titulado Huckleberry Finn".
Mark Twain tenía 12 años cuando murió su padre y hubo de ponerse a trabajar como aprendiz en la imprenta de su hermano Orion. Desde entonces, ocupó diversos oficios en el campo de la edición e impresión, pero no sólo eso, se hizo piloto de barco de vapor, periodista, buscó oro, plata, invirtió en tierras y en peligrosos negocios madereros hasta que se casó con Olivia Langdon y se asentó en Hartford, Connecticut, en la primera casa que el escritor dio a llamar "hogar". Allí fue donde creó sus títulos más exitosos: Las aventuras de Tom Sawyer (1876), El príncipe y el mendigo (1881), Vida en el Mississippi (1883), Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) y Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889).
En Hartford, su trabajo como escritor le retribuyó grandes cantidades de dinero, unos 100.000 dólares al año. Con esta suma, y alentado por su amor por la edición y su gusto por las empresas arriesgadas, estableció una casa editora propia. Derrochó su fortuna en maquinaria y artefactos editoriales y, cuando al fin le alcanzó la ruina, se vio forzado a abandonar su casa y se embarcó, junto con su familia, en un viaje por Europa. A sus 50 años, Twain se empleó en dar conferencias por diversos países hasta que logró recuperarse y saldar todas sus deudas.
El final de su vida estuvo envuelto en un halo de tristeza y desgracia. Su hija mayor, Susy, murió prematuramente; también fallecieron el hermano, la hermana y la esposa del escritor, Olivia, quien, luego de 37 años de matrimonio, lo dejó en un estado de soledad irreparable. Su literatura dejó entonces de ser tan luminosa y humorística para volverse más sarcástica, crítica y centrada en la denuncia: "Todas las posesiones territoriales de todos los establecimientos políticos de la tierra -incluyendo América, desde luego- son el resultado del despojo. No hay tribu, por insignificante que sea, ni nación, por poderosa que sea, que ocupe un pie de tierra que no haya sido robado."
El universo literario de Mark Twain es amplio, su faceta más conocida está repleta de parajes salpicados de bosques, de los olores de la tierra, de las praderas estivales que formaron parte de su niñez en la granja de su tío John Quarles en Missouri, de fabulosas aventuras y, por supuesto, del Mississippi. Las anécdotas que plagan Tom Sawyer son en gran medida recuerdos de la propia infancia del escritor. Pero este cosmos incluye también una faceta más desconocida, la del crítico que arremete contra el fracaso moral de la civilización, entendida ésta como oposición al paraíso original sucumbido bajo la industrialización y la destrucción. Twain llenó muchas páginas denunciando las injusticias que encontraba a su paso. Para muestra, un botón: "Hasta donde puedo ver, Italia, durante quince siglos, ha dedicado todas sus energías, todos sus recursos financieros y todo su ingenio a construir un vasto conjunto de iglesias magníficas mientras mataba de hambre a la mitad de sus ciudadanos con tal de lograrlo. Hoy es un vasto museo de magnificencia y miseria".
En estos días en lo que todo se mide por su valor económico, la casa de subastas Sotheby's ha puesto precio a la obra de Mark Twain. El manuscrito de 64 páginas dedicado a su hija Susy, A family sketch, descrito como un capítulo perdido de su autobiografía, se vendió el pasado 18 de junio por 242.500 dólares. Podríamos decir que cada página original de Twain se cotiza a unos 4.000 dólares. Pero su literatura está al alcance de cada uno de nosotros por mucho menos dinero.
Cuando hace unos años viajé hasta Hartford para ocupar mi puesto de asistente de español en 'Mount Holyoke College', nada sabía de Samuel Langhorne Clemens. Durante un año viví a media hora de camino de la Avenida Farmington 351, donde el matrimonio Twain tuvo a sus tres hijas. Ahora siento que de haber estado menos interesada en mi propio viaje interior, enmarcado en la belleza de las nieves del este, quizá habría podido descubrir y visitar aquella casa en la que vivieron durante quince años y que hoy día, ya restaurada, ha sido convertida en casa museo. Les animo a que la visiten virtualmente en http://www.marktwainhouse.org. Yo, por mi parte, prometo que la próxima vez que vuelva a Connecticut pasaré por la casa de Samuel Langhorne Clemens para dejar una flor.


Mississippi y libertad
A sus 27 años, Samuel Langhorne Clemens bajaba el Mississippi en dirección a Nueva Orleans, donde quería embarcarse como periodista rumbo a Latinoamérica. Pero el azar hizo que cambiara de idea. El barco de ruedas en el que viajaba era pilotado por Horace Bixbi, y pronto ambos se hicieron amigos. La vida en el río sedujo tanto al escritor que decidió abandonar su viaje y permanecer junto al piloto como aprendiz. Dos años más tarde, Clemens consiguió su licencia de piloto de embarcaciones en el río Mississippi. Según escribió más tarde, allí fue donde descubrió la naturaleza del ser humano, y aquella época permanecería en su memoria como la más feliz de su vida: "Quise a mi profesión mucho más que otra cualquiera que haya seguido desde entonces, y estaba muy orgulloso de ella. La razón es simple, un piloto era, en aquellos tiempos, el único ser humano sin cadenas y enteramente independiente que viviera sobre la tierra".
No es de extrañar que Mark Twain, el seudónimo que acabaría usando en su carrera de escritor, tuviera que ver con la navegación en el río. Significa "dos brazas de profundidad", y era el grito que avisaba a las embarcaciones de la altura mínima necesaria para navegar. En Vida en el Mississippi, libro que repasa sus días como piloto y sus impresiones del río dos décadas más tarde, Twain nos habla de la elección de este peculiar seudónimo. Allí nos informa de que perteneció originalmente a un destacado capitán de barco, Isaiah Sellers, respetado por su larga experiencia y su fuerte carácter. A pesar de que el capitán carecía de capacidad literaria, solía enviar al periódico breves notas informativas acerca del río que firmaba como Mark Twain. En una ocasión una de esas notas cayó en manos de Clemens, y éste escribió unas líneas burlándose abiertamente del capitán. Al leerlas, sus compañeros pilotos se apresuraron a publicarlas en el periódico y desde entonces el capitán sintió un tremendo odio por Clemens y no volvió a publicar ni a usar el seudónimo nunca más. El futuro escritor se sintió avergonzado. Su artículo sólo había servido para herir el amor propio de alguien entregado en cuerpo y alma a una profesión que él mismo veneraba. La noticia de la muerte de Isaiah Sellers sorprendió a Clemens en California, donde se ejercitaba como periodista. Andaba buscando seudónimo, así que confiscó el descartado por el capitán y en adelante se esforzó por que su nueva firma, Mark Twain, conservase las cualidades del viejo marinero. En sus propias palabras, procuró que fuese "señal y símbolo y garantía de que aquello que lo acompaña es la pétrea verdad".
En sus dos obras más conocidas, Las aventuras de Tom Sawyer y su continuación Las aventuras de Huckleberry Finn, el río forma una parte fundamental de la trama. En la primera de ellas, Tom Sawyer y sus amigos, heridos y desplazados por la sociedad, se lanzan sin previo aviso a una aventura fluvial, decididos a dejar su antigua vida y convertirse en piratas. Esto da pie a uno de los pasajes más destacados de la novela: los familiares, incapaces de encontrar a los diablillos, los acaban dando por muertos y es así como los niños, a su regreso al pueblo, asisten a su propio funeral. Por su parte, el río es el hilo conductor de Huckleberry Finn. El protagonista finge su propia muerte para escapar de las palizas del padre alcohólico y huye por el Mississippi junto a Jim, un negro que a su vez escapa de su propia esclavitud. Y junto a las innumerables aventuras que les suceden a ambos, destaca en la novela la presencia del río como un símbolo y una promesa de la libertad social hacia la que viajan, libertad sin concesiones, más allá de cualquier regla.
Acabo de releer Las aventuras de Huckleberry Finn y se me ocurre que su lectura no es mala manera de pasar los últimos coletazos de este verano tórrido, atenuando así los rigores de la vuelta al trabajo o al estudio. Imagínense tumbados de espaldas sobre la balsa, viajando acariciados por la brisa nocturna, contemplando las estrellas o la luna en una noche clara, adormecidos por el rumor del río y el susurro de las orillas. Imaginen que dejan atrás, en la penumbra, bancos de arena y algodonales, que duermen de día bajo la choza en el sopor de las aguas, sin detenerse en pueblos ni con persona alguna, a no ser que haya que comprar café o algo de carne para asar y que, de este modo, se enteran casualmente de lo que sucede en el mundo. Que viajan con un compañero al que gastan bromas de vez en cuando y con el que pescan, comen sandía, se dan un chapuzón para refrescarse y charlan muy a menudo. Pero también viajan en silencio, porque muchas veces no hay necesidad de hablar o porque, en ocasiones, la solemnidad del Mississippi cala en el ánimo y uno tiende a bajar la voz o a callarse, aunque el espíritu esté alegre y tranquilo. Pues qué mejor vida hay que viajar sin destino en una balsa, dejándose llevar por la corriente en la brisa de la noche, tumbados de espaldas sobre el río.

sábado, 3 de abril de 2010

CUENTO. "Una fábula", de Mark Twain (1835-1910)

Mark Twain
Una fábula
Cierta vez un artista pintó un pequeño cuadro hermosísimo y, al situarlo frente a un espejo, de tal modo que pudiera verse reflejado, se dijo: "Así se duplica la distancia y lo suaviza, siendo así dos veces más bello de lo que era antes".
El acontecimiento llegó a oídos de los animales del bosque a través del gato de la casa, tenido en gran estima entre ellos por ser tan instruido, tan refinado y civilizado, tan como cortés y educado, que podía hablarles de muchas cosas que desconocían o aclararles otras sobre las que tenían ciertas dudas. Esta nueva información los tenía muy excitados, y se hacían preguntas a fin de poder enterarse cumplidamente de lo sucedido. Así que le preguntaron en qué consistía un cuadro, a lo que el gato contestó:
—Es una cosa plana —dijo—; extraordinariamente plana, maravillosamente plana, encantadoramente plana y elegante. ¡Y tan hermosa!
Al oírlo se vieron sobresaltados por un inusual frenesí, y aseguraron que estarían dispuestos a dar cualquier cosa del mundo a cambio de poder verla.
Luego el oso preguntó:
—¿Qué es lo que la hace tan hermosa?
—Su vista —aseguró el gato.
Esto no hizo sino avivar su admiración e incertidumbre, sintiéndose más excitados aún. Luego la vaca preguntó:
—¿Y qué es un espejo?
—Es un agujero en la pared —dijo el gato—. Se mira a través de él y allí se ve el cuadro, y éste es tan delicado, tan encantador, tan etéreo y tan sugerente en su inimaginable belleza, que la cabeza os da vueltas y casi desfallecéis de éxtasis.
El asno, que hasta ese momento había permanecido sin hablar, empezó entonces a manifestar dudas. Adujo que nunca había existido antes nada tan hermoso y que, probablemente, tampoco existía ahora. Añadió que, cuando se requería de una ristra tan larga de adjetivos para ensalzar la belleza de algo, había llegado el momento de albergar ciertas sospechas.
Es fácil imaginar el efecto que dichas objeciones surtieron sobre los animales, de modo que el gato se alejó ofendido. El asunto quedó olvidado por un par de días, pero mientras tanto la curiosidad fue tomando creciente impulso, renaciendo así un manifiesto interés. Entonces los animales imprecaron al asno por haber cuestionado sin fundamento la belleza del cuadro y, así, haberles privado de algo que, seguramente, les hubiera proporcionado placer.
El asno no se alteró y se defendió alegando que sólo existía un medio para dilucidar quién tenía razón, él o el gato: iría, pues, al lugar, miraría a través de aquel agujero y regresaría para contar lo que allí había descubierto. Apaciguados los animales, se mostraron agradecidos y le rogaron que partiese inmediato, como así hizo.
Pero diose la circunstancia de que no supo cómo colocarse entre el espejo y el cuadro, interponiéndose erróneamente entre ambos, de tal forma que el cuadro quedó tapado y, por tanto, no se reflejó en el espejo. A su regreso el asno dijo:
—El gato ha mentido. En el agujero no hallé otra cosa que un asno; no encontré señal visible de tal cosa visible. Se trataba de un manso y hermoso asno, pero nada más que un asno, y no otra cosa.
El elefante preguntó:
—¿Lo visteis bien y con nitidez? ¿Estuvisteis cerca de él?
—Lo vi clara y perfectamente, oh Hathi, Rey de las Bestias. Estuve tan cerca de él que llegamos a entrechocar los hocicos.
—Resulta muy extraño —apuntó el elefante—; hasta la fecha el gato siempre había dado muestras de veraz, al menos en lo que pudimos comprobar. Hagamos que pruebe otro testigo. Id, Baloo, mirad en el agujero y volved para informarnos.
Así pues, el oso fue a ver. Cuando regresó, denunció:
—Tanto el gato como el asno han mentido; en el agujero no había sino un oso.
Mayúsculo fue el asombro y consternación entre los animales. Ahora todos se sentían ansiosos por desentrañar ellos mismos el misterio y esclarecer por fin la verdad. El elefante resolvió enviarlos de uno en uno.
Primero, la vaca. Ésta no halló en el agujero otra cosa salvo una vaca.
Tampoco el tigre encontró otra cosa que no fuese un tigre.
El león no descubrió sino otro león.
El leopardo no halló más que otro leopardo.
El camello se topó con un camello, y nada más.
Entonces, Hathi se enfureció, y proclamó que averiguaría la verdad aun a costa de tener que ser el mismo quien fuera a buscarla. Al regresar, acusó a todos sus súbditos de embusteros y, sin poder contener su enojo con el gato por haberse burlado de su inocencia e inexperiencia, sentenció que nadie, salvo un necio ciego, podía ver a través del agujero otra cosa que no fuese un elefante.


                        Moraleja, por el gato:


Podréis encontrar en un texto aquello que os propongáis si os situáis entre él y el espejo de vuestra imaginación. Puede ser que no veais vuestras orejas, pero allí estarán.

domingo, 9 de agosto de 2009

LECTURA. "La oración de guerra", de Mark Twain


LA ORACIÓN DE GUERRA


The War Prayer

[Mark Twain escribió este texto a sabiendas de que no sería publicado en su época. "Nadie entre los muertos tiene permiso para decir la verdad", escribe, consciente de que "En América, como en otros lugares, la libertad de expresión está confinada a los "muertos". "La oración de guerra" fue escrita durante el conflicto bélico entre Estados Unidos y Filipinas (de 1899 a 1913). El 22 de marzo de 1905, Harper's Bazaar lo rechazó "por no ser adecuado para una revista femenina". Twain tenía un contrato en exclusiva con Harper & Brothers, por lo que no pudo publicar "La oración de guerra" en ninguna otra editorial. El texto se mantuvo inédito hasta 1923, cuando su representante literario, Albert Bigelow Paine, lo incluyó en el libro "Europe and Elsewhere" (Europa y otros lugares). Twain había muerto en 1910. Sus palabras, proféticas.]


Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso, los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas les vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas.
En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al Dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes. De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, en seguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente. La iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles.
El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: "¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!".
Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que les bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que les fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: "¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y, nuestra bandera!".
El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara —a lo que accedió el desconcertado clérigo— y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces, con una voz profunda, dijo:
—Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso.
Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso.
—Él ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar.
Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos —una pronunciada y la otra no—. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio.
Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio, ¡ten cuidado!, no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada.
Han escuchado la oración de Vuestro Siervo —la parte enunciada—. Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor —al igual que ustedes en sus corazones— rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Pensasteis estas palabras:
Concédenos la victoria, oh, Señor, Nuestro Dios. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria —debe ser así y no se puede evitar—. El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!
"Oh, Señor, Padre nuestro, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros —en espíritu— dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo.
¡Oh, Señor, Nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor. ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega —por el bien de nosotros que te adoramos.
Señor, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies!
Te lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A Él, humildes y contritos, pedimos Su ayuda.
Amén".
(Después de una pausa)
—Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda.
Más tarde, se creyó que el hombre era un lunático porque no tenía sentido nada de lo que había dicho.

martes, 21 de julio de 2009

LECTURA. "El cuento del niño malo", de Mark Twain

EL CUENTO DEL NIÑO MALO

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que, en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión, los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que éste se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.
Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.
La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan para que se duerman con su voz dulce y lastimera; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim, y su mamá no estaba enferma, ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.
Por el contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partiera la nuca no se perdería gran cosa. Sólo conseguía acostarlo a base de cachetes, y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le tiraba de las orejas.
Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido... no se sintió mal, ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “de rechupete”; metió la brea, y dijo que ésta también estaría de rechupete, y, muerto de la risa, pensó que, cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.
Una vez se encaramó en un árbol, donde Acorn, el granjero, a robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y, cuando éste lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro... nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en chaqué, sombrero de copa y pantalones hasta las rodillas, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos, y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en la clase de religión.
Otra vez le robó el cortaplumas al profesor, y, temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la gorra a George Wilson... el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y, cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto, para pasmo de todos, un juez de paz de peluca blanca, que dijera indignado: “No castigue usted a este noble muchacho... ¡Aquél es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo”. Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó y armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que éste era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.
Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí..., ésa debe ser la razón.
Nada malo le pasaba. Llegó incluso hasta el extremo de darle una tableta de tabaco a un elefante del zoológico, y éste no le dio en la cabeza con la trompa. Registró la despensa buscando esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido clorhídrico. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.
Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.
Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.