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lunes, 1 de febrero de 2016

CINE. HISTORIA. HOLOCAUSTO. Crítica de "El hijo de Saúl". Carlos colón

   En "El Día de Córdoba":
CRÍTICA DE CINE

Una obra maestra que representa el horror como nunca se ha hecho

CARLOS COLÓN | ACTUALIZADO 31.01.2016
zoom
László Nemes rodando con la cámara al hombro y a escasa distancia de su actor principal, Géza Röhrig.
EL HIJO DE SAÚL 

Drama/Holocausto, Hungría, 2015, 107 min. Dirección: László Nemes. Guión: László Nemes, Clara Royer. Fotografía: Mátyás Erdély. Música: László Melis.Intérpretes: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer. El Tablero.

Claude Lanzmann, autor de Shoah, la obra documental definitiva sobre el Holocausto, fue invitado a Cannes para asistir a la presentación de El hijo de Saúl, ópera prima del realizador húngaro László Nemes. Que Lanzmann, a sus 89 años y tras haber dedicado once de ellos a la realización de Shoah, le dijera a Nemes durante la proyección "usted es mi hijo" supone, en mayor medida que los muchos premios obtenidos -entre ellos el Gran Premio del Jurado de Cannes, el Globo de Oro y la nominación al Oscar-, el reconocimiento del rigor, seriedad, hondura, respeto y calidad deEl hijo de Saúl.

Dejo la palabra al propio Lanzmann, el juez más autorizado para valorar una obra de ficción sobre el Exterminio: "László Nemes ha creado algo nuevo en cine. Ha tenido la inteligencia de no intentar escenificar el Holocausto. Sabía que ni podía ni debía. El hijo de Saúl no es una película sobre el Holocausto, sino sobre lo que era la vida de los Sonderkommandos. Una vida muy corta. En la película son Sonderkommandos húngaros, llegados con los convoyes de judíos húngaros. Vivían experiencias espantosas. Los nazis los liquidaban cada poco tiempo y ellos lo sabían. Siempre he sostenido que es imposible representar la Soah porque no es concebible recrear la muerte en las cámaras de gas. Aquí no se trata de eso. El realizador se centra en estos comandos especiales encargados de la tarea atroz de forzar a otros judíos a desvestirse y entrar en las cámaras de gas. En Auschwitz, en las cámaras de gas de los crematorios 2 y 3, se hacía entrar a 3000 personas a la vez, hombres, mujeres y niños. Los comprimían a golpes hasta que no quedaba espacio entre ellos. Se cerraban las puertas y cuando caía el Zyklon B por las aberturas todos empezaban a asfixiarse. Como el gas subía de abajo hacia arriba el instinto hacía que los deportados se pisotearan entre ellos intentando respirar. Morían en la oscuridad, sin saber ni tan siquiera dónde estaban porque los gaseaban a las dos horas de llegar. Ese era el verdadero infierno de las cámaras de gas. ¿Cómo podría reconstruirse?".

Pues, como Lanzmann ha reconocido consagrando a esta película como la más cierta aproximación de la ficción al horror del Exterminio [en mi opinión junto a La zona gris de Tim Blake Nelson, pero superándola en rigor y dureza], László Nemes, pese a ser un debutante, lo ha logrado a través de una invención visual genial: durante toda la película el protagonista se mantiene en primer plano y se aprovecha la profundidad de campo con un ligero desenfoque para filmar el horror infilmable: cuerpos que llegan vestidos en los trenes, se desnudan, son empujados a las cámaras de gas, sacados de ella como sacos, transportados en elevadores y quemados. Una cadena que nunca cesa: trenes que no dejan de llegar, corredores por los que no dejan de ser empujados a palos miles de personas desnudas, cámaras de gas que solo están vacías cuando entre una matanza y otra se baldea la sangre para que los siguientes crean que son unas duchas, elevadores siempre subiendo cadáveres, hornos que nunca se apagan. Esto es lo que muestra sin profanarlo Nemes como un fondo dantesco, incesante, gracias al uso magistral de la profundidad de campo.

El detalle de este horror lo confía a una banda sonora genial de muy difícil construcción en la que no hay una sola nota de música y apenas diálogos -¿qué puede decirse allí?-, sino sólo órdenes ladradas, golpes, gritos desesperados, llantos de niños, estruendo de las puertas metálicas de las cámaras de gas cerrándose, golpes de las víctimas sobre ellas, alaridos de terror, blando golpear de desnudos cuerpos muertos cayendo sobre miles de otros cuerpos muertos; y, de principio a fin, el respirar incesante, industrial, de los crematorios. Como los judíos húngaros fueron exterminados casi al final de la guerra -se gaseó a 400.000 en tres meses- la fábrica de la muerte trabaja día y noche a un ritmo enloquecido que Nemes capta y transmite con una maestría que sobrecoge y deja exhausto, además de emocionalmente arrasado, a un espectador que, por primera vez en la historia del cine, puede sentir (no ver: sentir) algo remotamente parecido a lo que era aquel infierno sobre la tierra. Alemania sabía que había perdido la guerra y aceleraba las matanzas para culminar su misión histórica: asesinar a todos los judíos para erradicar, como dijo Hitler, la podredumbre de la compasión judía que alteraba la evolución de la especie humana, restableciendo la selección natural de los más fuertes. Anarquismo y nihilismo racial-zoológico se ha llamado a este proyecto que, desgraciadamente, no fue resultado de la locura sino de la racionalidad y la eficacia.


La película está basada en el libro Voces bajo la ceniza, formado por los testimonios escritos que algunos Sonderkommandos húngaros introdujeron en botellas que enterraron junto a los crematorios para dejar testimonio del horror. Ninguno sobrevivió. Las botellas fueron encontradas tras la liberación, algunas muchos años más tarde, y sus testimonios reunidos en este libro. A partir de ellos Nemes hace una audaz fusión entre la Tragedia -así, con mayúscula: desde su mismísimo origen griego en Príamo y Antígona- y el Holocausto, imprimiéndole el sello de la compasión judía. Porque en este lugar donde lo humano se ha eclipsado un sonderkommando recupera algo de la humanidad que han matado en él antes de asesinarlo (el suicidio entre los Sonderkommandos era frecuente y ninguno vivía más de seis meses) al sacar de la cámara de gas el cuerpo de un niño al que se empeña en librar del crematorio dándole un entierro digno, en el que un rabino rece el kadish (plegaria en memoria de los muertos). De esto trata El hijo de Saúl, una obra maestra que ha encontrado un modo de filmar lo no filmable.

martes, 17 de noviembre de 2015

CINE. Crítica de "Sicario", de Denis Villeneuve

   En "El Día de Córdoba":
CRÍTICA DE CINE

Estremecedor descenso al infierno del narcoterrorismo

CARLOS COLÓN | ACTUALIZADO 16.11.2015 
zoom
Emily Blunt interpreta a una prometedora agente del FBI.
SICARIO 

Acción, Estados Unidos, 2015, 121 min. Dirección: Denis Villeneuve. Guión: Taylor Sheridan. Fotografía:Roger Deakins. Música: Jóhann Jóhannsson.Intérpretes: Emily Blunt, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Victor Garber,Jon Bernthal, Daniel Kaluuya, Maximiliano Hernández. Guadalquivir, El Tablero, Artesiete-Lucena.


Los primeros diez minutos ponen los nervios de punta. Durante el asalto a una guarida de narcos mexicanos en Arizona se descubren una treintena de cadáveres putrefactos tapiados tras los muros. ¿Qué se oculta tras esta House of horrors, como la llama la prensa? Una de los poderosos cárteles que operan desde la caótica y letal Ciudad Juárez. Para luchar contra él una prometedora agente del FBI (Emily Blunt) es reclutada para formar parte de una unidad de élite mandada por dos experimentados y nada tranquilizadores personajes (Benicio del Toro y Josh Brolin). La agente se verá involucrada en una lucha fronteriza en dos sentidos: se mueve entre los Estados Unidos y México y entre la ley y el delito, traspasando en ambos casos las fronteras. "Nada tendrá sentido ante tus ojos americanos y dudarás de todo lo que hagamos, pero al final comprenderás", le dice Benicio del Toro. 

Esta contradicción ha sido muchas veces abordada por el cine negro. El personaje del policía que se va inmiscuyendo en la guerra sucia contra el crimen, usando los medios de los delincuentes que combate para vencerlos, es un clásico del género. Desde el principio hasta el brutal y desolador final el canadiense Denis Villeneuve -autor de las magníficas Incendies y Prisioneros-mantiene una tensión casi insoportable. No sólo por la violencia, nunca gratuita, sino por el sufrimiento que esta siempre conlleva. La subtrama de la familia del policía mexicano -sobre todo el personaje del hijo- es fundamental en este sentido. Las escenas que no contienen violencia son las peores, porque la presienten. Bajo la presión de la crueldad o la tensión constante de su presentimiento van aflorando preguntas terribles a lo largo de la película. ¿Bastan las leyes para luchar contra los narcos? ¿Es posible defender sólo con ellas a sus cientos de víctimas? ¿Jugar limpio en esta guerra sucia no provoca más víctimas inocentes porque siempre ganarán los brutales narcos desatando una crueldad inimaginable? ¿Es preciso asumir el mal para combatirlo? ¿Y entonces, qué nos diferencia de él? Justo en la mitad de la película, como si fuera el fiel de la balanza, Emily Blunt se lo pregunta mientras contempla fotografías de las víctimas de los narcos tiroteadas, descuartizadas, decapitadas y colgadas por los pies de los puentes de las autopistas… No se trata ya sólo de la guerra sucia, sino del caos: cuando Colombia mandaba en el narcotráfico había alguien con quien negociar, además de contra el que luchar. Ahora, con los narcos mexicanos, se ha pasado de una guerra reglamentada al narcoterrorismo. 

La dirección fotográfica del genial y veterano maestro inglés Roger Deakins -director de la fotografía de todas las películas de los Coen desde 1991 y autor de la fotografía de Kundum,Cadena perpetuaPena de muerteEn el valle de ElahEl asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o La duda-, que ya había trabajado con Villeneuve en Prisioneros, es la pieza clave para la definición de la película desde el amenazador uso de la oscuridad de los túneles de la droga hasta la desoladora aridez del desierto: dos realidades igualmente letales y terroríficas. Las tomas aéreas del desierto añaden una espectacularidad llena de significación dramática y las de Ciudad Juárez otra espectacularidad no menos desolada: la de las ciudades caóticas que parecen representar en su estructura la corrupción y la violencia que las oprime. 

El gesto indiferentemente despiadado y distante de Josh Brolin y la mirada muerta de Benicio del Toro definen con contundencia visual a sus personajes tanto como la mirada transparente y el gesto cauteloso de Emily Blunt define al suyo. Por eso son grandes interpretaciones puramente cinematográficas. Una gran película tan inteligente y tan tensa como la extraordinaria banda sonora de Jóhann Jóhannsson. Ambas, película y música, nos arrastran a un infierno del que querríamos apartar la mirada. Pero Villeneuve no lo permite en dos horas de metraje que pasan en un larguísimo instante.

domingo, 18 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. Crítica de la película "Marte", de Ridley Scott. Javier Ocaña

   En "El País":
CRÍTICA | MARTE (THE MARTIAN)

El triunfo del narrador

El filme huye de lo trascendental para poder inyectar con eficacia el virus de la emoción


Fotograma de 'Marte (The martian).

"Era inútil quedarse allí quieto, soñando con lo que no se podía conseguir, y esa urgencia me agudizó el ingenio", escribió Daniel Defoe en 1719. Poco podía imaginarse el autor de Robinson Crusoe que, 300 años después, y en medio de una ola de películas de ciencia-ficción dominada por las altas pretensiones, por las explicaciones trascendentes sobre el ser y el estar, sobre dios y la nada, Ridley Scott iba a componer una película que, como su mítica novela, no era más que una gran historia de aventuras. Nada más y nada menos. Marte (The martian), basada en la novela de Andy Weir, autopublicada por primera vez en 2011, es el relato de supervivencia un hombre que, como Crusoe, vio que "era inútil quedarse allí quieto". No en una isla, sino en un planeta.

Marte (The martian)

Dirección: Ridley Scott.
Intérpretes: Matt Damon, Jessica Chastain, Jeff Daniels, Chiwetel Ejiofor, Michael Peña.
Género: aventuras. EE UU, 2015.
Duración: 144 minutos
Scott, que en los inicios de su carrera, en Blade runner, ya había aplicado los códigos de una cierta complejidad mesurada a una historia asentada en el clasicismo del noir, vuelve a adentrarse en los mecanismos del futuro con la mano firme en la bandera del entretenimiento. Igual que en Blade runner había una aspiración por convertirse en la contrafigura de la cosmogonía de 2001: una odisea del espacio, en Marte hay una clara idea de apartarse del camino de las explicaciones simbólicas, místicas y hasta metafísicas de películas recientes. De poner tierra de por medio con obras como Interstellar, e incluso de la búsqueda de sensaciones cinematográficas nuevas al estilo Gravity, para apostar por el camino de los padres de la literatura de aventuras y por el empirismo de la ciencia: hacia la supervivencia en un entorno inhóspito por la vía de un huerto creado con su propia mierda. Pura ciencia. Pura aventura.
Hay en Marte un desafío de tono que huye de lo trascendental para poder inyectar con eficacia el virus de la emoción. Y ahí el mejor ejemplo quizá sea la música discotequera que domina la banda sonora que escucha el náufrago y que, por tanto, suena en la película. Su ritmo, y su esencia desprejuiciada, es la que imprime el sello de diversión a una película contada por Scott con el rigor y el oficio de alguien que sabe que, a veces, es más importante ser un artesano, un cineasta, un narrador, que un aspirante a genio.


viernes, 16 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. Crítica de la película "The imitation game"

   En "cuartopoder.es":

THE IMITATION GAME, DESCIFRANDO ENIGMA, DE MORTEN TYLDUM

El brillo y la oscuridad

PASCUAL SERRANO | Publicado: 


DESCIFRANDO ENIGMA_CQuizá lo que le falte a The imitation game, Descifrando Enigma en español, y entiéndaseme la tesis, sea algo de imperfección, algo de autenticidad, aparte de las interpretaciones de todos los actores, especialmente de un inspirado y esforzado Benedict Cumberbatch (El topo, El quinto poder, Agosto…) de prometedora carrera. A esta película tan redonda como una esfera le falta precisamente el espíritu. Eso que hace única a una historia contada en imágenes. Los hermanos Weinstein, que están detrás de la producción, conocen muy bien los resortes de la industria y los gustos del público, y son unos maestros estupendos creando un producto perfecto. Sin embargo, les falta esa parte de improvisación y genio que es lo que diferencia una película buena de una gran película.
The imitation game nos cuenta la vida genial y desgraciada de Alan Turing, el matemático inglés que durante la segunda guerra mundial estuvo al frente del equipo de científicos que logró descifrar el código que utilizaban los alemanes para sus comunicaciones, llamado Enigma, y que creó la primera máquina inteligente, precursora de los actuales ordenadores.
Con las dosis juntas de emoción e intriga, Morten Tyldum, director del estupendo thriller ‘Headhunters’, va trabando una historia en dos planos narrativos: el momento presente y la vida pasada del protagonista, desgajando las vivencias más importantes de la existencia compleja, deslumbrante y malograda de este científico adelantado a su tiempo, que con su pensamiento genial y sus descubrimientos consiguió acortar la guerra en un par de años y salvar millones de vidas, según algunos cálculos.
La cinta también se mueve entre dos planos temáticos: la vida laboral y el aspecto personal. Y es aquí donde plantea el concepto de la homosexualidad y su tratamiento social en el Reino Unido de los años cuarenta, que causó la desgracia de este hombre que debería haber sido un héroe nacional, pero murió en el olvido a los 42 años, apagando con la oscuridad puritana el brillo de su genialidad y los proyectos planeados.
Quizá, precisamente en referencia a este asunto, se le podría haber sacado más partido a la relación de Turing con el personaje interpretado por Keira Knightley (Beguin Again, Nunca me abandones, Love Actually, además de la saga Piratas del Caribe), una historia de amor y admiración y casi metafísica con muchas implicaciones emocionales. Aunque, en general las relaciones entre todos los personajes guardan un medido equilibrio y no hay papeles desperdiciados.
La película cuenta con una factura formal extraordinaria, como apuntábamos antes, y con una puesta en escena casi perfecta, alternando algunas secuencias bélicas prestadas con planos limpios y cuidados de los despachos de la inteligencia británica y la casa de Turing.
Para nosotros es una de las películas buenas de este año que promete tanto cinematográficamente, y que nos recuerda lejanamente en presentación y concepto a La mejor oferta. Medida, brillante, equilibrada y extraordinariamente bien interpretada por Cumberbatch y el resto del equipo.
tripictures (YouTube)

domingo, 12 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Crítica de la película "El gran cuaderno"

   En "Elpaís.com":
CRÍTICA | EL GRAN CUADERNO

Una educación para la supervivencia

János Szász ha tenido presente esa alergia a lo sentimental del libro, pero no ha podido evitar traicionar el material

“Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos”, escribían los gemelos Claus y Lucas en la novela El gran cuaderno de Agota Kristof, traducida al castellano por Ana Herrera Ferrer. Primera entrega de una trilogía que completarían La prueba y La tercera mentira, El gran cuaderno narraba, con una estremecedora austeridad casi limítrofe con la abstracción, el proceso de autoeducación para la supervivencia que desarrollaban dos hermanos enviados por su madre a la granja de una abuela solitaria, cruel y con esqueletos en el armario, en los años finales de la II Guerra Mundial. Claus y Lucas se convertían en aplicados alumnos de la deshumanización que les permitiría sobreponerse al horror.
En su adaptación, János Szász ha tenido presente esa alergia a lo sentimental que los personajes convierten en credo, pero no ha podido evitar traicionar una materia tan frágil y específicamente literaria a través del academicismo. Su trabajo serviría para ilustrar la idea de que, en toda adaptación, la domesticación es el mayor riesgo.

EL GRAN CUADERNO
Dirección: János Szász.
Intérpretes: László Gyémánt, András Gyémánt, Piroska Molnár, Ulrich Thomsen, Ulrich Matthes.
Género: drama. Hungría, 2013.
Duración: 109 minutos.
Así, la película no puede aspirar más que a ser un equivalente de una versión expurgada del libro, con todas las secuencias que plantearían problemas de representación pudorosamente omitidas y una constante incapacidad para esbozar un sucedáneo del trastorno que produce la lectura. Szász demuestra que un plano cinematográfico exquisitamente iluminado no tiene nada que hacer, en cuestiones de fuerza expresiva, frente al poder de una frase descarnada.

viernes, 19 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. CINE. Sobre la película palestina "Dos metros de esta tierra"

   En "sensacine.com".

La Crítica de SensaCine Dos metros de esta tierra

4,0
Empezar por el final. Dos metros de esta tierra, ópera prima de Ahmad Natche, se cierra con un magnífico travelling que desde la tumba del poeta palestino Mahmoud Darwish recorre una vista panorámica de la ciudad de Ramallah mientras dos jóvenes, que acaban de visitar la tumba mientras uno de ellos ha recitado el poema del que el director ha extraído el título de la película, se marchan corriendo para seguir con los ensayos del festival de música que se celebrará poco después. Ese movimiento de cámara llama poderosamente la atención porque se trata del único en toda la película.

Dos metros de esta tierra- CartelAhora,al inicio. Dos metros de esta tierra comienza con un montaje fotográfico de imágenes de soldados palestinos en blanco y negro. Sobre ellas escuchamos las voces de un hombre y de una mujer que comentan cada fotografía. Están buscando la idónea para abrir un programa televisivo. Ella es una periodista francesa y no puede ocultar su mirada occidental, mientras que él, palestino, matiza cada imagen, comenta, explica o contextualiza. No encuentran en ninguna de ellas esa esencia que persiguen y que pueda resumir aquello que están buscando. Casi todas las imágenes, sino todas, poseen algún componente militar que nos remiten al conflicto. Son fotografías que, se conozcan o no, poseen un componente iconológico o iconográfico fácilmente discernible.

Tras dicha exposición, Natche nos introduce en el preparatorio de un festival de música en Ramallah. La cámara se detiene en periodistas, voluntarios, músicos, artistas: al igual que la sucesión de imágenes del comienzo,Natche lleva a cabo otra forma de sucesión visual de corte retratista, en este caso cinematográfica, al ir desarrollando una sucesión de rostros, cuerpos y miradas diferentes, entregando al espectador una realidad “diferente” a la que estamos acostumbrados sobre el pueblo palestino. El contraste con las primeras imágenes, es enorme. Pero Natche no busca anular unas con las otras, sino crear una dialéctica entre ellas completándose. Los “personajes” que transitan frente a la cámara pueden ser entrevistados, hablar a la cámara, actuar, cantar o pasar accidentalmente... diferentes actividades alrededor del festival que, además de hacernos partícipes de su organización, nos sitúa frente a un grupo humano activo y cultural. Nunca veremos a los espectadores del festival, a Natche no le interesa tanto su ejecución como aquello que reside en la trastienda. El trabajo de cada uno de los participantes por poner en marcha el evento.

Natche logra con Dos metros de esta tierra entregar un documental político. Y lo hace despojando a éste de toda instrumentalización o dogmatismo, adentrándose en una realidad en la que el conflicto, aparentemente, queda fuera, pues surge en determinados momento de manera sutil o directa. Natche se propone mostrar otra cara de un pueblo constatando que su carácter identitario y su realidad es algo muy complejo. Y se acerca a él no con el propósito de crear un gran relato, sino de construir uno sencillo a partir del cual poder extraer conclusiones mucho más amplias. Su ambición consiste en que cada persona que vemos en pantalla sea un individuo, una personalidad propia, un componente más de un pueblo que, en ocasiones, se tiende a unificar de manera general, obviando que la identidad social no se construye de manera global, o no se debería, sino a través de todos y cada uno de sus agentes.Acostumbrados a una imágenes de Palestina francamente estandarizadas, Dos metros de esta tierra nos acerca otra realidad de la que no suele hablarse.

De ahí que Natche opte por un tono observacional, casi documental, mediante un estilo en el que destaca el carácter geométrico de los encuadres y su cuidado. La cámara se posiciona frente a los personajes como un observador más, sin intervenir, aunque resulta evidente que Natche no ha elegido al azar la posición de la cámara. A pesar de que en apariencia no hay un centro narrativo, salvo la propia organización del evento musical, lo cierto es que Natche va creando la acción mediante la intervención de esos personajes que interactúan entre sí, que ensayan en el escenario, que colocan unas simples sillas, que entrevistan a los participantes. Algunas influencias de Natche pueden ser evidentes, sin embargo, lo llamativo es que consigue trabajarlas para hacerlas suyas y crear un discurso propio.

Regresando al principio y al final. Al igual que los dos personajes del comienzo, Natche busca una imagen. Más bien las va creando. Sabe que una sola no es suficiente para dar una idea general. Puede ayudar, puede ser lo suficientemente sugerente, pero nunca será la imagen total. Él busca la suya con Dos metros de esta tierra y lo que consigue son múltiples. Pero quizá ese barrido final con la cámara, por ser único en la película, por el significado que esconde, tanto independientemente como en relación con aquello que acabamos de escuchar, se nos antoja que puede que no sea esa imagen que Natche busca, pero sí que posee una enorme potencia en aquello que sugiere. Y denota que el director es consciente del poder de las imágenes, de ahí la necesidad de seguir creando nuevas para crear una realidad mucho más amplia y compleja.

Lo mejor: El riesgo de la propuesta, el hablar de Palestina desde una postura diferente y que una película así haya conseguido estrenarse en nuestras salas.

Lo peor: A pesar de no ser una película “complicada”, es posible que desde fuera se vea así.

miércoles, 24 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. CINE. Crítica de "Looper"


   En "El Día de Córdoba":

Poderoso cine negro con marco de ciencia ficción y toques de western

CARLOS COLÓN 23.10.2012
Negro/Ciencia ficción, EEUU/China, 2012, 118 min. Dirección y guión: Rian Johnson. Fotografía: Steve Yedlin. Música: Nathan Johnson. Montaje: Bob Ducsay. Intérpretes: Joseph Gordon-Levitt, Bruce Willis, Emily Blunt, Paul Dano, Noah Segan, Piper Perabo, Jeff Daniels. Arcángel, Guadalquivir, El Tablero. 

Visualmente poderosa. Temáticamente innovadora. Genéricamente creativa. Conceptualmente sugestiva. Esta película propone con imágenes poderosas una variante muy original del motivo de los viajes en el tiempo, fundiendo géneros -la ciencia ficción pesimista, el western y el cine negro- para proponer una reflexión sobre el presente. Pesa más, como filiación y definición genérica, el cine negro que los otros dos. Aunque los tres están muy bien trenzados al resaltarse las dimensiones más críticas y realistas de cada géneros. Al fin tanto la liturgia del film noir como la del western y la de la ciencia-ficción pesimista son reflexiones sobre el presente hechas a través de la estilización de los submundos del crimen, de la lucha entre la ley y la fuerza o de la utilización de la distopía o utopía negativa como una profecía laica que sacude y alecciona anunciando pesares futuros. 

La dominante de Looper es el cine negro. Las claves de este género son el cansancio y la tristeza de quienes siguen luchando, tras haber perdido sus ideales pero sin poder renunciar a ellos, en un mundo cínico regido por la violencia. Y, efectivamente, se trata de una película triste y violenta -con un punto de cinismo y distancia- en la que unos tipos cansados actúan movidos por un ideal -o sentimiento- no del todo olvidado o, simplemente, por un ciego instinto de supervivencia. 

En un futuro próximo el mundo es más o menos igual al de hoy en una versión empeorada. Más basura, más herrumbre, más marginalización de las ciudades, más pobreza, más delincuencia violenta, más violencia para defenderse de los delincuentes. Todo el mundo va armado. Todo el mundo dispara. Como en el salvaje Oeste, pero peor; aquello era un duro inicio y esto es un bárbaro final. 

La laberíntica y fascinante trama escrita por Rian Johnson -guionista y realizador- merece no ser casi ni tan siquiera apuntada, tan llena de giros sorprendentes está. Digamos sólo que en ese futuro próximo existen unos sicarios que ejecutan a las víctimas que les son enviadas desde un futuro aún más remoto, en el que matar y deshacerse de los cuerpos es imposible. El ejecutor aguarda en el campo, ante un hule blanco vacío. De pronto, a la hora en punto marcada por un reloj de bolsillo marca Sergio Leone, aparece sobre el hule un tipo arrodillado y maniatado con la cabeza envuelta en un paño blanco, como uno de Los amantes de Magritte. Inmediatamente el sicario le dispara y después arroja el cuerpo a un pozo de fuego. Un día aparece ante el sicario una víctima que... 

Ahí lo dejamos. Porque desde la primera imagen de la película -el ejecutor aguardando a su víctima- estamos atrapados. Y no nos liberaremos hasta que acabe la espectacular sucesión de caminos truncados, vueltas atrás, saltos hacia delante, acciones suspendidas o expuestas una vez iniciadas: como si la película fuera un tren del que hay que bajarse o al que hay que subirse siempre en marcha. Sin saber exactamente de dónde venimos o a dónde vamos. Pero sin perdernos, atrapados por esa incertidumbre cuya resolución parece inminente y siempre se aplaza. 

Brillante juego de géneros. Pensemos en la ciencia ficción, que algo de Terminator hay: el viaje en el tiempo para proteger el futuro matando en el pasado. Pensemos en el western, que algo de La noche de los gigantes o de Raíces profundas hay: la granjera y su hijo protegidos de una terrible amenaza por un pistolero. Pensemos en el cine negro: un matón es perseguido por los suyos y ha de destruir su organización criminal para sobrevivir. Rian Johnson juega inteligentemente con estos tres géneros. Pero la baraja es la del negro, la de su cansancio y su tristeza, la de su inevitable y estéril violencia, la de su trágica predestinación. Inteligente película servida por unas interpretaciones perfectas de Joseph Gordon-Levitt, Bruce Willis, Emily Blunt y el niño Pierce Gagnon que, realmente, llega a aterrorizar. La inteligencia habitando el cine comercial le vale a esta película su quinta estrellita.

jueves, 27 de septiembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Una aproximación a "El artista y la modelo", película de Fernando Trueba. Por Carlos Boyero

   En "El País":

 San Sebastián 24 SEP 2012 
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Aida Folch y Jean Rochefort, en un fotograma de la película de Fernando Trueba 'El artista y la modelo'.

El artista y la modelo es una película muy púdica aunque durante casi todo el metraje la pantalla esté ocupada por una mujer desnuda, sensual, natural, sin depilar, alguien que desprende vida. Es púdica porque se niega a subrayar los sentimientos (y hay en ella muchos, profundos y complejos) con el agradecido recurso de la música. Habla entre otras cosas, como afirma su altivo y torturado protagonista, de comenzar por fin a entender la vida cuando sabes que ha llegado la hora de partir. Habla del obsesivo y casi siempre fracasado intento de encontrar la belleza artística y saber plasmarla. Habla de la trágica despedida de esas cosas que hacen vivible la vida. Ocurre en un pueblo de los Pirineos franceses en el año 1943. Un pueblo, un ambiente, una luz, unos personajes, unas sensaciones, un aroma, una forma de narrar que es vocacionalmente deudora por parte de Fernando Trueba del espíritu y la estética con la que concibió François Truffaut El niño salvajeJules et Jim y, cómo no, del Jean Renoir que rodaba en blanco y negro películas tan emocionantes como perdurables.
El anciano que la protagoniza es un escéptico sobre la naturaleza humana, capaz esta de repetir ancestral e incansablemente la barbarie que suponen las guerras, y en posesión como única bandera del poder milagroso del arte. Aunque su rostro y su actitud denotan estar familiarizados con la depresión, este escultor gruñón todavía dispone de cosas muy gratas, como que la mujer de hermosura legendaria (a la que coherentemente encarna Claudia Cardinale) que fue su modelo cuando era joven siga compartiendo su cama y su existencia con él cuando el telón está a punto de cerrarse. Los ojos de este hombre siguen fijándose en la naturaleza con una visión privilegiada y enamorada. Sus sentidos no han olvidado el inmenso placer que supone saborear unas gotas de aceite de oliva, beber vino y deleitarse observando el cuerpo de una mujer. Y aún le queda la posibilidad de recibir el regalo definitivo, encontrar la definitiva idea para crear su obra maestra, esculpiendo a una mujer joven y luminosa a pesar de llevar mucho tiempo educada en la supervivencia más dura. Ella le dará muchas cosas con las que el artista ya no se atrevía a soñar. Él le enseñará en una secuencia preciosa a ver el fondo y el proceso del arte más sublime a través del dibujo que hizo Rembrandt de una familia, los trazos que utilizó para retratar los sentimientos y la vida.

'El artista y la modelo' está hecha con ritmo, cerebro, corazón y amor
Hay muchas cosas que me fascinan en esta película a contracorriente, profunda, escrita con mimo por Carrière y por Trueba, realizada con cerebro, corazón y amor, con el ritmo y la pausa que necesita la historia, con capacidad de sugerencia, alegre y trágica. Jean Rochefort impresiona. Por su pinta, por lo que representa, lo que dice, lo que expresa, lo que insinúa y lo que calla. El tiempo no se ha ensañado con Claudia Cardinale, una de las dos o tres mujeres más guapas que ha filmado nunca la cámara y su voz mantiene aquel erotismo ronco. Hay que tener mucha confianza en tu director y un coraje notable para atreverse como hace Aida Folch a mostrar tu desnudez plano tras plano. La apuesta, a todos los niveles, era arriesgada. Yo creo que Fernando Trueba la ha ganado. Le sobran razones para estar muy contento con lo que ha hecho. El resultado estético y ético está a la altura de la ambiciosa propuesta.

martes, 28 de febrero de 2012

PRENSA CULTURAL. Crítica de "La invención de Hugo", película dirigida por Martin Scorsese


   En "El Día de Córdoba":
El fabuloso nacimiento de la máquina de contar historias
   Carlos Colón  26.02.2012

Aventuras/Infantil, EE UU, 2011, 126 min. Dirección: Martin Scorsese. Guión: John Logan. Intérpretes: Asa Butterfield, Chloë Moretz, Jude Law, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Ray Winstone, Christopher Lee. Fotografía: Robert Richardson. Música: Howard Shore. Guadalquivir, El Tablero.

   Si el 3D es el futuro de un cine concebido como espectáculo y asombro, Martin Scorsese ha tenido la idea genial -basándose con fidelidad en un libro infantil de Brian Selznik (hasta el apellido del escritor tiene un eco cinéfilo)- de viajar hasta el origen del asombro cinematográfico: la figura y las películas de Georges Méliès. Y con él -desde los Lumière a Feuillade- los pioneros que a partir de ese artefacto llamado cinematógrafo crearon la industria, el espectáculo y el arte al que llamamos cine.
   Puede parecer que una superproducción en 3D, de carácter familiar y temática fantástico-cinéfila, no encaja en el universo de Scorsese. No es así. Toda su filmografía, como las de sus compañeros de generación, está llena de referencias a sus preferencias cinéfilas. Llamó a Bernard Herrmann -el músico de Welles y Hitchcock- para Taxi Driver. Homenajeó a Donen en Nueva York, Nueva York. Filmó Toro salvaje en blanco y negro. Rodó una continuación de El buscavidas de Rossen con El color del dinero. Dirigió un episodio de la serie clásica Amazing Stories revivida por Spielberg. Homenajeó a Jerry Lewis en El rey de la comedia. Utilizó la música de Delerue para Le mépris de Godard en Casino. Y además ha producido o dirigido documentales sobre Val Lewton, Elia Kazan, el cine italiano o el cine norteamericano. Nada de extraño tiene, pues, que se lance al cine familiar de fantasía -con ecos que van desde Disney hasta Zemeckis y Spielberg- uniendo la nueva magia tridimensional con la recreación del origen del truco y el espectáculo cinematográfico, recreando las filmaciones de Méliès y homenajeando a su figura.
   Es genial la idea de relacionar a Hugo, el niño protagonista, un huérfano que vive oculto en las maquinarias de los relojes de la estación de Montparnasse, con el pionero del cine George Méliès quien, tras arruinarse y tener que vender su estudio, regentaba junto a su mujer una modesta tiendecita de chucherías y juguetes en dicha estación, donde, como si se tratara de un increíble final feliz, fue reconocido por un periodista y crítico cinematográfico que lo rescatará del olvido (episodio que Scorsese reconstruye).
   En la ficción de esta película Méliès descubre casualmente que el niño trabaja en la restauración de un antiguo autómata creado por él. De esta casualidad nace esta maravillosa aventura que homenajea a la vida y al cine como si fueran la misma cosa. Con citas que van de Chaplin a Harold Lloyd o de Clair a Tati. Con reconstrucciones de las primeras sesiones del cinematógrafo. Con la recreación de los artesanales rodajes de Méliès y su invención del montaje como fuente de trucos. Y todo ello sin erudición ni pedantería, con la emoción con la que se habla de lo que se ama, con el agradecimiento hacia lo que ha ayudado a vivir. Incluyendo también en este homenaje a los libros primeros y fundacionales, por ello largos compañeros de vida, de Stevenson, Verne, Dickens o Robin Hood.
   Así trata Scorsese la historia del cine en esta película que lo resucita a él mismo como gran realizador tras un prolongado decaimiento. Emocionante, divertida y espectacular para todos los públicos; a la vez que de carácter casi ensayístico en su reflexión poética sobre los orígenes y la esencia del cine. Y no uso la palabra poética gratuitamente: la historia que, mediada la película, se abre con el mágico vuelo de los dibujos que servían a Méliès para preparar sus películas es un sincero y serio canto de amor al cine.
   La intuitiva interpretación del niño Asa Butterfield (descubierto por El niño con el pijama de rayas) es conmovedora. Vivaracha, que escribiría un crítico de la época, la actuación de la pequeña Chloë Moretz. La creación de Ben Kingsley como Méliès es portentosa. Conmueve el retrato del viejo Méliès perseguido por los fantasmas de su antigua grandeza. Sólo la escena de su llanto sobre los bocetos de sus viejas películas merecería nuestras cinco estrellas. Falla en cambio Sacha Baron Cohen como el malo, el policía de la estación, con una interpretación sosa a la vez que sobreactuada. Importante error de reparto porque ya se sabe lo importante que es un buen malo. En parte redimido por el grandioso papel de bueno -el librero- que hace un malo histórico: Christopher Lee.
   Howard Shore, llevado por la misma ola de nostalgia inspiradora y creativa, compone una delicada y extensa partitura en la que resuenan los ecos de los maestros de la música de cine francesa Joseph Kosma, Maurice Jaubert, Jean Wiener, Alain Romans (el de Mi tío de Tati) y de Maurice Jarre. El único problema es que a este perfecto mecanismo de integración en una historia de tantas historias que el cine ha contado (incluyendo su propia historia) podría, tal vez, faltarle alma. Sólo tal vez.

sábado, 24 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. CINE. Crítica de "El topo", de Tomas Alfredson


   En "El País":
Los disfraces de la traición

CARLOS BOYERO 23/12/2011

EL TOPO


Dirección: Tomas Alfredson. Intérpretes: Gary Oldman, John Hurt, Mark Strong, Colin Firth, Tom Hardy, Ciarán Hinds, Toby Jones. Género: thriller. Reino Unido, 2011. Duración: 127 minutos.

   Existen territorios imaginarios que nos resultan más familiares que nuestro propio barrio. Si te gusta leer, por supuesto. El condado de Yoknapatawpha, que inventó con aroma infinito William Faulkner. Esa Santa María trágica y nihilista, que creó Onetti. O el Circus, sede central del espionaje británico, nombre creado por un novelista inmenso que utilizó el seudónimo de John Le Carré, alguien que escribió mejor que nadie sobre la Guerra Fría y que aunque después siguiera creando una obra muy interesante, nos dejó a sus enamorados lectores con monazo permanente para el resto de nuestra existencia cuando decidió que la batalla entre George Smiley y Karla había terminado.
   Debido al conocimiento y la pasión de tantos fanáticos con causa hacia el universo de Smiley, siempre vamos a observar las sucesivas adaptaciones de ese mundo al cine y a la televisión como si fueran algo nuestro. Alec Guinness y James Mason, dos actores grandiosos, se introdujeron con convicción en la gastada piel, el poderoso cerebro y el torturado corazón de Smiley. Y, lógicamente, nos pusimos muy nerviosos al enterarnos que un profesional del numerito como Gary Oldman iba a interpretarle. Pero el proyecto era esperanzador por otra parte. Oldman iba estar rodeado por casi todos los pura sangre del cine inglés (John Hurt, Colin Firth y Toby Jones, entre otros) y El topo iba a ser dirigida por Tomas Alfredson, el retratista de aquella inolvidable, perturbadora y compadecible niña vampira en Déjame entrar.
   Despejadas ya las dudas y los prejuicios. Es una película excelente, densa, compleja, sutil, con clima, con una ambientación, unos diálogos y unos personajes que huelen por todas partes a autenticidad, a la geografía física y emocional que imaginamos al leer la saga del Circus.
   Alfredson se las ingenia para mostrar las esencias de una intriga tan complicada como turbia, utiliza con sentido y claridad algo tan peligroso como los flashbacks, llena de bruma y tortura el paisaje y el alma de los retorcidos personajes, prefiere la sugerencia a la machaconería, dibuja sensaciones intensas con gestos y detalles sobrios, describe con precisión una galería muy amplia de personajes (sentiremos el peso psicológico del maquiavélico Karla y de la infiel Ann, pero nunca veremos su rostro), utiliza muy bien la extraordinaria música que ha compuesto Alberto Iglesias (Alfredson tiene la osadía de cerrar con Julio Iglesias cantando La mer) y dirige con mimo a secundarios de lujo.
   El penetrante Smiley, ese hombre introvertido y taciturno que nada sin quitarse las gafas en un lago invernal, que espanta con un leve gesto a la avispa que se ha introducido en su coche, al que solo los tormentos del amor pueden distraer su lucidez, que juega un ajedrez mental a muerte con Karla, está admirablemente comprendido e intepretado por un Gary Oldman que no mueve un músculo de la cara ni altera su voz, que compone a su inteligente y triste antihéroe desde fuera y desde dentro. He visto varias veces este retrato de la traición y de la impostura, de la sordidez del espionaje, de la supervivencia mental cuando se ha conocido el infierno. Me siguen acompañando sus imágenes y su atmósfera. No puedo ni quiero olvidarlo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

PRENSA. CINE. Crítica de "Un método peligroso", de David Cronenberg


   En "El País":
De la carne y la psique

JORDI COSTA 25/11/2011

   En una de las escenas clave de Crash (1996), de David Cronenberg, adaptación de la novela homónima de J. G. Ballard, Elias Koteas, en la piel del agente provocador Vaughan, ilustraba al protagonista sobre el sustrato simbólico del accidente de tráfico, ahondando en su naturaleza de acontecimiento liberador de una energía sexual reprimida. En suma, proponiendo una lectura psicoanalítica del choque automovilístico que sintetizaba la poética del escritor que, en su autobiografía Milagros de vida, escribía: "Descubrí a Freud y los surrealistas, una andanada de bombas que cayó delante de mí y destruyó todos los puentes que dudaba en cruzar".
   En Un método peligroso, adaptación de la obra teatral de Christopher Hampton basada, a su vez, en un libro de no ficción de John Kerr -en suma, la historia ha recorrido un largo camino para alcanzar la plenitud como película de Cronenberg-, Carl Jung (Michael Fassbender) escucha en boca del médico y paciente encarnado por Vincent Cassel un discurso muy parecido al que sostenía esa escena de Crash: un llamamiento a la liberación del deseo, a la superación de toda atadura moral. La simetría entre las dos escenas revela que esta aproximación a la fascinación mutua y posterior extrañamiento entre Jung y Freud no solo no supone un cambio de tercio en la carrera del director canadiense, sino que, de hecho, es la película que, en buena medida, estaba destinado a hacer: una aproximación cartesiana al nacimiento del psicoanálisis y a la incubación de su primer cisma. Una obra que permite comprobar que, en la trayectoria del director, como en la de J. G. Ballard, todo es psicoanálisis, todo es tensión entre carne y psique, entre deseo y razón.
   Cronenberg logra sobrecargar la pantalla de energía con los recursos más austeros: bastan dos sillas y dos actores como Fassbender y Keira Knightley para montar una sesión de terapia que permite reconocer en la figura de Sabina Spielrein los ecos de esa turbulenta Claire Niveau a la que dio vida Geneviève Bujold en Inseparables (1988). Una austeridad expresiva que el director ya había tanteado en M. Butterfly (1993) y en Spider (2002) y que aquí sostiene una película civilizada, didáctica, pero, a la vez, llena de misterio que, en un mundo ideal, sería de visión obligada en las escuelas.

UN MÉTODO PELIGROSO
Dirección: David Cronenberg. Intérpretes: Viggo Mortensen, Michael Fassbender, Keira Knightley, Vincent Cassel. Género: Drama. Gran Bretaña, Alemania, Canadá y Suiza, 2011. Duración: 99 minutos.