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lunes, 7 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "El alfabeto de los pájaros", novela de Nuria Barrios. Por Lluís Satorras

Nuria Barrios

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Nuestros pájaros

LLUÍS SATORRAS 05/03/2011

   Narrativa. Empezamos bien. Nada más iniciar la lectura nos encontramos con episodios dinámicos y potentes. De nivel alto. Con imaginación desbordante se despliegan varias narraciones protagonizadas por dragones que plantean asuntos graves como la difícil supervivencia humana o el dilema entre la libertad y la opresión. Incluso hay un príncipe que vence al más vil de los dragones con la valentía y la audacia de un san Jorge. Otros animales participan en el festín hasta que el foco principal queda fijado en los pájaros, sus migraciones, sus vuelos graciosos o elegantes, y su función de guías o profetas en nuestro confuso mundo. Nuria Barrios (Madrid, 1962) no renuncia a los asuntos que siempre la han caracterizado, el cuerpo de la mujer y sus transformaciones y las funciones elementales de la naturaleza que condicionan la vida humana. Sin embargo, en esta obra se acoge a un estilo más personal, original, un lenguaje naif, inocente pero sutil, muy adecuado para la ocasión, en que las palabras, como los pájaros, vuelan. A la que uno se descuida se juntan en expresivas frases resumiendo dócilmente una emoción o un pensamiento. Los sucesos más sorprendentes adquieren la sencillez de lo cotidiano y uno puede pensar que los milagros son posibles.
   La autora recoge elementos de los cuentos populares e infantiles, de las leyendas y los mitos de siempre, los agita y los vuelca en el papel con un sentido nuevo. Esos viajes alados en que las personas son pájaros y los pájaros personas como ese "país de los niños sin padres" émulo del de los niños perdidos evocan el mundo de Peter Pan, aunque con propósitos distintos. Nix, la niña china protagonista, sufre, como Alicia, una caída interminable por un túnel misterioso y, como ella, se encuentra con extraños seres y asombrosos escenarios en su búsqueda de una respuesta a los enigmas planteados por la rudeza del mundo real. Y, como es propio de los cuentos tradicionales, hace su aparición un personaje auxiliar para impulsar la narración. Se trata de un armario que tiene vida propia y humanidad desbordante y posee múltiples habilidades.
   Las conversaciones que sostienen madre e hija (ahí donde la autora se encuentra tan a gusto) forman la columna vertebral de la obra. En un estilo coloquial grácil e instintivo, casi alado podríamos decir muy a propósito, las dos interlocutoras hablan largamente y se revelan sin disimulo ante el lector. La madre siempre tiene una historia a punto para ser contada que por triste o dramática que sea produce en la niña la alegría del deslumbramiento. De esos coloquios surgen ideas, sentimientos y nuevas percepciones que conducen a Nix a reflexionar sobre su situación, sobre sus dos países que son diferentes pero iguales, pues como dice el título de un capítulo "En China y en España habla igual el corazón". Y ya verán por qué razón resume su dilema vital en una frase lapidaria que nos lleva nuevamente a Peter Pan: "Todos los niños tienen dos barrigas, menos yo".

El alfabeto de los pájaros
Nuria Barrios
Seix Barral. Barcelona, 2011
254 páginas. 18,50 euros

domingo, 19 de julio de 2009

PRENSA. LECTURA. "Miércoles en el río", relato de Nuria Barrios

En "El País", MIÉRCOLES EN EL RÍO, relato de Nuria Barrios que reproducimos a continuación:

Las piedras ya estaban calientes cuando el coche apareció. Era un calor agradable que se colaba en los pantalones de los dos hombres, templaba sus muslos largos y sus culos cansados, que la edad había ido enfriando, y recorría su columna vertebral hasta llegar a la cabeza como la caricia de una mano firme y ancha. Las cañas de pescar estaban clavadas en el suelo, a su lado. Se hallaban tan entretenidos charlando que no escucharon el crujido de los guijarros bajo las ruedas, a su espalda.
-¡Eh! ¿Hay mucha profundidad ahí?
El tipo había asomado la cabeza por la ventanilla. Los hombres se giraron hacia él con desgana. Uno de ellos, el de piel más blanca, llevaba una gorra. El otro, muy moreno, iba con la cabeza descubierta. El sol estaba alto y la luz se reflejaba en el BMW gris como en un espejo. A pesar del resplandor, vieron las gafas oscuras, la camisa blanca, la corbata. Las chicharras chillaban. El olor a gasolina se mezcló con el de la tierra caliente.
Los dos amigos sólo iban al río durante las vacaciones. No se levantaban temprano ni acudían con bolsas de pesca ni botas de plástico ni pantalones impermeables. Sólo llevaban unas cañas baratas, tabaco y latas de cerveza. Tan pronto llegaban, metían las cervezas en el río, bien sujetas entre las piedras, y dejaban que la corriente ligera las enfriara. A veces, introducían los pies en el agua y los restregaban suavemente contra el suelo oscuro y viscoso. El leve movimiento agitaba el fondo y sus pies aparecían y desaparecían como pálidas anguilas entre algas azuladas.
Algunos días, cuando el calor apretaba, se quitaban la ropa y nadaban un rato. El río engañaba. La suave orilla dejaba paso en seguida a una poza tan honda que el agua se volvía negra y fría como el ojo sin fondo de un pescado. Al hombre moreno le gustaba nadar allí, sentir el sol ardiente en la nuca mientras abría y cerraba las piernas y los brazos helados. Su compañero daba un par de brazadas sin quitarse la gorra y regresaba a la orilla.
A los dos les agradaba ese río que les regalaba pescado suficiente para justificar el tiempo que le dedicaban. Pero iban a pescar por las historias. Pasaban las horas contándose cuentos que habían vivido o habían oído. Enlazaban una historia con otra mientras reían. A veces, sin darse cuenta, las repetían, pero el placer de oírlas era igual que la primera vez. Cuando el coche se detuvo a su espalda, el de la gorra estaba hablando del zapatero comunista de su pueblo que un día desapareció y dejó en la puerta un cartel que decía: "Me he ido. No me busquéis".
El conductor aguardaba con la cabeza asomada por la ventanilla.
-¿Profundidad? ¡Un huevo!-, contestó el moreno.
El tipo metió la primera y apretó el acelerador. El coche pasó rugiendo junto a los hombres, se mantuvo unos instantes sobre el agua y luego se hundió.

Nuria Barrios es autora, entre otras obras, de El hilo de agua (Algaida), premio Ateneo de Sevilla de Poesía.