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viernes, 15 de enero de 2016

LITERATURA. "Un rotundo 'no' a la guerra con voces de mujer". Sobre 'La guerra no tiene rostro de mujer', de la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich

En "lecturassumergidas.com":


Un rotundo “no” a la guerra con voces de mujer


Lyudmila Pavlichenko (1916-1974), francotiradora de la 25º División Chapaiev , Ejército Rojo.
Lyudmila Pavlichenko (1916-1974), francotiradora de la 25º División Chapaiev , Ejército Rojo.

Por Emma Rodríguez © 2015 /

Hay libros que duelen, pero que agradecemos leer pese al dolor que nos provocan. Hay libros que nos acercan a realidades que nunca hubiéramos podido imaginar y que apuntalan en nosotros determinadas posiciones. Estoy convencida de que todo el que se acerque a La guerra no tiene rostro de mujerde la reciente Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich no podrá más que emitir un rotundo no a la guerra. Las noticias e imágenes repetidas de conflictos lejanos o no tan lejanos, de bombas lanzadas contra poblaciones civiles, de masacres, de torturas, que tan asimiladas tenemos ya desde nuestra cómoda postura de receptores occidentales, quedan absolutamente superadas por el impacto de las palabras, de los testimonios de las mujeres que lucharon con el Ejército Rojo en la II Guerra Mundial.
No podemos salir indemnes de la experiencia. No podemos evitar una cierta herida emocional tras emprender este viaje en busca de la verdad y de la memoria, un viaje que reivindica el papel de tantas jóvenes anónimas a las que les tocó desempeñar el papel de heroínas, heroínas obligadas por las circunstancias, por el destino, silenciadas durante largas décadas porque aparentemente sus vivencias no podían aportar nada nuevo a la solemne historia oficial; porque las batallas siempre han sido cosa de hombres.
Mezcla de literatura, ensayo y periodismo, estamos ante un libro extraordinario, absolutamente imponente y revelador, que nos habla de una guerra diferente, una guerra cercana, íntima, una guerra contada no desde la perspectiva convencional de las batallas, los movimientos tácticos y los hechos concretos, sino desde el corazón y los sentimientos. Por eso duele tanto, sobrecoge y provoca el más visceral rechazo. Svetlana Alexiévich recorrió pueblos y ciudades de la antigua Unión Soviética en busca de sus protagonistas; entabló conversaciones con ellas, fue testigo de hondas confidencias, de lágrimas, de culpas, pero también de liberación y alegría ante la oportunidad que les daba de poder hablar, de contar lo que supusieron aquellos años terribles; de valorar por fin, en voz alta, el sacrificio realizado, la contribución femenina a un capítulo de la historia incompleto sin la mirada de una parte importante de sus testigos. “Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…”, asegura que le pedían.
Hubo quienes se negaron a declarar, quienes no querían volver a un pasado que habían cubierto con un tupido velo, pero muchas otras aceptaron las visitas de esa mujer que hacía preguntas, que quería saber, que quería conocer de primera mano que sucedía en las trincheras, hasta qué punto los seres humanos estamos preparados para asumir el mal, para encontrar sentido a la vida en las situaciones más extremas, para controlar el miedo, para amar en medio de las más atroces experiencias, para seguir en pie cuando alrededor todo se convierte en derrumbamiento y horror.

Mezcla de literatura, ensayo y periodismo, estamos ante un libro extraordinario, absolutamente imponente y revelador, que nos habla de una guerra diferente, una guerra cercana, íntima, una guerra contada no desde la perspectiva convencional de las batallas, los movimientos tácticos y los hechos concretos, sino desde el corazón y los sentimientos.
No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara nauseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales” confiesa la autora muy al comienzo del recorrido sus intenciones. Y ya en el tramo último, después de infinidad de encuentros, de charlas, de grabaciones, de anotaciones en cuadernos, reconoce que no ve el final del camino. “El mal parece infinito. Ya no puedo percibirlo sólo como un hecho histórico (…) ¿me enfrento al tiempo o al ser humano? Los tiempos cambian, pero, ¿y los humanos? Las repeticiones me hacen pensar en la torpeza de la vida…”
El libro se estructura como un relato colectivo, como un fresco coral. Los recuerdos, las voces, se van superponiendo. Los planos, los puntos de vista, nos ofrecen una panorámica múltiple, polifónica. El ritmo, el efecto que provocan tantas memorias rescatadas al mismo tiempo, va in crescendo, alcanzando cada vez más altas cotas de emoción, de estremecimiento. La narradora organiza todos los contenidos de los que dispone en distintos capítulos, en pequeñas piezas narrativas que llevan por título frases significativas, piezas capaces de apresar situaciones concretas. Las evocaciones de sus combatientes (aviadoras, jefas de zapadores, francotiradoras, conductoras de carros de combate, oficiales de la marina, especialistas en transmisiones, partisanas, enlaces en la clandestinidad, comandantes de cañón antiaéreo, enfermeras, cocineras…) se mezclan. Cada cual cuenta la historia desde su posición, con matices diferentes, con apreciaciones que cambian según el lugar desde el que la vivieron. Hay coincidencias, muchas coincidencias, pero también contrastes.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Elke Wetzig.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Elke Wetzig.
Y al mismo tiempo están las propias reflexiones de la escritora, una especie de diario de ruta en el que va dando cuenta del proceso de trabajo, de las preguntas que se va haciendo, de los momentos de duda y de esos instantes milagrosos en los que percibe que está tocando con la punta de los dedos ese tipo de verdades que tanto dicen acerca de la naturaleza del alma humana. “Soy consciente de que no deben redactarse el llanto ni los gritos, una vez redactados perderán importancia; la versión escrita saltará al primer plano y la literatura sustituirá la vida. Así es este material, la temperatura de este material. Supera los límites. En la guerra el ser humano está a la vista, se abre más que en cualquier otra situación, tal vez el amor sería comparable. Se descubre hasta lo más profundo, hasta las capas subcutáneas...”, nos informa.
Svetlana Alexiévich escucha, se acerca al sufrimiento, da cuenta de un tiempo no superado en el que anidan viejos anhelos y descubrimientos atroces. En todo momento se aleja del relato victorioso, porque en la guerra no hay victorias, solo dolor y pérdida. El monólogo que mantiene consigo misma se cruza con el diálogo con tantas mujeres a las que se siente próxima. Cerca de un millón formaron parte del ejército soviético y desempeñaron todas las especialidades militares. Las que hablan en este libro no son pocas y las representan a todas. “Nuestro grito debe guardarse en algún lugar del mundo. Nuestro aullido, toma nota la periodista de esta frase que tanto dice de la necesidad de no olvidar, de preservar la memoria.
Hay testimonios sobrecogedores, en ocasiones escalofriantes en esta entrega. Los pasajes de crueldad, de vejación, son muchos, pero a ellos se superpone la compasión, la fraternidad, la ternura... Mucho tiempo mantuvo la autora el manuscrito sobre su mesa de trabajo. “Llevo dos años recibiendo cartas de rechazo de las editoriales. Las revistas guardan silencio. El veredicto siempre es el mismo: es una guerra demasiado espantosa. El horror sobra. Sobra naturalismo. No se percibe el papel dominante del Partido Comunista. En resumen, no es una guerra corriente…”, nos cuenta. Y se pregunta a continuación qué se entiende por correcto, si sólo cabe dejar constancia de los héroes y los actos de valentía; si sólo cabe olvidar el sufrimiento.

El monólogo que Alexiévich mantiene consigo misma se cruza con el diálogo con tantas mujeres a las que se siente próxima. Cerca de un millón formaron parte del ejército soviético y desempeñaron todas las especialidades militares. Las que hablan en su obra no son pocas y las representan a todas.
En la edición de la obra que acaba de publicar en España la editorial Debate, se incluyen retazos de conversaciones que Svetlana Alexiévich mantuvo con el censor, episodios recortados por la censura y otros que ella misma vetó, que no se atrevía a incluir en la obra. Con la llegada dela Perestroika de Gorbachov, a mediados de la década de los 80, el libro se convirtió en un acontecimiento y se realizó incluso una versión teatral. Las vicisitudes por las que hubo de pasar la autora la convierten en símbolo de una lucha, la de la visibilización de la historia de las mujeres, de la que aún quedan por escribir muchos episodios.
A través del periodismo, la ahora Premio Nobel quería acercar al público lector al otro lado de la contienda, ese lado opaco sólo atendido por la ficción. Pero en esta ocasión se trata de testimonios reales, desnudos, descarnados, sin artificios. “En lo que narran las mujeres”, explica la autora, “no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer ya escuchar: cómo unas personas matan a las otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana…”
¿Con qué relatos nos encontramos entonces? será la pregunta que os estaréis haciendo los que hayáis seguido este texto hasta aquí. No esperéis declaraciones grandilocuentes expuestas ante grandes púlpitos. Se trata de confidencias en la intimidad sobre “lo sencillo y lo humano, capaces de “vencer a lo grande, incluso de vencer a la Historia”, como dice la autora. Se trata de revelaciones dolorosas que gran parte de las veces han permanecido veladas, guardadas en el baúl de las pesadillas. Ahí está el gran valor de una entrega en la que hay contrastes, evidentemente, porque nadie vivió los acontecimientos de la misma manera, pero, en la que, tal vez, lo que más llama la atención son las coincidencias, el entusiasmo con el que todas esas mujeres se alistaron en cuanto estalló la guerra, muchas de ellas con apenas 16, 17 años, provenientes de organizaciones juveniles del Partido Comunista, educadas en la idea del bien común, de la defensa de la Patria.

Con la llegada de la Perestroika de Gorbachov, a mediados de la década de los 80, el libro se convirtió en un acontecimiento y se realizó incluso una versión teatral. Las vicisitudes por las que hubo de pasar la autora la convierten en símbolo de una lucha, la de la visibilización de la historia de las mujeres, de la que aún quedan por escribir muchos episodios.
Se repite una y otra vez la experiencia del rechazo primero por parte de oficiales que no confiaban en la valía femenina, de cómo hubieron de llamar a distintas puertas y saltarse los protocolos para hacer realidad su deseo de ir al campo de batalla. Se repite el dolor ante la separación de familias e hijos a los que no sabían si iban a volver a ver y la demostración de fuerza que hubieron de llevar a cabo para ser reconocidas por sus compañeros varones. Hay detalles que casi todas cuentan: el momento en el que les cortaron las trenzas, se vistieron con el uniforme masculino y calzaron botas que casi siempre les quedaban grandes. Y también los momentos en los que asomaba su coquetería innata y la rapidez con la que el cabello se les tiñó de blanco.
Mujeres que formaron parte de las guerrillas soviéticas que participaron en la liberación de Crimea en 1944.
Mujeres que formaron parte de las guerrillas soviéticas que participaron en la liberación de Crimea en 1944.
Y después de la victoria, cuando el Ejército Rojo venció a las tropas de Hitler y volvieron a la normalidad, a la vida cotidiana, hay una herida común: el desprecio de la sociedad, de las propias familias que se avergonzaban en muchos casos de ellas; de las mujeres que se quedaron en casa y que les echaban en cara haber combatido para robarles a sus hombres, unos hombres que no fueron capaces de defender a quienes habían sido sus iguales, a quienes fueron sus amigas y muchas veces, sí, sus amantes.
El rechazo de la sangre es otra de las constantes en los relatos. Muchas de estas mujeres, condecoradas por su valor en los campos de batalla, no pudieron volver a trabajar como enfermeras, ni pisar una carnicería ni vestirse de rojo cuando todo acabó. La mayoría hablan de enfermedades nerviosas, de dolencias surgidas con posterioridad, de los sueños sobresaltados, incluso décadas y décadas después, en el momento en el que son entrevistadas, ya convertidas en abuelas a las que les cuesta reconocer que un día fueron capaces de empuñar un arma y de matar.
Los escenarios del frío, de las heladas permanentes, que tantas veces se han utilizado por parte de los historiadores como uno de los elementos que contribuyeron a la derrota del ejército alemán, son escenarios de este recorrido en el que nos damos cuenta de que la idiosincrasia rusa y la firmeza de las convicciones de los combatientes, aún lejos de asumir que los ideales del comunismo estaban siendo traicionados por los dirigentes del partido, contribuyeron sobremanera a la victoria final.
La historia con mayúsculas, las barbaridades que ya estaba cometiendo el régimen estalinista con sus purgas, con su crueldad hacia los soldados hechos prisioneros, asoma como telón de fondo y nos habla de un momento en el que el pueblo soviético, capaz de vencer en la guerra, empezaba a ser consciente de que la utopía había saltado por los aires, un tema que siempre ha interesado a Svetlana Alexiévich y que ha explorado en profundidad en obras como El fin del “homo sovieticus”, que próximamente publicará en nuestro país la editorial Acantilado.
Hace frío, mucho frío en este recorrido, pero también asoma la primavera, la belleza del bosque, de los amaneceres, de las flores. “A veces oigo una música… O una canción… Una voz de mujer… Y allí encuentro lo que he sentido. Algo semejante (…) ¿Sabe lo preciosos que resultan los amaneceres en la guerra? Antes de un combate… Los observas y estás segura: ese podría ser el último. La tierra es tan bella… Y el aire… Y el sol…”, escuchamos la voz de Olga Nikítichna, que ejerció de cirujana militar. “Lo único que sé es que en la guerra las personas se vuelven espantosas e inconcebibles (…) Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…”, habla Anastasia Ivánovna, tiradora de ametralladora.

La historia con mayúsculas, las barbaridades que ya estaba cometiendo el régimen estalinista con sus purgas, con su crueldad hacia los soldados hechos prisioneros, asoma como telón de fondo y nos habla de un momento en el que el pueblo soviético, capaz de vencer en la guerra, empezaba a ser consciente de que la utopía había saltado por los aires.
De todo ello hablan las protagonistas. Hay temor, odio y muerte en sus historias, sus presencias son constantes y la autora se detiene largamente ahí, indaga, reflexiona… “La muerte es el tema más frecuente. La relación que tenían con la muerte: ella siempre merodeaba cerca. Era igual de cercana que la vida. Trato de entender cómo era posible salvarse en medio de aquella experiencia infinita de muerte (…) ¿Es posible contarlo? ¿Hasta dónde llegan nuestras palabras y nuestros sentimientos? ¿Qué está condenado a ser inexplicable?”, va desgranando sus interrogaciones.
Pero también hay amor, bondad y afán de supervivencia. Mientras avanzaba en la lectura no podía dejar de pensar en El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, una obra que nos habla de cómo los seres humanos nos aferramos a la vida y llegamos a valorarla en su esencialidad en las situaciones más dramáticas y extremas. “En la guerra, el alma del ser humano envejece. Después de la guerra jamás volví a ser joven...”, cuenta Olga Yákovlevna, técnica sanitaria de una compañía de infantería, a quien su madre llegó a atar al carro que transportaba las pertenencias de la familia en el momento en el que huían del fuego enemigo, sin poder impedir que se liberara y se marchara al frente con un trozo de cuerda anudada a la mano.
El relato de esta mujer que participó en combates cuerpo a cuerpo, que asegura que no podrá olvidar nunca el crujido de los huesos y que no creerá a nadie que diga que no ha sentido miedo en la guerra, resulta estremecedor, como muchos otros. “¿Qué somos en realidad, de qué estamos hechos? ¿De qué material? ¿Cuál es su resistencia?”, se pregunta Alexiévich. Y argumenta: “Antes pensaba que el sufrimiento libera, que, tras superar las penas, el individuo ya solo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria le protege. Pero estoy descubriendo que no, no es una regla general. A menudo este saber e incluso el saber superior (inexistente en la vida normal) existen como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las pepitas de oro en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre y rebuscar bien entre los sedimentos del ajetreo diario para finalmente hacerlo brillar. ¡Para que nos regale su preciada luz!
Eso es lo que hace la escritora. A través de sus preguntas, de sus indagaciones, busca la verdad y anima a sus entrevistadas a recordar, a poner palabras a las zonas de sombra hasta encontrar un poco de luz. Esa luz casi siempre aparece cuando surge el tema del amor. “En la guerra,  lo único personal es el amor. Lo demás es común, incluida la muerte, escribe Svetlana Alexiévich, sorprendida ante el hecho de que la menor franqueza se diese, precisamente, cuando éste salía a relucir. Ahí había un límite, un espacio prohibido, una zona de defensa que se fue levantando tras las calumnias, las ofensas y el sufrimiento de la posguerra, esa otra batalla de la posguerra, explica la escritora, a la que muchas mujeres pedían que ocultase sus identidades cuando le descubrían sus enamoramientos, la pasión que sintieron por algún compañero de armas, esos momentos de felicidad que también experimentaron y que tantas veces acabaron en frustración.
La piloto, miembro de las fuerzas aereas del ejército ruso, Lydia Litvyak.
La piloto, miembro de las fuerzas aereas del ejército ruso, Lydia Litvyak.
Hay historias realmente emotivas y desgarradoras en la entrega. Imposible dar cuenta de todas, pero, ya que hablamos de amor, hay una muy especial, la de Lubov Fomínichna, una soldado, auxiliar sanitaria, que no dudó en buscar a su marido en las trincheras y permaneció a su lado, luchando y amando, hasta que él murió. O la de Efrosinia Grigórievna, capitán médico, que al caer su marido hizo todo lo que estuvo en su mano para que le dejaran enterrarlo en Bielorrusia, la tierra de ambos, en la localidad donde ya no le quedaba nada, donde sólo esa tumba le podía hacer sentir que tenía un lugar en el mundo al que regresar después de la guerra. O la de la auxiliar sanitaria Sofía K-vich, que se enamoró del segundo comandante de su batallón. Ella no duda en confesar que no deseaba el final de la contienda porque sabía que él iba a abandonarla y volver con su familia sin reconocer nunca a la hija de ambos (Recuerdo la guerra como la mejor época de mi vida, allí fui feliz... Pero se lo ruego, no mencione mi apellido. Por mi hija...”)
Svetlana Alexiévich nos cuenta ciertamente otra guerra, esa otra guerra en la que los sentimientos pesan más que los hechos bélicos. Pero consigue, además, que leamos esos hechos, que veamos a sus protagonistas de otra manera y que pensemos, como dice la sargento Valentina Pávlova, comandante en una unidad de artillería, en el alto precio que tuvo que pagar el pueblo soviético –veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años– por una victoria cuyos laureles se han atribuido tantas veces los Estados Unidos.
Antes hablaba de los ideales de unas gentes, gentes corrientes que de verdad creyeron en que era posible una sociedad transformada, igualitaria. Esos ideales truncados por un poder autoritario, esa derrota moral, late en todo el libro, aparece de fondo en muchas de las declaraciones. Imposible, una vez que cerramos las páginas, olvidar los pasajes de la lucha clandestina, la que se llevó a cabo lejos de las trincheras, la lucha de los partisanos, ayudados en todo momento por el pueblo.

La Premio Nobel consigue, además, que leamos esos hechos, que veamos a sus protagonistas de otra manera y que pensemos, como dice la sargento Valentina Pávlova, comandante en una unidad de artillería, en el alto precio que tuvo que pagar el pueblo soviético –veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años– por una victoria cuyos laureles se han atribuido tantas veces los Estados Unidos.
Imposible olvidar esas escenas en las que los alemanes utilizaban a la gente que se había quedado en las aldeas como escudos humanos para esquivar las minas (hay un relato escalofriante de una soldado que evita matar a su propia madre, que viene en la avanzadilla, al verse obligada a disparar contra el enemigo). Y esas otras en las que, después de vencer, los soldados, hombres y mujeres rusas, al entrar en los pueblos alemanes, en bonitas e impolutas casas con el café humeante sobre las mesas –nada que ver con sus aldeas arrasadas por el fuego– se preguntaban cómo pudo una nación con tanto bienestar a su alcance provocar esa terrible guerra. La Historia nos habla de atroces actos de venganza y las mujeres de este libro no niegan casos de violaciones, pero cuentan también cómo, aún llenas de odio,  no fueron capaces de devolver la crueldad que habían recibido; de cómo ante la mirada de los niños alemanes asustados no pudieron dejar de sentir compasión.
Imposible olvidar también los episodios donde se narran las torturas de la Gestapo. “Más que morir nos asustaba la posibilidad de traicionar”, relata Sofía Mirónovna, integrante de una organización clandestina, quien recuerda las terribles torturas que padeció al ser atrapada y cómo un fiscal nazi la sometió a largos interrogatorios, movido por la curiosidad de saber. “Ese nazi quería entender por qué éramos como éramos, por qué nuestras ideas eran tan importantes para nosotros…”, escuchamos su testimonio. Y la seguimos: “¡Me he encontrado con personas extraordinarias! Morían en los calabozos de la Gestapo, solo las paredes conocieron lo valientes que eran...”

“Más que morir nos asustaba la posibilidad de traicionar”, relata Sofía Mirónovna, integrante de una organización clandestina, quien recuerda las terribles torturas que padeció al ser atrapada y cómo un fiscal nazi la sometió a largos interrogatorios, movido por la curiosidad de saber. “Ese nazi quería entender por qué éramos como éramos, por qué nuestras ideas eran tan importantes para nosotros…”, escuchamos su testimonio.
Es difícil explicar el efecto que provocan tantas voces pidiendo ser escuchadas, tantos relatos de la desolación, pero si algo queda claro es que Svetlana Alexiévich consigue su objetivo: sacudir absolutamente nuestras conciencias y hacernos desmitificar los relatos gloriosos de cualquier contienda. La suya es una gran lección de periodismo. Frente a la urgencia de las noticias, a la rapidez con que se construyen las informaciones; frente a la falta de contraste y el exceso de banalidad, la escritora consigue ofrecernos una gran lección sobre la necesidad de tomarse tiempo, de detenerse, de ahondar, de aspirar a encontrar la verdad. El capítulo de las mujeres rusas que lucharon en la II Guerra Mundial ha tardado demasiado tiempo en darse a conocer. Antes que ellas, en otros lugares, en otros tiempos, hubo otras; algunas van saliendo a la luz, pero aún son muchas las que permanecen sepultadas tras capas y capas de olvido. Hoy también hay aventuras de mujeres valerosas que merecen la pena ser contadas. Pienso, por ejemplo, en las kurdas que están combatiendo al Estado Islámico. ¿Qué piensan, qué sienten, qué mueve a esas mujeres?
Tanto en La guerra no tiene rostro de mujer, como en sus restantes títulos (Voces de Chernóbil era el único publicado en España cuando se le concedió el Nobel; a partir de ahora podremos acceder a los demás) la autora bielorrusa realiza un trabajo que dignifica la práctica periodística, que se convierte en un auténtico acicate para quienes creemos en su valor. Durante toda la investigación, inmersa en las certezas pero también en las dudas, sin saber exactamente hacia dónde la habría de conducir el camino emprendido, Alexiévich se hace preguntas, preguntas para comprender, no para asumir los hechos, sino para entenderlos desde el cuestionamiento.
La humanidad ha vivido miles de guerras (hace poco leí que en total se habían contabilizado más de tres mil, entre grandes y pequeñas), sin embargo, la guerra sigue siendo un gran misterio. Nada ha cambiado. Para descifrar el misterio intento reducir la Gran Historia hasta darle una dimensión de persona”, escuchamos su voz, una voz que se mezcla con las de sus protagonistas en busca de sentido. “El único camino es amar al ser humano. Comprenderlo a través del amor, señala en un momento dado. Tomo sus palabras como el mejor punto final y os invito a entrar en este libro, a abrir sus puertas sabiendo que duele, pero también que, en cierto modo, algo cambiará en vuestros corazones.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Peter Groth.
Fotografía de Svetlana Alexiévich por Peter Groth.
La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, publicado por la editorial Debate, ha sido traducido por Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

"El periodismo como literatura"

   En "El País":
LIBROS / REPORTAJE

El periodismo como literatura

El Nobel a Svetlana Alexiévich consagra la crónica. Banville, Guerriero, Caparrós y otros autores reflexionan sobre ello


"Por sus escritos polifónicos, que son un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo…”.
Sesenta y seis segundos. Ese fue el tiempo que una eterna discusión necesitó para hacerse global y reavivar el debate sobre si el periodismo es o no literatura. Era la una de la tarde en punto, del jueves 8 de octubre de 2015, cuando en esos segundos se anunció que la periodista bielorrusa, en lengua rusa, Svetlana Alexiévich ganaba el Premio Nobel de Literatura. Con ella, la Academia sueca acogía un nuevo género de escritura y ampliaba el territorio de lo literario.
En el segundo 67 terminó la tregua…
“La Academia convalida el lugar que una cierta escritura periodística ha ido ocupando en el campo literario, y así abre o amplía la lista de los géneros que caben hoy en la definición de la literatura”, afirma Gustavo Guerrero, escritor y consejero literario para la lengua española de una de las editoriales míticas por su calidad literaria, Gallimard: “Pero no es cualquier tipo de periodismo, sino una forma y una práctica muy específica, y cuya peculiaridad acaso nos esté diciendo algo más sobre esta (re)definición de la literatura. Creo que el periodismo entra hoy en el campo de la literatura y lo ensancha”.


Truman Capote.
“El problema es la definición misma de la literatura. Parece evidente pero no lo es. Ni históricamente, ya que la noción moderna de literatura supone la originalidad de la obra y la propiedad literaria no existía antes del siglo XVIII. Ni hoy en día”, explica Roger Chartier, escritor, historiador de literatura y profesor de la Escuela de Francia: “¿Debe definirse el texto literario a partir de su carácter de ficción? ¿Debe pensarse la literatura a partir de una cierta calidad estilística? ¿Debemos definir la literatura a partir de una comprensión densa, compleja, aguda del mundo, de la sociedad, de los seres humanos?”.
“Depende de lo que llamemos periodismo”, aclara Alberto Manguel, autor del clásico Una historia de la lectura: “Si periodismo es, según lo define el Diccionario de la Real Academia Española, ‘captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades’, entonces las obras de Zola o de Larra son periodismo, y Heródoto fue uno de los primeros practicantes. Toda palabra pertenece a una jerarquía convencional, y escribir periodismo tiene menos prestigio que escribir una obra histórica o literaria. Quizás las obras periodísticas a las que adjudicamos otros méritos que los meramente informativos merezcan otras etiquetas. ¿Qué calificativo logran entonces los escritos de Tomás Eloy Martínez, de Ryszard Kapuscinski, de Svetlana Alexiévich? Albert Camus, cuando trabajaba para el Diario del Frente Popular en Argelia y tenía que llenar el casillero ‘Profesión’ en los formularios oficiales, no ponía sino ‘homme de lettres”.
“Como Samuel Johnson y William Haz­litt, cuyo periodismo es sin duda literatura. Escribían con un ojo en la posteridad, pretendían que su trabajo fuera leído de manera intemporal”, argumenta John Banville, que antes de ser el exquisito escritor de hoy (un diciembre tendrá que ir a Estocolmo), fue periodista en The Irish Times y aún colabora en medios: “Pero la mayor parte del periodismo es sólo eso: escritura diaria. Aunque, en nuestro tiempo, el trabajo periodístico de Christopher Hitchens y Martin Amis es excelente, además de otros grandes autores”.


Oriana Fallaci.
“La base de la literatura es que no está fundamentada en hechos reales, permite a la imaginación crear un mundo en sí mismo. Un informe periodístico de la guerra de Troya, por ejemplo, no podría dar una hermosa descripción del armamento de Aquiles”, sentencia Donna Leon. “El periodismo debe ser razonablemente objetivo y preciso con la realidad; la literatura, no”.
“Son cosas distintas”, admite Javier Cercas, que ha escrito novelas a partir de hechos reales: “Pero determinados géneros periodísticos, la crónica o la columna de opinión, son o pueden ser una forma de literatura; una noticia, no. Esta sólo puede operar con las verdades claras, nítidas, unívocas y factuales del periodismo. Esto no significa que una noticia no pueda estar mucho mejor escrita que una crónica o una novela o un poema. Identificar literatura con ficción me parece un error”.
“El periodismo es un género literario”, aseguró hace 19 años Gabriel García Márquez. A partir de ahí desplegó sus argumentos en más de 2.000 palabras bajo el título El mejor oficio del mundo. Cinco años después, en 2001, el argentino Tomás Eloy Martínez, en palabras recuperadas por la periodista y escritora Leila Guerriero, escribió: “Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar que los novelistas mejores. Un buen artículo no siempre es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios”.
“De hecho, siempre es literatura: a veces mala, a veces buenísima. A sangre fría, de Truman Capote, es un reportaje y es alta escritura; y nuestro autor romántico más importante fue un periodista, Larra”, recuerda Rosa Montero. “Como género, tiene sus reglas, y es distinto de la ficción. En periodismo la claridad es un valor; en novela lo es la ambigüedad. En periodismo hablas de los árboles; en novela, del bosque; en el primero cuentas lo que sabes; en ficción, lo que no sabes que sabes”.
“La literatura puede tomar a veces la forma de texto periodístico”,atestigua Martín Caparrós, que acaba de publicar Lacrónica (Círculo de Tiza), “está claro que la conferencia del ministro no tiene nada que ver con la literatura —pero tampoco, si acaso, tiene que ver con ella una novela sadomaso soft o el poema escondido de una canción de Bisbal—. Pero hay formas periodísticas que sí: que intentan formas mejores de contar el mundo. Las llamamos crónica o periodismo narrativo o columna de autor o gran reportaje”.


Ryszard Kapuscinsky.
“Es el arte de entender, resumir, analizar y plasmar al público lo que es noticia en este mundo”, describe Jon Lee Anderson, que ha publicado Crónica de un país que ya no existe. Libia, de Gadafi al colapso (Sexto Piso): “Hay periodismo de toda índole, desde el más transitorio —meros sumarios de lo acontecido— hasta el más profundo, analítico o narrativo, con ambiciones que van más allá, que tiene la pretensión no solamente de impartir la noticia, sino de llevarnos al lugar de los hechos, de conocer las personas en cuestión, incluso de hacernos vivir sus realidades. Algo de este último periodismo llega, a veces, a ser literatura también”.
“Hay diversos nombres para mencionar un texto que implica una gran cantidad de reporteo, una mirada poderosa y una utilización muy sofisticada del lenguaje, es un género literario: un género literario de no ficción”, según Leila Guerriero. “Es importante hacer la diferencia puesto que, cuando se dice ‘literatura’, muchos piensan inmediatamente en ficción, y el periodismo es un género literario que trabaja sólo con materia prima obtenida de la realidad”.
“Hay que saber dar continuidad narrativa a una información, a un reportaje, a una entrevista”, sostiene el escritor y crítico José-Carlos Mainer. “No se trata sólo del registro de la noticia, de una sucesión de datos y declaraciones puestas párrafo tras párrafo, sino que debe haber una estructura, una intención, un comienzo y un final con un buen manejo del lenguaje”.
“Son textos que aspiran a una perdurabilidad”, señala Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. “Lo fundamental es el respeto al lector. El pacto de lectura de transparencia ética, de hechos verídicos y contrastables. El periodista no inventa nada. La cuestión es el margen de invención que se puede permitir para contar mejor la historia”.
“Cuando Heinrich Schliemann empezó a excavar en 1870 las ruinas de Troya, confirmó que la primera obra literaria de la historia, Ilíada, era una crónica periodística”, expone Miguel Aguilar, editor de Debate, uno de los sellos que apuestan por el periodismo en sus diferentes géneros, y que edita dos de los libros de la Nobel: “Como explicó hace muchos años Juan José Millás, en una magistral columna sobre la tragedia del Kursk, la literatura sirve para contarlo. Pensar que porque haya ocurrido la narración vale menos es propio de gente con muy poca imaginación”.


Susan Sontag.
“El testimonio del testigo directo en los hechos históricos responde a los valores del momento”, cuenta Borja de Riquer, que con su padre, Martí de Riquer, compiló en Reportajes de la Historia (Acantilado) 150 relatos de 26 siglos en los que buscaron “al periodista de cada momento que explicara los hechos en su salsa, cuyos textos han narrado nuestra historia”.
“Literatura es escritura, periodismo es escritura”, cree Elena Poniatowska, y da la vuelta al debate: “Proust hizo el periodismo de su alma, periodismo de sí mismo, Kafka el de su persecución. Carlos Fuentes decía que Bernal Díaz del Castillo es el primer gran novelista con Historia verdadera de la conquista de Nueva España, y en realidad fue un extraordinario cronista”.
“El Nobel debe ampliarse a géneros distintos a la ficción, la dramaturgia o la poesía. Debe sin duda incluir el ensayo. Unamuno, Alfonso Reyes y Ortega y Gasset lo hubiesen merecido. ¿Y no era Borges un supremo ensayista? También el género autobiográfico: como ocurrió en un solo caso, el de Churchill”, pide Enrique Krauze, escritor y director de la revista mexicana Letras Libres. “Esa sola ampliación del espectro incluiría a muchos escritores contemporáneos. Por esa razón celebro el premio a Alexiévich, aunque creo que el periodismo de gran altura tiene su propia creatividad y que esta no es, en estricto sentido, literaria”.
“Yo escribo, reúno las briznas, las migas de la historia del socialismo ‘doméstico’, del socialismo ‘interior’…”, desvela Svetlana Alexiévich, como hija de la tradición rusa intrigada por el alma de las personas, en su último libro, El fin de ‘homus sovieticus’ (Acantilado). “Estudio el modo en que consiguió habitar en el espíritu de la gente. Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo”.

lunes, 20 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre García Márquez. "El periodismo como literatura". Leila Guerriero


   En "El País":

El periodismo como literatura

Trabajó en diarios, escribió artículos y creo una fundación para periodistas


Quizás uno de los mayores aportes de Gabriel García Márquez al oficio periodístico, más allá de los valores de su obra de no ficción, haya sido el de sostener, a lo largo de su vida, que él era, sobre todo, un periodista, y en dar muestras —con hechos concretos, con declaraciones en las que decía cosas como “Aprendí a escribir cuentos escribiendo crónicas y reportajes” o “El periodismo me ayudó a escribir”— de que lo decía en serio. Empezó a ejercer el oficio cuando tenía 20 años, en El Universal, de Cartagena de Indias, y desde entonces y hasta su último emprendimiento periodístico, cuando en 1998 compró la revista colombiana Cambio,todos sus actos indicaron que para él el periodismo no era un ganapán ni un oficio bastardo, sino una forma de la literatura a la que valía la pena entregarle la vocación y la vida.
Si se hace un paralelo entre su obra periodística y su obra de ficción se ve que, por ejemplo, mientras trabajaba en El Espectador, de Bogotá (y daba forma en 1955 a las veinte entregas consecutivas de lo que sería después el libro Relato de un náufrago), o era corresponsal de Prensa Latina, escribía El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora. Aún después de Cien años de soledad, la novela de 1967 que lo puso bajo los reflectores, siguió publicando artículos en El tiempo, de Colombia, y después en EL PAÍS, de España. A un año de la aparición de El amor en los tiempos del cólera, en 1985, publicó un libro de no ficción: Miguel Littin, clandestino en Chile. Y, cuando ya no necesitaba demostrarle a nadie lo que podía hacer, investigó y escribió Noticia de un secuestro, en 1996. Fue uno de los pocos autores latinoamericanos de su generación —otro, insoslayable, es Mario Vargas Llosa—, que creyó que el periodismo bien hecho podía llegar a ser un arte, y que actuó en consecuencia. Cuando ganó el Nobel, en 1982, convocó al argentino Tomás Eloy Martínez para hacer, con el dinero del premio, un periódico que iba a llamarse El Otro, y que no llegó a existir. En 1992 formó parte de QAP, un noticiero televisivo de mucho éxito en Colombia. Finalmente, en 1994, cuando hacía doce años que había ganado el premio Nobel y veintisiete que había escrito Cien años de soledad, creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Llevaba casi tres décadas en el centro del escenario, recibiendo todo tipo de honores como escritor de ficción y, sin embargo, decidió apoyar un proyecto destinado a gente que vive de contar historias reales para estimular “las vocaciones, la ética y la buena narración en el periodismo”. Desde entonces, la Fundación trabaja de diversas formas —sobre todo, aunque no sólo, organizando talleres para periodistas— en torno a ese mandato. Hoy, el panorama de la crónica en habla hispana no es idílico, pero tampoco el peor de todos los posibles. El premio que otorga la Fundación —reeditado en 2013 bajo el nombre de Gabriel García Márquez—, se transformó en uno de los más prestigiosos y mejor dotados del oficio. En los últimos años, casi todas las casas editoriales tienen una colección de crónica y varias revistas del continente americano —El Malpensante, Etiqueta Negra, Soho, Anfibia, Gatopardo—, cultivan el género. Para las nuevas generaciones, los referentes del oficio ya no son sólo Tom Wolfe o Truman Capote, sino también —quizás sobre todo- periodistas de habla hispana, muchos de los cuales han sido sus maestros en talleres de la Fundación: Alma Guillermoprieto, Martin Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Juan Villoro. Es difícil pensar el estado de la no ficción en América Latina sin tener en cuenta ese gesto de García Márquez que, veinte años atrás, decidió crear esta fundación para periodistas cuando, con todo su nombre, con todo su poder, pudo haber hecho otra cosa: un festival de cine, un premio de novela, o nada. Si hoy muchos periodistas de nuevas generaciones se dedican a su oficio sin sentir que necesitan validar su trabajo con, además, una potente obra de ficción, es, en buena parte, gracias a ese gesto.