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miércoles, 21 de enero de 2015

PRENSA. Sobre la nueva novela de Michel Houellebecq. Jorge Volpi

   En "El País":

La sumisión y la sangre

Más que una fantasía política sobre un posible Gobierno islámico, la novela de Michel Houellebecq se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa

La mañana del 7 de enero me encontraba en el aeropuerto de Newark, a punto de embarcar de vuelta a México, cuando comencé a leer Sumisión, la nueva novela de Michel Houellebecq que acababa de descargar en mi Kindle horas después de haber sido publicada. Justo cuando leía la cita inicial de Joris-Karl Huysmans, el decadentista francés que la inspira, presté atención al sonido de una de las pantallas en la sala de abordaje. La reportera de CNN anunciaba que un grupo de encapuchados había irrumpido en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y había asesinado a la mayor parte de sus redactores. Sólo después de aterrizar en México conocería los detalles del acto terrorista, entre ellos que la portada de Charlie Hebdo de esa semana se burlaba precisamente de Michel Houellebecq quien, como de costumbre desde la publicación de Las partículas elementales en 1998, era motivo de un nuevo escándalo en el medio intelectual francés, en esta ocasión por su declarada “islamofobia”.
La conexión entre el tema central del número y el atentado queda aún por esclarecerse —la revista había sido amenazada desde que en 2004 reprodujese las célebres caricaturas danesas sobre Mahoma, un personaje que se volvería habitual en sus páginas—, pero no parece del todo casual. Ambientada en 2022, Sumisión también es una suerte de caricatura en la que un político musulmán, Mohamed ben Abbes, dirigente de una ficticia Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia, imponiendo una serie de medidas —en particular, la poligamia— que al cabo son aceptadas por el conjunto de sociedad francesa con indiferencia, cuando no con discreto entusiasmo.
En su cubierta, Charlie Hebdo presentaba a un demacrado Houellebecq (apenas más lamentable que en sus fotos recientes), anunciando sus predicciones de futuro: “En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán”. Una perla que, con la acidez característica del medio, resume bastante bien la trama de Sumisión. Que el escritor francés decidiese suspender la promoción de la novela esa misma tarde para refugiarse en un innominado sitio en la campiña francesa casi sonaría como una prolongación de la paranoia que alimenta su ficción de no ser por la espantosa resonancia de la tragedia.
Mucho antes de que aparezca en español, un sinfín de comentaristas ya se ha apresurado a ensalzar o denigrar la novela de Houellebecq, desde quienes piensan que se trata de una obra oportunista y marrullera, hasta quienes la defienden como un valeroso acto de libertad equiparable a las virulentas caricaturas de Charlie Hebdo.En la propia Francia, tan dada a estas aparatosas disputas intelectuales, los bandos también se hallan bien diferenciados: de un lado quienes piensan que, más allá de sus discutibles méritos literarios, Sumisión es una pieza repugnante que “pone a Marine Le Pen en las puertas del Elíseo”, y del otro quienes sostienen que, en su cuidada ambigüedad, se trata de una sátira que, más que ensañarse con los musulmanes, se burla de Francia en su conjunto.

El nuevo rector permite que sus profesores elijan tres o cuatro esposas de entre las estudiantes
François, una suerte de alter ego del autor, es un profesor universitario que, tras una carrera como especialista de Huysmans, se encuentra en un momento de decadencia o apatía. (Como la propia Francia: igual que en las viñetas de Charlie Hebdo, la sutileza aquí no es relevante). Harto de sus recurrentes aventuras con sus alumnas, François por fin se ha enamorado, o al menos encariñado, de Myriam, una joven judía —no podía ser de otro modo— que está loca por él. En ese contexto, François describe el ambiente electoral, dominado por la oposición entre la Fraternidad Musulmana y el Frente Nacional, con el Partido Socialista y la UMP como residuos del pasado, y la creciente sensación de peligro experimentada por los desplantes de los integristas del “movimiento identitario”, es decir, de esas organizaciones que, bajo el lema de “Francia para los franceses”, están dispuestos a defender a los “indígenas” de la “colonización islámica”.
Aderezada con sus previsibles descripciones sexuales y las meditaciones pesimistas o políticamente incorrectas que ya son marca de la casa —en especial contra las mujeres—, Houellebecq hace que su personaje apenas se dé cuenta de la victoria de Ben Abbes (aliado en la segunda vuelta con el PS y la UMP) y de la brutal mutación que ello acarrea. Temeroso de la violencia —que podría provenir de unos extremistas u otros—, François huye de París y se refugia en Martel, un pequeño poblado del suroeste nombrado así en memora del caudillo que detuvo el avance árabe en el medioevo. Entretanto Myriam, cuya familia teme quedarse en un país gobernado por un partido musulmán, ha emigrado a Israel con sus padres. Deprimido y solo, François visita el santuario de Rocamadour, ansioso de que su famosa Virgen Negra lo ilumine.
Por desgracia, la anhelada experiencia mística —paralela a la conversión al catolicismo de Huysmans— no llega nunca y, cuando François vuelve a París, encuentra a su patria transformada en un Estado islámico. Aquí es donde la sátira deviene simple caricatura. Para llegar al poder, Ben Abbes ha cedido los principales Ministerios a sus aliados para quedarse con el único que importa: el de Educación. Gracias a ello, las universidades francesas han pasado a ser islámicas, las mujeres han perdido sus privilegios y acuden veladas a sus clases. Por si fuera poco, el nuevo rector, un acomodaticio intelectual convertido al islam, permite que sus profesores tomen tres o cuatro esposas de entre las estudiantes. Poco le preocupa a Houellebecq la inverosimilitud del planteamiento: su intención, más cercana a Kafka que a la ciencia-ficción, es colocarnos de pronto frente a un sistema totalitario y absurdo, pero que apenas se distingue de lugares como Arabia Saudí.

Solo el islam parecería tener la energía suficiente para arrancar al país galo del marasmo
A diferencia de lo que ocurría en Las partículas elementales o incluso en El mapa y el territorio, la novela se mueve en un terreno voluntariamente pedestre. Más que una fantasía política, Sumisión se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa. Un continente que, como predijo Nietzsche, ha perdido toda su fuerza justo por haber renunciado a la religión y haberse decantado por los valores facilones, femeninos, de la democracia liberal (una sombra, en cualquier caso, de la bestia negra de Houellebecq: la Ilustración). En este contexto, sólo el islam parecería tener la energía suficiente para arrancar a Francia del marasmo, así sea al precio de renunciar sus valores más queridos (en especial, la igualdad).
Uno dudaría que un musulmán pudiese encontrar en esta farsa un solo argumento para sentirse vejado —pero si unas simples caricaturas fueron capaces de desatar semejante descarga de ira, quizás Houellebecq tuvo razón en esconderse en la Francia profunda, como su personaje—. Mucha más razón para indignarse tendrían las mujeres, que no tienen aquí otra función que la de objetos sexuales (como Myriam) o esposas (en el nuevo régimen machista y polígamo). Lo más relevante del libro son, en todo caso, las especulaciones sobre el reacomodamiento político previo a la victoria de Ben Abbes, en las que Houellebecq destaza por igual a la izquierda, la derecha y la ultraderecha de Marine Le Pen.
En un plano íntimo, Sumisión se presenta como el itinerario de una conversión fallida: François nunca será Huysmans, sino apenas otro oportunista en una Francia que hoy, no en 2022, disfruta de la sumisión a sus hipócritas valores burgueses. Lo que quizás se le escape a Houellebecq es que, al contentarse con una sátira de trazos gruesos, con una caricatura de los miedos de su época —incluida la islamofobia—, él ha seguido el ejemplo de François y tampoco ha logrado escapar a su cómodo papel de provocador. Sumisión es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar.
Jorge Volpi es escritor. Twitter: @jvolpi

jueves, 10 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre 'Memorial del engaño', última novela de Jorge Volpi

   En "El País":

En los tiempos de la Gran Mentira

El escritor mexicano Jorge Volpi lleva al límite, en su desconcertante y complejo 'Memorial del engaño’, el juego entre realidad y ficción con la crisis financiera de fondo


Un empleado de Lehman Brothers recoge sus pertenencias el 15 de septiembre de 2008, al día siguiente de que la firma quebrara. / CHRIS HONDOS (AFP)
¿No hay quien sostiene que la literatura tiene la fuerza como para crear una vida real? ¿No es el mayor encanto de la ficción que nos permite convertirnos en otros? En cualquier caso, ¿no fuimos todos engañados (desde 2008 y aún hasta el día de hoy) con la burbuja financiera? En esa línea, el escritor Jorge Volpi creó una macrometáfora haciendo que en su último libro, Memorial del engaño (Alfaguara),“el narrador fuera un engaño para el lector”. A todo nivel.
Así, la novela no la escribe él, sino un tal J. Volpi, nacido en Nueva York en 1953 y no en México, en 1968; y no es un reconocido escritor, sino el fundador y director general de JV Capital Management, en paradero desconocido y prófugo de la justicia tras defraudar 15.000 millones de dólares en 2008. El estafador ha entregado una especie de memorias a su agente literario A. W., seguro el temible Andrew Wylie (exagente real del Volpi escritor), que ha dado pie a este trepidante relato, con traducción de un tal Gustavo Izquierdo y precedido por entusiastas críticas de supuestos grandes expertos internacionales que se reflejan en la contraportada y en las solapas del volumen.

Una macrometáfora le sirve para viajar a lo que considera “el gran engaño”
“En mi primera novela, en 1993, A pesar del oscuro silencio, ya el protagonista utilizaba mi nombre y 20 años después le incorporo el apellido”, cuenta el autor de En busca de Klingsor, que enmarca el juego en la tradición literaria que va de Cervantes —“pensaba en él: el Quijote lo presenta como una traducción de una obra árabe de Cide Hamete Benengeli al Nobel Coetzee”— con autoficciones como Verano. “La marca de la época actual ha sido el engaño, llevado al máximo posible; yo he hecho lo mismo”, argumenta el Volpi real, que dice que ha creado “una novela picaresca contemporánea donde los mendigos del Siglo de Oro son aquí expertos económicos cargados de másteres MBA”.

Todo aquí ha sido inventado: el autor, los críticos, el traductor, la trama...
La génesis de Memorial del engaño es triple, lo que se refleja en otras tantas líneas del relato, construido con estructura de ópera. Por un lado, la crisis de 2008 que se inició con la caída de Lehman Brothers: “No sabía que no iba a golpear a México, pero como he vivido ya tantas crisis, quería entender qué pasaba; luego ya la viví en directo en Madrid entre 2011 y 2012”. El segundo incentivo fue conocer la historia de Harry Dexter White, creador del Fondo Monetario Internacional, pero que fue llevado ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas acusado de espiar para la Unión Soviética.
La tercera pata es la más literaria: “Me interesan los engaños familiares y la relación padres-hijos”, dice el Volpi escritor, marcado por “el carácter poderoso pero a la vez frágil” de su progenitor. Por ello hace que su Volpi financiero vague por la obra buscando a su padre, en una estructura que recuerda la del mítico Pedro Páramo de Juan Rulfo: la madre que cuenta al hijo sobre el padre y este sale en su búsqueda. “Mi Volpi engaña toda la vida, pero al final él es el engañado”, resume.


Jorge Volpi, en Barcelona. / MASSILIAMO MINOCRI
Insiste el escritor real en los embustes y falsedades (el libro está pespunteado de fotos de personajes, mezclados verdaderos y falsos) porque se reafirma, categórico, que “el engaño es la gran marca de la época”. Y pone dos ejemplos: “Nos prometieron que todos íbamos a ser ricos a partir del modelo neoliberal y luego hubo la guerra de Irak a partir de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron”. En España hubo dos superengaños más: “Uno, del PP, con su instrumentalización de los atentados del 11-M; otro del PSOE, negando la crisis; ¿cómo se recupera un país de eso?”.
Una segunda marca clave de estos tiempos, añade el autor de El fin de la locura, es la impunidad. “Es el alegato que representa mi narrador: los culpables nunca pagan por el engaño causado, ni los ejecutivos, ni los reguladores que no regularon, ni las agencias de calificación que no calificaron… Desde principios de los noventa hasta 2008 todo invitaba a ser cínico e inmoral”, resume. Que ese ambiente haya sido elevado a la máxima potencia es “fruto del triunfo de una moral distinta, resultado de la revolución neoconservadora, basado en los textos de Hayek y Friedman o Fukuyama”. Pero no hay revuelta social. “Sí, y me sorprende a medias porque la crisis ha estado tan mal gestionada tanto por la izquierda como por la derecha que el descrédito de la política es muy alto, hay la sensación de que no hay salida; además el neocapitalismo se disfrazó de no-ideología y despolitizó la sociedad; ahí sí triunfó totalmente”.

Desde principios de los noventa hasta 2008 todo invitaba a ser cínico e inmoral”
Está Memorial del engaño, a la manera de su admirado documental Inside job, muy bien documentado (“Un amigo muy puesto me fue indicando”, explica el escritor mexicano), y es didáctico al explicar la ingeniería financiera (quants —los expertos en hacer dinero de la nada a través de fórmulas matemáticas, a la manera de alquimistas medievales—, swaps…).
A la vez, la novela está cargada de temibles frases: “Siempre hemos ganado cuando otros han perdido; esta es la naturaleza de nuestro fondo”; “Las burbujas han estado y estarán siempre allí, multiplicándose en un lugar u otro. Lo que tenemos que hacer es escapar de ellas en el último segundo”, se dicen dos tiburones financieros en una obra donde el comunismo aflora como demonio derrotado. “Parte de lo que ha ocurrido ha sido porque el capitalismo se ha quedado solo en el mundo; el comunismo, con su presencia, había conseguido, por contrapeso, que en Occidente se crearan las sociedades más equitativas de la historia de la humanidad; cuando implosionó el bloque soviético, en la agenda del neocapitalismo estaba eliminar el Estado del bienestar y desregularlo todo”.
No nos hemos recuperado aún, piensa el Volpi real, ni en lo económico ni, en consecuencia, en lo moral: “Se dijo que se pondría freno a este capitalismo salvaje con medidas encaminadas a un nuevo modelo; si no lo ha habido, tampoco lo puede haber moral... los verdaderos responsables de todo no hacen más que estar ahí; siguen ahí”.
La literatura del escritor mexicano, representante de la llamada generación del crack (“La bautizamos así por la crisis económica mexicana y 20 años exactos después hablamos de esta recesión”), nunca es ajena del todo a un cierto compromiso político, algo que ratifica en sus ensayos, como el premiado en 2009 El insomnio de Bolívar.

El neocapitalismo se disfrazó de no-ideología, y ahí triunfó totalmente”
Pero ese componente no es usual en los escritores no ya de su generación, sino, aún más acusado, en la de sus sucesores: “La despolitización del neocapitalismo incluye a los artistas y en los más jóvenes eso se logró por completo, sienten desconfianza y asco frente a la política, tanto en sus vidas como en su literatura; eso se suma al exceso de politización que contenían las letras de América Latina entre los sesenta y los setenta, que se volvió espeluznante para los lectores de los ochenta como nosotros… A mí me interesa la novela política, pero nunca la he utilizado como soporte ideológico”, explica.
Tiene Volpi un resquemor: “Mi escepticismo viene de pensar hasta dónde la ficción nos hace más conscientes y nos ayuda a pedir responsabilidades o actuar; hasta dónde es un proceso de transformación”. Quizá por eso confía en colar algún día Memorial del engaño en la sección de biografía o de no ficción de una librería. Fácil, en los tiempos del gran engaño.

jueves, 28 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "El último de los mohicanos", por Jorge Volpi. (Sobre "La civilización del espectáculo", de Vargas Llosa

Jorge Volpi

   En "El País":
El último de los mohicanos
   En 'La civilización del espectáculo', Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones.

Jorge Volpi 27 ABR 2012
 
   El último sabio de la tribu recorre el campo de batalla. Ante su mirada comparecen los árboles troceados, las cabañas incendiadas, los cuerpos exangües, los restos del pillaje y el saqueo, y no contiene su furia. Levanta los brazos y, con voz de trueno, impreca contra los bárbaros que han transformado al mundo en un páramo sin sentido. Con un nudo en la garganta, sigue su camino, consciente de que sus días están contados y de que —ay— ya nadie atiende sus consejos. Su nostalgia le impide recordar que, no hace tanto, sus palabras animaron la batalla.
   En La civilización del espectáculo (2012), Mario Vargas Llosa se suma a la abultada lista de hombres de letras que, hacia el ocaso de sus días, se lamentan por la triste condición de su época. Si él no hubiese sido uno de los novelistas más portentosos y arriesgados del siglo XX —en muchos sentidos, el más joven—, recordaría al Sócrates que, en el Fedro, ruge contra la aparición de la escritura. Aunque a veces su tono moralista sea el de un héroe en el retiro, su voz mantiene la lucidez de sus mejores textos, aunque al final la ideología, más que los años, estropee algunas de sus conclusiones.
   ¿De qué se lamenta Vargas Llosa? De todo. Del estado actual de la cultura y la política, de la religión e incluso del sexo. Según él, todas estas vertientes de lo humano han sido pervertidas por la gangrena de la frivolidad. Ésta consiste “en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas”. La frivolidad, pues, como causa de que la cultura haya desaparecido; de que los políticos se hayan vuelto inanes o corruptos; de que el arte conceptual sea un timo; y de que hayamos extraviado el erotismo. Por su culpa, vivimos en la civilización del espectáculo: una era que ha perdido los valores que separaban lo bueno de lo malo —en sentido ético y estético— y donde, al carecer de preceptores, cualquiera puede ser engañado por mercachifles.
   Bajo esta justa invectiva contra el carácter banal —y venal— de nuestros días, Vargas Llosa parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones. Según él, la existencia de una auctoritas permitió el desarrollo de la cultura gracias a que un pequeño grupo de sabios, cuya influencia no dependía de sus conexiones de clase sino de su talento, señaló el camino a los jóvenes. (¿Quiénes serían esos aristócratas sin vínculos con el poder?) La consecuencia más perniciosa de la rebelión estudiantil de 1968 fue destruir la legitimidad de esa élite, provocando que toda autoridad sea vista como sospechosa y deleznable. Y, a partir de allí, le déluge.
   El de Vargas Llosa es un vehemente elogio de la aristocracia (en el mejor sentido del término). No deja de ser curioso que alguien que se define como liberal —invocando una estirpe que va de Smith, Stuart Mill y Popper a Hayek y Friedman—, se muestre como adalid de una élite cultural que, en términos políticos, le resultaría inadmisible: un mandato de sabios, semejante al de La República, resulta más propio de un universo totalitario como el de Platón que del orbe de un demócrata. Por supuesto, Vargas Llosa no admite la paradoja: a sus ojos, su lucha contra al autoritarismo político —de Castro a Chávez, pasando por Fujimori—, no invalida su defensa de la autoridad en términos culturales porque ésta se demuestra a través de las obras.
   Reluce aquí la fuente de su malestar: si el respeto a la élite cultural se desvanece, los parámetros que permiten distinguir las obras buenas de las malas —y a los autores que merecen autoridad de los estafadores— se resquebrajan. En un mundo así, ya no es posible confiar en nadie, ni siquiera en un Premio Nobel. Las masas ya no siguen a los sabios y, en vez de escuchar una ópera de Wagner o leer una novela de Faulkner, se lanzan a un concierto de Lady Gaga o devoran las páginas de Dan Brown. Para Vargas Llosa, no lo hacen porque les gusten esos bodrios, sino porque dejaron de hacer caso a los happy few que, a diferencia de ellos, poseían buen gusto. Vista así, la cultura —esa cultura— desaparece. Y se impone el caos.
   Vargas Llosa no es, por supuesto, el primero en entristecerse al ver un estadio lleno para Shakira cuando sólo un puñado de fanáticos asiste a un recital de Schumann pero, en términos proporcionales, nunca tanta gente disfrutó de la alta cultura. Nunca se leyeron tantas novelas profundas, nunca se oyó tanta música clásica, nunca se asistió tanto a museos, nunca se vio tanto cine de autor. El novelista acepta esta expansión, pero piensa que algo se perdió en el camino, que el público de hoy no comprende el sustrato íntimo de esas piezas. ¿En verdad piensa que en el siglo XIX los lectores de Hugo o Sue, o quienes abuchearon la première de La Traviata, eran más cultos?
   ¿Qué es, entonces, lo que le perturba? En el fondo, sólo ha cambiado una cosa: antes, las masas trabajaban; ahora, trabajan y se entretienen. Pero al marxista que Vargas Llosa tiene arrinconado en su interior esto le resulta indigerible: al divertirse, sin abrevar en las aguas del espíritu, las masas están alienadas. En cambio, la pequeña burguesía ilustrada sigue allí, aunque ya no sea tan pequeña. De hecho, muchos de los lectores de Vargas Llosa provienen de sus miembros, aunque él también se haya convertido en parte de esa cultura popular que tanto fustiga —y que vuelve sinónimo de “incultura”.
   Cuando extrapola este análisis a la política, sus argumentos se tornan más inquietantes. Tras el fin del comunismo —el único lugar donde, por cierto, la alta cultura se mantuvo intacta—, las democracias liberales no han respondido a las expectativas de los ciudadanos. La causa es, de nuevo, la frivolidad. En la arcadia que dibuja, los políticos estaban comprometidos con un ideal de servicio que la civilización del espectáculo destruyó. Vargas Llosa no contempla que la actual crisis del capitalismo no se debe tanto a la falta de valores como a la ideología ultraliberal, inspirada en Hayek o Friedman, que hizo ver al Estado como responsable de todos los males y provocó la desregulación que precipitó la catástrofe.
   Aún más lacerante suena la vena aristocrática de Vargas Llosa al hablar de religión. Él, que se declara no creyente y ha combatido sin tregua la intolerancia, recomienda para la gente común, es decir, para aquellos que no tienen la grandeza moral para ser ateos, un poco de religión, incluso en las escuelas. Aunque falsa, ésta al menos les concederá un atisbo de vida espiritual. Como cuando se refiere a la necesidad de devolverle ciertos límites a un sexo que juzga anodino, el discípulo de Popper no parece tolerar esa sociedad radicalmente abierta, en términos culturales, que tanto defendió en política.
   En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Poco a poco se difuminan nuestras ideas de autoría y propiedad intelectual; ya no existen las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular; y, sí, se desdibuja el mundo del libro en papel. Pero, en vez de ver en esta mutación un triunfo de la barbarie, podría entenderse como la oportunidad de definir nuevas relaciones de poder cultural. La solución frente al imperio de la banalidad, que tan minuciosamente describe, no pasa por un regreso al modelo previo de autoridad, sino por el reconocimiento de una libertad que, por vertiginosa, inasible y móvil que nos parezca, se deriva de aquella por la que Vargas Llosa siempre luchó.
 
Jorge Volpi es escritor mexicano.
twitter: @jvolpi

miércoles, 19 de octubre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Réquiem por el papel", por Jorge Volpi

Jorge Volpi

   En "El País":
Réquiem por el papel

   El predominio del libro electrónico podría convertirse en la mayor expansión democrática de la cultura desde la invención de la imprenta. Pero hay que remontar muchas reticencias e impedir que se segmenten los mercados.

JORGE VOLPI 15/10/2011

   Se reconocen como orgullosos herederos de una tradición legendaria: cada uno lleva a cabo su labor con paciencia y esmero, consciente de que en sus manos se cifra una sabiduría ancestral. Un pequeño grupo dirige los trabajos -elige los títulos, las tintas, el abecedario- mientras los dibujantes trazan figuras cada vez más sutiles y los artesanos se acomodan en silencio frente a sus mesas de trabajo, empuñando estiletes y pinceles, convencidos de que su industria constituye uno de los mayores logros de la humanidad.
   ¿Cómo alguien podría siquiera sugerir que su labor se ha vuelto obsoleta? ¿Que, más pronto que tarde, su noble profesión se volverá una rareza antes de desaparecer? ¿Que en pocos años su arte se despeñará en el olvido? Los monjes no pueden estar equivocados: han copiado manuscritos durante siglos. Imposible imaginar que estos vayan a desaparecer de la noche a la mañana por culpa de un diabólico artefacto. ¡No! En el peor de los casos, los manuscritos y los nuevos libros en papel habrán de convivir todavía por decenios. No hay motivos para la inquietud, la desesperación o la prisa. ¿Quién en su sano juicio querría ver desmontada una empresa cultural tan sofisticada como esta y a sus artífices en el desempleo?
   Los argumentos de estos simpáticos copistas de las postrimerías del siglo XV apenas se diferencian de los esgrimidos por decenas de profesionales de la industria del libro en español en nuestros días. Frente a la nueva amenaza tecnológica, mantienen la tozudez de sus antepasados, incapaces de asumir que la aparición del libro electrónico no representa un mero cambio de soporte, sino una transformación radical de todas las prácticas asociadas con la lectura y la transmisión del conocimiento. Si atendemos a la historia, una cosa es segura: quienes se nieguen a reconocer esta revolución, terminarán extinguiéndose como aquellos dulces monjes.
   Según los nostálgicos de los libros-de-papel, estos poseen ventajas que sus espurios imitadores, los libros-electrónicos, jamás alcanzarán (y por ello, creen que unos y otros convivirán por décadas). Veamos.
   1. Los libros-de-papel son populares, los lectores de libros-electrónicos son elitistas. Falso: los libros-electrónicos son cada vez más asequibles: el lector más barato cuesta lo mismo que tres ejemplares en papel (60 dólares, unos 44 euros), y los precios seguirán bajando. Cuando los Gobiernos comprendan su importancia y los incorporen gratuitamente a escuelas y bibliotecas, se habrá dado el mayor impulso a la democratización de la cultura de los tiempos modernos.
   2. Los libros-de-papel no necesitan conectarse y no se les acaba la pila. En efecto, pero en cambio se mojan, se arrugan y son devorados por termitas. Poco a poco, los libros electrónicos tendrán cada vez más autonomía. Actualmente, un Kindle y un iPad se mantienen activos por más de diez horas: nadie es capaz de leer de corrido por más tiempo.
   3. Los libros-de-papel son objetos preciosos, que uno desea conservar; los libros-electrónicos son volátiles, etéreos, inaprehensibles. En efecto, los libros en papel pesan, pero cualquiera que tenga una biblioteca, así sea pequeña, sabe que esto es un inconveniente. Sin duda quedarán unos cuantos nostálgicos que continuarán acumulando libros-de-papel -al lado de sus añosos VHS y LP-, como seguramente algunos coleccionistas en el siglo XVII seguían atesorando pergaminos. Pero la mayoría se decantará por lo más simple y transportable: la biblioteca virtual.
   4. A los libros-electrónicos les brilla la pantalla. Sí, con excepciones: el Kindle original es casi tan opaco como el papel. Con suerte, los constructores de tabletas encontrarán la solución. Pero, frente a este inconveniente, las ventajas se multiplican: piénsese en la herramienta de búsqueda -la posibilidad de encontrar de inmediato una palabra, personaje o anécdota- o la función educativa del diccionario. Y vienen más. Por no hablar de la inminente aparición de textos enriquecidos ya no sólo con imágenes, sino con audio y vídeo.
   5. La piratería de libros-electrónicos acabará con la edición. Sin duda, la piratería se extenderá, como ocurrió con la música. Debido a ella, perecerán algunas grandes compañías. Pero, si se llegan a adecuar precios competitivos, con materiales adicionales y garantías de calidad, la venta online terminará por definir su lugar entre los consumidores (como la música).
   6. En español casi no se consiguen textos electrónicos. Así es, pero si entre nuestros profesionales prevalece el sentido común en vez de la nostalgia, esto se modificará en muy poco tiempo.
   En mi opinión, queda por limar el brillo de la pantalla y que desciendan aún más los precios de los dispositivos para que, en menos de un lustro, no quede ya ninguna razón, fuera de la pura morriña, para que las sociedades avanzadas se decanten por el libro-electrónico en vez del libro-de-papel.
   Así las cosas, la industria editorial experimentará una brusca sacudida. Observemos el ejemplo de la música: a la quiebra de 'Tower Records' le ha seguido la de 'Borders'; vendrán luego, poco a poco, las de todos los grandes almacenes de contenidos. E incluso así, hay editores, agentes, distribuidores y libreros que no han puesto sus barbas a remojar. La regla básica de la evolución darwiniana se aplicará sin contemplaciones: quien no se adapte al nuevo ambiente digital, perecerá sin remedio. Veamos.
   1. Editores y agentes tenderán a convertirse en una misma figura: un editor-agente-jefe de relaciones públicas cuya misión será tratar con los autores, revisar y editar sus textos, publicarlos online y promoverlos en el competido mercado de la Red. Poco a poco, los autores se darán cuenta de la pérdida económica que implica pagar comisiones dobles a editores y agentes. Solo una minoría de autores de best sellers podrá aspirar, en cambio, a la autoedición.
   2. Los distribuidores desaparecerán. No hay un solo motivo económico para seguir pagando un porcentaje altísimo a quienes transportan libros-de-papel de un lado a otro del mundo, por cierto de manera bastante errática, cuando el lector podrá encontrar cualquier libro-electrónico en la distancia de un clic. (De allí la crónica de un fracaso anunciado: 'Libranda').
   3. Las librerías físicas desaparecerán. Este es el punto que más escandaliza a los nostálgicos. ¿Cómo imaginar un mundo sin esos maravillosos espacios donde nació la modernidad? Es, sin duda, una lástima. Una enorme pérdida cultural. Como la desaparición de los copistas. Tanto para el lector común como para el especializado, el libro-electrónico ofrece el mejor de los mundos posibles: el acceso inmediato al texto que se busca a través de una tienda online. (Por otro lado, lo cierto es que, salvo contadas excepciones, las librerías ya desaparecieron. Quedan, aquí y allá, escaparates de novedades, pero las auténticas librerías de fondo son reliquias).
   4. Unas pocas grandes bibliotecas almacenarán todavía títulos en papel. Las demás se transformarán (ya sucede) en distribuidores de contenidos digitales temporales para sus suscriptores.
   ¿Por qué cuesta tanto esfuerzo aceptar que lo menos importante de los libros -de esos textos que seguiremos llamando libros- es el envoltorio? ¿Y que lo verdaderamente disfrutable no es presumir una caja de cartón, por más linda que sea, sino adentrarse en sus misterios sin importar si las letras están impresas con tinta o trazadas con píxeles? El predominio del libro-electrónico podría convertirse en la mayor expansión democrática que ha experimentado de la cultura desde... la invención de la imprenta. Para lograrlo, hay que remontar las reticencias de editores y agentes e impedir que se segmenten los mercados (es decir, que un libro-electrónico solo pueda conseguirse en ciertos territorios).
   La posibilidad de que cualquier persona pueda leer cualquier libro en cualquier momento resulta tan vertiginosa que aún no aquilatamos su verdadero significado cultural. El cambio es drástico, inmediato e irreversible. Pero tendremos que superar nuestra nostalgia -la misma que algunos debieron sentir en el siglo XVI al ver el manuscrito de Las muy ricas horas del duque de Berry- para lograr que esta revolución se expanda a todo el orbe.

   Jorge Volpi es escritor mexicano.

martes, 17 de mayo de 2011

PRENSA. 17 mayo 2011

   En "El País":

1. Desesperación. Columna de Rosa Montero.

2. Un clásico. Por Fernando Savater.

3. Los 1.500 metros de la literatura. Por Javier Rodríguez Marcos. Jorge Volpi publica un volumen con tres relatos de "media distancia" - El género necesita "paciencia de novelista y agilidad de cuentacuentos".

4. La ineficiencia radial. Artículo del ingeniero Joaquim Coello Brufau. Nuestra red de infraestructuras está básicamente planificada con criterios políticos, potenciar Madrid, y no económicos. Pero, como ya planteó Ortega sin éxito, la defensa del Estado no es sinónimo de centralismo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

PRENSA DIGITAL. ENTREVISTA. Jorge Volpi


Jorge Volpi fotografiado por Bernardo Pérez

En "elpais.com", esta entrevista digital con los lectores: El suplemento cultural Babelia ha conmemorado el Bicentenario de las independencias hispanoamericanas. De este tema habla el autor mexicano Jorge Volpi en su nuevo libro, El insomnio de Bolívar (Mondadori), un ensayo en el que analiza la situación del subcontinente en el siglo XXI.

Podemos leer las primeras páginas de El insomnio de Bolívar.

Aquí, la crítica del libro, por M.Á. Bastenier.