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jueves, 4 de junio de 2015

PRENSA. Entrevista a Darío Villanueva, director de la RAE

   En "El País Semanal":

El director de la RAE: “Necesitamos un diccionario de nativos digitales”

Darío Villanueva busca el nuevo rumbo que debe encauzar la institución que limpia, fija y da esplendor al idioma español


Darío Villanueva, director de la Real Academia Española. / JORDI SOCÍAS

Aunque lo cuenta en ese tono medidamente sosegado, la determinación que Darío Villanueva muestra para el futuro de la Real Academia Española (RAE) no carece de ambición. Habla de refundación, de digitalización, de elaborar el primer diccionario para nativos digitales. Habla de paridad, de continuar con la lógica de las cosas en cuanto a incorporar mujeres y, por supuesto, como sus tres inmediatos antecesores, de América… Ingresó en la RAE con 57 años, cree que la institución necesita de un equilibrio de edades y un amplio espectro de saberes. Fue rector de la Universidad de Santiago de Compostela, mezcla entre sus disciplinas la pasión por la literatura y la pulsión por la semiótica, la retórica y la sociedad de la información. Astur-galaico, luce un talante de humildad determinante y una medida ambición que transborda al futuro.
Ya ha pasado casi seis meses en el cargo. ¿Con qué se ha encontrado como sorpresa? Fundamentalmente, la importancia que tiene la dimensión americana del puesto. La Real Academia Española preside la Asociación de Academias y eso significa que es la voz de todas ellas ante determinadas instancias. Por ejemplo, los Gobiernos de aquellos países que cuentan con una. Ahora somos 22, a la espera de la incorporación de la nueva institución ecuatoguineana, que se constituirá antes de final del año.
La dimensión americana es lo que más asombra a los que han ejercido este cargo en pleno siglo XXI. Pero pensaba que pese a haber sido secretario unos años y conocer a fondo las cuentas, lo que más le había sorprendido era el dinero. ¿Cómo van esos recursos? Yo conocía la situación a fondo, tenía información de primera mano. Por lo tanto, si hablamos de sorpresas, en ese sentido, ninguna.
Los antiguos directores podían haberse guardado algún secreto. No, en este caso, nada. La información era de mi dominio.
¿Cuál es esa situación? Que la RAE tiene tres fuentes de financiación: una asignación del Estado que en el momento más boyante nunca superó el 50% del total del presupuesto. En los últimos tres años, esa asignación ha decrecido un 60%, unos dos millones de euros. Otra fuente de financiación eran las obras de la Academia, diccionarios, ortografías, gramáticas y de otro tipo, incluidas las literarias. También en relación con esto nos enfrentamos a un escenario de crisis. Todos sabemos lo que está ocurriendo dentro del mundo editorial… Las ventas son muy inferiores a lo que eran 12 o 13 años antes. Por último, otra fuente de ingresos es la que procede de la Fundación Pro-Rae, en la que están metidas desde las empresas del Ibex a las comunidades autónomas y también benefactores particulares. Los rendimientos de dicha fundación también han disminuido.

Tenemos que abordar el diccionario de los nativos digitales”
Mal momento, entonces. Es una situación de crisis que compartimos con el resto de los españoles, no íbamos a permanecer al margen. Pero, en suma, la RAE no se encuentra endeudada. De la época de las vacas gordas, digamos, con una gestión muy eficaz y muy austera porque esta institución nunca fue manirrota, gozamos de unos remanentes propios para poder sortear esta etapa en la que vivimos una situación de déficit entre ingresos y gastos que asciende a unos dos millones de euros.
Pero ha dicho que las cifras de venta son muy malas. Del último Diccionario, desde octubre a esta parte, se ha vendido en España la quinta parte de ejemplares de los anteriores en el mismo periodo en el año 2001.
¿Cuánto hace que no abre usted un diccionario de papel?Lo sigo haciendo porque en las reuniones que tenemos trabajamos con un ejemplar de papel.
Sí, pero si está usted trabajando en su despacho con el ordenador…, ¿cuánto tiempo hace que no lo abre? Claro, claro que sí, es evidente. Nosotros en ese sentido no mostramos una actitud plañidera. Hicimos un simposio sobre la situación de los diccionarios en la era digital el pasado noviembre. Los editores europeos nos dijeron que el mercado de la lexicografía había experimentado un decrecimiento del 60% en los últimos años. En ese sentido, estamos contentos por haber tomado la decisión –en su momento controvertida– de digitalizar nuestro diccionario y dejarlo en línea gratuitamente. Hoy está posicionado como el más visitado, tenemos ese espacio ocupado con una cantidad de visitas espectacular que está en más de 45 millones de visitas en el mes de abril, más que en 2014, cuando tuvimos 41 millones. Rozamos los 10 millones de visitantes únicos. A través de los datos que nos proporciona Google Analytics, sabemos de dónde proceden esas consultas. Y a través de qué dispositivo se hacen. En este momento, los teléfonos inteligentes están casi a la altura de los ordenadores.
¿Los smartphones? Sí, pero yo los llamo teléfonos inteligentes.
Como también ha dicho Google Analytics… Porque es un nombre de marca, en ese caso no tiene traducción. El caso es que entre los teléfonos inteligentes y los ordenadores suman un 84%.
Dios mío, la tecnología. ¿Nos va a dar muchos disgustos lingüísticos? Tendremos que encajarlos. Lo que no toca es adoptar posturas numantinas ni apocalípticas.
¿Por dónde habría que empezar? Por el Diccionario. Para ello, aparentemente, la tarea es muy sencilla. Hace 10 años agarramos uno gutemberiano, es decir, un libro, y lo adaptamos en la Red. Ahora se trata de lo contrario.
Así que, en su caso, si hacemos un paralelismo entre aquello que Fernando Lázaro Carreter le dijo a su sucesor, Víctor García de la Concha, de que se centrara en América, a usted, su antecesor Blecua le habrá encomendado: “Darío: digitalización”. Francamente, eso es algo que yo aporté modestamente como secretario. No necesitaba que nadie me lo dijera. Soy un gran admirador de Marshall McLuhan, a mí siempre me ha fascinado vivir un cambio de paradigmas tan profundo como el presente.
¿Cuál es el nexo de McLuhan a Valle-Inclán, a quien usted también ha estudiado? O de Valle-Inclán a McLuhan… Pues fíjese, si debo elegir al escritor español que más pronto se dio cuenta de cuál iba a ser la revolución que traería consigo el cine, no solo en el ámbito del propio invento, sino también en su vertiente estética en relación con la literatura, le diré que fue Valle-Inclán. Hasta el extremo de que no se puede entender su teatro ni su narrativa desde fuera de una concepción cinematográfica.


Darío Villanueva: "La academia se nutre del prestigio de sus miembros". / JORDI SOCÍAS
Y como estudioso del Quijote antes del cine, materia de su discurso de ingreso en la RAE, ¿no cree que la RAE tendría una buena adaptación a la pantalla? ¿Por qué? 
Es la guinda, el reconocimiento del prestigio en muchos sentidos, con poder e influencia probados dentro de la sociedad, e interesante en ese aspecto. Siempre que rejuvenezcamos un poco el reparto, porque las dos últimas incorporaciones –Clara Janés y Manuel Gutiérrez Aragón– ya han cumplido los 70 años. Pero no los anteriores, ni Aurora Egido, ni Inés Fernández-Ordóñez, ni Pedro Álvarez de Miranda. Los dos últimos, es cierto, pero ha habido académicos que entraron muy jóvenes.
El récord de Muñoz Molina sigue vigente, pero ya se remonta a 1996. En ese sentido no existe ninguna disposición tácita o expresa a favor de que en la Academia entren personas de una trayectoria muy consolidada.
¿Ocurre que al entrar, quizá porque imponga mucho la solemnidad del lugar, se les amansa un poco la fiereza?Depende de las personas. No veo que le ocurra a un Javier Marías o a un Arturo Pérez-Reverte, un José Luis Sampedro, tan ligado a movimientos juveniles… Yo no generalizaría. Quizá el problema está en la cierta pompa, no excesiva, que se vive en el acto de ingreso. La Academia se nutre del prestigio de sus miembros, que responden a ese lema: limpia, fija y da esplendor. Yo no soy de los que limpian ni dan esplendor, pero aquí estoy. Esos grandes nombres de letras probablemente den más a la institución de lo que ellos reciben.
Ahí ha sufrido un ataque de humildad galaico-asturiana. Si quiere llamarlo así…
No concuerda con su currículo. Ha sido usted muchísimas cosas ya, aparte de lo que nos ocupa: rector de la Universidad de Santiago, presidente de la Sociedad General de Literatura Comparada, de la de Teoría de Literatura, de la Sociedad Española de Semiótica, de la Twentieth Century Spanish Association of America… Sí, llevo una vida bastante cumplida. Aunque yo entré en la Academia a los 57 años, que no es una edad juvenil, pero tampoco excesivamente avanzada. Ese equilibrio es bueno, los grandes lingüistas son los que contribuyen a fijar, pero los grandes escritores e intelectuales son los que le dan el esplendor. Y en nuestra sociedad de medios, ese esplendor es absolutamente necesario. Los que no lo damos no tenemos por qué sentirnos acomplejados por eso, sino reconocer las cosas como son. Lo más sublime que se puede hacer con las palabras es la creación. Quienes disponen de ese don me resultan realmente admirables.
¿Por qué suele existir esa reserva por parte de los grandes teóricos de la literatura de no meterse en la creación? Para mí, la creación tiene técnica, oficio y algo de prodigio. Las dos primeras se aprenden; la última, no. Pero no son incompatibles.
A esas tres cualidades, ¿hay que añadir también la inconsciencia de atreverse? Sí, efectivamente, un cierto impulso vital, con mucha seguridad en uno mismo, para dar un paso porque no nos olvidemos que durante mucho tiempo los escritores fueron una especie de parias sociales, con los estigmas de muerto de hambre, una desgracia para cualquier familia que le saliera un hijo escritor cuando prometía para otras cosas.
¿Cómo se gobierna a estos señores tan suyos? Poetas, dramaturgos, novelistas, cineastas, filólogos, arquitectos, médicos, científicos, juristas, periodistas… En fin. Se les gobierna en la medida en que ellos se dejan. Esa es la clave. Una tarea que parte de la concepción humilde de donde viene la autoridad que el director de la RAE tiene. Hablo de mí, no por falsa humildad galaico-asturiana, cuando miro atrás y veo nombres de antecesores, se me encoge el ombligo. Prefiero no pensar en el parangón.
Tengo que preguntarle por la cuota femenina en la RAE. Siete mujeres de 46 integrantes no parece equilibrado. Sí, pero desde que entré, aunque ya estuviera previsto, el porcentaje de hombres y mujeres ha estado al 50%.
¿Y lo va a conservar? No es una paridad escrita ni acordada estatutariamente, pero responde a la lógica de las cosas. No hay por qué pensar que regresemos a la ilógica de una situación como la que se produjo desde la creación de la Academia hasta el ingreso de Carmen Conde en 1979. Aunque, por cierto, en la francesa, la primera mujer en entrar fue Marguerite Yourcenar, después de Carmen Conde aquí… Lo que debo decir es que las académicas son extraordinariamente activas. Una vez que se ha alcanzado la velocidad de crucero hacia el sentido común en ese ámbito, no tengo motivos para pensar que se nos vaya a torcer el camino.

Darío Villanueva

Vilalba, Lugo, 1950. Se doctoró en Filología Románica (por la Universidad de Santiago de Compostela) y Española (por la Autónoma de Madrid). Ejerció como rector en la Universidad gallega (arriba, imagen de aquellos tiempos) e ingresó en la Real Academia Española en 2007 con un discurso sobre El Quijote. En 2010 fue designado secretario de esta y desde 2015 la preside. Experto en literatura, ha ahondado en el estudio de Valle-Inclán, así como en campos que tienen que ver con la semiótica y la sociedad de la información. En su labor como presidente de la Asociación de Academias de la Lengua, que reúne a 22 pertenecientes a América, España y Filipinas, se propone ahondar en la unidad del español.
¿No resulta más útil cualquier veinteañero creador de apps que un filólogo en ese nuevo rumbo hacia la digitalización?Unos y otros. Independientemente de que los filólogos y los no filólogos han asimilado perfectamente las nuevas tecnologías. Ya contamos con lingüistas como Guillermo Rojo, especialista en informática desde los años setenta. Yo lo recuerdo trabajando con fichas perforadas, viene de allá. No hay que pensar que esta es una alquimia exclusivamente accesible a los veinteañeros.
Pero mueven el mundo con su nueva mentalidad. Por eso debemos abordar ahora el diccionario de los nativos digitales.
Mal irán si en las sesiones siguen pasando páginas y no incorporan tabletas. ¿O sí?Muchos nos lo llevamos en los dispositivos. Pero el pleno es la quintaesencia del trabajo académico. Ahí discutimos cuestiones últimas o primeras sobre qué incluimos. Entre una cosa y otra queda un trabajo larguísimo en el que intervienen los académicos y quienes no lo son, el personal con que contamos. Desde los años noventa, utilizamos la tecnología a tumba abierta. El corpus del español del siglo XXI consiste en que cada año introducimos unos 25 millones de formas en las memorias de nuestros ordenadores. No de palabras, sino de realizaciones de estas en todo el mundo. Fuentes orales y escritas. Disponemos de un repertorio que está llegando a los 300 millones de formas solo desde que lo registramos. Es lo que nos sirve para debatir.
¿Dónde gravita hoy la órbita del poder del español? ¿No se muestran en América recelosos por aumentar su influencia? Hay Gobiernos que apuestan más por ese campo. El español, con un recorte del 60% en apoyo tanto a la RAE como al Cervantes, ¿no se muestra, como mínimo, rácano? Es un problema complejo. A veces detectamos por parte de los Estados poco interés en cumplir los acuerdos, aunque estos se basan en la austeridad. Lo que dices es así. Pero institucionalmente las Academias están regidas por la española gracias a un acuerdo válido desde que se formó la institución en 1951.
¿Desde entonces nadie lo ha querido cambiar? De manera formal, no.
¿Y en el ámbito conspirativo? Estoy aterrizando como presidente de la asociación de academias. Desde esa posición es desde la que tendré más información al respecto. Claro que cabe esa posibilidad, pero eso tendría que pasar por una transformación profunda de sus estatutos que requeriría prácticamente unanimidad. Y, por el momento, no creo que sea posible. Nuestra tarea presente en la asociación consiste en ejercer una política panhispánica. No todo es la demografía, no podemos dejarnos influir por el número de hablantes de los países más poblados o no. Nuestras decisiones se toman dentro de un amplio consenso, que por el momento no se ha roto. El resultado ha sido muy beneficioso. Yo creo que la unidad del idioma, que es en este momento altísima, se ha conseguido, en parte, gracias a esa labor de las Academias.
¿Qué quería ser de niño? Creo que quería ser sencillamente niño, estaba tan imbuido en ello que no pensaba en nada más.

No debe torcerse el rumbo de ingresos con paridad en la RAE”
¿Carpe diem? Viví con mucha intensidad mi infancia.
¿Y con espacio para los libros?Sí, desde luego. Tuve la suerte de que mis padres eran grandes promotores de la lectura. Recuerdo como primeros regalos importantes, aparte de la bicicleta, el balón de baloncesto o la raqueta de tenis, libros como la suscripción a la colección Crisol, a los seis o siete años.
¿Los conserva? Sí, los conservo. Los Crisol y los Crisolín, de la editorial Aguilar.
¿Junto a cuántos ejemplares en su biblioteca? Unos 30.000, en varias bibliotecas…
Eso es un sedimento para alguien especial, ¿cómo se ve usted a sí mismo? No como algo extraño. La conclusión que viene de unas premisas previamente asentadas: un niño lector, un estudiante de filología, un profesor de literatura y, ahora, un director de la RAE.
¿Un director de la RAE que lo disfruta? Enormemente, de las sesiones, de las travesuras de los académicos.
O de las batallas campales. No diría campales. Mantenemos un juego elegante, pero lo vivimos con intensidad. Es emocionante ver cómo nos enzarzamos en discusiones.
¿La última palabra que ha provocado más tensión? Selfie.
¿Qué hacemos con ella? Creo que conviene esperar un poco porque se trata de una moda reciente. Hay palabras globo, que suben con fuerza y luego se desinflan. Aunque esta ya genera sus adminículos, como palo selfie.
¿Y la que más consenso? Tableta, aunque parezca algo un poco ridículo. Como comprenderá, en eso no nos hemos herniado.

sábado, 13 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la nueva edición del Diccionario de la lengua española

   En "Babelia":
N PORTADA / EL NUEVO DICCIONARIO

Guía para un español sin uniforme

Las academias de la lengua culminan el primer diccionario desde 2001.

Un esfuerzo panhispánico para compartir 93.000 términos desde la pluralidad.


ILUSTRACIÓN DE GABRIEL PACHECO.
¿Qué puede llevar a subtitular en español una película hablada en español? La risa. En septiembre de 2000, durante la proyección en el Festival de San Sebastián de la mexicana La perdición de los hombres, el productor José María Morales reparó en una paradoja: los españoles no se reían; los extranjeros que seguían los subtítulos en inglés, sí. La cinta ganó la Concha de Oro y Morales la llevó a las salas subtitulándola en español de España. Director de Wanda Films y exvicepresidente de la Federación Iberoamericana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales (FIPCA), Morales explica aquella decisión: “Lo importante es que las películas viajen. A Ripstein [el director] y a Paz Alicia Garciadiego [guionista] les pareció bien”. Con un recurso tan poco habitual trataba de sortear la barrera de los arcaísmos mexicanos de la película. “Para el productor de títulos como La teta asustada (Perú) o XXY(Argentina), “los modismos son una riqueza; estoy en contra de uniformar la lengua. ¿La solución? Para las obras más autorales, subtítulos. Para las destinadas a un público general, promoción. Antes había más semanas de cine en español. Eso ayudaría a que el espectador se adaptara”.
El mes pasado, el argentino Damián Szifron llevó al mismo festival Relatos salvajes, escrita y dirigida por él y producida por El Deseo, la factoría de los hermanos Almodóvar. Sabiendo que su película tendría una vida internacional, ¿evitó los localismos? “Las particularidades de los idiomas me resultan atractivas”, responde Szifron. “Mientras imagino, permito que los personajes se expresen con libertad olvidándome de que se trata de una película”. Reconoce, eso sí, que cuando la productora española se involucró en el proyecto, él volvió sobre el guion: “Lo leí cuidadosamente para cerciorarme de que la incomprensión de alguna frase central no interrumpiera la fluidez de las historias”. No cambió nada: “Tanto a Pedro y Agustín [Almodóvar] como a Esther García [la directora de producción] les pareció que las pequeñas extrañezas de nuestra forma de hablar incluso enriquecían la experiencia del espectador”. ¿Y qué le parece la solución de los subtítulos? “No estaba al tanto de que se hacía”, dice. “Mientras se pueda evitar, mejor. El cine narra con muchas herramientas. El diálogo es fundamental, pero hay otras, y las expresiones de los actores, por ejemplo, completan el sentido de las oraciones. Si bien puede haber alguna pérdida, me parece tolerable; sucede cada vez que leemos un libro traducido o vemos una película doblada. Algo ganamos y algo perdemos. Pero es cierto que cuando se habla muy cerrado o en jerga, el espectador ajeno a esos códigos lo puede padecer”.
Pese a lo chocante del recurso, los subtítulos son una excepción. Lo habitual es que los padecimientos de los espectadores queden mitigados por el contexto gracias a la homogeneidad del español. Cuando el lingüista mexicano Juan Manuel López Blanch comparó el léxico del DF con el de Madrid llegó a la conclusión de que el 97% de las palabras eran comunes. Lo cuenta Darío Villanueva en su despacho de la Real Academia Española. La corporación de la que es secretario y la asociación que reúne a las 22 academias de América y Filipinas lanzarán el próximo jueves una nueva edición del Diccionario de la lengua española. La última apareció en 2001. Con 93.111 artículos (por 84.431 de la anterior) desplegados en 2.376 páginas y a un precio de 99 euros, será la 23ª desde que en 1780 el primer repertorio de uso relevara a los seis tomos del venerable Diccionario de autoridades, de 1726. Dejando a un lado que incluya términos como tuitear, feminicidio, precuela, hacker o externalizar, ¿qué lo hace especial? Al menos tres cosas: que si la RAE nació en 1713 (con 8 miembros, hoy son 46) fue para hacer un diccionario con criterios modernos, que no será el último en papel, pero sí el último pensado para aparecer antes en papel que en versión electrónica, y que será el más panhispánico: 19.000 de sus casi 200.000 acepciones son americanismos.

Claves del nuevo diccionario

Palabras admitidas. Precuela, interactuar, tuit, tuitear, serendipia, impasse, multiculturalidad, feminicidio, hacker, externalizar y spa son algunos de los términos admitidos en la nueva edición del DRAE, la 23ª.
Palabras en espera. Link, cronopio, clicar, teocentrismo, identitario, choni, retroalimentar, vintage, pibón y táper tendrán que esperar para, según la RAE, confirmar si su uso es efímero o si se consolidan.
Entradas. El nuevo diccionario tiene 93.111 entradas (unas 9.000 más que el anterior), recoge 195.439 acepciones (entre ellas cerca de 19.000 americanismos) y ocupa 2.376 páginas. Costará 99 euros y tendrá, según la RAE, una tirada en España de 55.000 ejemplares. Su redacción ha tenido en cuenta la Nueva gramática, la Ortografía y el Diccionario de americanismos.
Digital ma non troppo. El DRAE anterior data de 2001. Desde 2003 tiene una versión electrónica gratuita que ha sido objeto de 21.000 actualizaciones. Recibe de media 1,3 millones de consultas diarias. La mayoría llega desde España, México, Argentina, Estados Unidos y Colombia. La nueva edición que se presenta la semana que viene no estará, por ahora, disponible en la Red, solo en papel.
Si el futuro de los repertorios lexicográficos es digital —Villanueva dirigirá en noviembre un simposio internacional sobre lo que él llama “casi una refundación” del diccionario—, el futuro del español es americano. Mucho ha llovido desde que a finales del siglo XV Nebrija incluyera en su vocabulario hispanolatino la primera palabra americana del castellano: canoa. ¿Cuál ha sido el principal factor de cohesión del español? ¿Por qué no ha reproducido las diferencias que una lengua tan cercana como el portugués tiene con su equivalente brasileño? “En portugués”, explica el secretario de la RAE, “no existe una norma ortográfica unificada. Además, está la dimensión demográfica. Hoy la cohesión del español viene de un mundo empequeñecido gracias a los medios de comunicación y a los movimientos de las personas en ambas direcciones”.
A los factores del presente se le suman además los del pasado. A partir de 1820, con las independencias de las repúblicas americanas, algunos le auguraron al castellano una fragmentación similar a la del latín. Pese a extravagancias como la de proponer el francés como lengua oficial para Argentina, lo cierto es que el español sirvió como elemento de cohesión de los Estados recién nacidos: en muchos de ellos, la dispersión de las lenguas indígenas hacía necesaria una común. Con todo, el presidente argentino Domingo F. Sarmiento promovió una ortografía que reflejara, por ejemplo, el seseo mayoritario en América: en lugar de ceniza se escribiría senisa. Por entonces, y para atajar el cisma, la RAE nombró académicos correspondientes al otro lado del Atlántico y animó la creación de sus academias. La primera, en 1870, la colombiana. La ecuatoguineana está hoy en fase de constitución en África. “Con las academias de América”, explica Villanueva, “se estabiliza la norma gramatical y ortográfica, que luego, y esto es clave, se difunde en el sistema educativo”.

"La literatura hispanoamericana, su calidad , ha ayudado mucho. Y la televisión. En Salamanca puedes oírchévere por influencia de los culebrones", dice el vicedirector de la RAE
No obstante, el español de España siguió funcionando como patrón de prestigio. Hasta 1934 no se permitió sustituir patata por papa en documentos oficiales argentinos. Tal vez por eso José Antonio Pascual habla de la importancia de las mentalidades. Además de vicedirector de la RAE, Pascual es el responsable del Diccionario histórico, una obra exclusivamente digital que ha completado 1.000 de sus 75.000 entradas (que podrían llegar a 150.000). La falta de medios hace ser pesimista a Pascual, un erudito bienhumorado que colaboró con Joan Coromines en su mítico diccionario etimológico. “En el Histórico trabajan tres personas”, dice. “A 200 palabras por persona y año, calcula”. Dado que su trabajo consiste en seguir el rastro a todas las palabras que han existido en español —“las que encontremos”, matiza él—, ¿podría decirse que ese idioma es más global que nunca? “Sí”. Tras evocar la globalización de la aldea hispana, Pascual añade una razón: “Ahora estamos a favor”. Y se explica: “No hay nada en la lengua que no exija una adaptación mental. Pensemos que la gramática recomendaba en los años treinta evitar el seseo, ¡el seseo! Yo mismo hace años corregí en mi ejemplar de una novela de Vargas Llosa la expresión ‘de rompe y raja’ tomándolo por un error. La literatura hispanoamericana, su calidad y su difusión, ha ayudado mucho. Y la televisión. En Salamanca puedes oír chévere por influencia de los culebrones”. La lengua, dice Pascual, se ha vuelto más homogénea y más “distinta” a la vez: “Hoy la norma no tiene un solo foco”. Hay además palabras de ida y vuelta. “Ahora se usa en informática, pero los de mi generación empezamos a oír amigable por las traducciones chilenas y argentinas de las novelas policiacas”, cuenta. “En España se decía amistoso, que es más reciente, lo tradicional aquí era amigable. Como se sabe que coger es un tabú en ciertos países, muchos hablantes tienden a evitarlo. Por cierto, es un verbo que se usaba mucho en las definiciones de los diccionarios y ahora tratamos de corregirnos”.


Armario de la RAE con fichas de palabras. / LUIS SEVILLANO
Al otro lado del Atlántico, Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina, reconoce que la política panhispánica da sus frutos: “Se ha aventado la desconfianza americana acerca de que cada español tenía un emperador idiomático en el bolsillo, porque hemos superado complejos de inferioridad y hoy nos sentimos herederos de todo el español. ‘Todo lo que hablamos lo hablamos entre todos’, diríamos con variante de la frase que Giner de los Ríos escuchó al labriego. La convivencia de las diferentes regiones lingüísticas con sus propias normas cultas diferenciadas ha consolidado esta perspectiva renovadora. En mi pueblo decimos que somos más desconfiados que un tuerto con dos canastas: hemos empezado a confiar en todos los partícipes de la ASALE [la asociación de academias]”.
La confianza de Barcia vale el doble si se piensa que fue muy crítico con la Ortografía académica publicada hace cuatro años. No le gustó que propusiera opciones en lugar de dictar normas y atribuye al peso de México y España algunas decisiones polémicas. Baste pensar en el incendio provocado por el baile de nombre de las letras: la i griega como ye o la be baja/corta como uve. “Hay”, dice el académico argentino, “dos imperios, el español y el azteca, que deben convivir sin imponer sus razones: uno, la histórica, y el otro, la numérica [México es el país con más hispanohablantes del mundo]. Y en medio estamos los demás. Si no hay acuerdo, cada cual dispara para su feudo. Si en algo debemos ceder todos es en favor de la simplificación del código ortográfico, que es, junto a la rotundez del fonético en español, una afirmación de unidad interna y un reaseguro para la expansión como segunda lengua”. Pero ¿no es la opcionalidad una forma de respeto a la diversidad? “La opcionalidad es el cáncer de la ortografía. La diversidad la podemos mantener en el léxico, en la fraseología, en las tonadas…”.

"Hoy estamos, en la mayoría de las naciones que hablan la lengua común, en un 95% de español general y un 5% de local", afirma el director de la Academia Argentina
Después de apuntar “un detalle erudito desconocido: el primero que usó la voz panhispánica fue Amado Alonso, en 1927, en una revista argentina, El Hogar”, Barcia admite que el español es hoy más global que antes y que los hablantes aceptan mejor las variantes regionales que les son ajenas: “El crecimiento es lento pero firme. El negocio económico de la lengua empuja a ello (las traducciones, las películas, las telenovelas). Es una causa interesada en lo suyo que ayuda a todos y beneficia al poder expansivo del español. El criterio de optar por la voz que usa el mayor número de hablantes es muy lícito. Hoy estamos, en la mayoría de las naciones que hablan la lengua común, en un 95% de español general y un 5% de local. La versión en línea de los diarios ayuda. La radio, la vía más penetrativa, sigue demasiado atada a lo regional, por su impronta coloquial. Lo probamos cada día que las variantes locales se allanan sin mucho esfuerzo entre los hablantes”.
La editora Adriana Hidalgo comparte la opinión de su compatriota sobre la facilidad para sortear localismos, pero con matices. Lo que en una obra original es riqueza, en una traducción puede ser un chasco. Y recuerda una versión de Salinger con la palabra gilipollas en la primera página: “Sabiendo que el autor no es español, como que me hacía ruido”. Trata de que las traducciones de su editorial, que a veces vende a algún sello español, estén hechas en un “lenguaje puro”. De entrada, usan el  y no el vos. “No se nos ocurriría hablar de , pero sí lo leemos. Pensamos en un término usado en todas partes, no en uno porteño. Todo sin caer en lo aséptico, porque no suena lindo”.
Según la mexicana Selma Ancira, premio Nacional de Traducción en España en 2011 y Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia en México en 2012 por sus versiones del ruso y el griego moderno, hay textos que piden localismos y textos que piden neutralidad. Afincada en Barcelona desde hace 28 años, Ancira trabaja tanto para editoriales mexicanas como españolas y lo primero que necesita saber es a quién se dirige “para emplear, por ejemplo, el vosotros de ustedes o el ustedes de nosotros”. A veces la diversidad es una aliada. Cuando tradujo Loxandra, una novela de María Iordanidu que transcurre en Estambul y en Atenas, usó el español de México para el primer escenario y el de España para el segundo. “El carnicero a veces ofrecía guajolote, a veces pavo”, cuenta. “Así el lector en español sentía las diferencias que siente el lector original con el griego de cada ciudad. Hay que ensanchar las fronteras del español, no hacerlas más angostas. Si lo encerramos, lo empobrecemos. A veces una pincelada da alas a la traducción: cuando está resuelta con sensibilidad no se ve al guajolote”. Hay además un género con el que tiene especialmente presente al receptor de cada país: el teatro, donde la naturalidad es innegociable. “Aunque no adaptamos a Valle-Inclán para representarlo en Veracruz”, matiza. “Algún día le pasará a las traducciones. Cuando hayamos ensanchado las fronteras”.
Entretanto, el mundo sin fronteras del ciberespacio también tiene sus leyes. El próximo 29 de octubre, la editorial Planeta publicará en todos los países de habla hispana After. En mil pedazos, primera entrega de una tetralogía escrita por la estadounidense de 25 años Anna Todd y traducida por Vicky Charques y Marisa Rodríguez. La novela, nacida como fenómeno de fan fiction (sobre el grupo One Direction), generó mil millones de impactos en la plataforma Wattpad antes de convertirse en libro. Para explotar debidamente el filón, Planeta ha salpicado el primer tomo con números que remiten a una aplicación en la que el lector debe responder a una pregunta. La respuesta es una palabra escrita en la página de la que partió. Si acierta, el lector accede a contenidos extra. La editora María Guitard cuenta que al seleccionar esas palabras buscaron términos universales: vida, libro, verdad, mensaje… De las 50 de la lista, tan solo uno no pasó la criba del español global: magdalena. En México le dicen panquecito. Tuvieron que buscar otro para que el invento funcionara. También el marketing —en castellano antiguo, mercadotecnia— quiere ser panhispánico. Por eso hablan de los fans del libro como de “la comunidad que nunca duerme”. Lo mismo podría decirse de las palabras del diccionario.

"Se les cae la baba hablando de los hispanos en EEUU, pero ¿que ha hecho el Gobierno español por la Academia Norteamericana? Nada", dice el director de esa institución
Al español, no obstante, le queda una prueba de fuego. Hasta ahora ha convivido en España y América con lenguas minoritarias. En Estados Unidos la población hispana ronda los 52 millones pero tiene como vecino al inglés. ¿Afectará a su homogeneidad la vecindad del gigante? “Todo dependerá de que los hispanounidenses tengan acceso a la educación”, contesta Gerardo Piña-Rosales, director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), que se queja del “triunfalismo huero” de los políticos españoles: “Se les cae la baba cada vez que hablan de los hispanos en EEUU. Pero, ¿qué ha hecho el Gobierno español por una institución como la ANLE? Nada”.
De vuelta a la lingüística, y dado que en Nueva York o Los Ángeles conviven hablantes de español de muchas procedencias, ¿la lengua se vuelve homogénea limando localismos de origen? ¿Qué idioma resulta? Precisamente, la Academia Norteamericana tiene una comisión dedicada a estudiar la posibilidad de crear una norma del español en los EEUU. “Nos parece un problema fundamental”, cuenta Piña-Rosales. “Por ejemplo, tratamos de utilizar un español, no diría neutro, pero sí universal. Me refiero, por ejemplo, al uso del español en los documentos oficiales del Gobierno de los EEUU, con el que hemos firmado un convenio. A veces el problema no está en evitar un localismo sino en que el español que se emplee haga referencia a una realidad cultural estadounidense. En otras palabras, no traducimos palabras, sino conceptos”. Respecto al esplanglish, objeto de grandes temores, la anterior edición del RAE —y todavía su edición digital— lo definía como “modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos, en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés”. Esa definición, aclara Gerardo Piña, no es la que propuso la ANLE. En la edición impresa del DRAE que se presenta la semana que viene se ha modificado esa definición: desaparece el término deformándolos. "Nosotros no hablamos de deformación, porque nos parece demasiado simplista". Su opinión ha pesado. Como los diccionarios, el español de hoy tiene miles de voces.