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sábado, 25 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Tony Judt y los maníacos de la pureza"

   En "El País":

Tony Judt y los maníacos de la pureza

La obra del historiador británico sobre los intelectuales franceses de posguerra desmonta el falso brillo de los grandes conceptos

 

  • Agosto de 1944: la liberación de París.

    Esa definición, “maníacos de la pureza”, no es del historiador británico Tony Judt sino del periodista y escritor católico François Mauriac. La utilizó para referirse a Emmanuel Mounier, el fundador del personalismo, y a su grupo de la revista Esprit, pero sirve también para calificar a los intelectuales que empezaron a tener una importancia capital en Francia a partir del final de la Segunda Guerra Mundial y que, de alguna manera, establecieron un modelo, unas pautas, un estilo de colocarse frente a la sociedad, de encarnar la opinión pública, de comprometerse con la marcha del mundo. Se pronunciaban sobre todo, tenían una idea de cada cosa, pontificaban exhibiendo una retórica seductora y brillante. Fueron una suerte de sacerdotes laicos en una Europa donde, tras la inmensa catástrofe de dos guerras mundiales, parecía evidente que las viejas religiones (¿dónde estuvo Dios?) tenían ya poco que decir ante una muchedumbre de desdichados que ya sólo sabían del dolor, la perdida, la humillación, la destrucción, el horror y la muerte.
    El libro que Tony Judt dedicó a la actividad de los intelectuales franceses durante los años que van de 1944 a 1956, Pasado imperfecto, es antiguo: se publicó en 1992 y en España se tradujo en 2007. Se trata de un trabajo viejo sobre un asunto mohoso ya, el de los intelectuales. El propio Judt lo comenta en las conclusiones: “El intelectual como héroe es una figura en franco declive”, escribe. Perdieron el aura, y se acusa al mercado de haberlos postergado por su afán de dar salida a productos más banales, más intrascendentes, más ligeros. Aquellos días en que se esperaba que se pronunciaran sobre cada cuestión, en cada momento, para servir de guía, para marcar los derroteros, son cosa ya del pasado. Judt observa que “lo que en realidad se ha perdido, y lo que aún ha de encontrar un sustituto, es la seguridad que se deriva de una política rebosante de confianza, de un conocimiento de ciertas ‘verdades’ simples en torno a la historia y la sociedad”. Vaya, ¿no será que ahora ha vuelto esa “política rebosante de confianza”?, ¿no se oyen acaso por doquier verdades claras y dictámenes rotundos sobre lo que está pasando en este tiempo de crisis? Quizá, efectivamente, los intelectuales no tengan ya donde caerse muertos: en España reinan hoy los profesores y para muchos han recuperado ese componente heroico que tan bien le suele venir a la imaginación romántica. Su retórica, como la de aquellos intelectuales franceses de antaño, es brillante y seductora. Sacan la guadaña verbal y fulminan al adversario. Así que quizá no esté de más volver a Pasado imperfecto, por viejo que sea, por antiguo.
    Lo que entonces había, en la Francia que acababa de ser liberada, era un paisaje en ruinas. Ruinas físicas, pero también morales. Ya había advertido Camus que en junio de 1940, con la llegada de los alemanes, terminó un mundo. La Tercera República había revelado su falta de temple, de nervio, su profunda decadencia: no supo responder al enemigo. Luego vino el régimen de Vichy, el colaboracionismo, la ignominia de la expulsión de los judíos. Lo único que podía salvarse era el trabajo de la Resistencia, pero la liberación sólo fue posible cuando desembarcaron las tropas estadounidenses. Así que una idea fue imponiéndose poco a poco, la de que había que hacer tabla rasa. Nada servía, urgía tirarlo todo por la borda. Empezar de nuevo como si nada hubiera pasado.


    Jean Paul Sartre.
    Salvo los que se implicaron directamente en la lucha contra el invasor, la mayoría de los franceses no tuvieron otra alternativa que plegarse para salvar el pellejo y convivir con la barbarie de los nazis.París siguió siendo una fiesta, así que cuando todo acabó quedó flotando el amargo sabor de la vergüenza y la humillación. De nuevo, Camus: “El odio de los asesinos forjó como respuesta un odio por parte de las víctimas... Desaparecidos los asesinos, los franceses se quedaron con un odio parcialmente desprovisto de objeto. Siguen mirándose unos a otros con un residuo de cólera”.
    La cólera de las víctima que han sido devastadas por un furor ajeno, esa suerte de odio vacío que no encuentra un objeto cabal sobre el que volcar su inquina, y el resentimiento y el afán de venganza. Esa atmósfera de desolación lo llenaba todo. Cuenta Judt que, frente a semejantes estragos, el programa del Consejo Nacional de Resistencia era muy vago. Si hubo algo fue, en la línea de Camus, “la instauración simultánea de una economía colectiva y una política liberal”, observa. Pero no hubo ni la organización ni los recursos ni los apoyos necesarios para poner en marcha políticamente esos objetivos. Francia estaba, además, destruida: ya no tenía la autonomía de antes, necesitaba la colaboración de los aliados.
    En esas circunstancias llegó la aportación de Sartre y cayó en terreno propicio para florecer, y con mayor lustre en el mundo de los intelectuales. Judt lo cuenta así: “La revolución no sólo iba a transformar el mundo, sino que constituía en sí el acto de la recreación permanente de nuestra situación colectiva, en tanto sujetos de nuestra propia vida. En resumen, la acción (de naturaleza revolucionaria) es lo que sostiene la autenticidad del individuo”. Ése era el mensaje de Sartre y del grupo de Temps Modernes y que, en el caso del católico Mounier se tradujo como una invitación a los franceses a acometer una “revolución espiritual y política”. Todos ellos compartían la idea de que “ponerse de parte de los buenos equivalía a buscar la revolución; oponerse a ella era interponerse en el camino de todo aquello por lo que habían luchado y habían muerto tantos hombres y mujeres”. El momento de transformarlo todo estaba ahí, y los intelectuales se pusieron al frente de la marcha. Las primeras discusiones iban a producirse cuando se iniciaron las purgas y, sobre todo, la purga de los intelectuales que, recuerda Judt, “debía ser un acto social y político de tintes claramente revolucionarios”.
    La respuesta a la humillación de la derrota y a ese singular infierno de la ocupación, al que tan bien se acomodaron muchos franceses, fue así la de recuperar la antorcha revolucionaria. Pero en esa recuperación iban a colarse de rondón esas taras que consiguen envenenar de infamia las grandes abstracciones. Bajo la superficie de aquel monumental impulso de metamorfosis podía detectarse ya lo que Tony Judt llama la tesis de la tortilla: “la creencia de que un avance histórico de suficiente importancia vale la pena al margen del precio que sea preciso pagar para conseguirlo”. Y, poco después, escribe: “Ciento cincuenta años después de Saint-Just, la hegemonía retórica ejercida por la tradición jacobina no sólo no había menguado, sino que había tomado de la experiencia de la resistencia un vigor renovado. La idea de que la revolución —la Revolución, cualquier revolución— constituye no sólo una ruptura dramática, un momento de discontinuidad entre pasado y futuro, sino que también es la única ruta viable que va del pasado al futuro, impregnó y desfiguró de tal modo el pensamiento político francés que resulta muy difícil desenmarañar la idea del lenguaje que la ha investido de su vocabulario y sus símbolos”.
    Conviene conservar esa idea que sostiene que no hay otra salida que la revolución para saltar del pasado al futuro. La revolución: hacer tabla rasa, tirar lo heredado, castigar a los responsables. Y junto a esa idea, la que la sostiene: pensar que la historia tiene un sentido claro y que, si hace falta pagar unos costes, son los inevitables peajes para conquistar el paraíso. Lo que aterra es observar cómo la fascinación por las grandes abstracciones permite pasar de largo por los horrores concretos del presente. En Pasado imperfecto, Tony Judt quiso sacar a la luz las artimañas de las que se valieron los intelectuales franceses de posguerra para ningunear los dislates del estalinismo y enfrentarse abiertamente a cuantos criticaban al comunismo. Sartre lo había dejado muy claro con una única frase: “Un anticomunista es un perro, de ahí no me apeo ni me apearé jamás”.


    Emmanuel Mounier.
    El que no está conmigo está contra mí. El intelectual que se arroga la superioridad moral por estar del lado de “los buenos”, el que silencia cualquier reparo, el que con la mayor irresponsabilidad cierra los ojos para mantener viva la buena nueva. Los brutales juicios políticos que se celebraron en Moscú en los años treinta quizá quedaban entonces un poco lejos, pero en la misma época en que los intelectuales franceses celebraban la revolución como la gran panacea que a todos iba a salvar, en los países del Este de Europa los dictámenes de Stalin abrían la puerta a la represión y a la tortura y al asesinato de cuantos no comulgaran con la ortodoxia, por no hablar de la persecución de los judíos, que quedó oscurecida y en un segundo plano. “Cuando se ha establecido un nuevo orden social, el antiguo orden, el Antiguo Régimen y sus élites son por definición ‘culpables”, apunta Judt. El terror queda de esa manera autorizado.
    ¿Cómo fue posible? ¿Qué mecanismos operaron para que los que debían haber sido particularmente críticos con la barbarie permanecieran en silencio y miraran a otra parte? “Nos guste o no”, escribió Jean Paul Sartre, “la construcción del socialismo tiene el privilegio de que para entenderla uno ha de abrazar su movimiento y asumir sus metas”. Quizá ahí quede apuntado uno de los mecanismos más perversos: sólo desde dentro puede ponerse alguna objeción; hacerlo desde fuera supone siempre darle armas al enemigo. Y otro detalle: estar del lado de los elegidos otorga un privilegio, el de compartir la tarea colectiva de acabar con un régimen podrido. La más mínima crítica es una maniobra orquestada por los otros, ese bloque compacto en el que están todos los demás, llámese Antiguo Régimen, llámense burgueses, llámese casta.
    Así que tenían la convicción de estar en posesión de una indiscutible superioridad moral, pero había otro elemento que resulta esencial. Si los intelectuales franceses tuvieron en su día tanto predicamento y marcaron el ritmo al que debían bailar todos los demás, su éxito e influencia creció por otra exigencia que se produce en tiempos de crisis: “Lo que realmente importaba era la acuciante necesidad de dar a nuestras vidas y a nuestra historia un significado”, apunta Judt. Y si se había encontrado una fórmula para satisfacer esa demanda, la fórmula de la revolución, era importante evitar que los horrores del estalinismo no empañaran o lastraran el desafío. Los intelectuales franceses no es que dieran exactamente por buenos los desmanes comunistas, como hacían los militantes del partido, sino que procuraban explicarlos, darles sentido. Merleau Ponty, por ejemplo, consideraba que si la historia tiene un significado, sólo se justifica por el cambio y la lucha, y es el proletariado quien impulsa ese motor. “Si esas premisas son correctas, queda demostrado que las purgas y los juicios de escarmiento celebrados en Moscú en los años treinta no sólo fueron táctica y estratégicamente atinados, sino que también fueron históricamente justos”, comenta Judt al respecto. Este es el plan: “El veredicto del futuro aún no se ha pronunciado. Pero no tenemos más remedio que actuar como si ese veredicto fuera favorable…”.


    Tony Judt. / LUIS MAGÁN
    Reinaron entonces los grandes conceptos, las proclamas intachables, el afán justiciero frente cualquier desliz, la sospecha de que el enemigo acecha y que, si te descuidas, te da gato por liebre. La atmósfera de la Guerra Fría facilitó la polarización: quien critica la revolución, y sus desmanes, está del lado del imperialismo estadounidense. Judt habla de una estado de alerta generalizado y recuerda la sagacidad de Simone de Beauvoir, a la que se “la tomaba muy en serio cuando describía películas norteamericanas como Shane o Solo ante el peligro y las tachaba de propaganda militar diseñada para preparar al público occidental de cara a una ‘guerra preventiva”.
    “Para el intelectual de mediados del siglo XX, desencantado con las promesas fallidas del siglo XIX, el comunismo supuso la única perspectiva aún firme de que el mundo volviera a tener ilusiones de futuro”, escribe Judt. Por tanto, el desafío era proteger esa ilusión, no rebajar el entusiasmo y cerrar los ojos ante cualquier complicación. Y si en los países europeos del Este se estaban masacrando los derechos humanos, eran los derechos humanos los que se habían convertido en un problema y ya no servían, por tanto, ni como promesa ni como solución.
    En la batalla que libraron los intelectuales franceses por salvar como fuera esa ilusión de futuro, y encontrar de paso el calor que tanto se anhela en medio del duro frío de un mundo devastado, uno de las artimañas más perversas para evitar cualquier autocrítica fue señalar a los otros. Tony Judt: “La inmensa mayoría de los escritores, artistas, profesores y periodistas no estaban a favor de Stalin: eran contrarios a Truman. No estaban a favor de los campos de concentración: estaban contra el colonialismo. No estaban a favor de los juicios de escarmiento en Praga: estaba en contra de las torturas en Túnez. No estaban a favor del marxismo (salvo en teoría): estaban en contra del liberalismo (especialmente en teoría). Y, sobre todo, no estaban a favor del comunismo (salvo sub specie aeternitatis):estaban en contra del anticomunismo”.
    En ese viejo libro que trata, además, de una especie en extinción, el escritor británico comenta ya casi al final, con un deje de melancolía, que “habrá intelectuales franceses durante muchos años por venir; todos ellos dirán sandeces de vez en cuando, y algunos dirán sandeces a todas horas”. Se refería a ese permanente afán de pronunciarse, de pontificar, de señalar el camino, de localizar a los enemigos, de proyectar paraísos, de dictar soluciones simples para problemas complejos, de pegarse a las abstracciones frente al desorden del presente. “Se trata de una forma de poder, y ésa es la razón de que resulte tan atractiva…”, escribe. Y termina acordándose de Montaigne: “Nadie está libre de decir sandeces. Lo penoso es cuando se dicen de forma memorable”.
    Tony Judt. Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses 1944-1956. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Taurus. Madrid, 2007 (Tony Judt, 1992). 434 páginas. 22 euros.

    viernes, 11 de enero de 2013

    PRENSA CULTURAL. Sobre 'Pensar el siglo XX', de Tony Judt.

    Tony Judt, coautor de 'Pensar el siglo XX': / JAMES LEYNSE/CORBIS ("El país")
       En "El País":

    El rescate del siglo XX

    'Pensar el siglo XX', testamento intelectual del historiador británico Tony Judt, es el libro del año para los críticos de 'Babelia'

     29 DIC 2012

    Pensar el siglo XX

    Tony Judt con Timothy Snyder. Traducción de Victoria Gordo del Rey. Taurus

    Nadie de los que han votado Pensar el siglo XX como el mejor libro del año lo ha hecho por considerar las tristes circunstancias en las que se produjo y fue escrita esta conversación de Tony Judt, un enfermo de esclerosis lateral amiotrófica que tenía pocas oportunidades de verla impresa, y su colega y admirador Timothy Snyder. En esa misma época angustiosa había surgido también un breve pero intenso panfleto sobre la crisis de civilización que todavía nos aquejaAlgo va mal (2010), y una sugestiva autobiografía ordenada por ámbitos temáticos, El refugio de la memoria (2010), ambos dictados por el autor y transcritos por manos amigas. Lo que sucedió es que todos reconocimos en estos libros la lucidez, la libertad y la inteligencia que nos habían deslumbrado en los dos inmediatamente anteriores, la síntesis histórica sobre la historia europea posterior a 1945, Posguerra (publicado en 2005, traducido en 2006), con enorme éxito internacional, y los brillantes ensayos de Sobre el olvidado siglo XX (2008), escritos casi todos para las exigentes páginas de The New Yorker.

    En la conversación se habla a menudo de la doble condición de'insider' y 'outsider'como formas de socialización y disposiciones de ánimo
    Leer algo que se ha escrito con la contumaz voluntad de un testamento impresiona por fuerza. Pero, desde un comienzo, Tony Judt había observado la experiencia de su propia vida como un objeto de historia y en estos libros postreros se aprecian las dotes intelectuales que siempre tuvo: la vehemencia y la brillantez expresivas, la capacidad de evocación de lo concreto y revelador, la legítima soberbia de quien puede ser osado o impertinente, pero sin rozar la autosuficiencia o la pedantería. En la conversación con Snyder se habla a menudo de la doble condición de insider y outsider como formas de socialización y disposiciones de ánimo, y se infiere que Judt se sabía beneficiario de las ventajas de ambas: como historiador fue un insider con resabios de outsider (formado en Cambridge, enseñó muy tempranamente en Reino Unido y en Estados Unidos, pero siempre fue bastante rebelde a consejos, actitudes y supersticiones académicas) y como ser humano fue un outsider con voluntad de insider (fue un judío británico de clase media que cursó estudios gracias al excelente sistema de becas, que siempre echó de menos, y supo lo que debía a las tradiciones pedagógicas británicas). En El refugio de la memoria, el precioso capítulo dedicado a ‘Joe’, su primer profesor de alemán, deja muy claro el orgullo por el propio esfuerzo. Y otro apartado, ‘Palabras’, consigna la deuda con la retórica y la exactitud verbal que aprendió en el King’s College. Y nunca se sintió incómodo por haber sido —como sus compañeros becarios— “al mismo tiempo radicales y miembros de una élite. Es la incoherencia de la meritocracia: dar a cada uno su oportunidad y luego privilegiar a los que tenían talento”. Tampoco resulta fácil clasificarle en virtud de otras decisiones vitales. Se dedicó temprana y brillantemente a la historia intelectual de la Francia moderna, pero nunca estuvo cómodo en el mundo ceremonioso y mandarinesco de las grandes Écoles, donde tuvo la oportunidad de completar su formación. Por edad vivió la conmoción de 1968, pero no sintió el atractivo de la revolución, ni militó en el comunismo, porque en esos años prefirió ser sionista. Y, de hecho, su gran descubrimiento intelectual se produjo, ya en los noventa, cuando empezó a leer (y logró hacerlo en sus lenguas de origen) a pensadores disidentes polacos y checos a los que sus coetáneos anglosajones y franceses habitualmente desdeñaban.

    no le quita el sueño la querella de hogaño entre la Historia profesional y la Memoria histórica
    El análisis de esta trayectoria marca el sistema conjuntivo que pactaron Snyder y Judt para la escritura de Pensar el siglo XX. El arranque de cada capítulo es un memorándum autobiográfico de Judt que plantea lo sustancial del tema y que va dando paso a las matizaciones, apostillas o sugerencias de su colega y, al cabo, a un diálogo animado entre dos hombres de distinta edad (el entrevistador es veinte años más joven) y biografía (Snyder es un norteamericano de Ohio), aunque ambos compartan el mismo interés por la cultura centroeuropea y la misma aversión a los dos totalitarismos del siglo XX, el fascismo y el comunismo. Snyder escribe al frente de su prólogo que “este es un libro de historia, una biografía y un tratado de ética”, porque recuerda, sin duda, que la definición de historiador que más complacía a Judt era aquella que los hacía “filósofos que enseñan mediante ejemplos”. En las páginas de los capítulos 7 (‘Unidades y fragmentos: historiador europeo’) y 8 (‘La edad de la responsabilidad: moralista estadounidense’), que se refieren respectivamente a la escritura de Posguerra y a la participación en los debates políticos de las revistas norteamericanas de los últimos diez años, encontraremos a un defensor del concepto clásico de la historia (“la historia es un relato moral”), que prefiere como arrimo la referencia de las Humanidades a la de las llamadas Ciencias Sociales y que se confiesa poco amigo de las corrientes poshistóricas de patente francesa, o de las surgidas al calor de los Cultural Studies. Y a quien no le quita el sueño la querella de hogaño entre la Historia profesional y la Memoria histórica, concebida como una suerte de democratización de la primera: “Son hermanastras que se odian —apunta en sus conversaciones— y son inseparables porque comparten una herencia indivisible”. El objetivo de la Historia es la dilucidación de la verdad y no un acto personal de reconciliación o de querella con el pasado: la “verdad de la autenticidad”, le cuenta a Snyder, “es distinta de la verdad de la honestidad. Del mismo modo, la verdad de la caridad es diferente de la verdad de la crítica”.

    Pero en los artículos de ese libro no había tenido inconveniente en manifestar su antipatía por la megalomanía obstinada de Juan Pablo II,
    No le gustaba que la Historia se haya arrogado la función de corregir el presente, mediante la lectura masoquista del pasado. Como historiador de los acontecimientos del siglo XX, pudo tener la tentación de hacerlo pero la conjuró porque no creyó (como escribió en el prefacio a Sobre el olvidado siglo XX) que aquella centuria fuera solamente “una Cámara de los Horrores Históricos de utilidad pedagógica cuyas estaciones se llaman Múnich o Pearl Harbor, Auschwitz o Gulag, Armenia o Bosnia o Ruanda, con el 11 de septiembre como especie de coda excesiva, una sangrienta posdata”. Pero en los artículos de ese libro no había tenido inconveniente en manifestar su antipatía por la megalomanía obstinada de Juan Pablo II, por la fatuidad vana de Tony Blair, por la soberbia de Jean-Paul Sartre, por los silencios del gran historiador Eric Hobsbawn, a la vez que exponía su consideración negativa de la sociedad belga de hoy y de los errores que parecen presidir los rumbos de la historia israelí después de 1967 y de la rumana de los últimos cien años. En las conversaciones con Snyder, leemos que lo esencial del legado del último siglo no fueron las guerras y los conflictos de identidad nacional, sino que “durante gran parte del siglo nos dedicamos a debatir, implícita o explícitamente, sobre el surgimiento del Estado”, algo que, en puridad, fue herencia del fecundo siglo XIX y desembocó en la opción por “Estados democráticos y constitucionales fuertes, con una fiscalidad alta y activamente intervencionistas, que podían abarcar sociedades de masas complejas sin recurrir a la violencia o la represión”. Y, a despecho de su proclamada renuncia a aleccionar, Judt concluye: “Seríamos unos insensatos si renunciáramos alegremente a ese legado”.
    Estas briosas afirmaciones y la nostalgia del pensamiento de quien las dijo es lo que —a mí, cuando menos— me han llevado a considerar estas conversaciones de Judt y Snyder como el mejor libro del año pasado. Hubo otros excelentes, sin duda, pero ninguno nos habla tan claramente de la estirpe rahez del poder financiero y de la estupidez de sus corifeos políticos y periodísticos, dedicados al resignado masoquismo (los sacrificios nos harán dignos de la felicidad futura) y al cuidadoso desmantelamiento de aquello que, desde hace más de cien años, tanto ha contribuido a la libertad y la dignidad de los seres humanos.

    viernes, 25 de mayo de 2012

    PRENSA CULTURAL. "Tony Judt dicta su epílogo al siglo XX", reportaje

    Jóvenes besándose ante el Muro de Berlín / LUIS MAGÁN. "El País"

       En "El País":
    Tony Judt dicta su epílogo al siglo XX
       Enfermo de ELA, el historiador británico condensó su biografía y su testamento intelectual en un libro escrito a partir de un diálogo con su colega Timothy Snyder.

    Tereixa Constenla 21 MAY 2012
     
       Entre el invierno y el verano de 2009, cada jueves, el historiador Timothy Snyder tenía la misma cita. Un tren y un metro le trasladaban hasta la casa neoyorquina de Tony Judt. En el vestíbulo le aguardaba el historiador británico, que en los primeros encuentros todavía le recibía de pie aunque era incapaz de abrirle la puerta. La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) ya campaba a sus anchas por el organismo del ensayista aunque respetaba un reducto sagrado: la mente. Snyder había concebido una idea genial para burlar la enfermedad y prolongar la vida intelectual de su colega durante un tiempo: escribir un libro hablado. A partir de las conversaciones de los jueves de 2009, en las que ambos colegas dialogaron sobre historia, pensamiento y vivencias personales, se ha tejido Pensar el siglo XX (Taurus), el libro póstumo de Tony Judt, que falleció en agosto de 2010.
       En el epílogo, Judt confiesa su escepticismo ante la oferta. Hacía tres meses que le habían diagnosticado la enfermedad. Tenía un libro en mente y también la certeza de que la investigación para culminarlo estaba fuera de su alcance. “Mi enfermedad neuronal no iba a desaparecer y si quería seguir trabajando como historiador, necesitaba aprender a hablar mis pensamientos: la ELA no afecta a la mente y en general no es dolorosa, de modo que uno es libre de pensar”.
       Antes que él, Snyder había visto el camino: “El día que me di cuenta de que ya no iba a poder usar sus manos le propuse que escribiéramos un libro juntos”. Familiarizado con los ensayos construidos a partir de conversaciones —de larga tradición en la historia de Europa del Este en la que está especializado el profesor de Yale—, Snyder recuerda con ambivalencia el proceso: la tristeza ante el deterioro físico irreversible de su colega y la satisfacción de construir algo juntos, entre dos de los grandes historiadores contemporáneos. “Él podía concentrarse en lo que tenía, que era una incomparable mente llena de ideas y recuerdos. Pensamos y nos reímos juntos y a veces nos provocamos, pero lo más importante es que este libro destaca el valor de la lectura, la conversación y el respeto mutuo”, explica Snyder por correo electrónico.
       El resultado ha sido un peculiar ensayo que hibrida tres almas: la biografía de Judt, la historia del siglo XX y el tratado sobre las ideas. Todas las mentes que, para bien o para mal, condicionaron la vida y el pensamiento de la pasada centuria desfilan por la obra. El duelo económico entre Keynes y Hayek, Freud y la efervescente Viena de fin de siglo, los fascismos, la aniquilación judía y la banalidad del mal de Hannah Arendt, la expansión del marxismo y la decepción que se escapaba del telón de acero hasta que lo tumbó en 1989, la mala noche de sexo (y, relacionada o no, su ruptura ideológica) entre Arthur Koestler y Simone de Beauvoir, el mayo del 68... Tony Judt también estaba allí y su recuerdo está teñido de desconfianza, aunque nadie mejor que un inglés para dar lecciones de revoluciones descafeinadas, a la vista de la deliciosa anécdota de sus tiempos de Cambridge.Tras correr e increpar al ministro de Defensa, Denis Healey, por la guerra de Vietnam, un policía inquirió a Judt:
       —¿Qué tal ha ido la manifestación, señor?
       “Y yo, sin encontrar nada de extraño o absurdo en la conversación, me volví y le respondí: Yo creo que ha ido bastante bien, ¿no? Y continuamos nuestro camino. Esa no era forma de hacer una revolución”.
       Judt tuvo más éxito con la historia que con las revueltas políticas. Las mil páginas de Postguerra le auparon entre los grandes. Acaso uno de los secretos de su solidez intelectual radique en su vocación política y su precoz inmersión en acontecimientos y corrientes que delinearon el mapa ideológico del pasado reciente. “Nunca hemos perdido del todo la sensación de que no se puede entender por completo el siglo XX si en algún momento no compartiste sus ilusiones, y la ilusión comunista en particular”, defiende en el libro. Y él pasó por varias de sus fiebres antes de ser definido por Snyder como “un rebelde de la izquierda, pero no un rebelde contra la izquierda”.
       Judt llegó al marxismo a la edad en la que otros a duras penas traspasan el umbral de la adolescencia -su padre le regaló los tres tomos de la biografía de Trostky a los 13 años-, no mucho más tarde se convirtió en un sionista practicante que coqueteó con la idea de establecerse en un kibutz socialista en Israel recogiendo plátanos. “Me introduje en los círculos, aprendí el idioma en ambos sentidos, literal y políticamente. Yo era uno de ellos… Estar dentro significaba mirar con desdén a los no creyentes, ignorantes, incultos”.
       Quizás abrazó el sionismo porque no le habían educado como judío: su madre se erguía para escuchar los discursos de la reina y asistió horrorizada al sarampión fanático de su hijo, que había crecido sintiendo que su casa era un idioma -el inglés- antes que un país -Inglaterra-. Pasar por el sionismo le dio toda la fuerza moral para decir lo que pensaba años después: “En los próximos años Israel va a devaluar, socavar y destruir el significado y la utilidad del Holocausto, reduciéndolo a lo que mucha gente ya dice que es: la excusa para su mal comportamiento”. A quienes le reprochaban su posición asertiva, replicaba: “Un historiador sin opiniones no es muy interesante, y sería muy extraño que el autor de un libro sobre su propio tiempo careciera de una visión intrusiva de la gente y las ideas que lo protagonizaron”.
       El sionismo fue su manera de rebelarse contra su condición de inglés de segunda fila -hijo de emigrantes judíos del Este, de clase media-baja-. Solo la sensatez de sus padres impidió su deserción académica y posibilitó que, en los sesenta, Judt se convirtiese en uno de los advenedizos que accedía a Cambridge, que por vez primera abría las puertas a estudiantes con familias que carecían de títulos universitarios, e incluso de secundaria. En estos tiempos de marcha atrás es útil recorrer su biografía para apreciar la magnitud de su éxito, para tener presente que antes de ser profesor en las universidades de Cambrigde, Berkeley, Oxford y Nueva York, fue un prototipo de chico de clase baja al que le dieron una oportunidad.

    sábado, 1 de enero de 2011

    PRENSA CULTURAL. "Babelia". LOS LIBROS DEL AÑO (7): "Algo va mal", de Tony Judt (1948-2010)

    Tony Judt
    Algo va mal
    Tony Judt
    Traducción de Belén Urrutia
    Taurus. Madrid, 2010
    256 páginas. 19 euros

       Este libro, dictado penosamente por el autor cuando ya había contraído una incapacitadora enfermedad, constituye un ajuste de cuentas con el espíritu social y político de nuestra época, la época del individualismo y el capitalismo rampante y sin enemigos. Tony Judt lo hace desde una cierta añoranza del momento álgido del pacto social-democrático, que contribuyó, con todos sus altibajos, a forjar la sociedad más justa y vertebrada de que se tiene noticia. Su protesta contra el tiempo presente se formula, además, desde la convicción de que vivimos en tiempos sin esperanza, sin proyecto de futuro, desde el vacío de un mundo sin alternativas. Pero lo hace sin proclamas retóricas, guiado por datos y una indudable capacidad para desvelar las consecuencias de un sistema que ha dejado de lado el valor de la acción colectiva y ha abandonado los fines de la igualdad y la cohesión social. El primado de la maximización del interés individual, el enriquecimiento y la eficiencia económica como fin en sí mismo, sin consideración del desgarro social que provocan, deberían estimular a buscar una respuesta desde los partidos de izquierda. Sin ofrecer una alternativa propia, Judt al menos contribuye a sacudir nuestra adormecida conciencia social. Imprescindible.
                                                                 Fernando Vallespín

    jueves, 7 de octubre de 2010

    PRENSA. 7 octubre 2010

    En "El País":

    1. ¿Cuánto pesa Norman Foster? Por Vicente Verdú.

    2. Choque sangriento de valores. Reportaje de Miguel Mora. Un crimen entre paquistaníes por una boda forzada alarma a Italia - El abismo entre generaciones inmigradas sale a la luz - ¿Un delito cultural, religioso, machista? Identidad prisión. Análisis de Saïd el Kadaoui Moussaoui,  psicólogo y escritor marroquí residente en Barcelona.

    3. El ruido y la furia. Artículo del escritor Rafael Argullol.

    4. Said y Judt: vidas paralelas, sueños inalcanzados. Artículo del abogado Jerónimo Páez.

    5. Sin novedad desde el Renacimiento. Artículo de Jorge Wagensberg, físico y museógrafo; acaba de publicar Las raíces triviales de lo fundamental (Tusquets). ¿Cómo se explica la desproporción entre la gran rueda delantera y la pequeña rueda trasera en las primeras bicicletas? Cada nuevo objeto resuelve problemas concretos, pero ¿cuándo surge un cambio revolucionario?

    6. (PRE)PARADOS. "O firmaba la baja o no había contrato". Reportaje de Elena Hidalgo. Los jóvenes son carne de cañón de las condiciones y cláusulas abusivas.

    sábado, 21 de agosto de 2010

    PRENSA. 21 agosto 2010

    En "El País".

    1. El Katrina como una de las bellas artes. Reportaje de Andrea Aguilar. Series, documentales y libros recuerdan la tragedia de Nueva Orleans en su quinto aniversario. 

    2. PRIMERA DAMA. Por Luz Sánchez-Mellado.

    3. Lawrence de Alejandría y el sexo. Reportaje de Jacinto Antón sobre Lawrence Durrell.

    4. Que no brille solo el lucero del alba. Reportaje de Manuel Planelles. La contaminación lumínica daña el ambiente, la salud y es un problema para los astrónomos - Las autonomías empiezan a frenar el derroche.

    5. Lecturas en corto y ruido en la Red. Artículo de Enrique Gil Calvo, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

    6. La aplazada muerte de Tony Judt. Artículo del escritor Vicente Molina Foix. El recientemente fallecido historiador, indomable en sus juicios, judío irreverente con el dogma y observador socarrón de las grandes instituciones culturales, pervive en sus palabras, sigue hablando para nosotros.