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martes, 30 de noviembre de 2010

PRENSA. 30 noviembre 2010

En "El País":

1. "No enseño mis libros a mi marido. Me deprime". Entrevista a la escritora nicaragüense Gioconda Belli. Por Maribel Marín.

2. No parece. Columna de Rosa Montero.

3. ¿Es tan potente el español? Reportaje de Juan Cruz y Pablo ordaz. Escritores debaten el futuro del idioma en un diálogo de EL PAÍS en la Feria de Guadalajara - La fuerza de la lengua vendrá de "su diversidad", dice Millás.

4. Así se salvó la i griega y guion perdió su tilde para siempre. Por Juan Cruz y Pablo Ordaz. El deseo de evitar polémicas suavizó las reformas de la nueva 'Ortografía'.

5. Otro celta soñador. Por Fernando Savater.

6. España, estancada en el aprobado. Reportaje de J. A. Aunión. Un estudio sitúa al sistema educativo entre los que no han avanzado en una década - Los consejos: hacer atractiva la docencia y más autonomía del centro.

7. El clima ya no es lo que era. Artículo de Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía, investigador 'Ikerbasque' en la Universidad del País Vasco y director del 'Instituto de Gobernanza Democrática' (http://www.globernance.com/).

8. Un festín de secretos. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Los documentos de Wikileaks muestran lo graves que son las amenazas y el escaso control que tiene Occidente. Pero queda por responder una pregunta: ¿Cómo ejercer la labor diplomática en estas condiciones?

miércoles, 25 de agosto de 2010

PRENSA. "Proyecto de beso", por Gioconda Belli

Gioconda Belli
En "El País":
PROYECTO DE BESO

GIOCONDA BELLI 27/07/2010

Yo tenía dieciséis años y aún no sabía lo que era un beso en la boca. En otras cosas era adelantada para mis años: ya era bachiller y asistía a la universidad. Cometí el error de confesarle mi carnal inocencia a una compañera de curso. Sin que yo lo supiera, corrió la voz. El número de chicos que me invitaron a salir aumentó de un día al otro. Ignorando que se disputaban mi primer beso, me sentí halagada. Pero entonces, David me invitó. Lo esquivaba desde el inicio del curso. Iba siempre vestido de negro: chamarra y pantalones de cuero, el cabello color rubio rojizo peinado al estilo punk, aretes en las orejas y en la nariz. Manejaba una motocicleta. Su apariencia, sumada a sus comentarios en clase, me inspiraba cierto temor. Pensé negarme, pero acepté. Me seducía la idea de montar en motocicleta.
De jeans, el pelo atado hacia atrás, lo esperé sentada en las gradas de la residencia estudiantil. Llegó sonriente. Me acomodé detrás de él en la moto. Forzosamente debía abrazarlo y apretarme más a su espalda a medida que él aumentaba la velocidad. Me gustó eso. Por la ciudad corría un río sobre cuya ribera oeste se extendía un parque. Allí me llevó. El aire de la noche entraba por mi blusa y bajo mis manos sentía el calor y los latidos del corazón de David. Él bajó la velocidad al pasar por un grupo de coches aparcados bajo unos cipreses. A cierta distancia, se estacionó. Conversamos sobre mi país. Quería saber cuál era la diferencia entre vivir allí o en una ciudad como Boston. ¿Qué es lo que más te gusta de EE UU, me preguntó? Los batidos de chocolate, le dije. Me encanta el chocolate. Hagamos un trato, me dijo, tu cuentas mañana que estuviste estacionada conmigo frente al río y yo te llevo a tomar el batido de chocolate más espeso que jamás hayas probado. Me pareció un trato sospechosamente fácil. ¿Qué hay con eso de estacionarse aquí?, pregunté. Sonrió pícaro. Me tomó de la mano y me indicó silencio con el índice sobre los labios. De puntillas, me condujo a la ventanilla trasera de uno de los coches. De la ventana entreabierta emanaban gemidos entrecortados. Bajo la pálida luz de las luminarias, vi piel desnuda y el rostro de una chica con los ojos cerrados, el cabello rizado tirado hacia atrás, la espalda arqueada. Comprendí. Me alegré de que David no pudiese ver mis mejillas o percibir la carrera de mi corazón. Accedí al trato.
Subimos de nuevo a la moto. Condujo a un drive-inn donde ordenó sendos batidos de chocolate. Salimos con nuestras bebidas al estacionamiento. Me retó de nuevo: Sopla aire por la pajilla, me dijo. Lo intenté sin éxito. Se rió de su triunfo. Es imposible, exclamó. Dale, sigue intentándolo. Se subió a la moto de espaldas al timón, yo me acomodé a mi vez. A horcajadas, frente a frente, riéndonos traviesos, pasamos mucho rato soplando en el batido. El calor derritió lento el helado. Poco a poco el denso líquido subió hasta nuestras bocas inundándolas de un inquietante, espeso, sabor a chocolate.

martes, 24 de noviembre de 2009

CONTRA VIOLENCIA DE GÉNERO. "Reglas de juego para los hombres que quieran amar a las mujeres", de Gioconda Belli



REGLAS DE JUEGO PARA LOS HOMBRES QUE QUIERAN AMAR A LAS MUJERES



I
El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer lo que anida en mí,
la golondrina transparente de la ternura.


II
El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
con que yo estaré al lado suyo.


III
El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.


IV
El hombre que me ame
no dudará de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo,
respetará la tristeza, el silencio
y con caricias tocará mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.


V
El hombre que me ame
podrá encontrar en mí
la hamaca donde descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.


VI
El hombre que me ame
hará poesía con su vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.


VII
Por sobre todas las cosas,
el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si es necesario.


VIII
El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en la trinchera,
rodilla en tierra me amará
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.


IX
El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento
en una plaza llena de multitudes.
Podrá gritar -te quiero-o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.


X
El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas,
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado,
las debilidades que, por siglos,
nos mantuvieron separados
como seres de distinta estatura.


XI
El amor de mi hombre
no querrá rotularme y etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.

martes, 18 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA. "Poeta de la lira prestada", relato de Gioconda Belli


En la Revista de verano de "El País", este relato de la escritora nicaragüense Gioconda Belli: POETA DE LA LIRA PRESTADA:

La decisión de comprar una casa para dejar la que alquilábamos se convirtió, para mi esposo y para mí, en una atrevida expedición al territorio de múltiples vidas ajenas. Aquel verano recorrimos innumerables habitaciones, baños y cocinas que se ofrecían abiertas y vulnerables a nuestra curiosidad de compradores. En nuestros recorridos, nos sentíamos observadores intrusos de los hábitos y excentricidades de sus ocupantes. Recuerdo una hermosa casa colonial en cuyo cuarto de baño había dos WC, frente a frente. En otra, la pareja dormía en cuartos separados, cada uno al extremo de un largo corredor. Espejos en los techos, closets maniáticamente ordenados, colecciones de gatos o sapos de porcelana, adornos de Lalique asegurados con pegamento a una elegante mesa de vidrio, fueron algunas de las abundantes curiosidades con que nos topamos en nuestra ardua búsqueda.
Tras varias semanas, estábamos descorazonados y a punto de desistir cuando nos llamó la agente ofreciéndonos otra casa. A pesar del calor de mediodía, aceptamos ir a mirarla. Nos gustaba la zona alta y fresca donde estaba ubicada. Cuando llegamos vi, a través del follaje, una construcción que parecía estar en ruinas. Bajé del coche destemplada, pensando que sería otra misión fallida. Cruzamos la puerta de hierro abierta en medio del seto. Apenas dimos unos pasos, mi esposo y yo nos miramos incrédulos. Corrí hacia la terraza de aquella casa destartalada. Frente a mí alzaba su verdor la abundante vegetación del Valle Ticomo. A lo lejos, en la ribera del lago de Managua, el perfil de la ciudad lucía dulce e inofensivo. Más allá, una fila de volcanes, como mansos animales que llegaran a abrevar al agua, servía de telón de fondo.
"Este paisaje es mi noción de Patria", le dije a mi esposo. No importaba que la casa estuviese malherida y agonizante; estaba en mi destino encontrarla y vivir allí.
-Tendremos que contratar un jardinero -dijo él, mirando el agonizante jardín.
El jardinero se llamaba Tomás. Era parsimonioso y servicial, un hombre de mediana edad, callado, cuyo rostro revelaba largas jornadas bajo el sol. Con el paso de los días fue perdiendo la timidez y demostrando un ingenio de sobreviviente. Si no sabía la respuesta a alguna pregunta se las amañaba para sonar como si la supiera, lanzándose por tangentes tan enmarañadas como las enredaderas del patio. Por su conocimiento de aljibes y cañerías empezamos a sospechar que era más bien albañil que jardinero, pero nos ganó su empeño y la picardía que él intentaba disimular. Una tarde en que me acompañaba a sembrar flores en parterres, alzó los ojos, me miró fijo y preguntó:
-¿Usted es escritora, verdad?
-Sí -le dije-, ése es mi trabajo.
-Pues yo también escribo -me dijo- y me gustaría enseñarle un día de éstos mis escritos.
-Claro que sí, Tomás. Los leeré con mucho gusto, agregué, pensando con ternura en la herencia Dariana que hace de la poesía una suerte de deporte nacional nicaragüense.
Pasaron los días. En la conmoción de la remodelación y el traslado había olvidado la conversación con Tomás cuando le vi acercarse con un cuaderno en la mano, su figura enmarcada por el atardecer que descendía naranja sobre el paisaje.
-Aquí le traje lo que le prometí -me extendió el cuaderno. Se quedó de pie, con las manos cruzadas a la espalda, esperando mi veredicto.
Abrí el cuaderno. En letra perfectamente redonda y pulcra, Tomás había llenado varias páginas. Empecé a leer:
"¡Qué bella eres, amada mía / qué bella eres! / Paloma son tus ojos / a través de tu velo; / tu melena, cual rebaño de cabras / que ondulan por el monte Galaad".
Reconocí el texto. No supe qué hacer sino sonreír.
Alcé la vista y miré a Tomás. Él me sonrió a la vez. No tenía por qué dudar de lo que me había dado a leer.
-Pero Tomás -dije-, éstos son versos del Cantar de los Cantares de la Biblia.
Tomás entrecerró los ojos y me miró con un gesto de insólito y renovado aprecio, mientras movía la cabeza afirmando con asombro:
-¡Usted es una persona muy leída, Doña Gioconda! -exclamó, enunciando despacio las palabras como para tornar la revelación que yo experimentaba en una mayor aún-. Pero fíjese -añadió sin perder el impulso- que no es igual; yo le cambié unas cuantas palabritas...
Conversamos un rato sobre la belleza de ese poema bíblico imposible de imitar. Se encendían las primeras luces de la ciudad cuando Tomás se marchó con su cuaderno. Al quedarme sola no pude evitar la sonrisa que me atravesó el cuerpo pensando en aquel su atrevimiento de prestarle la lira nada menos que al Rey Salomón.
Lo que jamás imaginó es que yo fuera la Reina de Saba.

Gioconda Belli (Managua, 1948) es escritora, autora de El infinito en la palma de mi mano (Premio Biblioteca Breve, Seix Barral, 2008).