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sábado, 17 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor Juan Eduardo Zúñiga

Zúñiga, en su casa de Madrid.- S. BURGOS. ("El País")

En "El País":
ENTREVISTA: JUAN EDUARDO ZÚÑIGA. Escritor

"A mi generación se le hizo una putada, y no distingo bandos"

AMELIA CASTILLA - Madrid - 09/12/2011

   "Pasarán años y, si vivimos, estaremos orgullosos de haber presenciado unos sucesos tan importantes, aunque traigan muchas penas y sean para todos una calamidad". Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929) no hace suyas las palabras de uno de los personajes de Largo noviembre de Madrid, uno de los libros de su narrativa sobre la Guerra Civil que, con Capital de la gloria y La tierra será un paraíso, se han reunido ahora en un volumen (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).
   Con voz suave, el escritor cuenta que se está separando de la Guerra Civil pero que nota una incomodidad vergonzosa: "Fue un episodio que no debía haberse producido; a mi generación se le hizo una putada, y no distingo bandos políticos, fuimos heridos para siempre. Resultó muy destructor en todos los sentidos. Un periodista griego que cubrió la contienda me dijo que nunca se había encontrado con tanto odio acumulado".
   Sus palabras resuenan en el salón de su casa, iluminado por el sol de otoño, junto al Retiro madrileño. Sus relatos huelen a miseria, zapatos desgastados, palabras de rencor y fracaso de las ilusiones. A Zúñiga no le interesaron los combates ni las trincheras sino el heroísmo cotidiano de las personas que permanecieron en la capital sitiada, bombardeada, acosadas por el hambre, la inseguridad, el frío y el contacto con la muerte. "En esas circunstancias se imponía el hambre, el miedo y el amor, el amor era incontenible, la gente estaba deseando amarse como fieras, como un destello de esperanza y de perspectiva de futuro", añade. La primera parte de la trilogía se publicó en los años ochenta y fue pionera en la recuperación de la memoria como elemento literario. También en esa década de libertad, tras la dictadura franquista, surgían, entre otros, nuevos títulos de Max Aub, Ramón J. Sender o Juan Iturralde, con Días de llamas, una novela que le arrebató.
   Los relatos reunidos ahora han sido revisados por el autor, aunque reconoce que los ha tocado poco, prestando atención acaso a una palabra, para aumentar su tensión con un sinónimo. "No suelo corregir, hago un monstruo y lo cuido bastante hasta que lo lanzo al mundo, a partir de ahí no me pertenece, pero cargo con la responsabilidad de los errores. No soy como los poetas, que siempre andan corrigiendo". Con su pantalón de pana, el jersey, el chaleco y esa barba de medio pelo que le da un aire de genio de épocas olvidadas, Zúñiga apunta que la escritura exige soledad y mucho tiempo; lo notaba especialmente en su juventud, cuando se juntaba con amigos y el pensamiento se le iba al tema en el que estaba trabajando. "Se trata de una vocación muy exigente, esa tensión en crear banalidades que, como dice Borges, consiste en inventar historias que no son verdaderas".
   A la serie de 35 relatos sobre los personajes que vivieron bajo las bombas en el Madrid asediado, una agonía larga y cruel, le ha sumado ahora dos relatos inéditos, Caluroso día de julio e Invención del héroe. El primero arranca con un muchacho leyendo cuentos de amor romántico, en el primer día de la sublevación militar. De pronto le atrae un gran ruido en la calle y desde el balcón ve pasar camiones cargados de hombres que agitan en alto fusiles y banderas y cantan a voz en grito. Se trata de una metáfora de la adolescencia pero ¿podría ser su primer recuerdo del niño de la guerra que él fue? "Esa figura no soy yo, se me ocurrió ese cuento que es como si ese choque en un adolescente, entre la vida familiar tranquila y un atisbo de que puede haber una revolución, produjera una madurez en su conciencia".
   En los poéticos y enigmáticos cuentos de Zúñiga emerge Madrid como un personaje más: "La ciudad queda impregnada de los propios altibajos, la mentalidad y la sensibilidad de uno, como si fuera un ser vivo", cuenta el autor. Que el paisaje se haya convertido en una sinfonía de su narrativa se lo debe a la novela rusa. Lo aprendió de niño, cuando contaba 12 años y encontró un folleto que alguien había colado tras la verja del jardín de la casa de sus padres: "Se trataba de una novela de frustraciones amorosas, era la primera vez que leía algo de adultos, luego me enteré de que estaba escrita por Iván Turguénev. A partir de entonces mis ojos interiores se orientaron hacia esa narrativa, una narrativa que ya ha desaparecido, pero entonces había mucha demanda, los lectores eran muy apasionados y los escritores contaban con mucho prestigio, un poco como si fueran tipos proféticos. Esa cualidad se ha perdido, ningún escritor intenta ya ser profético", concluye con humildad.

sábado, 5 de febrero de 2011

PRENSA CULTURAL. "El camino perdido", de Gustavo Martín Garzo (sobre Juan Eduardo Zúñiga y su último libro, "Brillan monedas oxidadas")

Gustavo Martín Garzo
   En "El País":
El camino perdido

GUSTAVO MARTÍN GARZO 09/01/2011

   Tres breves libros le han bastado a Juan Eduardo Zúñiga para hablar con una hondura y un rigor raras veces alcanzados en nuestra literatura de la disolución moral, los afectos contradictorios y las ocultas responsabilidades de la Guerra Civil y la posguerra española. Su obra, breve e intensa, es comparable a la de todos los grandes moralistas, en el sentido que Camus da a esta palabra: los que tienen la pasión del corazón humano. Los relatos de Juan Eduardo Zúñiga se adentran en los caminos afectivos de la historia. No escribe para juzgar a sus personajes, sino para asomarse a sus conciencias y almas atormentadas y dar cuenta de sus presentimientos, sus miedos y sus anhelos amorosos.
   Juan Eduardo Zúñiga es el jardinero más secreto de nuestra literatura. Pero lo suyo no son las flores que adornan nuestros paseos, sino las que crecen en la noche al borde de los abismos del arrepentimiento y la soledad, en los oscuros subsuelos donde viven los deseos humanos. Heredero de Dostoievski, sus personajes siempre buscan una redención que no termina de llegar. Pero, al contrario que el autor ruso, al que todavía asiste algún tipo de fe, Zúñiga piensa que la verdad que el hombre necesita para vivir no la puede obtener ni adquirir de nadie, y que tiene que producirla una y otra vez en su interior. Cómo producir esa verdad, es la búsqueda de todos sus personajes. A todos ellos les mueve la nostalgia de una humanidad perdida, la búsqueda de la belleza. Una belleza que no tiene que ver con la antigua belleza de los lugares sagrados, siempre relacionados con un absoluto inasible, sino con esa belleza humana que se confunde, como afirmaba Dostoievski, con la capacidad de amar. "Solo le interesaban las mujeres que sufren", escribe Joseph Frank, en su biografía sobre el autor ruso. Y también en esto Zúñiga sigue su propio camino. Un oculto romanticismo le lleva a interesarse por los seres que sufren, sí, pero a causa de sus deseos.
   Ese romanticismo, que le sitúa en la estela de Turgueniev, su escritor más querido, es el tema secreto de la obra de Zúñiga. "El único viaje verdadero, escribió Proust, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es". De ese viaje surge Brillan monedas oxidadas, el libro que Zúñiga acaba de publicar tras un silencio de siete años, y que es sin duda el mejor regalo de Reyes que usted hubiera podido recibir este año. Es un libro escrito por un autor pleno de juventud y energía, incansable en su afán de seguir explorando la infinita geografía de los deseos humanos. Muchachas que se pierden bajo la lluvia, maestros que descubren que lo que enseñan no vale nada, campaneros que ven en las heridas de los santos sus propias heridas, nobles que descubren que nada puede atar el corazón del amor, ancianas agonizantes que desaparecen bajo el peso de las riquezas que han acumulado inútilmente, músicos de jazz cuyos ojos son ventanas que se abren a plantaciones de sufrientes esclavos son los protagonistas de estos relatos. Juan Eduardo Zúñiga vuelve a hablarnos en ellos de la importancia del deseo y la memoria, de la ficción como responsabilidad, del anhelo de libertad, de la búsqueda del amor y su vinculación al sufrimiento. Pues en esa disyuntiva eterna entre dejar de amar y dejar de sufrir los protagonistas de estos relatos, como las grandes heroínas de las novelas rusas, siempre eligen el amor. Así son los amantes de Juan Eduardo Zúñiga, seres que buscan lo que no tienen, que obedecen órdenes que nadie da, que viven el amor como un deber tan desconocido como fatal e imposible de desatender.
   En El campanero de San Sebastián, uno de los relatos, un hombre se hace cargo de las campanas de una iglesia, y ante la dificultad de subir y bajar cada día de la torre decide quedarse a vivir en ella. Una anciana le lleva de comer. Un día le ofrece una jarra de vino, y lo beben juntos. De los labios de la anciana brota entonces, por efecto del vino, una canción misteriosa que habla de esos caminos perdidos que llevan a hombres y mujeres a buscarse. Esa noche, trastornado por lo que acaba de oír, el hombre desciende de la torre. Ve entonces en las heridas de San Sebastián sus propias heridas, y comprende lo absurdo de su vida y de sus renuncias, y abandona la iglesia tratando de encontrar uno de esos caminos que nos llevan al reino del deseo.
   Es un tema que se repite obsesivamente en los relatos de este libro. En uno de ellos, una muchacha repartidora de pizzas decide desnudarse sobre su moto como aquella dama medieval que recorrió sin ropa las calles de una ciudad sobre el lomo de su caballo. En otro, un noble se enamora de una gitana y lo deja todo para seguirla, y descubrir poco después que el corazón de las muchachas pide libertad. En otro más, una joven abandona el refugio en que un grupo de personas se protege de una tormenta y se interna bajo la lluvia llevada por su deseo de ser abrazada. En otro, en fin, el poeta Sá-Carneiro se enamora de una mujer y vive a su lado una aventura en que muerte y poesía terminan por confundirse. Todos ellos se rebelan contra su destino, quieren tener algo que no tienen. Zúñiga novela el fracaso de lo real para acoger nuestros sueños. Los caminos de la ficción son como ese camino perdido del que se habla en el cuento del campanero. Un camino en que placer y pena, vida y muerte, son hermanas gemelas que se roban la una a la otra.
   En Desde los bosques nevados, su memoria sobre los escritores rusos, Juan Eduardo Zúñiga nos cuenta una hermosa historia de Pushkin y una amante que le regala su anillo. Pushkin muere en un duelo y un amigo encuentra el anillo en su bolsillo. El anillo termina en las manos de Turgueniev, que se lo regala a Pauline García-Viardot, por quien abandona Rusia para establecerse en Francia y a cuyo amor se mantuvo fiel hasta el fin de sus días. Cuando muere Turgueniev, Pauline dona el anillo a la Casa Museo de Pushkin, en Moscú. Pero alguien lo roba y el anillo desaparece para siempre.
   En los cuentos de Zúñiga abundan las alusiones a las joyas. Pequeñas pulseras, delicados pendientes, broches luminosos, anillos secretos que provocan el deseo y la codicia. El anillo que Pushkin recibió de su amante nos dice que la tierra será un paraíso. Y algo nos hace sentir al leer los relatos de su último libro que ese anillo perdido ha estado en nuestras manos, no importa que solo el tiempo que duró su lectura. La negrura, el pesimismo de los relatos de Zúñiga, nunca es gratuito ni persigue condenar a los hombres. La literatura es para él el reino del deseo. Internarse en la oscuridad del mundo para descubrir en ella la memoria secreta de esa luz que necesitamos para seguir viviendo.

   Gustavo Martín Garzo es escritor.
Juan Eduardo Zúñiga

sábado, 22 de enero de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Entrevista al escritor Juan Eduardo Zúñiga. Por Winston Manrique Sabogal

Juan Eduardo Zúñiga

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
"Toda experiencia en la literatura hay que aplaudirla"

WINSTON MANRIQUE SABOGAL 25/12/2010

   Brillan monedas oxidadas es lo nuevo de uno de los grandes cuentistas españoles. Quince historias que piden ser leídas en voz alta. Hablan de seres con vidas impostadas que un día se rebelan en pos de su propia salvación. "El relato refleja la diversidad de nuestra actividad diaria"

   Recogida en el silencio, la casa de Juan Eduardo Zúñiga está cálida, solo la mesa de mármol grisácea y fría en el centro del salón recuerda el invernal otoño. Espera al fotógrafo, sentado en uno de los sofás alrededor de la mesa donde hay un solitario con una orquídea y una pila de libros de diferentes autores que prometen desvelar los secretos del arte de la escritura y la lectura. Temas sobre los que en unos 16 minutos empezará a reflexionar el propio Zúñiga (Madrid, 1929), que acaba de publicar Brillan monedas oxidadas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Quince cuentos, agrupados en tres apartados, que invitan a ser leídos en voz alta y que muestran una escritura diáfana y despojada de rebuscamientos. Hablará, con su voz pausada y baja, de eso, y del duelo entre la creación literaria experimental y tradicional.
   "Es una sorpresa, y me gusta, que me digas que los cuentos piden ser leídos en voz alta. Yo soy partidario de la literatura oral y de la comunicación antigua. Acaso influye en esto que he utilizado una escritura muy clara, precisa, sin ningún juego estilístico, para que el lector no tenga tropiezos en la parte sintáctica. Es una literatura que lleva el núcleo del tema a la conciencia del lector. Precisamente en Madrid tenemos un ejemplo de ese hacer, Pío Baroja. Aunque por esa época se le consideraba un escritor corriente, pero tenía una elaboración muy cuidada para decirlo todo con las palabras exactas. Es uno de los grandes maestros.
   Nuestra época es imperiosa, nos obliga a utilizar los términos habituales, pero que a la vez sean muy expresivos y bellos. Lo importante, también, es que un texto tenga belleza y claridad. La belleza, incluso, a veces, se consigue con un cierto ritmo interior de la frase; esto ayuda a que el lector lo viva como un recitado poético si cada frase está cuidada en ese sentido del ritmo, de la cadencia de las palabras.
   Hay múltiples formas de escribir, y toda experiencia en la literatura hay que aceptarla y aplaudirla. Algo aportará a este gran cúmulo de la cultura que está en marcha y que continuamente debe recibir estímulos novedosos.
   "Nosotros estamos estudiando la literatura a partir del siglo XV. Es la lengua del Quijote, y sabemos cómo se expresaban Góngora o Quevedo. Por eso creo que se está haciendo un gran trabajo con todas las academias de Latinoamérica. La obra literaria, o cualquier obra de arte, debe pensar que ha de integrarse en ese gran conjunto que atraviesa los siglos. Un idioma cuidadosamente formado es como el respaldo, el soporte que un pueblo tiene; aunque parezca que la esencia de los hombres es exclusivamente la física, la subsistencia, también hay esta razón poderosa del conocimiento de su tradición".
   El timbre de la puerta despierta la casa. Y un poco más con las pisadas de Zúñiga que apenas crujen sobre el suelo de madera mientras va a abrir la puerta al fotógrafo. Avanza lento y seguro por el pasillo. En unos doce minutos, una vez acabe la sesión de fotos, empezará a recordar parte de su despertar como lector y autor, de su admiración por los rusos y del cuento en España y de los homenajes que rinde en este libro.
   "Siempre me atrajo la literatura rusa y entre sus muchos valores admiro la identificación de sus autores con la naturaleza de su país y su compromiso ético. Los escritores que más me han influido son: Iván Bunin, Turguénev, Chéjov, Paustovski y, en especial, el poeta Blok, al que debo mi descubrimiento de la ciudad como objeto literario. Con ellos he vivido, además de esa educación ética, un despertar de sensibilidad, una iluminación de aspectos de la vida corriente que para mí estaban en sombra.
   En mi nuevo libro rindo homenaje a varios personajes reales como a Kafka y al poeta portugués Sá Carneiro. Estos dos me han interesado por ser figuras desarraigadas que ocultan algo y temen ser descubiertas, como sucede con otros tipos de la España antigua que protagonizan algunos relatos.
   Es el caso de Interminable noche de miedos, que he situado en el siglo XVI. Es una familia que teme, oye una voz que canta por las noches y en la mañana encuentran a una mujer muerta en la puerta de la casa con un símbolo musulmán en la mano. Es una mujer morisca que recuerda el problema tan grave que tuvimos aquí con ellos. He querido tocar ese capítulo de nuestra historia, la expulsión de los judíos y luego de los moriscos. A ella me gustó ponerla como una mujer morisca que cantaba pidiendo que se le abriera la puerta, pero sin atreverse a eso, porque era perseguida. Los de la propia casa son moriscos, pero son cristianos de puertas para afuera. Es la impostura por sobrevivir. Es una reivindicación frente a intolerancias que se siguen viviendo.
   Tengo una visión muy optimista sobre el cuento en España, porque se está valorando más y se le reconocen todas sus posibilidades. Incluso ya se oyen opiniones de que el cuento al lector le satisface más que una gran novela. Es una réplica de su discontinuidad de acontecimientos en la vida, de la brevedad de los periodos diarios de una persona. No está como en otras épocas las 24 horas del día, o la mayoría de él, con un mismo ritmo, sino que los seres humanos estamos obligados a muchas rupturas. Somos más activos, pasamos de un tema a otro y esto se reproduce bien en el cuento. La puerta de un relato viene de su desarrollo y termina como muchas de las peripecias diarias, sin nada preciso, quedan abiertas. Aunque el cuento refleja la diversidad de nuestra actividad diaria, se dice esto en el momento en que se están publicando libros de 700 páginas, pero que tiene una explicación: el lector participa de la vida de los personajes, se hunde en otra vida y sigue la secuencia de una existencia ajena con un encanto superior al de su vida cotidiana".
   El fotógrafo abre una de las puertas-ventana y pide a Zúñiga que se ponga delante. El ruido de la ciudad y el frío amenazador irrumpen en la casa. A su espalda quedan las copas de los árboles del parque del Retiro con todos los verdes que descubre el otoño y el horizonte azulado que deja la bruma de Madrid. La misma ciudad que empezó a retratar hace 30 años en toda su condición humana a través de sus inolvidables historias de la Guerra Civil y la posguerra, con Largo noviembre de Madrid, luego La tierra será un paraíso y, en 2003, Capital de la gloria (Premio Nacional de la Crítica). Ahora, el conflicto español ha quedado atrás. En su nuevo libro son diferentes los escenarios y épocas donde se habla de personas que se rebelan contra su propio destino y buscan encontrarse a sí mismas en pos de su felicidad real. De esos destinos y del auge de la literatura sobre la Guerra Civil reflexionará en unos cinco minutos cuando deje de posar para el fotógrafo.
   "Nunca será excesivo que se escriban novelas y relatos que desde la complejidad literaria penetren en un periodo tan trágico de nuestra historia, y no solo la etapa de la guerra sino también la posguerra debe ser materia narrativa.
   En cambio, en esta antología he querido incluir relatos que bajo su apariencia realista se encuentre el fluir de las conciencias, lejos de la voz de la historia. Dividí el libro en varios espacios narrativos que me permiten mantener las distintas atmósferas. Son relatos que transcurren en un ambiente simbólico, de espacios cerrados, donde está presente el poder, la avaricia, el miedo, pero donde también se materializa el deseo de libertad.
   Trato de vidas impostadas, fracasadas, y algunas terminan de manera trágica, pero igualmente de rebeldes sin ataduras que luchan por avanzar en un camino de salvación. Acaso no de una manera muy consciente porque sus instintos de salvación se suscitan en zonas muy profundas y es una pulsión que busca una forma de vida que les pueda dar la felicidad. Parece como si la época no hubiera modificado estas situaciones de la personalidad. Es como si no influyera la situación o el momento histórico, porque siempre el ser humano tiende a poner en marcha esa brizna de energía que llamamos vida que es la que nos salva y hace que sigamos viviendo, en una marcha progresiva.
   Un relato sugiere al lector incluso ideas que para el autor son nuevas. Como si se sorprendiera de que su lector descubre aspectos que él no ha puesto, o que lo ha hecho de manera no consciente, sino desde un sustrato muy hondo del individuo. Esa es la parte más admirable de la creación literaria. Hay personas que han sido profundamente influidas por la lectura y si le consultaran al autor se quedaría sorprendido del efecto diabólico que ha tenido sobre él. Para mí sería una satisfacción que este libro consiguiera inquietar al lector.
   A mis cuentos, casi instintivamente, les dejo algunos aspectos para que el lector opine. No le cierro la interpretación racional del relato, sino que queda un poco abierto, para que el lector camine luego por el terreno del cuento, lo lleve consigo... Esto hace que le dé un ligero tono simbólico, como si la explicación racional no quedara explicada, sino que algo queda flotando.
   Por todo eso, el título del libro, Brillan monedas oxidadas, alude al paso del tiempo que erosiona la memoria pero esta con su fulgor siempre perdura".
   La puerta-ventana se cierra y el escritor acompaña al fotógrafo hasta la puerta con sus pisadas de tímido chirrido que van, crak, crak... y que después van hasta el comedor. Juan Eduardo Zúñiga se sienta en la cabecera de la mesa, su esposa le trae un café con leche, y, emboscado por ese aroma penetrante y vivificador, empieza a decir todo lo que acaba de contar.

lunes, 17 de enero de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Brillan monedas oxidadas", de Juan Eduardo Zúñiga. Por José-Carlos Mainer

Juan Eduardo Zúñiga

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Señales del destino

JOSÉ-CARLOS MAINER 25/12/2010

   Juan Eduardo Zúñiga ha sido un escritor al margen en una literatura donde abunda mucho más la previsibilidad. No ha tenido un reconocimiento temprano y ha sido muy parsimonioso en su producción, es un escritor muy culto pero de formación extraacadémica, ha permanecido ajeno a los medios de sociabilidad literaria y tiene pocos exégetas, es un redomado cosmopolita (como revelan sus traducciones o su conocimiento de las letras eslavas y portuguesas) pero sin necesidad de moverse mucho de casa. El relato breve -la modalidad narrativa que conjuga la intensidad y la suspensión- ha sido su molde predilecto pero, hasta hace poco, ha sido un género que, siendo mucho más cultivado de lo que parecía, ha tardado en hallar la repercusión que se le debe. En lo que a Zúñiga concierne, las cosas cambiaron algo cuando en 1980 aparecieron los relatos de Largo noviembre de Madrid y, luego, La tierra será un paraíso (1989) y Capital de la gloria (2003), una trilogía que figura entre lo mejor que la Guerra Civil ha suscitado. Conviene que el lector recuerde, sin embargo, que bastantes años antes, nuestro escritor se había dado a conocer con una novela de corte simbólico e intención parabólica (trata también sobre una guerra y sus vencidos), que fue El coral y las aguas, y que una tendencia afín -la ambientación infrecuente y algo borrosa y la intención metafórica- unió los cuentos de Misterios de las noches y los días, mientras que otros de género más propiamente histórico ocupaban las páginas de Flores de plomo, escritos a la sombra de la memoria de Larra, el suicida. Algo de esas dos tendencias -la simbólica y la histórica- comparece ahora en Brillan monedas oxidadas. El título general, como el de cada una de sus tres partes, es -según acostumbra el autor- poético y enigmático, como el eco de un canto lejano y solemne. Porque las epónimas monedas oxidadas no brillan o lo hacen de un modo secreto... e inquietante, igual que sucede cuando leemos que 'La fuerza de un vendaval agitaba las cortinas como un gran pájaro', o como sentimos que 'Se olviden tantas historias de orgullosa pasión y rebeldías', o como nos resulta doloroso comprobar que 'Sus vidas eran demasiado iguales'. Son estos los títulos de cada una de las partes de Brillan monedas oxidadas, todas bajo el signo común de una intención unificadora. En la primera parte, se establece un friso de convencionalismo y rutina colectivos en el que brilla, solitaria y frágil, la excepción individual. En la segunda, toda ella de ambientación histórica lejana (siglos XVI al XVIII), se nos habla de rebeldes que llegan a serlo trabajosamente, rompiendo con el miedo (o incluso sin llegar a hacerlo del todo) o enfrentando un destino cruel. La tercera (histórica también pero más cercana a nosotros) está presidida por el extrañamiento trágico y la muerte.
   Esta división temática no es tajante. El último relato de la segunda parte, 'Interminable noche de los miedos', y el primero de la tercera, 'No llegará el sobrino de Praga', ambos entre los más hermosos de una colección donde es difícil elegir, comparten el mismo planteamiento: en el siglo XVI, quizá, y en una ciudad castellana, una familia amedrentada (iremos sabiendo que son moriscos conversos) comparte el miedo y la conciencia de culpabilidad ante la llamada y la voz misteriosas de una mujer, que un día aparece asesinada a la puerta de su casa, muda acusación y presagio del horror futuro que les espera a todos; en 'No llegará el sobrino de Praga', Alfred Loewy, un judío prósperamente establecido en el Madrid de los años veinte, espera desazonado la visita anunciada de un sobrino de Praga, que se llama Franz Kafka, y que descubrirá sin duda que su tío ha abandonado la religión de sus mayores, como Alfred le cuenta a su amigo (otro personaje real: Ignacio Bauer, el representante de la Banca Rothschild en España y famoso editor). Pero, en el último momento, la noticia de la muerte del joven visitante, víctima de la tisis, acaba con sus temores aunque no con sus remordimientos.
   En 'El molino de Santa Bárbara', Manuel Guzmán, un caballero madrileño del siglo XVIII que abandona su vida para irse con una tribu de gitanos, en pos de una mujer, sabe que "todo vivir obedece a una orden que nadie da pero es preciso obedecer". Tal es la ley que gobierna todos estos cuentos de Juan Eduardo Zúñiga. Unas veces, la ley impulsa a la rebeldía, incluso cuando se ha alcanzado la sima de la renuncia resignada (como le sucede a 'El campanero de San Sebastián', que vuelve a los caminos tras su encierro en la torre de la iglesia a la que sirve), o simplemente, cuando se ha agotado un ciclo de domesticidad aparentemente afable y aceptado (como en 'El ramo de lilas', donde un marinero retorna al mar y cede su puesto, y a su esposa, al primer marido de ella, que ha regresado), o cuando una idea peregrina ilumina un destino vulgar (la repartidora de pizzas que protagoniza 'Has de cruzar la ciudad' se convierte en una Lady Godiva en motocicleta). Otras veces, la ley no escrita llama despiadadamente al castigo y la destrucción: sucede en 'La mujer del chalán', que es un prodigio de estrategia indirecta de narración a través de un testigo, o en 'El bastón de Lula Luzán', historia de una venganza cruel en el Madrid castizo y prostibulario de los años veinte, o en 'París, última decisión', que narra el suicidio del poeta portugués Mário de Sá-Carneiro, amigo de Fernando Pessoa y su compañero en la redacción de la revista Orféu, en 1915.
   También la perplejidad habita estos cuentos, cuando el autor prefiere dejar planear la fatalidad y no descargarla tan explícitamente sobre sus personajes: en 'La gran mancha verde', otra de las joyas de la colección, un maestro afronta que un niño abandone los estudios para ir a trabajar, como su padre quiere y seguramente necesita; en 'El festín y la lluvia', tan parecido al teatro del absurdo, uno de los huéspedes (a los que el temporal obliga a permanecer en el hotel) nos cuenta la historia de una boda que a nadie interesa y una muchacha quiere ser abrazada por alguien, lo que tampoco conmociona a ninguno de los asistentes. Ambos relatos están en la primera parte donde se plantea que la sumisión sea un asidero tranquilizador frente a la elección personal. Pero, a veces, no resulta tan claro: ¿qué significa -en 'Agonía bajo el manto de oro'- esa procesión de regalos espléndidos que unos visitantes llevan a una mujer agonizante, que no los desea y se remueve inquieta a su vista? Su vecino de habitación percibe todo tras una rendija en la pared y no sabemos si asistimos a una visión o un hecho cierto. Lo que sí sucede es que el testigo duerme plácidamente cuando la escena concluye. ¿Ha aceptado también la ley interior de estos cuentos? El lector de Zúñiga, en todo caso, no saldrá indemne de esta incursión por entre los enigmas del destino.

Brillan monedas oxidadas
Juan Eduardo Zúñiga
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010
146 páginas. 16,90 euros

domingo, 9 de enero de 2011

PRENSA (1). 9 enero 2011

   En "El País":

1. Ver la luz. Columna de Manuel Vicent.

2. Humo. Por Carlos Boyero.

3. "Pasaré a la historia por 'Shoa'". Entrevista a Claude Lanzmann, cineasta y escritor. Por Jesús Ruiz Mantilla. El autor del mayor testimonio sobre la matanza de judíos, publica 'La liebre de la Patagonia', sus jugosas memorias, donde habla de guerra, política, viajes y de su aventura con Simone de Beauvoir.

4. El lenguaje de la basura. Reportaje de Juan Cruz. El insulto se ha instalado en la conversación española y convertido en espectáculo - La degradación del trato es la consecuencia de un vocabulario cada vez más desconsiderado con los otros.

5. El camino perdido. Artículo de Gustavo Martín Garzo sobre la literatura de Juan Eduardo Zúñiga.

6. Modelos imitables. Artículo del escritor Ángel Rupérez sobre los medios de comunicación.

7. ¡Ah! ¡Otra vez Europa! Artículo del Nobel de Literatura Orhan Pamuk. El sueño de formar parte de Occidente se está desvaneciendo para Turquía. Es una nación dinámica con una sociedad civil fuerte y que observa cómo la UE está cada vez más confundida sobre sus problemas internos.

miércoles, 14 de julio de 2010

ENSAYO. LECTURA. "Desde los bosques nevados. Memoria de los escritores rusos" (fragmento), de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929)

Juan Eduardo Zúñiga
El doble Dostoyevski

El joven escritor Fiódor Dostoyevski va a ser fusilado en la plaza Semiónovski de San Petersburgo. Está de pie cerca del patíbulo, vestido con un blusón blanco de burda tela y espera la imprevisible sensación de la muerte. Sus ojos se han clavado en el reflejo lejano de la cúpula de una iglesia y en esfuerzo inconsciente para eludir la angustia que le trastorna, su conciencia, por unos momentos, queda paralizada y vacía.
El sol de invierno resplandece sobre los soldados, los funcionarios y la multitud allí reunida para presenciar el castigo impuesto a unos liberales; tres de ellos ya están atados a los postes con la cabeza cubierta.
Fiódor Dostoyevski murmura: "Si fuera posible no morir. Si fuera posible recuperar la vida...". Tiene veintiocho años y apenas conoce el torrente de iniquidades, de gozos y dolores que constituyen la existencia humana, pero está allí, a punto de ser ajusticiado, junto a veinticinco más cuyo delito fue conspirar contra el Estado. En verdad, él solamente se reunía con unos jóvenes en la casa de un tal Petrashevski para hablar de democracia y libertades. Tras ocho meses de detención en la sombría fortaleza Pedro y Pablo han sido conducidos a aquella plaza, lugar habitual de ejercicios militares, les han hecho arrodillarse, les han roto sobre la cabeza una espada, en señal de degradación, y les han leído la sentencia.
Mientras esperan el fusilamiento, Dostoyevski se despide de los dos amigos que están a sus lados; se han preguntado qué habrá en un carro cubierto con una lona que ven cerca y comprenden que son los ataúdes destinados a sus cuerpos. Estos minutos, que miles de hombres vivieron pero no sobrevivieron, devastan la conciencia más serena, son uno de esos "momentos estelares de la humanidad" que forjan la atribulada historia de los hombres como lo consideró Stefan Zweig: "este momento hace envejecer, tiene la duración de un siglo".
En la plaza Semiónovski todo está preparado y, el oficial que manda la patrulla ante el patíbulo grita "¡Apunten!" y los tambores redoblan pero no se oye la descarga. Hay un instante de extrañeza y uno de los atados a los postes levanta su capuchón para ver qué ocurre. En un coche llega un mensajero que trae el perdón del zar conmutando el fusilamiento por trabajos forzados en Siberia. Uno de los acusados no puede resistir la emoción y enloquece. Los demás comprenden que todo ha sido una cruel comedia, una ejecución fingida para así castigarles duramente destruyendo sus nervios. Unas horas más tarde, Dostoyevski, en su celda de nuevo, escribe a su hermano Mijaíl una de las cartas más emocionantes que haya escrito un mortal: pocas culturas contarán con algo parecido a sus páginas en las que se sigue la marcha enfebrecida de un ser que acaba de regresar a la existencia: "Hoy, durante tres cuartos de hora he vivido con la idea de que eran mis últimos momentos y ahora ¡aún estoy vivo!". Sobrevive, y tras la terrible prueba se siente arrebatado por la jubilosa conciencia de vivir: "Hermano, no estoy triste ni desesperado. La vida es vida en todas partes, la vida está en nosotros, no fuera de nosotros". Acaba de sentir el roce de la muerte pero ésta se ha retirado dejando tras de sí un vacío que él deberá llenar con todo a lo que hace unas horas había renunciado. Regresa así a la vida, descubre como nueva la sinfonía que la constituye y se esfuerza en definirla como una mayor vinculación a la condición humana: "Junto a mí habrá seres humanos y ser hombre entre estos seres y seguir siéndolo siempre, a pesar de cualquier desgracia que ocurra, no decaer, no hundirse, he aquí lo que es la vida, he aquí su objetivo".
En la carta aparece su irrenunciable vocación de escritor aunque teme las dificultades que encontrará: "¿Será posible que no vuelva a coger la pluma? Creo que dentro de cuatro años tendré posibilidad de hacerlo. Te enviaré todo lo que escriba, si escribo. Dios mío, cuántas imágenes creadas por mí se extinguirán en mi cabeza, perecerán o, como un veneno, se mezclarán con mi sangre. Sí, pereceré si no puedo escribir. Más vale quince años de reclusión pero con la pluma en la mano".

Aquí, más información sobre la presentación del libro.

domingo, 20 de junio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Juan Eduardo Zúñiga reúne sus ensayos sobre los escritores rusos

Juan Eduardo Zúñiga
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Contra la sombra del olvido


VÍCTOR ANDRESCO 19/06/2010

Juan Eduardo Zúñiga reúne en un volumen sus ensayos sobre literatura rusa, a partir de Pushkin y Turguénev, y defiende una cultura basada en la ética y en la dignidad humana. El autor analiza el uso de la memoria, la sentimentalidad o la adaptación al medio natural, y desnuda lugares comunes como la tristeza, la violencia o el aislamiento

Más allá de la justicia poética -reunir sus apasionados ensayos rusos ayuda también a comprender la singularidad del conjunto de su narrativa- y de su necesaria sistematización, la aparición en un solo volumen de los estudios sobre literatura rusa de Juan Eduardo Zúñiga es importante por cuanto permite valorar mejor su defensa de una cultura basada en la ética y en la dignidad humana. Son Alexandr Pushkin e Iván Turguénev los principales ejes de este recorrido por la cultura rusa, pero también figuran -siempre desde puntos de vista diferentes y privados de cualquier artificio académico- todos los nombres esenciales de las letras rusas modernas: Andréiev, Lérmontov, Dostoievski, Gógol, Chéjov y, entrado ya el siglo XX, los principales vanguardistas que convirtieron a Brodski en el Pushkin contemporáneo destinado a renovar la lengua y el imaginario literario de su país.
Tanto El anillo de Pushkin como Los imposibles afectos de Iván Turguéniev han sido, en las tres últimas décadas, hitos en la reivindicación de un modo de estudiar la alteridad -lingüística, cultural, literaria- desde terrenos próximos a un comparatismo no convencional. Con la suma de ensayos sueltos e inéditos (Hijos del sol, sobre el tejido urbano y literario de San Petersburgo, es una obra maestra de la reflexión creadora y donde el espíritu de Mandelstam revive con inédita fuerza), este Desde los bosques nevados se convierte en un libro de claves sobre la lírica y su proyección en la identidad colectiva de los rusos hasta la actualidad. Zúñiga analiza el uso de la memoria -solo por conocer las peripecias editoriales, dentro y fuera del sistema, de los grandes textos rusos ya valdría la pena este libro-, la sentimentalidad o la adaptación al medio natural al tiempo que desnuda lugares comunes como la tristeza, la violencia o el aislamiento; los proverbiales factores del alma rusa -desde la proyección anímica del paisaje hasta la resignación ante la fatalidad de la historia- recuperan en estas lecturas su sentido más primigenio y, sin juicios ni acrobacias, nos hallamos ante una reinterpretación, cabal y entusiasta, de lo que pudo ser la gran nación eurasiática. Como cuenta sobre la sangre de sus poseedores en el anillo de Yelizaveta Vorontsova, "en su dura materia había entrado la centenaria experiencia rusa de sufrimiento, pasiones y grandeza".
El humilde subtítulo del volumen, Memoria de escritores rusos, podría inducir a pensar que se trata de una simple antología de ensayos sobre los narradores y poetas en la lengua de Tolstói. Sin dejar de serlo, el libro se estructura como un preciso artefacto para la comprensión de los mitos culturales que han condenado al mundo eslavo a un crónico desencuentro con el resto del planeta. Es aquí donde se le planta cara a la sombra del olvido. Y es entonces cuando la reinterpretación que hace Juan Eduardo Zúñiga de personajes como "el gigante de cabeza plateada" (Iván Turguénev), llamado el americano por sus ideas occidentalizantes, revela el poderoso argumento de la universalidad de la cultura. Diferentes fueron el XVIII y el XIX rusos y la España de Larra o Galdós, y quedan bien claras las particularidades del romanticismo o las vanguardias de ambos países, pero subyace también un formidable subtexto sociológico que reclama la cultura como herramienta de progreso y Zúñiga no es ajeno a esa apuesta (son especialmente reveladoras las alusiones al modo en que se adentró en el mundo de los clásicos rusos en plena infancia, entre el azar de un fascículo con Nido de hidalgos y la necesidad de abrir el horizonte madrileño ensombrecido por el guerracivilismo). Hijo de la cultura republicana ilustrada y víctima precisa de la intolerancia que arrasó el espíritu librepensador de los años treinta, Zúñiga ha cifrado en su narrativa general un mundo de perdedores de la historia cuya única tabla de salvación serían la imaginación y los espectros del amor y la palabra. Sereno y ecuánime, el autor de Largo noviembre de Madrid y La tierra será un paraíso no entra a valorar la mítica identidad entre rusos y españoles, pero de una manera muy sutil deja en el lector la semilla de esa dualidad y la estimulante sensación de que hay que leer de nuevo el resto de su obra cuentística.

Desde los bosques nevados. Memoria de escritores rusos
Juan Eduardo Zúñiga
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2010
360 páginas. 24 euros

Primeras páginas del libro.

domingo, 6 de junio de 2010

PRENSA CULTURAL. Juan Eduardo Zúñiga sobre la literatura rusa y la educación (fragmento)

Juan Eduardo Zúñiga, en su casa madrileña.- SAMUEL SÁNCHEZ ("El País")


En "El País" (5 junio 2010):

"Es que en Rusia recitan la poesía de Pushkin en las calles, los clásicos se aprenden de memoria en las escuelas, y aquí les hemos enseñado a los chicos que no importa la poesía, que eso no es importante para su educación".

sábado, 5 de junio de 2010

PRENSA. 5 junio 2010

En "El País":

1. Terrorista. Columna de Carlos Boyero sobre Henning Mankell.

2. "En los grandes autores rusos no hay espacio para bromas". Entrevista a Juan Eduardo Zúñiga, por Juan Cruz.

3. Así no se logra un Nobel. Reportaje de Alicia Rivera. España se define como la novena potencia científica, pero su avance cuantitativo no se ha traducido en influencia - La asignatura pendiente es impulsar la excelencia.

4. África, África, África. Columna de Vicente Verdú.

5. Te querré siempre. Artículo de Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona METRÓPOLIS.

6. Una valla con 500.000 agujeros. Por Guillermo Altares (enviado especial). La policía de Arizona, los obstáculos físicos y la vigilancia electrónica no logran frenar el tráfico de personas.

viernes, 1 de enero de 2010

LECTURA. MINICUENTO. "La prisionera", de Juan Eduardo Zúñiga


Juan Eduardo Zúñiga. Fotografía de Gorka Lejarcegi

La prisionera
Estoy en el jardín de un antiguo palacio que no sé de quién fue ni cuál es hoy su dueño. La tarde es húmeda, y otoñal el ocaso; en el blando suelo las hojas mueren adheridas al barro. No hace viento, no oigo ningún ruido entre los árboles que forman paseos en los que mudas estatuas, sobre pedestales de hiedra, alzan su desnudez.
Quisiera recorrer este extraño jardín, pero estoy quieto. Nadie lo visita, nadie hace crujir el puentecillo de madera sobre el constante arroyo. Nadie se apoya en las balaustradas del parterre ante la fila de bustos que la intemperie enmascaró con manchas verdinegras.
Estoy ante la gran fachada cubierta de ventanas que termina en altas chimeneas sobre el oscuro alero del tejado. Todo en ella muestra haber sufrido los ataques del tiempo pero estos rigores no dañaron a la única ventana que yo miro. Cada día, tras los cristales, aparece ella, su delicada silueta, y aparta la cortina de tul y largamente pasea su mirada por los senderos que se alejan hacia el río. Vestida de color violeta, siempre seria, eternamente bella, conserva su rostro juvenil, su gesto de candor, atenta a la llegada de alguien que ella espera. Inmóvil, tras el cristal, no habla, no muestra si acepta mi presencia, acaso no me ve. Resignada se dobla mi cabeza sobre el hombro mordido por las lluvias; desearía que sus dedos me rozasen antes de que su mano se haga transparencia. Desfallece mi cabeza enamorada; tras mis ojos vacíos atesoré palabras y palabras de amor dedicadas a ella. Acaso un día logren mover mis labios de durísima piedra.

jueves, 4 de junio de 2009

PRENSA. 4 junio 2009

En "El País":

1. El azar. Columna de Maruja Torres. Así comienza: Hay momentos en que se apaga la luz y es de noche en el alma.

2. "He escrito para salvarme del frío de la guerra". Entrevista al narrador y ensayista Juan Eduardo Zúñiga.

3. La impunidad del Cielo. Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, escribe sobre el país asiático y los derechos humanos.