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lunes, 15 de febrero de 2016

LITERATURA. "La selva gótica: los inicios fantásticos de la literatura hispanoamericana"

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La selva gótica: los inicios fantásticos de la literatura hispanoamericana

Publicado por Lugones practicando esgrima. Foto: DP.Leopoldo Lugones practicando esgrima. Foto: DP
La literatura latinoamericana da varias vueltas a la española en cuanto a formación, variedad y falta de prejuicios. Sobre todo en el fantástico y la ciencia ficción, que no se encuentran en una pequeña casilla de «raros» y escritores al margen, sino que están mezclados en su tradición, fecunda en deseo de trascender los límites. Casi todos, los más grandes autores y autoras, han abordado estos temas en sus obras, sin por ello ser descalificados o tachados de inconscientes.
Un ejemplo. La figura de Edgar Allan Poe tuvo una repercusión moderada en España, dado el tono realista y el lastre católico del arte nacional. Salvo el rastro en las figuras de la bohemia, su presencia se limitó a las obras de su primera divulgadora, Fernán Caballero, los escritos de la nunca suficientemente reconocida Emilia Pardo Bazán, y determinados relatos en Pedro Antonio de Alarcón y Pío Baroja. La poesía de Poe llegaría más tarde (vía Rubén Darío, otro gran escritor de cuentos fantásticos), y se puede encontrar en la obra de alguien, en apariencia, muy distinto: el Antonio Machado de Soledades y Campos de Castilla.
En Latinoamérica, sin embargo, su influencia fue enorme. Ayudó el sentimiento anticolonialista que compartió el propio Poe y sus deslumbrantes descubrimientos en las técnicas del relato breve y la poesía. Los escritores del Modernismo latinoamericano dieron forma a un corpus de anticipación científica, terror, cuentos de amor y muerte inspirados en el folletín francés, descripciones fantasmagóricas de los espacios urbanos y la naturaleza… Antes del llamado «realismo mágico», la magia se reveló en obras de autores que se interesaron tanto por los movimientos ocultistas como por los nuevos descubrimientos de la ciencia. Como Poe y el Círculo de Lovecraft, introdujeron elementos de la religión y las culturas antiguas, inventaron cosmogonías… Y por supuesto, tuvieron unas vidas acordes con el espíritu decadente y apasionado de aquel tiempo. Estos son unos ejemplos.
Leopoldo Lugones, hermetismo y «La hora de la espada»
Jorge Luis Borges mantuvo con Lugones una de sus peculiares relaciones en lo personal y lo artístico. De joven lo desdeñó y ridiculizó por considerarlo pedante y demasiado regionalista. Cuando Lugones se suicidó en 1938, todo fueron parabienes: tuvo que reconocer su más que evidente influencia, y en «El Aleph», el fantasma del poeta, director hasta su muerte de la Biblioteca Nacional de Maestros, se aparece en el juego de identidades y espejos de la biblioteca infernal.
Don Leopoldo (1874, Córdoba, Argentina – 1938, Buenos Aires) lo escribió todo: prensa, política, teatro, novela, ensayo… su poesía «verbal» era fuente de imágenes extravagantes, escrita para ser recitada en voz alta, trabajada en cada verso, ritmo y acento. Culminó en Lunario Sentimental (1909), una sorprendente y humorística vuelta de tuerca a los lugares comunes de la poesía (que marcó a Valle Inclán). Sus relatos demuestran su enorme erudición y un estilo preciosista paralelo al de Marcel Schwob. Lo mismo describía con todo detalle una historia en la caída del Imperio romano, desarrollaba una sesión de espiritismo donde los participantes conectaban con un ser inconcebible, o imaginaba una sombría ficción con los conceptos de la teoría de la relatividad. Sus incursiones en el fantástico a la sombra de Poe y Maupassant dieron resultados espectaculares, sobre todo en los relatos de Las fuerzas extrañas (1906) y Cuentos fatales (1926). Incluso se atrevió con la ciencia, en el ensayo de divulgación El tamaño del espacio, una conferencia de 1921 en la Facultad de Ciencias Exactas y Física de Buenos Aires, que el propio Einstein afirmó conocer en su visita a la Argentina.
Leopoldo Lugones. Foto: DP.
Leopoldo Lugones. Foto: DP.
Fue adepto de la teosofía y masonería, cuyos elementos inspiran sus cuentos y novelas. En su juventud pasó por el anarquismo y el socialismo, y después viró hacia una postura nacionalista totalitaria que le llevó a defender los principios fascistas y el golpe de Estado militar de 1930. Estos vaivenes ideológicos, más la pérdida del apoyo de la comunidad literaria, lo llevarían al suicidio, una socrática elección de cianuro bebido con whisky. Aunque se baraja otra teoría más decadente, que Lugones se matara por el amor de una alumna suya, lo que su familia condenaba. Condenar es un verbo suave: el hijo mayor de Leopoldo, Polo, futuro comisario político de la dictadura de Uriburu, amenazó a la muchacha con internar a su padre en un nosocomio si no abandonaba la relación. Para redondear la historia de maldiciones, la hija de Polo Lugones, Susana, moriría a causa de las torturas de los militares argentinos en 1979, posiblemente tras padecer los efectos de la picana eléctrica, que introdujo su padre como herramienta de interrogatorio.
Horacio Quiroga, la selva suicida
Horacio Quiroga con su primera mujer, Ana Maria Cires. Foto: DP.
Horacio Quiroga con su primera mujer, Ana Maria Cires. Foto: DP.


La vida del uruguayo Quiroga se cruzó con la de Lugones en Buenos Aires hacia 1903. Horacio se había trasladado al país vecino huyendo de sus desgracias personales, como el protagonista de un terrible cuento gótico. Nacido en 1878 en Salto, su vida estuvo marcada por la fatalidad: su padre murió siendo él muy pequeño y su madre, que lo cuidó y sobreprotegió, se casó de nuevo, pero el padrastro, deprimido y obligado a vivir en una silla de ruedas, se suicidio delante de Horacio. Cuando murió su madre viajó a París para hacerse un nombre, pero allí, aparte de conocer a Rubén Darío y otros artistas, no hizo otra cosa sino gastarse la herencia. Uno de sus mejores amigos, el poeta Federico Ferrando, murió por accidente cuando Horacio le enseñaba a manejar la pistola (había sido retado en duelo). Entonces decidió abandonar Montevideo. Lugones y él se hicieron compañeros y emprendieron un gran viaje: se internaron en la selva para hacer un reportaje sobre las antiguas misiones jesuíticas del Chaco, una zona salvaje entre Argentina, Brasil y Paraguay. Quiroga, que fue en calidad de fotógrafo, quedó abrumado con las visiones del paisaje y decidió que volvería para establecerse. Primero plantó algodón en una hacienda, pero no tuvo ningún éxito. En 1906 remontó el río Paraná, esta vez recién casado con una de sus alumnas, la adolescente Ana María Cires y la oposición de la suegra, que también los acompañaba. Quiroga tuvo dos hijos, escribió y trabajó frenéticamente en aquel corazón de las tinieblas. Pero su mujer no pudo aguantar la presión y se suicidó. Los hijos de Quiroga se fueron con la suegra y Horacio volvió a Buenos Aires. En 1918 era uno de los escritores más respetados de Argentina, pero el autor estaba completamente hundido. Volvió a Misiones, convencido de que lo haría con otra jovencita a la que pretendía, pero los padres la pusieron a buen recaudo. A mediados de los años veinte volvió a la capital y allí conoció a su último amor. Sí, tenía diecinueve años y era compañera de clase de su hija. La familia de la chica, atraída por la fama del autor, dio el visto bueno a la boda, no así los hijos de Quiroga. De nuevo la pareja se internó en la selva, pero este fue el último viaje: la joven esposa abandonó en pocos años a Horacio y el autor, en la miseria, volvió a Buenos Aires para suicidarse en 1937 con un cóctel de cianuro.
La extensa obra de Quiroga es un muestrario del romanticismo exaltado y las experiencias del escritor con la naturaleza y los amores imposibles. Como Lugones, escribió en casi todos los géneros, pero aquí solo hubo uno donde fue maestro indiscutible, el relato breve. Fue el primer autor latinoamericano que hizo protagonista a la selva indígena de su literatura (en una perspectiva deudora de Kipling, con humor y aventuras, misterios y mitos, en Cuentos de la selva o Anaconda). Cultivó un terror gótico a la manera de Poe, en un estilo menos recargado que el de Lugones, pero igual de rico en imágenes alucinadas e historias violentas, el imprescindible Cuentos de amor, de locura y de muerte). Tiene asimismo un grupo de novelas cortas, publicadas después de su muerte, que son muy recomendables: El devorador de hombres (Menoscuarto Ediciones, 2013).
No son los únicos. Quedan, entre otros, los escritos románticos y las andanzas políticas de Juana Manuela Gorritti, la ciencia ficción del doctor Eduardo Ladislao Holmberg y los cuentos fantásticos de Amado Nervo. Son los antecesores de la mejor literatura de Roberto ArltSilvina Ocampo o Pablo Palacio.


Horacio Quiroga y su casa en Misiones. Foto: DP.Horacio Quiroga y su casa en Misiones. Foto: DP.
Bibliografía recomendada:
Rubén Darío: Cuentos fantásticos. Alianza Ed. 2011.
VVAA: Antología del cuento fantástico hispanoamericano del S. XIX, Ed. Miraguano, 2003.
Leopoldo Lugones: Las fuerzas extrañas, Ed. Eneida, 2009.
Leopoldo Lugones: Cuentos Fantásticos, Ed. Castalia, 1988.
Horacio Quiroga: Cuentos de amor, de locura y de muerte, Ed. Fontana, 1995.

Horacio Quiroga: El devorador de hombres y otras novelas cortas, Menoscuarto Ediciones, 2012.

sábado, 25 de septiembre de 2010

POESÍA. "Paradisíaca", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

Paradisíaca

Cabe una rama en flor busqué tu arrimo.
La dorada serpiente de mis males
circuló por tus púdicos cendales
con la invasora suavidad de un mimo.

Sutil vapor alzábase del limo
sulfurando las tintas otoñales
del Poniente, y brillaba en los parrales
la transparencia ustoria del racimo.

Sintiendo que el azul nos impelía
algo de Dios, tu boca con la mía
se unieron en la tarde luminosa,

bajo el caduco sátiro de yeso.
y como de una cinta milagrosa
ascendí suspendido de tu beso.

viernes, 24 de septiembre de 2010

POESÍA. "Piano", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

Piano

Un poco de cielo y un poco de lago
donde pesca estrellas el glácil bambú,
y al fondo del parque, como íntimo halago,
la noche que mira como miras tú.

Florece en los lirios de tu poesía
la cándida luna que sale del mar,
y en flébil de azul melodía,
te infunde una vaga congoja de amar.

Los dulces suspiros que tu alma perfuman
te dan, como a ella, celeste ascensión,
la noche..., tus ojos..., un poco de Schuman...
y mis manos llenas de tu corazón.

jueves, 23 de septiembre de 2010

POESÍA. "Romance del perfecto amor", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

Romance del perfecto amor

Oye, Amada, la noche. Qué serena
la luna se levanta
sobre la mar y sobre tu hermosura.
La noche canta.

Oye, Amada, la fuente. En lo profundo
de la calma sonora,
con música más dulce que ese canto,
la fuente llora.

Oye, amada, el silencio. Qué reposo
de pasión, de congoja y de batalla.
Reina la perfección sobre los lirios.
La dicha calla.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

POESÍA. "Olas grises", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

Olas grises

Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
duerme el sueño pesado de la arena.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
que la muerte es así..., que así es la vida.

Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,
que no acabara nunca de llover.

martes, 21 de septiembre de 2010

POESÍA. "Historia de mi muerte", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

Historia de mi muerte

Soñé la muerte y era muy sencillo:
una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo
con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
era un día.
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte es muy sencilla.

Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por un solo cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría,
y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.

lunes, 20 de septiembre de 2010

POESÍA. "Alma venturosa", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

Alma venturosa

Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería.

Tu alma, sin comprenderlo, ya sabía...
Con tu rubor me iluminó al hablarte,
y al separarnos te pusiste aparte
del grupo, amedrentada todavía.

Fue silencio y temblor nuestra sorpresa;
mas ya la plenitud de la promesa
nos infundía un júbilo tan blando,

que nuestros labios suspiraron quedos...
Y tu alma estremecíase en tus dedos
como si se estuviera deshojando.

domingo, 19 de septiembre de 2010

POESÍA. "La palmera", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

LA PALMERA
Al llegar la hora esperada
en que de amarla me muera,
que dejen una palmera
sobre mi tumba plantada.

Así cuando todo calle,
en el olvido disuelto,
recobrará el tronco esbelto
la elegancia de su talle.

En la copa, que su alteza
doble con melancolía,
se abatirá la sombría
dulzura de su cabeza.

Entregará con ternura
la flor, al viento sonoro,
el mismo reguero de oro
que dejaba su hermosura.

Como un suspiro al pasar,
palpitando entre las hojas,
murmurará mis congojas
la brisa crepuscular.

Y mi recuerdo ha de ser,
en su angustia sin reposo,
el pájaro misterioso
que vuelve al anochecer.

CUENTO. "La estatua de sal", de Leopoldo Lugones (Argentina, 1874-1938)

Leopoldo Lugones

La estatua de sal
He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera historia del monje Sosistrato:
-Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de san Sabas, diga que no conoce la desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta se deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay más que una palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita, sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nómades que trasladan sus rebaños; un silencio colosal que parece bajar de las montañas cuya eminencia amuralla el horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena impalpable; cuando el viento es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora confúndense en una misma tristeza. Sólo aquellos que deben expiar grandes crímenes arrostran semejantes soledades. En el convento se puede oír misa y comulgar. Los monjes, que no son ya más que cinco, y todos por lo menos sexagenarios, ofrecen al peregrino una modesta colación de dátiles fritos, uvas, agua del río y algunas veces vino de palmera. Jamás salen del monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos médicos. Cuando muere alguno, lo sepultan en las cuevas que hay debajo a la orilla del río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules, amigas del convento; antes, hace ya muchos años, habitaron en ellas los primeros anacoretas, uno de los cuales fue el monje Sosistrato cuya historia he prometido contaros. Ayúdeme Nuestra Señora del Carmelo y vosotros escuchad con atención. Lo que vais a oír me lo refirió palabra por palabra el hermano Porfirio, que ahora está sepultado en una de las cuevas de san Sabas, donde acabó su santa vida a los ochenta años en la virtud y la penitencia. Dios lo haya acogido en su gracia. Amén.
Sosistrato era un monje armenio, que había resuelto pasar su vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de vida mundana, recién convertidos a la religión del crucificado. Pertenecía, pues, a la fuerte raza de los estilitas. Después de largo vagar por el desierto, encontraron un día las cavernas de que os he hablado y se instalaron en ellas. El agua del Jordán, los frutos de una pequeña hortaliza que cultivaban en común, bastaban para llenar sus necesidades. Pasaban los días orando y meditando. De aquellas grutas surgían columnas de plegarias, que contenían con su esfuerzo la vacilante bóveda de los cielos próxima a desplomarse sobre los pecados del mundo. El sacrificio de aquellos desterrados, que ofrecían diariamente la maceración de sus carnes y la pena de sus ayunos a la justa ira de Dios, para aplacarla, evitaron muchas pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los impíos que ríen con ligereza de las penitencias de los cenobitas. Y, sin embargo, los sacrificios y las oraciones de los justos son los clavos del techo del universo.
Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosistrato y sus compañeros habían alcanzado la santidad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el pie de los santos monjes. Éstos fueron acabando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó solo. Estaba muy viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado quince horas diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas traíanle cada tarde algunos granos y se los daban a comer con el pico. Nada más que de eso vivía; en cambio, olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año, el viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose en éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta el día de su ascensión a la bienaventuranza, continuaba soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había pasado por allí.
Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas, éstas, asustadas de pronto, echaron a volar, abandonándolo. Un peregrino acababa de llegar a la entrada de la caverna. Sosistrato, después de saludarlo con santas palabras, lo invitó a reposar, indicándole un cántaro de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviera anonadado de fatiga; y después de consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en compañía del monje.
Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesárea a orillas del Mar Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó a Sosistrato.
-He visto los cadáveres de las ciudades malditas, dijo una noche a su huésped; he mirado humear el mar como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto a la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he visto sudar al sol del mediodía.
-Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado De Sodoma, dijo en voz baja Sosistrato.
-Sí, conozco el pasaje, añadió el peregrino. Algo más definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he pensado que sería obra de caridad libertarla de su condena...
-Es la justicia de Dios, exclamó el solitario.
-¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los pecados del antiguo mundo? -replicó suavemente el viajero, que parecía docto en letras sagradas. ¿Acaso el bautismo no lava igualmente el pecado contra la Ley que el pecado contra el Evangelio?...
Después de estas palabras, ambos entregáronse al sueño. Fue aquélla la última noche que pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato; y no necesito deciros que, a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satanás en persona.
El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de sal, libertar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía, la razón argumentaba. En estas luchas transcurrieron meses, hasta que por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar el acto.
Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas cansadas apenas podían sostenerlo. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban alimentándolo como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella resolución afligíalo en extremo. Por fin, cuando sus pies iban a faltarle, las montañas se abrieron y el lago apareció.
Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco a poco desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas era todo lo que restaba ya: trozos de arco, hileras de adobes carcomidos por la sal y cimentados en betún... El monje reparó apenas en semejantes restos, que procuró evitar a fin de que sus pies no se manchasen a su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de advertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un recodo de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta de la estatua.
Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era larga y fina como un fantasma. El sol brillaba con límpida incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meridiana, parecían de plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas dormían en su característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espectros de las ciudades. Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la invasión de la piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca. El sol la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de años; y sin embargo, esa efigie estaba viva, puesto que sudaba. Semejante sueño resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se arrodilló a orar en la sombra de un bosquecillo.
Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sabed únicamente que, cuando el agua sacramental cayó sobre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y a los ojos del solitario apareció una mujer, vieja como la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo sintió el pavor de aquella aparición. Era el pueblo réprobo que se levantaba en ella. Esos ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el pelo de los camellos de Lot; ¡esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la espantosa mujer le habló con su voz antigua.
Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del incendio, una sensación tenebrosa despertada a la vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su visión reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades ardidas... todo aquello se desvanecía en una clara visión de muerte. Iba a morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el monje quien la había salvado!
Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma.
Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de Lot estaba allí! El sol descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer, ¡esa mujer le era conocida!
Entonces una ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose a la espectral resucitada:
-Mujer, respóndeme una sola palabra.
-Habla... pregunta...
-¿Responderás?
-¡Sí, habla; me has salvado!
Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.
-Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para mirar.
Una voz anudada de angustia, le respondió:
-Oh, no... ¡Por Elohim, no quieras saberlo!
-¡Dime qué viste!
-No... no... ¡Sería el abismo!
-Yo quiero el abismo.
-Es la muerte...
-¡Dime qué viste!
-¡No puedo... no quiero!
-Yo te he salvado.
-No... no...
El sol acababa de ponerse.
-¡Habla!
La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando.
-¡Por las cenizas de tus padres!...
-¡Habla!
Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por su alma.