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miércoles, 20 de marzo de 2013

PRENSA. Sobre las mujeres en el Gulag. Monika Zgustova

Monika Zgustova

   En "El País":

Castigo sin crimen

La mayoría de las mujeres que sobrevivieron en el Gulag eran inocentes

 17 MAR 2013

Este mes de marzo se cumplen 60 años de la muerte Stalin. Su agonía fue poco envidiable: su hija Svetlana describe en sus memorias que durante horas su padre se ahogaba en una ronquera porque no podía respirar. Ninguna pastilla, ninguna inyección le alivió en sus últimos momentos porque su médico personal, el único en el que confiaba, se encontraba encarcelado: en su paranoia, Stalin había ordenado, tiempo atrás, que lo detuvieran y no permitió que le tratara ningún otro doctor. De modo que, jadeando, roncando, con el rostro azulado, tras haberse incorporado en la cama y haber recorrido a todos los ministros presentes con una mirada llena de odio, Stalin falleció. “Tuvo la muerte que se merecía”, concluyó su hija.
Al igual que Franco, que semanas antes de su muerte aún firmó sentencias de muerte, también Stalin tuvo su canto del cisne. Cinco años antes de morir llevó a cabo una gran represión, la segunda tras la extensa purga que había tenido lugar 10 años antes. Millones de personas fueron detenidas en los años 1947-1948, en una época en la que, tras una guerra felizmente ganada, el país empezaba a respirar y parecía iniciar una nueva vida. Varios millones —las cifras difieren según las fuentes— de personas murieron en las cárceles y en los gulags, víctimas de esa última ola de represión ya en la posguerra.
Durante mis viajes a Rusia quise conocer a algunas víctimas del terror estalinista y tuve la oportunidad de conversar con ellas. Esos antiguos represaliados son hoy hombres y mujeres mayores de 80 años. Según me informaron en el Memorial de Moscú, una institución para la memoria histórica que subsiste con ayudas privadas y del extranjero, las mujeres padecieron las mismas condiciones infrahumanas que los hombres. ¿Cómo puede una mujer sobrevivir años en esos desiertos siberianos de viento y hielo y a 14 horas de trabajo duro día tras día? Esa era una de las preguntas que hacía a las supervivientes del gulag cuando las visitaba en sus modestos hogares en la periferia de Moscú.
Curiosamente, la mayoría de las mujeres que sobrevivieron a los campos de trabajos forzados eran aquellas a las que habían encarcelado injustamente. A ese grupo pertenecían las presas políticas: las que alguien había delatado, inventándose motivos políticos, el espionaje era la acusación más frecuente, para conseguir su piso o su puesto de trabajo; sin juicio alguno se las enviaba al gulag como mano de obra gratuita. Las delincuentes no soportaban a las presas políticas porque estas últimas eran inocentes y en la jerarquía del gulag pertenecían a la categoría más alta. Aunque maltratadas por las delincuentes, las mujeres que eran conscientes de su propia inocencia poseían una mayor fuerza interior para aguantar el infierno del campo.
Dibujar con un trozo de piedra, confeccionar adornos con las espinas del pescado que se encontraban en el rancho, hacer teatro en las obligatorias celebraciones de las fiestas comunistas: todo eso ayudaba a sobrevivir. Los libros estaban prohibidos, al igual que los instrumentos musicales. Las que aprendían el arte de mirar más allá de la suciedad del campo y de las alambradas descubrían el brillo de la nieve y el bajo sol rojo siberiano que se reflejaba en ella; esas presas tenían más capacidad de supervivencia que el resto, al igual que las que se aseaban y “planchaban” su único par de pantalones entre el colchón y el catre a la llegada al barracón tras la extenuante jornada laboral.
Para mi sorpresa muchas exprisioneras me contaron que si volvieran a vivir, querrían revivir un tiempo en el gulag: en la libertad nunca más conocieron una amistad tan indestructible, un amor tan apasionado. Las emociones fuertes, positivas y negativas, que experimentaron en el gulag convirtieron la vida fuera del campo en insípida. Una vez en libertad les costó adaptarse a las alegrías cotidianas: las tiendas elegantes y los restaurantes de moda les parecían algo superfluo y banal; por eso sus relaciones con los que no habían pasado por la misma experiencia eran dificultosas y muchas se casaron con antiguos presos.
¿Cuál era el castigo más duro de todos?, pregunté a las ancianas. ¿Podía haber algo más temible que pasar días y noches, hambrienta, en una helada celda de castigo sumida en la oscuridad? Sí. Hubo algo más refinadamente cruel. A Elena Markova, que este año cumple 88 años, la enviaron a Siberia a construir un muro con pesadas piedras: un día tenía que construir y al día siguiente le ordenaban que destruyera lo erigido; y así una y otra vez. En la inutilidad de un trabajo sobrehumano consistía la mayor tortura de todas las que las ancianas me contaron.
Los dioses de la antigüedad griega castigaron de modo parecido a Sísifo por haberse burlado de ellos. Los dictadores modernos se inspiran en los castigos de esos dioses pero difieren en lo sustancial: los dioses sólo castigaban a los culpables, mientras que los tiranos contemporáneos castigan a los inocentes.
Monika Zgustova es escritora. Acaba de publicar la novela La noche de Valia (Destino) que habla de las prisioneras del gulag.

miércoles, 18 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre "Un mundo aparte", libro sobre el gulag

   En "El País":

El gran testimonio del gulag que no se quería publicar

Editado en castellano ‘Un mundo aparte’, del periodista polaco Gustaw Herling-Grudzinski

Varios autores analizan por qué la izquierda europea ninguneó este tipo de relatos


Construcción de una línea de ferrocarril en la región ártica (1947). Es una de las fotos que tomaron presos, rescatadas por el periodista polaco Thomas Kizny para su libro 'Gulag'.
Casi un cuarto de siglo antes de que Alexandr Solzhenitsin descubriera al mundo el horror de los campos de trabajo de la Unión Soviética durante el estalinismo en Archipiélago Gulag (1973), un joven periodista y escritor polaco, Gustaw Herling-Grudzinski (1919-2000), adelantó lo que el sistema comunista había perpetrado contra millones de personas. Herling publicó en Inglaterra en 1951 Un mundo aparte, relato autobiográfico de los casi dos años que sobrevivió en el campo de Arjánguelsk, al norte de Rusia. El libro, editado por fin en castellano por Libros del Asteroide, detalla las largas jornadas de penosas tareas bajo un clima extremo, las violaciones a las mujeres, las heridas que se infligían presos para estar de baja y tener algo más de comida, el hambre atroz, el dolor por la extenuación y las kafkianas detenciones de un sistema dispuesto a lavar al cerebro al que aceptara que estaba equivocado. Un vía crucis que desgrana Herling con sencillez, con un estilo que a veces sorprende por su frialdad, incluso cuando cuenta su estancia en el barracón del mortuorio, adonde se enviaba a los desahuciados.
La explicación a esta manera de narrar tan precisa se debe a que "las muescas de la experiencia que padeció Herling eran secundarias al lado de la reflexión por lo que veía", señala el catedrático de la Universidad de Barcelona Ricardo San Vicente, traductor de autores rusos. "Herling plantea en su libro hasta qué punto el Estado puede destruir a un hombre", dice este profesor. Un régimen que el escritor José María Ridao y el periodista Jorge M. Reverte, conocedores de la literatura sobre los campos de concentración soviéticos, tachan de “monstruosidad”.
La primera edición de Un mundo aparte fue prologada por Bertrand Russell. El filósofo británico dijo que "de los muchos libros" que había leído sobre el sistema penitenciario en la URSS, este era "el más impresionante y el mejor escrito por su extraña fuerza descriptiva". A pesar de las sucesivas traducciones a distintos idiomas, la obra fue ninguneada por la izquierda europea. En Rusia y Polonia, tras varias décadas en el índice de libros prohibidos, vio la luz por fin en 1990. "El conocimiento del gulag se retrasó mucho porque la Unión Soviética fue un país vencedor del nazismo”, dice Ridao, que vivió en la URSS los años previos a su derrumbe. "El tener un enemigo común con las democracias le dio a los soviéticos unas credenciales que no tenían. La URSS había combatido en el buen lado pero no por buenas razones". Para Reverte, "aún no se ha explicado suficientemente lo que ocurrió porque hubo un manto piadoso tras la II Guerra Mundial que llevó a muchos intelectuales a ocultar esas barbaridades, que fueron similares a las de los nazis. Seguramente Stalin mató a más comunistas que Hitler". Para Ridao, esa intelectualidad se comportó como "una ideología sectaria, que aceptó una doble moral para perder toda empatía con el sufrimiento".

Aberración

De las similitudes entre Hitler y Stalin, Ridao explica que “la idea comunista de la URSS encarna la aberración de un ideal igualitario; el nazismo es un ideal de superioridad que condujo a la aberración". Unos caminos en paralelo que, según el profesor San Vicente, ya apuntó el escritor y exministro de Cultura Jorge Semprún, deportado al campo nazi de Buchenwald y expulsado del Partido Comunista de España en 1964.
Otro intelectual, Albert Camus, recomendó de forma reiterada a editores franceses Un mundo aparte, pero siempre le dieron con la puerta en las narices. "Este libro tendría que ser publicado y leído en todo el mundo, tanto por lo que es como por lo que dice”, afirmaba el autor de El extranjero. Hubo que esperar hasta 1985 para que ello sucediera en territorio francés. El propio Semprún explicaba las razones de ese retraso en el prólogo de la edición francesa: "La infiltración de comunistas" en las editoriales.


El escritor polaco Gustaw Herling-Grudzinski.
Reverte abunda en esta cuestión: “Los comunistas que vivían en Occidente, en sociedades acomodadas, defendían a Stalin porque había que defender la revolución. Sacar a flote lo que había sucedido era traicionar esa revolución, una complicidad que se explica por el antiimperialismo, estar contra los americanos”. El periodista e historiador polaco Adam Michnik escribió que la lectura con solo 15 años del libro de Grudzinski fue un "impacto". "La propaganda comunista se redujo a nada. Comprendí que todos los días, en la escuela, los libros y los periódicos, me mentían".
Herling vivió para ver cómo su obra era despreciada. Él, que había estado desde mediados de 1940 hasta comienzos de 1942 confinado en uno de esos campos, acusado de espía cuando intentaba cruzar la frontera con Lituania. El joven Herling se había enrolado en un grupo de resistencia tras la partición que hicieron Hitler y Stalin de su país en agosto de 1939, días antes de que empezase la Guerra Mundial. Solo cuando los alemanes rompieron el acuerdo e invadieron la URSS en junio de 1941, los polacos como él tuvieron esperanzas de que cambiara su suerte en el gulag. Hasta entonces su miserable existencia pasaba "día tras día, semana tras semana, mes tras mes, sin alegría, sin esperanza, sin vida", escribió el periodista.

Para Reverte, "aún no se ha explicado bien lo que ocurrió en el gulag"
"Era un sistema brutal de represión, salvaje, inhumano", subraya Reverte, autor de obras sobre la Guerra Civil española. "El fin era acabar con cualquier forma de discrepancia pero no se buscaba el exterminio". Había un matiz de perversión: "Querían que sus campos de trabajo fueran productivos". Una idea en la que está de acuerdo San Vicente, un hombre nacido en Moscú porque sus padres fueron enviados por la II República poco antes de la Guerra Civil: "Se convirtió en un sistema perfecto de producción, ¡cuántas grandes infraestructuras se construyeron con presos!". Así, cuando los campos se desmantelan por la llegada al poder de Jruschov, el sucesor de Stalin "descubre que necesita trabajadores e inicia una campaña de llamamiento al patriotismo a los jóvenes". Para Ridao, lo más terrible de aquel periodo fue "la extraordinaria impunidad con la que actuaba el régimen". San Vicente lo califica de "violencia gratuita". "Lo único racional era la estadística, tenían que aparecer tantos enemigos en cada pueblo. Y aparecían".
Cuando Herling es liberado solo tiene 22 años. La invasión nazi de Rusia ha cambiado la dirección del viento. "Polonia pasó de ser un país que debía desaparecer a usar a sus soldados como carne de cañón", destaca Reverte, que recuerda la célebre matanza del bosque de Katjyn, cuando los soviéticos asesinaron en 1940 a unos 15.000 polacos de la élite militar en Smolensk.
No solo los polacos sufrieron la saña del estalinismo. San Vicente, que prepara la traducción de un nuevo volumen de los Relatos de Kolimá, el gigantesco retrato del terror del gulag que escribió Varlam Shalámov, recuerda cómo se castigó "a los que habían caído prisioneros de los alemanes". "Cuando volvieron a casa, los enviaron a Siberia. También fue especialmente cruel el trato a los habitantes de las zonas ocupadas por los nazis".
A pesar de los padecimientos, Herling tuvo el coraje, recién salido del gulag, de alistarse en el Ejército polaco y combatir en Italia contra el fascismo. Se quedó allí tras la guerra y vivió en Nápoles hasta su muerte en 2000.
San Vicente se refiere al conocido axioma de que "el país que no conoce su pasado está condenado a repetirlo" para referirse a la situación actual en Rusia. "Hay un intento de recuperar el bagaje épico de la lucha contra los nazis, a la vez de un intento de olvidar el gulag. Las nuevas generaciones no saben qué paso pero confío en que los escritores les hagan recordar". Será la forma de evitar que resurja ese mundo aparte que sufrió Herling.

Más literatura del horror

'La corte del zar rojo’, de Simon Sebag Montefiore
‘Los que susurran’, de Orlando Figes
‘Relatos de Kolimá’, de Varlam Shalámov
‘Un día en la vida de Ivan Denisovich’, de Alexandr Solzhenitsin
‘Archipiélago Gulag’, de A. Solzhenitsin
‘Nieve roja’, de Sigismund Krzyzanowski
‘Fiel Ruslán’, de Gueorgui Vladímov