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viernes, 15 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. AVANCE LITERARIO. "Eduardo Mendoza. La ironía de la tradición", del libro "La imaginación histórica"

Eduardo Mendoza

AVANCE LITERARIO: La imaginación histórica


   En "blogs.elpais":

EDUARDO MENDOZA
LA IRONÍA DE LA TRADICIÓN
                                                    FUERA DE LUGAR

     Cataluña tiene fama de ser un país serio, un país en el que sus gentes suelen adoptar poses
circunspectas, graves, las propias de personas atrafegades, apremiadas por obligaciones
impostergables y por el trabajo. Es un tópico sempiterno que a los propios nativos les gusta
cultivar. Tal vez porque tradicionalmente les ha dado un aire de modernidad en la España de la
siesta y la indolencia, de los toros y el primitivismo, una imagen también estereotipada. Dice
Javier Marías que cuando Eduardo Mendoza y él mismo fueron invitados a Apostrophes, el
programa televisivo que dirigía Bernard Pivot, tuvieron la ocurrencia de acudir al plató con
aspecto de españoles decimonónicos: con patillas de hacha y con una faca, arma dispuesta
para ser ensartada en la mesa del estudio. ¿Con qué fin? El propósito era el de reforzar la
España del tópico, confundir a nuestros vecinos con imágenes redundantes y previsibles sobre
nuestra violencia salvaje. Hablamos de 1992, fecha de emisión del programa televisivo.
Finalmente se comportaron: evitaron la sobreactuación histriónica presentándose como un
catalán y un madrileño sensatos y modernos. 
     ¿Podemos tomar a Eduardo Mendoza como guía o introductor de la Cataluña real en la España
presente? Su literatura es exagerada y caricaturesca, con resabios expresamente anacrónicos:
es un riesgo, pues, servirnos de una escritura extremada y deliberadamente arcaizante para
hacernos una idea cabal de la sociedad de hoy. Sin embargo, en ocasiones, los disparates
literarios más elaborados podemos verlos como documentos muy fieles del mundo material. En
el Diccionario de autoridades de 1732, sin ir más lejos, la voz documento se definía del
siguiente modo: «doctrina o enseñanza con que se procura instruir a alguno en cualquiera
materia, y principalmente se toma por el aviso u consejo que se le da, para que no incurra en
algún yerro o defecto». La literatura de Eduardo Mendoza podría tomarse, sí, como doctrina y
enseñanza con que el autor procura instruirnos para que no incurramos en algunos yerros o
defectos. Eduardo Mendoza es un letraherido. Tanto en el sentido del que tiene mucha afición a
la literatura, como en el de quien usa la escritura para dolerse. Pero Mendoza se duele
satirizando.
     Eso lo ha sabido ver muy bien Llàtzer Moix en el libro que le dedica. Se titula Mundo Mendoza
(2006). Su autor es redactor jefe de Cultura en La Vanguardia y, por lo que parece, se ha
especializado en escritores excéntricos. Hay que estar atentos: si vemos en los expositores de
novedades un volumen de Moix, no hay que perdérselo. Es garantía de una exquisita
elaboración: por su prosa ajustada, precisa, y por el cariño con el que aborda su objeto. Trate
de lo que trate, Moix siempre confirma lo que es, un riguroso periodista cultural que sabe de
qué modo hay que presentar las cosas sin impostarlas: con cuidado, con algo de guasa y con
erudición contenida. Hace un tiempo, por ejemplo, leí su Wilt soy yo. Conversaciones con Tom
Sharpe (2002). No era fácil convencer a los lectores, sobre todo para quienes habían sido
seguidores fieles de Sharpe, cuyo humor está algo decaído. Pues bien, Moix conseguía
persuadir reanimando al autor de Wilt, vitaminizándolo con preguntas inteligentes, con
acotaciones exactas, expresadas con todo respeto. Años después, al leer Mundo Mendoza,
volvemos a disfrutar. La Cataluña de Eduardo Mendoza que compendia Moix parece más
auténtica que la que nos transmiten los medios de comunicación: es un mundo plural, menos
homogéneo y menos envarado de lo que los políticos locales nos presentan. 
     Por supuesto, las novelas de Mendoza no aspiran a ser un calco o reflejo de la Cataluña
histórica: se escriben con el propósito evidente de escarnecer unos vicios en un contexto
concreto que es, básicamente, la Barcelona natal del autor. Es decir, son documentos en el
sentido moral del término. Hay admoniciones y severas reprensiones: muy serias y a la vez
muy burlescas. Sobre esa meta, estas ficciones exageran el lado cínico y aprovechado de los
poderosos y el lado pendenciero y menesteroso de las clases populares. Como en los folletines
de antaño, en las radioteatros de posguerra o en las comedias de enredo. Pero sobre todo sus
novelas suelen mostrar de manera satírica el lado gamberro y descacharrante que hay y aflora
en aquel país, en esa Cataluña circunspecta. A pesar del porte reservado de sus habitantes,
que les sirve de máscara o de defensa, los catalanes serían gente cómica o involuntariamente
cómica, incluso desquiciada: eso parece inferirse de sus ficciones. En sus páginas siempre hay
locos o excéntricos que con torpeza, ingenio e impudor malviven o sobreviven en una tierra
aparentemente discreta, grave y severísima. Esos individuos son tipos que no han sabido
gobernarse, que están fuera de lugar, gentes con existencias desastrosas y risibles: incapacesde acomodarse a la norma común, a ese estadio general de una civilización hipócrita. 
     Entre las figuras de esta calaña más célebres está el chiflado que protagoniza El misterio de la
cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de
señoras (2001). Es un orate, un tipo que entra y sale de un manicomio. Se encuentra allí bajo la
tutela del doctor Sugrañes, un tipo huraño y probablemente con migrañas, como su propio
apellido nos induce a creer. De cuando en cuando, el trastornado es convocado por la policía.
Se le franquea el paso con el fin de resolver casos difíciles, aparentemente ilógicos o
simplemente locos que los investigadores no consiguen solucionar, concretamente el comisario
Flores. Los polis aplican la racionalidad y el buen sentido. Más o menos. Por su parte, el
lunático aplica… lo que buenamente puede. El individuo tiene mucho de personaje infausto, de
pícaro desgraciado al que la vida da muchos trompicones: su psiquismo está averiado de tanto
golpe, seguro, y su hermana es una prostituta a la que no puede redimir.

PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. "Javier Cercas. La moral del pasado", del libro "La imaginación histórica"

Javier Cercas


AVANCE LITERARIO: La imaginación histórica


   En "blogs.elpais":

          JAVIER CERCAS 
          LA MORAL DEL PASADO
     En cada obra, Javier Cercas se muestra con cierta impudicia, se exhibe, se transmuta en 
narrador: arriesga adoptando su propio nombre o escribiendo ficciones autobiográficas y 
arriesga mostrando los recursos narrativos que emplea. Eso ya lo hizo en su primer libro, El 
móvil (1987) y lo volvió a ensayar en El vientre de la ballena (1997). El novelista aplica ciertos 
automatismos ya probados, automatismos recibidos de la tradición, que conoce muy bien, 
como profesor de literatura que es. A la vez los cuestiona hablándonos del hecho de escribir, de 
la dificultad de contar: giros explícitos que hacen evidente la escritura, giros que son también 
apuestas morales. Javier Cercas habla del pasado, del difícil pasado español, de los conflictos 
recientes: de guerras y golpes de Estado. Aunque, bien mirado, siempre habla de lo que nos 
acaece ahora, de lo que nos inquieta y sobre todo de lo que nos hermana a nuestros 
antecesores. Habla también de violencias que agostan territorios; de destrucciones que anegan 
países; de amenazas que acobardan. Pero sobre todo nos muestra y narra al individuo moral, 
aquel que toma decisiones sin escudarse y sin excusarse, arrostrando las consecuencias de 
sus actos. Reflexiona, en fin, sobre la responsabilidad y sobre la virtud, grande o pequeña...
     En este autor llaman la atención el desparpajo y la facundia expositiva, que son fruto de una 
imaginación potente y verbal. Ese rasgo se ve, por ejemplo, en El vientre de la ballena, en 
Soldados de Salamina, en La velocidad de la luz y en Anatomía de un instante. En estas 
últimas obras, el autor adopta el yo como expediente narrativo: son narradores en primera 
persona. El yo que habla lo hace obsesivamente, incluso con incontinencia razonadora, 
suponiendo, completando. Esos narradores –profesores, periodistas, escritores– parecen 
sentirse obligados a contarnos una historia más o menos extensa, más o menos redonda. La 
juzgan interesante y, gracias a sus habilidades expresivas, se extienden con labia, con 
convicción. Es decir, los relatores de Cercas, al menos los más recientes, son capaces de 
explicarse largamente, de explayarse, de informar, de argumentar, de conjeturar; sobre todo de 
conjeturar: saben cosas de los otros, de los otros con quienes conviven o a quienes buscan, 
pero siempre saben pocas cosas, que son los hechos que nos detallan. Los destinatarios 
leemos lo que esos narradores han averiguado para nosotros, algo que se convierte en la 
historia que nos cuentan. La obra de Cercas –esta o aquella novela– es información ordenada 
y significativa; también lo ignorado, el repertorio de lo desconocido: lo que los relatores no 
saben con certeza, lo que sospechan, los hechos posibles que jamás podrán documentar, su 
sentido probable. En otros términos, las obras de Cercas son la suma de contingencias 
verificadas y de sucesos hipotéticos, presuntos, incluso probables, que completan el curso de 
los acontecimientos. Los narradores nos dicen lo que han descubierto para indicarnos 
inmediatamente lo que no saben e imaginan conforme avanzan en sus investigaciones. No es 
pereza: son pesquisas inevitablemente incompletas. Como la vida. Reconstruyen para nosotros 
el escenario de ciertos hechos y, como no pueden estar callados, hablan y añaden, atisbando, 
columbrando.
    Una vez que este personaje contemporáneo despierta su atención, una vez que aquel 
antepasado les interesa, los narradores de Cercas no se detienen: algo se dispara en su 
interior. Son escritores que quieren contar una buena historia, una historia terapéutica, de 
efectos reparadores o pedagógicos. Han podido atravesar épocas depresivas o han podido 
sobrevivir con neurastenias que los dejan inactivos. De repente, un acto o un hecho son el 
acicate que les devuelve las ganas, la vida o el interés, la expectativa y el futuro. Con obsesión, 
con entusiasmo se empecinan: los vemos deambulando a lo largo de las páginas como esos 
detectives que sólo viven para completar la escena del crimen, para relacionar los restos que 
subsisten, para conectar los indicios que permanecen y que cobran significado gracias a la 
atención que les prestan, gracias al cuidado y a la sutileza que demuestran. Cualquier huella 
real o presunta acaba siendo un reclamo y, por eso, lo que conocen les obliga a fantasear 
copiosamente: a vivir de nuevo. La pesquisa es la existencia que vale la pena, el esfuerzo que 
tiene recompensa: recompensa a medias... 
     En efecto, ese narrador que nos revela el curso de sus averiguaciones, que escribe la historia 
que estamos leyendo, es también el detective que nos detalla sus fracasos, esas lagunas que 
no podrá cubrir, esas dudas que no podrá despejar. Siempre le quedarán (y nos quedarán) una 
frustración sin alivio, un momento sin aclarar y un acto sin significado. Siempre quedarán gestas humanas o atrocidades igualmente humanas cuyo sentido se nos escapa. Eso ha de quedar dicho; eso ha de quedar expresado: las dificultades de contar, de averiguar, de escribir, de confirmar. Los narradores se entusiasman con su objeto, ya digo, y ven por todas partes alusiones y huellas, atisbos y restos. En la ficción, las historias pueden acabar sin cabos sueltos, con simetrías perfectas. En la vida real, todo queda a medias, imperfecto; todo es inevitablemente decepcionante. En las novelas de Javier Cercas, esa frustración que produce 
lo incierto o lo incompleto forma parte de la propia invención. La novela se presenta como la ficción que no es, como el relato real que ahora se nos cuenta. Por eso, en Cercas el recurso metanarrativo es parte esencial de sus procedimientos: quiero escribir una historia auténtica, sin invenciones ni novelerías, una historia acontecida de la que voy a precisar todo lo que pueda conocer. 
     Es una fórmula muy persuasiva: alguien que dice esto en primera persona, con un yo rotundo 
que confiesa lo que sabe y que no oculta lo que ignora, es o puede ser muy convincente. Si, 
además, el yo que habla tiene rasgos del autor empírico o, incluso, se llama como él («Javier 
Cercas»), entonces la ficción autobiográfica redobla el efecto. Creemos estar ante un relato 
real y creemos estar ante una autobiografía. En El vientre de la ballena, el narrador es profesor, 
como lo era su contemporáneo Javier Cercas: un profesor universitario con un futuro algo 
incierto. En Soldados de Salamina, la autobiografía presunta es explícita, pues el nombre del 
narrador coincide con el del escritor, lo que da fuerza histórica a lo relatado y certeza a lo 
contado. En La velocidad de la luz, quien habla en primera persona –alguien de quien no se 
dice el nombre– refiere cosas de sí mismo que coinciden con hechos que le han ocurrido a 
Javier Cercas. El lector descubre la intertextualidad obvia: en sus páginas se alude 
expresamente a los primeros libros de Cercas y se alude también aunque de modo indirecto a 
Soldados de Salamina.

martes, 8 de mayo de 2012

PRENSA CULTURAL. Avance literario. "Praga mortal", de Philip Kerr

  
   En "blogs.elpais.com":
AVANCE LITERARIO
Philip Kerr en el corazón de la Praga nazi

Por Juan Carlos Galindo

   Praga, septiembre de 1941. Mientras Reinhard Heydrich discurre y desarrolla lo que se conocerá a partir de la Conferencia de Wansee meses después como la 'Solución Final' para el exterminio de millones de judíos, el general nazi y miembro de la elite más próxima a Adolf Hitler invita a Bernie Gunther a un fin de semana nada aburrido en su castillo checo de Panenske Brezany, donde vive y ejerce su poder como líder del protectorado de Moravia y Bohemia. Ese es el escenario inicial en el que Philip Kerr sitúa a su personaje en su última novela.
   Antes, en un Berlín oscuro, agobiado por la guerra y maravillosamente descrito por Kerr, un atribulado y siempre cínico Gunther sobrevive como detective de la policía berlinesa. En el primer capítulo, que ofrecemos en exclusiva en España en Papeles perdidos antes de la publicación de la novela el próximo 3 de mayo en RBA, el detective creado por Philip Kerr nos da pistas sobre su situación: "Durante un tiempo regresé a Homicidios. Los berlineses aún continuaban matándose los unos a los otros y no pasaba el día en que yo no encontrara ridículo el hecho de seguir preocupándome por esas cosas, sabiendo como sabía lo que estaba pasando en el Este". El Este y el germen de un genocidio imparable es el tormento que sobrevuela la conciencia de un Gunther más atormentado que nunca a lo largo de toda la novela.
   ¿Por qué un personaje que vuelve moralmente hundido tras observar y participar en las matanzas en Ucrania en el frente del Este sigue trabajando para los nazis? ¿Qué queda del Gunther que se va de la policía alemana al comenzar la era nazi por su adhesión a la República de Weimar? ¿Por qué acepta la invitación de Heydrich, el 'Carnicero de Praga', al que le une una particular relación? Por supervivencia, por ese instinto de preservación que es la única religión de Gunther a lo largo de las ocho novelas de la serie, iniciada por el escritor escocés en 1989 con Violetas de marzo y de la que RBA ha vendido 160.000 ejemplares en España.
   La novela, que según el propio autor se iba a llamar El hombre con el corazón de hierro, no nota el desgaste de la racha que ha seguido Kerr desde 2008, publicando una obra de la serie de Gunther cada año, frecuencia que nada tiene que ver con los tres lustros que separan la última obra de la trilogía Berlin Noire (Réquiem Alemán, 1991) de la siguiente (Unos por otros, 2006). Lo que plantea Kerr en esta ocasión es una novela al más puro estilo Agatha Christie, de la que Heydrich era fan, al menos en la ficción, un esquema clásico de misterio a resolver en un lugar cerrado y lleno de gerifaltes nazis que hacen de la muerte del prójimo su modo de vida.
   En el centro de la acción, un Gunther mal hablado, desafiante, cínico y poco amante del poder y lo establecido, un personaje fascinante y lleno de contradicciones que no pierde su impulso vital y a veces suicida. Eso sí, quizás la presencia masiva de asesinos en serie y el hecho de estar en un país invadido y masacrado o alguna otra razón que se nos escapa reduce la presencia del humor en los comentarios del detective. A su lado, una mujer, como siempre, enigmática, fatal y con sorpresa.
   El Gunther que en la anterior entrega, Gris de campaña, ya había dado un giro más oscuro si cabe a su cinismo ("naces solo y mueres solo, y el resto del tiempo estás librado a tu suerte" ; "de muy lejos de aquí y de mucho tiempo atrás, de ahí es de donde vengo") se deja en manos del fatalismo con cierto toque nihilista en Praga mortal: "Había intentado creer que a pesar de todo lo que había visto y hecho en el Este, yo era una persona con un sentido de propósito y valores morales (…) Fuese lo que fuese que pasara ahora o en el futuro, me lo tenía merecido. Todos nos lo teníamos merecido". Culpa y responsabilidad colectiva, desesperación y supervivencia. Puro Bernie Gunther, puro Philip Kerr.

PRIMERAS PÁGINAS DE PRAGA MORTAL

lunes, 16 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. Un nuevo libro de Eduardo Galeano, "Los hijos de los días"

Eduardo Galeano. Foto de Eugenio Mazzinghi. "El País".
    
   En blogs.elpais  
Un libro calendario, cada día nace una historia   
   El uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940) ha escribo un libro con forma de calendario. Cada jornada de un año es una historia situada en distintos lugares del mapa y el tiempo. En total 366 relatos -recordemos que 2012 es uaño bisiesto- encerrados en un volumen titulado Los hijos de los días. “Lo escribí a partir de un testimonio que recogí, de bocas mayas, en Guatemala, hace ya unos cuantos años, y que ahora da título al libro: creen los mayas que somos hijos de los días, hijos del tiempo, y se me ocurrió que de cada día nacería una historia, porque nosotros, los humanitos, estamos hechos de átomos pero también de historias", cuenta Galeano. El libro del autor de Las venas abiertas de América Latina sale a la venta el próximo 16 de abril.
   Este libro tiene mucho que ver con el anterior, Espejos una historia casi universal (2008) pero cuenta con una estructura diferente. Su intención: "mirar el universo por el ojo de la cerradura, contar la historia grande desde las historias chiquitas" desde el origen, con Adán y Eva, a las islas Malvinas, por ejemplo. ¿Sabía usted que hasta 1990 la homosexualidad fue una enfermedad mental, según la Organización Mundial de la Salud? ¿que la timidez sigue siéndolo según la American Psychiatric Association? ¿o que la primera escritora en la historia de la literatura universal se llamaba Enheduanna, y con ese nombre firmaba sus versos, escritos en tablillas de barro, hace cuatro mil trescientos años? A partir de preguntas como estas tres contesta Galeano que no se cansa de criticar el racismo y el militarismo.

martes, 3 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. LITERATURA. AVANCE EDITORIAL. Primeras páginas de "Los invitados de la princesa", novela de Fernando Savater


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":

                                      LUNES

   El ala del avión se alzó suavemente, como el aspa de un molino gigantesco a la espera de un caballero iluso que derribar. Comenzaba el descenso. Xabi Mendia volvió a preguntarse por qué milagro él, que sufría vértigo hasta al subirse a un taburete, disfrutaba inmensamente con los paisajes empequeñecidos por el picado de la perspectiva aérea. También gozaba con una visión más próxima y a la altura de sus ojos, del enérgico trasero de la azafata que se bamboleaba sin perder el equilibrio mientras recorría el pasillo para asegurarse de que todo el mundo llevaba el cinturón abrochado y había plegado la mesita delantera. A Xabi le encantaban las mujeres uniformadas, disciplinadamente sensuales. Y casi todas las demás. La megafonía anunció que aterrizarían dentro de diez minutos.
   Allá en lo profundo, bajo la superficie verdosa del mar, aparecían manchas más oscuras de escollos y roquedales. Ya estaba muy próxima la costa escarpada de la isla, entrecortada por lo que parecían playas pedregosas y poco hospitalarias. Según había leído en la guía turística (que como era inglesa no ocultaba los detalles menos favorecedores) el aeropuerto de Santa Clara estaba situado sobre el mismo pretil del acantilado y tenía una pista demasiado breve, que solían barrer además vientos adversos. Era frecuente que los pilotos tuvieran que intentar el acercamiento varias veces, abortando el aterrizaje en el último momento. A Xabi Mendia eso no le preocupaba, pues del placer de volar le gustaban hasta los sobresaltos.
   Pero el avión encontró su camino tras apenas un par de bandazos y machacó sus ruedas contra la pista con firme determinación. Luego circuló con serenidad hacia el edificio central, alejándose del borde del precipicio y de la tentación del mar. Xabi Mendia respondió a la sonrisa profesional de la azafata que los despidió en la puerta del aparato, pensando que debería ser aceptable darles un par de besos —amistosos, claro— cuando el vuelo ha transcurrido felizmente. Al bajar por la escalerilla, la tibieza muy grata de la temperatura y un vago matiz aromático en el aire le recordaron que estaba en noviembre, pero en el hemisferio sur: primavera.
   Mientras esperaba junto a la cinta de equipajes, examinó a sus compañeros de viaje. Lo más probable es que alguno o varios de ellos viniesen también al congreso. ¿Quizá aquel tipo gordo, de rostro malhumorado por el cansancio, que examinaba la abertura semitapada por tiras de cuero por donde debían aparecer las maletas como si esperase la salida al ruedo de un toro bravo? Tenía un aspecto fastidiosamente cultural, a juicio de Xabi. En fin, el equipaje se hacía esperar. Por los altavoces anunciaron la cancelación de una serie de vuelos. «Esperar la male ta... la última zozobra», murmuró junto a él un anciano caballero. Mendia le miró de reojo y luego más francamente. No era muy alto, aunque lo parecía por su delgadez. Vestía con traje y chaleco, lo menos adecuado para un largo viaje, y conservaba una abundante cabellera blanca pese a su edad -más de ochenta, probablemente-, la cual había dejado una nevada de caspa en sus hombros. Xabi Mendia se emocionó.
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miércoles, 14 de marzo de 2012

PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. "Aire de Dylan", de Enrique Vila-Matas


   En blogs.elpais:
AVANCE LITERARIO
Vila-Matas quita la máscara al posmodernismo   
Winston Manrique Sabogal 07/03/2012  

   Uno de los mayores fracasos puede ser fracasar en el empeño de fracasar. Otro podría ser el vivir pareciéndose a alguien, imitándolo y propiciando la impostura. Con esta idea comienza Enrique Vila-Matas su nueva novela Aire de Dylan (Seix Barral). Una obra que se publicará el 14 de marzo pero cuyo primer capítulo avanza hoy EL PAÍS en exclusiva. En ella, el joven Vilnius, que explota su parecido con el cantautor estadounidense, asiste a un congreso literario sobre el fracaso, mientras cree que su difunto padre le empieza a traspasar sus recuerdos.
   El anonimato, la máscara, la impostura, la búsqueda y sus alrededores están presentes en Aire de Dylan. El joven Vilnius protagoniza estas páginas en las que el escritor barcelonés despliega sus mejores armas y elenco literarios con humor, ironía o sarcasmo pero siempre desde el conocimiento del mundo de la creación literaria. A partir de ahí, la novela se va transformando en un homenaje al mundo del teatro y una crítica al posmodernismo.
   Vila-Matas (Barcelona, 1948) parte de aquel congreso sobre el fracaso en Suiza, sigue con la historia de Vilnius que intenta reconstruir y recordar la verdadera relación con su padre fallecido que afrontaba la vida de manera opuesta a la suya; y la resolución del asesinato de su padre.
   Algunas frases del libro dan idea de lo que el autor de títulos como Bartleby y compañía y El mal de Montano aborda: "El fracaso es la prefiguración natural del escritor" o "No hay duda de que es la muerte el fracaso humano por excelencia" o "La vida es una ratonera, lo real es solo teatro, y nada somos sin la memoria que siempre inventa". O el mismo arranque de la novela: "Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra".


Así comienza la novela:
   Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso.
   Me encontraba en la terraza del apartamento al noreste de Barcelona, la vieja casa en la que llevábamos ya muchos años y que hemos cerrado hará tan sólo unos meses. Mi mujer entró en la terraza con pompa nada habitual y ensayó una reverencia teatral antes de anunciarme que, a tenor de lo que decía la carta, alguien me consideraba un completo fracasado. Me sorprendió su teatro porque no solía sobreactuar jamás. ¿Quería con su histrionismo rebajar la gravedad de lo que decía? Fuera por lo que fuese, no se me olvidará el momento, porque inauguró una historia dentro de mi vida, una historia que paulatinamente iría reclamando cada vez más mi atención en las siguientes semanas.
   Leí la carta y vi que la gentil propuesta me llegaba desde la Universidad suiza de San Gallen. No era desde luego la clase de invitación que los escritores reciben con frecuencia y, sin embargo, pocas cosas parecen tan íntimamente vinculadas como fracaso y literatura. Tal vez por eso, porque en realidad lo raro era que la invitación no me hubiera llegado antes, leí la carta suiza con la más absoluta flema, como si hubiera sabido desde siempre que un día la recibiría. No moví ni un solo músculo de la cara. Encajé la invitación con elegancia y sentido de la fatalidad, como si estuviera en un rincón de un gran escenario. Y me quedé sólo con una duda para las horas siguientes: ponerme la máscara de fracasado o continuar llevando mi vida normal de fracasado.
   La invitación me la enviaba un profesor de matemáticas apellidado Echèk. Escrito de aquella forma, con k y con aquel acento, Echèk significaba «fracaso» en criollo haitiano. Salvo el matiz isleño de su apellido, las referencias que encontré en Internet del matemático suizo fueron todas insulsas, académicas, y en las imágenes de Google no hubo modo alguno de averiguar qué rostro tenía aquel hombre. Pregunté a mi amiga Petra Overbeck, profesora en San Gallen, si conocía a Echèk y me dijo que era un buen hombre, aunque estaba obsesionado con el tema general del fracaso. Petra me recomendaba aceptar la invitación, pues me ofrecía la oportunidad de conocer «la insuperable región de Appenzell».
LEER LAS NUEVE PRIMERAS PÁGINAS
Enrique Vila-Matas

jueves, 1 de marzo de 2012

PRENSA CULTURAL. Avance editorial: primer capítulo de 'Claraboya', novela de José Saramago

   En blogs.elpais.com

PRIMER CAPÍTULO DE "CLARABOYA", PRIMERA E INÉDITA NOVELA DEL NOBEL JOSÉ SARAMAGO

         En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido.
                                                          RAUL BRANDÃO

   Por entre los velos oscilantes que le poblaban el sueño, Silvestre comenzó a oír trasteos de loza y casi juraría que se transparentaban claridades a través del punto suelto de los velos. Iba a enfadarse, pero de repente se dio cuenta de que estaba despierto. Parpadeó repetidas veces, bostezó y se quedó inmóvil, mientras sentía cómo el sueño se alejaba despacio. Con un movimiento rápido, se sentó en la cama. Se desperezó, haciendo crujir ruidosamente las articulaciones de los brazos. Debajo de la camiseta, los músculos del dorso se contornearon y tensaron. Tenía el tronco fuerte, los brazos gruesos y duros, los omoplatos revestidos de músculos entrelazados. Necesitaba esos músculos para su oficio de zapatero. Las manos las tenía como petrificadas, la piel de las palmas tan gruesa que podía pasarse por ella, sin que sangrase, una aguja enhebrada.
   Con un movimiento más lento de rotación sacó las piernas fuera de la cama. Los muslos delgados y las rodillas blancas por la fricción de los pantalones que le dejaron rapado el vello entristecían y enfadaban profundamente a Silvestre. Se enorgullecía de su tronco, sin duda, pero le daban rabia sus piernas, tan escuálidas que ni parecían pertenecerle.
   Contemplando con desaliento los pies descalzos asentados en la alfombra, Silvestre se rascó la cabeza grisácea. Después se pasó la mano por el rostro, palpándose los huesos y la barba. De mala gana se levantó y dio algunos pasos por el dormitorio. Tenía una figura algo quijotesca, encaramado en las altas piernas como si fueran ancas, en calzoncillos y camiseta, el mechón de pelo manchado de sal y pimienta, la nariz grande y adunca, y ese tronco poderoso que las piernas apenas soportaban.
   Buscó los pantalones y no dio con ellos. Asomando el cuello al otro lado de la puerta, gritó:
   —Mariana, eh, Mariana, ¿dónde están mis pantalones?
   (Voz de dentro.)
   —Ya los llevo.
   Por el modo de andar se adivinaba que Mariana
era gorda y que no podría ir más deprisa. Silvestre
tuvo que esperar un buen rato y esperó con paciencia.
   La mujer apareció en la puerta:
   —Aquí están.
   Traía los pantalones doblados en el brazo derecho, un brazo más gordo que las piernas de Silvestre. Y añadió:
   —No sé qué les haces a los botones de los pantalones, que todas las semanas desaparecen. Estoy viendo que los voy a tener que coser con alambre...
   La voz de Mariana era tan contundente como su dueña. Y era tan franca y bondadosa como sus ojos. Estaba lejos de pensar que hubiera dicho una gracia, pero el marido sonrió con todas las arrugas de la cara y con los pocos dientes que le restaban. Recibió los pantalones, se los puso bajo la mirada complaciente de la mujer y se quedó satisfecho ahora que el vestuario hacía su cuerpo más proporcionado y regular. Silvestre estaba tan orgulloso de su cuerpo como Mariana desprendida de lo que la naturaleza le diera. Ninguno de ellos se engañaba acerca del otro y bien sabían que el fuego de la juventud se había apagado para siempre jamás, pero se amaban tiernamente, hoy como hacía treinta años, cuando se casaron. Tal vez ahora su amor fuera mayor, porque ya no se alimentaba de perfecciones reales o imaginadas.

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sábado, 28 de mayo de 2011

NOVELA. AVANCE EDITORIAL. Primeras páginas de "El espía", de Justo Navarro (Granada, 1953)

Justo Navarro
El espía
EDITORIAL ANAGRAMA. BARCELONA
Primera edición: mayo 2011
© Justo Navarro, 2011
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2011


   Todo, real o inventado, aparece como hecho, personaje o lugar de la imaginación.



                             I. LA CAÍDA

   Dos partisanos lo detuvieron. Fue la mañana del 3 de mayo de 1945, en Sant’Ambrogio, Rapallo, no muy lejos de Génova, región de Liguria, y en noviembre compareció ante un tribunal en Washington. Se llamaba Pound. Vivía en Sant’Ambrogio con dos mujeres, pero estaba solo cuando llegaron los partisanos que lo llamaron traidor. ¿Qué hacía en ese momento? Traducía a Mencio, filósofo chino, discípulo de un discípulo de un nieto de Confucio.
   Llevaban fusiles ametralladores, y no exactamente uniforme, sino la ropa que podría usar un mecánico que sale de caza. Eran altos, pero no demasiado, flacos, iban sin afeitar. Uno tenía gafas, sucias. No les pidió documentos. No preguntó si traían una orden de detención.
   No preguntó a qué autoridad representaban. No parecía aquello un asunto oficial, sino algo que debía resolverse en privado. Lo vigilaban desde el recibidor, apuntándole, y vio en el espejo la espalda de los hombres, más infantil, más miserable, más indefensa que la cara. Cogió un libro de Confucio en papel biblia, bilingüe, de la Commercial Press de Shanghái, muy usado, pegadas las pastas con esparadrapo, y el diccionario de chino. Dejó en la máquina de escribir el folio con su traducción de Mencio. Dejó papeles encima de la cama, el clarinete, un sombrero en la percha, las raquetas de tenis, los bastones, las cajas de chocolatinas 'Moriondo' donde guardaba la correspondencia, cartas sin contestar, la vida incorregible de todos los días. Delante de los dos hombres bajó las escaleras estrechas y breves, interminables en aquel momento. Eran días de tiros en la nuca. Hacía cuatro o cinco días que habían matado a Mussolini y lo habían colgado por los pies en una gasolinera de Milán. Él era un escritor famoso y se había reunido con Mussolini en el Palazzo Venezia una tarde de 1933, en otro tiempo, antes del fin del mundo. Sabía que para su país, los Estados Unidos de América, era un traidor y que, si esa mañana no le pegaban un tiro, probablemente debía agradecérselo a que los suyos quisieran ahorcarlo.
   Echaron a andar hacia Zoagli, a pocos kilómetros cuesta abajo, entre olivos. En la curva que desemboca en el tramo final del camino había un eucalipto y un ciprés. El prisionero se agachó, como para atarse un zapato, pero sólo cogió una semilla. Quería tener una prueba de lo que estaba pasando, un recuerdo de que iban a pegarle un tiro. No te matan todos los días. No sabía si el juicio se había celebrado ya, si se había dictado sentencia, o si el proceso estaba en curso. Los dos partisanos, un único arcángel justiciero encarnado en dos cuerpos mortales y peligrosos, de carne escasa y dura, le señalaban el camino, como si lo llevaran a donde debía estar, como si hasta entonces hubiera recorrido un camino equivocado. El prisionero se agachó cerca del ciprés, recogió la semilla de eucalipto, y los dos guardianes salieron instantáneamente del sueño de bajar paso a paso la cuesta, agarrados al Sten Mark 2, de fabricación inglesa, que a Pound le parecía un Thompson, de fabricación americana, arma difícil de apuntar, sobre todo si se empuña con demasiada energía o euforia. Las ramas, con el aire, sonaban como lluvia, pero el cielo estaba limpio. Había pájaros, o se oían más porque ya no caían bombas sobre Zoagli, al sur de Rapallo. Chillaban, aleteaban los pájaros al echar a volar. El mundo perdido cabía en una edición bilingüe de Confucio, un diccionario chino de bolsillo y una semilla de eucalipto.
   Al puesto de mando partisano en Zoagli fue a buscarlo Olga Rudge. No había oído la máquina de escribir cuando llegó a la casa de Sant’Ambrogio, su casa. ¿Dónde estaba Pound? Una mujer vio cómo se lo llevaban los pistoleros.
   En Zoagli había soldados ingleses que les dieron pan y jamón. Con una bayoneta abrieron latas de cerveza. Que nadie diga que para abrir cervezas no sirve una bayoneta, dijo Pound, y luego Pound y Olga Rudge fueron trasladados en un camión a la jefatura partisana de Chiavari, al sureste de Rapallo y de Zoagli. Llegaron a un patio. Era la cárcel, pero podía ser una fábrica, via del Gasometro 2, cerca del puerto. Pararon junto a un coche en desguace, frente a una persiana metálica a medio bajar. Esperaron entre neumáticos, cuatro cajas de carne en conserva, cuatro latas de aceite para motores y un bidón vacío propiedad del ejército de los Estados Unidos. Tres hombres dejaron de hablar cuando apareció el camión, y como policías miraron a la mujer y al hombre que llegaban. Dos estaban armados.
   Había manchas de humo en las paredes, y una moto quemada, desvencijada, carbonizados los muelles del asiento, y cuatro carretillas de mano, de hierro, encajadas unas en otras. Un perro con la boca cerrada descansaba a los pies de un anciano que parecía ciego, aunque mirara a Pound y Rudge a través de los ojos del perro. El hombre y la mujer, forasteros, alemanes quizá, enemigos, Pound y Rudge, vieron la sangre en la pared. A Benito Mussolini y a Claretta Petacci, la mujer que lo quería, los habían matado en algún otro sitio sucio. Así es la gloria en la guerra di merda, así acaba la historia.
   La puerta abierta daba a una habitación que daba a otra habitación con una mesa y sillas, lleno todo de papeles, como la oficina de una fábrica, en un desbordamiento y derrumbamiento general. Un hombre no demasiado joven, uno de esos obreros que han leído con poca luz muchos folletos clandestinos, mal vestido, pero acabado de afeitar como si hubiera estado esperando para recibir a los prisioneros, preguntó quiénes eran. No llevaba armas a la vista. Los miró como comprobando si le eran conocidos. Se sentó. Removió documentos, se los acercó a los ojos para verlos mejor, y, conforme los papeles cambiaban de sitio, se multiplicaban los expedientes y las fichas y los legajos, como si quisieran colaborar y ofrecer más testimonios de los crímenes del prisionero Pound. Pero al americano Pound no lo buscaba nadie, o nadie en Chiavari sabía nada del americano, no había por Pound ninguna recompensa de medio millón de liras. Ni siquiera existía una denuncia.
   Los tres hombres del patio ahora eran seis, un buen pelotón de ejecución. Aquellos días abundaban las denuncias y las delaciones y las ejecuciones. Una delación valía para salvar la vida, para librarse de peligros o amenazas, para liquidar cuentas, para cobrar una recompensa, para desahogarse. El jefe encontró insignificante al poeta americano, inofensivo, como su amiga, o su amante, o su mujer, Rudge. No eran jóvenes.
   Tenían miedo. No los voy a entregar a los americanos si no quieren que los entregue a los americanos, dijo el jefe. Me condenaría, merecería el infierno si hiciera una cosa así, son ustedes libres, dijo. Pero Pound le contestó que quería ser conducido ante las autoridades americanas inmediatamente. Estaba dispuesto a trasladarse a Washington, a disposición del Departamento de Estado y del presidente Truman, declaró, y le pidió al jefe que le escribiera su nombre de hombre bueno en el libro de Confucio: Angelo Bussoli, de Lavagna.
   Precisamente había ido Pound a Rapallo el día antes, con su mejor traje, para reunirse con las autoridades americanas como una vez, en otro tiempo, hizo con Mussolini. El cuartel general aliado estaba en el gran hotel del paseo marítimo, muy cerca de donde Pound tuvo su apartamento, y los viejos servidores del hotel lo saludaron con la cabeza, o quizá intentaban espantarlo. Apártate de mí. Merodeaban por los alrededores, a la espera de que los llamaran y reclutaran los nuevos amos, y sin el uniforme del hotel parecían disminuidos, neutralizados o anulados, más verdaderos que nunca, más sumisos, ahora que accidental y temporalmente no eran subalternos de nadie. Había algo clandestino y molesto en los saludos a Pound, una celebridad en Rapallo, el poeta americano recibido por Mussolini, Pound il Dottore, il Professore, il Poeta, organizador de campeonatos de tenis y conciertos. El comité organizador de las veladas musicales se había reunido en el gran hotel donde ahora le cerraban la puerta al miembro principal del comité organizador, Pound. Los centinelas americanos no entendían a aquel individuo que se manifestaba dispuesto a trasladarse a Washington para informar y aconsejar al Departamento de Estado y al presidente Truman. No lo entendían los soldados, y tanta ignorancia y tanta desorientación le confirmaban a Pound que debía acelerar su vuelo a Washington y ofrecer al ejército invasor sus conocimientos sobre Italia. Un soldado negro quiso venderle una bicicleta, recomendándole que se alejara. Pero ahora, al día siguiente, el jefe partisano Angelo Bussoli se ofrecía a llevarlo hasta Lavagna, al sur de Chiavari, al puesto de mando de los americanos, tal como Pound quería. También Rudge fue a Lavagna, donde los soldados eran negros y los oficiales blancos. Bebieron refrescos, comieron, y a las cinco de la tarde un jeep los trasladó a Génova, al puesto de mando en la zona del servicio de contraespionaje militar de los Estados Unidos de América. La tarde todavía era clara.

   A continuación, texto de la contracubierta:
   Italia, Segunda Guerra Mundial: el poeta americano Ezra Pound participa desde Radio Roma en la batalla de propaganda contra los aliados y contra los judíos. Pero el fervor nazifascista de Pound despierta las sospechas del contraespionaje italiano. ¿Transmiten los programas radiofónicos de Pound mensajes cifrados al enemigo? ¿Fue el genio de la literatura un agente doble o una simple y patética figura criminal? O quizá la realidad sea doble y ambigua.       
   Ésta es la historia que el autor de novelas de misterio Carlo Trenti le cuenta por escrito a su amigo y traductor J. N., residente por casualidad en Pisa durante los mismos meses en que lo fue Pound, pero más de sesenta años después.
   Y de repente el lector de la aventura de Pound se ve dentro de la historia: J. N. se encontrará con el autor, se cruzará con sus personajes, se evadirá de su propia vida guiado por el autor de novelas de misterio.
   Justo Navarro confirma en esta novela su bien ganado prestigio como uno de los mejores escritores españoles contemporáneos.
Justo Navarro

miércoles, 13 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". AVANCE EDITORIAL: "Por una causa justa", de Vasili Grossman. Primeras páginas

   En "elpais.com":
Vasili Grossman en el umbral del infierno

   Babelia avanza el comienzo de 'Por una causa justa', la primera parte de la obra cumbre del periodista y escritor soviético, 'Vida y destino'.

WINSTON MANRIQUE 11/04/2011

    ¿Cómo es el umbral hacia el infierno? Hay muchos. Uno de ellos lo muestra Vasili Grossman en Por una causa justa (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Se trata de la primera parte de Vida y destino, la obra que llevaría a Grossman (1905-1964) a ser aclamado por la crítica y los lectores. Por una causa justa es el resultado de su trabajo como corresponsal del periódico Estrella roja, inmerso él aún en el realismo socialista, durante el primer año de la llegada de los nazis a la URSS y a Stalingrado, que sería el comienzo del fin de la II guerra Mundial. Babelia avanza hoy, en esta edición digital de EL PAÍS, las primeras páginas de esta novela que llegará a las librerías a partir de mañana.
   Publicada en 1952, una década después de los hechos narrados, el libro de Grossman, se convierte, desde la primera línea, en una lección de historia, política, sociología, psicología y de la condición humana en momentos extraordinarios. 1.079 páginas en las que viven más de 200 personajes cuyos destinos recuerdan a la gran narrativa rusa que busca retratar el curso del Tiempo germinado de Historia. Y con ellas un mosaico de la sociedad soviética de la época y sus seres en todos sus matices. Muchos de ellos aparecen en Vida y destino.
   Pero en medio de toda esta desolación, de la tragedia que se abate sobre Stalingrado, y sobre el propio Grossman, éste no se olvida de la verdadera Vida y su aliento superior; del amor, la bondad, la nobleza, la comprensión, la belleza: "En momentos como aquel, el hombre percibe la luz, el espacio, el susurro, el silencio, los olores dulces y las caricias de la hierba y las hojas en su hermoso conjunto: todas aquellas centésimas o, tal vez, milésimas y millonésimas partes que componen la belleza del mundo. Aquella belleza, la auténtica belleza, solo quiere transmitir al hombre un mensaje: la vida es un bien". Y eso es lo que recuerda Vasili Grossman en esta novela dura y conmovedora.

PRIMERAS PÁGINAS DE LA NOVELA
Vasili Grossman

miércoles, 6 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". AVANCE EDITORIAL: "Memorias de una viuda", de Joyce Carol Oates

Joyce Carol Oates

   En "elpais.com":
Joyce Carol Oates, autorretrato del dolor

   La escritora estadounidense publica su libro 'Memorias de una viuda'. 'Babelia' avanza el comienzo de un libro duro y conmovedor sobre la vida y el arte de la literatura.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL - Madrid - 05/04/2011

   "Me he mantenido viva". Ese es el primer deber mortuorio que tiene una viuda en el primer aniversario de la muerte de su marido. Así de claro y doloroso lo expresa Joyce Carol Oates en su nuevo libro en el cual recoge los pasos que vivió desde la enfermedad de su esposo hasta su fallecimiento y posterior duelo. Se titula: Memorias de una viuda (Alfaguara). Un autorretrato literario de su vida en el sentido más amplio y profundo. Babelia avanza hoy, en esta edición digital del periódico, el comienzo del libro, que llegará mañana a las librerías españolas.
   La autora de títulos como Mamá o La hija del sepulturero, desnuda su alma en estas 469 páginas que van más allá de la mera descripción y narración de aquel episodio. Se mira a sí misma sin olvidar lo que hay más allá de su dolor e incertidumbre, de la realidad ajena que la circunda política, social y culturalmente. Oates (Nueva York, 1938) reconstruye con pulso firme y sereno la pesadilla vivida desde poco antes del brote de neumonía de su esposo, el editor Raymond Smith, en el invierno de 2007. A partir de ahí una sucesión de episodios que convirtieron su existencia en un mal sueño. Como entrar asustado en un túnel oscuro lentamente. Indefenso. Todo ello entrelazado con reflexiones y miradas sobre el arte de vivir y el arte de conjugar existencia y escritura. Y la ausencia. Y su presencia hecha de recuerdos y evocaciones. Ternura, dolor, ironía, desconcierto, crítica, sarcasmo, Humor, enfado, amor... y toda la gama de sensaciones, posturas y actitudes que suelen acompañar a lo largo de la vida. Una especie de manual de supervivencia y compostura.
   En Memorias de una viuda, Oates transmite el latir de aquellos momentos. Levanta carta sobre la devastación y la necesidad de sobrevivir. "En esta primerísimo etapa de la viudedad -estos primeros minutos, horas, casi se podría llamar previudedad, porque la viuda no se ha enterado de lo que va a suponer vivir en un mundo en caída libre del que se ha eliminado el significado- la viuda se consuela con esos pequeños deberes y rituales; los perímetros del protocolo de la Muerte en los que...".
   Una vez más, Joyce Carol Oates ofrece una clase magistral de vida y literatura que convierten estas memorias en una lectura necesaria. Pasajes en los que, como ella misma reconoce, incluso, a veces, la felicidad es dolorosa.

Primeras páginas de Memorias de una viuda

viernes, 4 de febrero de 2011

NARRATIVA. AVANCE EDITORIAL. "1Q84", de Haruki Murakami

Haruki Murakami

   Así comienza la novela:
   La radio del taxi retransmitía un programa de música clásica por FM. Sonaba la Sinfonietta de Janácek. En medio de un atasco, no podía decirse que fuera lo más apropiado para escuchar. El taxista no parecía prestar demasiada atención a la música. Aquel hombre de mediana edad simplemente observaba con la boca cerrada la interminable fila de coches que se extendía ante él, como un pescador veterano que, erguido en la proa, lee la aciaga línea de convergencia de las corrientes marinas. Aomame, bien recostada en el asiento trasero, escuchaba la música con los ojos entornados.
   ¿Cuántas personas habrá en el mundo que, al escuchar el inicio de la Sinfonietta de Janácek, puedan adivinar que se trata de la Sinfonietta de Janácek? La respuesta probablemente esté entre «muy pocas» y «casi ninguna». Pero Aomame, de algún modo, podía.
   Janácek compuso aquella pequeña sinfonía en 1926. El tema inicial había sido creado, originalmente, como una fanfarria para una competición deportiva. Aomame se imaginaba la Checoslovaquia de 1926. La primera guerra mundial había finalizado, por fin se habían liberado del prolongado mandato de la Casa de Habsburgo, la gente bebía cerveza Pilsen en los cafés, se fabricaban flamantes ametralladoras y saboreaban la pasajera paz que había llegado a Europa Central. Hacía ya dos años que, por desgracia, Franz Kafka había abandonado este mundo. Poco después Hitler surgiría de la nada y, de repente, devoraría con avidez aquel bello país, pequeño y recogido, pero por aquel entonces nadie sabía aún que ocurriría esa catástrofe. La enseñanza más importante que la Historia ofrece a las personas tal vez sea que «en cierto momento nadie sabía lo que sucedería en el futuro». Aomame se imaginaba el apacible viento atravesando las llanuras de Bohemia y, mientras escuchaba aquella música, reflexionaba sobre las vicisitudes de la Historia.
   En 1926, el emperador Taisho falleció y se produjo la transición a la era Showa. En Japón también estaba a punto de comenzar una época oscura y abominable. El breve interludio de modernismo y democracia se terminó y el fascismo desplegó su poder. [...]
   –Tiene usted un buen coche, muy poco ruidoso –dijo Aomame a espaldas del conductor–. ¿Qué coche es?
   –Un Toyota Crown Royal Saloon –respondió lacónico el conductor.
   –La música suena nítida.
   –Es un coche silencioso. Por eso lo elegí. Toyota tiene una de las mejores tecnologías del mundo en lo que a insonorización se refiere.
   Aomame asintió y volvió a recostarse en el asiento. Había algo en la manera de hablar del conductor que la atraía. Hablaba como si siempre se dejara algo importante por decir. Por ejemplo (y no es más que un ejemplo), como si no hubiera ninguna queja en cuanto a insonorización, pero el Toyota fallara en algo. Y cuando acababa de hablar, un pequeño fragmento de silencio locuaz se quedaba flotando en el estrecho espacio del vehículo, como una diminuta nube imaginaria. De algún modo, provocó en Aomame una sensación de inquietud.
   –Sí que es silencioso –opinó Aomame para alejar aquella nubecilla–. Además, el equipo estéreo parece de lujo.
   –Me lo pensé dos veces antes de comprármelo –el tono del conductor sonó como el de un oficial del Estado Mayor retirado hablando de operaciones militares del pasado–. Pero como paso muchas horas dentro del coche, prefiero tener el mejor sonido posible y...
   Aomame esperó a que siguiera hablando, pero no hubo continuación. Volvió a cerrar los ojos y a escuchar la música. Desconocía qué tipo de persona había sido Janácek. De todos modos, estaba segura de que el músico nunca se habría imaginado que alguien, en el silencioso interior de un Toyota Crown Royal Saloon, en medio de un atasco terrible en la autopista metropolitana de Tokio, en 1984, escucharía la música que había compuesto.
Fuente

miércoles, 29 de diciembre de 2010

NOVELA. AVANCE EDITORIAL. "El caso Mao", de Qiu Xiaolong

   COMIENZO DE LA NOVELA:
    El inspector jefe Chen Cao no estaba de humor para intervenir en la reunión sobre estudios políticos organizada por el comité del Partido del Departamento de Policía de Shanghai.
   Su malhumor se debía al asunto que debatían aquel día: la imperiosa necesidad de construir la civilización espiritual en China.
"Civilización espiritual" era un eslogan político que aparecía con frecuencia en los periódicos del Partido desde mediados de 1990. El Diario del Pueblo acababa de publicar otro editorial sobre el tema aquella misma mañana. En el mismo número, sin embargo, se destapaba un nuevo caso de corrupción protagonizado por un alto cargo del Partido.
   ¿De dónde podría surgir esta "civilización espiritual"? No iba a aparecer por arte de magia, como el conejo que sale de la chistera de un mago. De todas formas, a Chen no le quedaba más remedio que permanecer sentado a la mesa de la sala de reuniones, muy tieso y con el semblante serio, y asentir como un robot mientras los otros hablaban.
   "No puedes unir nada con nada si tienes las uñas rotas".
   Chen no podía recordar si esta imagen tan sombría provenía de un poema que había leído hacía mucho, tendido al sol en alguna playa.   
   Pese a toda la propaganda política del Partido, el materialismo se estaba extendiendo por toda China. Circulaba el chiste de que la antigua consigna política "Mirad hacia el futuro" se había convertido en una máxima aún más popular, "Mirad el dinero", porque la palabra china qian se pronuncia exactamente igual para referirse al futuro y al dinero. Pero eso no era un chiste, o no exactamente. Entonces, ¿de dónde surgiría la "civilización espiritual"?
   –Hoy en día, la gente no ve más allá de sus propios pies –dijo con voz solemne el secretario del Partido Li Guohua, el cargo más alto del Partido dentro del Departamento. Mientras hablaba, las abultadas ojeras de Li no dejaban de temblar–. Tenemos que hacer hincapié una vez más en la gloriosa tradición de nuestro Partido. Tenemos que reconstruir el sistema de valores comunista. Tenemos que reeducar al pueblo...
   ¿Era el pueblo el culpable de lo que estaba sucediendo? Chen encendió un cigarrillo mientras se frotaba el caballete de la nariz con los dedos índice y corazón. Después de todos los movimientos políticos surgidos bajo el régimen de Mao, después del inicio de la Revolución Cultural en 1966, después del agitado verano de 1989, después de los numerosos casos de corrupción dentro del Partido...
   –Al pueblo sólo le importa el dinero –intervino en voz alta el inspector Liao, jefe de la brigada de homicidios–. Permítanme que les dé un ejemplo. La semana pasada fui a un restaurante. Un antiguo restaurante de cocina de Hunan que lleva abierto muchos años pero que, de pronto, se ha convertido en un restaurante temático dedicado a la figura de Mao. Todas las paredes están cubiertas de fotografías de Mao y de sus cautivadoras secretarias personales. La carta está llena de especialidades que, supuestamente, fueron los platos favoritos de Mao. Y las Hermanas Camareras de Xiang, enfundadas en corpiños de estilo dudou con citas de Mao impresas, se contoneaban por el restaurante como si fueran putas. El restaurante está aprovechándose descaradamente de la memoria de Mao, quien debe de estar revolviéndose en su tumba.
   –Y circula una anécdota –añadió el subinspector Jiang– sobre la llegada de Mao a la plaza Tiananmen, donde un astuto hombre de negocios fotografiaba a los turistas junto a Mao, ganando así un montón de dinero. Una auténtica vergüenza.
   –Dejen en paz a Mao –interrumpió el secretario del Partido Li sin ocultar su enfado.
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SINOPSIS
   Cuando aún no se ha repuesto de la noticia de que su antigua novia, Ling, se ha casado, el inspector jefe Chen Cao recibe la llamada de un ministro que le insta a encargarse, sin demora y personalmente, de una delicada investigación relacionada con el presidente Mao. Las autoridades temen que Jiao, la nieta de una actriz que mantuvo una "relación especial" con Mao y fue perseguida durante la Revolución Cultural, haya heredado algún documento que, de salir a la luz, empañe la figura de Mao, "intocable" aun décadas después de su fallecimiento. Jiao acaba de dejar un empleo mal pagado como recepcionista, se ha mudado a una lujosa vivienda y se ha integrado en un nuevo círculo de amistades que sólo anhela revivir nostálgicamente las costumbres y modas de la dorada Shanghai precomunista. Chen deberá infiltrase en el círculo, recuperar el comprometedor material –si existe– y evitar el escándalo, en un caso trepidante en el que se entrecruzan la fuerza de los mitos, la corrupción de la élite política y la historia reciente de China.
EN TUSQUETS EDITORES. Col. Andanzas. Enero 2011
Traducción de Victoria Ordóñez Diví.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. Sobre el ensayo "Una historia de la violencia", por José Abad


En "El Día de Córdoba":

La historia interminable

Paidós celebra sus 65 años con el lanzamiento, entre otros títulos, de 'Una historia de la violencia' de Robert Muchembled, una obra que apunta ideas sugerentes

José Abad
Actualizado 30.11.2010

   La violencia nos rodea desde siempre, pero no siempre se ha tenido idéntica percepción de la misma. De hecho, no recibiría este nombre hasta fechas relativamente recientes: "La palabra violencia -recuerda Robert Muchembled- aparece a principios del siglo XIII; deriva del latín vis, que significa fuerza, vigor, y caracteriza a un ser humano de carácter iracundo y brutal"; es decir, el término se habría acuñado para describir las expresiones más funestas de dicho vigor. En Una historia de la violencia, Muchembled analiza la cotización sociocultural de este fenómeno en los últimos siete siglos, entre el estertor de la Edad Media y los primeros balbuceos del tercer milenio, a lo largo de los años y a lo ancho del mundo, aunque haciendo hincapié en el caso francés. Para este historiador galo, la violencia habría conocido un paulatino descrédito hasta el último cambio de centuria; en lo que llevamos de siglo XXI, sin embargo, estaría resurgiendo en sus formas más aviesas.
   Unos datos previos fijan las líneas de investigación. La violencia desatada, esa rabia sensible de transformarse en fechoría, "registra algunas constantes dignas de estudio en cuanto al sexo y la edad -apunta Muchembled-. Afecta muy poco a las mujeres, que hoy son responsables aproximadamente de un 10 % de los delitos, con pocas variaciones desde la Edad Media; los implicados son sobre todo varones jóvenes, entre los 20 y los 30 años". La violencia juvenil estaría en relación directa con el afianzamiento de la propia virilidad y los mecanismos de reemplazo generacional: el macho joven debe demostrar ser capaz de relevar al macho adulto, cuando llegue el momento, en la defensa del territorio y la fecundación de las hembras. Intuimos, sin necesidad de hacer grandes esfuerzos de abstracción, que así es. En algunos aspectos de nuestro carácter, el barniz civilizador es exiguo: el hombre se reafirma, a menudo, recurriendo a maneras expeditivas y esta reafirmación pasa, asimismo a menudo, por el atropello del otro.
   Una historia de la violencia, una de las obras con que la editorial Paidós celebra sus 65 años, habla de la acción instintiva del individuo y de la reacción "programada" del sistema. Desde antiguo, las comunidades más aventajadas han hallado modo de canalizar o reprimir nuestra agresividad innata (también la adquirida, no olvidemos que existe una cultura de la violencia con sus pontífices y su feligresía). La sociedad ha elaborado métodos de control y autocontrol para embridar esta furia. Desde finales del Medioevo, además de consolidar una ética de inspiración cristiana que anteponga la vida humana a cualquier otra consideración, el insulto y la agresión, las peleas y el derramamiento de sangre han sido convenientemente estigmatizados en Occidente. A ello han contribuido medidas disuasorias como la prisión, que recluye y excluye a los individuos inadaptados, o las multas, que pacifican y contribuyen a la recaudación de fondos.
   Con la Edad Moderna, paradójicamente, la justicia aumentó la mano dura: "Los tribunales penales ven transformarse en todas partes su función. Ya no tienen como meta principal tratar de reconciliar a los adversarios, sino culpabilizar y castigar duramente a los autores de homicidios", escribe Muchembled. La violencia no desaparece del escenario social, en absoluto. El Estado moderno desarma a la ciudadanía y arma a sus órganos de control -el ejército primero, la policía después-, generaliza el recurso de la tortura -un "terror salvífico", según sus defensores- y transforma las ejecuciones públicas en escenificaciones del destino último del criminal (en esta represión cabría ver la particular reafirmación de los jóvenes gobiernos nacionales). El Estado no erradica la violencia, la instrumentaliza, la dosifica, la monopoliza. La autoridad hace suyo el mandamiento bíblico "no matarás", y añade: "A menos que sea yo quien te lo mande".
   Ese furor sanguinario, inhibido en el ciudadano, se estimula en el soldado que ha de sacrificarse por la patria: "El Estado necesita controlar la agresividad de sus súbditos para canalizar mejor la de sus ejércitos hacia el terreno fundamental de la confrontación lícita contra los enemigos", advierte Muchembled. Se alimenta el odio al enemigo exterior -en muchos casos, se inventa un "enemigo exterior"-, lo que genera un doble rasero aplicado alegremente todavía hoy: si somos agredidos, hablamos de atentados; si agredimos, es para hacer justicia… La de la violencia es, me temo, la historia interminable. Por la vigencia permanente de su tema, Una historia de la violencia es una lectura harto recomendable; también por la claridad con que están expuestas sus muchas sugerencias y por la destreza con que abre al lector el abanico de las ideas.