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lunes, 30 de noviembre de 2015

HISTORIA. "¿Quién votó a Hitler?"

   En "jotdown":

¿Quién votó a Hitler?

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Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Uno de los debates más comunes de nuestro tiempo, durante estos últimos días aún más frecuente si cabe, es el que contrapone libertad y seguridad. En realidad se trata de una distinción falaz, pues la segunda es condición necesaria de la primera, ya que nada coarta más nuestra libertad que el miedo que provoca la inseguridad. El origen de este malentendido se lo debemos, al menos en parte, a Erich Fromm y a su libro —por otra parte bastante recomendable— El miedo a la libertad. Para quien no lo haya leído venía a decir que el auge del protestantismo en el siglo XVI y del nazismo en el XX tenían una misma raíz, anunciada en el propio título de la obra. La modernidad traería consigo una ruptura de los lazos que ataban al individuo en las sociedades tradicionales, lo que genera tanta independencia como desasosiego. De manera que, expulsado de ese apacible útero a un mundo en el que debe manejarse en plena libertad, el sujeto intentaría rehacer como fuera ese vínculo primitivo, bien a través de un mayor rigorismo religioso o de una ideología totalitaria. 
El nazismo sería un caso paradigmático de esto, con su énfasis en el colectivo por encima del individuo, con sus grandes mítines en los que cualquier personita, con sus miserias, temores y debilidades pasaba a sumergirse en una masa invencible que lo trascendía: Deutschland über alles. El libro se publicó en 1941 después de que el autor, judío alemán, huyera de unos compatriotas que no tenían nada bueno reservado para él, así que pudo verlo todo desde primera fila. Algo hay de cierto en su planteamiento, sin duda, pero con el paso del tiempo hemos podido saber con mucho más detalle los motivos del ascenso de Hitler al poder y hay algunos puntos que matizar. Para ello deberemos conocer quién y por qué se unió al nacionalsocialismo.
El 14 de septiembre de 1930 las elecciones al parlamento alemán ofrecieron un resultado que marcaría la historia del país y del mundo. El partido más votado fue, tal como era de esperar, el socialdemócrata. Pero estaba seguido de cerca —con más de 6,3 millones de votos y el 18,2% del total— por el NSDAP, una formación hasta entonces marginal que había multiplicado por ocho sus votos respecto a las elecciones previas celebradas solo dos años antes. Fue una auténtica sorpresa y un acontecimiento crucial, pues una vez ganada esa posición ya no hubo vuelta atrás: sus resultados irían en aumento en una República de Weimar ya agonizante hasta que el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller. ¿Cómo había sido posible? Aunque el partido había sido refundado solo trece años antes, las ideas que en una peculiar mezcolanza lo conformaban ya estaban en el ambiente desde tiempo atrás.
El antisemitismo por ejemplo llevaba siglos firmemente instalado en Europa, aunque en Alemania la población judía (que no llegaba ni al 1%) estaba notablemente asimilada en la vida económica, social y cultural; eran frecuentes los matrimonios mixtos y su identificación patriótica era plena hasta el punto de que muchos se consideraban orgullosos excombatientes de la Primera Guerra Mundial. Curiosamente la Cruz de Hierro al valor que obtuvo Hitler en dicho conflicto fue por recomendación de un oficial judío. Pese a ello el antisemitismo aún era una idea ocasionalmente empleada en algunos discursos políticos, que pasaría a incorporarse con inusual énfasis en el NSDAP, aunque tamizada por un nuevo enfoque que ya no sería religioso sino (pseudo) científico.
Ese nuevo enfoque estaba relacionado con un acontecimiento clave en la historia de la humanidad ocurrido unas décadas antes: la creación en Londres de una red de alcantarillado. Tal vez no suene muy épico, pero aumentó considerablemente la esperanza de vida en todas las ciudades que rápidamente la imitaron. La higiene pasó a ser un principio fundamental, casi obsesivo, de la medicina y de la salud pública, de manera que se extendió a otros ámbitos, se cruzó con otra idea también puesta de moda durante el siglo XIX como el darwinismo y algunos comenzaron a rumiar el concepto de «higiene racial». En 1905 se fundó en Alemania la Sociedad de Higiene Racial, cuyos fundadores reivindicaban la vieja idea espartana de decidir si los recién nacidos debían vivir o ser eliminados si presentaban problemas de salud. Aunque lo debía decidir un médico, ojo, que no eran ningunos bárbaros. El caso es que la eugenesia entusiasmó a todo el mundo de tal forma que los programas de esterilización involuntaria en esa época pasaron a estar activos en nada menos que veintiocho países. En Estados Unidos el simpático doctor Kellogg, por ejemplo, además de promover el desayuno de cereales y los enemas de yogur, también inauguró la Fundación para la Mejora de la Raza. Y por supuesto en el NDSAP la idea también se hizo un hueco. Hitler para 1920 ya había interiorizado a la perfección esa retórica científico-sanitaria para hablar de los judíos: «No creáis que vais a poder combatir una enfermedad sin matar la causa, sin aniquilar el bacilo, y no creáis que podéis combatir la tuberculosis racial si no os esforzáis por que la gente deje de estar expuesta a la causa de la tuberculosis racial».
La Catedral de Luz, ideada por albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
La catedral de luz, ideada por Albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
Como vemos el ideario nazi, aunque exótico y grotesco para la sensibilidad contemporánea, no tenía elementos particularmente lejanos de la cosmovisión de cualquier alemán de su tiempo, que podía votarlo o repudiarlo, pero en ningún caso sentir demasiada extrañeza ante él. Poseía ingredientes tan familiares como por ejemplo el colonialismo, que tanta importancia seguía teniendo para Europa por entonces y que inspiró al geógrafo Karl Haushofer la idea de que Alemania necesitaba expandir sus territorios hacia el este, un «espacio vital» que pasaría a formar parte del ideario del NSDAP por influencia del propio autor, que militó en el partido desde su misma fundación… aunque luego caería en desgracia cuando su hijo participase años después en la Operación Valkiria, el atentado frustrado contra Hitler.
Hablar de colonialismo nos lleva a otro elemento con el que está estrechamente emparentado, el nacionalismo, paradójicamente la seña de identidad más íntima del partido y al mismo tiempo aquello que más extendido estaba en la sociedad alemana, facilitando así su crecimiento explosivo. La reunificación del país llevada a cabo por Bismarck unas décadas antes conocida como Imperio alemán o II Reich era un episodio que encendía muchos corazones germanos, al que añoraban con la misma intensidad con la que expresaban su repudio por lo que hoy llamados República de Weimar. El discurso nacionalista-romántico era hegemónico en las universidades del país (y en parte de la alta cultura, como las óperas de Wagner), y el hecho de que estas ofrecieran además una enseñanza de alto nivel que habían colocado a Alemania en la vanguardia científica y técnica reforzaba su prestigio por asociación y marcaba así a las élites que luego ocupaban posiciones influyentes. Parte de esas élites formaron en Múnich la llamada Sociedad Thule, una agrupación secreta cuyo emblema era una esvástica y cuyos intereses oscilaban entre la investigación de los orígenes de la raza aria, el ocultismo y la lucha contra el comunismo. Este grupo fundaría el DAP en 1919, que un año después de su creación sería refundado por Hitler como NSDAP. Su nacimiento al término de la Primera Guerra Mundial no era casual y de nuevo estamos ante una seña de identidad del partido que al mismo tiempo estaba profundamente enraizada en la sociedad del momento. Como dice Richard J. Evans en La llegada del Tercer Reich:
Los modelos castrenses de conducta habían sido algo generalizado en la cultura y la sociedad alemanas antes de 1914, pero después de la guerra se hicieron omnipresentes. El lenguaje de la política estaba impregnado de metáforas del periodo bélico, el partido rival era un enemigo al que había que aplastar, y la lucha, el terror y la violencia se convirtieron en armas ampliamente aceptadas y perfectamente legítimas en la contienda política. Había uniformes por todas partes. La política, invirtiendo un famoso adagio del teórico militar de principios del siglo XIX Carl von Clausewitz, se convirtió en una continuación de la guerra utilizando otros medios.
Buena parte de los altos cuadros del NSDAP empezando por el propio Hitler, así como de las camisas pardas que ejercían de milicias del partido, eran veteranos que habían quedado irremediablemente marcados por el conflicto. Hasta tal punto era importante esa experiencia vital que Goebbels atribuía en los mítines su cojera a una herida de guerra (en la que nunca participó). En ella habían encontrado su lugar en el mundo, una camaradería, unos valores… y repentinamente todo eso había terminado. La censura del gobierno les hizo creer en todo momento que estaban ganándola, de manera que interpretaron el armisticio como una traición judeo-socialista, fue el mito de «la puñalada por la espalda» que les hizo odiar al nuevo régimen surgido tras ella y, muy especialmente, al Tratado de Versalles que le puso fin. Consideraban una monstruosa afrenta al orgullo nacional la cantidad de territorios (más de la décima parte del país) que el tratado exigía, así como el desarme impuesto y las compensaciones económicas exigidas. 
Dichas compensaciones, junto con la carga que suponían las pensiones a veteranos incapacitados y huérfanos, terminaron estrangulando la economía alemana, que en 1923 sufrió una hiperinflación por la que, por ejemplo, un kilo de pan de centeno paso de costar ciento sesenta y tres marcos a doscientos treinta y tres mil millones en algo más de nueve meses. Con el dinero perdiendo todo su valor llegaron esas imágenes que todos hemos visto alguna vez de niños jugando a construcciones con pilas de billetes, muchos pequeños ahorradores se quedaron en la ruina y la delincuencia —obviamente no para robar dinero sino bienes personales y alimentos— se multiplicó. La economía pudo estabilizarse a partir de 1924, pero años después llegaría el crac del 29 y en torno a un 30% de los trabajadores se quedaría en el paro. Una cifra elevadísima, aunque en España no nos llame mucho la atención.
Finalmente, otro factor que no podemos dejar de mencionar es la revolución rusa de 1917. Las noticias que llegaban de la violencia que estaba desatando no eran nada tranquilizadoras y apenas un año después Karl Liebknecht Rosa Luxemburgo fundaron el Partido Comunista de Alemania y casi simultáneamente tuvo lugar la Revolución de noviembre, que derivó en el intento de instaurar una república de inspiración soviética. Aunque finalmente resultó frustrado y ambos dirigentes asesinados, los insurrectos secuestraron y mataron a varios miembros de la mencionada Sociedad Thule, que pasaron a ser mártires e impulsaron así la reacción nazi. La escalada en el enfrentamiento entre comunistas y extrema derecha no se detuvo ahí y la Liga de Combatientes del Frente Rojo encontraría la horma de su zapato en las SA o Camisas Pardas. Hay una novela muy interesante al respecto, supuestamente autobiográfica, que se titula La noche quedó atrás y fue escrita con el seudónimo de Jan Valtin. Digo supuestamente porque la cantidad de aventuras que protagoniza este agitador al servicio del Komintern no se viven ni en diez vidas, irradiando tal heroísmo que fascinó a Pío Moa hasta el punto de fundar el grupo terrorista GRAPO para emularlo. 
En cualquier caso el libro recrea muy bien ese ambiente de radicalismo político y lucha callejera con huelgas constantes, sabotajes, asaltos a sedes de otros partidos, peleas multitudinarias y, en definitiva, cientos de muertos con el paso de los años. Un conflicto que iba polarizando la sociedad y que permitió a Hitler mostrarse como el hombre que llegaría para restablecer el orden. Lo cual no deja de ser paradójico pues buena parte de esa violencia fue originada por los propios nazis, verdaderos maestros de la violencia política. Puede decirse que el nacionalsocialismo era, al menos en este punto, marxista. Pero de la escuela de Groucho: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Solo que en vez de buscar problemas, los creaban.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Los sectores que más lo apoyaron
Este breve esbozo de la doctrina y el contexto del NSDAP visto hasta ahora nos muestran dos cosas, que en parte desmienten o al menos matizan la tesis de Fromm con la que iniciábamos el artículo. El partido tenía arraigo en la mentalidad y las tribulaciones de la sociedad alemana, de manera que no era —al menos de cara al electorado— una organización al servicio exclusivo de un grupo, unos intereses o una psicología determinadas. Era lo que los politólogos llaman hoy un catch-all party con aspiración de ser interclasista y entrar en todos los nichos. No había pues un votante arquetípico de Hitler. En segundo lugar quienes le votaron no es que tuvieran miedo (o no solo) a la libertad. Lo que les daba miedo era la violencia callejera, el desmoronamiento de las instituciones y el caos económico. No se sentían abrumados por las múltiples posibilidades que se abrían ante su futuro, sino por la frustrante ausencia de todas ellas.
Dado que en las elecciones de julio de 1932 lograron acaparar el 37,2% de los votos está claro que llegaron a todos los segmentos sociales, pero aun así pueden señalarse algunos en los que el apoyo fue superior a la media. En primer lugar la población rural, evidentemente muy receptiva al lema de «sangre y tierra» que pregonaban los nacionalsocialistas y que pasaba así a ser la guardiana de las esencias nacionales. De nuevo queda en entredicho la idea de Fromm del votante nazi como un urbanita desarraigado nostálgico de la tribu. De hecho Berlín, una enorme metrópolis de cuatro millones de habitantes, mantuvo hasta que ya no le quedó más remedio unos niveles bajos de adhesión al movimiento.
Otro pilar fundamental fueron los jóvenes. Aquella ocasión en la que Hitler afirmó que «cuando un opositor dice: “no me acercaré a vosotros”, yo le respondo sin inmutarme: “tu hijo ya nos pertenece”» resultó especialmente inquietante y vampírico entre otras cosas porque tenía, además, toda la razón. Su doctrina encajaba como un guante en la mentalidad juvenil y adolescente al primar la acción sobre la reflexión y la visión maniquea de la realidad frente a la escala de grises que suele proporcionar la edad. El énfasis en la fuerza, el vigor, la camaradería y la esperanza en el futuro encandilaba a la chavalería y quedaba reflejado en la importancia que se concedía a la organización de las Juventudes Hitlerianas y en que el mártir oficial del nacionalsocialismo —que dio nombre a su himno y protagonizó infinidad de exequias— fuera Horst Wessel, un joven muerto a los veintitrés años a manos de un comunista. En torno a la cuarta parte de los votos que lograron en 1930 provenían de gente que acudía a las urnas por primera vez.
También logró una gran aceptación entre las mujeres. El propio Hitler se jactaba de ello cuando decía que «las mujeres siempre han estado entre mis apoyos incondicionales» y que «hemos ganado más mujeres para nuestra causa que todos los demás partidos juntos». Cabe suponer que lo apoyaban porque, obviamente, compartían su visión de cómo debía ser el futuro de Alemania. Ahora bien, ¿por qué en una mayor proporción que el sector masculino? Se han planteado varias explicaciones y una de ellas que creo convincente es que se trata de un electorado levemente más conservador. Por poner un ejemplo próximo, en el referéndum escocés el «no» representaba la opción continuista, mientras que el «sí» entrañaba un salto al vacío (o al menos así lo describían sus detractores), de manera que entre los hombres la diferencia fue de seis puntos a favor del no, mientras que entre las mujeres se elevó hasta los doce puntos. Pues bien, en el contexto de violencia desatada en las calles e incertidumbre económica de la República de Weimar, la promesa de orden y autoridad tal vez resultara clave para aquel apoyo incondicional femenino del que hablaba el líder del NSDAP. Para conocer más detalles sobre esta cuestión pueden leer el artículo Our Last Hope: Women’s Votes for Hitler de la historiadora Helen A. Boak.
Por su parte, los protestantes mostraban más del doble de apoyo al partido que los católicos y también tenían mayor representación los funcionarios y la clase media baja, y el norte del país más que el sur. El NSDAP logró atraer a una buena parte de los que previamente votaban a los nacionalistas y a los conservadores aunque su éxito fue menor del que esperaban con los obreros y parados, que permanecieron relativamente fieles a los partidos socialdemócrata y comunista.
En conclusión, en mayor o menor medida en todos los grupos sociales un buen número de electores se inclinaron por esa opción ante la inusual combinación entre unas circunstancias históricas, sociales y económicas excepcionales, el intimidante uso de la fuerza en las calles de las SA y la formidable maquinaria propagandística ideada por Goebbels. La solución que escogieron fue el comienzo de otros muchos problemas y ni con el mayor de los sarcasmos se podría decir que disfrutasen de lo votado pero, de eso no hay duda, hicieron historia.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.

viernes, 23 de octubre de 2015

PRENSA. Entrevista al filósofo y escritor Rüdiger Safranski

   En "El País Semanal":

Safranski: “Hoy solo un futbolista alcanzaría la fama de Goethe”

Filósofo y escritor, último vestigio de intelectual sin fronteras enamorado de Europa, Rüdiger Safranski ha escrito monografías sobre Schiller, Heidegger, Nietzsche o Goethe

En esta entrevista, celebrada en su casa de la Selva Negra, disecciona la Alemania actual y a Merkel, a la que define como una mujer sin ideología


El filósofo y escritor Rüdiger Safranski. / ROLF HAID

Si algo queda del maltrecho espíritu europeo, tal vez se esconda en Badenweiler, ciudad termal de la Selva Negra donde lo último que hizo Chéjov antes de morir de tuberculosis fue tomar las aguas. El escritor alemán Rüdiger Safranski compró en 2008 una preciosa casa neoclásica de dos pisos con jardín construida en 1860 frente a las principales atracciones del refinado pueblecito: los baños (“que fueron tan célebres como los de Baden-Baden”, advierte con orgullo el ensayista) y el Grand Hotel Römerbad; su vestíbulo coronado por una cúpula de dos alturas, ideal para la interpretación de música de cámara, es el lugar escogido por Safranski para celebrar la semana próxima la cuarta edición del festival literario temático del que es fundador y director, y que este año está dedicado al “Gran desorden amoroso”.
Aquí, encrucijada de tres países, vive y trabaja entre libros, camafeos de hombres ilustres y cofres integrales de Bach, uno de los faros intelectuales de un país donde la filosofía aparentemente da para pagar las facturas. Tanto su faceta de biógrafo de grandes pensadores que ayudaron a forjar el espíritu nacional (SchopenhauerNietzscheHeideggerSchiller…) como sus obras de carácter analítico (sobre el mal, la verdad o la globalización) resultan en libros que compran decenas de miles de lectores y se encaraman en la lista de los más vendidos. En España, donde cuenta con una parroquia fiel, acaba de publicarse Goethe. La vida como obra de arte, mientras que las mesas de novedades alemanas exhiben su nuevo ensayo sobre el tiempo. A la entrevista asistió en calidad de traductor del alemán su editor en Tusquets, José María Ventosa.
Es en cierto modo una vuelta a sus orígenes. Usted nació cerca de aquí. Así es, vine al mundo en Rottweil, en el sur de Alemania. Mis padres eran prusianos del Este. Esto ya se aprecia en el propio apellido: Safranski tiene raíces polacas. En la II Guerra Mundial, mis padres fueron expulsados de Königsberg [actual Kaliningrado]. Hui de los rusos en el vientre de mi madre. Y nací en Rottweil, con tanta tensión, una semana antes de lo previsto… En Alemania, a los que somos del 45 se nos conoce como los expulsados del hogar. Pienso inevitablemente en ello ahora, con estos flujos de inmigración que estamos viendo. Entonces, 12 millones de alemanes tuvieron que desplazarse a consecuencia de una guerra que los propios alemanes provocaron. La integración no resultó sencilla. El oeste acogió a mucha mano de obra procedente de un país destruido, y esto contribuyó al milagro económico de los años cincuenta. Al final fue una historia de éxito. Nosotros [él y su mujer, Gisela Maria, a quien está dedicado el libro con la frase “¿a quién si no?”] hemos vivido en Múnich y Berlín, pero ahora pasamos la mayor parte del tiempo aquí. Cuando queremos volver a sentir la neurosis ciudadana, como diría Woody Allen, vamos a Berlín.
¿Cómo fueron aquellos años de posguerra a los ojos de un niño? Rápidamente me di cuenta de que existían dos sociedades. En la escuela hablaba el dialecto suabo, y en casa, el alto alemán. No los mezclaba. En la universidad, primero en Fráncfort y luego en Berlín, solo hablaba alto alemán. Al menos, me sirvió de algo. Escribí una biografía e hice un documental sobre Heidegger [nacido en la región, más al este], y puedo decir que un pensador como él puede entenderse mejor si se conoce la mentalidad suaba. Los suabos son más lentos, prudentes, ahorradores. Hay pueblos en los que uno de cada dos habitantes tiene un Mercedes.
¿Qué sentido tiene hoy una biografía de Goethe, uno de los hombres más estudiados de la cultura occidental? Escribí un libro sobre Schiller, otro sobre el Romanticismo y un tercero dedicado a la amistad entre Schiller y Goethe, y para mí estaba claro desde el principio que la conclusión de este ciclo tenía que ser un libro sobre Goethe. Tenía el proyecto de describir el renacimiento de la cultura alemana. La época de Goethe fue la más productiva de nuestra historia y tuvo además una gran irradiación europea. Mi intención era describir en su conjunto este extraordinario momento, aclararlo en alguna medida. Es cierto que Goethe es el mayor objeto de estudio de los filólogos y humanistas desde hace 200 años. Es increíble. Mientras que sobre Shakespeare apenas sabemos nada, Goethe está en el otro extremo. El problema no era, pues, la falta de información. Así que lo que pretendí en 2010, cuando empecé a trabajar en esta biografía, fue propiciar mi encuentro, el de Rüdiger Safranski, con Goethe; sobre todo, con su obra. He leído con especial intensidad sus cartas: solo su correspondencia ocupa 54 volúmenes, y cada uno tiene unas 450 páginas. Es imposible leerlo todo, pero si se dispone de la información adecuada, uno sabe a qué fuentes acudir. Un Goethe sin intermediarios, esa era mi idea. Manejé una cantidad enorme de textos. También disponemos de las extraordinarias páginas de las conversaciones. Goethe fue para sus contemporáneos una personalidad tan fascinante que todo aquel que hablaba con él corría a transcribir su charla.


El filósofo y escritor Rüdiger Safranski. /ROLF HAID
¿Qué grado de fama diría que alcanzó en términos contemporáneos? Hoy solo un futbolista alcanzaría una fama semejante. Goethe fue ya en su tiempo alguien muy, muy célebre, una figura carismática; además de un ser de hermosa apariencia, elegante. Cuando publicó Las penas del joven Werther, sin casi medios para darse publicidad, conquistó una gran fama. La gente peregrinaba a Fráncfort, donde vivía entonces, para ver de cerca a aquel monstruo extraordinario, para que les concediera audiencia. Y el propio Goethe, como explico en el libro, se decía: “¿Soy un profeta o un poeta?”. Él no quería ser profeta, pero le tomaron por uno. El problema es que como poeta le resultaba todo demasiado sencillo. Terminó Werther en cuatro semanas, el manuscrito se ha conservado y no luce ninguna corrección. Lo escribió de un tirón. Esto acabó convirtiéndose en un problema para él. En sus años de juventud en Fráncfort siente que se ha hecho famoso, ha escrito una novela, poesía, pero parece que todo esto le ha venido como por descontado. Le atenazaba el sentimiento de no haber hecho nada aún, de no saber apenas lo que es la vida. Entonces atiende a la llamada del duque [Carlos Augusto] y se va a Weimar; necesita hacer cosas, encargarse de la construcción de caminos, de las minas, hacer algo concreto, trabajar en la Administración. Es asombrosa su disposición para aprender. Ese es el tema para Goethe, la conciliación entre vida y obra. Había construido una obra, pero ¿dónde quedaba la vida?
¿Qué debe tener un personaje para atraer su atención de biógrafo? Debo sentir cierta empatía emocional. Un ejemplo: de Schopenhauer me fascinó que desarrolló una filosofía pesimista, pero llevó una vida serena. Quizá no feliz, pero sí equilibrada, sin caer en absoluto en la desesperación. Cómo se produce el equilibrio entre pensamiento y vida es lo que une a los personajes de mis biografías. Goethe fue un maestro a la hora de equilibrar ambos aspectos. De ahí el subtítulo de la obra, “La vida como obra de arte”. Si nos vamos al otro extremo, con Nietzsche se comprueba la forma tan catastrófica en que pueden llegar a oponerse vida y obra, hasta el punto de acabar en la locura. Por eso Nietzsche estaba tan maravillado con Goethe; para él era el ideal de equilibrio entre vida y obra.
Si aquella Alemania de Goethe y Schiller fue un faro cultural…, ¿qué es hoy? ¿Es su país un referente más allá de lo político y lo económico? Goethe estaba convencido de que Alemania no necesitaba ser un Estado nacional, le bastaba ser una potencia cultural. Creía en aquella amalgama de pequeños Estados, no veía la necesidad de construir un gran Estado central. Por eso le gustaba la figura de Napoleón. Significaba el fin de los nacionalismos, como el líder de un nuevo Imperio Romano que pudo ser. Hoy, este es un país poderoso económicamente que usa su fuerza a veces correctamente y otras no tanto. En la crisis de los refugiados está dando un buen ejemplo. Pero culturalmente ya no es nada especial. Es una potencia mediana, no diría que mala, solamente mediana. No hay autores de la categoría de Goethe. No obstante, lo que sigue siendo modélico es el mercado del libro; tenemos una enorme cantidad de espléndidas librerías gracias a la política del precio único y a una defensa frente a las políticas neoliberales, algo que es muy, muy importante. Contamos con una gran red de bibliotecas públicas que funciona, así como una considerable proporción de teatros en relación con la población. Y eso tiene que ver con nuestra historia de pequeños Estados nacionales alemanes. En Francia está París y solo París; en España, Madrid y Barcelona. Pero en Alemania, en cada ciudad había un teatro o una ópera. De la tradición de aquellos pequeños Estados ha surgido este paisaje cultural.
La de Goethe es también la época del nacimiento de la fascinación alemana por la cultura helena. ¿Cómo casa esa fascinación con la actitud de Merkel en la crisis griega?Alemania ha promovido una política de austeridad rigurosa. Pero esta no fue solo un invento de Alemania, sino que también lo fue de Maastricht, un concepto europeo. Se ha comprendido tarde, y esto sí es culpa de Alemania, que esta forma de política de austeridad podía conducir a una nueva catástrofe. Algo sin duda lamentable. Ahora comienza una lenta reorientación, se comienza a entender, pero no lo suficientemente deprisa, que una política así no es sana para un país. Alemania se aplicó especialmente en ser europea, porque a los alemanes no se les permitía liberarse de una historia nacional nefasta. Esta política es nuestra huida hacia Europa, nuestro afán por dejar atrás viejos fantasmas. Se ha planteado como una venganza por parte de Alemania, cuando en realidad se trataba de poner en práctica lo que los europeos habían acordado. Otra cosa es que ahora sepamos que no era en absoluto una política racional y que debe ser modificada. El gran error fue la introducción del euro. No se entendió que el sur es diferente del norte. Además, por culpa de esta economía basada en el euro, la conciencia europea se ha visto envenenada. Se contempla todo a través de las gafas de la economía…
Que no es precisamente la ciencia más empática… Antes de la crisis, Grecia representaba desde el punto de vista alemán el Sur, una forma de vida despreocupada, la gente en los cafés, las mujeres…, todo eso parecía bastante hermoso; ahora todo se ve a través del filtro de la economía, los griegos son, ah, esa gente que no trabaja, que se pasa todo el día en la calle… La tolerancia ante diferentes formas de vida está envenenada. Todos miran a los demás como meros economistas. El propio Goethe nos enseñó que la vida es mucho más rica que lo que las categorías económicas y políticas dictan. Cuando el canciller Konrad Adenauer viajó a Grecia en los años cincuenta, su servicio de seguridad lo formaban siete personas. Cuando Merkel viajó a Grecia, la acompañaron 7.000 agentes de seguridad. Esta es la historia del euro ahora, y por esto Merkel no puede dejarse ver en Grecia.

Lo positivo de Merkel es que, a diferencia de lo que les ocurre a muchos hombres, carece de la vanidad del poder
¿En qué lugar cree que colocará la historia a la canciller? Lo positivo de Merkel es que, a diferencia de lo que les ocurre a muchos hombres, carece de la vanidad del poder. Es muy pragmática y a su manera tiene capacidad para aprender y carece de vínculos ideológicos. No me sorprendería que a la larga, muy poco a poco, muy lentamente, pueda llegar a hacer cambios. Está muy pendiente del sentir de la mayoría de la población y no cree en exigir mucho a la gente. Es una política capaz de aprender, y eso me parece muy positivo. Es una persona que carece absolutamente de ideología. Si se quiere ver negativamente, podría decirse que es una oportunista.
¿Siguen presentes los fantasmas del nazismo en la sociedad alemana? La derecha radical nos condujo a los alemanes al abismo. Por supuesto que hay todavía radicales de derecha, que atacan a los refugiados y queman los centros de acogida. Pero en Alemania, la cuestión del pasado nacionalsocialista se abordó con mucho, muchísimo detenimiento, y quizá también con un poco de ejemplaridad. En este aspecto, ahora tenemos otros peligros, pero no el de que vuelvan esos fantasmas, sino otros nuevos.
¿Cuáles? Que la solidaridad social y la cohesión vayan por separado, que el número de los que lleguen sea demasiado alto y que la sociedad pierda su ensamblaje interno. ¿Qué observamos en Inglaterra o en Francia? Los peligros derivados de esta nueva emigración, que por una parte es un asunto humanitario que atañe a Europa, pero que también supone una amenaza para la cohesión social. El otro gran peligro es el nihilismo espiritual. Estamos en una época aventurera. Vivimos el crepúsculo progresivo del cristianismo, que durante 2.000 años había señalado, por así decir, dónde estaba el cielo sobre la sociedad, la fe, la trascendencia. Todo eso se ha disuelto. En lugar de ello, nos hemos instalado en una dimensión horizontal: la verticalidad se ha perdido. Ahí tenemos Internet; no sabría decir cómo se ha desarrollado esto, pero hay una pérdida de sustancia en la realidad espiritual. A la larga, las sociedades sin cohesión espiritual no pueden sobrevivir. El economicismo solo trae nihilismo.
¿Diría que la revolución de Internet es la más importante a la que ha asistido en su vida? Desde un punto de visto amplio, la revolución digital ha cambiado las bases de la vida entera. En los años sesenta, en cambio, lo que hubo fue un cambio de mentalidad. El trasfondo más importante para la revolución cultural del 68 fue la invención de la píldora. Este es el acontecimiento revolucionario más importante de los últimos 60 o 70 años, la separación de la sexualidad y la reproducción. Sin la píldora no habríamos tenido a los Rolling Stones; sin los Rolling Stones no se habría dado el movimiento del 68; sin la píldora no habría habido comunas, ni liberación sexual, ni feminismo, etcétera. Por tanto, en el 68 hubo un profundo y revolucionario cambio cultural, cuyo siguiente acto es ahora la revolución digital, de la que aún no podemos ver todas sus consecuencias. El mundo es realmente complejo, por una parte tenemos la revolución digital, la comunicación horizontal de todos con todos, y también el movimiento de los refugiados, la descomposición de los Estados de Oriente Próximo. Tenemos tanta emigración como al final del Imperio Romano. En Alemania existe una hermosa expresión: la simultaneidad de lo que no es simultáneo. Aquí coexisten la modernidad más absoluta y también casi el retorno de la Edad Media. La realidad es esta: llegan los refugiados en botes a través del Mediterráneo. Y aquí estamos nosotros, comunicándonos con el mundo entero. Ambas cosas conforman el conjunto de la situación.Otro ejemplo es el del Estado Islámico, que representa las mayores crueldades medievales, que destruye monumentos, pero que está equipado con los más modernos medios de comunicación. Con los medios de comunicación más modernos puedes anclarte absolutamente en la Edad Media. Esta es la realidad. Y un tercer ejemplo: tenemos una increíble densidad de comunicación, que es Internet, pero se ha puesto de manifiesto que la mayoría de los contenidos que se intercambian son pornográficos.
Como alguien que ha estudiado el mal a fondo, ¿cree que lo que representa el Estado Islámico traspasa una frontera inédita en la historia de la humanidad? El mal existía antes del Estado Islámico: el nacionalsocialismo, el asesinato industrializado de los judíos, todas las atrocidades de las guerras mundiales…, pero el Estado Islámico ha inaugurado un nuevo capítulo. Bajo el paraguas de dogmas religiosos, religiosos entre comillas, se ha dado a los jóvenes la oportunidad de cometer las mayores bestialidades. Eso es nuevo. Esta capacidad para el mal y la crueldad está potencialmente en cada uno de nosotros. Depende de las situaciones en que nos veamos el que esa capacidad pueda ser liberada, y no solo liberada, sino también premiada. Basta designar a un enemigo y esa potencialidad se desencadena. Esto demuestra lo preciosa que es la civilización; con sus reglas y sus leyes, es una forma de domesticación. Cuando escribí el libro sobre el mal [El mal o el drama de la libertad, 1997] no pensaba que la situación pudiera empeorar tanto. En teoría, puedes elucubrar con lo que sucedería si se abriera la botella, esto estaba para mí muy claro, pero lo que no pensaba es que la botella fuera a abrirse realmente.

Rüdiger Safranski

Rottweil, 1945. Estudió en los sesenta, en Fráncfort, Filosofía, Germanística, Historia e Historia del Arte con, entre otros, el legendario pensador Theodor W. Adorno. “En sus clases se sentaban miles de alumnos. Dos tercios de los que le escuchaban no entendían una palabra, pero sabían que era importante”, recuerda. Tras unos años en el mundo académico, se estableció como escritor. Su especialidad son las biografías de grandes hombres de la época más gloriosa del pensamiento alemán. Vive en la Selva Negra junto a su mujer, Gisela Maria, a quien dedica su último ensayo sobre Goethe. Habitual de la televisión y los diarios alemanes, también ejerce un activo papel como intelectual interesado por los asuntos de la actualidad.
¿Cuál es su secreto para acercar a miles de lectores ideas tan complejas sobre el mal o la verdad? Escribo solo acerca de lo que yo mismo veo con claridad [risas].
La pregunta se debe también a su experiencia televisiva, aquel ‘Cuarteto filosófico’ que presentó con Peter Sloterdijk en horario nocturno en la cadena pública ZDF durante una década… Algo impensable en España. Fue una hermosa experiencia, me divertí mucho con mi amigo Sloterdijk. Trabajamos muy bien juntos. No nos resultaba complicado: solo teníamos que llamarnos por teléfono para ver a quién invitábamos al programa. En la televisión nunca nos prohibieron nada, nos dieron total libertad. Pero tras 10 años, en la televisión tienen que surgir cosas nuevas, y las emisiones llegaron a su final. Me parece una lástima que no haya ningún programa semejante. Aquel era un buen modelo. Aunque he reducido mis apariciones, intervengo todavía en un programa de la televisión suiza, un club literario que también se emite en Alemania; siempre me muevo entre la literatura y la filosofía. En definitiva, resulta divertido si uno sabe ponerle límites y si se puede compaginar con otras cosas. En la actualidad, con los temas candentes de los refugiados, de la crisis griega, pienso que es una lástima que ya no exista nuestro Cuarteto, era una oportunidad para reflexionar sobre todas estas cuestiones desde un punto de vista filosófico, con un poco de serenidad y sin necesidad de pelearse. Algo así falta ahora lamentablemente.
Su libro más reciente trata sobre el tiempo… ¿Qué diablos hemos hecho con el tiempo? El tiempo es naturalmente un tema mayor, sobre el que, entre otros, han escrito los físicos. Yo quería escribir un libro sobre las diferentes formas en que experimentamos el tiempo, es decir, filosóficamente, desde un punto de vista fenomenológico, no sobre cómo medimos el tiempo, sino sobre cómo lo experimentamos en la realidad. Arranca con el tema del aburrimiento; cuando nos aburrimos, cuando no sucede ningún acontecimiento en el interior del tiempo, es cuando mejor podemos experimentar lo que es el tiempo. A partir de ahí trato la experiencia del comienzo, los mecanismos para socializar el tiempo, para convertirlo en el tiempo rendible de los economistas; el tiempo del mundo de las finanzas, etcétera. Con la muerte nos enfrentamos al tema de la eternidad y la inmortalidad. Desde el aburrimiento hasta la eternidad, he pretendido presentar un panorama de nuestras formas de experimentar el tiempo.
¿Cree a quienes prometen que la tecnología nos acercará a la inmortalidad? Mejor que no [risas]. No, no, es muy importante que tengamos un límite. En una ocasión, tras una conferencia, le preguntaron al gran teólogo Karl Barth si creía realmente en la inmortalidad y que al morir iríamos al cielo, y si allí encontraríamos a todos nuestros seres queridos y a la gente que apreciábamos. Y Karl Barth, fumando de su pipa, respondió: “Sí, a todos los seres queridos, pero también a todos los demás” [risas]. Por otra parte, Woody Allen también dijo que por supuesto que creía en el paraíso. La pregunta es si queda muy lejos del centro y qué horario de apertura tiene.

sábado, 30 de mayo de 2015

PRENSA. "Los costes del nazismo alemán para Grecia (y para España)". Vicenç Navarro

Vicenç Navarro

   En "Blogs.publico.es":

Pensamiento crítico

Vicenç Navarro

Los costes del nazismo alemán para Grecia (y para España)

24mar 2015

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra
Para entender la crisis existente en la Unión Europea, ayuda el conocer la que ocurrió en los años treinta en Europa, y como ambas crisis han afectado la relación de Alemania -el centro del sistema económico europeo- con la periferia, centrándonos en este artículo en Grecia, y con algunas notas también de la relación de Alemania con España en ambos periodos históricos.
En Alemania, la primera crisis, generada en parte por la enorme deuda pública acumulada, resultado de las exigencias de los países vencedores de la I Guerra Mundial de que este país pagara las reparaciones por los daños infligidos a los países enemigos durante el conflicto bélico, determinó la elección de un gobierno Nazi liderado por Hitler. La enorme austeridad de gasto público, con los grandes recortes realizados con el objetivo de pagar la deuda, y las reformas del mercado laboral que contribuyeron al crecimiento del desempleo generado por aquellos recortes, causaron un rechazo de la población hacia los partidos que impusieron tales medidas y llevaron a la primera elección de un gobierno Nazi en Europa. Hay que recordar que el nazismo alcanzó el poder en Alemania por la vía democrática debido a su atractivo electoral (y también a la división de las izquierdas, concretamente entre el Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista).
El nazismo sacó a Alemania de la crisis económica mediante la militarización de su economía (keynesianismo militar) y al expolio de los países periféricos, incluyendo Grecia. La ocupación de Grecia (1941-1945) fue de las más brutales que hayan existido en Europa. Aquel periodo se caracterizó por un sinfín de atrocidades. Pueblos y ciudades fueron testigos de aquellas brutalidades. Mousiotitsa (153 hombres, mujeres y niños), Kommeno (317 hombres, mujeres y niños, donde incluso 30 niños de menos de un año fueron asesinados y 38 personas fueron quemadas vivas en su casa), Kondomari (60 asesinados), Kardanos (más de 180), Distomo (214 muertos), y así una larga lista. Más de 460 poblaciones fueron destruidas y más de 130.000 civiles fueron asesinados, además de más de 60.000 judíos que representaban la mayoría de la población judía en Grecia. El sacrificio humano fue enorme. Y la represión estaba encaminada a sostener una enorme explotación y latrocinio. En realidad, el III Reich robó el equivalente en moneda alemana de 475 millones de marcos, que significaría en moneda actual 95.000 millones de euros. Ante esta situación, ¿cómo puede pedírsele a las clases populares, que fueron las que sufrieron en mayor medida la represión, que olviden esta etapa de su vida? (ver Conn Hallinan: “Greece: Memory and Debt”, Znet Magazine, 18.03.15, de donde extraigo la mayoría de datos de este artículo).
Y lo que es importante subrayar es que los responsables de tanta brutalidad, los militares que dirigieron los asesinatos, el expolio y el latrocinio, recibieron sanciones menores en Alemania, muy por debajo de lo que la población griega exigía. El General Hubert Lanz, que dirigió una de las divisiones responsables de tales atropellos, pasó solo tres años en prisión, llegando luego a ser asesor en temas de seguridad del Partido Liberal alemán. La tolerancia, cuando no complicidad, de los gobiernos occidentales (que ayudaron más tarde a las derechas griegas –que anteriormente habían colaborado con el nazismo- a derrotar a las milicias antinazis en lo que se llamó la Guerra Civil) con los dirigentes nazis, es también conocida y recordada. Los gobiernos occidentales, que se presentaban y autodefinían como democráticos, ayudaron, como también pasó en España, a que se mantuvieran las mismas estructuras oligárquicas que han mantenido a Grecia en la pobreza y en la miseria por tantos años. En la Alemania Oriental (bajo ocupación soviética), sin embargo, los militares nazis sufrieron penas mayores. El General Karl von Le Suire (el carnicero de Kalavryta) fue capturado por la Unión Soviética y murió en un campo de concentración en 1954, y el General Friedrich Wilhelm Müller (que ordenó las masacres de Viannos) fue ejecutado por los propios griegos en 1947.
Las supuestas reparaciones del gobierno alemán
El gobierno alemán nunca ha aceptado la demanda del gobierno griego de pagarle 677.000 millones de euros para compensar todos los daños causados en su ocupación devolviendo, además, los recursos –incluyendo el dinero del Banco Central griego- que habían robado las tropas alemanas. Solo en 1960 el gobierno alemán pagó 115 millones de marcos alemanes, una cantidad insignificante a la luz del daño causado. Durante el periodo en que Alemania estaba dividida, la postura del gobierno alemán era la de que no podía hablarse de pago por reparaciones hasta que hubiera de nuevo una Alemania unida. Y cuando la hubo (en 1990), el argumento fue de que ya habían pasado muchos años, y que ya se le habían pagado a Grecia los 115 millones de marcos alemanes. ¿Cómo puede pedírsele al pueblo griego que se olvide de su enorme sacrificio y de los recursos que le robaron?
Ver estas demandas que está haciendo el gobierno Syriza como mera táctica de negociación con el gobierno alemán en la renovación del segundo rescate (aprobado por el gobierno anterior) es trivializar el significado de la ocupación nazi en Alemania y el enorme sufrimiento y pobreza que esta impuso al pueblo griego. El gobierno Syriza es el primer gobierno progresista y de izquierdas, claramente representante de las clases que sufrieron más la represión nazi, y es de justicia que una de las primeras reivindicaciones sea recuperar la memoria histórica de los vencidos y exigir reparaciones. Ver esa reivindicación como mera táctica de negociación con Alemania, como los mayores medios de comunicación españoles lo han presentado, es desconocer la historia de Grecia y de Europa, lo cual, por cierto, es muy común entre tales medios.
La doble moralidad  de los países llamados democráticos
Es importante destacar también, además de la enorme insensibilidad del gobierno alemán hacia tal sufrimiento, el contraste entre como se resolvía el gran problema de la deuda pública que el gobierno alemán debía a los aliados después de la II Guerra Mundial, y lo que el gobierno alemán ha intentado imponer al gobierno griego en el pago de su deuda a los bancos alemanes (entre otros) que prestaron dinero a Grecia (para muchos proyectos que, por cierto, les originaron grandes beneficios, sin que beneficiaron en nada o en muy poco a las clases populares griegas). Los aliados en 1953 (en el Tratado de Londres) le perdonaron al Estado alemán el 50% de toda la deuda, condicionando además su pago a la existencia de un crecimiento económico que facilitara tal pago, precisamente la misma petición que está ahora haciendo el gobierno Syriza. El gobierno alemán se ha opuesto duramente a que se tratara a Grecia como se les trató a ellos en su momento. Syriza pedía las mismas condiciones, y fue el gobierno alemán el que dirigió la oposición a que tal propuesta incluso fuera considerada. ¿Cómo se le puede pedir al pueblo griego que no mire al pasado para resolver el futuro? Esta petición tiene dimensiones de cinismo. Las declaraciones del portavoz de la Canciller Merkel de que “Grecia debería concentrarse en temas actuales, mirando el futuro” es de una enorme insensibilidad, preñada de cinismo. La Sra. Merkel ignora u oculta que gran parte de los problemas existentes en Grecia se basan en lo que ocurrió en el pasado.
El nazismo y su influencia en España
La petición de la Sra. Merkel es semejante a la petición de las derechas españolas, hoy dirigidas por el Sr. Rajoy (el gran aliado de la Sra. Merkel), herederas de los que vencieron la mal llamada Guerra Civil (pues fue un golpe de Estado que venció como consecuencia de la ayuda militar del gobierno Nazi alemán e impuso una de las dictaduras más brutales que hayan existido en Europa), pidiendo a las víctimas de aquel genocidio que se olviden del pasado, mirando solo al futuro. Se ha intentado por todos los medios hacerle olvidar al pueblo español que en España hubo un golpe militar dirigido por el Ejército y por el Partido Fascista (junto con la Iglesia) que inició cuarenta años de una enorme represión (España es, después de Camboya uno de los países que tiene un mayor porcentaje de personas asesinadas y desaparecidas por motivos políticos), imponiendo un enorme subdesarrollo económico, social y cultural del país. Y nunca debería olvidarse que la victoria del golpe militar nunca hubiera existido sin la ayuda de la Alemania nazi. El gobierno nazi jugó un papel clave en garantizar la superioridad militar de los golpistas españoles. Y fueron las estructuras de poder dominantes del Estado español las que –como he mostrado en mis escritos- han sido responsables de la enorme pobreza del Estado español, de su carácter eminentemente represivo, con escasa conciencia social, y muy poco redistributivo, altamente corrupto y poco sensible a su plurinacionalidad (ver mi libro  El Subdesarrollo Social de España: causas y consecuencias). Aparecieron cambios, sobre todo en su etapa después de la Transición democrática, pero debido al gran desequilibrio que hubo en el periodo de la Transición entre las derechas –que controlaban al Estado y la gran mayoría de los medios- y las izquierdas –que lideraron las fuerzas democráticas- la democracia fue muy limitada. Y como consecuencia, el Estado español continúa teniendo estas mismas características. España y Grecia tienen el mayor número de policías y agentes del orden por cada 10.000 habitantes, y el menor número de adultos trabajando en su Estado del Bienestar, las mayores tasas de fraude fiscal y corrupción, y el gasto público social más bajo.
Otra Europa, otra Alemania, otra Grecia y otra España (y otra Catalunya) son posibles.
La situación actual en Europa es el resultado de una alianza entre los establishments financieros, económicos y políticos que gobiernan la vida política, financiera y económica (y mediática) de la Eurozona, frente a las clases populares de tales países, mayores recipientes de las políticas de austeridad y reformas laborales que se están imponiendo a la población sin ningún mandato popular, a costa de un enorme coste humano. Lo que se requiere es una alianza de fuerzas políticas y movimientos sociales que se opongan a tales políticas, para desarrollar otra Europa que cambie la relación centro-periferia que está dañando tanto a las clases populares de la periferia como también del centro.
En este aspecto hay que saludar y aplaudir el apoyo que la izquierda alemana que, en representación de la clase trabajadora alemana (cuyas condiciones se han deteriorado considerablemente con las medidas adoptadas de los gobiernos Schröder y Merkel) han aprobado la petición del gobierno Syriza de que el gobierno alemán pague al gobierno griego las reparaciones debidas a este pueblo. Este signo de solidaridad es el mejor indicador de la posibilidad de establecer alianzas transnacionales, impidiendo y dificultando que el establishment alemán pueda utilizar tópicos casi racistas (como que los pensionistas alemanes están pagando las vacaciones de los trabajadores griegos que, además, son vagos), que reproducen los medios de mayor difusión alemanes. Hay que evitar presentar el conflicto actual como el conflicto entre el pueblo alemán por un lado, y el español y griego por otro. Verlo y presentarlo de esta manera es dificultar enormemente la necesaria alianza para construir otra Europa. El conflicto es entre las minorías financieras, económicas, políticas y mediáticas que dominan y gobiernan la gran mayoría de países de la Eurozona por un lado, y las clases populares de tales países por el otro, que están dañando el bienestar y calidad de vida de todas ellas. El elevado nivel de deterioro del mercado de trabajo alemán es un claro ejemplo de ello. El “éxito exportador alemán”, como bien ha documentado Oskar Lafontaine (que fue en su día Ministro de Finanzas del gobierno Schröder), se basa precisamente en unos salarios que están muy por debajo de lo que deberían, forzando una situación de competitividad entre los países de la Eurozona para que bajen los salarios. Mientras tanto, se le dice al trabajador alemán que el problema se debe al obrero griego que es poco disciplinado en su trabajo. Y así los medios del establishment alemán, con una narrativa incluso racista, como durante el nazismo, ofenden diariamente al obrero griego (y al alemán).
De ahí la urgencia de que se redescubran en los análisis políticos categorías de análisis olvidados desde hace bastante tiempo (como la existencia de clases y de conflicto entre ellas, que existen en cada país) que permitan establecer alianzas transnacionales de las clases populares que impidan que se utilicen narrativas orientadas a dividirlas.

miércoles, 13 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Discurso de John Irving en el homenaje a Günter Grass

   En "El País":

El rey de los comerciantes de juguetes

El escritor John Irving leyó este discurso en el homenaje que se celebró a Günter Grass


El escritor John Irving leyendo en el teatro de Lübeck el discurso de homenaje a Günter Grass, fallecido el pasado 13 de abril. / EFE



Alrededor de 900 personas han participado en el homenaje a Günter Grass en Lübeck (Alemania). El novelista estadounidense John Irving leyó un discurso teñido de referencias al Nobel y a su literatura. El acto en el teatro de la ciudad se abrió con el grupo de música medieval Capella de la Torre, elegido por Ute, la viuda de Grass, atendiendo al gusto del escritor fallecido el pasado 13 de abril. Emotiva fue la lectura de un poema por la hija de Grass, Helene.

Ich spreche zu Ihnen als Günters Freund und als Schriftsteller.
Leider, ich müss auf Englisch sprechen. Ich kann nicht gut Deutsch sprechen—nicht gut genug, um zu sagen was ich möchte sagen.
Es tut mir Leid.

Günter Grass escribió El tambor de hojalata cuando solo tenía treinta años, un logro muy notable, que no se repetirá pronto (y tal vez nunca). Ya no quedan escritores así, es decir, nadie podría escribir discursos electorales para Willy Brandt y también una novela situada en 1647 al final de la guerra de los Treinta Años, además de una novela que incluye llevar a juicio a un pez acusado de machismojunto con la historia de los orígenes prusos de la patata. Y no olvidemos que, en Anestesia local, Günter también imaginó a un estudiante que intentó tocar la conciencia de los berlineses prendiendo fuego a su querido perro.
No muy distinto de este estudiante quemaperros, hubo un radical de carne y hueso llamado Rudi Dutschke. En Headbirths, Günter lo definió como “un revolucionario sacado de un libro alemán de ilustraciones”. Günter también dijo esto acerca de Rudi Dutschke: “Se dejaba llevar por sus deseos… Sus ideales se le escapaban al galope… Al degenerar, sus visiones se convertían en libros de bolsillo”. Esto entristecía a Günter.
Sí, Günter era algo crítico con mi generación. Escribió: “Pocas veces se ha agotado tan deprisa una generación. O entran en crisis o dejan de correr riesgos”. Bueno, de acuerdo: ciertamente somos una generación a la que le falta capacidad de aguante.
Por favor discúlpenme por recordarles que Günter también podía ser algo crítico con ustedes: “En nuestro país todo está enfocado hacia el crecimiento”, escribió. “Nunca estamos satisfechos. Para nosotros, lo suficiente nunca es suficiente. Siempre queremos más… Somos productivos hasta en sueños”.
Yo no escapé de sus críticas. Sí, Günter podía ser crítico conmigo. Una noche en Nueva York (fue después de cenar, cuando nos estábamos dando las buenas noches) me pareció que estaba un poco preocupado. No era una expresión que me resultase poco familiar, pero me sorprendió; me dijo que estaba preocupado por mí. Me dijo: “No me da la sensación de que estés ya tan enfadado como solías estar”.
Esto fue en los ochenta. Naturalmente, desde ese momento he procurado estar enfadado. Ich versuche!
Ya no quedan escritores; ninguno como él.
En 1920, Joseph Conrad escribió una nueva introducción para El agente secreto. Conrad escribió: “Siempre he tenido tendencia a justificar mi acción. No a defenderla. A justificarla. No a insistir en que tenía razón, sino simplemente a explicar que no había intención perversa, ni desprecio secreto por las sensibilidades naturales de la humanidad que yacían en el fondo de mis impulsos”. Puedo imaginar a Günter diciendo esto.
Cuando escribió Pelando la cebolla no estaba insistiendo en que tenía razón; se estaba explicando. Y esta no era solo su historia: ¡él era escritor! ¿De verdad esperaban los periodistas que Günter les contara a ellos su historia, años atrás, para que ellos la pudieran escribir? Para cualquiera que haya leído a Günter Grass, siempre estuvo escribiendo Pelando la cebolla. Como él mismo escribió: “ Lo que había aceptado con el estúpido orgullo de la juventud quise ocultarlo después de la guerra por una recurrente sensación de vergüenza”. Para sus lectores esa “recurrente sensación de vergüenza” está ahí desde el principio. Está en El tambor de hojalata, está en El gato y el ratón; la vergüenza precede en muchos años a Pelando la cebolla.
Por supuesto que se granjeó enemigos. “Todos tenemos heridas”, escribió Thomas Mann. “Los elogios son un bálsamo que alivia, si bien no necesariamente las cura. Sin embargo… nuestra receptividad al elogio no guarda relación con nuestra vulnerabilidad al desdén mezquino o al abuso malicioso. Por estúpido que sea este abuso, por mucho que nazcan claramente de rencores privados, como expresión de hostilidad nos ocupan mucho más profunda y duraderamente que su contrario. Lo que es muy tonto, puesto que los enemigos son… el concomitante necesario de cualquier vida robusta, la prueba misma de su fortaleza”.
En Pelando la cebolla, Günter se definió a sí mismo como “el niño de la guerra con muchas quemaduras, que por lo tanto sintoniza inexorablemente con las contradicciones”.
En la última carta que me escribió, que yo no tuve la suficiente rapidez para responder, Günter se hacía eco de su autobiografía en el último párrafo: “El mundo está fuera de quicio otra vez, lo que a mí, el niño quemado por la guerra, me trae recuerdos oscuros”.
Le di a uno de mis personajes principales, Owen Meany, las iniciales de Oskar Matzerath. Y más de veinte años antes, cuando era estudiante en Viena (esto fue en 1962 y 63) ya había leído en inglés El tambor de hojalata, pero llevaba conmigo una edición de bolsillo en alemán. Tener un ejemplar de Die Blechtrommel era una forma de conocer chicas. Desafortunadamente, mi casera me vio llevando el libro por ahí; yo no estaba intentando conocer a mi casera, y me lanzó una mirada crítica. “¿Qué? ¿No le gustó?” Le pregunté, sosteniendo el libro en alto.
Para mí es difícil explicar lo que me contestó, es decir, a la maneraaustriacaAuf Wienerisch. Ich were versuchen. Mi casera dijo “Ja, ja –das ist mir Würst, aber Günter Grass ist ein bisschen unhöflich”.Tranquilos: no suena mejor en ningún otro idioma. “Sí, sí –a mí eso me importa una salchicha, pero Günter Grass es un poco maleducado”.
Nur ein bisschen?
Günter se definía a sí mismo como “infantil como la mayoría de los escritores”. Genau.
Una noche en casa de Günter y de Ute en Behlendorf, cantó una canción infantil tradicional inglesa, en inglés, a mi hijo menor, Everett, que solo tenía cuatro años. Ich kann nicht singen, aber ich werde versuchen –nur ein biscchen.
“Un hombre fue a segar,
fue a segar un prado.
Un hombre y su perro
Fueron a segar un prado.
Dos hombres fueron a segar,
Fueron a segar un prado”.
Und so geht es immer weiter –bis zehn Hunden.
Un frío día de invierno en Viena, cuando nadie hubiera tenido la inclinación de desvestirse, aparecí en una academia de las artes cerca del Ringstrasse y me ofrecí en venta como modelo para las clases de pintura al natural. “tengo experiencia, en América”, dije, pero quería ser modelo porque Oskar Matzerath es modelo. Claro que también era otra manera de conocer chicas.
¿Se acuerdan del comerciante de juguetes judío de El tambor de hojalata? Se llama Sigismund Markus, y los nazis le obligan a quitarse la vida. Cuando muere el comerciante de juguetes, el pequeño Oskar sabe que le está llegando el día en que verá su último tambor de hojalata. Oskar hace duelo –no solo por él mismo sino por el pobre Markus, y por una Alemania por siempre culpable por sus judíos.
He aquí lo que dice Oskar: “Había una vez un comerciante de juguetes, se llamaba Markus, y se llevó consigo fuera de este mundo todos los juguetes del mundo”.
Yo sé cómo se siente Oskar. Günter Grass era el rey de los comerciantes de juguetes. Ahora nos ha dejado, y se ha llevado consigo todos los juguetes del mundo.
Vielen Dank.

Traducción realizada por Eva Cruz