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viernes, 18 de marzo de 2016

DERECHOS HUMANOS. POLÍTICA. "¿Qué hacer con los refugiados?". Samí Naïr

   En "El País":

¿Qué hacer con los refugiados?

Las elecciones parciales en Alemania demuestran la impopularidad creciente de la política de asilo

Una mujer ayuda a otra a lavarse el pelo en el campo de refugiados de Idomeni.
Una mujer ayuda a otra a lavarse el pelo en el campo de refugiados de Idomeni.  AP
Los resultados de las elecciones parciales en Alemania demuestran la impopularidad creciente de la política de acogida a los refugiados y el auge de los movimientos xenófobos, racistas y antieuropeos. A su vez, Alemania, potencia dirigente de la Unión Europea, se enfrenta a los efectos de la crisis de 2008 que, debido a la política de austeridad que ella misma ha impuesto, están provocando la explosión del sistema de partidos que prevalecía en toda Europa. De ahí el surgimiento de una constelación de movimientos antisistema, unos progresistas e incluyentes, otros reaccionarios y excluyentes. En este contexto, la cuestión de los refugiados funciona hoy como un condensador de todas las contradicciones sociales, identitarias, nacionales e intereuropeas, tal y como sucedió en la crisis del euro. La renacionalización progresiva de las políticas globales, en particular las migratorias, es, a partir de ahora, la tendencia dominante en Europa.
Así, el acuerdo que Alemania ha alcanzado con Turquía corresponde esencialmente a intereses nacionales. Constituye un giro radical de la política europea de asilo y de inmigración de la UE. Y supone una violación frontal, al menos por tres razones, del espíritu y la letra de los principales instrumentos jurídicos en materia de asilo. Asimismo, fragiliza a Europa ante un país, Turquía, que por el momento no reúne las condiciones de adhesión a la Unión Europea.
Este acuerdo va, en primer lugar, contra el espíritu de la Convención de Ginebra de 1951 y los Acuerdos de Nueva York de 1967 que afirman la necesidad de acoger a los demandantes de asilo; en segundo lugar, se opone a la directiva de procedimiento de 2005 que reafirma, tras la modificación de los Acuerdos de Dublín, la obligación de permitir al demandante de asilo quedarse en el país donde ha interpuesto su demanda hasta que esta sea resuelta y, finalmente, se enfrenta a la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea en dos puntos clave: la obligación de examinar el dossier del demandante y, sobre todo, el artículo 19 que estipula de forma expresa: “Se prohíben las expulsiones colectivas”.


Campo de refugiados de Idomeni, cerca de la frontera greco-macedonia.  Getty


Por último, a cambio de la estabilización (financiada con 6.000 millones de euros) de los refugiados en Turquía, acepta la libre circulación de los ciudadanos turcos en Europa, lo que constituye una interpretación unilateral de los Acuerdos de Schengen.
Claramente, esa apuesta alemana es una huida hacia delante; muestra la ausencia de una política común europea de asilo y de inmigración y prohíbe elaborar una estrategia cooperativa realista. El único modo de salir de este laberinto que concierne al asilo y la inmigración en el cual se ha sumergido Alemania, así como la gran mayoría de las naciones europeas, es la articulación de las exigencias nacionales con una visión a largo plazo que sea, al mismo tiempo, europea y mundial. Frente a la realidad de las desigualdades mundiales y las guerras periféricas entorno a la Europa actual, es hora de cuestionarse la cultura del cierre de fronteras europeas a los no comunitarios que prevalece desde 1986; y resulta crucial, frente al incremento de los racismos europeos, reflexionar seriamente sobre las consecuencias, en términos de valores comunes europeos, de las decisiones tomadas hoy en relación con los refugiados. Esto supone tener el valor para afrontar política y culturalmente a los movimientos xenófobos si se quiere evitar reproducir los dramas del pasado.

Es necesario revisar la definición de “países seguros” establecida en el Acuerdo de Dublín

La Unión Europea debe, a partir de ahora, orientar su estrategia en tres direcciones complementarias, incluso aunque no pueda lograr sus objetivos de forma rápida.
Primero, respecto a la gestión de las fronteras europeas, hay que revisar la definición de los “países seguros” en el Acuerdo de Dublín y aportar una ayuda ingente a los países de primeras llegadas, de forma que tengan los medios de gestionar el flujo masivo y de crear las condiciones para un tránsito aceptable hacia los países de destino. Esto implica, tanto la aplicación del protocolo europeo de protección temporal como el aumento de las concesiones de visados humanitarios. Es decir, elaborar una estrategia más importante y funcional que la escasa y superficial política actual de cuotas que, por otra parte, nadie aplica. Ello solo podrá hacerse mediante el aumento del presupuesto europeo consagrado a la crisis de los refugiados o, lo que es lo mismo, a una política de déficit presupuestario mucho más flexible para el conjunto de los países de la Zona euro, que deberían recibir legítimamente a la gran mayoría de los refugiados. De igual modo, resulta indispensable facilitar las vías legales de la inmigración económica si quiere evitarse que la inmigración clandestina continúe. Es decir, adaptar el sistema Schengen a la demanda migratoria que surge de un entorno extracomunitario profundamente penalizado por la crisis económica mundial.

El concepto de asilado ha cambiado: ahora incluye las causas económicas y medioambientales

A continuación, en cuanto a las fronteras de los países en conflicto desde donde huyen hoy los refugiados, es indispensable financiar zonas interiores de protección humanitaria. Es particularmente válido para Siria, Irak y Libia. Los países vecinos, Turquía, Líbano, Jordania y Túnez, deben beneficiarse de los medios para estabilizar a los refugiados, con una ayuda condicionada y bajo la supervisión de los organismos europeos y del ACNUR.
Finalmente, en el plano de la solidaridad mundial con los refugiados, es urgente la revisión de la Convención de Ginebra sobre asilo, puesto que ya no se corresponde con la realidad que la vio nacer. Fue concebida en la Guerra Fría para acoger a los disidentes políticos que huían de los países comunistas. El principal ejemplo de llegadas importantes fue el caso húngaro de 1956; el estatuto de refugiado fue concedido, por cierto, automáticamente a solicitantes que, como varios estudios posteriores demostraron, no eran solicitantes de asilo por razones políticas sino inmigrantes económicos que se beneficiaron de la crisis para huir al extranjero. Ya entonces, la aplicación de la Convención de Ginebra se hizo en detrimento de sus principios. Asimismo, el concepto de refugiado ha cambiado, pues no solamente cubre hoy en día a los demandantes de asilo por razones políticas, sino que también por razones económicas y medioambientales. Eso no significa que haya que acoger “a toda la miseria del mundo”, tal y como temía un primer ministro francés, sino poner en marcha una política de ayuda y de seguridad alimentaria para las poblaciones desesperadas. Es el deber de una política mundial de solidaridad, en la cual deben participar los países occidentales, en particular, Estados Unidos, igualmente responsables de los desastres humanos contemporáneos. Es urgente comprender que el desafío de los refugiados y la demanda de la migración económica son, hoy en día, elementos esenciales de la agenda mundial y que Europa, lejos de replegarse en el chovinismo o capitular ante los movimientos racistas electoralmente aupados por la crisis económica, necesita una política común y una visión internacional solidaria.
Sami Naïr es catedrático de Ciencias Políticas y profesor invitado de la Universidad Internacional de Andalucía.

miércoles, 22 de abril de 2015

PRENSA. "No dejar a nadie en el mar". Roberto Saviano

 
Roberto Saviano

   En "El País":

No dejar a nadie en el mar

El escritor italiano analiza el último naufragio en el Mediterráneo


EL MEDITERRÁNEO convertido en una fosa común. Más de 900 muertos. Muertos sin historia, muertos de nadie. Desaparecidos en nuestro mar y pronto borrados de nuestras conciencias. Ocurrió ayer: un pesquero que vuelca, unos inmigrantes —es decir, personas, hombres, mujeres y niños— engullidos que se convierten en fantasmas. Pero ya sabemos que volverá a pasar mañana. Y en una semana. Y en un mes. Llevando nuestras emociones hasta la indiferencia. Repite una noticia todos los días, con las mismas palabras, con el mismo tono, por triste y afligido que sea, y lograrás que ya no se escuche. Esa historia no recibirá atención, parecerá la misma de siempre. Será la misma de siempre. “Muertos en una barcaza”. Algo relevante para los encargados de los trabajos, historia para las asociaciones, desesperación invisible.

Si ahora hablamos del tema, es porque la cifra es desmesurada"
Si ahora, justo ahora, hablamos del tema, solo es porque los muertos son 900, quizá más: una cifra desmesurada, inhumana. Si es que esta palabra aún tiene sentido. Seguimos sin saber nada de ellos, pero estamos obligados a saldar cuentas con la tragedia. Saldar cuentas: porque hablamos de números y nada más. De haberle faltado dos ceros al parte de muerte, ni siquiera habríamos sabido de él. Porque ya no es más que una cuestión de números (o de detalles dramáticos como “inmigrantes cristianos arrojados al mar por musulmanes”) lo que supone la diferencia. No para los individuos, no para las sensibilidades privadas, sino para la comunidad que deberíamos representar, que debería representarnos. Porque a la indiferencia personal, acaso comprensible, la acompaña en el plano político una algarabía de declaraciones: disputas, acusaciones en tonos violentísimos. Nadie consigue hacer lo que necesitamos más que ninguna otra cosa: hacer que se comprenda. Pocos se dedican a ello: Médicos sin fronteras, con la campaña #millonesdepasos, intenta contar lo que ocurre, evitando reducir a estas personas a su problema. Es decir, a “expatriados, inmigrantes ilegales, clandestinos”: palabras que diluyen la esencia humana para que sintamos con menos intensidad la pérdida infinita ante la tragedia. Muchos políticos, incluso en estos momentos, gritan. Salvini habla de “invasión”, cuando en realidad la mayor parte de los que llegan no se queda en Italia, sino que se dirigen a Francia, Alemania o los países del Este. El Movimiento 5 Estrellas, que en sus propuestas había planteado un debate interesante, por desgracia ha caído en la tentación de cambiar el baricentro de la cuestión, del “salvar vidas” a “la expulsión”, asumiendo como cierta esa falsa lógica de que cuanto más difícil sea entrar en Italia de forma clandestina, menos intentos de llegar a nuestras costas se producirán. No es así; no se salvan vidas endureciendo las fronteras, y no solo lo demuestra la experiencia italiana, sino también la estadounidense. Basta leer el libro Los migrantes que no importan, de Óscar Martínez, para comprender que los flujos clandestinos de personas desde México hasta Estados Unidos rara vez se pueden gestionar y son imparables.
La cuestión es que el primer objetivo debería ser precisamente ese: salvar vidas, preocuparse por ellas. En cambio, se ha logrado convertir esa voluntad en algo ridículo, romántico, ingenuo. Cualquier reflexión sobre el dolor de los otros, de los que llegan de un “submundo”, ha de ser contenida. Hay una economía en el sufrimiento. Quien valora el dolor, quien calibra la tragedia humana, quien intenta despertarse del torpor de la cifra de ahogados es tildado e inscrito automáticamente en el movimiento de “los buenos de más”.
“Bueno de más” es la acusación de quienes no quieren dedicar tiempo a comprender y ya tienen la solución: devoluciones, arrestos, detenciones. Es la mezcolanza de frustración personal que busca a un responsable de nuestro desasosiego, la voluntad de considerar que la única solución realista y vencedora es la más autoritaria. Es la bondad considerada un sentimiento hipócrita por definición. Y, lo que es mucho peor, una cualidad moral que solo puede tener el hombre perfecto, inmaculado y puro: ergo nadie más que los muertos, cuya vida queda transfigurada y cuyas acciones ya son pasado. Todo el que intente actuar de otra forma desde su imperfección humana será marcado con un juicio único: falso. Y así la bondad se convierte en un sentimiento sin ciudadanía, ridículo, precisamente porque no puede sentirse más que desde la perfección rotunda. He ahí el cinismo miope, que lo destruye todo con diligente sarcasmo.
Es obvio que, racionalmente, resulta imposible imaginar una acogida universal y desmesurada, sin reglas; sin embargo, la estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene. A Italia no se le reconoció el peso político que debería haber tenido al ser un país bisagra. Teníamos que aspirar a enfrentarnos al resto de Europa por el tema de la inmigración. Teníamos que aspirar a que nos escuchasen, sin que nos endilgaran, sin que delegaran “el problema” en nosotros.
La perenne campaña electoral de Renzi, que en el plano internacional parece estar más interesada en adquirir credibilidad diplomática que en plantear e imponer temas, no nos están ayudando, aunque parece injusto atribuir a este Gobierno toda la responsabilidad. Europa calla, culpable, pero podemos intentar cambiar las cosas. Podemos comprometernos a interpretar, a contar, a no permitir que estas vidas sean aplastadas y desperdiciadas así. Que se queden atrás, tan atrás que desaparezcan de nuestra vista. Convirtiéndose en un fantasma, en un estereotipo, en un incordio.

La estrategia adoptada, que se basa en admisiones y devoluciones un tanto aleatorias, ya no se sostiene"
Inventarnos caminos alternativos, reunir toda la creatividad posible. Hablar del tema en televisión y en Internet, pero de otra forma: como decíamos, “expatriado” o “ilegal” son términos que diluyen la esencia humana construyendo una distancia irreal, que baja el volumen de la empatía.
Tenemos que pedir a los partidos que presenten a candidatos que hayan vivido la experiencia; abrir las universidades a esos hombres y mujeres. ¿Disminuirá todo eso el consenso político, con la cantilena del “primero nosotros y luego ellos”? Probablemente sí, sucederá. Pero solo en primera instancia; pronto nos daremos cuenta del enorme beneficio que supone. La historia de los desembarcos y de los flujos de inmigrantes tiene que convertirse en un tema que el Gobierno considere fundamental dado su consenso.
Renzi y su Gobierno responden con diligencia cuando un tema se vuelve mediático y popular: si perciben que el juicio sobre ellos estará determinado por el problema de la inmigración, empezarán a diversificar, a buscar nuevas estrategias y dar nuevos enfoques. El semestre italiano en Europa ha supuesto una profunda decepción, por lo que respecta tanto a las propuestas sobre los flujos de capital criminal (era una buena ocasión para plantear el tema del blanqueo) como sobre inmigración. Pero ahora es inútil lamentarse de lo que no se ha hecho; es necesario que Europa decida de manera diferente. Dar a los inmigrantes un espacio que no sea esporádico. Que la televisión los reciba, empezando a pronunciar bien sus nombres y los de sus países, contando su día a día y su resistencia.
Los únicos que a esta hora representan lo que Europa debería ser son los italianos; los muchos italianos que salvan vidas todos los días corriendo el riesgo de violar las leyes. La figura que mejor describe a estos italianos honrados es la del pescador Ernesto, en la preciosa película Terraferma de Emanuele Crialese, que viola la orden de la Capitanía de mantener su pesquero alejado de una patera respondiendo con un sencillo, humano y potente: “Yo nunca he dejado a nadie en el mar”.
Traducción de News Clips.

martes, 5 de noviembre de 2013

PRENSA. "Europa empieza en Lampedusa". Bernard Henry-Lévy

Bernard Henry-Lévy

   En "El País":

Europa empieza en Lampedusa

La patria de lo universal se niega a sí misma si se convierte en una fortaleza

 3 NOV 2013

Lo más sorprendente y, en cierto modo, terrible de la interminable tragedia que simboliza hoy Lampedusa es la indiferencia con la que nosotros, ciudadanos de la Europa opulenta, la estamos tratando.
En efecto, nuestros jefes de Estado la incluyeron en la agenda de su última Cumbre de Bruselas.
Pero era evidente que el tema venía después de la “unión bancaria”, el “paquete telecom” o el asunto de las escuchas ilegales y —claro está— completamente escandalosas, a las que los habían sometido sus aliados estadounidenses.
La opinión pública, por su parte, no parece mucho más sensibilizada, pues apenas se ha dado por enterada, como si fueran el resultado de un desastre natural más, de esos cadáveres rescatados del fondo de lo que está a punto de convertirse en el cementerio más grande de Europa: unos se deshacen de la cuestión diciendo que hay que ayudar a los países de partida a controlar mejor sus costas; otros añaden que hay que militarizar los mares y declarar una guerra total a los traficantes que comercian con la miseria de esos hombres y mujeres dispuestos a todo para escapar del infierno en que se han convertido sus países natales; otros abogan por una globalización más equilibrada, menos desigual, lo que, además de no costar nada, tiene la ventaja de posponer hasta el día del Juicio final la búsqueda de posibles respuestas y animaría a los emigrantes a quedarse en sus casas.
Pero lo que más llama la atención es la indiferencia, la ligereza, el embotamiento de las inteligencias y las sensibilidades que provoca este drama inédito, si no en su forma, al menos en su amplitud. El colmo de la estupidez lo alcanzó ese senador francés que recientemente declaraba que al menos Muamar el Gadafi era un buen guardacostas; olvidando precisar que, antes que nada, el antiguo dictador libio era un chantajista que abría y cerraba su grifo de inmigrantes en función de los miles de millones de euros de la mordida anual que Europa aceptaba, o no, pagar por sus servicios...
No creo que haga falta aclarar que yo no sé mejor que los demás lo que se puede hacer concretamente.

Los que iban al mar de China a rescatar
‘boat people’ no se mueven ahora que están aquí, en el Mediterráneo
Pero permítanme recordar algunas ideas sencillas que habrá que tener presentes el día —que yo espero cercano— en que nos decidamos a abordar este problema de frente.
Primera idea sencilla: lo que está ocurriendo ante las costas de Lampedusa no es solamente una cuestión de lógica humanitaria, sino de derecho; y para empezar, de derecho marítimo, que obliga a socorrer a esos hombres y mujeres que, antes que inmigrantes o futuros clandestinos son sujetos de derecho sobre los que, queramos o no, tenemos una imprescriptible responsabilidad (eso por no hablar del derecho de asilo, que, aunque luego les sea concedido o no, tenemos el deber de evaluar caso por caso, candidato tras candidato, y con toda serenidad, si jurídica y políticamente procede concederlo o no; lo cual está lejos de ser así).
Segunda idea sencilla: este es, también, un drama humanitario y es esencial que todas las asociaciones humanitarias que tan admirable trabajo han venido haciendo, durante décadas, en Eritrea, Tigré y los otros países desheredados de África de los que parte la mayoría de los candidatos al éxodo, encuentren el medio para desplegarse ante las costas de esa nueva isla del diablo en que se ha convertido Lampedusa. (Hace semanas que lo repito: ¿cómo es posible que los mismos militantes por los derechos humanos que, incluido yo, hace treinta años encontraban normal ir al mar de China a rescatar a los boat people sean incapaces del más mínimo gesto de solidaridad ahora que los boat people están aquí, en el Mediterráneo, a nuestras puertas?).
Y, finalmente, la tercera idea, tal vez menos sencilla, pero tan clara, tan evidente: Europa, tal y como la concibieron todos sus padres fundadores, desde Husserl a Jean Monnet, sin excepción, es un continente abierto al mundo que se niega a sí mismo si se convierte en una fortaleza. Porque es la patria de lo universal, es decir, de esa posibilidad ofrecida a los individuos, a todos los individuos, de rebasar la triple ley de lo nacional, lo natural y lo natal para acceder a una libertad superior anclada, no en el suelo, sino en la Idea.
La travesía de los inmigrantes de Lampedusa no deja de recordar a la de la princesa Europa que, según la mitología fundadora de nuestro Viejo Continente, partió de las costas de Oriente Próximo para llegar, a lomos de un toro alado no mucho más fiable que esos cascarones improvisados en los que se embarcan los desesperados de hoy, no exactamente a Lampedusa, sino a Creta...
Por todas estas razones, lo que está en juego aquí es el destino de Europa; lo que está a prueba es la definición de Europa; lo que se tortura y se mortifica en cada uno de esos pequeños cuerpos horriblemente alineados y, a menudo, sin nombre, es el alma de Europa.
Así que, una de dos:
O se decreta inmediatamente en la isla el estado de urgencia europea —y digo bien: europea, pues, evidentemente, la búsqueda de soluciones no incumbe solo a Italia—; o bien nos acostumbramos a la idea de una humanidad a dos velocidades, según se nazca a un lado u otro de las puertas de la ciudadela, y damos la espalda para siempre a esta Europa que pretendemos construir pero que tal vez esté naufragando ante nuestros ojos.
Bernard-Henri Lévy es filósofo.
Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

lunes, 7 de octubre de 2013

PRENSA. Sobre los cientos de inmigrantes muertos en Lampedusa. Domenico Quirico

Los equipos de rescate trasladan un cadáver el jueves en Lampedusa. / CLAUDIO PERI (EFE) ("El país")

   En "El País":

De nuevo en el muelle de la muerte

Ninguno de mis ‘clandestinos’ quería ser compadecido. Su dolor es secreto

 Lampedusa 4 OCT 2013

Existe para cualquier hombre un lugar en el que le resulta imposible divertirse, olvidar su propia vida. En el que, como en Dodoma, los árboles, sacudidos por el viento, no profetizan, no es el futuro lo que conocen sino el pasado, y recuerdan. En el que no podemos juzgar o condenar; sencillamente allí hemos visto, sabemos. Para mí ese lugar es Lampedusa.
No sabía, antes de llegar aquí, que existieran seres a los que se arroja como desperdicios, cuando aún no están muertos, a los que nadie quiere socorrer y que mueren poco a poco, extenuados por sus dolores, deshaciéndose lentamente al aire libre.
Un descubrimiento casual, después de un viaje en cuya meta se hallaba esta isla. Aquí a mí me sería imposible, como esos últimos turistas bronceados que chancleteaban ayer bajo el dulce ocaso del otoño, acercarme al puerto «a ver a los muertos», donde me sería imposible sumergirme en el mar. Lampedusa: aquí la tierra no ama los árboles, como tampoco los hombres los aman; la tierra seca y dura no los alimenta, lo hace el mar. Aquí hay una historia mía escrita en el mar, indescifrable para los no iniciados.
Paso, justo enfrente del muelle, ante el cementerio de los derrelictos, las barcazas de los «clandestinos»; nadie tiene el coraje de llevárselas, de destruirlas, los colores un poco más desvaídos que hace dos años. Mi barca no está aquí porque se hundió, igual que la de estos africanos, la de los muertos de ahora. Hace dos años desembarqué en este mismo muelle: yo era uno de ellos, desde Zarzis, en Túnez, hasta Lampedusa, veintitantas horas de mar y después el naufragio y la muerte que, afortunadamente, gracias a la mano fraternal de hombres valerosos, a nosotros tan sólo nos rozó. También entonces, de haber estado el mundo recién creado para albergar a los ángeles, en aquel mundo no habría podido alborear día más hermoso.
Camino por el muelle, ese mismo muelle, en medio de los curiosos, de las televisiones que cuentan, que intentan explicar. Mis compañeros náufragos de hace dos años bajaron a tierra envueltos en hojas de plástico relucientes como corazas. Ahora desfilan los sacos negros de los muertos. Ya he descrito el brillo, bajo el sol de otoño, de las tejas y de las rocas, un paisaje palpitante, fraternal, donde el viento en el crepúsculo es el aliento, vivo y cálido, de una criatura de Dios. Aquí aprendí que sufrir parece algo maravilloso al hombre que se ha sentido cerca de la muerte y que de repente descubre que está a salvo. Algunos, pescadores de ojos oscuros y relucientes como aceitunas negras, todavía se acuerdan de mí: «Tú estás vivo…».
Mis ciento doce compañeros; de pocos recuerdo aún el nombre, en el mar apretujados sobre el puente para ganar espacio —el espacio cuesta y es fructífero para los traficantes—, asediados por las olas nadie habla. ¿Quién se acordará de los nombres de estos muertos? Rostros demasiado evanescente, mucho me temo, para que uno solo de sus rasgos sea reconocible si se recorta en la curva de los cascos, si se mueve como las hojas. Quisiera que en mí, conmigo ascendieran desde el abismo, pudieran respirar al aire libre estos nuevos muertos también. ¿Por qué contar no puede ser una resurrección? ¿Por qué las historias, las historias que escribiremos mañana en los periódicos no pueden hacer revivir su intimidad, las vidas secretas de sus corazones?
Hace dos años me embarqué para entender, para intentar entender. Para la mayor parte de estos hombres, al contrario de lo que nos ocurre a nosotros, morir es un sencillo incidente: tropiezan y desaparecen en la trampa como animales sorprendidos. Tunecinos ayer, eritreos, somalíes, sirios hoy, durante toda su vida han contemplado la muerte, inmersos desde la infancia en esa vorágine y siempre han entregrado su corazón y a sí mismos a la noche.
¡No, me equivoco! Ninguna de estas tragedias se asemeja en el fondo, ninguna desesperación, ningún dolor es igual a otro dolor. Hace dos años mis compañeros eran todos jóvenes, una generación que había ganado una revolución y afrontaba la muerte en el mar para ir a ver, ahora que eran libres, el mundo, el otro mundo, su futuro posible. Hoy, hoy son la miseria, el hambre, la desgracia, la guerra, la revolución perdida: son el campo devastado por la sequía, los bienes robados por el miliciano o el gobierno, la mano levantada del fanático. Una fuerza más grande y más tremenda, misteriosa como el propio rostro de la vida, que a veces tiene la mirada estremecedora del desierto y otras veces los ojos dulces del mar, ha movido a estos hombres más allá del terraplén del miedo, les ha enseñado a huir, aunque el peligro sea mortal y un hilo sutilísimo separe la desesperación de la esperanza y no les sea dado a los hombres el conocerlo. Aferrados a ese hilo, que es más fuerte que el cable que sostiene el ancla de sus barcazas desgraciadas, aferrados con manos y dientes a ese hilo que se llama voluntad de resistir, de continuar, de tener esperanza, y que tal vez sea la fe en Dios en su Dios, han permanecido firmes sobre ese tablazón podrido hasta que el mar o el fuego han consumido sus esperanzas. Al final de su camino hay en cambio un mundo que acarrea en sí la moral de la desigualdad.
Hace dos años acompañé durante un breve tramo la anábasis de un pueblo que no está marcado en los libros de geografía ni en los índices de la ONU, pero que crece cada día, el pueblo de los emigrantes. Nadie puede contarlos, ni a los vivos ni a los muertos. Es un pueblo que conoce la paciencia, para el que las esperas se allanan y se ensanchan en una aparente eternidad. En perenne camino, franquea los desiertos, no ha visto nunca el mar y, sin embargo, monta sobre desvencijadas barcazas y mira a la cara las tempestades. El mar es la imagen del inasible fantasma de la vida, y es la clave de todo. ¿Qué sabemos nosotros del momento de la marcha, si no estábamos con ellos? Mis compañeros me contaron que toda separación es un estallido de llanto entremezclado de alegría, por la esperanza que se emboca y por el dolor de las cosas que se abandonan.
Me reuní con ellos en el desierto del Níger, el inmenso sendero de arena: no ya eritreos, somalíes, sudaneses, negros o árabes, con los documentos tirados desaparecían sus identidades, eran otra gente, tambaleantes, corroídos, descarnados, dislocados, endebles, desarraigados. Ya habían pagado mucho y aún les quedaba mucho por pagar, en cada etapa, durante semanas, durante meses, durante años; conmovidos por el cielo estrellado, por el silencio, por el recuerdo resignado de los muertos, por la fuga del tiempo, por el ímpetu del corazón. Los vi desaparecer en Gao, engullidos por los camiones, grandes camiones de las minas, de los traficantes. En sus ojos había una dulzura secreta, una nota tierna y transida que yo, que nosotros para quienes el viaje no es más que un túnel que cruzar a toda prisa, no podíamos entender. Ninguno de mis «clandestinos» quería ser compadecido, en sus rostros bregaba una expresión de alegría. ¡Cuántos prefieren callar! Su dolor es su secreto, el último tesoro que se resistían a ceder después de que los traficantes de hombres se lo hayan quitado todo. Nosotros los occidentales, en cambio, para compadecer, sentimos la necesidad de ver sufrir.
Traducción de Carlos Gumpert.
© La Stampa

PRENSA. "Morir en Lampedusa". Samí Naïr

Samí Naïr

   En "el País":

Morir en Lampedusa

La UE tiene los medios para establecer una gran política de acogida de inmigrantes

 4 OCT 2013

Una tragedia más, pero esta sin precedentes: varios centenares de muertos tras el naufragio, el 3 de octubre, cerca de Lampedusa, de una barcaza que transportaba a unos 500 inmigrantes subsaharianos que intentaban atracar en esta pequeña isla europea, cerca de Sicilia. Una tragedia que es también, como ha subrayado el Papa Francisco en varias ocasiones en referencia a los acontecimientos: "una vergüenza".
Justamente, el Papa aparece hoy como el último defensor de estas decenas de miles de condenados de la tierra, que huyen del hambre y las guerras civiles, y que, estafados por los contrabandistas clandestinos y las mafias del éxodo, no encuentran al término de su recorrido más que la cárcel, los campos de internamiento, las expulsiones brutales y, cuando logran pasar entre las estrechas mallas de las redes de acero construidas por los países de "acogida", desembocan en la miseria de la clandestinidad y de la vida sin derechos.
Estos últimos años, con la crisis en Europa, los inmigrantes, sus condiciones de vida, sus penas y sus sufrimientos, todo ha sido ocultado y, en los países que han sufrido lo peor de esta crisis, como Grecia, han surgido partidos abiertamente racistas que les hacen caza a la luz del día. El nacionalismo xenófobo se ha convertido en mercancía en Europa, pero los lejanos subsaharianos, los egipcios, los sirios, albaneses, romaníes, y muchos más, siguen afluyendo, como si el paraíso europeo tuviera también la virtud de esconder su cara infernal, como si, además, la esperanza de otra vida fuese más fuerte que la otra cara de la vida: la muerte.
Lampedusa constituye un giro. La conciencia humana no puede permanecer indiferente ante tal tragedia: hay que decirlo, recordarlo, nunca olvidar el grito de dolor a la cabecera de esas mujeres embarazadas y de esos niños ahogados y ocultos en bolsas de plástico. La solución de estas migraciones de la desesperación no reside fundamentalmente en políticas represivas ni de contención. Es Europa al completo la que se enfrenta a estos dramas y solo una estrategia europea común puede hacerles cara. Los ministros del Interior europeos que deben reunirse en Luxemburgo el 23 de octubre, precisamente para contestar a la cuestión de la afluencia de emigrados de los Balcanes, se ven, sin embargo, tentados de caer en la trampa de una restricción de visados y del endurecimiento de la política de acogida. Tal evolución no hará más que confortar la inmigración clandestina y reforzar el rol de las mafias.
Ciertamente es indispensable regular estos flujos, pero ello no se puede hacer en detrimento de un tratamiento humano de la cuestión migratoria. Hay que tratar la petición migratoria lo antes posible en las zonas en conflicto, en los países vecinos e, igualmente, aceptar recibir a una parte de esta población en los países europeos.
La Unión Europea tiene los medios para establecer una gran política de acogida, con la condición de que todos los países que la componen acepten tener la misma estrategia y no la que se practica hoy en día, y que sirve para trasladar al vecino la carga de la acogida. La política de asilo debe humanizarse; es indispensable volver a evaluar las decisiones que han sido tomadas estos últimos años y que están destinadas todas ellas a acabar con el derecho de asilo.
En algunos países europeos ricos se han puesto en marcha estos últimos años restricciones enormes a la concesión del título de refugiado. Es ahí donde radican la "vergüenza" y esta "globalización de la indiferencia" de la que habla el Papa Francisco. Esto no atañe a tal o cual ministro del Interior europeo, es la ausencia de visión europea, de reflexión común, que falla de forma cruel, sobre lo que hay que trabajar.
Este fenómeno de fuga de poblaciones no es un problema técnico que una u otra medida policial podría resolver; es un problema político y solo una estrategia de solidaridad política de los países europeos, como la responsabilización de los países de tránsito, puede hacerle frente. Los muertos de Lampedusa deberían apelar a la buena conciencia occidental, tan fácil de conmover en cuanto a la defensa de derechos del hombre en 'casa' de los demás, que debería mirarse a la cara una vez más en su propia casa y aportar solidaridad, compasión y una humanidad elemental a esas mujeres, a esos niños, a esos hombres que corren al encuentro de la tragedia para huir de su destino infernal.

PRENSA. Sobre la muerte de los inmigrantes en Lampedusa: "Subsidiariedad irresponsable". Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "blogs.elpais":

Subsidiariedad irresponsable

Por:  05 de octubre de 2013
No eran emigrantes. Eran fugitivos. No huían solo de la pobreza y de la falta de horizontes vitales. Lo que les hizo correr y salir a toda prisa de sus países es la muerte, por el hambre o por la guerra. No venían del Magreb decepcionado por el fracaso de las revueltas árabes, asolado por el paro juvenil y machacado por el rigorismo islamista. Llegaban directamente de Eritrea y de Somalia, dos Estados fallidos, países en trance de muerte donde ya no es posible seguir viviendo. Doscientos de ellos fueron a naufragar y a morir ahogados en la costa europea más cercana a la pequeña isla italiana de Lampedusa, donde el papa Bergoglio había pronunciado cuatro meses antes sus palabras exactas sobre la “globalización de la indiferencia”.
Estas desgracias son el pan de cada día en un mundo desgobernado donde funciona la subsidiariedad irresponsable: que cada uno se apañe con sus problemas aunque el origen de los problemas sea responsabilidad de todos. Así se gobierna la globalización, con la indiferencia ante el destino de unas poblaciones dejadas de la mano de Dios. Así hemos abandonado entre unos y otros a países como Eritrea y Somalia, que solo interesan cuando se trata de combatir la piratería y garantizar la seguridad de nuestro tráfico marítimo, nuestros suministros energéticos o nuestra pesca.

El principio de subsidiariedad que rige en las relaciones entre los distintos niveles de Gobierno, desde el más pequeño municipio hasta el de mayor rango, como son las instituciones de la Unión Europea, exige que las decisiones se tomen y se apliquen donde sea más acorde a las necesidades de los ciudadanos. Pero la inversión y la perversión de esas reglas de buen gobierno está induciendo a que cada nivel de Gobierno, suficientemente ocupado en lo suyo, se desentienda o no ponga medios suficientes para resolver las dificultades que tienen los otros niveles. Y así está sucediendo con la inmigración que llega a Europa.
Lampedusa se está convirtiendo en un inmenso cementerio con los centenares de tumbas anónimas que acogen los cuerpos de náufragos ahogados frente a sus costas. “¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?”, ha clamado Giusi Nicolini, la alcaldesa de la isla, dirigiéndose a las autoridades europeas. “Venga a contar cadáveres conmigo”, le ha dicho a su primer ministro, Enrico Letta. Al final, Lampedusa se siente sola y desasistida por Italia, y a Italia le pasa lo mismo respecto a la Unión Europea y a los países de la Europa del norte.
Los jóvenes en paro, los ancianos desasistidos y los inmigrantes sin papeles son las principales víctimas de esa subsidiariedad irresponsable que rige en nuestro mundo ingobernado, gracias a esa globalización de la indiferencia tan bien descrita por Bergoglio. Y su emblema es la isla de Lampedusa, donde también naufragan los valores europeos. 

viernes, 27 de septiembre de 2013

PRENSA. "El deterioro democrático pone en alerta a la UE"

Marcha en Sofía en homenaje al fundador del movimiento ultraderechista. / T. BELUTOVA (REUTERS) ("el país")

   En "El País":

El deterioro democrático pone en alerta a la UE

Los valores fundamentales retroceden en todo el club comunitario, incluidos los grandes países

Un estudio atribuye a Grecia y Hungría los mayores riesgos

 Bruselas 25 SEP 2013

Francia amenaza con expulsar a los gitanos que viven en su territorio. Los neonazis asesinan en Grecia. Croacia maniobra para salvar a un criminal de la extradición y en España la corrupción recorre todas las instituciones. Europa vive episodios cada vez más inquietantes de los que emerge una interpretación común: la democracia dista mucho de estar garantizada. Es la rotunda conclusión del primer análisis serio que se realiza en la Unión Europea sobre la calidad del sistema democrático. El informe, al que ha tenido acceso este diario y que se presentará este jueves en Londres, revela importantes retrocesos en lucha contra la corrupción, respeto a las minorías y derechos humanos. Unos valores que están en la esencia misma del proyecto comunitario.
Esos deslices en la aplicación de la democracia se asociaban, hasta hace muy poco, a los recién llegados al proyecto comunitario, los 12 países incorporados a partir de 2004 (más Croacia, que se ha sumado este año). Pero el trabajo de Demos, una reputada casa de análisis británica que ha investigado por encargo del grupo socialdemócrata en el Parlamento Europeo, recoge numerosos indicios de que la marea ha llegado a las viejas democracias. El aumento de las agresiones a inmigrantes, así como el mayor rechazo que declaran ahora los ciudadanos a tener como vecinos a los musulmanes se citan en el documento como señales preocupantes que llegan desde Alemania, equiparables a las que emite la radicalización del partido euroescéptico UKIP en Reino Unido.
Los problemas afectan también a otros dos grandes fundadores del proyecto comunitario. El trabajo recoge las "controvertidas políticas respecto a la libertad religiosa" en Francia, así como los episodios de "corrupción, crimen organizado y control de los medios de comunicación" en Italia. "La democracia tiene que evaluarse constantemente. Incluso países democráticos muy fuertes afrontan grandes retos. Los datos de este informe muestran que la democracia no puede darse por sentada; puede decirse que está amenazada", alerta Jonathan Birdwell, uno de los responsables del proyecto, titulado precisamente La democracia en Europa ya no puede darse por sentada.
Uno de los hallazgos más sorprendentes consiste en desmontar la asociación directa entre crisis económica y deterioro de la democracia. Porque los indicadores, que abarcan básicamente el periodo 2000-2008 aunque algunos llegan hasta 2012, ya comenzaron a retroceder antes de 2008, cuando Europa aún vivía instalada en la bonanza. Una situación que se agrava con la entrada en recesión. Este experto vincula la involución a la falta de respuestas políticas frente al fenómeno de la globalización, que ha revolucionado las sociedades europeas. Y advierte de que los datos más recientes, relativos a 2013, pueden arrojar peores resultados.
El estudio de Demos refrenda anteriores señales de alerta lanzadas por el Parlamento Europeo y la Comisión. El informe combina por primera vez 22 indicadores muy diversos, agrupados en cinco campos relativos a la democracia: procesos democráticos (incluida la corrupción, que drena cada año un 1% del PIB europeo, según datos que Demos atribuye a la Comisión Europea), derechos fundamentales, respeto a las minorías, ciudadanía activa y capital social y político. Los datos, de diversas fuentes oficiales u organizaciones sociales, reflejan que la mayoría de valores que se fueron consolidando a lo largo de los noventa han comenzado a retroceder. "Ya no estamos hablando solo de la crisis del euro y su gestión. Es un proceso que afecta a los fundamentos del modelo social europeo. Se está asentando una imagen de la política subordinada a grandes poderes fácticos", reflexiona Juan Fernando López Aguilar, eurodiputado socialdemócrata español que preside la Comisión de Libertades del Parlamento Europeo.
Pese a que los peligros recorren todo el espacio comunitario, el estudio identifica en Grecia y Hungría los mayores deterioros de los pilares democráticos. La irrupción del partido neonazi Aurora Dorada en el Parlamento y el auge de la derecha autoritaria en Hungría aparecen como riesgos inmediatos. López Aguilar lanza una autocrítica hacia los partidos mayoritarios: "La extrema derecha se moviliza; es hiperactiva, beligerante y está extremadamente comprometida con sus votantes. Los partidos mayoritarios, lamentablemente, tienen un perfil más bajo: como si la defensa de la democracia fuese una batalla que ya no hay que dar".
Más allá de exponer la gravedad del problema, el documento aporta posibles soluciones, que se resumen en un papel más activo de la Comisión Europea para vigilar la democracia dentro de sus fronteras. "Aún hay pocos mecanismos a disposición de la UE para asegurar que los Estados miembros no retrocedan y se vuelvan menos democráticos una vez han ingresado", expone. Ese es precisamente el principal reto. Porque los países recelan de que Bruselas examine si están respetando el Estado de derecho. "Para evitar ese riesgo de politización proponemos que sea una agencia independiente la que evalúe de forma objetiva y rigurosa el cumplimiento de los valores democráticos", sugiere el autor del trabajo.
España sale relativamente mal parada en el marcador europeo de la democracia, salvo en la tolerancia hacia las minorías. El peor resultado lo obtiene en el registro de estabilidad política y ausencia de violencia, donde solo es superada por Rumanía y Grecia, aunque el estudio lo vincula al terrorismo de ETA. En derechos fundamentales, España arroja, junto con Hungría, la mayor caída en la clasificación europea en el periodo 1999-2011. En general los países nórdicos encabezan la clasificación democrática y los de las últimas ampliaciones figuran a la cola.

viernes, 29 de marzo de 2013

PRENSA. ECONOMÍA. CHIPRE. "El trauma de la isla del tesoro". Paul Krugman

Paul Krugman

   En "El País":

 24 MAR 2013

Hace un par de años, el periodista Nicholas Shaxson publicó un libro fascinante y descorazonador titulado Treasure Islands (islas del tesoro), en el que explicaba la manera en que los paraísos fiscales internacionales —que también son, como el autor señalaba, “jurisdicciones con secreto bancario” en las que muchas reglas no se aplican— debilitan las economías en todo el mundo. No solo escamotean los ingresos a unos Gobiernos escasos de dinero y facilitan la corrupción, sino que distorsionan el movimiento de capital, lo que contribuye a alimentar crisis financieras cada vez más grandes.
Sin embargo, una cuestión en la que Shaxson no profundiza demasiado es qué pasa cuando una jurisdicción con secreto bancario entra en quiebra. Esa es la historia de Chipre en estos momentos. Independientemente de cuál sea el desenlace para el propio Chipre (pista: seguramente no va a ser feliz), el lío de Chipre muestra hasta qué punto sigue sin reformarse el sistema bancario mundial, casi cinco años después de que comenzara la crisis financiera mundial.
En cuanto a Chipre: puede que se pregunten por qué le importa a alguien un pequeño país con una economía no mucho mayor que la del Scranton metropolitano, en Pensilvania. Sin embargo, Chipre es un miembro de la eurozona, de modo que los acontecimientos que tienen lugar ahí pueden provocar el contagio (por ejemplo, pánicos bancarios) en países más grandes. Y hay otra cosa más: aunque la economía chipriota sea diminuta, Chipre es un actor financiero sorprendentemente importante, con un sector bancario cuatro o cinco veces más grande de lo que se podría esperar si se tiene en cuenta el tamaño de su economía.
¿Por qué son los bancos chipriotas tan grandes? Porque el país es un paraíso fiscal en el que las corporaciones y los extranjeros acaudalados ponen su dinero a buen recaudo. Oficialmente, el 37% de los depósitos en los bancos chipriotas proceden de no residentes; la cifra verdadera, una vez que se contabiliza a los expatriados ricos y a las personas que son residentes en Chipre solo de nombre, seguramente es mucho más elevada. Básicamente, Chipre es un lugar en el que la gente —sobre todo, pero no solo, los rusos— oculta su riqueza tanto a los recaudadores de impuestos como a los reguladores. Independientemente del lustre que queramos darle, es básicamente una cuestión de blanqueo de dinero.

Los ricos siguen utilizando libremente los paraísos fiscales para evitar pagar impuestos como la gente de a pie
Y lo cierto es que gran parte de la riqueza nunca se movió; solo se volvió invisible. Sobre el papel, por ejemplo, Chipre se convirtió en un enorme inversor en Rusia, mucho mayor que Alemania, cuya economía es cientos de veces mayor. Naturalmente, esto no era en realidad más que “viajes de ida y vuelta” para los rusos que utilizaban la isla como refugio fiscal.
Desgraciadamente para los chipriotas, entró suficiente dinero de verdad para financiar algunas inversiones realmente malas, ya que sus bancos adquirieron deuda griega y concedieron préstamos para una inmensa burbuja inmobiliaria. Antes o después, las cosas estaban abocadas a salir mal. Y así ha sido.
¿Y ahora qué? Hay un fuerte paralelismo entre la situación en Chipre en estos momentos y la de Islandia (una economía de tamaño similar) hace unos años. Al igual que Chipre ahora, Islandia tenía un sector bancario enorme, inflado por los depósitos extranjeros, que era sencillamente demasiado grande para ser rescatado. La respuesta de Islandia fue básicamente dejar que quebraran los bancos y aniquilar a esos inversores extranjeros, a la vez que se protegía a los depositantes nacionales; y los resultados no fueron demasiado malos. De hecho, Islandia, con una tasa de desempleo bastante inferior a la de la mayor parte de Europa, ha capeado la crisis sorprendentemente bien.
Desdichadamente, la respuesta de Chipre a su crisis ha sido un absoluto desastre. Esto refleja, en parte, el hecho de que ya no tiene su propia divisa, lo que le hace depender de los responsables de tomar las decisiones en Bruselas y en Berlín, los cuales no han estado dispuestos a dejar que los bancos quiebren abiertamente.
Pero también refleja las pocas ganas del propio Chipre para aceptar el final de su negocio de blanqueo de dinero; sus líderes todavía están tratando de limitar las pérdidas para los depositantes extranjeros con la vana esperanza de que pueda reanudarse la normalidad, y estaban tan ansiosos por proteger a las grandes fortunas que han intentado limitar las pérdidas de los extranjeros expropiando a los pequeños depositantes nacionales. Al final, sin embargo, los chipriotas de a pie han manifestado su indignación, el plan ha sido rechazado y, a estas alturas, nadie sabe qué pasará.
Yo supongo que, al final, Chipre adoptará una solución parecida a la islandesa, pero a menos que acabe viéndose obligado a abandonar el euro en los próximos días —una posibilidad real— es posible que primero pierda mucho tiempo y dinero en medias tintas para evitar enfrentarse a la realidad al tiempo que incurre en deudas enormes con países más ricos. Ya veremos.
Pero detengámonos un minuto para pensar en el increíble hecho de que los refugios fiscales como Chipre, las islas Caimán y muchos más sigan funcionando más o menos igual que antes de la crisis financiera mundial. Todo el mundo ha visto el daño que los banqueros fuera de control pueden infligir, pero así y todo, gran parte del negocio financiero mundial sigue canalizándose a través de jurisdicciones que permiten a los banqueros esquivar hasta las normativas más suaves que hemos establecido. Todo el mundo se lamenta por los déficits presupuestarios, pero a pesar de ello, las sociedades anónimas y los ricos siguen utilizando libremente los paraísos fiscales para evitar pagar impuestos como la gente de a pie.
Así que no lloren por Chipre; lloren por todos nosotros, que vivimos en un mundo cuyos líderes parecen decididos a no aprender de los desastres.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008
© New York Times Service 2013
Traducción de News Clips