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martes, 9 de febrero de 2010

PRENSA. Crítica de la película "La carretera", por Carlos Colón

Hoy, en "El Día de Córdoba":

La angustia de amar en el infierno

The Road. Drama, EEUU, 2009, 112 min. Dirección: John Hillcoat. Guión: Joe Penhall, basado en la novela homónima de Cormac McCarthy. Intérpretes: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce. Música: Nick Cave. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Guadalquivir, El Tablero.


La fotografía de Javier Aguirresarobe y el diseño de producción de Chris Kennedy crean un mundo como nunca se ha visto en el cine. Sólo a la pintura de un Bosco, un Signorelli o un Memling le ha sido concedido representar el infierno, el eclipse de la razón y el despliegue de la maldad, la locura y la desesperación como en esta película se hace de forma aludida o explícita, a través de huellas (sangre en un lavabo o en la nieve, hierros y ganchos, gritos fuera de campo) o de presencias (los cuerpos de dolor y sufrimiento de los desdichados encerrados para proveer de carne a sus verdugos). Sólo a un Caspar David Friedrich en sus cuadros de La abadía de Eichweld, Atardecer, Encallado a la luz de la luna, Invierno, Claustro o Cementerio en la nieve le ha sido dado el poder de representar la helada desolación de la muerte convertida en paisajes de retorcidos árboles secos, ruinas y cielos siempre grises. Aguirresarobe y Kennedy lo consiguen, manteniendo además como trasfondo las notas sostenidas de otros horrores documentados -los campos de exterminio, la devastación de Hiroshima- sobre los apocalípticos paisajes.
La fotografía y el diseño de producción son elementos claves para sumergirnos durante algo más de una hora y media, sin dar una tregua de luz, en un mundo arrasado por una catástrofe cuyo origen no se explica. De ese mundo devastado, siempre oscuro y casi siempre llovido, frecuentemente sacudido por tormentas y terremotos, sumido en un silencio sólo roto por el estruendo de los árboles muertos que se desploman, ha desparecido la vida vegetal y animal. Sólo quedan algunos seres que están dejando de ser humanos y unos pocos seres humanos en el verdadero sentido de la palabra. Los primeros se organizan en bandas para sobrevivir como caníbales. Los segundos sobreviven a duras penas huyendo de los primeros y alimentándose con los pocos restos de comida que encuentran.
Entre éstos están los protagonistas: un padre y su hijo. No tienen nombre, como nadie en la película. Lo han perdido; como a la esposa y madre, la casa y hasta los recuerdos de la felicidad pasada que se van desvaneciendo como latidos cada vez más espaciados. Es importante saber que el hijo nació, tras el desconocido Apocalipsis, contra la voluntad de la madre y por deseo del padre. Y que esta férrea opción por la vida, esta casi irracional voluntad de que su hijo nazca a un mundo en el que es una pesadilla vivir, es la que años después le ayuda a proseguir su viaje en busca de la costa, a defenderlo de todos los peligros, hasta a enseñarle a usar la pistola para suicidarse si cae en manos de los caníbales.
Porque esta película oscura, durísima, cruel, de angustiosa visión, que logra mantener la tensión durante todo su metraje como pocas lo han hecho, es también -y sobre todo, diría yo- un canto trágico a la esperanza contra toda razón para no esperar nada, al amor a la vida cuando la muerte parece preferible y, muy especialmente, al amor paterno. Y, junto a ello, la expresión de una conmovedora nostalgia de lo sagrado (la cruz abierta al cielo en la iglesia en ruinas), lo bello (la evocación de la sonata para violín de Bach) y lo bueno (el encuentro con el anciano interpretado por Robert Duvall, el plano final) que hacía humanamente vivible la vida.
Viggo Mortensen construye un tipo monumental de padre enfrentado a la angustia de mantener vivo a su hijo en un mundo al que lo ha traído contra toda razón. Su angustia tiene la medida de su desesperación y ésta la de su amor. John Hillcoat ha construido una pieza maestra -durísima de verse- sobre la novela del pesimista Cormac McCarthy, de quien los Coen adaptaron la desasosegante No es país para viejos. Y ha logrado la que tal vez sea la mejor película de ciencia-ficción desde 2001 y la trilogía Stalker, Solaris y Sacrificio de Tarkovski. Todo es cierto en ella. El hambre, la soledad, el miedo, la desesperación, el llanto del niño -¡qué excepcional interpretación del pequeño Kodi Smith-McPhee!-, el desgarro del padre… La Academia se ha cubierto de vergüenza prefiriendo los muñecos tridimensionales de Cameron.

viernes, 5 de febrero de 2010

PRENSA. CINE. Crítica de "La carretera", por Carlos Boyero

"La carretera"
En "El País":
De la nada a ninguna parte

CARLOS BOYERO
En las perplejas y desoladas reflexiones mentales que hace el hastiado sheriff de No es país para viejos, en la visita que hace al solitario anciano que está impedido en una silla de ruedas, en la sombría atmósfera de ese libro excepcional, latía el sentimiento de que el mundo se estaba pudriendo irremediablemente, que el mal era tan caprichoso como invencible. En La carretera, su siguiente novela, Cormac McCarthy nos cuenta que ya ha llegado el Apocalipsis. No ofrece las razones. ¿Qué más da? Sólo ofrece un doloroso y angustioso tratado de supervivencia, ese instinto animal que permanece aunque todo sea oscuridad y devastación, la esperanza de encontrar un refugio duradero en un lugar remoto. Centrada en un padre y su desarmante niño, descrita su relación por McCarthy como "el uno para el otro, todo cuanto tienen en el mundo", esta estremecedora novela te engancha en el corazón de principio a fin. Esa prosa honda y desgarrada te hace vivir el camino pedregroso e infectado de peligros que recorren los vagabundos, te contagia el miedo de que los caníbales que pueblan montes, valles y carreteras se los zampen, hace que compartas su lógico desfallecimiento y su épica determinación de seguir adelante, que sientas su frío, su hambre, su terror, su exaltación, los recuerdos lacerantes de que alguna vez existió el esplendor en la hierba, la tentación de acabar con todo para no prolongar el sufrimiento.
Temática tan angustiosa no invitaba a que las productoras de Hollywood apostaran por ella, a que invirtieran demasiado dinero reconstruyendo un infierno sin salida. Tampoco están los tiempos ni el ánimo de los espectadores para historias con planteamiento y desarrollo tenebroso e imposible final feliz, a no ser que el que invierte la pasta sea tan bellaco y tan cínico como para cambiar el espíritu del texto literario e inventarse un desenlace complaciente y al gusto del espectador más convencional.
El director John Hillcoat ha optado por la fidelidad absoluta al texto de McCarthy. Retrata con arte poderoso ese indeseable universo. Sus imágenes, los personajes, sonidos y situaciones que describe son tal como imaginábamos al leer la novela. Está obsesionado con dotar de fisicidad el recorrido de esos cuerpos temblorosos, de esas almas perdidas.
Ocurren muchas cosas en La carretera. La mayoría de ellas horrorosas, pero también hay respiros y oasis, la sensación de que en el mundo que se ha tornado embrutecido y salvaje, en el que la única norma es el sálvese quien pueda, hay vestigios de humanidad. Es dura pero también muy tierna la historia de amor entre ese padre forzosamente pragmático y ferozmente precavido ante los monstruos que les amenazan y ese hijo que no ha perdido la inocencia a pesar de los pesares. Sus escasos y compartidos momentos de alegría te conmueven y cuando todo invita a la claudicación a ti también se te encoge el alma. Nunca he oído un llanto tan auténtico e hiriente (ignoro lo que habrá hecho con él los casi siempre temibles doblajes) que el de ese crío a la intemperie.
Si el trabajo de Hillcoat posee una notable fuerza visual, ambiental y sentimental, las interpretaciones de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smit-McPhee, la comunicación y la química que establecen entre ellos, son admirables. También está más allá del elogio la obra de arte que ha logrado la fotografía de Javier Aguirresarobe. Te hace respirar el frío, las cenizas, el dolor deprimente grisáceo de una insoportable jungla. El Oscar se degrada al haberlos desdeñado en sus candidaturas.

LA CARRETERA
Dirección: John Hillcoat.
Intérpretes: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce.
Género: drama. EE UU, 2009.
Duración: 113 minutos.

lunes, 1 de febrero de 2010

CINE. LITERATURA. LECTURA. "La carretera", novela de Cormac McCarthy


El próximo viernes, 5 de febrero, se estrena La carretera, película basada en la novela homónima del estadounidense Cormac McCarthy. Si la pantalla es capaz de reflejar una parte de la angustia de la novela, buena será la adaptación.
Aquí tenemos el tráiler:


A continuación, podemos leer las primeras páginas de la novela:

Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. Y en la orilla opuesta un ser que levantaba su chorreante boca del gour y miraba hacia la luz con unos ojos tan blancos y ciegos como los huevos de araña. Balanceaba su cabeza a ras de agua como para captar el olor de aquello que no podía ver. Agazapado allí, pálido y desnudo y translúcido, sus huesos de alabastro grabados en sombra en las rocas que tenía detrás. Sus intestinos, su palpitante corazón. El cerebro que latía dentro de una empañada campana de cristal. La criatura movía la cabeza de lado a lado y luego soltaba un gemido grave y daba media vuelta y dando tumbos se alejaba silenciosamente hacia la noche.
Se levantó con la primera luz gris y dejó al chico durmiendo y caminó hasta la carretera y en cuclillas estudió la región que se extendía al sur. Árida, silenciosa, infame. Debía de ser el mes de octubre pero no estaba seguro. Hacía años que no usaba calendario. Irían hacia el sur. Aquí era imposible sobrevivir un invierno más.
Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca.
Cuando volvió, el chico seguía durmiendo. Retiró la lona de plástico azul que lo cubría y la dobló y la llevó al carrito de supermercado y la metió dentro y regresó con los platos y unos copos de avena en su bolsa de plástico y una botella de plástico de sirope. Extendió en el suelo la pequeña lona que les servía de mesa y colocó las cosas y se sacó la pistola del cinturón y la dejó sobre el mantel y luego se quedó mirando cómo dormía el chico. Se había quitado la mascarilla por la noche y estaba sepultada bajo las mantas. Observó al chico y miró entre los árboles hacia la carretera. Ese lugar no era seguro. Ahora que era de día podían verlos desde la carretera. El chico se movió. Luego abrió los ojos. Hola, papá, dijo.
Aquí estoy.
Ya lo sé.
Una hora después estaban en la carretera. Él empujaba el carrito y entre los dos cargaban las mochilas. En las mochilas había cosas básicas. Por si tenían que abandonar el carrito y echar a correr. Asegurado al asa del carrito había un retrovisor de motocicleta que él utilizaba para mirar la carretera a sus espaldas. Se subió un poco más la mochila y observó el campo devastado. La carretera estaba desierta. En el pequeño valle la serpiente todavía gris de un río. Inmóvil y precisa. A lo largo de la orilla unos carrizos secos. ¿Estás bien?, dijo. El chico asintió con la cabeza. Luego echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro.
Cruzaron el río por un viejo puente de hormigón y varios kilómetros más adelante llegaron a una estación de servicio. Se quedaron observando desde la carretera. Creo que deberíamos ir a ver. Echar una ojeada. La maleza por la que vadearon se convertía en polvo a su paso. Cruzaron el arcén de asfalto quebrado y buscaron el tanque que alimentaba los surtidores. No había tapón y el hombre se acodó en el suelo para olfatear el caño pero el olor a gasolina era solo un rumor, tenue y rancio. Se puso de pie y miró hacia el edificio. Los surtidores con sus mangueras curiosamente todavía en su sitio. Las ventanas intactas. La puerta del taller estaba abierta y el hombre entró. Un armario metálico para herramientas adosado a una pared. Registró los cajones pero allí no había nada que le sirviera. Buenos manguitos de media pulgada. Un destornillador de trinquete. Miró a su alrededor. Un barril metálico lleno de basura. Entró en la oficina. Polvo y ceniza por todas partes. El chico permaneció en el umbral. Una mesa metálica, una caja registradora. Viejos manuales de automóvil, hinchados y empapados. El linóleo estaba sucio y se alabeaba debido a las goteras del techo. Fue hasta la mesa y se quedó allí de pie. Luego cogió el teléfono y marcó el número de la casa de su padre en tiempos pasados. El chico le observó. ¿Qué estás haciendo?, dijo.
Unos trescientos metros carretera abajo se detuvo y volvió la vista atrás. No lo hacemos bien, dijo. Tenemos que volver. Sacó el carrito de la calzada y lo apoyó de costado en un sitio donde no pudiera ser visto y dejaron allí sus mochilas y regresaron a la gasolinera. En el taller sacó a rastras el barril y volcó toda la basura y seleccionó las botellas de aceite de cuarto de litro. Se sentaron en el suelo para recoger los posos de cada una de ellas, dejando las botellas boca abajo de manera que fueran escurriéndose en un cazo hasta que tuvieron casi medio cuarto de aceite para motor. Enroscó el tapón de plástico y limpió la botella con un trapo y la sopesó. Aceite para que su candilejo iluminara los largos crepúsculos grises, los largos amaneceres grises. Así podrás leerme un cuento, dijo el chico. ¿Verdad, papá? Sí, dijo el hombre.

viernes, 4 de septiembre de 2009

PRENSA. 4 septiembre 2009



En "El País".


1. ¡Qué vida! Columna de Juan José Millás.


2. Digitalización en el frente europeo. Reportaje de A. Fraguas y D. Alandete. La guerra por el proyecto de Google Books se traslada a la UE. Berlín se opone al acuerdo con el gigante informático. La Comisión debatirá el asunto el lunes.




4. Sobre sabios, bobos y malvados. Artículo del escritor Félix de Azúa. Al criminal hay que entenderle para combatirle; quien resulta imperdonable es el idiota que intenta justificar al criminal. Ésta es una de las muchas lecciones del viejo profesor judío George Steiner.


5. Víctimas de ETA y accidentes de tráfico. Artículo de Reyes Mate, profesor de Investigación del CSIC en el Instituto de Filosofía.


6. Elecciones en Afganistán. Por Ignacio Sotelo.