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lunes, 15 de febrero de 2016

LITERATURA. "La selva gótica: los inicios fantásticos de la literatura hispanoamericana"

   En "jotdown":

La selva gótica: los inicios fantásticos de la literatura hispanoamericana

Publicado por Lugones practicando esgrima. Foto: DP.Leopoldo Lugones practicando esgrima. Foto: DP
La literatura latinoamericana da varias vueltas a la española en cuanto a formación, variedad y falta de prejuicios. Sobre todo en el fantástico y la ciencia ficción, que no se encuentran en una pequeña casilla de «raros» y escritores al margen, sino que están mezclados en su tradición, fecunda en deseo de trascender los límites. Casi todos, los más grandes autores y autoras, han abordado estos temas en sus obras, sin por ello ser descalificados o tachados de inconscientes.
Un ejemplo. La figura de Edgar Allan Poe tuvo una repercusión moderada en España, dado el tono realista y el lastre católico del arte nacional. Salvo el rastro en las figuras de la bohemia, su presencia se limitó a las obras de su primera divulgadora, Fernán Caballero, los escritos de la nunca suficientemente reconocida Emilia Pardo Bazán, y determinados relatos en Pedro Antonio de Alarcón y Pío Baroja. La poesía de Poe llegaría más tarde (vía Rubén Darío, otro gran escritor de cuentos fantásticos), y se puede encontrar en la obra de alguien, en apariencia, muy distinto: el Antonio Machado de Soledades y Campos de Castilla.
En Latinoamérica, sin embargo, su influencia fue enorme. Ayudó el sentimiento anticolonialista que compartió el propio Poe y sus deslumbrantes descubrimientos en las técnicas del relato breve y la poesía. Los escritores del Modernismo latinoamericano dieron forma a un corpus de anticipación científica, terror, cuentos de amor y muerte inspirados en el folletín francés, descripciones fantasmagóricas de los espacios urbanos y la naturaleza… Antes del llamado «realismo mágico», la magia se reveló en obras de autores que se interesaron tanto por los movimientos ocultistas como por los nuevos descubrimientos de la ciencia. Como Poe y el Círculo de Lovecraft, introdujeron elementos de la religión y las culturas antiguas, inventaron cosmogonías… Y por supuesto, tuvieron unas vidas acordes con el espíritu decadente y apasionado de aquel tiempo. Estos son unos ejemplos.
Leopoldo Lugones, hermetismo y «La hora de la espada»
Jorge Luis Borges mantuvo con Lugones una de sus peculiares relaciones en lo personal y lo artístico. De joven lo desdeñó y ridiculizó por considerarlo pedante y demasiado regionalista. Cuando Lugones se suicidó en 1938, todo fueron parabienes: tuvo que reconocer su más que evidente influencia, y en «El Aleph», el fantasma del poeta, director hasta su muerte de la Biblioteca Nacional de Maestros, se aparece en el juego de identidades y espejos de la biblioteca infernal.
Don Leopoldo (1874, Córdoba, Argentina – 1938, Buenos Aires) lo escribió todo: prensa, política, teatro, novela, ensayo… su poesía «verbal» era fuente de imágenes extravagantes, escrita para ser recitada en voz alta, trabajada en cada verso, ritmo y acento. Culminó en Lunario Sentimental (1909), una sorprendente y humorística vuelta de tuerca a los lugares comunes de la poesía (que marcó a Valle Inclán). Sus relatos demuestran su enorme erudición y un estilo preciosista paralelo al de Marcel Schwob. Lo mismo describía con todo detalle una historia en la caída del Imperio romano, desarrollaba una sesión de espiritismo donde los participantes conectaban con un ser inconcebible, o imaginaba una sombría ficción con los conceptos de la teoría de la relatividad. Sus incursiones en el fantástico a la sombra de Poe y Maupassant dieron resultados espectaculares, sobre todo en los relatos de Las fuerzas extrañas (1906) y Cuentos fatales (1926). Incluso se atrevió con la ciencia, en el ensayo de divulgación El tamaño del espacio, una conferencia de 1921 en la Facultad de Ciencias Exactas y Física de Buenos Aires, que el propio Einstein afirmó conocer en su visita a la Argentina.
Leopoldo Lugones. Foto: DP.
Leopoldo Lugones. Foto: DP.
Fue adepto de la teosofía y masonería, cuyos elementos inspiran sus cuentos y novelas. En su juventud pasó por el anarquismo y el socialismo, y después viró hacia una postura nacionalista totalitaria que le llevó a defender los principios fascistas y el golpe de Estado militar de 1930. Estos vaivenes ideológicos, más la pérdida del apoyo de la comunidad literaria, lo llevarían al suicidio, una socrática elección de cianuro bebido con whisky. Aunque se baraja otra teoría más decadente, que Lugones se matara por el amor de una alumna suya, lo que su familia condenaba. Condenar es un verbo suave: el hijo mayor de Leopoldo, Polo, futuro comisario político de la dictadura de Uriburu, amenazó a la muchacha con internar a su padre en un nosocomio si no abandonaba la relación. Para redondear la historia de maldiciones, la hija de Polo Lugones, Susana, moriría a causa de las torturas de los militares argentinos en 1979, posiblemente tras padecer los efectos de la picana eléctrica, que introdujo su padre como herramienta de interrogatorio.
Horacio Quiroga, la selva suicida
Horacio Quiroga con su primera mujer, Ana Maria Cires. Foto: DP.
Horacio Quiroga con su primera mujer, Ana Maria Cires. Foto: DP.


La vida del uruguayo Quiroga se cruzó con la de Lugones en Buenos Aires hacia 1903. Horacio se había trasladado al país vecino huyendo de sus desgracias personales, como el protagonista de un terrible cuento gótico. Nacido en 1878 en Salto, su vida estuvo marcada por la fatalidad: su padre murió siendo él muy pequeño y su madre, que lo cuidó y sobreprotegió, se casó de nuevo, pero el padrastro, deprimido y obligado a vivir en una silla de ruedas, se suicidio delante de Horacio. Cuando murió su madre viajó a París para hacerse un nombre, pero allí, aparte de conocer a Rubén Darío y otros artistas, no hizo otra cosa sino gastarse la herencia. Uno de sus mejores amigos, el poeta Federico Ferrando, murió por accidente cuando Horacio le enseñaba a manejar la pistola (había sido retado en duelo). Entonces decidió abandonar Montevideo. Lugones y él se hicieron compañeros y emprendieron un gran viaje: se internaron en la selva para hacer un reportaje sobre las antiguas misiones jesuíticas del Chaco, una zona salvaje entre Argentina, Brasil y Paraguay. Quiroga, que fue en calidad de fotógrafo, quedó abrumado con las visiones del paisaje y decidió que volvería para establecerse. Primero plantó algodón en una hacienda, pero no tuvo ningún éxito. En 1906 remontó el río Paraná, esta vez recién casado con una de sus alumnas, la adolescente Ana María Cires y la oposición de la suegra, que también los acompañaba. Quiroga tuvo dos hijos, escribió y trabajó frenéticamente en aquel corazón de las tinieblas. Pero su mujer no pudo aguantar la presión y se suicidó. Los hijos de Quiroga se fueron con la suegra y Horacio volvió a Buenos Aires. En 1918 era uno de los escritores más respetados de Argentina, pero el autor estaba completamente hundido. Volvió a Misiones, convencido de que lo haría con otra jovencita a la que pretendía, pero los padres la pusieron a buen recaudo. A mediados de los años veinte volvió a la capital y allí conoció a su último amor. Sí, tenía diecinueve años y era compañera de clase de su hija. La familia de la chica, atraída por la fama del autor, dio el visto bueno a la boda, no así los hijos de Quiroga. De nuevo la pareja se internó en la selva, pero este fue el último viaje: la joven esposa abandonó en pocos años a Horacio y el autor, en la miseria, volvió a Buenos Aires para suicidarse en 1937 con un cóctel de cianuro.
La extensa obra de Quiroga es un muestrario del romanticismo exaltado y las experiencias del escritor con la naturaleza y los amores imposibles. Como Lugones, escribió en casi todos los géneros, pero aquí solo hubo uno donde fue maestro indiscutible, el relato breve. Fue el primer autor latinoamericano que hizo protagonista a la selva indígena de su literatura (en una perspectiva deudora de Kipling, con humor y aventuras, misterios y mitos, en Cuentos de la selva o Anaconda). Cultivó un terror gótico a la manera de Poe, en un estilo menos recargado que el de Lugones, pero igual de rico en imágenes alucinadas e historias violentas, el imprescindible Cuentos de amor, de locura y de muerte). Tiene asimismo un grupo de novelas cortas, publicadas después de su muerte, que son muy recomendables: El devorador de hombres (Menoscuarto Ediciones, 2013).
No son los únicos. Quedan, entre otros, los escritos románticos y las andanzas políticas de Juana Manuela Gorritti, la ciencia ficción del doctor Eduardo Ladislao Holmberg y los cuentos fantásticos de Amado Nervo. Son los antecesores de la mejor literatura de Roberto ArltSilvina Ocampo o Pablo Palacio.


Horacio Quiroga y su casa en Misiones. Foto: DP.Horacio Quiroga y su casa en Misiones. Foto: DP.
Bibliografía recomendada:
Rubén Darío: Cuentos fantásticos. Alianza Ed. 2011.
VVAA: Antología del cuento fantástico hispanoamericano del S. XIX, Ed. Miraguano, 2003.
Leopoldo Lugones: Las fuerzas extrañas, Ed. Eneida, 2009.
Leopoldo Lugones: Cuentos Fantásticos, Ed. Castalia, 1988.
Horacio Quiroga: Cuentos de amor, de locura y de muerte, Ed. Fontana, 1995.

Horacio Quiroga: El devorador de hombres y otras novelas cortas, Menoscuarto Ediciones, 2012.

viernes, 25 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Lovecraft invade el mercado editorial". Juan Ángel Juristo

   En "cuartopoder.es":

Lovecraft invade el mercado editorial

JUAN ÁNGEL JURISTO | 22/4/2014
Imagen de H. P.  Lovecraft tomada en Brooklyn en 1922. / Wikipedia
Imagen de H. P. Lovecraft tomada en Brooklyn en el año 1922. / Wikipedia
El mercado editorial es tan previsible por esto de la crisis que si quieren saber los autores que van a llenar los escaparates de las librerías en los próximos meses deben informarse antes de cuando acaban los derechos de autor de los mismos. Sólo así cabe entender cierta proliferación de escritores que de vez en cuando aparecen como por arte de magia para, luego, si las ventas no son las adecuadas, desaparecer.
Estos días hemos visto proliferar como setas las obras de uno de los autores más curiosos de la literatura norteamericana del siglo XX y escritor estimado por la gente de mi generación que lo descubrimos en aquella antología maravillosa de Alianza Editorial, Los mitos de Cthulu, que Rafael Llopis recopiló en 1969. La verdad, fue un descubrimiento, y aún recuerdo que me leí aquellos relatos de un tirón, siendo muy consciente de sus virtudes, así, cierta predisposición a meter al lector en una pesadilla recurrente, pero también de sus defectos, los adjetivos que emplea para incitar al miedo no suelen pasar de “horrible”, “asqueroso”, “inconcebible”, y cosas así. Luego, uno se entera de que es un precursor de la literatura pulp fiction y que dentro de la cultura de masas, en su país de origen, es un escritor referencial. Su personalidad, excéntrica, con una fobia especial hacia los judíos, su declarada misoginia, le hicieron aparecer para las conciencias liberales norteamericanas poco menos que como un escritor del Ku Klux Klan. El que naciera y viviera en Providence no hacía más que añadir más leña al asunto.
Al año de que quedara su obra libre de derechos, hace 77 años que murió, una editorial tan prestigiosa como Acantilado ha publicado en traducción de Miguel TempranoEl caso de Charles Dexter Ward y En las montañas de la locura, uno de sus libros más celebrados. A Acantilado se le han sumado Periférica con El resucitador, que según el propio Lovecraft está inspirado en el Frankenstein de Mary Shelley. Si añadimos a todo esto que Nick Pizzolato, el creador de True Detective, afirma estar influenciado por la obra de Lovecraft, no es de extrañar que las ediciones sigan proliferando: Nevsky ha editado recientemente en traducción de Jon Bilbao y con una muy buena introducción de Javier Calvo, el escritor barcelonés autor de libros como Mundo maravilloso y Corona de floresLa sombra fuera del tiempo, perteneciente a Los mitos de Chtulu.
La_sombra_fuera_del_tiempo_Lovecraft
Cubierta de ‘La sombra fuera del tiempo’.
Llama la atención que sean editoriales pequeñas las que hayan editado de nuevo a H.P. Lovecraft, pero esa llamada de atención es resultado de cierto descuido. Si nos fijamos con más atención nos daremos cuenta que estas editoriales pequeñas y predominantemente literarias son las idóneas para publicar a un escritor como Lovecraft, que en Estados Unidos es un mito de la cultura pop, considerado por la mayoría de los críticos como un autor muy descuidado en el estilo, no les negaré su parte de razón, pero que en España, por diversos avatares, fue siempre autor de lectores amantes de lo literario y, me atrevería a decir, de cierto esnobismo.
Por otro lado el que las pequeñas editoriales publiquen su obra es obvio: está libre de derechos y así se ahorran cierto dinero en un mercado no sólo restringido sino anémico. Y no ocurre sólo con Lovecraft. En realidad son estas pequeñas editoriales, buscando los mil trucos de subsistencia, las que están haciendo que al margen de las modas de los best sellers haya una cierta manía por determinados escritores de lectura mucho más restringida pero que son los que conforman los restos de un mundo literario cada vez más evanescente, y ello hasta el punto de que de seguir así se confine a los escritores al mismo nicho que ocupa la música clásica, lo que contrasta, en apariencia, con la mística mediática que acontece cuando muere un escritor de fama. El caso de García Márquez viene que ni al pelo. Actitud que será contradictoria pero que mirada con más atención pertenece al mismo ámbito: se le da más bombo a aquello que está a punto de desaparecer. El centenario de Marguerite Duras que se está celebrando en Francia es sntomático: su obra se va a publicar en La Pléiade pero los fastos son dignos de la muerte de Víctor Hugo. En realidad se está despidiendo de una forma de entender el arte y la cultura.
Leer a Lovecraft es, sin embargo, curioso pues a pesar de sus muchos reparos es escritor de aliento intenso, pocos como él son capaces de recrear una atmósfera asfixiante, y siendo, como es, el creador en cierta manera del género de serie B, ese género de segunda en que terror y ciencia ficción se dan la mano, no es nada fácil traspasar a la pantalla los aires opresivos de la escritura de Lovecraft. De ahí, quizá, el éxito de True Detective, donde se homenajea al pulp fiction, basándose en la revista del mismo título. Que ha logrado dar entidad de imagen a lo que en las novelas de Lovecraft sólo se consigue con una maestría no exenta de ingenuidad: el que sea la imaginación del lector mismo el que crea la atmósfera que Lovecraft quiere transmitir y que es una atmósfera inquietante sí, pero nada concreta. En este sentido Lovecraft posee la monstruosa inquietud del escritor único y que es dueño de una esquina del mundo, recreada sólo por él y quizá para él. Lovecraft es un friqui si atendemos además, a la definición actual; un excéntrico, que se decía antes, pero un excéntrico que llevó a sus últimas consecuencias el género heredado de Bram Stocker y Mary Shelley hasta hacerlo poppulp fiction, acomodarlo al modo de imaginar de su país.
Quizá la definición más bella de la personalidad de Lovecraft la diera Stephen King que le llamó “príncipe oscuro y barroco de la historia de horror del siglo XX”. No es mal comentario viniendo de quien viene, su aventajado sucesor. Lovecraft se prodiga estos días por las librerías españolas. No es mal acompañamiento para el Día del Libro.

jueves, 10 de abril de 2014

PRENSA. "Siete frases sobre el poder en 'Juego de tronos'"

   En "diagonalperiodisco.net":
"El poder es una ilusión", "El mundo está gobernado por asesinos"... los personajes de Juegos de Tronos ¿nos hablan de un mundo tan lejano al nuestro?
04/04/14 · 16:48
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Una serie donde, en un principio, los únicos personajes capaces de despertar algo de simpatía son unos señores feudales esclavistas o una banda de violadores y saqueadores sanguinarios no parece ser un buen lugar donde buscar frases inspiradoras para momentos políticos complejos ni lecturas que cuestionen el poder desde una óptica distinta. Pese a la insistencia de presentar al pueblo como una masa informe manipulable y salvaje, aprovechamos el inminente estreno de la cuarta temporada de Juego de Tronos para mostrar siete de las frases que trascienden las fronteras de los Siete Reinos y sirven, también, para explicar cosas que pasan del otro lado de la pantalla.
“Stannis es un asesino. Los Lannister son unos asesinos. Tu padre era un asesino. Tu hermano es un asesino. Tus hijos, algún día, serán unos asesinos. Este mundo lo forjan los asesinos. Así que más vale que te acostumbres a mirarles a los ojos”

El Perro

 “Desde el día de hoy escogeréis vuestros propios nombres. Les diréis a los demás soldados que hagan lo mismo. Desechad vuestro nombre de esclavos, escoged el nombre que os pusieron vuestros padres, o cualquier otro. Un nombre que os dé orgullo"

Daenerys Targaryen
 

“El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz. Pero nunca los dejan en paz”

Sir Jorah

"El poder reside donde los hombres creen que reside. Es un truco, una sombra en la pared, y un hombre aunque sea pequeño puede proyectar una sombra muy larga"

Lord Varys

"Si le cortas la lengua a un hombre no demuestras que estuviera mintiendo, sino que no quieres que el mundo sepa lo que puede decir"

Tywin Lannister

 “El caos no es un pozo. El caos es una escalera. Muchos de los que intentaron escalarla fallaron, nunca podrán probar de nuevo. La caída les rompió. Y algunos a los que se les dio la oportunidad de escalar, se aferran al terreno, a los dioses o al amor. Solo la escalera es real. La subida es todo lo que hay”

Petyr Baelish

“La gente siente hambre por algo más que la comida. Ansían distracciones, y sus distracciones suelen acabar con nosotros hechos pedazos. Una boda real sale mucho más barata, ¿no os parece?

Olenna Redwyne

jueves, 13 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "Juego de tronos"


   En "El País":

Espadas y dragones

El poder de emoción y la popularidad de 'Juego de tronos' deben mucho a la materia prima de sus historias, con las viejas espadas y dragones, y también con el sexo

 10 JUN 2013

“Un dragón no es una fantasía frívola”. La frase es de J. R. R. Tolkien, que sabía de lo que hablaba. Las espadas tampoco son nunca intrascendentes. Hay que tomárselas muy en serio, porque matan, y quitan y ponen reyes. Está en su naturaleza, como en la del dragón vomitar fuego. En una espada, como en un dragón, relampaguean revividas las antiguas leyendas. Eso las hace fascinantes.
“Mis espadas las he tomado de los viejos mitos”, me explicó hace años el novelista Michael Moorcock, uno de los grandes nombres de la fantasía épica, el género del que bebe Juego de tronos. Yo le señalaba a Moorcock las semejanzas entre el arma de uno de sus grandes personajes, Elric de Melniboné, y las famosas espadas de las sagas nórdicas. En la Hervarar saga, del siglo XIII, por ejemplo, aparece la espada maldita del rey Svafrlami, Tyrfing, que solo puede guardarse, una vez desenvainada, tras segar una vida. La espada de Elric posee esa misma siniestra característica. “Es que la saqué de ahí”, me confesó Moorcock, “como muchas otras cosas”.
Espadas y dragones están de moda. Las novelas de Martin y la serie televisiva nos los han devuelto. El poder de emoción y la popularidad deJuego de tronos deben mucho a la materia prima de sus historias, con las viejas espadas y dragones (también con el sexo, queda dicho: una combinación ganadora). Como Tolkien o como Moorcock, Martin ha saqueado el baúl de los mitos y cuentos (y de paso, a sus predecesores del género y todo lo que ha podido, desde las hipocracias de los jinetes mongoles, hunos o cosacos –los dothrakis– hasta los eunucos turcos, el fuego griego y el Muro de Adriano; ¡vaya cómo ha arramblado con todo, y cómo lo ha recreado Martin!).
Ahí está la espada Hielo, el emblemático mandoble de los Stark (con esa espada ejecuta Lord Stark a un desertor de la Guardia de la Noche, y con ella, cerrando el círculo, él mismo es decapitado); la ligera Aguja de Arya –de esgrimista, que habría gustado a Scaramouche, y que recuerda a Dardo, la hoja élfica de Frodo–; la Garra Larga que regalan a Jon Nieve customizada con un lobo huargo en el pomo, un arma bastarda como él, o la Portadora de Luz de Stannis Baratheon, cuya hoja quema. Espadas de la estirpe de Excalibur, de la Balmung (o Nothung) vuelta a soldar por Sigfrido, primas de las tolkinianas Glamdring –espada mágica de Gandalf.
Antes de que se me olvide en esta tormenta de espadas, ¿no es Jaime Lannister, el Matarreyes, al que cercenan una mano (sin anestesia) un avatar martiniano de Tyr, el guerrero dios manco de la mitología nórdica que pierde el mismo miembro en las fauces de Fenrir, el lobo del Ragnarok? El Ragnarok –la batalla del fin del mundo–, por cierto, estará precedido, según los mitos, por el Fimbulvetr, el gran invierno, que sugiere la cruel estación (y sus peligros) que amenaza el mundo de Canción de hielo y de fuego. No he encontrado referencias a un Trono de Hierro forjado con las espadas de los enemigos como el de la serie. Es sabido que el Trono de Hierro lo hizo construir Aegon I Targaryen como metáfora de la dificultad de mantenerse en el poder. En el impresionante sitial podríamos percibir resonancias del Trono Oscuro de Sauron en Mordor y de la costumbre de levantar trofeos con las armas de los vencidos.
En el pastiche que es la serie de George R. R. Martin, uno de los grandes disfrutes es discernir la procedencia de tantos elementos y la enorme gracia con que lo ha hecho. Saber mezclar pasajes dignos de las fantasías dunsanyanas con escenas propias de Dallas, el lenguaje poético con la grosería, los altos ideales con las más bajas pasiones, la belleza con la atrocidad, es parte del secreto del éxito.

martes, 28 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre la literatura fantástica. Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

Son de lo que no hay

La literatura fantástica vive una primavera editorial pese a la competencia del realismo hegemónico

La imaginación impulsa nuevos sellos y colecciones a la vez que rescata clásicos del género

 25 MAY 2013 

Cierto amigo, ya fallecido, cuando íbamos a un restaurante sin pretensiones —benditos sean— y alguien lo recomendaba diciendo “aquí comeremos como en casa”, siempre protestaba: “¡Ah, no, yo lo que quiero es comer bien!”. En efecto, la dieta cotidiana precisamente por serlo puede no resultar la más apetecible. De igual modo, la vida a la que nos resignamos cada jornada, lo real empeñado en parecerse minuciosa y fatalmente a lo real, tampoco tiene por qué apasionarnos siempre como argumento literario. Es más, la descripción minuciosa y esforzadamente fiel de la realidad es insuficiente para comprender la realidad misma. Ocurre que lo auténticamente significativo nunca sucede fuera de nosotros, en el escenario fotográfico y pedestre, sino dentro, que es territorio fantasmagórico. Acudimos a lo fantástico no para huir de la realidad —objetivo tan digno como imposible— sino para ponerla mejor a nuestro alcance o, como diría el lobo a la realista Caperucita, “para entenderla mejor”. No debemos olvidar que Borges catalogó la teología y digamos que por extensión también la filosofía misma como pertenecientes a la literatura fantástica. En la misma línea, Paul Valéry —un poeta racionalista donde los haya— escribió en su Pequeña carta sobre los mitos: “¿Qué sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe? Poca cosa, y nuestros espíritus desocupados languidecerían si las fábulas, los malentendidos, las abstracciones, las creencias y los monstruos, las hipótesis y los pretendidos problemas de la metafísica no poblasen de imágenes sin objeto nuestras profundidades y nuestras tinieblas naturales”.
Desde luego es cuestión de carácter, como casi todo lo que respecta a gustos literarios. Entre quienes admiten el placer de la ficción, que ya es fantástico de por sí, los hay que solo son realmente capaces de disfrutarlo si refleja con esforzado parecido el orden desordenado con el que suelen convivir: la vecina del tercero izquierda, esposa insatisfecha que busca consolarse con el hijo del portero, quien a su vez padece maltrato laboral en una empresa dirigida por un capitalista beneficiado por la guerra civil, que a su vez… Todo muy interesante para quien se interese por ello. Pero existen caracteres diferentes, reacios a la función del espejo o nostálgicos de atravesarlo para ver qué hay al otro lado, que nos identificamos con lo que dijo de sí mismo el gran Herbert George Wells: “Quizá soy persona de excepcional condición. No sé hasta qué punto experimentan otros hombres lo que yo. A veces padezco extraños alejamientos de mí mismo y de lo que me rodea. Me parece que observo lo exterior desde parajes muy remotos, fuera del tiempo, del espacio, de la vida y de la tragedia de las cosas”. Para esos paladares está hecha la literatura fantástica, aunque a través de ella volvamos siempre a recaer en la vida y la tragedia (o comedia) de las cosas.

Acudimos a lo
fantástico no para
huir de la realidad sino para ponerla mejor a nuestro alcance, para entenderla mejor
Basada en la maravilla o el estremecimiento sobrecogedor, los tiempos no son propicios al género a pesar de la sobreabundancia casi industrial de artefactos literarios que pretenden pertenecer a él. Cuando cualquiera de nosotros, por ramplona que sea su imaginación, lleva ahora en el bolsillo un objeto prodigioso del tamaño de un paquete de cigarrillos que permite comunicarse con cualquier parte del mundo, enviar sonidos e imágenes, tomar fotografías, ver películas o acontecimientos deportivos, consultar archivos y bibliotecas, orientarse en ciudades desconocidas, recibir noticias, solicitar ayuda si se está en peligro, buscar novia o jugar al póquer, además de mil cosas más, creer en la magia se ha vuelto difícil por saturación. Nos hemos familiarizado con lo milagroso, cuya esencia consiste precisamente en romper con lo explicable y familiar. Las profecías innovadoras de Jules Verne o el propio H. G. Wells no nos transportan ya imaginativamente hacia el futuro sino que ahora tienen el encanto nostálgico de aquellos tiempos en que lo supuestamente imposible era todavía imposible de verdad y no una rama de las ofertas otoño/invierno de los grandes almacenes. Tal como decía el viejo chiste que le habría ocurrido de haber vivido en España o México, Franz Kafka se ha vuelto ya en todas partes un escritor costumbrista… Sin embargo, el encanto literario de lo fantástico sobrevive a su cumplimiento tecnológico: aunque hoy ya el submarino sea un vehículo tan prosaico como el autobús, el Nautilus sigue siendo el libertario enigma de los mares…
Para los aficionados al género que no nos resignamos a la manufactura idiotizadora de subproductos con elfos, dragones, conspiraciones de sectas que aspiran a dominar el mundo (¡vaya cosa!), etcétera, están nuestras editoriales de referencia. Por ejemplo Valdemar, en cuyas colecciones se encuentran en ediciones excelentes los mejores clásicos de nuestra afición. La última joya que han publicado es Noctuario del sombrío y espléndido Thomas Ligotti, algunos de cuyos relatos podría haberlos firmado un Edgar A. Poe redivivo sin enrojecer. O La Biblioteca del Laberinto, animada por el indomable Paco Arellano, gracias a la cual vamos conociendo todo lo escrito por ese narrador puro que fue Robert E. Howard, pero cuyo catálogo entero es puro tocino literario de cielo borrascoso: Edmond Hamilton, Henry Kuttner, Edgar Rice Borroughs, etcétera. Y además publica Delirio, la mejor y más erudita revista de ciencia ficción y fantasía de nuestro país que ya va, lo crean o no, por su entrega número 11. También contamos con la editorial Alamut, que entre otras obras más recientes de ficción científica nos ofrece lo indispensable de Arthur C. ClarkeIsaac Asimov o de Orson Scott Card. Claro que hay que permanecer alertas, porque a veces una editorial no identificada con el género nos brinda algo que no debemos perdernos: por ejemplo, Anagrama acaba de publicar Wild Thing, de Josh Bazell, una divertida sátira con monstruo del lago, pero también con sexo, narcotráfico y mil sobresaltos humorísticos más.

Creer en la magia se
ha vuelto difícil por saturación, pero el encanto literario de la fantasía sobrevive a
su cumplimiento tecnológico
Por lo general, la literatura española suele acostarse más del lado del realismo que del rincón fantástico y eso se nota sobre todo cuando los autores de recursos más modestos se empeñan en fabricar thrillers esotéricos y seudohistóricos al modo de las sagas más vendidas del mundo anglosajón. Pero eso no quiere decir que carezcamos de buenos ejemplos también en el terreno de lo imaginario, empezando por las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer. En su ilustre traza, ciertos autores reputados en otros campos han hecho excelentes incursiones en lo fantástico, como Ana María Matute, con su Olvidado Rey Gudú que haríamos mal en olvidar, José María Merino o Javier Marías (quien no solo ha escrito buenos cuentos de fantasmas sino que es un excelente connaisseur de ese mundo, el otro mundo). También Juan Benet ha firmado narraciones espectrales de gran originalidad, y Vicente Molina Foix ha acuñado leyendas urbanas intensas e irónicas, lo mismo que Antonio Muñoz Molina, quien es autor de una de las novelas de fantasmas (o novela breve con fantasma) mejores que conozco:Carlota Fainberg.
Pero sobre todo hay escritores que se han especializado con bravura en los géneros de la fantasía, como la estupenda Pilar Pedraza, delicada, morbosa, inventiva y cruel, o José María Latorre, fiel al estilo clásico de los relatos terroríficos. En los dominios de la ciencia ficción, el gran veterano español del género es Gabriel Bermúdez Castillo, del que La Biblioteca del Laberinto ha publicado la space-opera Espíritus de Marte y los cuentos reunidos en El mundo de Hókum. También tiene ya una larga trayectoria César Mallorquí, cuya última novela —La isla de Bowen, Premio Edebé de Literatura Juvenil 2012— reúne el encanto algo antañón del relato tradicional de aventuras con un argumento de alcance extraterrestre. Aunque varía de un género a otro con versatilidad casi estresante, siempre he seguido con interés al intensamente imaginativo León Arsenal (¡qué buen seudónimo!) desde que en 2004 formé parte del jurado que le concedió el Premio Minotauro por Máscaras de matar. Una declaración de fe: estoy seguro de que hay muchos más, jóvenes y nuevos, que yo no conozco a causa de ser más dado a releer que a leer, por la culpa combinada del hedonismo que no se arriesga y la vejez que tampoco. Pero ahora lo confieso, como don Quijote en la playa fatal bajo la lanza del conjurado, “porque no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad”.
Cuando estaba escribiendo estas líneas, murió Ray Harryhausen, el mago paciente e ingenuo de los únicos efectos especiales cinematográficos que jamás olvidaré. Sobrevivió solo poco más de un año a Ray Bradbury, su compañero de instituto y amigo de toda la vida. A ambos les debo tantos momentos felices que renuncio a decirlo con palabras. En una entrevista al alimón, Harryhausen hablaba de su adolescencia con el otro Ray, rememoraba la fecha lejana en que se conocieron y empezaron a compartir gustos —dinosaurios, platillos volantes…— y concluía: “Desde entonces, hemos crecido juntos”. Bradbury le corrigió: “No, nos hemos criado juntos, pero no hemos crecido”. Soy uno de los muchos que hoy les recuerdan a ambos con gratitud, porque nos hemos criado con ellos, pero afortunadamente —¡Dios no lo permita!— sin crecer jamás.