Mostrando entradas con la etiqueta Dorfman Ariel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dorfman Ariel. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. "Gabo el taxista". Ariel Dorfman

García Márquez

   En "El País":

Gabo el taxista

La existencia y el arte de este gran fabulador colombiano se alimentaron mutuamente

Fue mi privilegio ser, a los veinticinco años de edad, uno de los primeros lectores de Cien años de soledad. En 1967 era yo crítico literario de la revista chilena Ercilla y, debido a que yo había reseñado con enorme entusiasmo La hojarasca, la Mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, el jefe de la sección cultural no dudó de que a mí me tocaría lo que ya se murmuraba era una obra magna de García Márquez. Nada, sin embargo, que había escrito él o leído yo antes me preparó para lo que ocurrió cuando abrí aquella primera edición de la Sudamericana (en cuya tapa todavía tengo estampadas las irónicas palabras SIN VALOR COMERCIAL; esto para el libro que iba a tener más valor comercial —y no solo comercial— que cualquier otro en nuestra historia continental).
Ya le había anunciado a mi mujer, Angélica, que no contara conmigo hasta que hubiese terminado la novela, actitud con la que, en forma modesta, trataba de imitar pálidamente al mismo Gabo que, según rumores persistentes, se había encerrado durante dieciocho meses para escribirla mientras su querida Mercedes empeñaba y vendía todos los haberes de la familia.
Mi lectura tardó menos, por cierto, que eso: comencé a leer en la noche y me empeciné hasta el amanecer. Tal como el último de la dinastía de los Buendía, no podía dejar de devorar el texto, con la esperanza de que el mundo que había comenzado con un niño tocando un pedazo mágico de hielo en el Paraíso no sucumbiría a esa otra constelación de hielo que es la muerte. Me desesperaba ese posible desenlace porque noté de qué manera la extinción iba rondando a cada generación de la familia, cada acto de alegría y exuberancia, y temía que no solo aquella estirpe, sino que también toda América Latina, terminarían devastadas por el torbellino de la historia.

Al escritor le hubiera gustado ser conductor y escuchar las historias de los pasajeros
Mi único problema al arribar a la última frase —donde lectura y acción, historia y ficción, sujeto y objeto, se fusionaban— era que me aguardaba la titánica tarea de escribir la primera crónica en el planeta —que Gabo me dispense si exagero— sobre aquella obra más que titánica. El destino me deparó (para usar una frase que nos enseñó el mismo García Márquez) una triste solución: descubrí que ese mismo día me habían censurado en la revista una entrevista a Nicolás Guillén y mi renuncia a trabajar en Ercilla me libró de la necesidad de escribir la reseña. Pude convertirme en un lector ordinario de aquella obra maestra y no tuve que escribir mil palabras sobre aquellos cien años de soledad.
Cuando le conté esta anécdota a Gabo en Barcelona varios años más tarde —era marzo de 1974, seis meses después del golpe contra Salvador Allende—, se rio socarronamente y dijo que era una suerte para mí y para él que yo me hubiera convertido, a la fuerza, en un lector común y corriente, ya que era para ellos que él escribía y no para los críticos, que siempre buscaban en forma insensata un quinto pie a todo gato —“y a veces, sabes”, me dijo ese gran fabulador, “los gatos no tienen más que cuatro patas”.
Al concluir aquel almuerzo inagotable tuve otra muestra de cómo Gabo, amante de los mitos y los excesos, se enraizaba siempre en lo menudo y cotidiano. “Te voy a llevar”, me dijo, “donde Mario” —se refería a Vargas Llosa, que era, por ese entonces, su amigo del alma— “porque es necesario que converses con él sobre la resistencia a Pinochet”. Cuando respondí que la casa del autor de La ciudad y los perros quedaba lejos, Gabo me subió a su auto, asegurándome que “si no hubiera sido escritor, hubiera querido ser taxista. En vez de estar sentado detrás de un escritorio día y noche, estaría escuchando las historias de los pasajeros y navegando las calles”.
Diez días más tarde averigüé otra característica suya. Estábamos en Roma para el Tribunal Russell y Cortázar me llevó a que me juntara con Gabo y una serie de otros artistas solidarios con Chile en una trattoria de la Piazza Navona. Para un joven escritor de 31 años aquello era un sueño: Matta, Glauber Rocha, Rafael Alberti y su mujer María Teresa que, al finalizar la noche, aseguró que ella iba a entrar en Madrid antes de que Franco muriera, montada desnuda, juró, en un caballo tan blanco como los pelos de su esposo. Mi fascinación se vio algo amenguada por la certeza de que mi pobre bolsillo exiliado estaba vacío y que no podría solventar mi parte de la considerable cuenta. ¿Cómo supo Gabo que eso me preocupaba? Antes de que llegara la factura, se me acercó, me guiñó el ojo y me confidenció que él ya había pagado todo.

La raíz de su genio era tomar algo real y exagerarlo hasta lo descomunal
Mostraría una parecida generosidad con causas más importantes y urgentes en los años que siguieron. En la constante conspiración contra Pinochet y tantas otras dictaduras latinoamericanas, nunca se negó a ofrecer apoyo, consejos, contactos, incluso cuando se me ocurrió, de una manera estrafalaria e imprudente, agenciarnos un barco mercante en que pudiéramos subir a todos los músicos, artistas y escritores chilenos exiliados y partir a Valparaíso para desafiar a los generales y probar que teníamos derecho a vivir en nuestra patria. García Márquez, que por lo general tenía los pies muy en la tierra, se entusiasmó con tamaña locura, digna de sus propias invenciones literarias, y me consiguió una entrevista con Olof Palme. Angélica y yo partimos a Estocolmo, donde el primer ministro sueco me escuchó con flema escandinava, avisándome que se comunicaría conmigo si creía que mi plan podía prosperar, una llamada, por cierto, que —con toda razón— nunca llegó. “Esperemos, entonces”, dijo Gabo, “que gane Mitterrand y ahí conseguimos la nave”. Pero en 1981, cuando eso sucedió, ya había entrado yo en mis cabales, desistiendo de tales afanes y Gabo y su familia ya no permanecían en Europa, sino que se habían instalado en México.
Transcribo estos recuerdos ahora que aquel huracán que acabó con Macondo vino por él, ahora que ya no podemos conversar y reírnos y confabular. Los transcribo porque siento que tal vez contengan algunas claves de cómo su existencia y su arte se alimentaron mutuamente; del hombre detrás de tantas palabras que no van a perecer.
Si me quedo con una historia personal suya es ésta. Un día estábamos almorzando en su casa del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México, y Gabo le dijo a otro comensal: “Sabes que Ariel me llamaba a las tres de la mañana para contarme algún proyecto contra Pinochet. Y sabes que me llamaba collect!”. Cuando el comensal partió le dije a Gabo que era cierto que lo llamaba a las tres de la mañana, y a otras horas desalmadas, pero que él sabía muy bien que nunca lo llamé a cobro revertido, que Angélica y yo vivíamos de prestado en esa época, sin tener dónde caernos vivos ni muertos, pero que siempre costeábamos nosotros aquellas llamadas.
Gabo me miró muy serio y enseguida sonrió. “Perdóname si me equivoqué, pero tienes que reconocer que es mucho más interesante y gracioso si me llamabas collect”.
Y claro que se lo perdoné. Se lo vuelvo a perdonar. La raíz de su genio era tomar algo real, sumamente frecuente y habitual y casi periodístico, y exagerarlo hasta lo descomunal. Igual que Colombia, igual que nuestra América, igual que nuestra increíble humanidad que nadie como él, taxista de la eternidad, supo conquistar y expresar y volver inmortal.
Ariel Dorfman es escritor chileno y su último libro es Entre sueños y traidores: Un striptease del exilio.

miércoles, 5 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. Un poema de Ariel Dorfman contra los asesinatos de periodistas

   En "blogs.elpais":

'Despedida y amanecer', un poema contra los asesinatos de periodistas

Por:EL PAÍS17/05/2013
Regina


La periodista Regina Martínez Pérez. (Foto de OCTAVIO GÓMEZ, EFE).
Dos o cinco balas. En la calle o en sus casas. No son más que detalles menores de la tragedia. Porque lo que cuenta de verdad es que Francisco Gomes de Medeiros, Ángel Alfredo Villatoro y Regina Martínez Pérez fueron asesinados por ejercer su trabajo. El de reporteros, de buscar noticias y difundir aquellas historias que alguien no quiere que se sepan, en respeto literal de la definición de periodismo acuñada por el argentino Horacio Verbitsky.

Por ello, pagaron con la vida. Gomes de Medeiros fue alcanzado por cinco disparos en la puerta de su casa, en Caicó, en el estado brasileño Rio Grande do Norte, en octubre de 2010.  Directamente dentro de su hogar, en Xalapa (México), fue hallada muerta por asfixia Martínez Pérez, el 28 de abril de 2012. Y el cadáver de Villatoro apareció en una calle al sur de Tegucigalpa, en Honduras, el 15 de mayo del mismo año, una semana después de que el reportero fuera secuestrado.
A ellos, y a sus familias, el escritor Ariel Dorfman ha dedicado el poema Despedida y amanecer, que quiere homenajear a las víctimas a la vez que protesta contra la impunidad de esos crímenes. Y contra las continuas muertes de reporteros en la región: 45 en concreto fueron asesinados a lo largo de 2012,  en América Latina y el Caribe, según la Comisión de Investigación de Atentados a Periodistas (CIAP).

'DESPEDIDA Y AMANECER'
        por Ariel Dorfman
        para las familias de Francisco Gomes de Medeiros, Alfredo Villatoro y Regina Martínez
   

Aunque sea la última palabra que escriba, mi amor,
aunque sea la última palabra,
aunque sea la última, mi amor,
                   la última mía,
             la última tuya,
la última que leas,
            la última verdad
que sea y que leas,
           la última que viva,
           la última que escriba,
           la última que viva y respire y escriba,
no voy a cejar, mi amor,
no vamos a dejar
                que venza
la insanta muerte
y la feroz resaca de la maldad.

Esta es mi casa, tu santa tierra,
la única que nos queda
              como defensa,
mi palabra como única ofensa
contra la guerra,
aunque sea la última que escriba, mi amor,
la última, la última, la última palabra
que sea, por pequeña que se vea, por lejana que se lea,
contra la insanta muerte insana,
solo queda esta verdad
como única defensa de tu pobre tierra humana,
esta palabra,
aunque sea la última
aunque sea la última palabra,
aunque sea la última que escriba, mi amor,
mi país, mi comarca, mi familia, mi comuna,
aunque sea la última ventura,
aunque sea la última, mi amor,
aunque sea
aunque sea
aunque sea
la última ventana
en nuestra casa que se quema.
Ariel Dorfman (Buenos Aires, 1942) es novelista, dramaturgo, poeta, ensayista y cuentista. Es autor, entre otras, de las novelas Moros en la costa, La nana y el iceberg y Americanos y de las obras teatrales Purgatorio y La muerte y la doncella. 

miércoles, 15 de febrero de 2012

PRENSA. "Un aspecto desatendido de la historia del siglo XX", por Gabriel Jackson

Gabriel Jackson

   En "El País":
Un aspecto desatendido de la historia del siglo XX

   La lectura de las fascinantes "confesiones" de Ariel Dorfman no pudo por menos de recordarme algunas de mis propias experiencias con el Partido Comunista estadounidense.

Gabriel Jackson 12 FEB 2012

   El importante semanario progresista estadounidense The Nation publicó en su número del 28 de noviembre un artículo de lo más interesante de Ariel Dorfman, famoso escritor chileno, exiliado durante mucho tiempo y opositor a la dictadura de Pinochet. El artículo, titulado "Confesiones de un exiliado impenitente" aborda su gradual cambio de actitud hacia el Partido Comunista y la Unión Soviética. El autor se sentía igual de atraído hacia las posturas de su padre, que por necesidades prácticas solía aceptar los aspectos opresivos del estalinismo, y de su madre, "que nunca había perdido de vista las deficiencias del comunismo". De manera que, para el joven Ariel, "en Salvador Allende confluían perfectamente mis progenitores: admirador de Cuba y ardiente marxista, insistía al mismo tiempo en que se podía construir un orden social más justo sin tener que reprimir a nuestros adversarios".
   Después de que el general Pinochet asesinara al presidente Allende e instaurara una represiva dictadura patrocinada por Estados Unidos, el joven exiliado Dorfman señaló que "la Unión Soviética era la punta de lanza en la lucha internacional contra la dictadura... (y que) el Partido Comunista de Chile... constituía el eje de la resistencia contra Pinochet". A pesar de sus crecientes dudas respecto a las políticas soviéticas, esos dos hechos le llevaron a "morderme la lengua siempre que se atacaba a los soviéticos o a los comunistas".
   Entre 1973 y 1982, Dorfman, exiliado y opositor a la dictadura chilena, desde Europa occidental y desde otros lugares de ese hemisferio, aceptó el liderazgo comunista de la resistencia, aunque sus aspectos represivos cada vez le generaran más dudas. En 1975 tuvo lugar un encuentro especialmente desafortunado, cuando le presentaron al novelista y pintor alemán Günter Grass. Este acababa de asistir a "una conferencia de solidaridad con opositores checos a la ocupación soviética, a la que los socialistas chilenos se habían negado a asistir. "¿No se dan cuenta" -preguntó Grass- "de que el levantamiento de la primavera de Praga y la revolución chilena han sido aplastados por fuerzas afines, uno por el imperio soviético, la otra por los estadounidenses?".
   Dorfman y el propio Allende habían condenado la ocupación soviética de Praga cuando tuvo lugar en 1968. Para Grass, esto hacía todavía más deshonrosa la posición de los socialistas chilenos en 1975, echando por tierra un amigable encuentro personal entre dos autores que se admiraban mutuamente. Por su parte, durante los setenta Dorfman asistió a numerosos encuentros con demócratas izquierdistas exiliados de la Unión Soviética y de sus satélites de Europa oriental, sobre lo cual Dorfman escribe que "la gran lentitud de mi propia apertura a las víctimas de los experimentos comunistas fue acompañada de otra evolución paralela: el progresivo debilitamiento de los vínculos que me unían a mi propio partido".
   Podemos citar cómo define el propio Dorfman la principal pregunta política que entonces se estaba planteando: "Por insustituibles que pudieran ser esas organizaciones en la guerra contra un feroz enemigo que tenía su propio ejército, ¿acaso debían inundar cualquier aspecto vital, obligando a dar una respuesta coral a cualquier problema? ¿Cómo se podía construir una sociedad democrática con partidos que, con tendencias totalitarias, se perpetuaban a sí mismos y eran tan sofocantes como las catacumbas en las que nos escondíamos?". Para Dorfman, el momento de la "independencia moral" llegó en 1982 en Washington DC, cuando acompañó a unos amigos estadounidenses a una reunión celebrada en la embajada de Polonia para apoyar a los trabajadores polacos que se resistían a la dictadura del general Jaruzelski. "Siete años después de rechazar el razonamiento de Günter Grass sobre la necesidad de denunciar conjuntamente la represión producida, tanto por Estados Unidos como por los países comunistas, había encontrado una hermandad mixta y afín que, intachablemente dedicada a ese mismo objetivo, entendía que no se puede estar a favor de la libertad en Nicaragua y en contra de ella en Hungría, que no se puede denostar el apoyo estadounidense a Pinochet y aplaudir" una dictadura militar de cuño soviético en Polonia.
   La lectura de las fascinantes "confesiones" de Ariel Dorfman no pudo por menos de recordarme algunas de mis propias experiencias con el Partido Comunista estadounidense. En julio de 1936 yo estaba en mi segundo año de secundaria cuando tuvo lugar la sublevación militar del 18 de julio que inició los 30 meses de Guerra Civil en España. Durante toda la contienda fui uno de los miles de adolescentes estadounidenses que colaboraron con los diversos comités de progresistas laicos, protestantes, judíos, cuáqueros, socialistas y comunistas partidarios del apoyo político de EE UU, recogiendo fondos para enviar material sanitario y alimentos a la zona republicana. En esa misma época, mi hermano mayor comunista confiaba en reclutarme para la Liga de Jóvenes Comunistas.
   Pero en agosto de 1936 Stalin orquestó el primero de los increíbles juicios por alta traición en los que los principales líderes de la revolución bolchevique confesaron sus conspiraciones para matar al propio Stalin, entregar la Unión Soviética a la Alemania nazi y al militarista Japón y cometer otros espantosos crímenes. Mi hermano pensaba que las espectaculares declaraciones, en las que todos se acusaban mutuamente, demostraban lo acertadas que eran las purgas de Stalin, mientras yo me preguntaba cómo se habrían conseguido esas confesiones sin dejar rastro de tortura.
   Entre agosto de 1936 y el otoño de 1938, mientras el propio Stalin sugería que las purgas habían sido algo excesivas, miles de leales ciudadanos soviéticos, comunistas y no comunistas, eran ejecutados o enviados al exilio interior de los campos de concentración siberianos. Durante esos mismos dos años dudé cada vez más de que fuera a entrar en el Partido Comunista. Pero ni yo ni la mayoría de los izquierdistas de todo el mundo abandonamos a la República española porque el principal miembro del régimen bolchevique fuera un monstruo paranoico.
   Hasta finales de 1937 seguí perteneciendo a un comité "frentepopulista" que reunía dinero para enviar ayuda sanitaria a la España republicana. Nuestro comité estudiantil tenía un "asesor" adulto comunista, que asistía a nuestras reuniones y nos daba con frecuencia interesantísimos informes sobre, entre otras cosas, política exterior o actividades frentepopulistas en EE UU, Canadá e Inglaterra. Pero durante el otoño de 1937, en una de nuestras reuniones, describió las necesidades monetarias del semanario comunista The New Masses y después de su alocución propuso que las aportaciones semanales se destinaran a salvarlo. Durante el debate le pregunté cómo podía justificar que una publicación partidista se salvara con dinero recogido en nombre del comité de ayuda sanitaria a España. Con una sonrisa incómoda, contestó que ambos objetivos formaban parte de la misma causa. El grupo aceptó posponer la votación sobre la propuesta. Sinceramente, 75 años después no puedo recordar qué se decidió finalmente, pero después de esa reunión que quedó totalmente claro que nunca entraría en el PC.
   En este artículo no tengo espacio para hablar de las políticas comunistas respecto a la Guerra Civil Española que sí aprobé, y que también he recordado al leer el artículo de Ariel Dorfman. Pero el monstruoso Stalin, con el que las potencias occidentales cooperaron a la desesperada durante la Segunda Guerra Mundial para salvarse, en realidad había propuesto entre 1935 y 1939 una alianza defensiva que, en mi opinión, podría haber evitado esa contienda, por lo menos tal como se desarrolló. Prometo abordar este asunto en mi siguiente artículo.

   Gabriel Jackson es historiador norteamericano.

   Traducción de Jesús Cuéllar Menezo

miércoles, 4 de mayo de 2011

PRENSA. 4 mayo 2011

   En "El País":

1. El plural. Columna de Elvira Lindo.

2. Viejos peligros. Por David Trueba.

3. Sabato o la memoria del 'Nunca más'. Por Julián Casanova.

4. El hombre que se negó a hablar. Reportaje de Elsa Fernández-Santos. 'Interrogatorios' reúne los valientes testimonios de Dashiell Hammett durante la caza de brujas - Otro libro recopila los casos de su personaje Sam Spade.

5. Mitos sin tumba. Por Manuel Rodríguez Rivero.

6. Pague como obra nueva una ópera con 300 años. Por Javier Martín. Los derechos de autor se cargan a obras clásicas por la adaptación de las partituras - Competencia pide una reforma legal - El marco español difiere del europeo. España no contempla la excepción pedagógica. Por Laia Reventós.

7. Más indios que chinos. Reportaje de Sandro Pozzi. India se convertirá en el país más poblado del mundo en 10 años - La cifra de habitantes se estancará en los países desarrollados este siglo, según la ONU.

8. Bin Laden y la última aventura de Superman. Artículo del escritor Ariel Dorfman.

9. Los dos rostros de Guantánamo. Artículo de Yoani Sánchez, periodista cubana y autora del blog 'Generación Y'; fue galardonada en 2008 con el 'Premio Ortega y Gasset de Periodismo'. © Yoani Sánchez / bgagency-Milán.

10. El decenio de las sombras. Artículo de Gabriela Cañas. La lucha antiterrorista desatada tras el 11-S y la crisis económica han marcado esta primera década del siglo XXI. El resultado es un desarme moral e ideológico a favor de valores no democráticos y poderes difusos.

11. El cierre de una década oscura. Por Gilles Kepel, politólogo y especialista en el islam, profesor en la facultad de Ciencias Políticas de París y miembro del 'Institut Universitaire de France'. © Gilles Kepel. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Sobre la muerte de Bin Laden.

12. Egipto, Hamás y Bin Laden. Por M. Á. Bastenier.

martes, 18 de enero de 2011

PRENSA. 18 enero 2011

   En "El País":

1.Occidente. Columna de Rosa Montero.

2. Imaginación moral. Columna de David Trueba.

3. Si no fuera por la crisis. Por Enrique Vila-Matas.

4. La dictadura del tutú. Reportaje de David Alandete. El mundo del ballet recibe críticas por empujar a las bailarinas a la delgadez extrema - El arte no justifica que se aliente la anorexia. Canon, línea y figura. Análisis de Roger Salas.

5. Pagando una deuda imposible. Artículo de Ariel Dorfman, escritor chileno. Su última novela es Americanos: los pasos de Murieta.

6. La lección de Túnez. Artículo de Sami Naïr, profesor invitado de la Universidad 'Pablo de Olavide', Sevilla. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. La población ha demostrado, con una fuerza y una dignidad enormes, que siempre se puede vencer a la opresión. Ahora afrontan una transición difícil hacia un sistema democrático y republicano.

martes, 2 de junio de 2009

PRENSA. 2 junio 2009

En "El País":

1. El segundo rapto de Europa. Artículo de Blanca Vilà, profesora de la Autónoma de Barcelona.

2. Sobre 'patiperros' y manzanas. Artículo del escritor Ariel Dorfman sobre los chilenos.


En "El Día de Córdoba":

3. "No escribo para hacer reír, sino para señalar dónde aprieta el zapato". Entrevista a Javier Tomeo, que publica 'Pecados griegos', un tributo lúdico aunque pesimista a la cultura helénica en el que reflexiona sobre las pasiones y la naturaleza absurda del poder.

4. La imposibilidad del héroe. André Malraux se acerca en 'El demonio del absoluto' a la figura de Lawrence de Arabia, personaje con el que el autor comparte una biografía errante y aventurera.

5. El universo fantástico de Guillermo del Toro salta del cine a la literatura. El director lanzó ayer en todo el mundo "Nocturna", su primera novela, en la que reinventa el mito de los vampiros. En "elpais.com" podemos leer sus primeras páginas.