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miércoles, 14 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. "Las fronteras movedizas del mal"

   En "Babelia":

Las fronteras movedizas del mal

Los avances de la ciencia, Hitler y la globalización han replanteado los límites de la maldad. Varios libros analizan el cambio en uno de los grandes elementos de la literatura


Ilustración de Fernando Vicente.

¿Cuándo entró el mal en Adi, como llamaba su madre a Hitler de niño? Aunque el mal no es un ente, ni un ser abstracto que se encarna en nadie, hay quienes se hacen esta pregunta cuando piensan en alguien considerado muy malo. La filosofía busca una explicación al origen de la maldad. La sociología y la ciencia también tratan de armar el rompecabezas que ha podido causarla. Pero donde la razón no alcanza entra la imaginación.
La verdad es que “el descrédito de la maldad es hoy absoluto. Ha llegado el momento de restaurar y restablecer el mal, teniendo siempre en cuenta los avances de la racionalidad y la ciencia”, reclama Salvador Giner, que publica Sociología del mal (Los Libros de La Catarata). Durante muchos siglos el hombre se debatió entre la bondad y la maldad en un mundo moralmente bipolar, recuerda el sociólogo. “No obstante”, agrega,“la llegada de la ciencia moderna fue socavando la noción de responsabilidad, y con ello la de la mala conducta y el daño intencional. Resultaba así que hasta el malvado era víctima de pasiones incontrolables, genes equivocados o ADN heredado. Se hizo imposible así una biología, una psicología y hasta una sociología del mal. La culpa se desvaneció: la ‘culpa’ de los males la tenía ahora el capitalismo, el instinto territorial innato, la psicopatología, y así sucesivamente”. A Giner esta deriva no le parece correcta y aboga por que “la filosofía moral y la teoría sociológica vuelvan a incorporar el mal a sus pesquisas, y a considerarlo con rigor. En un mundo presa del terrorismo, de los daños evitables y los horrores innecesarios, esa es hoy la tarea de la razón”.
Y no un rosario de especulaciones. Tras el paso de Adolfo Hitler por el mundo nada volvería a ser lo mismo. Todo lo concerniente al mal empezó una sigilosa relativización, se empequeñecieron las maldades pasadas y futuras; las fronteras del mal se hicieron más flexibles y móviles; la información de y sobre malos y maldades en un mundo hiperconectado parece impermeabilizar a la gente. Una huella que no deja de rastrear la literatura con personajes reales y ficticios. Un asomo a ese enigma se celebrará este fin de semana en las Conversaciones Literarias de Formentor: La novela más mala del mundo. Maldad, perfidia y espanto en la literatura.
La solución poética de la imaginación y de la literatura es una ventana ante la incapacidad de la razón para explicar el mal y la maldad en ciertas personas. Una aporía. Norman Mailer lo hizo con Hitler, en 2007. Fue la salida que encontró: novelar la infancia del führer y subir por el río de aquella vida en busca de desentrañar un misterio al que llamó El castillo en el bosque, a la sazón su último y póstumo libro. De sus páginas salieron más preguntas.


ackie Cooper y Wallace Beery como Jim Hawkins y Long John Silver.
Esos interrogantes cobran vida en un momento en que las fronteras del mal y sus diferentes formas, explica la filósofa Amelia Valcárcel, “se han hecho más móviles en lo social. Más innovadoras en términos morales. Cosas que antes eran consideradas como malas ya no lo son, o empiezan a dejar de serlo. Un ejemplo es la homosexualidad, que hoy en varios países no es condenada y los Estados velan por la igualdad de derechos de las personas”. Valcárcel asegura que “no existe ninguna sociedad o cultura a lo largo de la historia que considere que el mal sea la norma. Los especialistas en él son las formas religiosas morales”.

¿Un invento o una banalidad?

“El mal no existe. La libertad tampoco. Dios tampoco. Las tres cosas están interre­lacionadas”, argumenta José Ovejero, novelista y autor del ensayo La ética de la crueldad. “Spinoza”, añade Ovejero, “escribió que los humanos se creen libres porque conocen sus actos, pero no las causas de estos. Y la neurociencia nos dice que nuestras decisiones están tomadas antes de que seamos conscientes de ellas. Nuestras decisiones no son tales: son resultado de la herencia genética y de la experiencia”. Así es que para Ovejero, “el mal es solo un invento tranquilizador: justifica nuestro odio y nuestro miedo”.
Pero es un tema que ha desvelado a los pensadores a lo largo de la historia. Cuando Immanuel Kant dijo que “el hombre es malo por naturaleza”, no se refería a que eso era lo que primaba en él, sino a que el mal es algo que se puede dar en el ser humano, no es sobrenatural. Recalca que el individuo se mueve entre su principal inclinación, hacer el bien y lo social para poder avanzar, y alguna pulsión opuesta. Es cuestión del libre albedrío. El mal no obra sobre sí mismo. Surge cuando en el acto normal de alguien al mirar alrededor y compararse con otros se antepone su amor propio al bien común.

“La ciencia moderna socavó la noción de responsabilidad. La culpa se desvaneció”, dice el sociólogo Salvador Giner
Hannah Arendt abordó la cuestión desde otra esquina. Lo recordó el Nobel sudafricano J. M. Coetzee en su ensayo de la novela de Norman Mailer sobre Hitler: “La lección de Adolf Eichmann, nos enseña Arendt en la conclusión de Eichmann en Jerusalén, es la de ‘la temible, más allá de toda palabra y pensamiento, banalidad del mal”. Para Mailer, explica Coetzee, si la filósofa “tiene razón y el mal es banal, eso es infinitamente peor que la posibilidad opuesta de que el mal sea satánico”. Cuando Arendt escribió el libro, añade el Nobel, “se propuso mantener viva la paradoja de que si bien las acciones de Hitler y sus secuaces pueden superar nuestra capacidad de entendimiento, no hay en su concepción profundidad de pensamiento, ni grandeza de intenciones. Eichmann nunca fue consciente, en el pleno sentido filosófico, de lo que estaba haciendo”.

… Y llega la fascinación…

Lo que sí ha cambiado, insiste Amelia Valcárcel, es la metamorfosis que ha vivido el mal al haberse hecho más atractivo a algunos ojos: “Hay una tendencia hacia la fascinación por él. Esa cercanía aumenta desde el Romanticismo”. La literatura amplió su espectro y le dio otra carta de naturaleza. Todo eso, según Valcárcel, se afianza y diversifica en tiempos digitales que muestran un catálogo de maldades a un solo clic.
Crueldad, crimen, vileza, perfidia, daño, perversidad, injusticia, insidia o infamia son algunas formas de maldad cuyos conceptos y coordenadas se han alterado o suavizado.
Son los ecos nacidos en 1667 con El paraíso perdido, de John Milton. Los de “mal, sé tú mi bien”. Ese libro es un punto de inflexión, analiza Rafael Argullol. El escritor y pensador recuerda que “el mal siempre ha estado presente en la literatura, desde Gilgamesh, pero hay un momento en que los escritores lo empezaron a hacer más visible”. La influencia de aquel paraíso se extendería por la Ilustración, y “con la llegada del Romanticismo aumentaría”. El ser humano miró dentro de sí, reconoció luz y descubrió oscuridad. Fue el hallazgo de los grises. Semillas del cambio del canon estético, ético y moral al que contribuyeron autores como el Marqués de Sade y Lord Byron. “Los malos no solo eran seres encarnados de malignidad. Tenían motivos y causas. Surgieron personajes magnéticos”. El autor de La atracción del abismo cita como ejemplo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Allí, Kurtz es la representación de una persona que se pasa a las tinieblas, y Marlow, que va en su busca, sin darse cuenta, siente fascinación por él.


Marlon Brando como el coronel Kurtz.

La imaginación como salida

Si la moral y la ética de los dioses griegos son más flexibles según sus intereses, el catolicismo predica el blanco y negro. Así, Caín es el primer malo sobre la faz de la Tierra, según la Biblia. ¿O fue Eva, tentada por la serpiente? El mal se esparce por la Tierra. Siglos después, san Juan narra en el Apocalipsis la llegada de un monstruo de siete cabezas que se encarnará en un niño como el anticristo. Es la venganza por la batalla librada en el origen de los tiempos cuando el ángel Luzbel se rebeló contra Dios, y, tras pelear con el arcángel, Miguel cayó a los infiernos, desde entonces siembra el mal.
Hasta allá va Norman Mailer en la historia de Hitler. Un ángel caído cuenta la historia de su libro, y de paso refleja las raíces de otros malos terrenales… Nerón, Atila, Torquemada, María I la Sanguinaria, Rasputín, Josef Stalin, Pol Pot, Idi Amin…
Clara Usón indagó en La hija del Este en un malo contemporáneo: Ratko Mladic, acusado de crímenes de guerra y genocidio por el asedio a Sarajevo, en la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1996. Tras esa investigación y haberlo llevado a la literatura, Usón se pregunta: “¿Existe el Mal, así, con mayúsculas, o solo hay actos malos o buenos, y su maldad o bondad vendrá determinada por la moral, la religión y la cultura predominantes? Es la vieja disputa entre Platón y Aristóteles, entre nominalistas y universalistas, para los cuales el mal, el bien, la libertad, la patria, la fe no son palabras abstractas, sino realidades. Quien está dispuesto a morir por la patria o la fe está dispuesto también a matar por ellas: Mladic es un ejemplo. Y también era un hombre honrado, un buen marido y un buen padre, un hombre muy religioso. Da que pensar”.
La literatura también se ha ocupado de malos “corrientes”. Truman Capote lo hizo en A sangre fría. Indagó en el atroz asesinato de la familia Clutter por parte de Perry Smith y Dick Hickock. Leila Guerriero ha rastreado la vida de varios criminales latinoamericanos al coordinar el libro de perfiles Los malos (Ediciones UDP), hecho bajo la pregunta ¿de qué está hecho un malo? La periodista y escritora no piensa que “el mal duerma agazapado en cada persona y sea una circunstancia determinada la que lo despierte. Creer eso sería quitarle al malo toda responsabilidad sobre sus actos”. No duda en afirmar que hay una elección personal, “y en esa elección pesan diversas cosas: una convicción, una manera de ver el mundo, una circunstancia. Los malos nos interpelan como sociedad: ¿cómo es posible que en nuestras sociedades hayan prosperado tipos de esa naturaleza? Por otra parte, aunque el mal es diverso, preferimos pensar en el mal como arquetipo. Esa idea nos resulta tranquilizadora: si existiera una fórmula —si, por ejemplo, tuviéramos la certeza de que alguien que ha sufrido maltrato en la infancia resultará, sin dudas, un individuo malo— podríamos detectarlo. Mi sensación es que el mal está, muchas veces, en manos de gente perfectamente común”.


Irene Worth como Lady Macbeth.

Maldades cotidianas

El interés por conocer los entresijos del mal y sus formas y manifestaciones es tal, que la novela negra o policiaca vive un momento de esplendor. Acerca ese territorio a predios que recuerdan maldades más comunes. La infamia es una de ellas. La conoce el poeta y narrador Francisco Ferrer Lerín. La noveló en Familias como la mía: “La actividad principal del protagonista es considerada jurídicamente infamante, es la de esparcidor o expositor de cadáveres en el monte, como suministro complementario de comida a las grandes aves necrófagas y a otras especies amenazadas de extinción. Y así, la descripción en un libro de una actividad beneficiosa para el medio ambiente es catalogada como infamia de hecho”.
En un espacio más corriente y del que todos han sido por lo menos testigos circula la calumnia. “Según Dante, en un profundo foso del infierno gime el calumniador”, recuerda Basilio Baltasar, autor de Pastoral iraquí y presidente de la Fundación Santillana, organizadora de las Conversaciones de Formentor. Explica que “el asesino posee frialdad o cólera; el ladrón, una cierta intrepidez; los glotones, avaros y adúlteros calman su apetito con relativa modestia; pero el difamador necesita una gran imaginación narrativa. Como encarnación del mal, el calumniador no supera a los grandes criminales, pero la corrosión que produce es más perfecta: incesante, despiadada, impune. En el teatro del mundo, las dotes escénicas del difamador son muy influyentes”.
Como Yago, en Otelo, de William Shakespeare: “Señor, veo que sois juguete de la pasión, y ya me va pesando mi franqueza. ¿Queréis pruebas?”. Y su destino será como las preguntas del mal que van al mar de las respuestas perdidas.

En la lista negra

La Biblia es un vergel de malos. El mundo se abre con el asesinato de Abel a manos de Caín y se cierra con el anticristo liderando el Apocalipsis.
Shakespeare creó grandes malos, desde el Yago que susurra su veneno calumniador a Otelo hasta Lady Macbeth, que desliza el suyo para ayudar a que su marido sea rey.
En el mundo fantástico reina Sauron, que desata sus fuerzas oscuras en la Tierra Media de El señor de los anillos, de Tolkien. Magia negra es la que despliega Lord Voldemor en el colegio Hogwarts de Harry Potter, de Rowling.
Entre los malos incansables figuran el inspector Javert, que persigue a Jean Valjean, en Los miserables, de Victor Hugo, y un contemporáneo como Anton Chigurh, el psicópata asesino de No es país para viejos, de McCarthy.
Relaciones especiales con el mal son las de Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Conrad, y la del músico Faustus y su pacto con el demonio en Doktor Faustus, de Thomas Mann.
Entre los malos más populares están el profesor Moriarty de la serie de Sherlok Holmes, de Conan Doyle; el tirano cerdo Napoleón de Rebelión en la granja, de George Orwell, y Mister Hyde, la personalidad criminal del Doctor Jekyll, de Stevenson.
Entre las bandas de violentos malvados porque sí figuran los cuatro amigos, encabezados por Alex, de La naranja mecánica, de Anthony Burgess.

sábado, 31 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Corazón tan negro: de la maldad en Shakespeare"

   En "jotdown":

Corazón tan negro: de la maldad en Shakespeare

Publicado por 
Jeremy Irons como Enrique IV en The Hollow Crown (BBC)
Jeremy Irons como Enrique IV en The Hollow Crown. Imagen: BBC.My hands are of your colour; but I shame
to wear a heart so white.
(Macbeth, II, 2)
El silogismo es bien conocido: si a es b y b es c, entonces a es c.
Apliquémoslo ahora a los personajes teatrales:
a: Nada atrae más al espectador que un personaje malvado bien construido.
b: Alguien que construía muy bien sus personajes era Shakespeare.
c: Nada atrae más al espectador que los personajes malvados de Shakespeare.
El lector puede estar o no de acuerdo con las premisas y con la conclusión. Sin embargo, hay un punto de razón en el silogismo que los amantes de Shakespeare reconoceríamos: el irresistible atractivo de sus personajes oscuros. Cuando pensamos en el Shakespeare defensor del amor nos vienen a la cabeza algunas de sus obras más célebres (Romeo y Julieta o El sueño de una noche de verano, por ejemplo) pero si nos preguntan por nuestros personajes preferidos de sus obras, raramente nos quedamos con los enamorados o con los graciosos: Ricardo III despierta siempre más interés que Romeo y Yago es más admirado que Puck. Puede que Hamlet sea el ejemplo más paradigmático de esto, ya que es una obra en la que el bardo de Stratford nos cuenta el oscuro viaje que hay desde la inocencia hasta el asesinato, y no cabe duda de que el Hamlet al que recordamos es el que mata a Polonio y envía a Ofelia al convento en lugar de al hijo melancólico que recuerda a su padre con cariño. También recordamos, por supuesto, al Hamlet que, calavera en mano, dice aquello de «ser o no ser»; pero eso es debido a las interferencias cinematográficas, ya que entre el celebérrimo soliloquio y la calavera de Yorick transcurren dos de los cinco actos que tiene la obra.
Ellen Terry as Lady Macbeth, by John Singer Sargent, 1889 - Tate Britain - DP
Ellen Terry como Lady Macbeth, por John Singer Sargent, 1889 – Tate Britain – DP.
Es bien sabido que Shakespeare analiza como nadie los infinitos recovecos del alma humana. Sus obras dan cabida a todos los mundos posibles en este mundo y su pluma dio la palabra a todas las emociones conocidas y por conocer, creando un hilo lógico y continuo entre las pasiones más brillantes y aquellas a las que no suele llegar el foco de otros autores. En sus treinta y siete obras hay buenos y malos, pero entre esos malos existe una gradación que es necesario conocer para no caer en un error tan grave como el ya mencionado de Hamlet y la calavera. Porque cuando pensamos en los malvados shakesperianos hay tres que nos vienen a la cabeza al instante: Yago, Ricardo III y Lady Macbeth. No hay duda de que los dos primeros son lo peor de cada casa, pero no tanto la instigadora del asesinato del rey Duncan. O al menos, si la comparamos con otros criminales creados por el bardo.
De ese amplio abanico cromático de la maldad destacan tres grandes tipos de personajes a los que, a falta de mejor nomenclatura, llamaremos traviesosmalvados y perversos. Parece claro que los primeros son aquellos cuya única intención es la de divertirse. Las comedias son el terreno ideal para los traviesos como Puck de El sueño de una noche de verano, de cuyas trastadas solemos reírnos como niños cómplices. Nos provocan el mismo placer gamberro cuando surgen en las obras históricas, como el Falstaff de las dos partes de Enrique IV. Y sin embargo los traviesos están desvinculados del género trágico en el que se mueven los otros miembros de esta clasificación, ya que Shakespeare no dejó lugar para las bromas dulces en sus tragedias. Estas, en cambio, están pobladas de crímenes de todo tipo para que los personajes más oscuros puedan campar a sus anchas.
Es más difícil concretar la diferencia entre los personajes malvados y los perversos. En el diccionario de la Real Academia la definición de ambos conceptos es casi idéntica, pero es posible que el lector esté de acuerdo en que la palabra perverso tiene una connotación maquiavélica que no se encuentra en malvado. Porque ahí radica la diferencia entre ambos tipos de personajes shakesperianos: sus personajes malvados son aquellos que por aprovechar una ocasión favorable cometen un acto a todas luces execrable, muchas veces sin pensar en las consecuencias. Los perversos, en cambio, son los manipuladores que tejen subrepticiamente una red de malentendidos y conjuras para crear esa ocasión favorable y, una vez conseguido el status quo deseado, lo mantienen gracias a nuevos crímenes. Como ejemplo, y para quien no la recuerde, resumamos la trama de Ricardo III:
Ricardo III (duque de Gloucester antes de convertirse en rey) desea el trono de su hermano Eduardo IV. Para conseguirlo le convence de que Clarence, hermano de ambos y siguiente en la línea de sucesión, es un traidor, con lo que Eduardo le hace encarcelar. Una vez en la cárcel, Gloucester envía a unos asesinos para quitárselo de en medio. Tras la muerte de Eduardo le sucede su hijo de doce años y Gloucester, ahora protector del reino, hace difundir el bulo de que tanto el niño como su hermano pequeño son hijos bastardos de Eduardo. Los encarcela y, como hizo con Clarence, envía a un asesino para que acabe con ellos. Entre medias saca tiempo para casarse con Lady Anne —cuyo marido y cuyo padre fueron asesinados por él mismo— y envenenarla posteriormente al comprender que le era más práctico quedarse viudo para intentar seducir a la hija de Eduardo y así postularse de cara a la galería como el rey legítimo. También el lector/espectador es manipulado, esta vez por el propio Shakespeare: estudios (y exhumaciones) recientes han demostrado que Ricardo III no fue tan cruel ni tan jorobado. Pero Isabel I, monarca en tiempos del bardo, era nieta de Enrique VII, el héroe que derrota a Ricardo al final de la obra. Y nada mejor para encumbrar a un héroe que envilecer al rival.
La galería de personajes perversos es más amplia, por supuesto. La fama es para Ricardo III y Yago, pero no se quedan atrás Regan, Goneril, Cornwall y Edmond —todos ellos pertenecientes a El rey Lear— y, sobre todo, Aarón y Tamora, de Tito Andrónico; la relación de maldades de estos últimos es innumerable, así que sirva como ejemplo el ordenar la violación de una chica y su posterior amputación de manos y lengua para que no pueda delatar a sus violadores.
Lady Macbeth, sin embargo, no está a la altura de semejantes competidores. Es cierto que convence a su marido para asesinar al rey y que ella misma apuñala a los guardianes reales para así tener las manos tan manchadas como las del propio Macbeth. Pero todo ello parece responder, como decíamos más arriba, a un impulso por aprovechar una ocasión favorable. Esa tremenda escena en la que, sonámbula, intenta lavarse las imaginarias manchas de sangre nos indica que los remordimientos son más grandes que su ambición. Si las tres brujas no hubieran profetizado que Macbeth sería rey tras la muerte del rey Duncan, no parece probable que Lady Macbeth hubiera creado una meticulosa red de conspiraciones y traiciones. La fiereza de carácter con la que convence a su débil marido nos muestra a un personaje decidido y carismático, pero su arrepentimiento posterior es inmensamente mayor al de otros perversos shakesperianos. Sobre todo, claro, porque muy pocos se arrepienten. Por otra parte, rebajar a Lady Macbeth de perversa a malvada no implica negar su corazón oscuro, pues en esta categoría está bien acompañada por otros grandes como Shylock (de El mercader de Venecia), Claudio (tío de Hamlet) o Iáchimo (de Cimbelino). ¿Quieren que recordemos un poco sus tramas? Ahí van.
Shylock es un prestamista judío continuamente despreciado por los mercaderes cristianos. Uno de ellos, Antonio, firma con Shylock un contrato de préstamo según el cual se compromete a pagar con una libra de su propia carne en caso de no poder devolver a tiempo el dinero prestado por el judío. Cuando los barcos de Antonio naufragan, Shylock va a juicio reclamando su derecho a cobrar la libra de carne. La obra ha sido tildada de antisemita varias veces, pero quienes dicen eso suelen olvidar el conmovedor monólogo de Shylock tras sufrir, entre otras cosas, que su hija Jessica haya sido raptada por unos amigos de Antonio:
¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?
Calibán, de La Tempestad (Walter Crane, 1893 - Pamla J. Eisenberg - DP)
Calibán, de La Tempestad (Walter Crane, 1893 – Pamla J. Eisenberg – DP)
Claudio, es bien sabido, es el tío de Hamlet que para convertirse en rey mató a su propio hermano. Es decir, al padre de Hamlet. Cuando comprende que su sobrino sabe lo que pasó, conspira para quitárselo de en medio y seguir tranquilo en su trono. Pero la escena XXII del tercer acto —búsquenla, búsquenla— es un bello soliloquio de arrepentimiento.
En cuanto a Iáchimo, el menos conocido de los tres, apuesta con Póstumo Leonato que será capaz de seducir a Imógene, su esposa. Cuando ella le da calabazas, Iáchimo se esconde en un baúl del que, a modo de caballo de Troya, sale por la noche para ver a Imógene durmiendo desnuda, descubrirle un lunar bajo el pecho y robar un brazalete. Con esto convence a Póstumo de la infidelidad de su mujer, provocando que él la repudie y una serie de complicaciones posteriores entre las que se incluyen que Póstumo envíe un mensajero para matar a Imógene y que ella crea erróneamente que un hombre decapitado sea el propio Póstumo.
Esta división de personajes subjetiva, personal y transferible tiene su correlato lógico en la clasificación por géneros de la obra teatral del de Stratford. Del mismo modo que las comedias son pasto de traviesos, las tragedias son el campo de acción de los perversos aunque de vez en cuando aparezcan en las obras históricas, como el ya mencionado Ricardo III. Los malvados, en cambio, gracias quizás a su oscuridad anfibia, se desenvuelven sin problema en cualquiera de los tres géneros. Pero es posible que desde el punto de vista de la construcción del personaje sean más interesantes los personajes fronterizos: entre la travesura y la maldad están, por ejemplo, Feste y Sir Toby, que en Noche de reyes consiguen hacer creer al puritano mayordomo Malvolio que su señora Olivia está enamorada de él. Cuando Malvolio intenta seducirla, en una de las escenas más cómicas escritas por Shakespeare, ella le expulsa de su lado pensando que está loco, momento que aprovechan Feste y Sir Toby para encerrarle en una celda en la que prácticamente se vuelve loco de verdad.
También, claro está, podemos encontrarnos con personajes fronterizos entre la maldad y la perversidad. Es el caso del rey Ricardo II, otro gran villano desconocido y protagonista de la obra homónima: para conseguir librarse de un adversario, el monarca ordena a Thomas de Mowbray que lo mate y pide a Bolingbroke que le guarde el secreto. Cuando el crimen es ejecutado, el rey destierra tanto a Mowbray como a Bolingbroke, uno de los legítimos herederos. Al morir el padre de este último, el rey confisca todos sus bienes con lo que además del destierro, el joven Bolingbroke (que terminará derrotando a Ricardo II para convertirse en Enrique IV) queda desheredado y desterrado. Esta trama oscura y traidora no se encuentra en el texto sino en los antecedentes de la trama (rasgo este que comparte con el rey Claudio de Hamlet) y pertenece a la leyenda histórica del monarca. Leyenda, por tanto, no verificada, pero conocida por el público de la época y que sirve de contexto para construir una de las obras más poéticamente bellas sobre la expiación de los pecados del poder.
Ahora bien, ¿cuáles son, según Shakespeare, los motivos que conducen al ser humano a adentrarse en la crueldad y el crimen? Si analizamos detenidamente sus textos, veremos que esos motivos suelen reducirse a tres: deseo, venganza y ambición. El deseo —tanto amoroso como sexual— es el que incita a Iáchimo a ser un traidor o a Proteo, de Los dos hidalgos de Verona. Más fuerza cobra el ánimo de venganza, ya que son varios los personajes removidos por esa oscura y tenebrosa pasión: ya hemos mencionado a Tamora, Yago, Shylock y a Edmond, un bastardo que no se quiere vengar de nadie en particular sino del mundo en general. Aquí también entrarían Teobaldo, primo malvado y vengativo de Julieta, el monstruo Calibán de La tempestad, el bastardo Don Juan de Mucho ruido y pocas nueces y, por supuesto, Oberón, rey de los duendes, cuya traviesa venganza a su esposa Titania cambia la vida de los personajes en El sueño de una noche de verano. La venganza, por supuesto, es también el motor de Hamlet. En cuanto a la ambición, sabemos que es lo que mueve a Macbeth y a su esposa, a las hijas de Lear y a Ricardo III. Pero no nos podemos olvidar de la malvada reina de Cimbelino, de los conspiradores asesinos de Julio César con Casio a la cabeza o de Antonio, que en La tempestad usurpa el ducado de Milán a su hermano Próspero.
Con todos ellos y unos cuantos más que no caben en estas líneas, nuestro amado bardo construye una geografía de la maldad humana. Incluso sobrehumana, habida cuenta de la presencia de duendes y monstruos. Todos ellos, traviesosmalvados y perversos, movidos por el deseo, la venganza y la ambición. Cuando Shakespeare canta al amor luminoso le salen obras bellísimas, como Noche de reyes o Mucho ruido y pocas nueces. Pero cuando se sumerge en las pasiones más oscuras consigue obras inolvidables, como algunas de las aquí citadas y que ya están ustedes tardando en coger el libro para leerlas o releerlas.
El debate sobre la licitud de mostrar el mal en escena ya lo puso Aristóteles sobre la mesa en su Poética:
Porque la fábula se debe tramar de modo que, aun sin representarla, con solo oír los acaecimientos, cualquiera se horrorice y compadezca de las desventuras.
O, lo que es lo mismo, que las acciones malvadas deben ser parte de la trama pero solo cuando son narradas. Nunca vistas en escena. De ahí que en las tragedias sea siempre un mensajero quien nos relate las escenas más escabrosas, como la de Edipo sacándose los ojos ante el cuerpo inerte de su madre y esposa. Pero los tiempos avanzan que es una barbaridad y cuando Shakespeare escribe sus obras dos mil años más tarde la sangre corre a raudales por los escenarios. Aunque también hay sangre que los personajes ven pero nosotros no. Como esa sangre imaginaria que perturba a Lady Macbeth y que nos revela que, en efecto, la instigadora del crimen tenía un corazón más blanco de lo que ella creía.
Basil Sydney como Claudius en Hamlet de 1948 (Two Cities Films)
Basil Sydney como Claudio en Hamlet de 1948. Imagen: Two Cities Films.