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martes, 16 de abril de 2013

PRENSA CULTURAL. "Kertész: 'No he dejado la literatura'".


   En "El País":

Kertész: “No he dejado la literatura”

Imre Kertész, superviviente húngaro del Holocausto y premio Nobel en 2002, escribe una novela sobre la creación en la vejez, publica sus diarios en Hungría y 'Cartas a Eva Haldimann' en España

 12 ENE 2013

Muchas llamadas ha recibido Imre Kertész en estos últimos días. Han sido para felicitarle por el acto que se celebró el día 15 de noviembre, poco después de que cumpliera los 83 años, en la Academia de las Artes de Berlín, a la que el premio Nobel húngaro ha cedido sus manuscritos y que ha creado en consecuencia el Archivo Imre Kertész. También lo llama su traductor español, su “yo español”, como él dice. “¿Y qué contiene ese Archivo?”, le pregunto. “Muy sencillo”, responde, “toda la obra de una vida dedicada a la literatura, un montón de papeles, ni siquiera yo sé lo que hay allí dentro”, añade riendo. Y la Academia ha organizado, además, una exposición con ese material que se ha ido depositando en la institución desde el año 2001. Allí se encuentran, pues, los manuscritos de Sin destino, Fiasco, Kaddish por el hijo no nacidoLiquidación, Dossier K., Yo, otro, con sus trabajos previos y sus variantes, allí está la correspondencia del autor, así como un particular tesoro: los diarios a partir del año 1961. Según cuenta su esposa Magda, que también se pone al teléfono, habían recibido peticiones de instituciones de Estados Unidos para acoger ese legado en vida, pero él prefirió que el material permaneciese en Europa, donde se había gestado y adonde pertenecía. “Allí”, dice Kertész refiriéndose a la Academia de las Artes berlinesa, “están preparados para trabajarlo, pues se necesitan personas competentes, especialistas, eruditos, filólogos, estará, por tanto, en buenas manos. Así tiene que ser”, añade, “ya que se trata de una vida y de una obra muy especiales, profundamente relacionadas con el Holocausto”. El acto oficial de apertura del Archivo resultó sumamente emotivo: el público en pie ovacionó al escritor, que siguió la ceremonia sentado en la silla de ruedas. Kertész se alegra también de que en Alemania “empiecen a valorar sus ensayos”, y de que se haya fundado un Instituto Imre Kertész (Imre-Kertész-Kolleg) en la Universidad de Jena con el propósito de fomentar el estudio y el análisis de los acontecimientos del siglo XX en Europa del Este.
Lo llamaba también, como tantas veces en los últimos años, para interesarme por su salud. Su enfermedad, Parkinson, ha ido avanzando de manera implacable, reduciendo sus movimientos; le cuesta hablar, siente dolores intensos, en la espalda, en la columna, en todo el cuerpo, la medicación ayuda, pero al mismo tiempo aletarga. Mientras hablamos, lo imagino en su piso en Berlín, donde reside desde principios de nuestro siglo, un dúplex en Charlottenburg, un barrio que ama, cercano al Kurfürstendamm, en la parte occidental de la ciudad.

Hungría jamás se ha preguntado por qué ha estado siempre en el lado equivocado de la historia”
Son muchos los cambios que vivió Kertész desde el comienzo del nuevo siglo, uno de ellos, fundamental, su traslado de Budapest a Berlín, donde se siente más a gusto que en la capital húngara, más comprendido, más querido, donde no vive la irritación, la degradación, lo que él llama la mala educación. Berlín le parece un lugar culto, civilizado, “por el que se puede andar”. A la pregunta de si estar en Berlín es para él estar en Occidente, responde que sí, “es que yo nací occidental, soy un europeo occidental”, aunque luego matiza, como tantas veces: conceptos como “Occidente” no tienen en el fondo mucho significado. En cambio, sí lo tienen para él otros como “cultura, civilización, comprensión, tolerancia”, palabra que repite, “tolerancia y también paz”. Eso es lo que él percibe en Berlín, “que es mi mundo”.
No así Budapest, ciudad en la que aún se escuchan sesudas disquisiciones sobre por qué no es Kertész un escritor verdaderamente húngaro, ya que en un país en el que rige el nacionalismo más virulento y cerril las energías se dedican a determinar quién es y quién no es, quién pertenece y quién no pertenece. Kertész reprocha a Hungría el no haber aprovechado la gran oportunidad del cambio de régimen, lo cual se debe quizá, afirma, a que no conoció, de hecho, la democracia en curso de los siglos, a que no participó en los momentos de liberación y de emancipación en el continente europeo, a que no ha afrontado con claridad y valentía los lados oscuros de su historia y también a que no ha asumido y reconocido su papel en la deportación masiva de una parte de su población, la judía, a los campos de exterminio. Como suele decir: “Hungría jamás se ha preguntado por qué ha estado siempre en el lado equivocado de la historia”. En los últimos años ha crecido en su país la nostalgia por el régimen de Horthy (1920-1944), precisamente el que llevó a la nación a la mayor quiebra moral y política al aliarse con Alemania en la Segunda Guerra Mundial. El antisemitismo y el odio a los gitanos están en auge en Hungría, donde “campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha”, dice Kertész, y donde poco o nada se hace para ponerles coto.

Desde hace un tiempo, me dice, “me siento como un actor que ha de representar el papel de Imre Kertész
De hecho, Imre Kertész siempre vivió en una situación de cierta marginalidad en su país, donde instalado en una quasi inexistencia escribió Sin destino, Fiasco, Kaddish por el hijo no nacido, en una situación de aislamiento que en los últimos años, los de su fama, a veces incluso ha añorado. Desde hace un tiempo, me dice, “me siento como un actor que ha de representar el papel de Imre Kertész y que para colmo lo hace mal”. En su periodo de iniciación literaria no leía a los autores húngaros de la época, sino a los clásicos, leía a los grandes escritores del siglo XX, a Thomas Mann, a Albert Camus; luego leyó también a Canetti, a Wittgenstein, a Freud, autores a los que tradujo al húngaro, así como muy especialmente a Nietzsche. Esas décadas de marginalidad absoluta lo marcaron, hasta que se produjo el cambio de régimen, la caída del Muro, y él comprobó que a pesar de todo Hungría seguía empantanada, que sus advertencias no se escuchaban, que su marginación seguía. “En los últimos años la situación se ha deteriorado mucho”, asegura.
Como oigo por el teléfono que tiene música de fondo, le pregunto qué está escuchando: “El último concierto de Alfred Brendel”, responde. “¿Y qué escuchará después?”. Béla Bartók, al que considera “uno de los grandes clásicos”. “No es un vanguardista”, dice, “pero, ojo, modernidad y vanguardia no siempre son lo mismo”. La música ha sido una de las fuentes de la que brota su literatura. “De hecho”, señala, “siempre me acompaña y ha sido decisiva, además, en mi vida, pues mi primera gran experiencia artística fue la música, la literatura vino después”. Así como en las primeras obras, en Sin destino, en Kaddish por el hijo no nacido,estaba presente de forma invisible como elemento estructurador, en los últimos trabajos ha aflorado, se ha vuelto visible y son muchas las páginas que el escritor le dedica. En los diarios que han empezado a publicarse en húngaro —y que por supuesto están ya en la agenda de la editorial Acantilado— escribe sobre Wagner, Mahler, Schönberg, Debussy, Beethoven, Bach, y hay muchas alusiones a amigos músicos como el compositor György Ligeti o como el pianista András Schiff (siempre recuerda con alegría que Schiff tocó, como sorpresa, la sonata opus 111 de Beethoven, “su obra preferida”, en un acto relacionado con el Premio Nobel).

En 'La última fonda' (la novela que quizá quede inacabada) y en los diarios, espejo de un espíritu atormentado y lúcido a la vez
En los últimos años mencionaba a menudo lo que estaba escribiendo: una novela titulada A végs? kocsma [La última fonda], que era “algo sobre la muerte” y estaba “inspirada en los últimos cuartetos de Beethoven”. La idea era trasladar a la literatura aquello que él llama “obras de la senectud”. Hay en los diarios numerosas referencias a esas obras, las pinturas de Turner, por ejemplo, las composiciones del propio Beethoven; referencias a la pregunta de si existe un arte específico de la vejez en el que se desdibujan las líneas y aparecen con más intensidad los matices. Y numerosas reflexiones también sobre el arte en general y sobre lo que Kertész llama el “gran arte” (se refiere, por ejemplo, a la tragedia griega, pero igualmente a las novelas de Thomas Mann). Según él, está desapareciendo, porque “el tipo de hombre que lleva ahora las riendas del mundo ni lo entiende ni lo necesita”. Ese gran arte, dice Kertész sin embargo, forma parte de la civilización europea, no se extinguirá del todo y él, señala, “procura que esté recogido en su obra”.
Una parte de estos diarios se ha publicado ya en su lengua original y existe asimismo una traducción francesa. La recepción de Mentés másként, que recoge sus apuntes entre 2001 y 2003 y cuyo título se debe a que por esas fechas empezó a escribir en ordenador, ha sido, por fin, muy positiva en Hungría, aunque Kertész considera también que todavía “no se ha entendido la construcción”. En estos últimos trabajos, en La última fonda (la novela que quizá quede inacabada) y en los diarios, espejo de un espíritu atormentado y lúcido a la vez, de un espíritu que ve enseguida nuestras trampas e ilusiones, abundan las reflexiones sobre la vejez, la degradación física, la enfermedad y la muerte.


Imre Kertész fotografiado en Berlín en 2007. / SANTOS CIRILO
Sí, se nos van los testigos de Auschwitz. “¿Significa eso que acaba la labor testimonial de quienes sobrevivieron y que hay que pasar del plano de la experiencia al plano del espíritu?”. “Sí, exactamente esa es la esencia de mi obra”, dice Kertész, “trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización”, añade, “y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero mira la crisis económica”, continúa, “una crisis así dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto, deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos”. Muchas veces ha repetido Imre Kertész que Auschwitz puede volver a producirse en cualquier momento, porque aquello que lo hizo posible no ha desaparecido. No ha desaparecido, por ejemplo, el antisemitismo (“algunos países lo demuestran”), que en casos se disfraza de odio a Israel. En su obra de los últimos años, en La última fonda, en los diarios, abundan las reflexiones sobre el ser judío. Él se considera un judío no judío, “como Jean Améry”, dice, que no siente un vínculo religioso con el judaísmo, que no piensa sobre “cuestiones judías”, pero cuyo judaísmo está determinado por Auschwitz y por su desarraigo cultural. Kertész, de hecho, se considera perteneciente a esa literatura judía de Europa del Este, “que empieza por Kafka, que pasa por Celan”, que llega también a él y que nunca ha formado parte de las literaturas nacionales.

La obra ya está hecha, lo que escriba ahora será un regalo del destino”
Kertész pierde a veces el hilo de la conversación. No quiero insistir, no quiero molestarlo, no quiero cansarlo. Sé que le cuesta levantarse, le cuesta moverse, le cuesta hasta el más mínimo gesto. De pronto recuerdo un encuentro hace pocos años en Viena. Kertész, ya enfermo, se sentía débil, estaba agotado. Venían de Budapest y al día siguiente partían para Madeira. Cenamos juntos; éramos cinco, él, Magda, Cristina —mi mujer—, Violeta —mi hija— y yo, su traductor. La conversación fluía con afecto y naturalidad como siempre, aunque a él se le notaba el cansancio. En un momento dado mencioné lo que estaba traduciendo:Don Carlos, de Schiller. Y Kertész se animó entonces rápidamente y empezó a recitar de carrerilla el comienzo del drama del clásico alemán. Se aferra a la literatura; la pasión literaria lo mantiene vivo.
El escritor se encuentra en una situación difícil, inconcebible: el cuerpo le ha ido cerrando poco a poco las posibilidades de escribir. Berlín, el escenario de su gusto por los buenos modales, por la elegancia, es también el de la progresiva enfermedad, de los esfuerzos por apuntar simplemente unas líneas. En estas circunstancias, Kertész ve la entrega de su legado a la Academia de las Artes berlinesa como un cierre. “La obra ya está hecha, lo que escriba ahora será un regalo del destino”, dice. Y luego añade: “No he abandonado la literatura. Ahora mismo estoy revisando la edición alemana de los diarios, que se publicará el año que viene”. Son tantos los hilos que lo unen a la escritura que nunca llegarán a cortarse todos.
Adan Kovacsics es traductor de Kertész al español.

jueves, 8 de noviembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Tras la guerra se desató la barbarie", reportaje

Prisioneros liberados en Dachau se burlan de un antiguo guarda, que sería asesinado.

   En "El País":

Tras la guerra se desató la barbarie

Keith Lowe escarba en el caos que reinó en Europa al final de la Segunda Guerra Mundial

Su libro 'Continente salvaje' desmonta numerosas historias oficiales

 Madrid 4 NOV 2012

Un soldado enfoca la cámara. Su compañero, igualmente uniformado, se ha colocado entre dos mujeres. Con cada mano agarra los pechos femeninos como si fueran suyos. El marinero sonríe. Seguramente lo vive como uno de los buenos momentos de la guerra. Da igual que las dos napolitanas se presten a las vejaciones por hambre. El soldado se retrata inmune a cuestionamientos morales. En La piel, Curzio Malaparte no incluyó fotos como la anterior pero transmitió sin sutilezas la extinción de la ética que acompañó la entrada de las tropas aliadas en Italia: las mujeres eran la mejor mercancía que tenía la población civil local para acceder a productos inexistentes.
En Continente salvaje (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), el historiador Keith Lowe lo plasma también sin finuras: “No todos los hombres a quienes los americanos denominan ahora la Gran Generación fueron los héroes abnegados que se representan a menudo: un porcentaje de ellos también eran ladrones, saqueadores y maltratadores de la peor especie. Cientos de miles de soldados aliados, sobre todo los del Ejército Rojo, eran también violadores en serie”.

“No hay vergüenza. No hay moralidad. Solo supervivencia”, escribe el autor
Después de una guerra, lo que unos quieren olvidar es justamente lo que otros querrían recordar. Tras la hecatombe de vidas y morales arruinadas durante la Segunda Guerra Mundial, también los países eligieron qué rememorar y qué sepultar en amnesia. Keith Lowe (Londres, 1970) ha decidido plasmarlo todo, sin mitos ni trabas, en un estremecedor ensayo que indaga en los horrores que comenzaron el día después. Solo algunos concluyeron el 8 de mayo de 1945. “La historia de Europa en el periodo de inmediata posguerra no es una de reconstrucción y rehabilitación, es en primer lugar una historia de la caída en la anarquía”, avisa en la introducción.
No hay ley ni orden: no hay policías ni jueces. No hay bancos, ni puentes, ni trenes, ni escuelas, ni bibliotecas, ni tiendas, ni fábricas, ni correos, ni teléfonos. No hay sentido del bien ni del mal. “Hombres armados deambulan por las calles”, describe Lowe, “cogiendo lo que quieren y amenazando a cualquiera que se interponga en su camino. Mujeres de todas las clases y edades se prostituyen a cambio de comida y protección. No hay vergüenza. No hay moralidad. Solo la supervivencia”. Y la venganza.
Hace seis años Lowe, que ya había impactado con su obra Inferno sobre la destrucción de Hamburgo en 1943, decidió investigar sobre aquellos días oscuros en los que Europa retornó a lo peor de la Edad Media. En contraste con la sobreabundancia de investigaciones sobre lo ocurrido entre 1940 y 1945, salvo algunos autores (Tony Judt) y algunas obras sobre países concretos, apenas existen libros que detallen qué ocurrió en el continente cuando cesaron bombardeos y disparos. “Se pasaba de 1945 al Plan Marshall, los juicios de Nuremberg y a la guerra fría”, explica Lowe durante una entrevista en Madrid.


Agresión a un colaboracionista francés en 1944.
Lo que más sorprendió al historiador fue “la amplitud de la colaboración entre los invadidos y los soldados alemanes. Es algo que todos los países quieren olvidar”. Lowe da algunos ejemplos: el 10% de las noruegas de entre 18 y 30 años tenía un novio alemán y el 51% de las danesas consideraban a los soldados germanos más atractivos que a sus compatriotas. Indagar con rigor en el pasado es el camino más directo para desmontar falsedades. “Todos los países crearon mitos porque necesitaban sentirse bien: toda Francia estuvo en la Resistencia y Gran Bretaña se vio como la salvadora de Europa y la democracia. Y sin embargo ocurrieron cosas terribles”.
Limpiezas étnicas, desplazamientos forzosos de masas, hambruna (The New York Times Magazine tituló un artículo Europa: el nuevo continente negro el 18 de marzo de 1945), esclavitud laboral, guerras civiles. Las violaciones alcanzaron cifras dantescas: las alemanas expiaron las atrocidades del régimen nazi como si ellas hubieran tomado las decisiones. Solo en Berlín fueron violadas 110.000 mujeres. Por Alemania se dispararon los abortos clandestinos y los nacimientos de niños con “forzoso” padre extranjero (casi 200.000).

Las alemanas sufrieron horrores: 110.000 fueron violadas en Berlín
Tras la rendición alemana que significó el fin formal de la guerra, Europa siguió sometida a los coletazos del conflicto más sangriento de la Historia: murieron entre 35 y 40 millones de personas, ¡como si hubiera desaparecido toda la población de España en 1991! En Grecia, Yugoslavia y Polonia prosiguieron los estragos varios años. Lowe cita como último episodio la liberación de los países bálticos de la dominación soviética en los noventa y la guerra yugoslava, que germinó sobre la sangría y los símbolos de los cuarenta.
El caos, la violencia y el odio camparon del este al oeste y del norte al sur. El historiador británico sostiene que semejantes elementos explican el éxito del comunismo y el auge de los nacionalismos para limpiar de minorías sus territorios. Ante este retrato desolador de lo que llegaría a ser el continente más admirado en décadas posteriores, Keith Lowe introduce algo de optimismo: “Europa ha hecho las cosas bien para refrenar lo que venía del pasado. La Unión Europea ha sido el antídoto contra los nacionalismos. Aunque la integración no es un proceso perfecto, mejora la situación”.

martes, 2 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre el libro "La bibliotecaria de Auschwitz", de Antonio G. Iturbe

   En "El País":

La adolescente que desafió a los nazis

El periodista Antonio G. Iturbe publica la novela 'La bibliotecaria de Auschwitz'

El libro narra la gesta de la joven que custodió los libros que leían los niños del campo nazi

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El periodista y escritor Antonio G. Iturbe. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Ponerse a leer en medio del mayor horror que ha padecido la humanidad en el siglo XX; coger un libro y disfrutarlo mientras cientos de personas mueren cada día a tu alrededor: unos convertidos en esqueletos por el hambre, otros reventados por la enfermedad, muchos gaseados… Sin embargo, un grupo de niños y adultos del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau consiguió durante los primeros meses de 1944 leer de manera clandestina un reducido grupo de libros que, custodiados por una joven de 14 años, Dita Kraus, se convirtió en una minibiblioteca. El periodista Antonio G. Iturbe (Zaragoza, 1967) ha novelado en La bibliotecaria de Auschwitz (Planeta) esa gesta basada en hechos reales.
La primera noticia que tuvo Iturbe, director de la revista Qué leer, de este episodio en el campo de exterminio fue hace cuatro años a través del libro La biblioteca de noche, del escritor argentino Alberto Manguel, en el que se menciona una entrevista a un superviviente del Holocausto. Aquel hombre contaba que había una pequeña biblioteca que custodiaba una joven llamada Dita, con la que se casó años más tarde. La curiosidad de Iturbe por documentarse le llevó a encontrar "una página de Internet casera" que vendía una novela llamada The painted wall, editada solo en inglés. "Cuando pedí un ejemplar, me contestó alguien que firmaba Dita. Le pregunté si por casualidad era aquella Dita que guardaba libros en Auschwitz y me dijo que sí y que ella había sido la esposa del autor de The painted wall, ya fallecido".


Dita Kraus, en una imagen de 2007. / EDITORIAL PLANETA
Iturbe comenzó a intercambiar correos electrónicos con aquella mujer de 80 años nacida en Praga y que vivía en Israel. De aquellas respuestas intermitentes –"me regañaba por mi mal inglés"– y llenas de bruma por los más de 50 años transcurridos nació su novela. En la vida real, los jefes de las SS, entre ellos el macabro Joseph Mengele, habían decidido en diciembre de 1943 "abrir un campo familiar" dentro de Auschwitz para los checos deportados desde el gueto de Terezín, a unos 60 kilómetros de Praga, entre ellos Dita y sus padres. "Era un campo pantalla, una añagaza, se veía a niños corriendo que vivían con sus padres, prisioneros vestidos de civil y además tenían una ración de comida algo mayor". Las razones de aquel supuesto gesto de humanidad fue que en el resto de Europa empezaron a llegar noticias de lo que pasaba en Auschwitz. "Hubo organizaciones humanitarias y observadores que querían comprobar si era cierto lo que se decía. Los nazis, maestros en la propaganda, dijeron que aceptarían encantados esa visita, pero solo pensaban enseñar lo que a ellos les interesaba, ese campo familiar, para que el mundo viera que no eran tan malos", explica Iturbe.

Iturbe comenzó a intercambiar correos electrónicos con aquella mujer de 80 años nacida en Praga
Los nazis querían engañar al mundo y un grupo de judíos empezó a engañar a sus verdugos porque convirtieron el bloque 31 de ese campo familiar, donde unos 500 niños pasaban el día mientras sus padres trabajaban, en una escuela clandestina, con profesores que daban clases a los pequeños. Además, en el cuartucho del responsable de ese barracón, un alemán judío en quien confiaban los nazis llamado Fredy Hirsch, se empezaron a guardar unos pocos libros requisados a prisioneros y que habían llegado allí en el mercado negro del campo. "Puede parecer increíble pero en el barracón 31 los niños recibían clases y sus maestros disponían de unos pocos ejemplares que custodiaba Dita. Ella se encargaba de repartirlos a los grupos que los pedían y guardarlos para el día siguiente".

Los ocho ejemplares

Iturbe detalla que de los ocho libros de aquella minibiblioteca oculta está documentado que uno era un atlas universal, otro una gramática rusa, también había un tratado elemental de álgebra, Nueve caminos de la terapia psicoanalítica, de Freud, y Breve historia del mundo, de H. G. Wells. Además, había una novela checa sin tapas, otra en francés muy mal conservada y un libro ruso. Los títulos de estos tres últimos se desconocen, aunque Iturbe se los ha dado en su novela.

En Bergen-Belsen Dita no tenía su biblioteca, ni sus amigas, ni podía escuchar a los libros vivientes
¿Cómo tuvo aquella adolescente el valor de preservar aquel material inflamable? "Es una mujer increíble, no le da importancia a lo que hizo, dice que todo el mundo se arriesgaba. Yo creo que no era consciente de que si la descubrían estaba muerta". Iturbe cuenta que cuando conoció a Dita en Praga esperaba encontrarse a una mujer débil. "Todo lo contrario, es una mujer de gran fortaleza moral y física. De hecho, fue arrastrando una maleta con libros que llevaba para repartir y ni siquiera quiso ir en taxi sino en transporte público –‘es mucho dinero’, decía- para enseñarme lo que queda del gueto de Terezín, en el que había vivido".
El único momento en el que esta mujer se derrumbó en aquel encuentro y empezó a llorar fue cuando le habló al novelista de Bergen-Belsen, el campo de exterminio al que fue enviada después de que los nazis cerrasen en julio de 1944 el campo familiar de Auschwitz. "Dita temblaba al recordar Bergen-Belsen, es un sitio del que contaba cosas espeluznantes. Allí murió su madre. Allí murió también meses después Ana Frank".
En Bergen-Belsen Dita no tenía su biblioteca, ni sus amigas, ni tampoco podía escuchar a los libros vivientes. Porque en el bloque 31 de Auschwitz había profesores que conocían muy bien algunas obras y se afanaban en contarlas una y otra vez a los niños, como El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de la sueca Selma Lagerlöf; una historia de los indios americanos y otra de los patriarcas bíblicos. "Fue un adelanto aFahrenheit 451", de Ray Bradbury, apunta Iturbe, para quien su novela es sobre todo una oda al placer de la lectura y a los libros, "esos objetos que ayudan a multiplicar tu vida" y que en el caso de Dita podían haberle causado la muerte pero le ayudaron a sobrellevar el horror.

lunes, 1 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Los prisioneros eran ganado humano", reportaje.

   En "El País":

Los prisioneros eran ganado humano

El Ejército japonés practicó el canibalismo como “una estrategia militar organizada” al final de la II Guerra Mundial, concluye Antony Beevor en su último libro


Prisioneros estadounidenses de los militares japoneses durante la II Guerra Mundial, en mayo de 1942. / GETTY IMAGES
La II Guerra Mundial todavía esconde secretos. Durante la investigación de su nuevo libro, una historia global del conflicto que publicará la semana que viene en España la editorial Pasado y Presente, el prestigioso historiador Antony Beevor se topó con una desagradable sorpresa. El Ejército estadounidense y el australiano prefirieron no divulgar una atrocidad japonesa al final del conflicto: el canibalismo y el uso de prisioneros de guerra como “ganado humano”, que eran mantenidos con vida solo para ser asesinados de uno en uno con el objetivo de ser devorados. Esta salvajada formó parte, según los datos recogidos por el escritor británico, de “una estrategia militar sistemática y organizada”.
“Las autoridades aliadas, comprensiblemente, por temor al horror que esto podría causar en las familias de aquellos que murieron en campos de prisioneros, decidieron ocultar los hechos totalmente”, explica por correo electrónico Beevor, que se encuentra promocionando en Australia su libro, publicado en junio en inglés. “Por ese motivo, el canibalismo no formó parte de los delitos juzgados en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Tokio de 1946”.
Como sucedió con el resto de sus libros anteriores, la búsqueda de nuevas fuentes y documentos produce sus frutos. Hasta ahora, este historiador británico, que encontró un filón en los archivos soviéticos que comenzaron a abrirse tras la perestroika, había hecho minuciosas descripciones de las batallas de Stalingrado, Berlín, Creta y el desembarco de Normandía (todos ellos publicados en España por Crítica, todos ellos best sellers). En La II Guerra Mundial, un volumen de más de 1.200 páginas, traza un relato global del conflicto, que no empieza con la invasión de Polonia, sino un mes antes y en el otro lado del mundo, en agosto de 1939, en el río Khalkin-Gol. Aquella batalla en la que el Ejército Rojo derrotó a los japoneses en Manchuria demostró que Zukhov era uno de los grandes generales soviéticos y significó una gran lección para Tokio, que abandonó su intención de abrir un segundo frente en Siberia. Si Stalin hubiese tenido que proteger su retaguardia en Extremo Oriente, el conflicto hubiese sido muy diferente.
La II Guerra Mundial es una fuente infinita de historias y horrores y Beevor rescata muchas en este volumen, desde cómo los nacionalistas chinos sobornaron a las tríadas de Hong Kong para evitar matanzas de extranjeros hasta la guerra bacteriológica en Italia. Tras el desembarco aliado, los nazis inundaron grandes extensiones de terreno en Pontino, introdujeron el mosquito anofeles y confiscaron la quinina. Unas 55.000 personas contrajeron la malaria al año siguiente.
En su historia sobre el final de la guerra en Asia, Némesis. La derrota de Japón 1944-1945, Max Hastings explica que los relatos de las atrocidades que sufrieron muchos prisioneros a manos de los japoneses fueron censurados para evitar que se produjese una espiral de venganzas. De los 132.134 prisioneros de Japón, murieron 35.756, un 27%. Tanto Hastings como Beevor describen todo tipo de crueldades contra prisioneros de guerra aliados, desde vivisecciones sin anestesia hasta palizas mortales o ejecuciones a bayonetazos, además de trabajos forzados. Sin embargo, el canibalismo organizado va más allá de lo imaginable.
“No fueron casos aislados: existió un patrón similar en todas las guarniciones de China y el Pacífico que se quedaron sin suministros por la Marina estadounidense”, explica Beevor, que visitará España a finales de mes y que estará en el 'Hay Festival' de Segovia. No existen datos sobre el número de prisioneros que pudieron sufrir esa suerte, aunque sí que la mayoría de los casos ocurrieron al final del conflicto, en Nueva Guinea y Borneo. Las víctimas fueron locales y soldados papuenses, australianos, estadounidenses y prisioneros indios, que se negaron a combatir con los japoneses. “Los informes lo dejan muy claro: ‘No fueron incidentes aislados perpetrados por individuos o pequeños grupos en condiciones extremas”, explica Beevor, de 66 años, militar reconvertido en historiador.
La revelación del canibalismo en el Pacífico se suma al redescubrimiento de las violaciones masivas por parte del Ejército soviético en su avance por Alemania, que describió en Berlín. La caída, 1945. Existían muchos testimonios, incluso una de las obras fundamentales sobre la II Guerra Mundial, Una mujer en Berlín (Anagrama, 2005), lo relataba con una pavorosa mezcla de horror y resignación. Este libro, anónimo, había sido publicado en inglés en 1954. Pero esa atrocidad no entró a formar parte del acervo de conocimiento popular sobre el conflicto hasta que el ensayo se convirtió en un éxito de ventas.
Un profesor de la Universidad de Melbourne, Toshiyuki Tanaka, había descubierto en los años noventa documentos que describían casos de canibalismo, pero, según su versión, se trataba de una orgía de muerte de tropas fuera de control, algo similar a lo que ocurrió en circunstancias extremas en el sitio de Leningrado, donde 600.000 personas murieron de hambre o a manos de prisioneros rusos que no recibían ningún tipo de alimentos. Los documentos que ha encontrado Beevor describen algo muy diferente, una nueva vuelta de tuerca en el horror infinito de la II Guerra Mundial.

De la batalla de Creta a la caída de Berlín

  • La historiografía de las grandes batallas es el frente en el que se ha fraguado el enorme prestigio de Antony Beevor (Londres, 1946), suma de rigor investigativo, calidad literaria y éxito de ventas (más de cinco millones de ejemplares vendidos en 30 idiomas). Con El día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2009) cerró su monumental tríptico de la lucha contra el nazismo que completan Stalingrado (1998) y Berlín. La caída, 1945 (2002).
  • Este exmilitar que dejó las armas por la escritura es también el artífice de la completa La guerra civil española (2005). Beevor concluyó en su análisis que la raíz del estallido de violencia en España en 1936 fue el miedo.
  • Otras obras sobre la convulsa Europa de la primera mitad del siglo XX son: La batalla de Creta y París después de la liberación: 1944-1949.
  • En otro registro, menos maximalista, más literario, se mueve El misterio de Olga Chejova, de 2004. Describe la apasionante vida de esta actriz, sobrina de Chéjov, que huyó de la Revolución Rusa a Berlín para trabajar con los maestros del cine mudo hasta convertirse en una de las actrices favoritas de Hitler.

jueves, 27 de septiembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Libros sobre la Segunda Guerra Mundial

   En "El País":

Lo pasado, pasado no estaba

Los investigadores Antony Beevor y Max Hastings publican historias globales de la Segunda Guerra Mundial, que narran el conflicto desde los que sufrieron


Soldados soviéticos en el Frente del Este. Finales de 1943. (Del libro 'La Segunda Guerra Mundial. Imágenes para la historia'. Paco Elvira. Prólogo de Jorge M. Reverte. Lunwerg, 2012) /FOTO: VIKTOR TEMIN / SLAVA KATAMIDZE COLLECTION / HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES

George Orwell, uno de los intelectuales que mejor entendieron y explicaron el siglo XX, resumió la Segunda Guerra Mundial en una frase: “Según escribo estas líneas, seres humanos sumamente civilizados me sobrevuelan intentando matarme. No sienten ninguna enemistad personal hacia mí, ni yo hacia ellos”. El conflicto es infinito, no solo por la dimensión de la catástrofe —la mayor en términos absolutos, con cerca de 70 millones de muertos—, sino por la profunda incomprensión que sigue generando. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Qué hizo del hombre una alimaña en tantos lugares diferentes? Más allá de Auschwitz o Treblinka, el horror máximo, existen tantos ejemplos de barbarie que resulta difícil centrarse en uno. Durante el primer invierno del sitio de Leningrado murieron de hambre y frío unas 620.000 personas. En la ciudad asediada por los nazis, se comieron hasta los perros de Pavlov. Como afirmó Hans Frank, gobernador de Polonia y uno de los peores asesinos nazis: “Humanidad es una palabra que nadie se atreve a emplear. Tener poder para utilizar la fuerza sin ninguna resistencia es el veneno más dulce y nocivo que cualquier gobierno pueda utilizar”.
Ninguna otra guerra ha generado tanta y tan buena investigación como esta, casi desde que terminó. El primer clásico sobre el conflicto se publicó en 1947, Los últimos días de Hitler, de Hugh Trevor-Roper. Y siguen publicándose obras importantes y produciéndose revelaciones, como ocurre con el último libro del historiador británico Antony Beevor, que relató minuciosamente las batallas de Creta, Stalingrado, Berlín y Normandía, y que acaba de publicar una monumental historia global del conflicto, La Segunda Guerra Mundial (Pasado y Presente). Unos meses antes, Max Hastings, otro gran investigador, había publicado Se desataron todos los infiernos. Historia de la Segunda Guerra Mundial,que Crítica acaba de reeditar. Beevor utiliza la técnica que le ha llevado a convertirse en un best seller y a la vez en un respetado investigador, una mezcla de relato histórico clásico, con mucho trabajo en los archivos, y testimonios de aquellos que lo vivieron. Hastings aplica la historia de las mentalidades a la Segunda Guerra Mundial y quiere alejarse de los grandes nombres y del desarrollo de las batallas para explicar cómo este Armagedón afectó a seres humanos concretos.
Como en sus obras anteriores, Beevor demuestra un gran talento para el relato, pero también para encontrar nuevas vías de investigación. La Segunda Guerra Mundial ofrece detalles insólitos —a causa de la falta de vitaminas e higiene la mayoría de la población alemana sufría halitosis, con lo que el hedor en los refugios era insoportable—, novedades atroces —ha descubierto en los archivos australianos y estadounidenses que los soldados japoneses practicaron el canibalismo organizado, con prisioneros como “ganado humano”, que eran asesinados de uno en uno para ser devorados, aunque este hecho se ocultó para ahorrar sufrimientos a las familias de las víctimas—, incluso establece un nuevo principio para el conflicto —en Manchuria, en agosto de 1939, con una batalla entre japoneses y soviéticos, no en Polonia, en septiembre, con la invasión nazi—. Pero, sobre todo, traza un panorama global de una guerra que afectó a casi todo el planeta y que, con el exterminio del pueblo judío, llevó las fronteras de la barbarie hasta límites incomprensibles. Todo esto, por encima de cualquier otro factor, se debió a un solo hombre: un cabo de la Primera Primera Guerra Mundial, pintor mediocre, desquiciadamente antisemita, charlatán de cervecería, llamado Adolf Hitler, un hombre que no quiso ver ningún muerto, ni ninguna batalla, pero que fue capaz de destruir el mundo.
“Seguramente se hubiese producido algún tipo de conflicto como resultado de la Primera Guerra Mundial y del Tratado de Versalles”, explica en un largo correo electrónico Antony Beevor, que la semana que viene estará en España para presentar su libro y asistir al Hay Festival de Segovia. “La ruptura de cuatro imperios —ruso, germano, austrohúngaro y otomano— combinada con el nacionalismo militar de la época estaba destinada a crear problemas. Las nuevas naciones que surgieron de esos imperios estaban llenas de minorías. Y la crisis económica de 1930 produjo a su vez una crisis de la democracia liberal, que llevó a muchos a creer en regímenes autoritarios, ya sean de izquierdas o de derechas. Es muy importante recordar aquí que las democracias no luchan las unas contras las otras, no es la Unión Europea lo que ha evitado un nuevo conflicto, es la democracia. Pero sin Hitler el conflicto hubiese sido diferente. Hitler fue la fuerza motriz de la guerra y por encima de todo el arquitecto de la aniquilación que se produjo”, prosigue Beevor.
A pesar de sus numerosas diferencias a la hora de relatar el conflicto, el factor humano es lo que une a Beevor y Hastings. Ambos relatan la guerra a través de los seres humanos que la provocaron, lucharon en ella y, sobre todo, la sufrieron. Quizás, porque como escribió William Styron en el prólogo de La decisión de Sophie, “la negra noche del alma humana cuando millones de personas morían y sufrían bajo la dominación total de los nazis es el tema más formidable, trágico y desafiante de nuestro tiempo”. Los de Hastings y Beevor no son los primeros libros globales sobre el conflicto, pero la diferencia con otros está en la capacidad que ambos tienen para sumergirse en las profundidades de la IIGM, para describir el hedor en un refugio antiaéreo o encontrar el testimonio de una joven rusa, Irina Dunaevskaya, cuando vio los cadáveres bajo el Neva helado, “como si estuviesen en un sarcófago de cristal”.

Antony Beevor cree que los archivos todavía pueden reservarnos algunas sorpresas
“No soy historiador militar, no quiero saber nada más de lo que hacían los generales sino la gente normal”, explica Max Hastings en una conversación telefónica desde Londres. “Lo que es casi imposible de entender para las generaciones que no hemos vivido aquella guerra es el sometimiento permanente a hombres con armas. Es horroroso, especialmente para las mujeres, puesto que las violaciones fueron masivas. O el problema de la comida, el hambre, las carencias constantes. Todo eso me interesa mucho más que la diferencia entre un carro de combate Panzer y un Tiger”.
Beevor se pronuncia en un sentido muy parecido. “La Segunda Guerra Mundial fue tan descomunal, tan grande, que afectó a la vida de casi todo el mundo, y la envergadura de la experiencia humana es casi infinita”, señala. “Vivimos en una sociedad posmilitar, en un ambiente seguro, y por eso no es sorprendente que aquellos que no puedan imaginar lo que significa el totalitarismo bélico se muestren intrigados. Muchos se preguntan si hubiesen sido capaces de sobrevivir a un sufrimiento de esas dimensiones, físico y psicológico. También pueden preguntarse si hubiesen tenido el valor de rechazar matar a prisioneros o a civiles. La clave está en que vivimos en una sociedad en la que no se toman ese tipo de decisiones trascendentales y la esencia del drama es la elección”.
La IIGM es inabarcable, desde el punto de vista militar, económico, histórico y, sobre todo, humano. No se puede entender sin los investigadores que en Benchley Park lograron descifrar los códigos alemanes, ni sin la batalla de Stalingrado, ni sin la decisión de Franco de no invadir Gibraltar, ni sin la astucia del general Zhúkov, que derrotó a los japoneses en el río Khalkin-Gol y disuadió a Tokio de abrir un nuevo frente en la retaguardia de la URSS, ni sin la Shoah, la exterminación de los judíos que nunca hubiese podido producirse sin la guerra. Casi cada página de estos dos libros podría ser a su vez otro libro. La División Azul, por ejemplo, solo ocupa dos párrafos en el invierno decisivo de 1942 a 1943, el momento crucial en el que los nazis perdieron la guerra. ¿Qué sabemos de la hambruna de Tonkin, provocada por los japoneses, que entre 1944 y 1945 mató a dos millones de vietnamitas, mucha más gente de la que murió en toda la Guerra Civil española?


'Patada a los alemanes'. Toulon, Francia, septiembre de 1944. (Del libro 'La Segunda Guerra Mundial. Imágenes para la historia'. Paco Elvira. Prólogo de Jorge M. Reverte. Lunwerg, 2012) / FOTO: US NAVY / FPG / HULTON ARCHIVE / GETTY IMAGES
Beevor cree que los archivos todavía pueden reservarnos algunas sorpresas y actualmente está trabajando en un libro sobre el frente occidental en 1944, que apenas ocupa un capítulo de su historia global. Hastings mantiene que donde hay que seguir excavando es en la experiencia humana. “Quizás haya cosas en los archivos soviéticos”, señala. “Para mí, el último secreto realmente importante se reveló en los años setenta, cuando se hizo público todo lo relacionado con la ruptura de los códigos. El gran misterio tal vez nunca tenga explicación: ¿cómo fue posible que un pueblo civilizado y culto como el alemán siguiese a Hitler y a su banda de gánsteres?”.
Quizás por eso haya que buscar respuestas no solo en la historia, sino también en la literatura. Para Beevor la primera elección de lectura sobre la Segunda Guerra Mundial sería el periodista soviético Vasili Grossman, del que editó junto a Luba Vinogradova sus crónicas del conflicto (Un escritor en guerra. Vassili Grossman en el Ejército Rojo, 1941- 1945. Crítica) y autor de la monumental Vida y destino (Galaxia Gutenberg / La Butxaca). “Grossman fue el observador más perspicaz y honesto”, explica. Su libro está lleno de referencias a sus crónicas y sobre todo a su forma de narrar “la brutal verdad de la guerra sin olvidar el valor moral y físico”. “Para Grossman, el deber de los supervivientes es intentar identificar a los millones de fantasmas enterrados en fosas comunes como individuos, no como gente sin nombre en categorías caricaturizadas, porque eso es precisamente lo que quisieron los perpetradores”, escribe sobre su obra en una frase que bien podría aplicarse también a la Memoria Histórica en España. Otras dos obras fundamentales para Beevor son la trilogía Espada de honor, publicada por Cátedra, del novelista británico Evelyn Waugh, y Una mujer en Berlín (Anagrama), el testimonio anónimo de una mujer en la capital alemana conquistada por los soviéticos, un relato a la vez espeluznante y cercano sobre la capacidad de supervivencia de los seres humanos. Hastings también escoge esta obra entre sus libros fundamentales, al igual que los diarios del escritor judío rumano Mihail Sebastian —Diario (1935-1944), Destino—, que nunca vio un campo de batalla, pero que construyó una obra maestra que trata de explicar algo incomprensible, el antisemitismo, uno de los motores del nazismo y de la guerra. Sebastian murió atropellado tras haber sobrevivido a la IIGM. Pero, para Hastings, el gran libro sobre el conflicto es Suite francesa (Salamandra / Quinteto), de Irène Némirovsky, una escritora asesinada en Auschwitz en 1942, que relata la caída de Francia en 1940. “El manuscrito fue escrito con una letra minúscula, testimonio de la escasez de papel y tinta”, señala Hastings, quien asegura que Némirovsky aúna “un análisis frío e irónico con una cálida compasión”. La novela no fue publicada hasta 2004, rescatada por sus hijas, y se convirtió en un fenómeno mundial, un testimonio más de la historia sin fin de la IIGM.
Hastings recupera una frase sobre el conflicto en Yugoslavia de Milovan Djilas, segundo de a bordo de Tito que acabó convertido en disidente: “Fue una guerra en la que lo pasado pasado no estaba”. Parte de nuestra fascinación por la IIGM viene por su inmensidad y parte porque queremos pensar que eso lo hicieron y lo sufrieron otros seres humanos, porque el pasado forma parte del pasado. Libros como los de Beevor y Hastings nos enseñan muchas cosas sobre aquella guerra, pero sobre todo una: por muy incomprensible que nos resulte, pudimos ser nosotros, las víctimas. O los perpetradores.
La Segunda Guerra Mundial. Antony Beevor. Traducción de Joan Rabasseda y Teófilo Lozoya. Pasado y Presente. Barcelona, 2012. 1.200 páginas. 39 euros.
Se desataron todos los infiernos. Historia de la Segunda Guerra Mundial. Max Hastings. Traducción de David León, Gonzalo García, Cecilia Belza Crítica. Barcelona, 2012 / 2011. 880 / 896 páginas. 23,90 / 32 euros.


Antony Beevor
Militar convertido en historiador, Antony Beevor, de 66 años, había publicado unos cuantos ensayos cuando saltó a la fama en 1998 conStalingrado, su narración de la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial, traducida a casi 30 idiomas. Aparte de las novedades que encontró en los archivos soviéticos, inauguró una forma de narrar la guerra que mezclaba la microhistoria con la gran historia. Desde entonces, ha editado obras tan importantes como Berlín. La caída, 1945 o El día D. El desembarco de Normandía.Está investigando su último libro sobre la IIGM antes de lanzarse a una biografía de Napoleón. 


Max Hastings
Cuando escribe sobre la guerra, Max Hastings, de 76 años, sabe de lo que habla: como periodista de la BBC y delEvening Standard cubrió 11 conflictos bélicos y fue el primer reportero que entró en Port Stanley durante la guerra de las Malvinas en 1982. Es autor de ensayos sobre los bombardeos británicos durante la IIGM, la batalla de Inglaterra y sobre la Operación Overlord, el desembarco de Normandía, pero, sobre todo, de libros fundamentales sobre el fin de la guerra en Oriente, Némesis. La derrota del Japón (1994-1945), y en Occidente, ArmagedónLa derrota de Alemania (1944-1945).