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domingo, 3 de enero de 2016

MUJER. CINE. "Sufragistas". Lidia Falcón

  
 En "blogs.publico":

Sufragistas

Lidia Falcón. 30 diciembre 2015


La película del mismo título que acaba de estrenarse en los cines españoles nos cuenta en imágenes, por bendita primera vez, la epopeya de las sufragistas inglesas que en reclamación de su derecho al voto lucharon durante 70 años para lograr convencer a los diferentes legisladores de su Majestad británica de que también eran seres humanos.
Lo hicieron en las peores condiciones que puede hacerlo una clase en lucha, es decir no solo se enfrentaron a los patronos, a los gobiernos y a las fuerzas de represión que cargaron con toda crueldad contra las rebeldes, sino, más penosamente, contra sus propios maridos, padres, hermanos, amigos y colegas. No solo la policía las hirió con porrazos y disparos en las manifestaciones callejeras, en los intentos de huelga y en el enfrentamiento con los empresarios, sino que fueron víctimas sistemáticamente de los abusos sexuales y violaciones de los patronos y de sus “compañeros” de trabajo, y de la tiranía de sus maridos, que la ley permitía.
No solo sufrieron físicamente los golpes y las heridas y la alimentación forzada mediante sistemas medievales que les insertaban a la fuerza gomas en la nariz y en la boca por las que mediante un embudo les introducían alimentos líquidos, sino también fueron maltratadas psicológicamente mediante las humillaciones, los insultos y el menosprecio de sus familiares y de los otros obreros. No solo fueron heridas en su cuerpo sino también en su alma, en su dignidad, lo que no ha sufrido nunca el Movimiento Obrero, que a pesar de sus derrotas ha sido siempre respetado, hasta por sus enemigos. Durante 78 años los periódicos del muy poderoso Imperio británico no las mencionaron por otro nombre que el de “las locas”.
La película relata la decisión tomada por un pequeño grupo de obreras –y eso que siempre se ha intentado desprestigiar al Movimiento Feminista de aquella época acusándolo de elitista y formado por señoras burguesas- de lanzarse a realizar algunas acciones violentas, ante la imposibilidad de lograr por medios pacíficos que la Cámara de los Comunes aprobara una nueva Ley electoral que permitiera el sufragio a las mujeres. En el momento de la película las inglesas llevaban cincuenta años desarrollando una campaña legal, mediante manifestaciones, asambleas, reuniones, escritos, artículos de prensa, conferencias, debates en el Parlamento, sin que obtuvieran ningún avance en sus pretensiones.
Ni los testimonios que algunas obreras deponen en una Comisión del Parlamento sobre la explotación y el maltrato que sufren –comienzan a trabajar en la lavandería a los siete años– conmueve el pétreo corazón de los señores diputados ni del Presidente del Gobierno.  Es esta nueva negativa y el fracaso que conlleva la que las induce a quemar buzones de correos y la casa de veraneo del Presidente.
Son tantas las vejaciones, la descarnada explotación que sufren, las enormes diferencias de salario con los obreros, los partos sobrellevados en la propia lavandería –la protagonista nace de tal guisa, y los bebés se escondían en el suelo entre las máquinas–, las enfermedades que padecen y la escasa expectativa de vida que tenían las lavanderas, que aquella breve explosión de violencia es minúscula en comparación con la que el poder ejerce impunemente contra ellas.  Y Emily Davidson llega al propio sacrificio cuando se tira sobre uno de los caballos del Derby real en plena carrera, esgrimiendo la pancarta de “Votes for Women”, muriendo en el acto.
Gracias repetidas debemos darle a la directora y a todo el equipo que ha llevado al cine esta pequeña parte de la heroica epopeya que vivieron las sufragistas inglesas, ya que ningún otro director ni productor se ha sentido nunca emocionado por la gesta de las mujeres, tantos como invierten fortunas en relatarnos  estupideces machistas y batallas masculinas que son las únicas que merecen su reconocimiento.
Así mismo las mujeres estadounidenses lucharon para conseguir el sufragio desde 1848, como se reclama en el Manifiesto de Séneca Falls de ese año, hasta 1920 en que finalmente se les “concede”. Setenta y dos años de reclamaciones, manifiestos, marchas imponentes, presentación de enmiendas en el Congreso, artículos, mítines, conferencias. Como las inglesas, tres cuartos de siglo en los que muchas fueron barridas por la caducidad de la vida, encarceladas, apartadas de la familia y de su inserción social, abandonadas por el marido o expulsadas del domicilio conyugal, a las que se les quitó la potestad sobre sus hijos, los padres las repudiaron y el patrono las despidió de su trabajo. Se vieron en la miseria, durmiendo en la calle, recogidas en alguna iglesia por curas más compasivos que los políticos, y viviendo de la ayuda que les prestaban las asociaciones que luchaban por obtener el estatus de ciudadanas.
Debemos a estas mujeres, y a nuestras precursoras españolas, que no por ser menos y menos arriesgadas, dejaron de sufrir marginación y exclusión social, insultos y desprecios por su defensa del feminismo, todo nuestro homenaje, nuestro agradecimiento, la imprescindible necesidad de que se investigue y se relate con veracidad la epopeya de nuestras antepasadas, que lograron cambiar la situación de servidumbre que padecían las mujeres de sus países, y cuyas ventajas hoy disfrutamos sus nietas y sus bisnietas. Lamentablemente la película olvida en sus letreros finales a España donde en 1931 la III República aprobó el derecho a votar y ser votadas para las mujeres.
Pero sobre todo les debemos proseguir la tarea iniciada por ellas, en muy peores condiciones que las que sufrimos nosotras. Porque cierto es que hoy podemos votar –si el marido nos lo permite, y solo lo que este dice, como vi que sucedía en las primarias de Sevilla y en las elecciones en Madrid-, que existen leyes laborales y derechos civiles que explicitan la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, pero no se quien puede estar tan engañado que piense que no se producen explotaciones, abusos y desprecios contra las mujeres por serlo y contra las obreras por su condición. Sin tener en cuenta –que es mucho no tenerla- la montaña de asesinadas que se ha formado en estos últimos años, y de apaleadas, violadas y abusadas.
En otro artículo, El mapa de la explotación femenina daba unos retazos de la situación laboral de las olivareras de Andalucía, de las plataneras de Canarias, de las camareras de hotel en toda España, de las limpiadoras industriales y domésticas, de las obreras en las fábricas textiles, en las industrias conserveras, en las del tabaco, en las de explosivos, pero a ellas hay que agregar decenas de otros sectores productivos que padecen iguales  sufrimientos e injusticias.
Porque ya es hora de visibilizar las explotaciones de las amas de casa, y para ello nada mejor que comenzar con la sentencia recientemente dictada por el Tribunal Supremo contra la empresa Uralita por la contaminación de asbesto sufrida por las esposas de los obreros, al lavarles la ropa de trabajo.
He aquí una escandalosa –si este país fuese capaz de escandalizarse por algo– prueba de la explotación que padece la mujer que sólo realiza el trabajo de su casa.
Esposas y madres que invierten de 50 a 90 horas semanales en las tareas de fregado, lavado, compra, cocinado, limpieza, alimentación y cuidado de hijos y mayores, sin disponer ni de salario ni de días de descanso ni de vacaciones ni de seguridad social ni indemnizaciones por accidentes o enfermedad común ni jubilación. Solamente la esclavitud tenía las mismas condiciones de trabajo. Y además comparten, como las esposas de los trabajadores de Uralita, muchos de los riesgos laborales de sus maridos, sin que hasta esta histórica sentencia se les haya reconocido, ni en la legislación ni en las declaraciones políticas ni en las tareas sindicales.
Obreras, campesinas, empleadas de servicios, mineras, secretarias, esposas y madres, la mayoría de las mujeres en España siguen padeciendo similares explotaciones a las que denuncia la película Sufragistas.
Y nosotras, sus nietas y bisnietas, ¿estamos a la altura de aquellas heroicas pioneras? Nosotras, las dirigentes de grupos feministas, las políticas de diversos partidos, las profesoras universitarias, las técnicas de igualdad (ahora hasta les pagan), las asistentes sociales, las participantes en tertulias, las escritoras y las politólogas, ¿nos ocupamos realmente de las miserias que padecen nuestras hermanas? La opresión social, el acoso sexual, las diferencias salariales, ¿son motivo principal de nuestras denuncias, escritos, tertulias, asambleas, conferencias y cursos? En las Universidades, ¿no se dan más cursos acerca del amor cortés y el simbólico de la madre que sobre la explotación laboral femenina? ¿No están más interesadas las más mediáticas de las feministas en legalizar la prostitución y divagar sobre la teoría queer?
Y en cuanto a las estrategias actuales para remover las conciencias de los políticos y lograr que aprueben las imprescindibles leyes contra el terrorismo machista, sobre la igualdad salarial y la protección en el trabajo, ¿qué pensamos hacer desde el Movimiento Feminista, aparte de reunirnos las siempre convencidas y cabildear con los partidos, algunas con el único propósito de conseguir un hueco en los sabrosos despachos del Parlamento, del Senado y de los Ayuntamientos?
¿Cuántas serían hoy las decididas a quemar los buzones de correos y la residencia de veraneo de Mariano Rajoy en protesta y denuncia de las injusticias y explotaciones que están sufriendo las trabajadoras?
Y que las feministas no arguyan que hoy las mujeres no viven como hace dos siglos, porque muchas, varios millones, lo siguen haciendo, y quienes se escandalicen con mis declaraciones son las señoritas que comen cada día, disfrutan de piso, coche, vacaciones y empleo remunerado, e investigan y escriben estúpidas tesis doctorales sobre el pornoterrorismo –que les publican los señores, encantados con esta deriva del feminismo.
Porque aquellas, las que no saben si comerán cada día, apaleadas primero por el padre y más tarde por el marido, las despedidas del empleo y desahuciadas de su casa, después de ser abusadas sexualmente por el empleador, que arrastran consigo varios hijos mocosos y descalzos, de refugio en refugio, no han notado mucha diferencia de su situación con la de sus abuelas. Y aún más triste, quizá las de hoy estén viviendo peor que sus madres.
Madrid, 29 diciembre 2015.

viernes, 2 de enero de 2015

PRENSA. "El feminismo (también) es una historia de brujas"

   En "smoda.elpais":

El feminismo (también) es una historia de brujas

Aquelarres, hechizos y maldiciones. Desde las W.I.T.C.H a las Moon Church, la brujería se transforma en un discurso empoderador de la mujer.

cover
'Dance of the Witches in Front of Chicago Federal Building, Oct. 31 1969'. Esta foto del grupo feminista W.I.T.C.H apareció publicada en la prensa estadounidense.
Foto: Imagen vía http://occultchicago.blogspot.com.es
La Felguera, una pequeña editorial especialista en rescatar historias atípicas o que nunca antes fueron contadas, ha reeditado recientemente el libro W.I.T.C.H: La Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno (Women's International Terrorist Conspiracy from Hell). Tras este satánico nombre se escondía un colectivo de mujeres que desde 1968 hasta 1970 hicieron feminismo de guerrilla en diferentes puntos de Estados Unidos. No tuvieron una organización centralizada, ya que cada grupo se formó de manera independiente inspirándose en las ideas y las acciones del grupo anterior. Su estética no pasaba desapercibida: largas capas negras y caras desfiguradas por un maquillaje diabólico, las W.I.T.C.H eran a fin de cuentas,brujas del siglo XX. Sus armas eran la acción directa, el boicot, las manifestaciones y, por supuesto, los hechizos y aquelarres.
Las W.I.T.C.H nacieron durante la Segunda Ola de Feminismo por una división del colectivo New York Radical Women en dos grupos diferenciados. Las W.I.T.C.H estaban interesadas en un feminismo social y político, de acción directa, un feminismo de guerrilla: sus apariciones públicas estaban a medio camino entre la protesta y la performance artística. Fueron pioneras en la unión de texto e imagen con la intención de salir en la prensa y así viralizar su mensaje. ¿Cómo? Actuando como brujas, lanzando maldiciones delante de la bolsa de Wall Street o mediante aquelarres públicos. Creando una imagen potente y diferenciada, conseguían mayor atención de la prensa. Pero no debemos olvidar el contenido por potente y artístico que fuera el continente: “W.I.T.C.H. significa romper el concepto de mujer como criatura biológica y sexualmente definida. Implica la destrucción del fetichismo de la pasividad”, rezaba uno de sus manifiestos, presentados públicamente como 'hechizos'.
“Pretendían erosionar el sistema desde la palabra” - comentan desde Sangre Fucsia, un magazine radiofónico feminista que puedes escuchar a través de Ágora Sol Radio o de su página web – “Además al hacerlo en forma de manifiestos y de terminar sus 'hechizos' con “¡Pasa la palabra, hermana!” nos recuerdan la necesidad de afiliación entre mujeres y de transmitir lo aprendido”.
Yippies
Las W.I.T.C.H, la facción feminista de los Yippies, es una de sus performance frente a los juzgados en 1969.
Foto: Getty
Pese a la corta duración del grupo, las W.I.T.C.H han sido precursoras de movimientos feministas como las Guerrilla Girls, las Femen o las Pussy Riot.“Las rusas Pussy Riot, de forma intencionada o no, tienen muchos puntos en común con las W.I.T.C.H", prosiguen desde Sangre Fucsia. “El uso del 'disfraz', la puesta en escena de la performance o la importancia ritual de la palabra son centrales en ambos colectivos. Lo que promulgan las Riot igual que las brujas, es que la feminidad puede y debe ser fuerte. Ese movimiento, al igual que las W.I.T.C.H., celebra de forma lúdica que una cosa es ser femenina y otra feminista, pero que ambas no se excluyen. Además, recuperando la conexión entre música y poesía, nos hace volver de nuevo al poder de la palabra, ese es el tipo de 'magia' que nos interesa".
De la caza de brujas a la reivindicación feminista
Activistas, guerrilleras, feministas y ¿brujas? La elección de esta estética no es algo casual, a finales de los 60, grupos feministas como el Movimiento de Liberación de la Mujer comenzaban a identificarse con este arquetipo, antaño maldito, que podía llegar a explicar la posición de la mujer en la sociedad durante los siglos venideros.
Rescatar la figura de la bruja y el genocidio cometido durante más de dos siglos contra las mujeres por resistirse al poder de la Iglesia y el Estado (la famosa caza de brujas) pasó a ser reivindicación feminista: “Somos condenadas por asesinato si se planea un aborto. Por vergüenza si no tenemos un hombre. Por conspiración si luchamos por nuestros derechos y quemadas en la hoguera si nos levantamos para luchar” era otro de los famosos manifiestos de las W.I.T.C.H.
Silvia Federici, escritora, profesora y activista feminista, explica en su libro Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva (Traficantes, 2010) la importancia que la caza de brujas tuvo para entender el papel de la mujer en la sociedad actual. Las brujas fueron, según Federici, sujetos femeninos que se alejaban del modelo establecido y desafiaban la estructura de poder, desde la hereje, la partera o la curandera hasta la esposa desobediente, la prostituta, la libertina, la adúltera o la promiscua, es decir, bruja era toda mujer que practicase la sexualidad fuera de los vínculos de matrimonio y procreación. “La caza de brujas fue una guerra contra las mujeres: un intento coordinado de degradarlas, demonizarlas y destruir su poder social”, afirma Federici.
“Fue en las hogueras y las salas de tortura donde se construyeron los principios burgueses de feminidad y domesticidad que tan útiles le son, hoy por hoy, a nuestra sociedad” – dicen las Sangre Fucsia. Las muertes en la hoguera fueron lecciones para las supervivientes, como apunta Federici en su libro, mujeres que por temor a ser consideradas brujas adoptaron un nuevo rol sumiso, obediente, pasivo y doméstico en el que el deseo sexual era sinónimo de vergüenza y culpa.
“La figura de la bruja funciona a la hora de construir el mundo como arquetipo de la mala mujer, ya sea bruja, puta, mala madre, rebelde o sabia”, continúan las Sangre Fucsia. “Pero esta mujer mala siempre será consciente de su sexualidad y consciente de la importancia y necesidad de la hermandad con las otras mujeres”, añaden.
A lo largo de la historia y a través de las narraciones que construyen nuestro imaginario, la bruja ha simbolizado una maldad primigenia, la de mujer pecadora, la que hace del mal camino una forma de vida y vive al margen de la ley patriarcal: “Es la outsider, por eso son tan admiradas en el feminismo” – apuntan las Sangre Fucsia - “Las brujas son conscientes de que para ser fuertes es necesario tejer redes con otras mujeres, en ese sentido desvelan el secreto para resistir a lo largo de la historia”
W.I.T.C.H
Imágenes de las activistas de W.I.T.C.H recopiladas en el libro editado por La Felguera.
Foto: ?Roy Walford/ Nancy Krushan/ Imágenes vía http://www.lafelguera.net
Moon Church: 'Brujas' contemporáneas
Este concepto de unión entre mujeres para compartir experiencias y fortalecerse como grupo e individualmente es lo que inspiró a Moon Church, un colectivo fundado en Brooklyn en 2013 que bebe del legado de las W.I.T.C.H: “Antes de fundar Moon Church, muchas de nosotras participamos en una clase llamada Goddes Circle en un centro de Brooklyn, allí conocimos la importancia de la hermandad y del empoderamiento femenino, la vulnerabilidad y la sanación colectiva. En cada sesión, cada una de nosotras tenía un momento para hablar y compartir sus experiencias”, nos cuentan Moon Church vía email.
Moon Church se creó originariamente como un espacio físico en el que las mujeres pudieran reunirse, sentirse libres y a la vez protegidas. Un lugar donde encontrar la conexión con mujeres afines, compartir sabiduría y practicar rituales: “Buscamos crear una existencia más creativa, compasiva, consciente y considerada con el mundo que nos rodea”. El grupo creció con rapidez y hoy en día, además de en Brooklyn, se encuentra también en Los Ángeles: “Nos hemos inspirado en un largo número de voces feministas y de colectivos, W.I.T.C.H es claramente uno de ellos”, nos cuentan desde Moon Church. “Consideramos que somos parte de un largo linaje de activistas feministas y nos apasiona seguir este legado. Creemos en la importancia de la reunión de mujeres que se sienten identificadas entre sí y de esa magia que sucede cuando empiezan a compartirse experiencias dentro de ese contexto”.
MoonChurch
Reunión del colectivo 'Moon Church' en Nueva York.
Foto: Vanessa Diaz
Las W.I.T.C.H creían en la importancia de la hermandad femenina, al igual que Moon Church, no eran excluyentes y cualquier mujer podía unirse al movimiento: “Si eres mujer y te atreves a mirar dentro de ti, eres bruja”, era otro de sus manifiestos. La filosofía de Moon Church es similar: “Consideramos que cuando un grupo de mujeres conecta entre sí de una manera tan íntima y libre, el mundo es un lugar mucho más amable. Siempre nos hemos sentido identificadas con la figura de la bruja, especialmente con el aquelarre como representación de una unión de mujeres. La bruja siempre ha sido sinónimo de poder y fuerza, mujeres que vivían fuera de la norma, buscando la sabiduría dentro de ellas y compartiéndola con sus hermanas en lugar de permitir que el patriarcado decidiese su estilo de vida y sus creencias”
Muchas de las reivindicaciones que hicieron en su día las W.I.T.C.H siguen vigentes hoy en día: “Una de las acciones de las W.I.T.C.H. fue rebelarse contra los concursos de belleza que objetualizan a las mujeres", recuerdan las Sangre Fucsia. Mujeres Creando en Bolivia, por ejemplo, han hecho acciones similares denunciando el mensaje de estos certámenes”. Campañas como "I'm not bossy, I'm the boss" popularizada recientemente gracias a Beyoncé revelan que las mujeres que triunfan laboralmente siguen siendo miradas con recelo.
¿Hemos avanzado algo desde 1970? “En temas que tienen que ver el esfuerzo propio o las relaciones entre nosotras hemos avanzado”, opinan desde Sangre Fucsia. “Empoderamiento, hermandad, visibilidad, transmisión de conocimiento, libertad social, o incorporación al mundo laboral. En los que tienen que ver con la ideología o la voluntad del entramado social, mucho menos: el aborto, nuestro lugar en el ejercicio laboral, los derechos humanos o la igualdad en la práctica”.
Todavía queda largo recorrido, grupos como Moon Church recuerdan que el legado de las W.I.T.C.H no ha caído en el olvido y que esa figura durante años maltratada que fue la bruja, sigue inspirando a mujeres que luchan por un verdadero cambio social: "¿Cómo no reivindicar a la bruja como aquella mujer que puede ir a todas partes, que busca justicia histórica?, se preguntan las Sangre Fucsia. “La indomable, aquella que no se rinde. Una feminista”.

sábado, 13 de diciembre de 2014

PRENSA. "¿Mujeres en el poder sin poder?". Naomi Wolf

Naomi Wolf

   En "El País":

¿Mujeres en el poder sin poder?

Los hombres dejan la cima para no verse responsabilizados del fracaso inminente

Estamos, por fin, ante el triunfo de las mujeres políticas? ¿Es posible que no solo estén ganando más elecciones sino que también hayan conseguido hacer campaña y gobernar sin sufrir ni más ni menos escrutinio, escándalo y burlas que los hombres?
A primera vista, puede parecer que hemos alcanzado ese momento trascendental en el que ser hombre o mujer ya no es lo más importante. En Estados Unidos, Hillary Clinton se prepara por segunda vez para ser candidata a la presidencia y Janet Yellen es la primera mujer que preside la Reserva Federal, uno de los puestos más poderosos del mundo.
Además, la televisión estadounidense está llena de series con mujeres que encarnan a dirigentes políticas, como la recién estrenada Madame Secretary, con Téa Leoni como secretaria de Estado, y Veep, en la que Julia Louis-Dreyfus es una cómica y deliciosa vicepresidenta. Y el tema central de esas series no es que sean mujeres. Lo importante es el personaje, independientemente de su sexo.
En otros países hay mujeres que ocupan las máximas instancias del poder. En Alemania está la canciller Angela Merkel, que ha ganado tres elecciones generales y a la que se respeta o se detesta por sus políticas de austeridad, no por su sexo. A la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, no la critican por ser mujer, sino por gestionar mal la economía, y los bancos estadounidenses por haber impuesto una reestructuración de la deuda a sus acreedores. En Israel, los halcones atacan a la ministra de Justicia, Tzipi Livni, por su tendencia ligeramente izquierdista al hablar del Estado palestino, como criticarían a un hombre en su lugar. Y todos los países escandinavos, menos Suecia, han tenido ya primeras ministras.
Ha sido fascinante la campaña que ha enfrentado en Brasil a su primera presidenta, Dilma Rousseff, con otra mujer, Marina Silva. La popularidad de Rousseff se derrumbó tras las protestas populares por los gastos del Mundial de fútbol y la brusca desaceleración económica. Y Silva obtuvo grandes apoyos incluso de los cristianos evangélicos, un grupo que no se caracteriza precisamente por respaldar a las mujeres dirigentes en ningún lugar.

Las mujeres están alcanzando su apogeo político
justo cuando decae el margen de acción
política de las naciones-Estado
¿Es posible que en la política democrática haya llegado un momento en el que los votantes juzgan a los políticos, hombres y mujeres, exclusivamente por sus méritos? Desde luego, muchas mujeres que hoy ocupan o aspiran a ocupar el poder tienen detrás de sí un gran historial. En los últimos 30 años han surgido mujeres dirigentes incluso en países en los que las mujeres tienen muchas menos oportunidades en general: por ejemplo, la presidenta de Corea del Sur, Park Geun-hye, la que fue dos veces primera ministra de Ucrania, Yulia Timoshenko, y las presidentas de Liberia y Malawi, Ellen Johnson Sirleaf y Joyce Banda.
Pero lo triste es que las mujeres están alcanzando su apogeo político justo cuando las naciones-Estado están viendo muy limitada su capacidad de encontrar soluciones nacionales a sus problemas. Cada vez es más frecuente —por ejemplo, en los tratados comerciales internacionales, como el Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica— que sean actores privados quienes dicten la política, en lugar de los Gobiernos, Parlamentos y jefes de Estado.
Hay incluso quienes insinúan que las mujeres están llegando a la cima porque los hombres no quieren que se les responsabilice del fracaso inminente. Los altos ejecutivos —los que comparten análisis tan innovadores del mundo profesional como el de Lean In, de Sheryl Sandberg— saben que aplicar la realpolitik en el mundo corporativo puede significar acudir a una mujer cuando la nave está hundiéndose. Lo cual explicaría, por ejemplo, la presencia de una mujer al timón de General Motors durante la actual campaña de retirada de coches defectuosos.
Es la misma ironía sobre la que bromean los líderes afroamericanos al decir que siempre obtienen el poder municipal cuando una ciudad está a punto de declararse en bancarrota. Lo que se deduce es que a los hombres blancos y poderosos no les gusta que figure su nombre en proyectos o empresas en dificultades, y están encantados de tener un rostro femenino o no blanco al frente mientras, por detrás, el verdadero poder desaparece o se va a otra parte.
No obstante, aunque las naciones-Estado y sus políticos tengan más restricciones, las trayectorias de mujeres como Merkel y Rousseff indican que los individuos siguen siendo una fuerza poderosa, para bien o para mal. La mayoría de los líderes empresariales mundiales se oponen al programa de austeridad impuesto por Merkel en la UE. Y Rousseff, al emplear los ingresos del gigante energético Petrobras para financiar programas sociales, ha hecho que el precio de las acciones de la compañía cayera a la mitad y que los inversores se apartaran.
¿Las mujeres que están hoy en el poder son líderes de verdad o simples mascarones de proa? La respuesta es seguramente la misma para hombres y para mujeres. Uno es líder de verdad, o no lo es.
Naomi Wolf es activista política y crítica social; su último libro es Vagina: A New Biography.
© Project Syndicate 2014.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

lunes, 20 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. El nuevo DRAE y el lenguaje no sexista

   En "publico.es".

La nueva edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua incluye correcciones que las asociaciones de mujeres llevan años reclamando para fomentar el lenguaje no sexista.

ANNA FLOTATS Madrid 17/10/2014 


La sexta acepción de "femenino"en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es "débil, endeble". Y en la tercera definición de la palabra"masculino" aparecen los conceptos "varonil" y "enérgico". Editado en 2001 y actualizado cinco veces desde entonces, ha sido necesaria una sexta revisión para eliminar del diccionario tales significaciones.
"Se suele decir que la RAE va por detrás de la sociedad porque recoge los usos del lenguaje, es decir, los cambios que ya están asentados, pero estas acepciones deberían haber sido eliminadas hace un siglo", denuncia la directora de la cátedra de Género de la Universidad Rey Juan Carlos, Laura Nuño, que dice estar convencida de que si la RAE definiera "negro" como "esclavo" habría rectificado hace años. ¿Por qué no lo ha hecho hasta ahora en los significados de "femenino" y "masculino"? "Porque el patriarcado está más asentado que el racismo. Porque el racismo se afea y el machismo todavía no", responde Nuño a Público.
Besteiro: "La RAE debería ser más vanguardista y marcar tendencia"En este caso, sin embargo, la RAE no sólo no ajustaba las definiciones de "femenino" y "masculino" a la veracidad sino que, para muchas expertas, estas acepciones estaban al margen de la realidad. "Es lamentable que en 2014, con Merkel en Alemania y Soraya en España, por ejemplo, se asocie lo femenino a lo débil", ejemplifica Nuño, "pero a diferencia de las incorporaciones o las modificaciones en términos tecnológicos o del lenguaje coloquial, este cambio atraviesa la ideología, así que seguro que habrá alguien a quien le siente mal".
Coincide con ella la presidenta de la Federación de Mujeres Progresistas, Yolanda Besteiro, que advierte de la importancia del cambio porque "el lenguaje construye pensamiento". "El papel de la lengua es esencial en la igualdad entre hombres y mujeres e imprescindible para romper roles y estereotipos sexistas", sentencia Besteiro, quien reclama a la RAE un posicionamiento "vanguardista" y que "marque tendencia" en este tipo de conceptos porque "no hacerlo perpetúa las desigualdades y afecta a los derechos humanos".
La federación que preside lleva reclamando estas modificaciones desde 2007 y, aunque celebra el gesto, Besteiro lamenta que las revisiones sólo se hagan si las asociaciones las reclaman.
La nueva edición del diccionario incluye el concepto "feminicidio"
Ángeles Álvarez, miembro de la Comisión de Igualdad del Congreso y diputada del PSOE, recuerda que Ley Integral contra la Violencia de Género da instrucciones y recomendaciones para fomentar el lenguaje no sexista, sobre todo en la Administración, por lo que celebra que la RAE "empiece a ser sensible a lo que ya está normalizado en la calle". "Los académicos están tomando consciencia no sólo de que el lenguaje asienta la ideología, sino que también la construye, así que bienvenido el cambio, aunque sea tarde".
En esta nueva revisión, la RAE también incorpora la palabra "feminicidio", un neologismo creado a través de la traducción del vocablo inglés femicide que se refiere al asesinato de mujeres por razón de género. La palabra "maricón" dejará de significar "sodomita" y "hombre afeminado" para ser solamente un "insulto grosero". "Sodomita" no será aquel que "comete" sodomía, sino el que la "practica", y se incorporará al diccionario la palabra homófobo: "Dicho de una persona que tiene o manifiesta homofobia".
La nueva edición del diccionario, que tiene 93.111 entradas —8.680 más que la anterior—, no incluye, sin embargo, una de las incorporaciones que las asociaciones de mujeres llevan años reclamando: el verbo "feminizar", dado que sí que se contempla el verbo "masculinizar".

jueves, 21 de agosto de 2014

PRENSA. OBITUARIO. "María Telo, la abogada de la igualdad"

   En "El País":
OBITUARIO

María Telo, la abogada de la igualdad

La jurista impulsó durante el franquismo la reforma del Código Civil que acabó con la obediencia de las esposas y con la licencia marital en 1975


La abogada María Telo, en una imagen de 1998. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Una luchadora en una dictadura, una mujer de convicciones. Una abogada que a base de tenacidad logró lo que parecía imposible: mejorar el estatus jurídico de las españolas en el franquismo, liberarlas de la obligación de obedecer al marido y de contar con su permiso para casi todo. Cosas ahora inimaginables, pero que hace menos de 40 años eran ley: hasta mediados de 1975 las casadas ni siquiera podían abrir una cuenta corriente sin permiso del esposo; en muchas cuestiones eran menores de edad casi al 100%. La artífice de estos cambios, María Telo Núñez (Cáceres, 8 de octubre de 1915), murió el pasado 5 de agosto en Madrid. Esta mujer independiente a la que se le metió “entre ceja y ceja cambiar el Código Civil” se fue con la misma discreción con la que vivió, ajena al oropel. La democracia le concedió algún reconocimiento puntual, pero ningún papel relevante. Su candidatura al Tribunal Constitucional, en 1979, cayó en saco roto.
Telo empezó a los 16 años la carrera de Derecho en Salamanca. “Después del ingreso en la universidad, mi vida ya no fue la misma. Al conocer tan directamente la situación jurídica de la mujer dentro del Código Civil, me sentí tan humillada, tan injustamente tratada, tan vilipendiada, tan nada, que ninguna explicación ni histórica, ni jurídica, ni religiosa, ni humana podían convencerme de que yo exageraba”, relataba en su libro Mi lucha por la Igualdad Jurídica de la Mujer (Aranzadi, 2009). Ese título refleja la batalla de toda su vida.
La llegada de la II República, que instauró el sufragio universal femenino y eliminó trabas laborales para las mujeres, fue un soplo de aire para una joven que quería ser notaria, como su padre, y que —según escribió— se situó “en la línea de Clara Campoamor”, la impulsora del derecho al voto de las ciudadanas, a la que trataría años después.
El franquismo, que metió a la mujer en casa, segó las aspiraciones de Telo. No permitió a las españolas ser notarias —ni muchas otras cosas—, pero ella ganó la oposición al Cuerpo Técnico de Administración Civil del Ministerio de Agricultura en 1944 —“no sin fuertes obstáculos, por considerar aquel tribunal que ninguna mujer debía tener acceso”, escribió—. Y luego debió enfrentar el vacío —“se me asfixiaba, se me quería obligar a realizar labores auxiliares”—. En 1952, se dio de alta en el Colegio de Abogados de Madrid. Abrió despacho, uno de los pocos en manos femeninas en la ciudad.
Funcionaria por la mañana, abogada por la tarde —su bufete estaba especializado en derecho de familia y sucesiones—, madre de familia y a todas horas militante por libre de la causa que abrazó toda la vida. Telo puso en pie la Asociación Española de Mujeres Juristas en 1971 —antes se afilió a la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas— y peleó hasta conseguir la entrada de letradas en la Comisión General de Codificación, donde ella participó en la reforma del Código Civil franquista. “Se dedicó en cuerpo y alma. Desde el despacho, enviaba sus propuestas a todos los procuradores de Las Cortes”, recuerda la letrada Consuelo Abril, que debutó como pasante en aquel despacho en 1974. Los cambios que impulsó comenzaron a ser realidad en 1975. También participó en los trabajos de la comisión de codificación sobre el divorcio, aprobado en 1981.
Gracias a la tarea tenaz de Telo —“ha habido años en los que no dormía más de cuatro horas de tanto trabajo”, recordaba ella en este periódico en 2008—, las españolas casadas alcanzaron la plena mayoría de edad jurídica. Pudieron aceptar herencias, abrir cuentas en el banco, trabajar y disponer de su salario sin permiso del marido, ser también cabeza de familia o administrar los bienes gananciales. Grandes pasos que encaminó una mujer de independencia férrea y sin militancia de partido. Quizá eso le privó de una merecida relevancia pública con el regreso de la democracia, pero no la detuvo. Dejó la abogacía con los 80 cumplidos, cuando llevaba mucho tiempo viuda. Hace un lustro sostenía que la plena igualdad entre hombres y mujeres se había alcanzado en el terreno del derecho, pero que en otros campos aún quedaba mucho por hacer.
Se ha ido —con el sueño cumplido de “democratizar la familia” y “sacar a la mujer casada del pozo legal”— una mujer que apenas tiene un par de calles con su nombre, pero que logró mejorar la vida de las demás.

lunes, 10 de marzo de 2014

PRENSA. "Fe-mi-nis-mo: un repaso a la historia de un movimiento revolucionario". Nuria Varela

   En "lamarea.com":

OPINIÓN

Fe-mi-nis-mo: un repaso a la historia de un movimiento revolucionario

<em>Fe-mi-nis-mo: un repaso a la historia de un movimiento revolucionario</em>
Manifestación contra la ley del aborto. FERNANDO SÁNCHEZ
08 de marzo de 2014
09:59
Este artículo está incluido en el número de marzo de La Marea, disponible en quioscos y aquí
Verán, no cuesta tanto. Primero se dicen las sílabas, una a una, y luego todas seguidas, las cuatro, y ya está. Dicho queda. Comprobarán que no les salen granos ni les sube la fiebre. Es importante completar las prácticas con algunas lecturas teóricas antes de decirlo en público. Tendrán asegurado el revuelo en cualquier conversación en la que lo nombren.
Pocas palabras tienen tanto poder para crear polémica y evocar prejuicios y tópicos. Ya lo dejó escrito en el siglo XVII Poulain de la Barre en su libro Sobre la igualdad de los sexos: “Es incomparablemente más difícil cambiar en los hombres los puntos de vista basados en prejuicios que los adquiridos por razones que les parecieron más convincentes o sólidas. Podemos incluir entre los prejuicios el que se tiene vulgarmente sobre la diferencia entre los dos sexos y todo lo que depende de ella. No existe ninguno tan antiguo ni tan universal”.
La capacidad polémica proviene de que el feminismo es una teoría crítica y como tal cuestiona el orden establecido pero, además, es una teoría crítica esencialmente con el patriarcado, al que Kate Millett denomina “el sistema de dominación más universal y longevo” –a lo que Celia Amorós añade “escurridizo e invisible”– de los que existen.
El feminismo, todo lo que toca lo politiza. Es un especialista en poner nombre a las cuestiones que durante siglos se han querido invisibilizar: violación en el matrimonio, acoso sexual, brecha salarial, violencia de género… Y, sobre todo, en demostrar lo que Seyla Benhabib llama una “universalidad sustitutoria”, es decir, en poner de manifiesto que lo masculino se ha solapado con lo humano convirtiéndose en norma y patrón.
El feminismo supone una verdadera revolución tanto frente al poder establecido como frente al contrato social, o contrato sexual, como lo denominaría Carole Pateman, subrayando así cómo las mujeres quedan excluidas del proceso constituyente fundacional de las democracias. Una revolución que no deja indiferente porque interpela en todas las áreas de la vida, tanto en lo público como en lo privado.
Asegura Amelia Valcárcel que el feminismo “compromete demasiadas expectativas y demasiadas voluntades operantes. Incide en todas las instancias y temas relevantes, desde los procesos productivos a los retos medioambientales. Es una transvaloración de tal calibre que no podemos conocer todas sus consecuencias, cada uno de sus efectos puntuales, ya sea la baja tasa de natalidad, la despenalización social de la homofilia, la transformación industrial, la organización del trabajo…”.
Todo comenzó en la Revolución Francesa, cuando las mujeres se articularon como un movimiento social y Mary Wollstonecraft escribió la Vindicación de los derechos de la mujer, pero fue a lo largo del siglo XIX cuando el sufragismo consiguió su primera gran victoria: el derecho al voto. Gran victoria pero también la constatación de que el camino iba a ser tremendamente largo: quedaron en evidencia las dificultades que conllevaba la aparición de las mujeres en la esfera de lo público y de que esto no suponía apenas modificaciones en el ámbito privado.
Así que fueron las feministas radicales a partir de los años 60 del siglo XX las que concluyeron que “lo personal es político”, que el patriarcado no se queda en la puerta de la casa sino que es precisamente en el ámbito privado, en la obligación de las tareas de cuidados para las mujeres y en las relaciones de poder que alberga la familia y la sexualidad, donde está el “núcleo duro”.
El feminismo entra en el siglo XXI intentando desarticular esas relaciones de poder patriarcal que hacen que incluso la igualdad formal conseguida en algunas partes del mundo no sea sinónimo de igualdad real. Y entra con múltiples voces –a veces en intenso debate entre sí–. La globalización, el multiculturalismo y la sociedad de la información constituyen sus nuevos mapas mientras en la agenda permanecen la feminización de la pobreza, la violencia de género y los derechos sexuales y reproductivos.
Pero como diría Celia Amorós, en estos tres siglos, el feminismo ha pasado de ser patrimonio de “cuatro radicales” a convertirse en un sentido común alternativo. Aunque desconocido, vituperado y silenciado, ha conseguido crear algo así como un “feminismo difuso”, es decir, compartir con la mayoría de las mujeres una conciencia de ciudadanía, reconocerse poseedoras de derechos a los que no están dispuestas a renunciar.
En España, prácticamente hasta que Clara Campoamor hizo del voto femenino un derecho irrenunciable, se consideraba que las mujeres eran inferiores por su debilidad física y psíquica y, por lo tanto, estaba justificada su permanente tutela por un varón. Los logros conseguidos en la II República fueron efímeros. Casi ni se recordaban a la muerte de Franco, cuando se celebraron las Primeras Jornadas por la Liberación de la Mujer en Madrid, en diciembre de 1975. Las feministas iniciaron su camino a finales de los años 70.
Por primera vez, en 1977, en la calle y de forma unitaria, se celebró el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y ese mismo año se lanzó la campaña por una sexualidad libre y con una triple reivindicación: educación sexual y creación de centros de orientación sexual, anticonceptivos libres y gratuitos y aborto legal. La campaña no cesó hasta que se consiguió la despenalización de los anticonceptivos en octubre de 1978, año en el que fueron legalizadas las organizaciones feministas. Luego llegaría el divorcio y aún hubo que luchar muchos años más para conseguir la Ley del aborto.
Todo demasiado reciente. Ese recuerdo aún tan fresco de lo que era un país machista hasta el esperpento está provocando, por un lado, la mayoritaria defensa de la actual Ley de aborto –la manifestación del 1 de febrero contra la reforma de la ley fue la mayor manifestación feminista celebrada hasta ahora en España–; y, por otro, la potente reacción patriarcal del gobierno de Rajoy. Parece que los cambios han sido demasiado profundos y rápidos para los conservadores. Lo que Europa hizo a lo largo del siglo XX, en España se ha conseguido en apenas tres décadas.
Eso, unido a la idiosincrasia de la jerarquía católica local, y a un programa económico que se basa en la desarticulación del Estado del bienestar y, por lo tanto, en la necesidad de la mano de obra gratuita de las mujeres, que necesariamente tienen que volver a sus casas para que todo siga funcionando igual que antes de los recortes y el empobrecimiento del país, obligan a que, una vez más, el feminismo vuelva a la calle. Peligran los derechos que tanto ha costado conseguir y ya hay tres generaciones dispuestas a defenderlos.

viernes, 6 de diciembre de 2013

PRENSA. "De Olympe de Gouges al ciberfeminismo". Mª Ángeles Cabré

   En "Blogs.elpais":

De Olympe de Gouges al ciberfeminismo

Por:  04 de diciembre de 2013
Olympe de Gouges
Olympe de Gouges
Algo parecido a una pequeña historia del feminismo a través de su ideología podríamos decir que esconde Ideas que cambian el mundo, que firman Sara Berbel, Maribel Cárdenas y Natalia Paleo, y acaba de publicar Cátedra en la ya mítica colección “Feminismos”, fruto de la colaboración con la Universidad de Valencia y dirigida por la historiadora Isabel Morant. Una historia de las ideas que contiene un gran acervo de datos no articulados cronológicamente, sino en función de algunos de los principales grandes valores éticos modernos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948; valores que, en la correspondencia filosófica entre Victoria Camps y Amelia Valcárcel que es Hablemos de Dios (Taurus, 2007), Camps consideraba las bases para un acuerdo ético de mínimos en lo que a la construcción de una sociedad digna se refiere.
De ahí que la igualdad, la libertad, la fraternidad, la justicia social, y también el internacionalismo, se conviertan en este volumen en los raíles por los que discurren las muchas mujeres que, herederas de algunas de las premisas de la Revolución francesa (las que llevaron a reconocer la existencia de los derechos de los ciudadanos, ya sean hombres y mujeres), han impulsado reivindicaciones de cuyos frutos hoy gozamos todos y todas, y de los que por desgracia muchos ciudadanos y ciudadanas no son nada conscientes, cosa que desemboca en el desprestigio de la palabra “feminismo” (acaso, junto a comunismo, el -ismo más injustamente denostado), que en este volumen se reivindica desde la solvencia de los datos y sin afán panfletario.

Como “ablación de la memoria” bautizó precisamente Valcárcel ese voluntario olvido de quiénes somos y de dónde venimos que es hoy práctica usual, especialmente entre las mujeres jóvenes, quienes en un juego de prestidigitación que sólo podemos achacar a su supina ignorancia, atribuyen los muchos derechos y avances de que disfrutan a algún alma generosa de nombre ignoto, como si el voto femenino o el divorcio hubieran nacido con la primera Eva, al estilo de los complementos de la muñeca Barbie, cuando en realidad los frutos legislativos de tantos esfuerzos colectivos no se han dado hasta bien entrado el siglo XX y responden a muchos sudores y a muchas lágrimas.
1. Ideas que cambian el mundoA decir verdad, ese alma generosa lleva tantos nombres como mujeres y hombres (sobre todo mujeres) lucharon por la consecución del ideario feminista en sus muchas variantes y modalidades, de las ilustradas a la Declaración de Seneca Falls, del feminismo socialista a nuestras republicanas y un largo etcétera: Flora Tristán (autora de la frase “Proletarios de mundo, uníos”, atribuida a Marx), Madame de Staël, Simone de Beauvoir [en la foto], Alejandra Kollontai, Emilia Pardo Bazán, Emma Goldman (“La mujer más peligrosa del mundo”, como se la llamó), Lucía Sánchez Saornil, Clara Campoamor, Mary Wollstonecraft, Josefa Amar, George Sand, Rosa Luxemburgo (“La rosa roja”), Concepción Arenal…
Hay otras muchas, menos recordadas por la Historia, como Inés Joyes, autora a finales del siglo XVIII de Apología de las mujeres, donde denunció la tiranía sobre nuestro sexo e invitó a las mujeres a unirse y luchar juntas; o la obrera textil Teresa Claramunt, líder del movimiento anarquista y creadora de un sindicato femenino en Sabadell a finales del siglo XIX. O bien María Cambrils, quien se encaró con Marañón y sus insultantes ideas sobre la condición de la mujer (nos enviaba a parir y a los hombres a trabajar) llamándolo “pigmeo”.
Sin olvidar a otras de gran compromiso político como aquella otra María, en este caso Espinosa, quien en 1918 impulsó la creación de la primera asociación feminista de España, la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME), entre cuyas integrantes se contaban María de Maeztu y Victoria Kent. O Carmen de Burgos, escritora y impulsora a comienzo de los años 20 de la Cruzada de Mujeres Españolas, artífice del primer manifiesto patrio a favor del sufragio femenino. O la germana Clara Zetkin, amiga de Rosa Luxemburgo y creadora de la primera Oficina de la Mujer dentro de un gran partido europeo, en su caso el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD); y de quien dijo nuestro Andreu Nin que era “un magnífico ejemplar de caudillo revolucionario”.
Un acervo de nombres de mujer, que nos llevan desde las pioneras como Olympe de Gouges hasta el ciberfeminismo de hoy, pues la Red se nos antoja el espacio ideal para el empoderamiento femenino e invita, como dicen las autoras, a compararlo con el internacionalismo que soñaron las socialistas de principios del XX. Y es que desde Olympe de Gouges, esa francesa que nació en la misma localidad donde murió Azaña, luchó por la abolición de la esclavitud, exigió reformas sociales y fue la artífice de la célebre Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (versión “libre” de la que en 1798 aprobó la Asamblea Nacional Constituyente), el feminismo ha tenido muchas voces y muchas caras.

Simone de Beauvoir
Simone de Beauvoir
Este ensayo hace también hincapié en el consabido retraso hispano, que llevó a que las aspiraciones feministas no se articularan aquí con cierto orden hasta comienzos del siglo pasado, un desarrollo tardío directamente vinculado con el actual déficit democrático, en que el feminismo aún tiene que actuar desde las barricadas reivindicando derechos que debieran estar ya plenamente asentados y que, o bien jamás se ostentaron (como la igualdad de género en la cultura) o bien peligran (como el aborto).
Porque ahora más que nunca, cuando tantos logros cuelgan de un hilo, es válida la aseveración que Fourier formuló hace ya dos siglos: “Los progresos sociales y los cambios de período se operan en razón del progreso de las mujeres hacia la libertad, y las decadencias del orden social se operan en razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres”. El ejercicio de memoria que es este libro sale al paso para conjurar esta segunda opción, y viene que ni al pelo en la actual coyuntura histórico-económico-social. Pues como afirma Nancy Fraser: “El género tiene dimensiones político-económicas porque es un principio básico de la estructuración de la economía política”. ¡Estemos vigilantes! Y sobre todo, no olvidemos los logros en este caso de nuestras antepasadas.
Mª Ángeles Cabré, escritora y crítica literaria, acaba de publicar Leer y escribir en femenino (Barcelona, Editorial Aresta, 2013). Dirige el Observatorio Cultural de Género (OCG).