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miércoles, 8 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "El espía", novela de Justo Navarro

   En Babelia, suplemento cultural de "El País".
Demonios indescifrables de Ezra Pound

J. ERNESTO AYALA-DIP 04/06/2011

   Pesquisa moral, documento histórico y relato de aventuras se unen en El espía, novela en la que Justo Navarro compone un brillante diálogo entre existencia e imaginación.

   Terminada de leer El espía, la nueva novela de Justo Navarro, se encuentran en su registro casi notarial ecos de alguna novela suya anterior. Hay elementos que nos remiten a Finalmusik (2007), algunos personajes recurrentes (como el escritor italiano de novelas policiacas Carlo Trenti), un cierto aire de misterio y un traductor (de Trenti) que se dirige a nosotros (o tal vez sería más exacto decir que se dirige a sí mismo). Pero la naturaleza documental de El espía nos remite a F. (2003), la novela que Justo Navarro urde en torno a la vida (y la muerte) del gran poeta catalán Gabriel Ferrater. De alguna manera en este libro también se investiga un alma atormentada por demonios indescifrables. Tanto en F como en El espía estamos ante un enigma humano. En El espía asistimos al momento en que el poeta norteamericano Ezra Pound es detenido, encerrado en una jaula cerca de Pisa y acusado luego en Estados Unidos de alta traición. Como Ferdinand Céline, Pound fue un declarado militante antisemita, además de un fanático propagandista del régimen fascista de Mussolini. En 1948, permutada la pena de muerte por su encierro en un manicomio, Ezra Pound publica Cantos pisanos, obteniendo el prestigioso 'Bollinger Prize'.
   Digamos antes de avanzar que cuando tuve noticias de este libro, noticias de su argumento y del personaje que recreaba, pensé que se trataba del enésimo experimento (ahora ya no tan experimental) novelístico-biográfico que se está poniendo tan de moda en todas las literaturas. Comenzado el libro fue cuando reparé en su escritura y en el proyecto literario que esa escritura formalizaba. Y fue cuando a la vez recordé la novela sobre Gabriel Ferrater. El mismo acento notarial, el mismo énfasis indagatorio, la misma obsesión por aproximarse a una verdad compleja. He leído últimamente novelas abundando en la fórmula de mezclar vida y conjeturas novelescas alrededor de algún personaje real: hayan sido escritores/as o pintores/as. Las he leído y las encontré interesantes e irreprochables en su hacer artístico, pero carentes de un meollo polémico o problemático, tal vez debido a la excesiva admiración que el personaje real inoculaba a sus autores. Justo Navarro trabaja con un personaje real incómodo. Vocero del fascismo y antisemita. Evidentemente no puede haber sintonía moral. El espía se organiza en 12 capítulos. Pero lo que se dice una auténtica división argumental, se produce en el último titulado 'La evasión'. Aquí irrumpe una voz distinta (hasta entonces escuchábamos un relato aséptico, con ese mismo tono neutro que escuchábamos en F.), la voz de alguien que se llama J. N. y que recoge de labios del escritor Carlo Trenti y otros testimonios una teoría con tintes de novela de espionaje. La teoría según la cual Ezra Pound podría haber sido un agente doble.
   Este cambio de perspectiva casi al final de la novela es la razón de ser de la novela. Todo el libro apunta a una unidad. El enigma humano llamado Ezra Pound. Que el poeta norteamericano estaba loco, ya lo había leído Navarro del propio Gabriel Ferrater, según el cual las pruebas de su genuina locura eran sus insensatas teorías económicas y no tanto sus alocuciones radiofónicas en favor de Mussolini. Que Pound hubiera sido un espía no hace más que redundar en su ignota personalidad. Puede resultar inverosímil pero no más que las muchas historias de intelectuales ingleses de entreguerras que un día se descubrió que también lo fueron.
   Hace unos años leí Ravel, de Jean Echenoz. ¿Era esa la vida del músico francés? No era una novela sobre su vida, pero sí sobre lo que nunca sabremos de su misteriosa existencia. Y ese misterio hecho ficción estaba en la ironía de su escritura. Con El espía sucede algo semejante. Navarro urde una conjetura esencialmente novelística. Suelda tres mecanismos distintos de narración. La pesquisa moral, el documento histórico y el relato de aventuras. Y para cuadrar el círculo, nos propone un brillante diálogo entre algunos interrogantes humanos y el juego de la imaginación.

Razón y sinrazón
   La insensatez incomprensible que mostró Ezra Pound en su porfiada actividad política en beneficio del totalitarismo contrasta con la racional construcción de su obra capital, Cantos pisanos. Dicha racionalidad no es la de la coherencia de los elementos que componen el libro, sino la de la conjunción de su heterogeneidad cultural, temática, idiomática y filosófica. Por ello se entiende que Claudio Guillén, en su libro Entre lo uno y lo diverso, señalara lo siguiente: "La obra de arte concilia la unidad con toda clase de diferencia, toda índole de diversidad. La forma revela, azarosamente, más o menos palpablemente, una voluntad de conjunto". En esta estela de organización lírica están los nombres de Eliot y Ezra Pound, a los que Guillén se remite como paradigmas. En esa enorme masa de conocimientos diversos que componen los Cantos, entre los ideogramas chinos hasta tramos ensayísticos, entre el proyecto dantesco de retratar la historia del mundo, hallamos su paranoica teoría de la usura y los banqueros como causas de todos los males de la humanidad.

El espía
Justo Navarro
Anagrama. Barcelona, 2011
212 páginas. 18 euros
Justo Navarro

sábado, 28 de mayo de 2011

NOVELA. AVANCE EDITORIAL. Primeras páginas de "El espía", de Justo Navarro (Granada, 1953)

Justo Navarro
El espía
EDITORIAL ANAGRAMA. BARCELONA
Primera edición: mayo 2011
© Justo Navarro, 2011
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2011


   Todo, real o inventado, aparece como hecho, personaje o lugar de la imaginación.



                             I. LA CAÍDA

   Dos partisanos lo detuvieron. Fue la mañana del 3 de mayo de 1945, en Sant’Ambrogio, Rapallo, no muy lejos de Génova, región de Liguria, y en noviembre compareció ante un tribunal en Washington. Se llamaba Pound. Vivía en Sant’Ambrogio con dos mujeres, pero estaba solo cuando llegaron los partisanos que lo llamaron traidor. ¿Qué hacía en ese momento? Traducía a Mencio, filósofo chino, discípulo de un discípulo de un nieto de Confucio.
   Llevaban fusiles ametralladores, y no exactamente uniforme, sino la ropa que podría usar un mecánico que sale de caza. Eran altos, pero no demasiado, flacos, iban sin afeitar. Uno tenía gafas, sucias. No les pidió documentos. No preguntó si traían una orden de detención.
   No preguntó a qué autoridad representaban. No parecía aquello un asunto oficial, sino algo que debía resolverse en privado. Lo vigilaban desde el recibidor, apuntándole, y vio en el espejo la espalda de los hombres, más infantil, más miserable, más indefensa que la cara. Cogió un libro de Confucio en papel biblia, bilingüe, de la Commercial Press de Shanghái, muy usado, pegadas las pastas con esparadrapo, y el diccionario de chino. Dejó en la máquina de escribir el folio con su traducción de Mencio. Dejó papeles encima de la cama, el clarinete, un sombrero en la percha, las raquetas de tenis, los bastones, las cajas de chocolatinas 'Moriondo' donde guardaba la correspondencia, cartas sin contestar, la vida incorregible de todos los días. Delante de los dos hombres bajó las escaleras estrechas y breves, interminables en aquel momento. Eran días de tiros en la nuca. Hacía cuatro o cinco días que habían matado a Mussolini y lo habían colgado por los pies en una gasolinera de Milán. Él era un escritor famoso y se había reunido con Mussolini en el Palazzo Venezia una tarde de 1933, en otro tiempo, antes del fin del mundo. Sabía que para su país, los Estados Unidos de América, era un traidor y que, si esa mañana no le pegaban un tiro, probablemente debía agradecérselo a que los suyos quisieran ahorcarlo.
   Echaron a andar hacia Zoagli, a pocos kilómetros cuesta abajo, entre olivos. En la curva que desemboca en el tramo final del camino había un eucalipto y un ciprés. El prisionero se agachó, como para atarse un zapato, pero sólo cogió una semilla. Quería tener una prueba de lo que estaba pasando, un recuerdo de que iban a pegarle un tiro. No te matan todos los días. No sabía si el juicio se había celebrado ya, si se había dictado sentencia, o si el proceso estaba en curso. Los dos partisanos, un único arcángel justiciero encarnado en dos cuerpos mortales y peligrosos, de carne escasa y dura, le señalaban el camino, como si lo llevaran a donde debía estar, como si hasta entonces hubiera recorrido un camino equivocado. El prisionero se agachó cerca del ciprés, recogió la semilla de eucalipto, y los dos guardianes salieron instantáneamente del sueño de bajar paso a paso la cuesta, agarrados al Sten Mark 2, de fabricación inglesa, que a Pound le parecía un Thompson, de fabricación americana, arma difícil de apuntar, sobre todo si se empuña con demasiada energía o euforia. Las ramas, con el aire, sonaban como lluvia, pero el cielo estaba limpio. Había pájaros, o se oían más porque ya no caían bombas sobre Zoagli, al sur de Rapallo. Chillaban, aleteaban los pájaros al echar a volar. El mundo perdido cabía en una edición bilingüe de Confucio, un diccionario chino de bolsillo y una semilla de eucalipto.
   Al puesto de mando partisano en Zoagli fue a buscarlo Olga Rudge. No había oído la máquina de escribir cuando llegó a la casa de Sant’Ambrogio, su casa. ¿Dónde estaba Pound? Una mujer vio cómo se lo llevaban los pistoleros.
   En Zoagli había soldados ingleses que les dieron pan y jamón. Con una bayoneta abrieron latas de cerveza. Que nadie diga que para abrir cervezas no sirve una bayoneta, dijo Pound, y luego Pound y Olga Rudge fueron trasladados en un camión a la jefatura partisana de Chiavari, al sureste de Rapallo y de Zoagli. Llegaron a un patio. Era la cárcel, pero podía ser una fábrica, via del Gasometro 2, cerca del puerto. Pararon junto a un coche en desguace, frente a una persiana metálica a medio bajar. Esperaron entre neumáticos, cuatro cajas de carne en conserva, cuatro latas de aceite para motores y un bidón vacío propiedad del ejército de los Estados Unidos. Tres hombres dejaron de hablar cuando apareció el camión, y como policías miraron a la mujer y al hombre que llegaban. Dos estaban armados.
   Había manchas de humo en las paredes, y una moto quemada, desvencijada, carbonizados los muelles del asiento, y cuatro carretillas de mano, de hierro, encajadas unas en otras. Un perro con la boca cerrada descansaba a los pies de un anciano que parecía ciego, aunque mirara a Pound y Rudge a través de los ojos del perro. El hombre y la mujer, forasteros, alemanes quizá, enemigos, Pound y Rudge, vieron la sangre en la pared. A Benito Mussolini y a Claretta Petacci, la mujer que lo quería, los habían matado en algún otro sitio sucio. Así es la gloria en la guerra di merda, así acaba la historia.
   La puerta abierta daba a una habitación que daba a otra habitación con una mesa y sillas, lleno todo de papeles, como la oficina de una fábrica, en un desbordamiento y derrumbamiento general. Un hombre no demasiado joven, uno de esos obreros que han leído con poca luz muchos folletos clandestinos, mal vestido, pero acabado de afeitar como si hubiera estado esperando para recibir a los prisioneros, preguntó quiénes eran. No llevaba armas a la vista. Los miró como comprobando si le eran conocidos. Se sentó. Removió documentos, se los acercó a los ojos para verlos mejor, y, conforme los papeles cambiaban de sitio, se multiplicaban los expedientes y las fichas y los legajos, como si quisieran colaborar y ofrecer más testimonios de los crímenes del prisionero Pound. Pero al americano Pound no lo buscaba nadie, o nadie en Chiavari sabía nada del americano, no había por Pound ninguna recompensa de medio millón de liras. Ni siquiera existía una denuncia.
   Los tres hombres del patio ahora eran seis, un buen pelotón de ejecución. Aquellos días abundaban las denuncias y las delaciones y las ejecuciones. Una delación valía para salvar la vida, para librarse de peligros o amenazas, para liquidar cuentas, para cobrar una recompensa, para desahogarse. El jefe encontró insignificante al poeta americano, inofensivo, como su amiga, o su amante, o su mujer, Rudge. No eran jóvenes.
   Tenían miedo. No los voy a entregar a los americanos si no quieren que los entregue a los americanos, dijo el jefe. Me condenaría, merecería el infierno si hiciera una cosa así, son ustedes libres, dijo. Pero Pound le contestó que quería ser conducido ante las autoridades americanas inmediatamente. Estaba dispuesto a trasladarse a Washington, a disposición del Departamento de Estado y del presidente Truman, declaró, y le pidió al jefe que le escribiera su nombre de hombre bueno en el libro de Confucio: Angelo Bussoli, de Lavagna.
   Precisamente había ido Pound a Rapallo el día antes, con su mejor traje, para reunirse con las autoridades americanas como una vez, en otro tiempo, hizo con Mussolini. El cuartel general aliado estaba en el gran hotel del paseo marítimo, muy cerca de donde Pound tuvo su apartamento, y los viejos servidores del hotel lo saludaron con la cabeza, o quizá intentaban espantarlo. Apártate de mí. Merodeaban por los alrededores, a la espera de que los llamaran y reclutaran los nuevos amos, y sin el uniforme del hotel parecían disminuidos, neutralizados o anulados, más verdaderos que nunca, más sumisos, ahora que accidental y temporalmente no eran subalternos de nadie. Había algo clandestino y molesto en los saludos a Pound, una celebridad en Rapallo, el poeta americano recibido por Mussolini, Pound il Dottore, il Professore, il Poeta, organizador de campeonatos de tenis y conciertos. El comité organizador de las veladas musicales se había reunido en el gran hotel donde ahora le cerraban la puerta al miembro principal del comité organizador, Pound. Los centinelas americanos no entendían a aquel individuo que se manifestaba dispuesto a trasladarse a Washington para informar y aconsejar al Departamento de Estado y al presidente Truman. No lo entendían los soldados, y tanta ignorancia y tanta desorientación le confirmaban a Pound que debía acelerar su vuelo a Washington y ofrecer al ejército invasor sus conocimientos sobre Italia. Un soldado negro quiso venderle una bicicleta, recomendándole que se alejara. Pero ahora, al día siguiente, el jefe partisano Angelo Bussoli se ofrecía a llevarlo hasta Lavagna, al sur de Chiavari, al puesto de mando de los americanos, tal como Pound quería. También Rudge fue a Lavagna, donde los soldados eran negros y los oficiales blancos. Bebieron refrescos, comieron, y a las cinco de la tarde un jeep los trasladó a Génova, al puesto de mando en la zona del servicio de contraespionaje militar de los Estados Unidos de América. La tarde todavía era clara.

   A continuación, texto de la contracubierta:
   Italia, Segunda Guerra Mundial: el poeta americano Ezra Pound participa desde Radio Roma en la batalla de propaganda contra los aliados y contra los judíos. Pero el fervor nazifascista de Pound despierta las sospechas del contraespionaje italiano. ¿Transmiten los programas radiofónicos de Pound mensajes cifrados al enemigo? ¿Fue el genio de la literatura un agente doble o una simple y patética figura criminal? O quizá la realidad sea doble y ambigua.       
   Ésta es la historia que el autor de novelas de misterio Carlo Trenti le cuenta por escrito a su amigo y traductor J. N., residente por casualidad en Pisa durante los mismos meses en que lo fue Pound, pero más de sesenta años después.
   Y de repente el lector de la aventura de Pound se ve dentro de la historia: J. N. se encontrará con el autor, se cruzará con sus personajes, se evadirá de su propia vida guiado por el autor de novelas de misterio.
   Justo Navarro confirma en esta novela su bien ganado prestigio como uno de los mejores escritores españoles contemporáneos.
Justo Navarro

martes, 24 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. Entrevista al novelista Justo Navarro, por su nueva novela, "El espía"

Justo Navarro

   En "El Día de Córdoba":
"La obligación de estar alerta no atañe sólo a los intelectuales"


El novelista granadino indaga en la figura de Ezra Pound, gran poeta del siglo XX, como posible agente doble en 'El espía', su última obra, publicada por Anagrama.

Pablo Bujalance
22.05.2011

   Cada nueva novela de Justo Navarro (Granada, 1953), residente en Nerja desde hace décadas, es celebrada como un peldaño más en una de las trayectorias literarias más admirables, singulares e iluminadoras. Si el año pasado regresó a los cauces del verso con Mi vida social (Pre-Textos), ahora es El espía (Anagrama) la obra que lo consagra como maestro de la narrativa, género para el que ha escrito títulos emblemáticos como El alma del controlador aéreo, F. y Finalmusik. El protagonista es Ezra Pound, el gran poeta norteamericano que durante la Segunda Guerra Mundial apoyó sin reservas a Mussolini, llenó Europa de mensajes antisemitas y pudo haber actuado como agente doble: material suficiente para una deliciosa novela de aventuras.

   -En El espía vuelve a darse una tónica muy presente en toda su obra: la referencia a una cierta alta literatura, personificada en este caso en Ezra Pound, a través de géneros populares como el policiaco. ¿Representa esta novela, en este sentido, la culminación de un proceso?
   -Es cierto que El espía es un diálogo con la novela de aventuras y de evasión. También con la novela policiaca a través de la figura de Carlo Trenti, un autor de novelas de misterio que ya apareció en Finalmusik. Igualmente, hay un vínculo poderoso con las antiguas novelas de caballería en la traducción de un manuscrito encontrado, un recurso mítico que aparece en El Quijote, en La Celestina e incluso en los Evangelios. De manera que sí, ese diálogo existe, al igual que en otras novelas mías.

   -¿Se decantó por Ezra Pound dadas las facilidades que ofrecía para mantener ese diálogo?
   -No, mi decisión en cuanto a Ezra Pound se debe a mi estancia en Pisa. Yo viví en esta ciudad desde principios de junio de 2009 hasta diciembre de aquel mismo año, y descubrí que Pound había permanecido preso en Pisa exactamente durante ese periodo de tiempo, en 1945. Yo sabía que había sido detenido en Pisa, que fue juzgado después en Washington y que fue condenado a ingresar en un manicomio. Pero desconocía las circunstancias concretas que se dieron en la detención, los pasos que le llevaron a la jaula, así que emprendí una investigación que tuvo mucho de policiaca y también de filológica. Los filólogos son un poco policías.

   -La lectura de su novela remite, por ejemplo, a La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño. ¿Cree que existe una fascinación popular por las vidas erráticas y condenables de los escritores?
   -Las cosas no son tan simples como cierta literatura popular nos quiere hacer creer. La gente no se divide entre buenos y malos. Lo extraño es que una persona como Pound no se diera cuenta de que su discurso antisemita tenía efectos asesinos. Se había perdido en un mundo de palabras sin darse cuenta de que esas palabras tienen consecuencias. Y resulta más extraño porque, según muchos testimonios, Pound era una buena persona, amable, con principios. La función de la literatura es esclarecer esa complejidad.

   -¿Que no se diera cuenta le hizo menos culpable?
   -De ningún modo. Al contrario. El problema moral es no darse cuenta. Tenemos la obligación moral de ser lúcidos. No serlo no es un justificante, sino un agravante de la responsabilidad.

   -Pero, ¿comparte con Hannah Arendt la idea de que a no pocos intelectuales les cuesta identificar los totalitarismos precisamente porque su dedicación los mantiene alejados del mundo?
   -Es que la obligación de estar alerta y de darse cuenta no corresponde únicamente a los intelectuales, es un deber moral y atañe a todos, sea cual sea su ocupación o su formación. La cuestión respecto a este problema es otra: que la realidad es anestesiante y la terminamos viendo con otros ojos, con una actitud menos vigilante. Pero insisto, no darse cuenta de la monstruosidad es un problema moral. No hay más que reparar en la actualidad y ver a toda la gente que se queda en paro, que pierde sus casas, que no puede hacer frente a lo que se le viene encima. Estamos acostumbrados ya a la explotación. Sin embargo, tampoco la costumbre nos exime de la responsabilidad.

   -¿Ha cambiado su percepción de Ezra Pound después de haberlo convertido en personaje?
   -La percepción que yo tenía de Pound era la de un gran poeta cuyo egoísmo le sumió en una gran confusión. Pero cuando descubrí en Pisa que pudo haber sido un espía doble, aquella imagen más bien plana se hizo mucho más dinámica.