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viernes, 15 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. AVANCE LITERARIO. "Eduardo Mendoza. La ironía de la tradición", del libro "La imaginación histórica"

Eduardo Mendoza

AVANCE LITERARIO: La imaginación histórica


   En "blogs.elpais":

EDUARDO MENDOZA
LA IRONÍA DE LA TRADICIÓN
                                                    FUERA DE LUGAR

     Cataluña tiene fama de ser un país serio, un país en el que sus gentes suelen adoptar poses
circunspectas, graves, las propias de personas atrafegades, apremiadas por obligaciones
impostergables y por el trabajo. Es un tópico sempiterno que a los propios nativos les gusta
cultivar. Tal vez porque tradicionalmente les ha dado un aire de modernidad en la España de la
siesta y la indolencia, de los toros y el primitivismo, una imagen también estereotipada. Dice
Javier Marías que cuando Eduardo Mendoza y él mismo fueron invitados a Apostrophes, el
programa televisivo que dirigía Bernard Pivot, tuvieron la ocurrencia de acudir al plató con
aspecto de españoles decimonónicos: con patillas de hacha y con una faca, arma dispuesta
para ser ensartada en la mesa del estudio. ¿Con qué fin? El propósito era el de reforzar la
España del tópico, confundir a nuestros vecinos con imágenes redundantes y previsibles sobre
nuestra violencia salvaje. Hablamos de 1992, fecha de emisión del programa televisivo.
Finalmente se comportaron: evitaron la sobreactuación histriónica presentándose como un
catalán y un madrileño sensatos y modernos. 
     ¿Podemos tomar a Eduardo Mendoza como guía o introductor de la Cataluña real en la España
presente? Su literatura es exagerada y caricaturesca, con resabios expresamente anacrónicos:
es un riesgo, pues, servirnos de una escritura extremada y deliberadamente arcaizante para
hacernos una idea cabal de la sociedad de hoy. Sin embargo, en ocasiones, los disparates
literarios más elaborados podemos verlos como documentos muy fieles del mundo material. En
el Diccionario de autoridades de 1732, sin ir más lejos, la voz documento se definía del
siguiente modo: «doctrina o enseñanza con que se procura instruir a alguno en cualquiera
materia, y principalmente se toma por el aviso u consejo que se le da, para que no incurra en
algún yerro o defecto». La literatura de Eduardo Mendoza podría tomarse, sí, como doctrina y
enseñanza con que el autor procura instruirnos para que no incurramos en algunos yerros o
defectos. Eduardo Mendoza es un letraherido. Tanto en el sentido del que tiene mucha afición a
la literatura, como en el de quien usa la escritura para dolerse. Pero Mendoza se duele
satirizando.
     Eso lo ha sabido ver muy bien Llàtzer Moix en el libro que le dedica. Se titula Mundo Mendoza
(2006). Su autor es redactor jefe de Cultura en La Vanguardia y, por lo que parece, se ha
especializado en escritores excéntricos. Hay que estar atentos: si vemos en los expositores de
novedades un volumen de Moix, no hay que perdérselo. Es garantía de una exquisita
elaboración: por su prosa ajustada, precisa, y por el cariño con el que aborda su objeto. Trate
de lo que trate, Moix siempre confirma lo que es, un riguroso periodista cultural que sabe de
qué modo hay que presentar las cosas sin impostarlas: con cuidado, con algo de guasa y con
erudición contenida. Hace un tiempo, por ejemplo, leí su Wilt soy yo. Conversaciones con Tom
Sharpe (2002). No era fácil convencer a los lectores, sobre todo para quienes habían sido
seguidores fieles de Sharpe, cuyo humor está algo decaído. Pues bien, Moix conseguía
persuadir reanimando al autor de Wilt, vitaminizándolo con preguntas inteligentes, con
acotaciones exactas, expresadas con todo respeto. Años después, al leer Mundo Mendoza,
volvemos a disfrutar. La Cataluña de Eduardo Mendoza que compendia Moix parece más
auténtica que la que nos transmiten los medios de comunicación: es un mundo plural, menos
homogéneo y menos envarado de lo que los políticos locales nos presentan. 
     Por supuesto, las novelas de Mendoza no aspiran a ser un calco o reflejo de la Cataluña
histórica: se escriben con el propósito evidente de escarnecer unos vicios en un contexto
concreto que es, básicamente, la Barcelona natal del autor. Es decir, son documentos en el
sentido moral del término. Hay admoniciones y severas reprensiones: muy serias y a la vez
muy burlescas. Sobre esa meta, estas ficciones exageran el lado cínico y aprovechado de los
poderosos y el lado pendenciero y menesteroso de las clases populares. Como en los folletines
de antaño, en las radioteatros de posguerra o en las comedias de enredo. Pero sobre todo sus
novelas suelen mostrar de manera satírica el lado gamberro y descacharrante que hay y aflora
en aquel país, en esa Cataluña circunspecta. A pesar del porte reservado de sus habitantes,
que les sirve de máscara o de defensa, los catalanes serían gente cómica o involuntariamente
cómica, incluso desquiciada: eso parece inferirse de sus ficciones. En sus páginas siempre hay
locos o excéntricos que con torpeza, ingenio e impudor malviven o sobreviven en una tierra
aparentemente discreta, grave y severísima. Esos individuos son tipos que no han sabido
gobernarse, que están fuera de lugar, gentes con existencias desastrosas y risibles: incapacesde acomodarse a la norma común, a ese estadio general de una civilización hipócrita. 
     Entre las figuras de esta calaña más célebres está el chiflado que protagoniza El misterio de la
cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de
señoras (2001). Es un orate, un tipo que entra y sale de un manicomio. Se encuentra allí bajo la
tutela del doctor Sugrañes, un tipo huraño y probablemente con migrañas, como su propio
apellido nos induce a creer. De cuando en cuando, el trastornado es convocado por la policía.
Se le franquea el paso con el fin de resolver casos difíciles, aparentemente ilógicos o
simplemente locos que los investigadores no consiguen solucionar, concretamente el comisario
Flores. Los polis aplican la racionalidad y el buen sentido. Más o menos. Por su parte, el
lunático aplica… lo que buenamente puede. El individuo tiene mucho de personaje infausto, de
pícaro desgraciado al que la vida da muchos trompicones: su psiquismo está averiado de tanto
golpe, seguro, y su hermana es una prostituta a la que no puede redimir.

PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. "Javier Cercas. La moral del pasado", del libro "La imaginación histórica"

Javier Cercas


AVANCE LITERARIO: La imaginación histórica


   En "blogs.elpais":

          JAVIER CERCAS 
          LA MORAL DEL PASADO
     En cada obra, Javier Cercas se muestra con cierta impudicia, se exhibe, se transmuta en 
narrador: arriesga adoptando su propio nombre o escribiendo ficciones autobiográficas y 
arriesga mostrando los recursos narrativos que emplea. Eso ya lo hizo en su primer libro, El 
móvil (1987) y lo volvió a ensayar en El vientre de la ballena (1997). El novelista aplica ciertos 
automatismos ya probados, automatismos recibidos de la tradición, que conoce muy bien, 
como profesor de literatura que es. A la vez los cuestiona hablándonos del hecho de escribir, de 
la dificultad de contar: giros explícitos que hacen evidente la escritura, giros que son también 
apuestas morales. Javier Cercas habla del pasado, del difícil pasado español, de los conflictos 
recientes: de guerras y golpes de Estado. Aunque, bien mirado, siempre habla de lo que nos 
acaece ahora, de lo que nos inquieta y sobre todo de lo que nos hermana a nuestros 
antecesores. Habla también de violencias que agostan territorios; de destrucciones que anegan 
países; de amenazas que acobardan. Pero sobre todo nos muestra y narra al individuo moral, 
aquel que toma decisiones sin escudarse y sin excusarse, arrostrando las consecuencias de 
sus actos. Reflexiona, en fin, sobre la responsabilidad y sobre la virtud, grande o pequeña...
     En este autor llaman la atención el desparpajo y la facundia expositiva, que son fruto de una 
imaginación potente y verbal. Ese rasgo se ve, por ejemplo, en El vientre de la ballena, en 
Soldados de Salamina, en La velocidad de la luz y en Anatomía de un instante. En estas 
últimas obras, el autor adopta el yo como expediente narrativo: son narradores en primera 
persona. El yo que habla lo hace obsesivamente, incluso con incontinencia razonadora, 
suponiendo, completando. Esos narradores –profesores, periodistas, escritores– parecen 
sentirse obligados a contarnos una historia más o menos extensa, más o menos redonda. La 
juzgan interesante y, gracias a sus habilidades expresivas, se extienden con labia, con 
convicción. Es decir, los relatores de Cercas, al menos los más recientes, son capaces de 
explicarse largamente, de explayarse, de informar, de argumentar, de conjeturar; sobre todo de 
conjeturar: saben cosas de los otros, de los otros con quienes conviven o a quienes buscan, 
pero siempre saben pocas cosas, que son los hechos que nos detallan. Los destinatarios 
leemos lo que esos narradores han averiguado para nosotros, algo que se convierte en la 
historia que nos cuentan. La obra de Cercas –esta o aquella novela– es información ordenada 
y significativa; también lo ignorado, el repertorio de lo desconocido: lo que los relatores no 
saben con certeza, lo que sospechan, los hechos posibles que jamás podrán documentar, su 
sentido probable. En otros términos, las obras de Cercas son la suma de contingencias 
verificadas y de sucesos hipotéticos, presuntos, incluso probables, que completan el curso de 
los acontecimientos. Los narradores nos dicen lo que han descubierto para indicarnos 
inmediatamente lo que no saben e imaginan conforme avanzan en sus investigaciones. No es 
pereza: son pesquisas inevitablemente incompletas. Como la vida. Reconstruyen para nosotros 
el escenario de ciertos hechos y, como no pueden estar callados, hablan y añaden, atisbando, 
columbrando.
    Una vez que este personaje contemporáneo despierta su atención, una vez que aquel 
antepasado les interesa, los narradores de Cercas no se detienen: algo se dispara en su 
interior. Son escritores que quieren contar una buena historia, una historia terapéutica, de 
efectos reparadores o pedagógicos. Han podido atravesar épocas depresivas o han podido 
sobrevivir con neurastenias que los dejan inactivos. De repente, un acto o un hecho son el 
acicate que les devuelve las ganas, la vida o el interés, la expectativa y el futuro. Con obsesión, 
con entusiasmo se empecinan: los vemos deambulando a lo largo de las páginas como esos 
detectives que sólo viven para completar la escena del crimen, para relacionar los restos que 
subsisten, para conectar los indicios que permanecen y que cobran significado gracias a la 
atención que les prestan, gracias al cuidado y a la sutileza que demuestran. Cualquier huella 
real o presunta acaba siendo un reclamo y, por eso, lo que conocen les obliga a fantasear 
copiosamente: a vivir de nuevo. La pesquisa es la existencia que vale la pena, el esfuerzo que 
tiene recompensa: recompensa a medias... 
     En efecto, ese narrador que nos revela el curso de sus averiguaciones, que escribe la historia 
que estamos leyendo, es también el detective que nos detalla sus fracasos, esas lagunas que 
no podrá cubrir, esas dudas que no podrá despejar. Siempre le quedarán (y nos quedarán) una 
frustración sin alivio, un momento sin aclarar y un acto sin significado. Siempre quedarán gestas humanas o atrocidades igualmente humanas cuyo sentido se nos escapa. Eso ha de quedar dicho; eso ha de quedar expresado: las dificultades de contar, de averiguar, de escribir, de confirmar. Los narradores se entusiasman con su objeto, ya digo, y ven por todas partes alusiones y huellas, atisbos y restos. En la ficción, las historias pueden acabar sin cabos sueltos, con simetrías perfectas. En la vida real, todo queda a medias, imperfecto; todo es inevitablemente decepcionante. En las novelas de Javier Cercas, esa frustración que produce 
lo incierto o lo incompleto forma parte de la propia invención. La novela se presenta como la ficción que no es, como el relato real que ahora se nos cuenta. Por eso, en Cercas el recurso metanarrativo es parte esencial de sus procedimientos: quiero escribir una historia auténtica, sin invenciones ni novelerías, una historia acontecida de la que voy a precisar todo lo que pueda conocer. 
     Es una fórmula muy persuasiva: alguien que dice esto en primera persona, con un yo rotundo 
que confiesa lo que sabe y que no oculta lo que ignora, es o puede ser muy convincente. Si, 
además, el yo que habla tiene rasgos del autor empírico o, incluso, se llama como él («Javier 
Cercas»), entonces la ficción autobiográfica redobla el efecto. Creemos estar ante un relato 
real y creemos estar ante una autobiografía. En El vientre de la ballena, el narrador es profesor, 
como lo era su contemporáneo Javier Cercas: un profesor universitario con un futuro algo 
incierto. En Soldados de Salamina, la autobiografía presunta es explícita, pues el nombre del 
narrador coincide con el del escritor, lo que da fuerza histórica a lo relatado y certeza a lo 
contado. En La velocidad de la luz, quien habla en primera persona –alguien de quien no se 
dice el nombre– refiere cosas de sí mismo que coinciden con hechos que le han ocurrido a 
Javier Cercas. El lector descubre la intertextualidad obvia: en sus páginas se alude 
expresamente a los primeros libros de Cercas y se alude también aunque de modo indirecto a 
Soldados de Salamina.