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martes, 16 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "El Quijote de Trapiello". Fernando Aramburu


   En "El País":

El Quijote de Trapiello

La “traducción” del clásico puede servir para que muchas más personas puedan disfrutarlo


Tenía yo entonces 12 años. Cursaba bachillerato en un centro escolar regentado por frailes agustinos. El profesor de Lengua Española, bastante pegón, dispuso que los alumnos leyeran el Quijote. Ya había hecho otro tanto con el Poema del Cid (prosificado por Alfonso Reyes), La Celestina y el Lazarillo de Tormes, siempre en las ediciones populares de la colección Austral de Espasa-Calpe.
La técnica pedagógica de aquel docente era simple. El fraile repartía los ejemplares, anunciaba un plazo de lectura y sometía a los alumnos a un examen consistente en resumir por escrito el argumento del libro, lo que le permitía comprobar no tanto si los alumnos habían entendido la obra, como si la habían leído hasta el final. Yo no acabé el Quijote. No pude. No entendí nada. Estuve ojeándolo en mi casa con viva sensación de fracaso. Les tomé fila al protagonista, al autor, al libro de letra apretada, al que lo escribió y al que lo mandó leer.
Yendo y viniendo días, el azar y mi esfuerzo determinaron hacerme profesor de lo mismo, aunque sin sotana y con más vocación de servir a los alumnos que de meterles las letras con sangre, como postulaba (y practicaba) aquel bendito hombre a quien su Dios perdone como le he perdonado yo. Igual que fracasó él con su regla y su mano expeditiva, fracasé yo con mis buenas intenciones. Y tengo para mí que el libro de Cervantes, entonces como ahora, es un monte demasiado escarpado para que lo suba cualquiera, tanto da si dentro o fuera de los márgenes de la infancia.
Le reprocho a Andrés Trapiello que no hubiese nacido unas décadas antes de cuando lo parió su madre, de modo que su adaptación del Quijote al entendimiento de los actuales inexpertos me hubiese alcanzado con ocasión de mi primera lectura del libro, y aun después, cuando, siendo profesor, me habría venido de perlas su trabajo para introducirles el gusanillo de la lectura a mis alumnos.
Yo asocio al Quijote con un gozo considerable, no sólo literario; pero contengo ahora mi entusiasmo porque no dispongo aquí de espacio para derramarme en impresiones privadas. La circunstancia de que numerosas personas de lengua española materna que, pudiendo leerlo y, por tanto, gozarlo, no lo lean, no constituye un problema de la novela de Cervantes, sino un problema grave de esas mismas personas, que acaso ignoren lo mucho y bueno que se pierden.

Siendo profesor, me habría venido de perlas su trabajo para introducirles el gusanillo de la lectura a mis alumnos
Hay, según me han dicho, quien se avergüenza de reconocer en voz alta que no ha leído el Quijote. No se conoce más ortodoncia para ese diente negro en la formación cultural de los ciudadanos que la lectura gozosa del libro; pero no hay arreglo sin ortodoncista, y aquí es donde Trapiello, con su meritoria aportación, puede a buen seguro echar una mano.
Opino que su llamada “traducción” del Quijote a la lengua española moderna en modo alguno suplanta la versión original (que tampoco, empezando por la puntuación, es exactamente la que hemos venido leyendo los amantes de la novela). No es el de Trapiello un Quijote para lectores perezosos de consultar el diccionario o las copiosas notas explicativas, sino un acercamiento de estimable valor didáctico, por tanto una acertada y seductora invitación dirigida a tantas personas que han sentido alguna vez la frustración de no disfrutar con el Quijote o que se animarían a leerlo si supiesen de antemano que lo iban a entender. Nada obsta para que, subida con ayuda la mitad del monte, completen algún día la escalada por su cuenta.
No andan los índices de lectura en España como para menospreciar la aportación de Trapiello ni la de ningún otro que con altura de miras haga apetecible a los demás el trato con los libros. Anda, a mi parecer, el Quijote un sí es no es canonizado, con fama de Libro con mayúscula, y es una pena que, con tantas bromas y peripecias jocosas como contiene, le pongan una pátina antipática que no merece. No menos me rasca la paciencia la actitud del celoso persuadido de que la novela de Cervantes es cosa suya porque la conoce bien y se irrita cuando se la tocan. A mí, en aquellos lejanos días de colegial, la traducción de Trapiello me habría librado de un suspenso y de una bofetada.
Fernando Aramburu es escritor.

miércoles, 23 de julio de 2014

PRENSA CULTURAL. "Cinco consejos de Fernando Aramburu para escribir una novela sobre la marcha"

   En "elconfidencial.com":


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AA
Ya me gustaría a mí saber confeccionar decálogos, pero no soy montañero. Ni me ha sido dado escalar el Sinaí ni les profeso afición, en cualesquiera materias, incluyendo la estética, a las tablas de la ley. Si no dispongo de reglas, ¿cómo voy a ofrecer mandamientos? Lo único que tengo son recetas y acaso un método. Con ambos me las apaño mal que bien en la cocina literaria. Y para no hacer un feo a quienes me han pedido que descubra mis trucos de novelista, aquí van los pocos que conozco.
Pero antes una cosa. Considero legítimo concebir una historia, si no completa, al menos en sus partes principales, y luego trasladarla a texto. Así trabajaba Émile Zola, según me han dicho. O sea, que el experimentado novelista elaboraba un esquema del argumento, establecía de antemano la división de los capítulos, ideaba un desenlace, reunía notas y a continuación se lanzaba a redactar. En el proceso de veinte días despachaba la tarea.
Yo no trabajo (¿trabajo?) así. La naturaleza me hizo rumiante, parsimonioso, repasador, y llevo mi libro por dentro como las vacas. Conque mis pocas recetas para escribir novelas sin argumento previo alcanzan a lo sumo para un pentálogo. ¿Cómo transformar en páginas escritas una historia de la que uno no conoce sino las ganas de escribirla? ¿Cómo culminar tan peregrino proyecto sin confiárselo a la caprichosa y mal gobernable improvisación? Le revelaré a usted cinco arbitrios que me suelen ayudar a recorrer el camino.
Fernando Aramburu (EFE)Fernando Aramburu (EFE)
1.- Discurra lo primero de todo un motivo generador de episodios. He aquí el famoso hilo, tirando del cual se obtiene la madeja. Piense, si necesita modelos, en las maravillosas Crónicas de Indias. Llegan unos esforzados individuos a un territorio ignoto. Acto seguido, usted los pone a protagonizar en forma escrita, de acuerdo con una estructura (división en partes, proporción de los capítulos, turnos de los narradores, etc.), interesantes peripecias hasta el adecuado desenlace. O imagine a un hidalgo de pueblo que sale al campo, convencido de ser un caballero de novela, en compañía de un aldeano parlanchín. Haga que conversen y les sucedan aventuras, y burla burlando tendrá usted materia para al menos dos novelas.
2.- Adopte una perspectiva de la narración. O lo que es lo mismo, busque quien le cuente su novela. Puesto que hay mucha gente en paro, dé trabajo a más de uno; no sea cicatero. Evite el error de confundirse con sus narradores. No son usted. Usted no es Cide Hamete Benengeli. Menos humos. Elija con cuidado al personal, ya que un relato consiste por fuerza en la voz que narra.
3.- Obligue a su narrador o narradores a transmitir una determinada personalidad a la escritura. No me sea seco, copista de copistas, subalterno de los hábitos lingüísticos de su ciudad. Asigne a quien le cuente su novela algún estado de ánimo, sométalo a unas determinadas circunstancias, aun cuando el texto no mencione ni una cosa ni otra. Imagine, por ejemplo, que su narrador acaba de enviudar y está murrioso (o alegre), o que tiene nueve años y se expresa con candor infantil. Si no me cree, lea el Lazarillo, lea La plaza del Diamante, lea Pedro Páramo, y pregúntese por qué estos textos tienen un encanto especial.
4.- Escoja asimismo, en consonancia con la cláusula precedente, un registro lingüístico específico, si es preciso creado para la ocasión. Desconfíe de los comisarios de la literatura, aficionados a podar cuanto sobresalga de la estricta línea de sus certidumbres. No se crea la filfa del estilo transparente. Sea libre, denos algo que sin usted no habría existido en el mundo, no se resigne a escribir toda su vida como hablan Manolo y Pepi la del cuarto, ni siquiera en el supuesto de que usted sea Manolo o Pepi la del cuarto. Para hacer lo que hace todo el mundo, mejor apúntese a un coro.
5.- Pueble convenientemente su novela. No empiece sin haber suscitado en sus pensamientos cierta familiaridad con los personajes principales. Hágase el ánimo de que los conoce desde hace largo tiempo. Los secundarios ya se irán agregando por el trayecto. Puesto que no tiene usted prefijados el planteamiento, el nudo ni el desenlace, fíe la trama entera a las acciones, diálogos y pensamientos que se deriven de las relaciones que establezcan entre sí sus personajes. Considere que de dichas relaciones (sobre un fondo, claro está, de problema, conflicto, enigma, conquista o deseo por satisfacer) irá surgiendo paulatinamente su historia, la que usted, como sus lectores, desconocía al principio a pesar de ser el autor. No se preocupe si la referida historia le sale descompensada o defectuosa puesto que no actúa usted ante un público. Ya corregirá.
Colocados los utensilios y los ingredientes encima de la mesa, puede usted empezar a cocinar su novela. No olvide que se afana para otros. De no ser así, si prevé usted comerse su propio guiso, entonces olvide este pentálogo, haga lo que le salga de los...

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es autor de novelas como Viaje con Clara por Alemania (Tusquets, 2010) y de libros de cuentos como Los peces de la amargura (Tusquets, 2006). Su última novela, Ávidas pretensiones (Seix Barral), ganó el premio Primavera Breve 2014.

miércoles, 12 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Fernando Aramburu pone a prueba el humor de los poetas"

   En "elconfidencial.com":


AA
El deporte nacional en las fronteras de la narrativa de Aramburu es zarandear a los poetas. Lo hace con cariño, con cuidado, porque puede. A veces se le escapa un "es fácil escribir un poema cada fin de semana, pero una novela de 500 páginas no". Él fue uno de ellos y les abandonó para ocupar la página entera, mancharla de palabras, reventarla con el relato. Les dejó en la cuenta para dedicarse a la escritura: "La vocación me obliga a cuidar la obra, la profesión a producir", explicaba en alguna ocasión a este periódico.
¿Qué tiene que ver su pasado poético con que sea el nuevo Premio Biblioteca Breve, que otorga la editorial Seix Barral? El escritor donostiarra, afincado en Alemania desde hace más de 20 años, ha sido reconocido con este galardón -y 30.000 euros- gracias a la novela Ávidas pretensiones, en la que ajusta cuentas con el patético mundo de rivalidades, orgullos y culos enrojecidos de los poetas. Tres días, 29 poetas encerrados y criticándose sin piedad. Aramburu parodia hasta el ridículo el narcisismo de la tribu. Recuerden el desternillante Viaje con Clara por Alemania y tendrán la clave de humor que practica, cuando quiere, uno de los novelistas más poéticos en lengua española.
Mi relación con la poesía es la de un matrimonio conflictivo"Tengo una pelea constante con la poesía. Hay días en que nos congraciamos, hay otros en que nos tiramos los trastos a la cabeza, a la manera de esos matrimonios conflictivos cuyos cónyuges se pasan el día discutiendo, pero no pueden vivir separados. Creo que no hay una sola línea de mi obra literaria que admita ser definida sin tener en cuenta mi vinculación del momento con la poesía", ha dicho el autor, que hasta el momento ha publicado todas sus novelas con Tusquets, ahora sello hermano en Planeta.
Algo de aquel joven Fernando Aramburu queda en alguna parte del nuevo Fernando Aramburu. Leer cualquiera de las partes de la trilogía de Antíbula es suficiente para encontrar a un admirador de la palabra. En ese escenario imaginario, creado en claves realistas hace catorce años por el escritor vasco, narra la historia de las ideologías del siglo XX y lo hace sin ceñir lo poético a los versos. Además, no perdona a lo que se entiende como convencionalmente poético que carezca de humor. Aquel universo -nunca mejor dicho- se le quedó muy pequeño rápidamente. Aramburu quería contar.
Tengo la modesta certidumbre de que el humor y la poesía son incompatibles"No hay revancha con la poesía ni con los poetas, a pesar de lo que crea el jurado", dijo el autor en referencia a Pere Gimferrer y José Manuel Caballero Bonald. "Esta novela  no pretende ridiculizar la poesía. Tengo la modesta certidumbre de que el humor y la poesía son incompatibles y a los poetas a quienes se lo digo luego me citan a Quevedo y confirman mi teoría. El edificio poético no sostiene determinado vocabulario porque resta prestigio a la realidad, la desidealiza, la mancha, la hace fea y eso es contrario a la poética", añadió con el dardo tranquilo que suele manejar.
Habla el jurado
En el jurado se encontraba Eduardo Mendoza, maestro del género, que se adelantó a decir que "los escritores no pueden quedar peor que en esta novela". Se ha desmelenado, resume Mendoza. "Confieso que terminé la novela con una sonrisa torcida, porque además de divertir deja una reflexión sobre la naturaleza humana descarnada". Por su parte, la editora de Seix Barral, Elena Ramírez destacó la importancia de descubrir y apostar por la literatura de humor.
José Manuel Caballero Bonald y Pere Gimferrer se sintieron más señalados por la provocadora propuesta de Aramburu. Gimferrer reconoció encontrarse en una posición incómoda y cómoda con el libro, porque "yo escribo versos". Pero se atrevió a opinar que "si hay algo de lo que no trata la novela es de poesía, porque los que están implicados en ella no hacen literatura".
La vanidad no da para escribir una novela de 400 páginasEl poeta prefirió definirla como el relato de la vanidad humana, porque apenas son poetas y escritores. Pura poetambre, es decir, poetas hambrientos. Y avanzó en su análisis: "Estos escritores confunden la carrera literaria con el desarrollo de una obra. Escriben ante todo por vanidad". Aramburu rebatió esta opinión, porque considera que la vanidad es uno de los defectos más livianos de los que puede tener un hombre. "La vanidad no da para escribir una novela de 400 páginas".
Caballero Bonald explicó que se trata de "una novela realmente paródica, una comedia satírica, entre el esperpento, la caricatura y el sarcasmo". Destacó, además, su falta de respeto total "con el lenguaje y los personajes, lo que le da un aire insolente de crítica velada indirecta".
El humor es algo muy serio, ya lo ha demostrado en la novela a la que antes hacíamos referencia. "No se le perdona su incompatibilidad con la trascendencia. La liturgia, la filosofía, la metafísica, la tragedia no saben qué hacer con él", explica Aramburu. Payaso y poeta, novelista y payaso. En todo escritor conviven, al menos, dos personas. Uno sale a buscarle las historias al otro. El otro, espera a que éste se las sirva en su escritorio para darles sentido narrativo.
Las cosas del amor
Pero Aramburu también cuenta con recetario en verso de temas tan masticados como el amor: "Si el amor es dominio, domíname/ entre tus brazos, haz que sea una hoja/ en ellos, un remoto pedazo/ de primavera, sombra liviana./ Si el amor es muerte, mátame./ Fuera de tu vivir no hay vida", en El tiempo es un arcángel (1984). Y al hilo de su antología poética Yo quisiera llover (Demipage) este periodista le preguntaba cuál había sido la evolución de su poesía entre 1977 y 1993. Él, siempre sabio, respondió que el primer Aramburu era un chaval apasionado, ingenuo y coronado de rizos, que además gozaba de buena salud "y escribía como quien revienta cohetes". "El de los últimos poemas es un señor razonable, ingenuo pero sin rizos, que arrastra los achaques propios de su edad y escribe con calma y cincel".
En Ávidas pretensiones vuelve a recuperar una figura de la que no se desvincula: el lazarillo de Tormes, pero también una escena de cementerio (inevitable) e incluso una referencia al ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Admirador de los más jóvenes, como Isaac Rosa y Jesús Carrasco, y de los más veteranos, Rafael Chirbes, aseguró que el humor es para él una cuestión vital, que lo necesita para estar bien consigo mismo, que escribe habitualmente en los peores momentos vitales para frenar el fatalismo y el fanatismo. Y provocó al respetable: "Reto a cualquiera que lea este libro a que me diga que no ha esbozado una sonrisa en algún momento".

viernes, 8 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los justos", de Albert Camus. Fernando Aramburu

   En la revista "Mercurio":

No todo está permitido

FERNANDO ARAMBURU  |  MERCURIO 154 · TEMAS - OCTUBRE 2013

Estrenada en la posguerra, cuando muchos aún justificaban la violencia en razón de objetivos políticos, ‘Los justos’ ofrece una profunda reflexión sobre la inviabilidad moral del terrorismo
Atentado
Los justos. © ASTROMUJOFF
Albert Camus estrenó Los justos a finales de 1949 en el Théâtre Hébertot de París. No faltaron algunas reacciones y comentarios adversos. Visibles todavía en numerosas ciudades y pueblos los estragos de la guerra reciente, una parte de la intelectualidad occidental europea, incluyendo la francesa, sigue cerrada por entonces a la crítica del ideal socialista a partir de sus consecuencias. No pocos intelectuales que disfrutan de la amplia libertad de expresión que les garantiza la democracia desean para su país la dictadura soviética. Se niegan a admitir que un modelo social basado en un ideal de justicia equitativa pueda desembocar en un régimen sanguinario, con su tirano a la cabeza y sus servicios policiales consagrados por entero a la represión. Frente a la subordinación del hombre a las ideas, origen de tanto fanatismo, Camus propone una profunda reflexión moral sobre la base de que ninguna convicción, por nobles que sean su apariencia y su propósito, es justa si sirve de coartada para ocasionar daño al prójimo. ¿Lo es si quien se empeña en llevarla a la práctica sacrifica su vida en el intento?
Es esta una de las cuestiones esenciales tratadas en Los justos. La acción transcurre en Moscú, a principios del siglo XX. Cinco activistas de una organización revolucionaria (cuatro varones y una mujer) se han propuesto liberar al pueblo ruso por la vía de liquidar a los déspotas. La primera tentativa de matar a uno de ellos fracasa como consecuencia de un repentino escrúpulo del terrorista encargado de arrojar la bomba. En la calesa del gran duque, blanco del ataque, viajan dos niños. Una segunda tentativa, pocos días después, conduce a la muerte del referido aristócrata, así como a la detención, encarcelamiento y posterior ejecución del terrorista. El interés de Los justos acaso no radique hoy día tanto en sus componentes propiamente literarios, en absoluto desdeñables, ni en la psicología de los personajes como en las complejas cuestiones de índole moral que la pieza plantea y sobre las cuales el propio Camus se pronunciará por extenso en su obra inmediatamente posterior, El hombre rebelde.
¿Se puede crear una sociedad justa cometiendo asesinatos? No es difícil comprender que una sucesión mejor o peor organizada de crímenes constituye un ejercicio de pureza. Por lo general, los brutos, cuando se meten a arreglar el mundo a su manera, optan por este tipo de soluciones primitivas, equivalentes a una poda de seres humanos en vez de ramas. La idea básica consiste en llevar a cabo una selección, con el pensamiento de que al final la sociedad albergue solamente a los adeptos; esto es, a los puros.
La actividad criminal continuada es inviable si el activista no tiene cerradas todas las puertas de la culpa. La culpa no solo es un elemento desmoralizador, un obstáculo, un freno en el esfuerzo hacia el objetivo final, sino que implica el reconocimiento de que se ha actuado de forma reprobable. Alienta, por tanto, la conciencia de que no se ha tenido la razón, de que se ha estado sirviendo a ideas erróneas. Para evitar que la culpa disuada o paralice, el activista ha de tomar ciertas precauciones (y si no él, los encargados de lavarle el cerebro). Una de ellas consiste en la criminalización de la víctima, de tal manera que la acción violenta ejercida sobre ella adquiera desde el principio un componente de castigo o, en todo caso, de defensa propia. De este modo, toda culpa es de la víctima. Kaliayev, el encargado de lanzar la bomba contra el gran duque, no tiene duda de que está ejecutando un veredicto. Ni siquiera actúa por propia voluntad. Es un obediente que ve en sí mismo, por así decir, una víctima de la víctima, obligado por ella a matar y a exponerse a las represalias previstas para su caso por las leyes del zar.
La deshumanización del adversario preserva al terrorista de tentaciones compasivas. Para este, la víctima carece de rasgos faciales, de sentimientos, de vida familiar. Se mata a un hombre como se destruye un puente o se cortan los cables del teléfonoLa consiguiente deshumanización del adversario preserva al terrorista de tentaciones compasivas. Para este, la víctima carece de rasgos faciales, de sentimientos, de vida familiar. Se mata a un hombre como se destruye un puente o se cortan los cables del teléfono. Si la víctima hizo en el pasado alguna aportación positiva a la sociedad, no se le tiene en cuenta. Que al morir deje viuda y huérfanos apenas supone un daño colateral o, en todo caso, él ya estaba avisado, no debió meterse en política, qué significa su sufrimiento frente al de todo un pueblo, etc. La víctima es asesinada por lo que representa. Se dispara contra el uniforme, contra el cargo, contra la posición del funcionario en el entramado social, y puesto que la víctima es considerada parte integrante de un sistema injusto, se le hace responsable de cualquier acción, medida o consecuencia de dicho sistema. De nuevo la víctima es culpable; de nuevo el agresor imparte justicia.
Al formular su célebre frase: “Si Dios no existe, todo está permitido”, Iván Karamazov, personaje de Dostoyevski, no renuncia a su condición humana. Está, eso sí, persuadido de haberse quedado sin cimiento moral. ¿Quién le pedirá cuentas por sus vicios y pecados? ¿Para qué practicar la bondad si no hay recompensa? A los terroristas de Camus la condición humana les resulta indiferente. Si Dios no existe, piensan, nosotros ocuparemos su lugar. A partir de ese instante la justicia es absoluta y el reino de los cielos, la sociedad que se aspira a construir. Ahora ya no está todo permitido; ahora prácticamente no hay nada permitido salvo la entrega sin restricciones a la causa. Ni siquiera los niños son inocentes. Cualquier desviación, cualquier demora en el cumplimiento del plan, debe ser atajada sin miramientos.
Ningún personaje encarna de forma tan extrema esta radical postura como Stepan Fedorov, el más inmisericorde de todos. Stepan no tiene empacho en proclamar que no ama la vida, sino la justicia, y que concibe a esta por encima de aquella. Es comprensible que reproche a Kaliayev que no hubiera lanzado la bomba el primer día, cuando el gran duque viajaba en la calesa con su mujer y los dos niños. Pero, ya avanzada la obra, descubriremos en Fedorov una pulsión que los otros, verdaderos crédulos, no sienten: la sed de venganza. Las carnes de Stepan Fedorov están marcadas por el látigo de la ley y él quiere resarcirse a toda costa, caiga quien caiga. A la causa defendida por la organización, él agrega la suya personal, nacida del resentimiento.
Un rasgo, pues, de egoísmo al que a primera vista parece oponerse la renuncia total al interés propio de Kaliayev. “Nosotros”, afirma este personaje, “matamos para construir un mundo en el que nadie vuelva a matar nunca. Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra por fin de inocentes”. Tamaño sacrificio exige la anulación completa de los impulsos naturales del individuo. Poseído por el ideal, el individuo ya solo es un instrumento al servicio de la ortodoxia. Uno de dichos impulsos es el amor, que tanto Kaliayev como Dora, la única mujer del grupo, reprimen de común acuerdo. No hay felicidad posible sino después de cumplido el ideal. Solo entonces el amor deja de entorpecer y deshonrar la causa. Dora lo formula mediante una de esas frases de Los justos que cortan el aliento: “Los que aman de verdad la justicia no tienen derecho al amor”. Es, pues, coherente su decisión final de seguir los pasos del amado hacia el patíbulo. Al mismo tiempo entrevemos en su actitud de desprendimiento extremo un rasgo de egoísmo, mayor incluso que el de quien tan solo aspiraba a una reparación personal. Es el egoísmo de los que anhelan la salvación eterna.
Fernando Aramburu

viernes, 20 de septiembre de 2013

PRENSA. "Un día en la vida de Alemania". Fernando Aramburu

Fernando Aramburu

   En "El País":

Un día en la vida de Alemania

El novelista Fernando Aramburu hace un retrato de la vida cotidiana de los alemanes

 9 SEP 2013

Amanece un día laborable en una ciudad de Alemania. Al modo de quien cumple un rito, el ciudadano se encamina a la panadería del barrio. La fila de los que aguardan turno ante el mostrador llega hasta la calle. El ciudadano ha balbuceado un saludo al que nadie ha respondido. Los más cercanos le corresponden con una leve sacudida de la cara. Después del ciudadano llegan otros y ocurre lo mismo. La gente tiene sueño; no son estas, al parecer, horas de conversación.
Tras el mostrador acristalado y en las baldas de la pared, hay panes de muy diversas formas, ingredientes y sabores. Trasciende hasta la calle un olor tibio y pacífico. La panadería está provista de un horno eléctrico a la vista de los clientes. El ciudadano compra un panecillo con semillas de amapola, otro con semillas de sésamo, dos con pipas de calabaza y dos normales. ¿Para qué tantos? Es que si compra cinco la empleada le pone una marca con el sello en una tarjetita. Con diez marcas le regalan cinco panecillos.
Fuera, un perro atado a una argolla espera a que su dueño salga de la panadería. Se siente abandonado y gime. No pocas personas que llegan o se van le dirigen palabras de consuelo. Estas sí son, pues, horas de conversación, pero sólo con perros. El viejo dicho afirma que el perro es el mejor amigo del hombre. Puede ser. En cambio, no hay duda de que los alemanes son los mejores amigos de los perros. El ciudadano aconsejó hace poco a un extranjero que se comprara uno para facilitar su integración en la sociedad alemana.
Por fin sale el dueño del animal. Docena y media de pupilas le ruegan: haga algo, ¿no ve que está sufriendo? El dueño se aleja con el perro, que ahora mueve el rabo alegremente. El perro se detiene en un espacio de hierba, junto a la acera, para hacer sus necesidades. El dueño recoge los excrementos con una pequeña bolsa de plástico y los arroja, un poco más allá, a una papelera. Sólo entonces suspenden su vigilancia los que hacen cola a la entrada de la panadería.
Tras el desayuno, el ciudadano acude a una cita con el dentista. El que se ocupaba antes de sus dientes no le complacía y hoy visita por primera vez a uno que le han recomendado. La ley le permite elegir. Eso sí, desde que pidió hora hasta hoy han transcurrido siete semanas.
De pronto oye a su espalda un timbrazo. Mira al suelo y comprueba que, en efecto, uno de sus pies pisa el carril de bicicletas. En la calzada acaba de detenerse el camión de la basura. Hoy toca retirar desperdicios reciclables, metidos en sacos amarillos, y el papel viejo de los toneles con tapa azul. Mañana vaciarán el negro de la basura común y la semana que viene, el marrón con los desechos de jardín.
Calle adelante, se encuentra con un vecino, el cual está ojeando libros ante una estantería plantada en medio de la calle. El mueble consta de varias baldas protegidas por portezuelas de vidrio. El que quiera puede llevarse ejemplares a su casa y devolverlos o no después de leídos. Es la gente quien deposita los libros. Se trata de una especie de trueque. Me llevo un libro, dejo otro. Predominan las novelas. No hay posibilidad de hurto, puesto que nadie está obligado a la devolución. Lo habitual es que los anaqueles estén llenos.
El vecino se muestra quejoso. Cuenta que lo han sancionado con una fuerte multa por talar un roble de su jardín. Alguien ha tenido que irle con el cuento a la policía. El ciudadano le pregunta cómo es posible que lo multen por cortar un árbol de su propiedad. Es que el perímetro del tronco superaba los sesenta centímetros. Ah, bueno. Recela que lo ha denunciado el vecino de enfrente, a quien él amonestó días atrás por usar el cortacésped pasadas las ocho de la tarde.
El ciudadano toma el tranvía. Un billete sencillo cuesta 2,20 €. Le sale más barato comprar un abono para todo el mes. Al rato, una chica sentada a su lado se levanta con ostensible precipitación. Resulta que un hombre fornido, que parecía un pasajero de tantos, es el revisor. La chica trata de alejarse en la esperanza de alcanzar la siguiente parada sin que le hayan reclamado el billete que no tiene. Pero los revisores controlan en pareja. Uno ha entrado por una puerta, el otro por la otra, así que no hay escapatoria para la chica. La conminan a bajar. En el andén le tomarán los datos. Tendrá que pagar una multa de 40 €. Si ha reincidido, más.
Al llegar al consultorio del dentista, el ciudadano presenta su carné del seguro de enfermedad. Meses atrás habría debido pagar 10 € de tasa de visita, pero el actual gobierno ha suprimido la norma porque a los seguros les va de perlas. Tampoco le cobran como antes por quitarle el sarro. El dentista intenta persuadirlo a que se haga dos implantes. El ciudadano dice que se lo pensará. Los dos que le pusieron en el otro consultorio no le salieron baratos.
De nuevo en la calle, llama su atención un grupo numeroso de niños en el patio de un colegio de enseñanza primaria. Un policía uniformado imparte una clase de educación vial. Los alumnos deben sortear obstáculos montados en su bicicleta. El policía da instrucciones y anota los puntos conseguidos por cada niño. Entre estos hay uno en silla de ruedas. Claro que no puede participar en los ejercicios; pero tampoco permanece aislado del grupo. El policía lo ha puesto al cargo de la paleta de señalización.
Va para un año que el ciudadano se jubiló. A fin de agregar unos euros a los ingresos de la pensión y porque no le agrada la idea de estar todo el día mano sobre mano, trabaja unas pocas horas de conserje por la tarde. Cobra cerca de 400 € mensuales. El trabajillo lo consiguió a través de una agencia de "minijobs".
A las cinco ya ha terminado. Para compensar el tiempo que ha permanecido sentado acostumbra dar un paseo alrededor del lago, que está a diez minutos de su parada del tranvía, dentro del casco urbano. Por el camino, lo aborda el encargado de un puesto de propaganda electoral. El puesto consiste en una mesa adornada con globos y carteles que muestran la cara sonriente de algunos candidatos. Le pregunta si ya tiene decidido a quién votará. Le dice que sí sin entrar en mayores explicaciones. El hombre le entrega varios prospectos en los que puede leerse un resumen del programa electoral y le regala un bolígrafo con los colores y el logotipo de su partido. El ciudadano, al doblar la esquina, deposita la propaganda política en una papelera con el gesto de quien introduce su voto en la urna. El bolígrafo, en cambio, se lo queda.
A las seis y media acude, como todos los jueves, al gimnasio. Asesorado por el monitor, hace su tabla de ejercicios adaptada a su edad y complexión física. Coincide con otros jubilados y eso le da confianza y amortigua su sentido del ridículo. Incluso ha trabado amistad con uno de los visitantes. Acabada la sesión de gimnasia, gustan de compartir un vaso de cerveza en el bistró de la esquina. Al salir comprueban que ha empezado a llover. El ciudadano dispone tan sólo de su gorra para protegerse de las gotas frías. Podría esperar a que escampara, ya que se ven algunos claros azules sobre los tejados del fondo; pero él cena siempre a los ocho en punto, viendo las noticias de televisión, y entonces decide marcharse a casa aunque llegará calado.
Tras las noticias, el ciudadano duda entre mirar un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, una tertulia sobre las próximas elecciones o un concurso de preguntas relativas al cuerpo humano. A las once, desconecta el televisor, saca a la calle el tonel negro de la basura y se acuesta. Abre entonces el cuaderno donde acostumbra anotar sus impresiones de la jornada y escribe: “Hoy ha sido un día satisfactorio, sin acontecimientos memorables, pero también sin accidentes ni problemas. Un día normal, tan tranquilo como este país en el que por suerte ha transcurrido mi vida. Constato complacido que por vez primera en la Historia vivimos en paz con todos nuestros vecinos, con los del Norte y los del Sur, con los del Este y los del Oeste, y aunque nos quejamos (yo el primero) porque nos gusta mucho quejarnos y porque el paraíso en la Tierra no existe, hay que reconocer, en honor a la verdad, que nos va bien. Precisamente porque nos va bien pecamos un poco de pusilánimes. Sí, nos da miedo pensar que de repente, por una razón o por otra, todo pudiera venirse otra vez abajo”. El ciudadano cierra el cuaderno y apaga la luz.

martes, 6 de diciembre de 2011

PRENSA. "Carta a los escritores vascos", por Fernando Aramburu

Fernando Aramburu

   En "El País":
LA LITERATURA ANTE LA VIOLENCIA

Carta a los escritores vascos

FERNANDO ARAMBURU 05/12/2011

   "Me equivoqué. Lo siento", dice el escritor Fernando Aramburu en esta misiva. Lo hace en respuesta al revuelo que ha causado una entrevista mantenida con EL PAÍS en la Feria de Guadalajara, donde obtuvo el Premio Tusquets por una novela que recrea los inicios de ETA. Su titular fue: "Los escritores vascos no son libres, están subvencionados".

   Tengo una convicción: la de que, con contadas excepciones, los escritores, intelectuales y, en fin, las personas que en Euskadi ejercen el oficio de expresarse en público no han, no hemos, estado a la altura de nuestra historia reciente. El otro día, en Guadalajara (México), no supe transmitir esto ni con ecuanimidad ni con templanza y he ofendido, por lo que desearía puntualizar y disculparme. Se conoce que todavía me turba la enorme pena que durante años he sentido al ver sufrir a gente conocida y desconocida a mi lado. Razonar con objetividad en tales circunstancias es difícil, pero acaso resulte más útil a los ciudadanos el error de quien dice lo que piensa (y además está dispuesto a reconocer que se equivoca) que el silencio de costumbre.
   Ninguna mano ajena pulsa las teclas de mi ordenador. Yo me expreso a título personal. No opino al servicio de los intereses de partidos, instituciones o grupos de poder. Soy escritor, me preguntan, respondo. Ni siquiera resido en España. Podría consagrarme con total comodidad al ejercicio diario de la indiferencia; pero no puedo y no quiero por cuanto, a pesar de la lejanía geográfica, me reclaman intensamente el rechazo del terrorismo y la compasión con las víctimas.
   Las palabras difundidas en la prensa días atrás junto a mi nombre no son directamente mías, sino resultado de la transcripción, el resumen y el corta y pega del periodista de turno. Ya solo el titular que se me atribuye tira de espaldas. "Los escritores vascos", dice sin matizaciones. Ni siquiera "algunos" o, estirando la goma, "numerosos". Y a continuación un reproche que en realidad iba en otro lugar de mi reflexión.
   Así y todo, reconozco que hablé sin humildad. Pido por ello perdón. No me sirve de excusa alegar que el coloquio transcurría por cauces humorísticos ni que la ocasión del mismo era la entrega de un premio literario, con todo lo que esto conlleva de desenfado cuando no se desea incurrir en maneras ceremoniosas o solemnes.
   Cayó de pronto, en un ambiente de sonrisas, la pregunta. Dicha pregunta presuponía una tesis: la de que los escritores (entiéndase los novelistas) en lengua vasca han tratado poco el tema de ETA. Comparto dicha tesis a medias. Hay una balda en mi biblioteca bastante poblada de novelas escritas por autores euskaldunes que tocan de frente la cuestión, algunas con dedicatoria afectuosa. También hay otras en las que la cuestión del terrorismo se aborda de forma lateral, con abundancia de subterfugios, en pasajes sueltos y como de puntillas para no molestar.
   La razón es el miedo en unos, la complicidad con los causantes de dicho miedo en otros. Que el miedo estaba justificado queda fuera de toda duda. Que el miedo es incompatible con la libertad, también. En Euskadi han muerto a tiros ciudadanos que opinaban por escrito en los periódicos. Otros recibieron un paquete-bomba. Particularmente habituales eran las llamadas telefónicas con intención amenazante. En Euskadi ha sido frecuente ver periodistas y profesores de universidad con escolta. En mi ciudad, la librería Lagun fue repetidamente atacada. El final del cantante Imanol parte el alma de los hombres de buena fe. No es fácil olvidar las notables ausencias, los sonoros silencios, del gremio literario durante los actos de apoyo a los periodistas, libreros y demás representantes culturales atacados.
   Y, sin embargo, no se deduce de ello por fuerza que los escritores ausentes fueran insolidarios o se mostraran impasibles ante el dolor ajeno. Me faltan dedos en las manos para contar las ocasiones en que he escuchado, durante la conversación privada, en voz baja, a escritores euskaldunes reprobar la violencia que no reprobaban en público. Me consta que otros han dejado de colaborar en periódicos no nacionalistas o han declinado invitaciones a colaborar en los mismos por presiones de eso que ha dado en llamarse el mundo abertzale. Claro que nada de esto o muy poco trasciende a la realidad oficial, pero a nada que uno dé un paseo por la zona se tropieza más pronto que tarde con la triste verdad.
   Llamativo es el número de novelas en lengua vasca cuyas tramas se sitúan en ciudades y países lejanos. Por supuesto que el escritor es o debe ser libre para elegir sus personajes, sus marcos narrativos y lo que se le antoje. Es, además, admirable que el euskera viaje literariamente por el mundo en vez de limitarse al canto costumbrista. Pero cuando un dato abunda constituye una característica y es entonces inevitable tenerlo en cuenta en el diagnóstico.
   Un escritor vasco en lengua española tiene más fácil la escapatoria por cuanto puede desarrollar una carrera editorial fuera de Euskadi. Un escritor euskaldún, no, y esto yo no lo supe explicar el otro día cuando mencioné subvenciones, ortodoxias, disimulos y demás procedimientos humanos, demasiado humanos, de supervivencia. Por lo visto pisé un hormiguero. Aunque desde entonces me han llovido algunos insultos, me daría con un canto en los dientes si después de mi intervención temperamental ocurriera el milagro: que las zonas de silencio en Euskadi empezaran a vaciarse de escritores y hubiera un intercambio de pareceres, quizá un debate con las debidas formas de cortesía. Nada de esto quita para reconocer que la semana pasada me equivoqué y que lo siento.

viernes, 2 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Fernando Aramburu, ganador del premio "Tusquets de Novela" 2011

Fernando Aramburu

   En "El País":
ENTREVISTA: FERNANDO ARAMBURU Premio Tusquets de Novela 2011
"Los escritores vascos no son libres, están subvencionados"

LUIS PRADOS - Guadalajara - 01/12/2011

   El escritor Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ganó el martes la séptima edición del 'Premio Tusquets' por su novela Años lentos, en la que, a través de las experiencias de un niño, recrea el nacimiento del grupo terrorista ETA. El fallo del premio, dotado con 20.000 euros, se hizo público en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).
   El jurado del premio, formado por Juan Marsé, Almudena Grandes, Juan Gabriel Vásquez, Rafael Reig (ganador en 2010) y Beatriz de Moura, valoró "la narración dickensiana de una infancia en los años sesenta en el País Vasco" y el que Aramburu ofrezca una brillante reflexión en la que el recuerdo personal y la memoria colectiva se unen en un turbio trasfondo de complicidades con la violencia etarra. Aramburu no tiene pelos en la lengua en señalar esas complicidades, empezando por la Iglesia católica, y en criticar el silencio de tantos escritores vascos sobre la violencia de ETA: "Están subvencionados, no son libres".
   Años lentos se publicará simultáneamente en México, Argentina y España en febrero de 2012. El escritor, que reside en Alemania desde 1985, anticipa que la novela podría ser la primera de una serie sobre el País Vasco que conoció de cerca hasta que se marchó.

   Pregunta. Nació en 1959 el mismo año que ETA. En Años lentos habla del papel de los curas de barrio en el origen de aquello.
   Respuesta. Desde pequeño me he confrontado con el fenómeno de ETA. Los curas de barrio de los que hablo, trasunto de otros que he conocido, aprovechaban su poder sobre las conciencias de los vecinos para introducir ciertas semillas políticas que germinaban en determinados chavales. Había una selección previa. Yo, por ejemplo, no cumplía los requisitos. Empecé a aprender a tocar el txistu pero el cura me retiró del grupo de forma sibilina sugiriendo a mis padres que aprendiese a tocar el tamboril, lo cual era un descenso de categoría. Los que sabían euskera podían aprender a tocar la guitarra.
   P. ¿La Iglesia es responsable de lo que vino después?
   R. La responsabilidad de la Iglesia es grande. Hay una tarea de esclarecimiento y de explicación por hacer. La Iglesia tiene una pregunta pendiente que aún no ha respondido, la de su implicación en la ideologización de unos jóvenes que acabarían empuñando las armas.
   P. ¿Cómo eran los sicarios, como se dice aquí en México, de ETA?
   R. Había dos tipos diferenciados. El primero es el independentista de casa, al que su familia alienta el odio hacia lo español desde pequeño y está imbuido de la idea de que el pueblo vasco es una víctima. Pero hay otro tipo de sicario que es el inmigrante o hijo de inmigrante que trata de integrarse mediante la militancia. Hay muchos, basta con ver la nómina de ETA.
   P. La novela transcurre en la San Sebastián de los años sesenta. ¿Cómo era entonces?
   R. Quienes vivíamos en San Sebastián teníamos la ventaja de que en media hora estábamos al otro lado de la frontera y podíamos comprar libros, prensa o música prohibida en España. Era una ciudad con orgullo cosmopolita que mantuvo el festival de cine, inauguró el de jazz... tenía el deseo de ocupar un lugar en el planeta. Luego esto se perdió, sobre todo en la década 1977-1987 y el nacionalismo tuvo una responsabilidad en esa pérdida.
   P. Al recibir el premio ha dicho que los escritores vascos no son libres. ¿Por qué?
   R. No lo son porque están subvencionados, forman parte de la campaña de promoción del idioma. En el País vasco se mantiene la ficción de que existen lectores en euskera y por tanto es necesario el apoyo oficial. La subvención tiene un doble peligro: te permite ser escritor pero sabes que si te sales del camino te pierdes parte del pastel. A Bernardo Atxaga le tengo un gran afecto, es una excelente persona, pero ha tocado el tema de ETA de manera metafórica, sin nombrar lo evidente: el sufrimiento y la sangre. No es un hombre libre y trata de complacer a unos y a otros.
   P. Amores lentos coincide con el final de lucha armada anunciado por ETA.
   R. ETA es una organización creada para ejercer la violencia. Esa violencia perdura aunque no actúe. Ahora se nos pide que tengamos confianza en personas que han matado a 800 seres humanos, a lo cual me niego. ETA no se disuelve porque es su única carta para presionar por la liberación de los reclusos. Disolución a cambio de presos es la clave del final.
   P. ¿Cree necesario una especie de proceso de desnazificación en el País Vasco?
   R. Sería útil, pero difícil porque primero hay que derrotar a ETA y eso aún no ha ocurrido. Ahora parece que la izquierda abertxale quiere participar en el juego democrático, lo que es un paso en esa desnazificación.