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jueves, 12 de mayo de 2016

POESÍA. "Ajeno", de Claudio Rodríguez (1934-1999)



Ajeno
Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

martes, 24 de marzo de 2015

POESÍA. "Un bien". Claudio Rodríguez (1934-1999)


UN BIEN (De Alianza y condena)

A veces, mal vestido un bien nos viene;
casi sin ropa, sin acento, como
de una raza bastarda. Y cuando llega
tras tantas horas deslucidas, pronto
a dar su gracia, no sabemos nunca
qué hacer, ni cómo saludar, ni cómo
distinguir su hacendoso laboreo
de nuestra poca maña. ¿Estamos sordos
a su canción tan susurrada, pobre
de notas? Quiero ver, pedirte ese oro
que cae de tus bolsillos y me paga
todo el vivir, bien que entras silencioso
en la esperanza, en el recuerdo, por
la puerta de servicio, y eres sólo
el temblor de una hoja, el dar la mano
con fe, la levadura de estos ojos
a los que tú haces ver las cosas claras,
lejanas de su muerte, sin el moho
de su destino y su misterio. Pisa
mi casa al fin, recórrela, que todo
te esperaba. Yo quiero que tu huella
pasajera, tu visitarme hermoso
no se me vayan más, como otras veces
que te volví la cara, en un otoño
cárdeno, como el de hoy, y te dejaba
morir en tus pañales luminosos.

lunes, 23 de marzo de 2015

POESÍA. "Amanecida". Claudio Rodríguez (1934-1999)


AMANECIDA (De Alianza y condena)

Dentro de poco saldrá el sol. El viento,
aún con su fresca suavidad nocturna,
lava y aclara el sueño y da viveza,
incertidumbre a los sentidos. Nubes
de pardo ceniciento, azul turquesa,
por un momento traen quietud, levantan
la vida y engrandecen su pequeña
luz. Luz que pide, tenue y tierna, pero
venturosa, porque ama. Casi a medio
camino entre la noche y la mañana,
cuando todo me acoge, cuando hasta
mi corazón me es muy amigo, ¿cómo
puedo dudar, no bendecir el alba
si aún en mi cuerpo hay juventud y hay
en mis labios amor?

viernes, 20 de marzo de 2015

POESÍA. "Sin leyes". Claudio Rodríguez (1934-1999)


SIN LEYES (De Alianza y condena)

          'Ya cantan los gallos,
          amor mío. Vete:
          cata que amanece'.

                            Anónimo

En esta cama donde el sueño es llanto,
no de reposo, sino de jornada,
nos ha llegado la alta noche. ¿El cuerpo
es la pregunta o la respuesta a tanta
dicha insegura? Tos pequeña y seca,
pulso que viene fresco ya y apaga
la vieja ceremonia de la carne
mientras no quedan gestos ni palabras
para volver a interpretar la escena
como noveles. Te amo. Es la hora mala
de la cruel cortesía. Tan presente
te tengo siempre que mi cuerpo acaba
en tu cuerpo moreno por el que una
una vez más me pierdo, por el que mañana
me perderé. Como una guerra sin
héroes, como una paz sin alianzas,
ha pasado la noche. Y yo te amo.
Busco despojos, busco una medalla
rota, un trofeo vivo de este tiempo
que nos quieren robar. Estás cansada
y yo te amo. Es la hora. ¿Nuestra carne
será la recompensa, la metralla
que justifique tanta lucha pura
sin vencedores ni vencidos? Calla,
que yo te amo. Es la hora. Entra y un trémulo
albor. Nunca la luz fue tan temprana.

jueves, 19 de marzo de 2015

POESÍA. "Cielo". Claudio Rodríguez (1934-1999)


CIELO  (De Alianza y condena)

Ahora necesito más que nunca
mirar al cielo. Ya sin fe y sin nadie,
tras este seco mediodía, alzo
los ojos. Y es la misma verdad de antes
aunque el testigo sea distinto. Riesgos
de una aventura sin leyendas ni ángeles,
ni siquiera ese azul que hay en mi patria.
Vale dinero respirar el aire,
alzar los ojos, ver sin recompensa,
aceptar una gracia que no cabe
en los sentidos pero les da nueva
salud, los aligera y puebla. Vale
por mi amor este don, esta hermosura
que no merezco ni merece nadie.
Hoy necesito el cielo más que nunca.
No que me salve, sí que me acompañe.

miércoles, 18 de marzo de 2015

POESÍA. "Ajeno". Claudio Rodríguez (1934-1999)

Claudio Rodríguez

   Ayer, 17 de marzo, el 'Instituto Cervantes' rindió homenaje a uno de nuestros mejores poetas, Claudio Rodríguez, al cumplirse cincuenta años de la aparición de su libro Alianza y condena.
   Este es uno de sus poemas:

AJENO

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

martes, 7 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Sobre la literatura de Castilla y León (2), por Gustavo Martín Garzo. "Don de la ebriedad", de Claudio Rodríguez

Gustavo Martín Garzo

El hilo de oro (reportaje en Babelia)

Don de la ebriedad
Claudio Rodríguez, 1953

   Claudio Rodríguez se enfrenta en este libro al gran problema de la literatura mística: cómo expresar lo que por propia naturaleza es inexpresable. Don de la ebriedad es un libro que entronca con san Juan de la Cruz y que hay que leer como un solo poema. Un poema que habla de la claridad y que sin embargo se torna oscuro a medida que lo leemos, y deja de ser inteligible, como si la poesía no estuviera tanto en lo que decimos sino en lo que no podemos decir. Sólo tenía diecisiete años cuando lo escribió, es uno de los grandes milagros de nuestra literatura.

Claudio Rodríguez

Un poema de Don de la ebriedad:

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!

Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

martes, 30 de noviembre de 2010

POESÍA. "Largo se le hace el día...", de Claudio Rodríguez (1934-1999)

Claudio Rodríguez
Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

sábado, 21 de agosto de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". POESÍA. "Un milagro llamado Claudio Rodríguez, por Javier Rodríguez Marcos

El poeta Claudio Rodríguez en 1998.- GORKA LEJARCEGI ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Un milagro llamado Claudio Rodríguez

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 14/08/2010

Murió hace más de una década, pero la presencia del autor de Don de la ebriedad en la poesía española no ha dejado de crecer. Escritores y críticos recuerdan al poeta coincidiendo con la aparición de una antología de su obra

Si hay un poeta tocado por el genio en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX ese es Claudio Rodríguez. Ajeno a escuelas y generaciones (por más que no falte en ninguna de las antologías del grupo del 50), sin antecedentes claros y sin descendientes casi, la lectura de sus poemas produce la sensación de ir escribiéndose sin esfuerzo delante de los ojos del lector, de que el sonido de las palabras contiene ya su propio sentido, de que, por fin, forma y fondo son una misma cosa. Las cosas de un poeta innato que, laboriosamente, escribe en estado de gracia.
Pero si la obra de Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999) es un milagro, milagrosa es también su presencia dentro de la literatura española. Lejos de pasar por el limbo al que la muerte condena por un tiempo a la mayoría de los escritores, su desaparición hace más de 10 años no hizo sino acrecentar su presencia. Esta vez la poesía no pagó la factura de la falta del poeta. En 2001 Tusquets publicó su poesía completa y tres años más tarde hizo lo propio con sus escritos en prosa. Poco después la 'Fundación César Manrique' reuniría en Poemas laterales los textos que el autor dejó fuera de los cinco poemarios que publicó en apenas cuatro décadas de escritura. A Don de la ebriedad (Premio Adonais en 1953), que le ganó para siempre un sitio en la historia de la literatura sin haber cumplido siquiera los 20 años, le seguirían Conjuros (1958), Alianza y condena (1965), El vuelo de la celebración (1976) y Casi una leyenda (1991). Hasta el libro inacabado que tenía entre manos cuando murió, Aventura, tuvo una edición facsímil en la editorial 'Tropismos'. Con buen juicio, su viuda lo había dejado fuera de las poesías completas.
"Claudio Rodríguez nunca publicó, quizás ni siquiera escribió -o más bien nunca terminó- un solo poema que no fuese la perfección misma". Lo dice Philip W. Silver, hispanista estadounidense de la Universidad de Columbia y amigo del poeta, que acaba de publicar Rumoroso cauce, un volumen que reúne ensayos sobre Claudio Rodríguez a cargo de los principales estudiosos de su obra (entre otros, Ángel L. Prieto de Paula, Luis García Jambrina, Fernando Yubero), cartas inéditas escritas por él entre 1979 y 1992 y una particular antología comentada por poetas como Antonio Carvajal, Carlos Marzal, Miguel Casado, Ángel Rupérez o Luis Muñoz.
Compañero de generación de Francisco Brines, José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma, su influencia directa ha sido mucho menor que la de cualquiera de ellos. Acaso porque la personalidad de su poesía, de producir algo, produciría imitadores, no seguidores. Ángel L. Prieto de Paula, autor de La llama y la ceniza (Universidad de Salamanca), un estudio ya clásico sobre la obra del poeta zamorano, lo explica así: "Es un autor imprescindible y único, pero no central (en el sentido de autor que señala pautas o que crea escuela). Central es Gil de Biedma -que hispaniza la poesía "prosaica" de tradición posromántica inglesa y moderniza la postura verlainiana-manuelmachadiana- pero no él. Su singularidad es indisputable".
¿En qué consiste esa singularidad? Para Vicente Gallego, poeta y autor de Alto jornal (Renacimiento), una amplia antología de la obra de Claudio Rodríguez, la poesía de éste es "un milagro del equilibrio: halla su mejor decir a medio camino entre lo lírico y lo narrativo". Y añade: "Sabe sostenerse sobre la delgada línea que separa lo racional de lo irracional; participa del aliento más alto y se nos manifiesta terrestre, casi campesina. En su entonación andan juntas la hondura de Quevedo y la gracia aleve de Garcilaso; el misterio de San Juan y el desgarro de Manrique".
A ese árbol genealógico se ha añadido muchas veces el surrealismo por lo que sus poemas tienen de irreductibles a la razón escueta, por más que se hundan en su biografía: de la soledad de sus escapadas adolescentes al asesinato de su hermana. "Su irracionalismo", dice Prieto de Paula, "no se expresa con las ilaciones verbales, la matraca surreal; en él las palabras persiguen experiencias del espíritu: y si 'no se entienden' es porque no siempre se llega hasta dicha experiencia: hay que bajar el muro o comprar una escalera más alta". Gallego abunda en esa idea: "Resulta imposible leer a Claudio Rodríguez desde fuera, desde la razón, desde la inteligencia. Es más, su poesía no creo que pueda leerse, más bien se participa de ella".
Ajenos tanto a la figuración más narrativa como al hermetismo más abstracto, varios poetas nacidos en los años sesenta han ido tejiendo una obra que, por otros caminos y sin imitarla, busca la misma tensión natural que la de Claudio Rodríguez. "No ha creado escuela pero siempre será una referencia", apunta Prieto de Paula. Vicente Gallego y Miguel Ángel Velasco serían dos de ellos. Otro, muy diferente a los anteriores, es Juan Antonio González Iglesias, que habla de "musicalidad ininterrumpida" para referirse al autor de El vuelo de la celebración. En él hay, dice, "una maestría lograda que, por el hecho mismo de ser maestría, no se nota. El artificio desaparece. El lenguaje sucede mientras se sucede". González Iglesias apunta además dos claves para explicar el universo de un creador que decía haber escrito su primer libro memorizándolo durante caminatas que duraban días por los campos de Castilla. Esas claves son: naturaleza y pueblo. "Pueblo: esto es fundamental. Esa estirpe de poetas, muy cultos, es capaz de conectar con el pueblo porque nunca han dejado de serlo. No tiene nada que ver con lo vulgar (pueblo y vulgo son antónimos). Tampoco con la clase media. No son poetas de clase media (hay muchos en España): ni por ideas ni por idioma. Lo que se nota en la poesía de Claudio es el pueblo. Quienes lo conocieron en persona confirman que a la mínima se juntaba con la gente sencilla, se perdía entre ellos".
Fernando Beltrán, que lo conoció, da testimonio del carácter campechano de alguien que prefería la vida de barrio a la vida literaria: "Era un ser excepcional, en todos los sentidos. En el personal, un ser tierno y entrañable, con los ojos muy abiertos y una curiosidad permanente. En lo poético, un asombro. Para mí, es el gran poeta español del siglo XX, un siglo que generó en España un enorme puñado de nombres excepcionales, pero dentro de ellos hubo dos tocados por un ángel especial: Federico García Lorca y él".
Para Beltrán, cuya obra tiene una clara vertiente de compromiso social, la obra de Claudio Rodríguez es no sólo el testimonio de una contemplación, también una máquina de agitar conciencias. "Estamos en derrota, nunca en doma", dice un verso del poema Lo que no es sueño. Miguel Ángel Velasco, que también conoció al poeta, es rotundo en ese sentido: "La lectura de Claudio Rodríguez, como la de García Calvo, fueron para un servidor casi las últimas experiencias de poesía viva en español contemporáneo, antes de que el mercado terminase de convertir a sus plumíferos en figuras decorativas desvividas por imponer su marca personal, en un gremio egotista, obediente y acrítico. Claudio era un apasionado de visitar los mercados, allá por donde iba, de vibrar con las mercaderías, y luego anotaba aquello de el arco iris de la piel de trucha; no tuvo tiempo de ver el coletazo final de la pescadilla, de comprobar hasta qué punto el mercado ha terminado por engullir a sus incipientes cantores".

Rumoroso cauce. Nuevas lecturas sobre Claudio Rodríguez
Edición de Philip W. Silver.
Páginas de Espuma.
Madrid, 2010.
368 páginas. 24 euros.

martes, 17 de agosto de 2010

POESÍA. "Sin leyes", de Claudio Rodríguez (1934-1999)

Claudio Rodríguez
SIN LEYES
                    Ya cantan los gallos,
                    amor mío. Vete:
                    cata que amanece.
                                          Anónimo

En esta cama donde el sueño es llanto,
no de reposo, sino de jornada,
nos ha llegado la alta noche. ¿El cuerpo
es la pregunta o la respuesta a tanta
dicha insegura? Tos pequeña y seca,
pulso que viene fresco ya y apaga
la vieja ceremonia de la carne
mientras no quedan gestos ni palabras
para volver a interpretar la escena
como noveles. Te amo. Es la hora mala
de la cruel cortesía. Tan presente
te tengo siempre que mi cuerpo acaba
en tu cuerpo moreno por el que una
vez más me pierdo, por el que mañana
me perderé. Como una guerra sin
héroes, como una paz sin alianzas,
ha pasado la noche. Y yo te amo.
Busco despojos, busco una medalla
rota, un trofeo vivo de este tiempo
que nos quieren robar. Estás cansada
y yo te amo. Es la hora. ¿Nuestra carne
será la recompensa, la metralla
que justifique tanta lucha pura
sin vencedores ni vencidos? Calla,
que yo te amo. Es la hora. Entra y un trémulo
albor. Nunca la luz fue tan temprana.

                                 II
            (Sigue marzo)
                                            Para Clara Miranda

Todo es nuevo quizá para nosotros.
El sol claro-luciente, el sol de puesta,
muere; el que sale es más brillante y alto
cada vez, es distinto, es otra nueva
forma de luz, de creación sentida.
Así cada mañana es la primera.
Para que la vivamos tú y yo solos,
nada es igual ni se repite. Aquella
curva, de almendros florecidos suave,
¿tenía flor ayer? El ave aquella,
¿no vuela acaso en más abiertos círculos?
Después de haber nevado el cielo encuentra
resplandores que antes eran nubes.
Todo es nuevo quizá. Si no lo fuera,
si en medio de esta hora las imágenes
cobraran vida en otras, y con ellas
los recuerdos de un día ya pasado
volvieran ocultando el de hoy, volvieran
aclarándolo, sí, pero ocultando
su claridad naciente, ¿qué sorpresa
le daría a mi ser, qué devaneo,
qué nueva luz o qué labores nuevas?
Agua de río, agua de mar; estrella
fija o errante, estrella en el reposo
nocturno. Qué verdad, qué limpia escena
la del amor, que nunca ve en las cosas
la triste realidad de su apariencia.

viernes, 19 de marzo de 2010

POESÍA. "Espuma", de Claudio Rodríguez (1934-1999)

Claudio Rodríguez

Espuma
Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.

martes, 16 de marzo de 2010

POESÍA. "Ajeno", de Claudio Rodríguez (1934-1999)

Claudio Rodríguez
Ajeno
Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.