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miércoles, 21 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Ni siquiera tres", por Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":
Ni siquiera tres

FERNANDO SAVATER 20/12/2011

   La relevancia mediática de la Feria del Libro de Guadalajara y su indudable carisma cultural la convierten en objeto de deseo para muchos políticos mexicanos, sobre todo en vísperas electorales como las actuales. Los unos se presentan en ella acompañados por alguno de esos libros hagiográficos que les preparan sus asesores (en España ocurre igual) y otros a pecho descubierto, para responder las preguntas de prensa y público. El último en comparecer fue Enrique Peña Nieto, candidato del PRI y favorito en la carrera presidencial, que a estas alturas probablemente lamenta no haberse quedado en casa.
   Tuvo la mala suerte de tropezar en la cuestión más sencilla: un periodista de "El Mundo" le preguntó cuáles eran los tres libros que más habían influido en su vida. Peña Nieto se enredó en explicaciones ininteligibles y azorados circunloquios, para finalmente mencionar La Silla del Águila con autor equivocado (Enrique Krauze en lugar de Carlos Fuentes) y la Biblia, aunque con la modesta acotación de que no la leyó entera (omitió quizá los abundantes pasajes escabrosos). Después, ejem, silencio. Como la prensa es maliciosa y el público burlón, esta muestra demasiado minimalista de erudición le ha convertido en el hazmerreír más popular del día. Que no se preocupe excesivamente, mañana habrá otro.
   El episodio ha probado sin lugar a dudas que Peña Nieto no es lo que suele llamarse un lector asiduo y voraz. Comprendo su agobio cuando me pongo en una situación parecida, imaginando que alguien me preguntase el nombre de tres guardametas de la actual Liga española de fútbol. Pero más allá de la rechifla por esta laguna cultural, se nos plantea una pregunta seria: ¿consideramos realmente imprescindible que un mandatario político haya leído mucho o por lo menos algo, digamos tres libros? ¿Son todavía los libros indispensables para alcanzar competencia en ese campo o basta con memorizar cifras, escuchar a los expertos y los domingos acariciar benévolamente la cabeza de los niños?
   En contra del eslogan propagandístico de finales del franquismo, un libro no siempre ayuda a triunfar. Y menos tres. A veces desprestigia ante los colegas, como ocurría en el caso de algunos asilvestrados compañeros de armas del general Gutiérrez Mellado, que maldecían de él: "¡Si será maricón que ha escrito un libro!". Hoy estamos ya desengañados de gobernantes que a las primeras de cambio citan a los clásicos con tino incierto y alardean de vacaciones literarias pero luego fracasan cuando llega la hora de tomar decisiones para sacar al país de los atolladeros. Los ciudadanos quizá les perdonen que lean a economistas, sociólogos o científicos de pelo en pecho, pero, por favor, que se dejen de poetas. A fin de cuentas siempre estamos en el mismo diagnóstico: que vivimos malos tiempos para la lírica...
   Ciertamente la afición a la lectura no es garantía de habilidad en la gestión de la cosa pública ni de tino para afrontar las crisis más urgentes. Y sin embargo, carecer de interés por los contenidos que atesora nuestra tradición intelectual tampoco es precisamente un buen síntoma. Se reclaman ahora Gobiernos de técnicos, de expertos prácticos capaces de pilotar los Estados desde el marasmo de los números rojos hasta las cuentas saneadas. Pero ¿entienden realmente la dimensión humana de los problemas que afrontan? Si aspiramos a una regeneración, ¿no consistirá más bien en volver a poner la economía al servicio de las personas en lugar de sacrificar las personas al saneamiento de la economía? ¿No fueron más bien humanistas y no meros tecnócratas los propugnadores de la Unión Europea, como antes que ellos quienes proclamaron los derechos humanos o las constituciones que a uno y otro lado del Atlántico quisieron garantizarlos de modo efectivo?
   No, desconocer a quienes narraron los anhelos y angustias de nuestra vida, a quienes nos recuerdan de dónde venimos y adónde quisimos ir, no es buena señal. Aunque solo sea porque, como dijo Charles Péguy, el periódico de ayer ya se quedó viejo pero Homero siempre es joven.

sábado, 24 de julio de 2010

PRENSA. "La Nación Balón", de Fernando Savater

Fernando Savater
En "El País":
La Nación Balón


FERNANDO SAVATER 22/07/2010

Cierto día algún osado preguntó a Leo Messi por sus preferencias literarias y el pequeño gran hombre repuso: "Una vez quise leer un libro y a la mitad no pude más". Le comprendo perfectamente, a mí me pasó lo mismo cuando intenté ver en televisión un partido de fútbol. Ni su confesión deroga la lectura ni desde luego la mía el fútbol. Todo entusiasmo que nos subleva contra la muerte y sus rutinas merece aprecio. Cuando su prosaico amigo comerciante preguntó a Stendhal para qué servía la cúpula de San Pedro del Vaticano que tanto acababa de encomiarle, el escritor repuso: "Sirve para conmover el corazón humano". Ese objetivo siempre debe ser tenido por noble, aunque como los humanos somos afortunadamente distintos nuestros corazones tengan diferentes preferencias emocionales...
Pero sin duda lo que establece cierta superioridad de la lectura sobre otras aficiones es que nos permite disfrutar virtualmente con lo que en la práctica nos aburre. Por ejemplo, yo lo paso muy bien leyendo la emoción futbolística de buenos escritores, como Javier Marías (Alfaguara acaba de reeditar ampliada su colección de artículos Salvajes y sentimentales), Juan Villoro o el genial y divertidísimo rosarino Roberto Fontanarrosa. Los lectores más jóvenes (aunque ¿qué buen lector no permanece siempre joven?) seguirán con gusto la senda iniciática de un portero de la selección ganadora del mundial -aunque no sea Iker Casillas- en El portero de la selva de Mal Peet (Ed. Salamandra), relato en el que se combinan épica y fantasía. Claro que tampoco viene mal curarse de idealizaciones excesivas de este deporte multimillonario y enterarse de sus bajos fondos, revelados en Juego Sucio. Fútbol y crimen organizado, de Declan Hill (Ed. Alba), un documento que ha llevado a muchos profesionales ante los tribunales y que decidió a Michel Platini a crear un departamento anticorrupción en la UEFA. Por mi parte, nunca olvido que en King Lear (acto 1, escena 4) se pone en su sitio a un atrevido bribón llamándole "vil futbolista", aunque no hay traductor que se atreva a perpetuar literalmente el dicterio. No deja de ser divertido que lo que en tiempos de Shakespeare fue insulto hoy se vea convertido en el destino profesional más universalmente envidiado...
Y luego está toda la fanfarria esa de los colores nacionales, la bandera y el patrioterismo de balón. Antes de ir más allá recomiendo la lectura de El hígado de Shakespeare, un cuento de Francisco López Serrano incluido en su libro de igual título editado por DVD. Trata de un joven español, español, que elige un pub londinense lleno de hooligans para ver un partido entre las selecciones de España e Inglaterra: una fábula a lo Chesterton que hace primero reír y luego pensar. Pues bien, cuentos aparte, el triunfo en el mundial ha propiciado en muchos una especie de envidia por la coherencia y capacidad de colaboración mostradas por el equipo nacional, tan añoradas en los demás terrenos de juego social, mientras que otros ven en el entusiasmo popular ante nuestros colores la realidad auténtica de un país que se quiere y se siente de una pieza en contra de las permanentes políticas disgregadoras de los separatistas. Puede que "el menos acertado de los artículos constitucionales" sea el que reclama "la indisoluble unidad de la nación española" -acabo de enterarme leyendo un reciente editorial de este periódico- pero lo cierto es que la mayoría de los ciudadanos son tan ingenuos que sigue valorándolo por encima de los demás.
Sin embargo, ese aprecio por lo que tenemos en común (frente al estúpido regodeo en lo que Freud llamó "el narcisismo de las pequeñas diferencias") no suele ir políticamente más allá de celebrar júbilos folclóricos. Sabido es que las victorias encuentran muchos más jaleadores que las derrotas comprensivos solidarios: entiendo la reserva escéptica del maduro entrenador ante el domingo de ramos que le tributan quienes quizá se hubieran apresurado a crucificarle en otras circunstancias. Como los londinenses enfrentados por barrios en El Napoleón de Notting Hill de Chesterton, necesitamos un adversario exterior para sabernos habitantes de una misma ciudad. Y nuestra unión se sustenta más en estandartes y clamores jubilosos que en la defensa razonada de derechos y garantías compartidas. En El miedo a los bárbaros, Tzvetan Todorov señala que en nuestras democracias acomodadas hay más personas dispuestas a defender con su vida una trinchera dando vivas a la patria eterna, al honor, a la libertad o a otras entidades igualmente abstractas y glamurosas (por ejemplo, la selección nacional de fútbol) que en arriesgar el pellejo cuando llegue el caso vitoreando a la seguridad social, a la educación general obligatoria o a la igualdad de los ciudadanos ante la ley, conquistas prosaicas y devaluadas por carencias burocráticas. En España sobran héroes a la hora gloriosa de los laureles, pero hay déficit de ciudadanos para respaldar y reclamar las obligaciones comunes del día a día...
Nuestro momento triunfal en el universo futbolístico tuvo lugar 24 horas después de la manifestación en Barcelona contra la sentencia del Estatut, la mayor concentración reaccionaria en la Ciudad Condal (100.000 personas según los cómputos no publicitarios) desde aquella que pidió el "diálogo" con ETA tras el asesinato de Ernest Lluch, organizada por los mismos. La tentación de contrarrestar una demostración de irredentismo manipulador nacionalista con clamores no menos oportunistas que pretenden fundar la Constitución en el gol de Iniesta puede ser irresistible para los trivializadores de la política pero en sí mismo es insano y triste. No podemos jugarnos el Estado a los penaltis...
Y no nos engañemos, es del Estado de lo que se trata y no de la nación. En un Estado democrático puede haber muchas naciones, sean culturales o sociales. Nuestros clásicos hablaban de "la nación de los peces" y "la nación de los pájaros", de modo que bien puede haber la nación de los catalanes o de quien se apunte después. En cambio lo que Cataluña no puede ser en las presentes circunstancias es una nación política, como afirma Zapatero (que en estas cuestiones dice lo que sabe pero no sabe lo que dice), porque eso equivale a Estado nacional y esa casilla ya está ocupada por España... con Cataluña incluida, claro. Las naciones son a veces cosa de sentimientos, pero los Estados son instituciones y tienen su reglamento legal llamado Constitución. Eso es lo que mejor o peor ha recordado la sentencia del TC, que con todos sus fallos y ambigüedades es menos confusa, tramposa e intervencionista que el Estatut mismo que ha debido considerar.
Las instituciones pueden cambiarse, claro que sí, porque los balones botan y los ciudadanos votan. Dentro de tres meses hay elecciones en Cataluña y es el momento de que los partidos que quieran cambiar el modelo de Estado lo propongan de forma explícita e inequívoca, para que sepamos cuántos ciudadanos catalanes están a favor de esa aventura. Lo bueno de los votantes es que son más fáciles y precisos de contar que los manifestantes. Si existe una mayoría de respaldo a una propuesta concreta, será el momento de plantear una reforma constitucional a quien puede hacerla: no los partidos con su toma y daca ni por la puerta trasera de estatutos de autonomía que falsean su papel, sino al conjunto de los ciudadanos españoles, que son los sujetos políticos de la soberanía nacional. Por derecho el sí o el no, sin echar balones fuera.

Fernando Savater es escritor.

martes, 3 de marzo de 2009

PRENSA. 3 MARZO 2009

En "El País":

1. Como los zorros en la historia de Sansón. Artículo del escritor israelí David Grossman sobre el conflicto entre palestinos y judíos.

2. La cultura ya es de masas. Reportaje. Títulos de calidad se cuelan entre los 'best sellers' y películas y series taquilleras son avaladas por la crítica. ¿Se acortan distancias entre la élite y el gusto popular?

3. Educadores asociales. Artículo de Fernando Savater.

martes, 17 de febrero de 2009

PRENSA. 17 febrero 2009

Hoy, en "El País":

1. El místico de la generación del 27. Una antología rescata al místico Juan Larrea, pionero del surrealismo. reportaje.

2. A la buena de Dios. Artículo de Fernando Savater.