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jueves, 12 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Así se fotografiaron los espectaculares paisajes fractales de 'La isla mínima'"

   En "verne.elpais.com":

Así se fotografiaron los espectaculares paisajes fractales de 'La isla mínima'

Héctor Garrido, fotógrafo del CSIC, colaboró con Alberto Rodríguez en la creación de las imágenes de Doñana y las marismas del filme



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La primera vez que Alberto Rodríguez llamó a Chiqui no sabía que era Héctor Garrido. El director de cine había recopilado las imágenes aéreas de las marismas del Guadalquivir que durante 20 años un fotógrafo de la Estación Biológica de Doñana había disparado desde una avioneta en sus vuelos para censar aves. Cuando se dio cuenta de que Chiqui y Garrido eran la misma persona recordó que su amistad se remontaba años atrás. “Este es el chiste del asunto”, cuenta el fotógrafo a Verne. La isla mínimala gran triunfadora de la reciente edición de los premios Goya, comenzó entonces a tomar forma.


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Alberto Rodríguez comenzó a construir la estética de su película con imágenes de Garrido que encontró en internet. "Lo primero que me enseñó fue un rudimentario montaje en PowerPoint con fotos que había sacado de mi libro 'Armonía fractal de Doñana y las marismas' (Lunwerg)", explica. Lo siguiente fue abrir al cineasta la puerta de su archivo con medio millón de esas espectaculares imágenes aéreas que se han convertido casi en emblema del filme. La selección final que aparece en los créditos iniciales sale de la inmersión de Rodríguez en este almacén.FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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El resto de fotografías que se intercalan en planos intermedios de la película se incorporaron después de que Héctor Garrido se bajara de la avioneta con la que recorre una vez al mes Doñana y las marismas fuera del territorio protegido. "Casualmente los días de rodaje me tocó documentar la zona", recuerda. Solo él y su equipo tienen el permiso de aviación civil para realizar vuelos científicos que sirven para gestionar el parque.
Además de conseguir estas espectaculares fotos aéreas, Garrido es el único censador de aves que trabaja en las alturas. Primero tuvo que entrenarse en tierra con un simulador de vuelo -"un juego de ordenador", dice- que genera bandadas de aves al tamaño que más confusión provoca en los especialistas. Cuando se sube al avión, solo puede recurrir a sus ojos. "En el último censo de unas tres horas y media, a unos 160/200 kilómetros por horas, cubrimos unos 500 kilómetros en Doñana y contamos casi 500.000 aves", explica. Desde tierra, un equipo con telescopios y prismáticos realiza el mismo trabajo. Después se comparan los datos. "El índice de error es despreciable en términos estadísticos", asegura Garrido. "Así, durante los últimos 40 años hemos desarrollado un sistema y metodología para conseguir la base de datos científicos sobre aves más larga y exhaustiva de España".
FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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El trabajo de Héctor Garrido no se limitó a disparar, tenía que dotar a las imágenes de movimiento. El mismo que ve cada día en las marismas. Cada 15 días visitaba la sala de montaje. "Con la ayuda de los diseñadores fui puliendo los efectos virtuales para que las aves batieran las alas de manera correcta y las turbulencias del agua fuera reales", relata. "Alberto siempre contó con mi aprobación". FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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La tercera función que el fotógrafo tuvo que realizar fue la de guía. Garrido se convirtió en cicerone para que el equipo de la película no tuviera problemas durante el rodaje. "Tenía un poco de miedo de que a esa gente de ciudad poco acostumbrada a caminar por el campo les ocurriera algo", explica con mucha humildad. 'La isla mínima' se ha grabado en la isla mayor del Guadalquivir, un territorio de unas 15.000 hectáreas, tamaño similar al de muchas ciudades. "Es un absoluto laberinto de cientos de kilómetros y caminos de los que muchos no conducen a ninguna parte", explica. "Perderse es lo más habitual y de noche más normal todavía sobre todo si no tienes cobertura, como sucede en esta zona".FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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Esos rebuscados paisajes que compiten en protagonismo con la trama de la película conforman lo que el fotógrafo denomina armonía fractal. El lenguaje de la naturaleza. "Desde pequeños nos enseñan la geometría euclidiana, es decir, la de las líneas rectas y las curvas perfectas: el cuadrado, el triángulo, el rombo, el círculo, el diámetro, el radio...". Formas artificiales, las únicas a las que recurre el hombre para construir. "La naturaleza no sabe escribir con esa gramática, igual que el ser humano no sabe hacerlo con la de la naturaleza". FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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"Ya sea en dimensiones pequeñas o más grandes, la naturaleza repite siempre los mismo patrones". Las ramificaciones que aparecen en las fotografías de Garrido se pueden trasladar a una escala menor, la de un árbol y sus ramas que se multiplican en otras más pequeñas. Incluso a los nervios de una hoja. "Sin ir tan lejos, las venas de nuestro cuerpo son estructuras fractales". FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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"Mi teoría es que de alguna manera nacemos con un pensamiento fractal como los animales, pero durante la educación nos cincelan el cerebro hasta que hablamos con este otro lenguaje", opina Garrido. Su trabajo es de los escasos ejemplos artísticos que no solo usan sino que además reclaman este tipo de composición y lenguaje fotográfico. FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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"La isla mínima' y mis fotografías han demostrado que la gente puede entender lo que ve aunque de alguna manera en su educación primaria le hayan intentado borrar estos referentes fractales", asegura. "Gusta aunque no se sepa muy bien por qué". FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
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Para el fotógrafo la película aporta una nueva visión del territorio de Doñana y de las marismas que se encuentran fuera del área protegida. "Un nuevo y honrado acercamiento", especifica. "La vida allí es tan dura como cuenta 'La isla mínima'. Más allá del idílico Doñana, al otro lado de la valla del parque nacional, hay un mundo hostil. Conviven en el espacio y el tiempo". FOTO: HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)
HÉCTOR GARRIDO (EBD/CSIC)

lunes, 9 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. CINE. El escritor Jesús Carrasco escribe sobre "La isla mínima"

Fotograma de "La isla mínima"

   En "Babelia":

El horizonte

Jesús Carrasco sobre 'La isla mínima' 

Hace unos años, al poco tiempo de trasladarme a vivir a Sevilla, quise llegar en moto a Sanlúcar de Barrameda recorriendo los caminos de la margen izquierda del Guadalquivir. Me perdí y, como no llevaba mapa, durante mucho tiempo me sentí dentro de un laberinto porque muchos de los carriles terminaban en un canal o en un cañaveral y era preciso regresar a la bifurcación para volver a intentarlo con otra vía.
En mi pequeña aventura, que concluyó felizmente en Bajo de Guía, con el coto verdeando al otro lado del río, pude ver cómo un carguero se desplazaba cadencioso sobre la llanura. Las torres de contenedores se movían en silencio por encima de los árboles ribereños. A media tarde di con un chamizo con tejado de uralita donde servían, en medio de la nada, albures y pato. Al volver a casa, traté de reconstruir mi recorrido en un mapa de la zona y entonces supe que había viajado, entre otros parajes, por territorios próximos a Isla Mayor, Isla Menor e Isla Mínima, una gradación que me pareció cautivadora y que desde entonces quedó asociada a aquella peripecia cargada de visiones extrañas.

Es una película dominada por el horizonte, esa línea donde, según se narre, el cielo cae sobre la tierra como una guillotina
Jesús Carrasco
Más de diez años después he vuelto a aquellos lugares, pero esta vez, en el cine. Salí de ver La isla mínima con el corazón en un puño: por su intensidad dramática, por su potencia visual y por las excelentes interpretaciones. Y lo que es mejor, la película permaneció conmigo durante muchos días, algo que, cuando sucede, refuerza en mí las ganas de leer, de ver cine o de escuchar música porque esa permanencia es síntoma de que algo propio, y a menudo oculto, ha sido desvelado.
Ignoro por qué Babelia me ha llamado para hablar de esta película. Quizá es porque su director es sevillano y yo, que llevo ya diez años en esta ciudad, casi también lo soy. No lo sé. Lo cierto es que la propuesta me ha gustado particularmente porque he encontrado en ella algunos de los referentes narrativos que más me interesan.
Si tuviera que destacar solo dos, el primero sería, sin duda, la presencia sustancial del paisaje y su influencia en los personajes. Cómo, en este caso, el curso bajo del Guadalquivir condiciona la vida de quienes lo habitan hasta hacernos creer que esta historia solo puede ser contada de esta manera. Es una película dominada por el horizonte, esa línea donde, según se narre, el cielo cae sobre la tierra como una guillotina o, a la inversa, es la tierra la que parece evaporarse con la intención de incorporarse a lo sutil.
Otro aspecto a señalar sería la intensidad dramática. La isla mínima no es una de esas obras que te encandilan dulcemente, que te cogen de la mano y, sin darte cuenta, te has pasado casi dos horas sin moverte de la butaca. La isla mínima te agarra de la solapa y te arrastra a empujones y te pone delante de la cara lo que no quieres ver y así, a puñetazos, te abandona en la salida del cine y tú vuelves a casa magullado pero agradecido.
Volveré a viajar hacia el sur, a lo que en su día fue el delta del Guadalquivir. Volveré a perderme en sus caminos sin salida y a comer albures, o pato, o lo que se tercie, en alguna venta remota. Volveré a cegarme con la luz resplandeciente de nuestro Misisipi mágico. Volveré a Isla Mínima, pero nunca más será lo mismo porque su color será ya para siempre el de esta película enorme.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Las reglas del misterio". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Las reglas del misterio

En ese margen tan estrecho del thriller se mueve 'La isla mínima' de Alberto Rodríguez


Una escena de 'La isla mínima', de Alberto Rodríguez, en las marismas del Guadalquivir.
El enigma policial es una forma narrativa perfecta, tan cerrada sobre sí misma como un soneto, o como una sonata clásica de piano, tan reiterativa y tan flexible como el blues. El enigma policial suele suceder en la contemporaneidad de su escritura, y por lo tanto acarrea de manera natural todos los materiales de lo inmediato y lo cotidiano, pero al mismo tiempo su forma procede de algunos de los arquetipos narrativos más antiguos y más universales: el cuento del tesoro perdido, el del héroe errante que ha de descifrar acertijos sucesivos y superar pruebas gradualmente más difíciles. Como cualquiera de los géneros de la literatura popular y del cine, el enigma policial (el thriller, el pollar, el giallo, el film noir: un indicio de su atracción es la variedad y la belleza de los términos que lo nombran) ha de atenerse a normas muy estrictas, casi todas ellas codificadas por Edgar Allan Poe en Los crímenes de la calle Morgue:un hecho atroz, casi siempre un asesinato, sucedido en circunstancias extrañas, por un culpable que ha desaparecido dejando solo algunos indicios muy dudosos; un investigador muy inteligente, con dotes de observación muy superiores a quienes lo rodean, con alguna rareza en su carácter, porque él mismo también es un misterio; un proceso de búsqueda guiado por la agudeza del detective, que atraviesa en su indagación diversos escenarios y medios sociales, y va encontrando a su paso enigmas añadidos, sospechosos posibles, y superando peligros, algunos de ellos mortales; una solución a la vez rotunda y sorprendente, que deje maravillado al espectador o al lector, al trastornar por completo sus expectativas.
El esquema de Poe resaltaba las cualidades intelectuales del detective y el rigor del proceso de descubrimiento, como en un juego de alta precisión. Por la misma época, en Francia, la novela popular por entregas, el folletín barato que hacían posibles las nuevas tecnologías de la impresión, mezcla la figura del investigador con la del héroe justiciero que protege a los débiles y revela la corrupción y la hipocresía de los poderosos. Del Dupin de Poe vienen Sherlock Holmes y el insufrible Poirot de Agatha Christie. Los héroes del folletín francés inspiran en una cierta medida a los detectives privados de la novela policial y el cine americano, y a través de ellos a tantos que han venido después, y que rara vez me parece que estén a la altura de los más grandes y más originales: el agente sin nombre de la Continental y Sam Spade; el sarcástico y entristecido Philip Marlowe; el padre Brown de Chesterton, que lleva lo más lejos que puede la sugestión de lo maravilloso y lo sobrenatural para desmentirla luego con una clave razonable; el comisario Maigret, que resuelve los casos menos por deducción que por empatía, por puro conocimiento desengañado y cordial de la naturaleza humana.

Queremos que el abuso se remedie, que el crimen sea castigado, que esté clara la divisoria entre culpables e inocentes
El género policial seduce de manera inmediata porque es una metáfora de los procesos del conocimiento, de nuestro deseo de averiguar lo que está oculto y de nuestro instinto de equidad. Nos atraen los misterios, a condición de que puedan resolverse. Queremos que las historias tengan un final claro. Queremos que el abuso se remedie, que el crimen sea castigado, que esté clara la divisoria entre los culpables y los inocentes. Queremos historias que nos cuenten cómo es de verdad el mundo y queremos, con la misma intensidad, que nos cuenten un cuento. Queremos que las historias nos sorprendan, pero queremos también, más de lo que nosotros mismos imaginamos, que nos cuenten lo mismo que ya sabemos, lo que nos han contado antes.
Esa serie de exigencias incompatibles entre sí limitan la libertad de invención del narrador más todavía que los códigos formales. Contar historias policiales, lo mismo en el cine que en la literatura, es como escribir poemas sometiéndose a reglas métricas y estróficas muy rigurosas, que no pueden forzarse más allá de un cierto punto. Pero las normas, al mismo tiempo que imponen límites, también ofrecen posibilidades, y la presión formal a la que someten la inspiración es un acicate y un desafío para ella. Robert Frost decía que escribir poemas sin reglas era como jugar al tenis sin red. El riesgo de la norma está en el tedio de lo predecible: esos sonetos que se parecen exactamente a cualquier otro soneto; esos personajes de la novela o del cine de misterio que son estereotipos agotados; esas sorpresas de la trama que hasta el espectador más distraído adivina mucho antes de que lleguen. A Raymond Chandler, que ponía tanto cuidado en los argumentos de sus novelas como en su estilo, le exasperaba la dificultad de crear buena literatura teniendo que someterse a las normas del género.
Pero cómo brilla el género cuando se hace con solvencia técnica y con inspiración, con rigor y poesía. El enigma propulsa la trama al mismo tiempo hacia atrás y hacia delante: hacia la inquietud de lo que vendrá a continuación, hacia el descubrimiento de lo que sucedió antes del comienzo de la historia. Los materiales desordenados y convulsos de la realidad se organizan en una composición gradualmente inteligible. El héroe vence, de una cierta manera, porque averigua el misterio, pero también es vencido, porque la injusticia y la maldad del mundo tienen poco remedio. El arco de la historia se cierra al final, con precisión geométrica, pero al mismo tiempo deja un espacio en blanco, que es el continuará de los folletines y de los tebeos antiguos.
He disfrutado todos los pormenores del thriller viendo La isla mínima, de Alberto Rodríguez. Quizás llega un momento en que uno prefiere los misterios policiales en el cine o en las series de televisión más que en la literatura. Veía la película en la hermosa amplitud de una pantalla de cine, al mismo tiempo dejándome seducir por la fuerza poética y narrativa de las imágenes y fijándome en el modo en que la historia unas veces se atiene a las normas estrictas del género y otras las tensa para ir algo más allá, para abarcar, en torno al hilo de la indagación, la crónica de unos años precisos y de una cierta situación social, en un paisaje natural tan prodigioso como el delta del Misisipi que lo convierte todo en alucinación visual y mitología. En un relato de género queremos que las convenciones necesarias se cumplan y queremos también que no resulten evidentes. Pero eso es siempre lo que le pedimos al arte: que se parezca a lo imprevisible y a lo vibrante de la vida y a la vez que tenga un orden y una forma de los que la vida carece. Queremos misterios inauditos que desafíen la comprensión y queremos que esos misterios se aclaren, a ser posible de manera súbita y chocante, porque las explicaciones demasiado complejas nos aburren tanto como las previsibles. Queremos que se cumplan nuestras expectativas y al mismo tiempo que se nos desmientan.
En ese margen tan estrecho del thriller se mueve la historia de La isla mínima. El resultado es deslumbrante, a la altura de las reglas tan estrictas y tan prometedoras del juego. Y eso por no hablar de la sensación perturbadora de encontrarse uno sumergido en la atmósfera exacta de 1980, de ver todos los detalles sensoriales del pasado con una fidelidad inaccesible para la memoria…