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miércoles, 4 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. Clara Usón sobre "Valor", su última novela

   En "El País":
CLARA USÓN

“La narrativa de Cervantes era más osada que la de hoy”

'Valor', la séptima novela de la escritora, pone en jaque los valores en los ámbitos político, religioso y económico

 Barcelona 1 NOV 2015  

  • La escritora Clara Usón. / MASSIMILIANO MINOCRI


    Hubo un momento que, al menos en España, parecía que las cosas se podían cambiar “a base de valor y de valores como el honor, la hombría que decían entonces, la dignidad, el respeto, la cultura…”. Clara Usón llegó a esta conclusión tras creer que había hallado el germen de su última novela, historia corta sobre alguien con claroscuros: la de un pariente lejano, Luis Duch, “señorito comunista con final trágico pero heroico que participó en el glorioso fracaso” de la revolución de Jaca de 1930, la que, encabezada por el joven e idealista militar Fermín Galán, había de traer la República a España en 1930. “Me pregunté qué le había llevado a esa entereza final ante el pelotón de fusilamiento, a estar tan enamorado de sus ideales, a ser un santo laico: ¿La desesperación? ¿La dignidad? ¿Y qué era eso? Y todo en un ambiente en el que girar la situación de podredumbre de España, de descrédito institucional como el de hoy, se veía bien posible, que es justo la sensación contraria a la de ahora: nada se puede cambiar ante la inexorabilidad de los mercados. ¿Dónde quedan los ideales?”.
    En ese choque creció la idea de poner en jaque el valor y los valores en el ámbito político (a través de la historia de Galán), en el religioso (vía el triste papel de un fanático monje franciscano croata en el campo de concentración de Jasenovac en la segunda guerra mundial) y en el económico (encarnada en una directora de una sucursal de un banco que vendió preferentes sin escrúpulos a diestro y siniestro, madre incluida). El resultado es Valor (Seix Barral), séptima novela de Usón (Barcelona, 1961) tras su celebrada La hija del Este (premios de la Crítica y Ciutat de Barcelona entre los cinco que cosechó) y que, ella sí cargada de valor, la ofrece además en un ejercicio de feliz pero alto riesgo técnico mezclando personajes y planos de espacios y tiempos sin interrupción.
    Define su pariente Duch en la novela que “El héroe es el que muere por nada”, enunciado que parece hoy, al menos, tragicómico: “El único valor absoluto imperante es el dinero; todo lo medimos por ese parámetro, desde la natalidad hasta la cultura: yo misma no sólo tengo la responsabilidad de escribir una buena novela sino también de que venda”. Sin dinero, prosigue la autora, “eres un paria, un marginado, por ello hay que conservar muy mucho el trabajo, que ya no basta que esté bien hecho sino que ha de genera gran valor económico”. Viviendo, pues, asustados, “hoy no hacemos más que aceptar humillaciones y al entrar en el trabajo colgamos en el perchero el abrigo y los valores morales… Ahí está el escándalo de las preferentes”. En uno de esos juegos de planos contrapicados, las reflexiones de Galán sobre transformar el mundo “con un puñado de pistolas, un manojo de ideas y valor a raudales”, se lee, chocan, punto y seguido, con la esperanza de la hija de la exbanquera de ser guapa, rica y famosa bailando como gogo-girl.
    Concursos entre los ustachas (ultranacionalistas racistas croatas) para ver quién degollaba a más prisioneros serbios; campos de concentración sólo para niños y otros donde se quemaba viva a la gente y leyes raciales contra serbios, gitanos y judíos que ponían nerviosos hasta a los nazis conforman el macabro atrezzo por el que Usón hace deambular a su monje franciscano croata, testimonio del poco divulgado episodio del fantasmal Estado Independiente de Croacia, títere de Hitler, en el que curas armados lograron así convertir en cristianos a más de 250.000 serbios en plena segunda guerra mundial, métodos que el Papa Pío XII nunca recriminó. Ilustra Usón así el reproblable valor del dogma, de nuevo episodio de memoria histórica reciente en Europa a la que la escritora es muy dada: “Tito quiso ocultarlo cuando llegó al poder y, como toda herida mal cicatrizada, supuró con Milosevic, que se alimentó de eso para la venganza serbia en la última guerra de los Balcanes”. Es la otra cara de la sangrienta violencia serbia que reflejó en La hija del Este y que aflora en pleno debate sobre los nacionalismos en España. “Lo de Croacia es un complemento necesario, más bien; cuando oigo hablar de salvación religiosa y de patrias yo me pongo a correr; en cualquier caso, me gusta tocar las narices con ello”.
    A pesar de ese planteamiento, todos los personajes de Valor tienen una vinculación directa o indirecta con la religión o sucedáneos como la cristaloterapia o la magnetoterapia. “Creíamos que con la educación y la ciencia la religión desaparecería pero tenemos una necesidad atávica, un terror al desamparo existencial, creemos y deseamos un final feliz, un sentido a la vida, nos aterra la muerte… y eso lo buscamos en un ser superior o en un ritual mágico porque la ciencia no lo da. Eso siempre ha estado en toda mi obra, como el suicidio como acto de supremo coraje o de desesperación ante la muerte”.
    Como siempre, también, los personajes de la autora de Corazón de napalm dudan, por eso su valor roza en algún caso la ironía. La de Galán, por ejemplo, es una revolución un punto chapucera y de una ingenuidad dramática (“la revolución desfallece y tiembla de frío y pánico en una carretera que no va a ningún sitio (…) A Galán se le antoja que esa zanja de apenas un metro de profundidad es una sima por la que se precipitarán”, metaforiza Usón cuando la columna del revolucionario se atasca en un triste camino de montaña). “Nunca he querido héroes de una pieza en mis novelas, sólo me interesan personajes con claroscuros”, dice. Y lleva a colación a uno de sus ídolos literarios, Chéjov, para contrapesar: “Él no creía en las masas, decía que la naturaleza humana son gestos aislados, individuales, de solidaridad, altruismo y comprensión, y que una sola persona hiciera un solo gesto podía servir para reconciliarte con el ser humano. Y a mí también me sirve”.
    Esos temas y algunos que le son tanto o más queridos, como el de la familia como génesis del bien y del mal, de la culpa que sólo puede ser, pues, heredada (“todos hemos nacido en una familia y venimos determinada por ella: la literatura clásica está llena de ellas y es un tema que comparto con coetáneos como Ignacio Martínez de Pisón”), lo afronta la escritora con una técnica narrativa que se salta las convenciones del espacio y el tiempo, apoyada en un léxico rico. El lector mínimamente exigente estará cómodo. “Esa propuesta ya la hicieron el Faulkner de El ruido y la furia o el Vargas Llosa de Conversaciones en La Catedral. Como persona soy cobarde pero en literatura soy una fanática y me gustan los retos: no puedo escribir igual que en la novela anterior, aunque sé del peligro de eso en la época de las etiquetas”, lanza. Y va más allá en estos tiempos faltos de valor que también salpican a la literatura: “La narrativa de hoy es muy convencional, en los años 70 éramos más osados; hoy aquellas obras de Faulkner o Vargas Llosa tendrían problemas para hallar encaje y lectores; o Tiempo de silencio, de Martín Santos… Somos, literariamente hablando, más conservadores que en la época del Cervantes de El Quijote, que incorpora miles de historias intercaladas; hay excesiva ortodoxia literaria y son tiempos en que no se puede ser heterodoxo ni con las reglas del mercado ni con la novela; pero me da igual entrar o no en el cánon”.
    Buscaba Usón, dice, evitar escenas o personajes de transiciones y un ritmo que recordara “el presente continuo de Google, en el que todo se da a la vez”. Es un desafío técnico al que la combativa autora añade también, más veladamente, el político: “El pueblo no está a la altura de los revolucionarios”, le hace decir a Galán; un argumento que ella, hoy, voltea del todo: “Son los dirigentes españoles los que están muy por debajo del ciudadano medio, la indecencia moral de los que nos mandan, que dice Emilio Lledó, es mayúscula; estamos en el mismo punto que en los años 20 y 30: España ha muerto y hay que reconstruirla”.
    La hija de la exbanquera, aburrida mientras estudia, pintarrajea una foto de Franco, que no sabe quién es. “La sombra de Franco sobrevuela todavía; viendo aquella España de Galán, la del dictador y la actual, uno tiene la sensación de que aquello que dijo de que lo dejó todo bien atado es verdad: nuestra democracia parece una revolución lampedusiana, lo siguen controlando todo los mismos; quizá tardemos al menos una generación más para purificarnos de los posos de la dictadura”, deja caer.
    Habla Usón deprisa pero con aplomo, tanto en lo personal como en lo literario, paso firme que parecen ratificar sus últimas obras. ¿Está construyendo un friso moral, que estrenó con la culpa (Corazón de napalm, La hija del Este) y estaría siguiendo con el valor? “No, eso sería metaliteratura y yo sólo aspiro a narrar, como decía Faulkner, el conflicto del corazón humano consigo mismo”.

    martes, 17 de abril de 2012

    PRENSA CULTURAL. Clara Usón y su última novela, "La hija del Este"

    Clara Usón. Foto de Consuelo Bautista. "El País".

       En "El País":
    "Nos tienen paralizados de miedo, pero luego será peor"
       Clara Usón publica 'La hija del Este', una novela inspirada en la hija de Mladic.
       ¿Es justo que ella se hubiera suicidado al descubrir los horrores cometidos por su padre?
       "El populismo azuza la xenofobia y el nacionalismo y creen que pueden controlarlo, pero al final no es así".

    Carles Geli Barcelona 5 MAR 2012
     
       Una de las virtudes más inquietantes de Clara Usón (Barcelona, 1961) como escritora es la pasmosa naturalidad con la que se cuela -y, claro, con el consiguiente arrastre del lector- en la cabeza de sus personajes. “Es que para eso escribo, para ver otras vidas, quizá para huir de mí, por eso me interesan autores ventrílocuos como Tolstoi, Chéjov y Vargas Llosa”, cita casi con vehemencia. Esa virtud, notoria ya en novelas anteriores como Corazón de napalm (premio Biblioteca Breve, 2009), es impagable cuando el personaje escogido es real y del calibre de Ana Mladic, hija y razón de vivir del general Ratko Mladic, uno de los criminales más sanguinarios de la guerra de los Balcanes: ordenó ejecutar a 8.000 bosnios tras el cerco de Srebenica. En 2006, Usón leyó que Ana, apenas 23 años, brillante estudiante de medicina y nacionalista a ultranza, se había suicidado con la pistola favorita de su padre, reservada para cuando naciera su nieto. Quizá fue un sacrificio, un acto heroico o una simple forma de autodestrucción. Con algo, pues, que ya nunca se sabrá ha construido Usón su sexta novela, La hija del Este (Seix Barral).
       “Una chica enamorada de su padre descubre que es un monstruo; si tu referencia moral es un fraude, ¿qué haces?; por ejemplo, ¿me mato para que no mates tú más? Ana es víctima de la peor traición posible, ¿cómo poder seguir viviendo con esto?”, balacea como una ametralladora Usón al definir a su personaje, infestado de esa culpa heredada que tan a menudo arrastran sus criaturas. Un relato de Tolstoi, Después del baile, que un personaje cuenta a otro, funciona como metáfora del libro: un hombre se enamora en una noche de baile perdidamente de una joven que le corresponde: el amor perfecto; al día siguiente, el joven ve cómo el padre de la chica, alto militar, aplica un durísimo castigo a un soldado; por ello, decide no volver a verla nunca más. La hija paga por el padre. ¿Justo? “Los hijos no son los culpables de lo que hacen sus padres pero a menudo se lo reprochamos; en cualquier caso es aquello de los versos de Philip Larkin: ‘Te joden la vida papá y mamá/ tal vez sin intención/ pero lo hacen’. Sí, es uno de mis temas: de la familia sale todo, incluida la culpa, propia o ajena…”.
       Siente un punto de debilidad Usón por su protagonista, que tras oír de amigos los horrores que protagoniza su padre empieza a turbarse: “Hace falta valor para dejar entrar la duda en la vida de uno, para desmontar las certezas que te sostienen; eso es siempre sano, a pesar del peligro de que sea paralizante”. Ana Mladic, víctima de ese refrán de su país que reza: “Cuanto más sepas, más sufres”, iba a ser presentada de manera más inocente por la escritora, pero cuando esta averiguó que en un picnic familiar acabó con su padre compartiendo disparos con fuego de mortero contra los bosnios, “me hizo reconsiderar bastante al personaje”. El episodio es una pequeña perla de la miríada de informaciones que aporta el libro sobre la tragedia balcánica, en el que invirtió tres años de investigación, hasta el extremo de hacerse traducir dos biografías del serbio y entrevistar a un buen número de croatas, bosnios y serbios. Buena parte de esa documentación vertida en la novela la tiñe también con una pátina de crónica, con fotos y reproducción de informes, así como una galería de monstruos (Milosevic, Karadzic…) perfilados por una de las voces ficticias más críticas y distantes de la obra; una mezcolanza, en definitiva, que evoca a Soldados de Salamina. “Hay menos ficción en la obra de Javier Cercas que en la mía”, apunta Usón, consciente de que estrena formato en su trayectoria. “Es quizá una de las guerras más filmadas de los últimos años; por eso una estructura de novela decimonónica no servía; el narrador omnisciente no tiene ya la verdad; esa inocencia está perdida”, ejemplifica. Y más al hablar del conflicto de la antigua Yugoslavia…
       “Se empieza entonando canciones folclóricas y se termina empuñando un Kalasnikov”, cita otro personaje, una muestra de la carga extremadamente crítica que Usón arroja a lo largo de toda la novela sobre los nacionalismos. “Debo tener una deficiencia o una fobia heredada sobre esos temas… He nacido aquí por accidente; no sé, ¿cuánto tiene el nacionalismo español? ¿500 años?; ¿cuántas naciones de antaño ya no existen? Soy incapaz de morir por la patria”, zanja un tema que la incomoda en tanto ya se le ha reprochado que solo refleje las atrocidades de los serbios y no las de los albanokosovares o croatas. “La obra está articulada desde una chica serbia y amante de su país; requería ese contexto… Pero estas críticas tienen más que ver con los nacionalismos de aquí; sé que será una obra que levantará ampollas”, asume. Y avanza: “es un problema que volverá en breve con mucha fuerza ante la posible pérdida de poder de los estados-nación en favor de un auténtico poder central europeo que pueda hacer frente al tema financiero”.
       Como en casi todas las novelas de Clara Usón, subyace en La hija del Este una miríada de temas, desde el papel de los intelectuales -abundantes entre los carniceros que comandaban tropas o gobiernos en las distintas facciones de la antigua Yugoslavia (“son los mayores manipuladores, por eso Platón no dejaba entrar a los poetas en la República”)- a la patética inacción de las autoridades europeas, como ya ocurriera ante la Guerra Civil Española y el ascenso del nazismo. “La manipulación política, que aquí abordo, es brutal: cuando quieren, en cuatro días te convencen de que hay que invadir Irak, ahora quizá será Irán, y cuando no, la excusa: el miedo al miedo de que la intervención sea peor”. Es el espanto, esa arma con la que se promueven odios y guerras, como también recoge el libro, donde un dirigente serbio adoctrina: “Hay que meterle miedo a la gente, inoculárselo”. ¿Como hoy? “Nos tienen en el pánico absoluto por la crisis económica mientras cada vez crece la certeza de que los que nos gobiernan no controlan el mercado; es el momento de los populistas, como ocurrió ahora hará 20 años este abril en Yugoslavia tras caer el comunismo. Tuvimos suerte de no contar con un Milosevic o un Tudjman durante nuestra Transición, si no hubiera sido un infierno… El populismo azuza la xenofobia y el nacionalismo y creen que pueden controlarlo, pero al final no es así; cuando Milosevic quiso frenar lo de Bosnia, no pudo; sí: nos tienen paralizados de miedo pero luego será peor porque tras perder el miedo al miedo viene la desesperación”.