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lunes, 15 de abril de 2013

PRENSA. "Alumbramiento en agosto". Mario Vargas Llosa

William Faulkner, por Fernando Vicente ("El País")

   En "El País":

Alumbramiento en agosto

La novela de Faulkner muestra el lado más siniestro y vil de la condición humana. Hoy, buena parte del mundo se empeña en parecerse a la sociedad apocalíptica que describió el escritor

 27 ENE 2013

Sólo hay un placer más grande que leer una obra maestra y es releerla. William Faulkner escribió Light in August en seis meses, entre agosto de 1931 y febrero de 1932, y sólo hizo unas pocas enmiendas al corregir las pruebas, algo que maravilla dada la complejidad de la estructura y la perfección de la prosa con que está escrita la novela, sin un solo desfallecimiento de principio a fin. Se ha traducido al español como Luz de agosto pero, ahora que acabo de leerla de nuevo luego de dos o tres décadas, tiendo a dar la razón a quienes piensan que acaso hubiera sido más justo llamarla en nuestro idioma Alumbramiento en agosto.
Porque el nacimiento del niño de Lena Grove y el borrachín, vago y canallita Lucas Burch, que ocurre en el corazón del verano sureño y que trae al mundo con sus manos el reverendo Hightower, es un hecho central del que arrancan o con el que coinciden hechos capitales de la historia, una de las más deslumbrantes y violentas de la saga de Yoknapatawpha County. El mundo al que viene a habitar esta desamparada criatura, pese a estar como en los márgenes de la civilización, una tierra pobre, antigua, aislada y salvaje, se parece mucho al de nuestros días, porque está devastado como el de hoy por el fanatismo religioso, los prejuicios raciales, el despotismo y una falta de solidaridad que hace vivir a los seres humanos en el miedo y la soledad y los empuja a menudo a la locura.
No son la política ni la codicia lo que más envenena la vida de las gentes en la sociedad donde el mulato Joe Christmas padece la maldad de los otros e inflige la suya a los demás, sobre todo a las mujeres, sino la religión. Es verdad que Christmas no muere asesinado y castrado por un pastor sino por el ultranacionalista y patriota Percy Grimm, convencido de que “la raza blanca es superior a todas las otras y la de América superior a todas las otras razas blancas”, pero igual hubiera podido asesinarlo y castrarlo su propio abuelo, el viejo Doc Hines, que iba a predicar a las iglesias de la gente de color sus convicciones racistas y, en vez de ser linchado por ellas, fue respetado y alimentado por los negros asustadizos y reverentes que lo escuchaban y le creían. La esclavitud ha sido abolida en el condado, pero no la mentalidad que la sostenía y que sigue vigente, en las costumbres, en el lenguaje cotidiano, en el desprecio y la marginación de los blancos —sobre todo de las blancas— que socializan con los negros como si fueran seres humanos, y los linchamientos a quienes osan transgredir las invisibles pero estrictas fronteras raciales que regulan la vida.

No son la política ni la codicia, sino la religión lo que más envenena a las gentes del relato de Faulkner
El padre adoptivo de Joe Christmas, que lo rescata del orfanato donde lo abandonó el abuelo, el fanático Mr. McEachern, le hace aprender el catecismo a latigazos y quiere, además, inculcarle que Dios creó a la mujer —esa Jezabel— para tentar al hombre, hacerlo pecar y condenarse al infierno, una idea generalizada entre los pobladores de Jefferson, la capital del condado, de la que participa incluso uno de los personajes menos repelentes del lugar, el reverendo Hightower, quien trata por todos los medios de impedir que el buenazo de Byron Bunch se case con la madre soltera (en otras palabras, pecadora) Lena Grove. El horror a las mujeres del extraordinario Hightower, que, antes de ser expulsado de la parroquia presbiteriana que regentaba, solía mezclar en sus sermones las alegorías bíblicas con una carga de caballería en la que participó su abuelo durante la guerra civil, se acentuó con su matrimonio: estuvo casado con una mujer que escapaba los fines de semana a Menfis para prostituirse y terminó suicidándose.
Al igual que la religión, el sexo es en el mundo puritano de Faulkner algo que atrae y espanta al mismo tiempo, una manera de desfogarse de ciertos humores destructivos que turban la conciencia, de ejercer el dominio y la fuerza contra el más débil, de abandonarse al instinto con la brutalidad ciega de los animales en celo. Nadie goza haciendo el amor, nadie siente el sexo como una manera de enriquecer la relación con su pareja y vivir así una experiencia que exalta el cuerpo y el espíritu. Por el contrario, al igual que Joe Christmas, que hace pagar en la cama a las mujeres que se acuestan con él las humillaciones y vejaciones que ha recibido y el rencor que tiene empozado en el alma, el ayuntamiento sexual es en este mundo de fornicantes reprimidos y tortuosos una manera de vengarse, de hacer sufrir al otro, de inmolarse en la vergüenza y en la culpa. Cuando Percy Grimm lleva a cabo la mutilación del mulato, simbólicamente se automutila, que es lo que, en el fondo sucio de sus corazones, quisieran hacer todos esos puritanos de Yoknapatawpha horrorizados de tener urgencias sexuales y convencidos de que por ellas arderán por la eternidad.
¿Por qué nos hechiza de esta manera un mundo en el que hay tanta gente malvada y estúpida que usa la religión para justificar sus inclinaciones perversas y sus taras y prejuicios? Es verdad que, entre esa muchedumbre de pobres diablos despreciables, aparecen también algunas personas sanas y bien intencionadas, como Byron Bunch o la propia Lena Grove, pero incluso ellas parecen ser buenas gentes más por cándidas o tontas que por generosidad, convicción y principios. La fugaz aparición del cultivado Gavin Stevens, héroe de tantas aventuras y desventuras de la saga faulkneriana, reconcilia al lector por un momento con esa fauna de seres tan horribles.
¿Por qué el hechizo, pues? Porque el genio de Faulkner, como el de Dostoievski, a quien tanto se parece en sus obsesiones y en la creación de personajes desorbitados, ha sido capaz de construir una historia, en la que se muestra sobre todo la dimensión más siniestra y vil de la condición humana, con tanta astucia, sabiduría y elegancia que, en ella, esta valencia estética, su belleza verbal, la sutileza con que se silencian ciertos datos para infundirles ambigüedad y misterio, la sabia reconstitución del tiempo, el escudriñamiento acerado de los laberintos psicológicos que mueven las conductas, redimen y justifican el horror de lo que se cuenta. Y generan la tensión, el alelamiento, las intensas emociones y el trance psíquico que experimenta el lector. Esas son las magias y milagros de la gran literatura. De ese baño de mugre salimos conmovidos, turbados, sensibilizados y mejor instruidos sobre lo que somos y hacemos. Ahora bien, ¿de veras somos así, esas basuras ambulantes? ¿Es la vida esa cosa tan terrible? No exactamente. Esa es sólo una parte de la verdad humana, que ha servido de materia prima al que cuenta para fantasear una mitología sesgada y soberbia de la vida. Hay otra, felizmente, que no aparece en esa radiografía parcial y mítica concebida con tanto maquiavelismo y destreza por el gran novelista norteamericano.

La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla
La literatura no documenta la realidad, la transforma y adultera para completarla, añadiéndole aquello que, en la vida vivida, sólo se experimenta gracias al sueño, los deseos y a la fantasía. Pero el pesimismo de Faulkner nunca se aleja demasiado de lo real. El sur profundo no es hoy lo que era cuando él lo vivió. Hoy mismo, Barak Obama, un presidente negro, juramenta por segunda vez en Washington en el día en que todo Estados Unidos recuerda a Martin Luther King como un héroe nacional indiscutido. Los prejuicios raciales, aunque no hayan desaparecido, tienden a declinar, y, al igual que la discriminación de la mujer, se enmascaran y disimulan porque hay una moral y una legalidad que los rechazan. En este sentido, la sociedad norteamericana ha avanzado más rápido que otras, que progresan a paso de tortuga, o retroceden.
Pero el mundo de nuestros días sigue siendo faulkneriano en lo que concierne a la religión. En los grandes centros de la civilización occidental, como la propia sociedad estadounidense, la religión sirve todavía de refugio a fanáticos e intolerantes que quisieran detener la historia y hacerla regresar al oscurantismo, aboliendo a Darwin y reemplazando la teoría de la evolución por el “diseño inteligente divino”, y no se diga en otras regiones del mundo, como Israel o los países musulmanes, donde, en nombre de un Dios justiciero e implacable como el que truena a través de las bocas de los pastores en las iglesias de Jefferson, se justifican los despojos territoriales, la discriminación de la mujer y de las minorías sexuales y hasta los asesinatos y torturas de los adversarios. En The New York Times de esta mañana leo la historia, en Afganistán, de una jovencita de 16 años que por rehusar casarse con el viejo que la negoció con su padre luce la cara desfigurada a cuchillazos por su hermano mayor, que de esta manera lavó el honor de la familia. La nota añade que en los últimos meses varias decenas de jóvenes afganas han sido asesinadas o mutiladas por sus propios padres o hermanos por razones parecidas.
Ochenta años después de publicada Light in August, buena parte del mundo se empeña todavía en parecerse a la pequeña sociedad apocalíptica de verdugos, víctimas y desquiciados mentales que Faulkner fantaseó en esta formidable novela.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013

martes, 11 de septiembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre William Faulkner

William Faulkner

   En "El País":

Gótico sureño

William Faulkner estaba convencido de que tan creativo debiera ser el trabajo del lector como del escritor. El viernes se cumplen 50 años de su muerte

 3 JUL 2012

En el verano de 1996, y tras varios meses de minuciosa preparación, emprendí con mi mujer un viaje inolvidable. La meta era Oxford (Misisipi), pero nuestro objetivo era recorrer, lo más minuciosamente posible, la geografía física y espiritual de las novelas de Faulkner. Siempre he sido un poco mitómano con los escritores que me gustan, sobre todo con los muertos (con la mayoría de los vivos, cuyos méritos literarios no siempre consigo disociar de su comportamiento como personas, me he llevado abundantes chascos). En cuanto a mi pasión literaria por Faulkner, supongo que se debe a que, después de DeFoe y Cervantes, a quienes leí (por ese orden) en mi adolescencia, ha sido el escritor a quien más he identificado con la gloria de la novela como género mestizo, proteico e inclasificable.
Sobre aquel viaje publiqué en la Revista de Occidente un pequeño travelogue que, más tarde, Javier Marías decidió generosamente incluir en Si yo amaneciera otra vez (Alfaguara, 1997), su libro-homenaje al autor de Mississippi. He vuelto a leer aquel relato y recordado lo mucho que me sorprendió entonces el llamativo olvido en que sus conciudadanos adoptivos (había nacido en la vecina New Albany) mantenían al que sin duda es su hijo más ilustre (Premio Nobel en 1949). En 1996, un año antes de que el mundo conmemorara su centenario, Faulkner era allí casi un desconocido, una especie de nebuloso icono local cuya casa (Rowan Oak) era visitada únicamente por algunos admiradores y profesores extranjeros. Recuerdo que, salvo un pequeño callejón que llevaba su nombre, no encontré placas ni monumentos conmemorativos. Y que, cuando averigüé (gracias al señor Parks, el peluquero local) que estaba enterrado en el cementerio de St. Peter, me costó dar con su tumba, desprovista de toda especial indicación o referencia.
Siempre he creído que la mejor novela de Faulkner es El ruido y la furia(1929), a la que el escritor, consciente de las dificultades que ofrecía su estructura, calificó en alguna ocasión de “espléndido fracaso”. La empezó a escribir en 1928, cuando ya había publicado sus dos primeras novelas y varios editores habían rechazado la tercera (Banderas en el polvo, luego transformada en Sartoris). Aquel rechazo actuó como estímulo para que el joven Faulkner, admirador de Cervantes y Dickens, pero también de los modernistas Eliot, Joyce y Woolf, se decidiera a tirar por la calle del medio, desentendiéndose felizmente de las imposiciones y consejos de los publishers: “Tuve la sensación de que se había cerrado una puerta entre mí y los editores y las listas de libros. Y, me dije, ‘ahora puedo escribir”.
En El ruido y la furia está todo Faulkner. Esa magnífica historia de ruina y desolación de una familia disfuncional y decadente es quizás el más acabado ejemplo de lo que se ha llamado “gótico sureño”, un específico subgénero en el que han brillado escritores como Eudora WeltyCarson McCullersTennessee WilliamsFlannery O’ConnorErskine Caldwell,Truman Capote o, más cerca, Cormac McCarthy. El Sur militar y moralmente derrotado al que no habían sabido adaptarse sus antiguas familias patricias es el marco en el que Faulkner sitúa a sus desolados personajes de fin de raza. Los cuatro diferentes puntos de vista, las vertiginosas elipsis, los saltos temporales y espaciales a través de los que nos va contando una historia inmortal no son vacuos ejercicios de virtuosismo literario, sino opciones literarias e, incluso morales (como los travellings para Godard), de un modernista convencido de que tan creativo debiera ser el trabajo del lector como el del escritor. En una época en la que la narratividad parece mayormente secuestrada en historias literariamente ancladas (en el mejor de los casos) en el siglo XIX, aquel “espléndido fracaso” sigue abriendo caminos y mostrando las posibilidades de la novela no solo como género, sino también como instancia imprescindible del conocimiento humano. Como todos lo clásicos, El ruido y la furia tiene la virtud de seguir revelándose a cada nueva lectura. Y a cada generación de lectores.

jueves, 12 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre William Faulkner

El escritor estadounidense William Faulkner (1897-1962). ("El País")

   En "El País":

Seis escritores en busca de William Faulkner

Varios escritores homenajean al autor de 'El ruido y la furia' en el cincuentenario de su muerte

Siguiendo la mirada poliédrica de Faulkner descifran algunos de los aspectos clave de su obra

Matute, Moix, Giralt Torrente, Landero, Vásquez y Marías se adentran en la obra

Se trata de uno de los escritores más innovadores del siglo XX

Ese hombre con el pelo blanco y bigote entrecano vestido con camisa blanca de algodón un poco arrugada y corbata a rayas que teclea una máquina de escribir en su estudio rodeado de libros, es el mismo hombre que está sentado en una terraza bajo la luz de California con gafas de sol, exhibiendo su piel bronceada sin camisa, bermudas blancas y zapatos con calcetines, inclinado frente a otra máquina de escribir. Dos imágenes distintas de un mismo autor que escribió por placer y por dinero pero con la misma entrega caudalosa de palabras al servicio de historias insólitas que iluminan sombras de la naturaleza humana. Se llama William Faulkner y es uno de los escritores a quien más deben los autores de la segunda mitad del siglo XX.


William Faulkner durante sus días como guionista de la Warner Bros, en California / TIME & LIFE PICTURES/GETTY IMAGE ALFRED ERISS
Los ecos de su torrente literario, aunque han pasado por diferentes decibelios en estas décadas, estos días suenan con fuerza con motivo del cincuentenario de su muerte, 6 de julio de 1962, a la edad de 64 años. Fue el creador de un calculado universo caótico reflejado en su nombre laberíntico: Yoknapatawpha. Un territorio ficticio inspirado en el condado de Lafayette (Misisipí) y el sur de Estados Unidos, en su época de derrota y abandono y donde el Tiempo tiene vida propia para queFaulkner lo muestre no solo oxidado o lento, a veces, sino también con un movimiento de electrón. Allí suelen transcurrir la mayoría de sus historias innovadoras en forma y fondo a la que tanto deben escritores de todas partes del mundo, especialmente, latinoamericanos que van desde Alejo Carpentier y Juan Rulfo, hasta Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa pasando por Juan Carlos Onetti y Guillermo Cabrera Infante quienes siempre reconocieron su influencia por obras como El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón!, Las palmeras salvajes…
Historias faulknerianas que zigzaguean y penetran en las zonas de penumbra y oscuras de las emociones y los sentimientos y la razón y los instintos del ser humano en una maraña perfecta donde el tiempo, el espacio y la acción están concebidas solo para ese mundo y no para otro.
En un homenaje a la mirada poliédrica de Faulkner (premio Nobel de 1949), seis escritores se adentran en sus predios para tratar de descifrar la riqueza de su universo en expansión que se presta a tantas interpretaciones:
EL LADO OSCURO
Ana María Matute
Más allá del mal emponzoñado que se percibe en las narraciones, para Ana María Matute es el mejor escritor que ha sabido imbricar una atmósfera especial con los odios y amores familiares, sentimientos anudados cuyo influjo contamina todo a su alrededor. “Describe como nadie el lado oscuro del ser humano, lo turbio e inquietante que puede haber en él”, arrostrado con un lenguaje “inconfundible por su fuerza y con un torrente que parece que no se acaba nunca”. Para Matute, el escritor ejerce una especie de embrujo sobre el lector al saber mezclar el misterio y la realidad sin llegar a ser fantástico, incluso con las acciones en apariencia vulgares pero que va desvelando poco a poco. Una de sus obras preferidas es Luz de agosto.
LA ATMÓSFERA
Ana María Moix
La comunión del entorno con los personajes y los hechos acaecidos, sospechados y futuros crean, para Ana María Moix, un personaje esencial e irrepetible: la atmósfera. Todo, dice, tan aparentemente suelto en un ambiente donde el clima y el tiempo parecen complementar los sucesos. “Aunque nada tan medido como sus relatos con una trama argumental realzada por la fuerza de la prosa que se desborda. Es la fuerza del estilo sobre el argumento que lo controla todo para crear un ambiente y una atmósfera donde todo fluye y encaja”. Y se aprecia enLuz de agosto, que es, para Moix, una de las novelas que más le gusta.


Faulkner escribiendo un guion para la Warner Bros
LOS PERSONAJES
Marcos Giralt Torrente
El sino de los personajes de Faulkner se siente y se vive, desvalidos, solitarios, criminales, inocentes, marginales, corruptos… Para entenderlos, Marcos Giralt Torrente sugiere imaginar por un momento que Dios existe y que conoce el desino de todas sus criaturas. Los personajes de Faulkner, dice el escritor, están predestinados de la misma manera: “su pasado o el grupo social al que pertenecen dictan su futuro, pero, como la mayoría ni siquiera es conscientes de ello, la aparente pasividad con que lo aceptan no es elegida, sino apenas una huida hacia adelante (una huida solo de vida) que resulta especialmente fértil a la hora de poner en un primer plano las aristas de la condición humana”. Dos de sus novelas preferidas son El ruido y la furia y Mientras agonizo.
LA MUJER
Luis Landero
Una criatura clave en este mundo literario es la mujer por todo lo que la envuelve en lo terrenal e imaginario. Luis Landero dice que la mujer joven en Faulkner es casi siempre el desencadenante de un proceso trágico. “Es la hembra que, sin quererlo, sin ánimo de seducción, atrae mortalmente al macho y lo somete a las leyes ciegas de la naturaleza. Ella es la depositaria del honor y la encargada de velar por la perpetuación de la especie”. Para Landero, el poder de ella es tan inocente y primario como inmenso y fatal. Por eso, “el hombre, el macho, intentará en vano huir de ella, pero acabará sucumbiendo a su implacable canto de sirena. El hombre, que aspiraba a la pureza o a la libertad, jamás le perdonará la esclavitud a que lo ha sometido la hembra con la fatalidad de sus encantos. La castigará o la despreciará por ello”. En cambio, añade, la mujer mayor, ya no fértil, “suele desempeñar el humilde papel de moderar, y sufrir, las fantasías épicas de los hombres”. Y Luz de agosto es, otra vez, nombrada como la novela favorita, seguida de Mientras agonizo.
LA HISTORIA
Juan Gabriel Vásquez
Tiempo, espacio y acciones de criaturas, predestinadas o no, pero hijas de la Historia. “Ayer no terminará sino mañana', escribe Faulkner en Intruso en el polvo, 'y mañana comenzó hace diez mil años”, recuerda Juan Gabriel Vásquez, que tiene una relación especial con el escritor estadounidense. Algo que para él es una “peligrosa obsesión (la idea de que somos el producto indirecto de varias generaciones, de que nuestras tristezas y nuestra bienaventuranza son el resultado de una conspiración antigua) que ha moldeado mi ficción y es, creo, la manera más rica en que puedo leer a Faulkner”. Reconoce, entonces, que, tal vez por eso ¡Absalón, Absalón! le sigue sorprendiendo: “pocas novelas han explorado de manera tan rica el carácter inasible de la historia, su terrible ambigüedad y nuestra incapacidad para dar una versión única y confiable de ella. Contar una historia, nos dice esa novela, contar nuestro pasado, es modificarlo: no hay relato puro. 'Tal vez no hay nada que suceda una vez y se termine', dice o intuye Quentin. Lo que hay es hechos con consecuencias interminables y que, para rizar el rizo, son distintos según quien los cuente”.
EL ESTILO
Javier Marías
La fuerza extraordinaria de Faulkner está en su estilo, afirma Javier Marías. Un estilo que, agrega, lo emparenta con Proust, que ha sido una de sus influencias, y con Henry James. Lo que lo distingue de ambos “son sus párrafos largos, como si surgiera a borbotones hasta el punto de que es menos respetuoso con la sintaxis que ellos; como si a veces dijera: 'la sintaxis no me importa'. Incluso lo llegó a decir: 'Si meto tanto en un solo párrafo es porque no sé si voy a llegar vivir al siguiente'. Esa exuberancia borbotónica da a su estilo una fuerza que atrapa y convierte cada página en una suerte de oleada que atrapa al lector y que nadie jamás, ni antes ni después de él, se aproxima a esa prosa”. Para Marías, se trata de un autor más rupturista que el propio Joyce, “que es más deliberadamente rupturista, en Faulkner todo parece más natural”. ¿Una obra? Las palmeras salvajes.
Seis voces como cerillas sobre el universo faulkneriano. Y una más: la del propio Faulkner que, cual demiurgo, entreabre la puerta de su creación en una frase de El ruido y la furia: “Jason escupió al fuego. El fuego silbó, se desenroscó, se volvió negro. Luego se puso gris. Luego se fue”.
Cartas escogidas. Edición y selección de Joseph Blotner. Traducción de Alfred Sargatal y Alicia Ramón. La mansión. Traducción de José Luis López Muñoz (ambas en Alfaguara). Miss Zilphia Gant. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas (Nórdica).

jueves, 18 de noviembre de 2010

PRENSA. 18 noviembre 2010

En "El País":

1. Faulkner asalta la mesa de novedades. Por Elsa Fernández-Santos. El autor de 'El ruido y la furia' protagoniza una insólita avalancha de títulos en las librerías españolas - Editores y escritores certifican la vigencia de su literatura.

2. La belleza del caos. Por Vicente Verdú.

3. El hermoso riesgo de volver sobre Tennessee Williams. Por Rosana Torres. Mario Gas estrena 'Un tranvía llamado deseo' con Vicky Peña de protagonista.

4. Esta grosería la paga usted. Reportaje de R. G. Gómez y J. Prades. La zafiedad se instala en las tertulias televisivas financiadas con dinero público - Los comentarios sexistas y racistas hechos ante escolares en Telemadrid ilustran la degradación del debate. Para eso se les contrata. Análisis de José María Izquierdo.

5. Sáhara, el precio del diletantismo. Artículo de José María Ridao. Múltiples factores dificultan una salida negociada al conflicto. Entretanto, el asalto al campamento saharaui invalida por mucho tiempo la solución autonomista que propone Marruecos para la antigua colonia española.

domingo, 14 de febrero de 2010

PRENSA. 14 febrero 2010

En "El País":

1. La niebla. Columna de Manuel Vicent sobre el carácter español.

2. El arte de Scorsese bucea en la locura. El crítico de cine Carlos Boyero escribe sobre la última película de Martin Scorsese, Shutter Island.

3. Los diarios que alimentaron la ficción de Faulkner. Reportaje de Bárbara Celis. Un libro descubre cómo el novelista se inspiraba en una familia sureña amiga.

  4. "En el bachillerato se debe adquirir la cultura media de la clase media". Entrevista a Juan A. Gómez Trinidad, portavoz de Educación del PP en el Congreso (debate sobre el posible Pacto Educativo). Por J. A. Aunión. 

  5. Irán: se avecina una represión aún más dura. Artículo de Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto. Traducción de Maqría Luisa Rodríguez Tapia. 

  6. Elogio de la prensa impresa. Artículo del escritor Gustavo Martín Garzo. Un periódico es el relato polifónico de un pueblo entero, y un pueblo que se atreve a hablar de lo que le pasa está a salvo de la intolerancia y la locura. El periódico es uno de esos dones de que hablaba Borges. 

  7. ¿Por qué tantos terroristas son ingenieros? Artículo de Moisés Naím.

miércoles, 7 de octubre de 2009

PRENSA. 7 octubre 2009



En "El País".

1. Muñoz Rojas: poeta, mecenas, europeo universal. Miguel Martínez Cuadrado, catedrático Jean Monnet de Derecho Constitucional Comunitario en la Universidad Complutense, escribe el obituario del poeta.

2. "Es la primera gran recesión sin una gran guerra". Entrevista a Niall Ferguson, historiador económico. Por Andrea Aguilar.

3. Espléndido fracaso. Manuel Rodríguez Rivero escribe sobre El ruido y la furia, novela de Faulkner.

4. Internet desperdicia clientes. Reportaje de Cristina Castro. La Red está en España llena de compradores potenciales pero falta oferta. El negocio se estanca porque las empresas no acaban de embarcarse en el comercio electrónico.

5. ¿Cambio de clima o clima de cambio? Artículo de César Dopazo, miembro de la Real Academia de Ingeniería y del Grupo Asesor sobre Energía y Cambio Climático del presidente de la Comisión Europea. La reunión de Copenhague pretende sentar las bases para acciones internacionales más amplias contra el cambio climático. Estados Unidos llega a la cita con una actitud más positiva que en los tiempos de Bush.

6. El estropicio de la modernización. M.Á. Bastenier, sobre América Latina y la modernización.

sábado, 27 de diciembre de 2008

¡ABSALÓN, ABSALÓN!, de William Faulkner


En 1936 aparece una de las mejores novelas de ese escritor estadounidense cuyo nombre fue William Faulkner. Por supuesto, es la que tenemos en el título: ¡Absalón, Absalón!, que, entre otras, logró que a su autor le fuera concedido el Nobel de Literatura en 1949.

Si se es lector, si gusta la literatura, no haber leído a Faulkner es, sencillamente, haber construido una casa con un defecto estructural, por lo que caerá a tierra más pronto que tarde, inevitablemente -como todas las inevitabilidades que en literatura son-.

En el siguiente enlace, Álvaro Pombo (en "Babelia", suplemento cultural de "El País") nos habla sobre esta novela, que acaba de ser reeditada en una nueva traducción: ABSALONABSALON