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sábado, 12 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Sobre "El extranjero", de Albert Camus. Aroa Moreno


   En la revista "Mercurio":

La vida en los huesos

AROA MORENO  |  MERCURIO 154 · TEMAS - OCTUBRE 2013

Publicada durante la Ocupación, en plena guerra mundial, ‘El extranjero’ sigue despertando en el lector de hoy una perturbadora sensación de distancia frente a lo establecido
Un vestido de rayas rojas y blancas sobre el cuerpo moreno de Marie y unas sandalias de cuero, salitre y sol, la melena recogida y un baño en el mar de Argelia. Este es el respiro de El extranjero, la mano que le tiende la felicidad al protagonista de su historia; una novela que nos recuerda, más de setenta años después de su escritura, que habitamos de nuevo una época que parece haber tomado las riendas de muchas vidas, manejándolas desde los hilos del pesimismo y la pura supervivencia.
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El extranjero. © ASTROMUJOFF
Lo que queda del relato de nuestros días cuando lo desvestimos de significado no es más que una sucesión de tiempo y acciones que nos llevan de un lugar a otro. ¿Qué queda de la cronología de nuestra historia cuando nosotros mismos la desproveemos del adorno, del subjetivismo o la trascendencia? El extranjero parece recordarnos una instintiva pérdida del instinto, alojando la regla social que nos absorbe para lanzarnos lejos de nuestra propia esencia y que, de alguna forma, después de leerlo, vuelve a reconciliarnos con la triste norma posible.
Escrito con una prosa que, de tan seca, se clava en nuestra lectura, Camus nos mete dentro del relato de Meursault, un hombre presentado al lector en el mismo momento en que recibe la noticia de la muerte de su madre: “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”. A partir de esta primera y célebre línea, leemos, pero casi parece que escucháramos la voz del protagonista, narrar cómo deambula por un mundo que espera de él cierta reacción y emociones para las que está incapacitado. Parece que solamente fuera humano cuando observa el mundo desde fuera de él. En el momento en que Meursault se ve inmerso en la vida, en lo social, en la convención humana, desaparece cualquier rastro de alma. Qué hay de extraño en esto. Meursault es sensible a la visión desde su ventana del trajín de su barrio, a la leal relación de su vecino con el perro sarnoso al que patea, al brillo que enmarca la mirada arrugada de los viejos. A él le hace caminar el impulso, lo natural, el golpe de la luz sobre sus párpados, pero queda fuera de juego ante la interacción premeditada. Admira la belleza de Marie pero no siente necesidad de casarse con ella, solamente la sigue hasta el mar y junta aliviado su cuerpo en el agua. No siente dolor por la pérdida de su madre, acepta sin más la preparación de la vida para este trámite. Sin embargo, necesita juntar todos los muebles de su casa en una habitación para no sentir cómo se ha quedado grande.
Supervivencia o frío.
¿Por qué dispara Meursault contra el árabe rompiendo el equilibro de un día de playa? “He disparado llamando a la puerta de la desgracia”. No fue la desesperación, la venganza o el miedo: es la violencia de la luz del sol la que incide en el disparo.
¿Por qué no dejamos que un niño acerque la mano a la boca de un perro que siempre ha sido manso?
El extranjero no solamente se adelantó a su época, dado que en ella se anticipaba la desolación de la posguerra, sino que puede leerse todavía hoy como si fuera una obra contemporánea. No somos ni queremos ser Meursault —y no sabemos si respiramos o nos ahogamos cuando la cadena de la justicia, aunque absurda y fallida, condena al asesino—, pero reconocemos como propios su egoísmo y su falta de solidaridad, incluso para consigo mismo. Porque somos extranjeros de un lugar remoto que nos enseñaron para colocarnos justamente aquí, en mitad de un engranaje que describieron como perfecto.
Es la conversación del hombre que se encuentra con el hombre en el silencio de la melancólica tregua de la noche.
Qué quedaría si arrancásemos de nosotros mismos lo establecido: los huesos de la vida. El animal.

viernes, 22 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. LITERATURA Y CÓMIC. ""Camus, en blanco y negro".

Un dibujo de la edición ilustrada de 'El extranjero'. ("El País")

   En "El País":

Camus, en blanco y negro

Una edición especial de ‘El extranjero’ recrea la novela con tono de ‘filme noir’

 Madrid 19 MAR 2013

El sol marcó la vida de Albert Camus, pero la suya fue una época en blanco y negro. Es por eso que la nueva edición homenaje de El extranjero, su primera novela, encargada por Gallimard al ilustrador argentino José Muñoz y editada ahora en España por Alianza Editorial en un cuidado volumen, recrea la historia con el trazo duro del no color. “Yo estoy formado, en el cine y en la vida, en los años del blanco y negro, la realidad era en blanco y negro y por eso un 95% de mi trabajo es así”, explica el ilustrador desde su casa de Milán.
Para Muñoz, como para muchos, El extranjero fue una novela de primera juventud. “Camus me ilustró. Yo he dibujado libros de Roberto Arlt, de Cortázar y de Horacio Quiroga, todos ellos pertenecen a mi fantasía afectiva de lector. Así que cuando Gallimard me ofreció trabajar con alguno de sus autores pensé en Camus”. El ilustrador explica que su método es “caer dentro del relato”. “Y luego trato de salvarme con los dibujos. Soy un lector subjetivo”. Ese lector subjetivo pensó en el rostro del propio Camus para el protagonista de la novela, “pero a la ensalada mental le añadí unos toques de Robert Mitchum. Cuando ilustro me siento como un director de cine de los años cuarenta, en mis dibujos el movimiento es fílmico”.
En el epílogo de otra versión ilustrada de El extranjero (realizada por Luis Úrculo para Galaxia Gutenberg) Mario Vargas Llosa escribía: "El extranjero se adelantó a su época, anticipando la deprimente imagen de un hombre al que la libertad que ejercita no le engrandece moral o culturalmente; más bien lo desespiritualiza y priva de solidaridad, de entusiasmo, de ambición, y lo torna pasivo, rutinario e instintivo en un grado poco menos que animal".


La confusión y el disparo.
“Al empezar los dibujos me puse a pensar en la familia de Camus y en la mía”, explica Muñoz, “diferentes desarraigos, olas humanas que viajan expulsadas más o menos educadamente de las metrópolis. En el caso de los Camus a mitad del siglo XIX hacia Argelia, una colonia sojuzgada por las armas, con promesas de tierras para cultivar. En el caso de los míos, huyendo de una España en crisis de fin de imperio y con niveles de explotación medieval. Los españoles también emigraron a Argelia, la madre de Camus, era de origen mallorquín”.
El extranjero arranca con la ya célebre “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé” y Muñoz dibuja un hombre de espaldas al lector, que se aleja por la callejuela de una ciudad de luz y palmeras. Dos hombres árabes hablan sentados en un banco. El tiempo corre despacio.

lunes, 4 de enero de 2010

LECTURA. ALBERT CAMUS. "El extranjero"


Albert Camus

Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte del escritor francés Albert Camus.
Aquí podemos leer sobre su vida y obra, en francés.
A continuación, el principio de una sus grandes novelas, El extranjero:

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: "Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias", Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: "No es culpa mía". No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial.
Tomé el autobús a las dos. Hacía mucho calor. Comí en el restaurante de Celeste como de costumbre. Todos se condolieron mucho de mí, y Celeste me dijo: "Madre hay una sola". Cuando partí, me acompañaron hasta la puerta. Me sentía un poco aturdido, pues fue necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para pedirle prestados una corbata negra y un brazal. El perdió a su tío hace unos meses.
Corrí para alcanzar el autobús. Me sentí adormecido sin duda por la prisa y la carrera, añadidas a los barquinazos, al olor a gasolina y a la reverberación del camino y del cielo. Dormí casi todo el trayecto. Y cuando desperté, estaba apoyado contra un militar que me sonrió y me preguntó si venía de lejos. Dije "sí" para no tener que hablar más.
El asilo está a dos kilómetros del pueblo. Hice el camino a pie. Quise ver a mamá en seguida. Pero el portero me dijo que era necesario ver antes al director. Como estaba ocupado, esperé un poco. Mientras tanto, el portero me estuvo hablando, y en seguida vi al director. Me recibió en su despacho. Era un viejecito condecorado con la Legión de Honor. Me miró con sus ojos claros. Después me estrechó la mano y la retuvo tanto tiempo que yo no sabía cómo retirarla. Consultó un legajo y me dijo: "La señora de Meursault entró aquí hace tres años. Usted era su único sostén". Creí que me reprochaba alguna cosa y empecé a darle explicaciones. Pero me interrumpió: "No tiene usted por qué justificarse, hijo mío. He leído el legajo de su madre. Usted no podía subvenir a sus necesidades. Ella necesitaba una enfermera. Su salario es modesto. Y, a fin de cuentas, era más feliz aquí".  Dije: "Sí, señor director". Él agregó: "Sabe usted, aquí tenía amigos, personas de su edad. Podía compartir recuerdos de otros tiempos. Usted es joven y ella debía de aburrirse con usted".
Era verdad. Cuando mamá estaba en casa pasaba el tiempo en silencio, siguiéndome con la mirada. Durante los primeros días que estuvo en el asilo lloraba a menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de unos meses habría llorado si se la hubiera retirado del asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre. Un poco por eso en el último año casi no fui a verla. Y también porque me quitaba el domingo, sin contar el esfuerzo de ir hasta el autobús, tomar los billetes y hacer dos horas de camino.
El director me habló aún. Pero casi no le escuchaba. Luego me dijo: "Supongo que usted quiere ver a su madre". Me levanté sin decir nada, y salió delante de mí. En la escalera me explicó: "La hemos llevado a nuestro pequeño depósito. Para no impresionar a los otros. Cada vez que un pensionista muere, los otros se sienten nerviosos durante dos o tres días. Y dificulta el servicio". Atravesamos un patio en donde había muchos ancianos, charlando en pequeños grupos. Callaban cuando pasábamos. Y reanudaban las conversaciones detrás de nosotros. Hubiérase dicho un sordo parloteo de cotorras. En la puerta de un pequeño edificio el director me abandonó: "Le dejo a usted, señor Meursault. Estoy a su disposición en mi despacho. En principio, el entierro está fijado para las diez de la mañana. Hemos pensado que así podría usted velar a la difunta. Una última palabra: según parece, su madre expresó a menudo a sus compañeros el deseo de ser enterrada religiosamente. He tomado a mi cargo hacer lo necesario. Pero quería informar a usted". Le di las gracias. Mamá, sin ser atea, jamás había pensado en la religión mientras vivió.
Entré. Era una sala muy clara, blanqueada a la cal, con techo de vidrio. Estaba amueblada con sillas y caballetes en forma de X. En el centro de la sala, dos caballetes sostenían un féretro cerrado con la tapa. Sólo se veían los tornillos relucientes, hundidos apenas, destacándose sobre las tapas pintadas de nogalina. Junto al féretro estaba una enfermera árabe, con blusa blanca y un pañuelo de color vivo en la cabeza.
En ese momento el portero entró por detrás de mí. Debió de haber corrido. Tartamudeó un poco: "La hemos tapado, pero voy a destornillar el cajón para que usted pueda verla". Se aproximaba al féretro cuando lo paré. Me dijo: "¿No quiere usted?". Respondí: "No". Se detuvo, y yo estaba molesto porque sentía que no debí haber dicho esto. Al cabo de un instante me miró y me preguntó: "¿Por qué?", pero sin reproche, como si estuviera informándose. Dije: "No sé". Entonces, retorciendo el bigote blanco, declaró, sin mirarme: "Comprendo". Tenía ojos hermosos, azul claro, y la tez un poco roja. Me dio una silla y se sentó también, un poco a mis espaldas. La enfermera se levantó y se dirigió hacia la salida. El portero me dijo: "Tiene un chancro". Como no comprendía, miré a la enfermera y vi que llevaba, por debajo de los ojos, una venda que le rodeaba la cabeza. A la altura de la nariz la venda estaba chata. En su rostro sólo se veía la blancura del vendaje.
Cuando hubo salido, el portero habló: "Lo voy a dejar solo". No sé qué ademán hice, pero se quedó, de pie detrás de mí. Su presencia a mis espaldas me molestaba. Llenaba la habitación una hermosa luz de media tarde. Dos abejorros zumbaban contra el techo de vidrio. Y sentía que el sueño se apoderaba de mí. Sin volverme hacia él, dije al portero: "¿Hace mucho tiempo que está usted aquí?". Inmediatamente respondió: "Cinco años", como si hubiese estado esperando mi pregunta.
Charló mucho en seguida. Se habría que dado muy asombrado si alguien le hubiera dicho que acabaría de portero en el asilo de Marengo. Tenía sesenta y cuatro años y era parisiense. Le interrumpí en ese momento: "¡Ah! ¿Usted no es de aquí?". Luego recordé que antes de llevarme a ver al director me había hablado de mamá. Me había dicho que era necesario enterrarla cuanto antes porque en la llanura hacía calor, sobre todo en esta región. Entonces me había informado que había vivido en París y que le costaba mucho olvidarlo. En París se retiene al muerto tres, a veces cuatro días. Aquí no hay tiempo; todavía no se ha hecho uno a la idea cuando hay que salir corriendo detrás del coche fúnebre. Su mujer le había dicho: "Cállate, no son cosas para contarle al señor". El viejo había enrojecido y había pedido disculpas. Yo intervine para decir: "Pero no, pero no...". Me pareció que lo que contaba era apropiado e interesante.
En el pequeño depósito me informó que había ingresado en el asilo como indigente. Como se sentía válido, se había ofrecido para el puesto de portero. Le hice notar que en resumidas cuentas era pensionista. Me dijo que no. Ya me había llamado la atención la manera que tenía de decir: "ellos", "los otros" y, más raramente, "los viejos", al hablar de los pensionistas, algunos de los cuales no tenían más edad que él. Pero, naturalmente, no era la misma cosa. Él era portero y, en cierta medida, tenía derechos sobre ellos.
La enfermera entró en ese momento. La tarde había caído bruscamente. La noche habíase espesado muy rápidamente sobre el vidrio del techo. El portero oprimió el conmutador y quedé cegado por el repentino resplandor de la luz. Me invitó a dirigirme al refectorio para cenar. Pero no tenía hambre. Me ofreció entonces traerme una taza de café con leche. Como me gusta mucho el café con leche, acepté, y un momento después regresó con una bandeja. Bebí. Tuve deseos de fumar. Pero dudé, porque no sabía si podía hacerlo delante de mamá. Reflexioné. No tenía importancia alguna. Ofrecí un cigarrillo al portero y fumamos.
En un momento dado, me dijo: "Sabe usted, los amigos de su señora madre van a venir a velarla también. Es la costumbre. Tengo que ir a buscar sillas y café negro". Le pregunté si se podía apagar una de las lámparas. El resplandor de la luz contra las paredes blancas me fatigaba. Me dijo que no era posible. La instalación estaba hecha así: o todo o nada. Después no le presté mucha atención. Salió, volvió, dispuso las sillas. Sobre una de ellas apiló tazas en torno de una cafetera. Luego se sentó enfrente de mí, del otro lado de mamá. También estaba la enfermera, en el fondo, vuelta de espaldas. Yo no veía lo que hacía. Pero por el movimiento de los brazos me pareció que tejía. La temperatura era agradable, el café me había recalentado y por la puerta abierta entraba el aroma de la noche y de las flores. Creo que dormité un poco.
Me despertó un roce. Como había tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.
Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecía que no se detendría jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo, no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: "Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí y que ahora ya no le queda nadie".
Quedamos un largo rato así. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos Pero creo ahora que era una impresión falsa.
Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía mas la cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les había dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad.
Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá.
Pero esperé en el patio, debajo de un plátano. Aspiraba el olor de la tierra fresca y ya no tenía sueño. Pensé en los compañeros de oficina. A esta hora se levantaban para ir al trabajo; para mí era siempre la hora más difícil. Reflexioné un momento sobre esas cosas, pero me distrajo una campana que sonaba en el interior de los edificios. Hubo movimientos detrás de las ventanas: luego, todo quedó en calma. El sol estaba algo más alto en el cielo; comenzaba a calentarme los pies. El portero cruzó el patio y me dijo que el director me llamaba. Fui a su despacho. Me hizo firmar cierta cantidad de documentos. Vi que estaba vestido de negro con pantalón a rayas. Tomó el teléfono y me interpeló: "Los empleados de pompas fúnebres han llegado hace un momento. Voy a pedirles que vengan a cerrar el féretro. ¿Quiere usted ver antes a su madre por última vez?". Dije que no. Ordenó por teléfono, bajando la voz: "Figeac, diga usted a los hombres que pueden ir".