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jueves, 2 de junio de 2016

LITERATURA. "La condición humana". Juan Goytisolo

   En "El País":

La condición humana

La obra literaria es una simbiosis de elementos racionales e irracionales mezclados en grados muy diversos. El lado oscuro del hombre aguardaba la pluma audaz que le pusiese su santo y señas. Gracias a Sade y Masoch es cosa hecha

Juan Goytisolo. 10 abril 2016
La condición humana
                                             NICOLÁS AZNÁREZ
Durante mis años de profesor visitante en la New York University conocí a un estudiante del departamento de Lenguas Románicas que preparaba una tesis sobre el libertinaje en la literatura francesa del siglo XVIII. Ambos compartíamos una gran admiración por Choderlos de Laclos y sus Amistades peligrosas —la mejor novela francesa según André Gide— y en una de nuestras charlas salió a relucir el nombre de Sade a quien el joven había leído con una mezcla de fascinación y de horror. “¿No cree usted que su obra no debería dejarse al alcance del público?”, me preguntó. Los lectores interesados darán siempre con ella, le repuse, pues saca a la luz los impulsos que anidan en la animalidad del ser humano y en virtud de ello posee una dimensión universal. Prueba de esto es la generalización del adjetivo sádico que llena el vacío de algo que carecía hasta entonces de una formulación precisa y clara como la de masoquista responde a las pulsiones expuestas en La Venus de las pieles, de Sacher Masoch.


Si evoco esta conversación lo hago a propósito de los esfuerzos por imponer unas líneas rojas a la expresión literaria de los fantasmas de la libido. Como escribí en mi ensayo sobre La Celestina, el frenesí del amor carnal —el sexo en toda su crudeza— es el de un mundo íntimo que se opone al mundo real como la desmesura a la medida, la locura a la cordura, la ebriedad a la lucidez, es decir, al de estos fantasmas que durante el sueño de la razón engendran monstruos. Conforme exponen Maurice Blanchot y George Bataille al estudiar la obra sadiana, la animalidad del ser humano —su exuberancia sexual— se convierte para el “divino marqués” en el único elemento que preserva al individuo de aquellos simulacros llamados prójimo, Dios, ideal: el yo sadiano no acepta ningún obstáculo que contraríe o amengüe su fiebre. Obviamente, los delirios e impulsos destructivos descritos en las páginas de Juliette o Les cents vingts jours de Sodome chocan en el plano real con la justicia y las leyes, pero su expresión literaria abarca al ser humano en toda su complejidad freudiana. La rebeldía del cuerpo frente a la ideología dominante y sus construcciones racionales omnímodas es la que reivindica la primacía de la impulsión erótica y esa ciega inexorable furia que restituye al individuo la conciencia de existir por sí mismo.
La estrecha relación entre libido y escritura ha sido minuciosamente analizada a partir de Freud y una amplia gama de psicólogos, ensayistas y estudiosos de la literatura. La obra literaria —novela o poesía— es una simbiosis de elementos racionales e irracionales en los que unos predominan sobre otros en grados muy diversos según el propósito de su creador. Un examen de un buen puñado de autores de diversas épocas nos muestra la imposibilidad de juzgarlos sin tener en cuenta dicha mezcla. ¿Cómo imponer una corrección política o ética a Rimbaud, Lautréamont o a los surrealistas? Empeño inútil: sin su irracionalidad desafiante simplemente no existirían. Los fantasmas del yo profundo, de un extravío sin límites, arramblan con los diques de contención de la ética y la razón. El artista impone la soberanía de sus fantasmas más allá de toda otra consideración y su libertad gozosa nos ilumina.
Existe en el ámbito literario una neta distinción entre la racionalidad del ensayo y la complejidad de la creación artística. Esta última no se sujeta a unas normas de regla y compás. Si me ciño a mi propia experiencia, he delimitado cuidadosamente sus campos sin mezclar capachos con berzas. La lógica de la razón resulta irrelevante por ejemplo en el caso de mis novelas Don Julián y Juan sin tierra. Algunas críticas formuladas aún en tiempos recientes ilustran no obstante la frecuente confusión de ambos planos. No es posible poner puertas al campo.

El frenesí del amor carnal es el de un mundo íntimo que se opone al real como la locura a la cordura

El lector me excusará aquí una breve digresión personal. Si la homosexualidad fue tildada de aberración durante siglos y condenada por el Santo Oficio a la hoguera hasta su aceptación tardía el pasado siglo en las sociedades democráticas occidentales, con la normatividad impuesta por los llamados “estudios de género” mi libido ha sido objeto de censuras por no ajustarse al esquema del canon gay. El que mis colegas de hecho y techo no fueran precisamente licenciados en Filosofía y Letras y pertenecieran a las que nuestros burgueses denominaban clases bajas ha llevado a algunos a concluir que mantuve con ellos una “relación neocolonial”. Ante tal manipulación no puedo sino manifestar sin complejos la primacía de mis gustos. La libido no admite enmienda mientras se mantenga en el plano de la imaginación y no engendre abusos por un empleo de la fuerza contra el otro sexo o en el caso aún más odioso de los abusos de la pedofilia que tanto abundan en las filas del clero. En nuestro erial, la expresión de la complejidad connatural al origen de la creación artística escasea pero halla una notable expresión en los escritos de Antonio Saura para quien “la cruda y salvaje belleza que anida en el ser humano” no cabe en la camisa de fuerza de lo normativo. Como dice a los guardianes de la corrección, “el arte, el placer y el mal caminan íntimamente relacionados, y difícilmente puede deslindarse cuál es la parte de Eros, cual es la porción de Tánatos en la cúpula de la intensidad”.
El Sade aprisionado en las mazmorras de la Bastilla a instancias de su poderosa suegra por la inaceptable violencia física ejercida en la persona de unas prostitutas encarna una libido que llevada a la realidad merece su inapelable condena. Ello era punible ya bajo l’Ancien Régime y lo es con mayor razón en la actualidad merced al lento progreso de nuestras costumbres y leyes que castigan la violencia sexual en la mayoría de Estados de nuestro mundo globalizado. Pero la exposición abierta de los impulsos animales de la libido en el terreno literario o virtual no incumple ley alguna en los países —los menos— no sometidos a una censura ideológica o religiosa, y las obras de Sade captan y dan un nombre a la furia animal subyacente en nuestra incorregible especie a la vez inhumana y humana.

Sin su irracionalidad desafiante, Lautréamont o Rimbaud simplemente no existirían

Si sus novelas —con el sufrimiento detallado que impone a las víctimas— no sobresalen por su calidad artística, por el hecho de calar en las honduras de nuestro yo y hacer brotar de ellas como un géiser todo lo oculto bajo las apariencias de la convivencia y sociabilidad, se sitúan en un espacio nuevo e imposible de soslayar. El lado oscuro del hombre permaneció en estado latente en el universo de ruido y de furia en el que vivimos y aguardaba la pluma audaz que le pusiese su santo y señas. Gracias a Sade y Masoch es cosa hecha.
Robo el título a André Malraux: La condición humana.
Juan Goytisolo es escritor.

viernes, 3 de abril de 2015

PRENSA. "Sade: el deseo y el poder". Antonio Elorza

   En "El País":

Sade: el deseo y el poder

Causar el sufrimiento y recrearse en él es una concepción antropológica evidente en la historia de la barbarie. El marqués oscila entre el rechazo del despotismo monárquico y la oposición al jacobinismo

Ver sufrir sienta bien, hacer sufrir es aún mejor”. La lectura de la frase del marqués de Sade, recogida en la exposición del Museo de Orsay, me hizo recordar la historia de aquella mujer que, en aplicación de la máxima, solo alcanzaba el orgasmo tras relatar con excitación creciente y riqueza de detalles sus experiencias sexuales con el amante anterior, hasta conseguir que su pareja se sintiese destrozado por la humillación. De forma más delicada, Carlos Fuentes cuenta el malestar que le producía la presencia de las fotografías de amantes de Jean Seberg sobre la mesilla de noche. Para tales casos, el Kamasutra menciona como alternativa que la enamorada, si el hombre le habla de una rival, abandone el lecho. Claro que el tratado indio está basado en la búsqueda del goce recíproco, “cuando hombres y mujeres actúan atendiendo al placer de cada uno de ellos”. Del equilibrio depende la felicidad.
Sade inscribe su filosofía del sexo en una concepción opuesta. Su principio consiste en la voluntad de lograr una plena satisfacción del deseo, con frecuencia en grupo, pero siempre a partir del individuo, ejerciendo un dominio absoluto sobre los recursos ofrecidos por los cuerpos que le o les están sometidos. El deseo es un vector que impulsa al hombre —aunque el lesbianismo cuente también— a imponer una relación donde sus impulsos, cualesquiera que sean, se afirman sobre el otro, de forma ilimitada, hasta la destrucción. Es así como el desenlace de Las 120 jornadas de Sodoma ofrece todo un repertorio de snuff literario. La clave para que funcione esa dinámica de placer y muerte es el poder de quien la protagoniza, tanto para determinar la iniciación y el modo de la secuencia sexual, o de la orgía, como en la fijación de su alcance.
El marco sociopolítico del último tercio del siglo XVIII ayuda a entender las ideas de Sade. Sobre todo por corresponder al periodo prerrevolucionario en el cual se registró la oscilación pendular entre una apertura preliberal de la nobleza y su encastillamiento ante un futuro incierto para su hegemonía. El dualismo consiguiente es un rasgo que aparece con insistencia. Así entre nosotros, el rousseauniano Cabarrús denuncia cómo las mujeres son casadas por sus padres atendiendo solo a un descarnado interés, justo lo que él mismo practica con su hija, la futura Madame Tallien. Samaniego añade en la oscuridad El jardín de Venus a sus fabulitas, y dedica a su tío, el ilustrado Peñaflorida, una despedida asimismo oscura. El sentimiento humanitario tropieza con la conciencia estamental; el racionalismo con su propia insuficiencia para dar cuenta de la realidad. Son las dos caras de la Ilustración, que en Francia personifica el conde de Mirabeau, próximo a Sade por excesos sexuales y experiencia carcelaria, protagonista de la primera fase de la Revolución, luego traidor a la misma, defensor de los derechos humanos y notorio libertino.
En Sade, el dualismo se sitúa políticamente en el mismo terreno, de oscilación pendular entre el rechazo de un despotismo que le traslada como a Mirabeau de una prisión a otra por las lettres de cachet, decisiones arbitrarias del rey, y el distanciamiento del jacobinismo. A pesar de su actividad en una sección revolucionaria de París, el “moderantismo” de Sade le hubiera llevado a la guillotina sin la caída de Robespierre. En su escrito más conocido del periodo, La filosofía del tocador, lo que le preocupa es que la revolución adopte sus posiciones sobre la liberación del deseo, aprobando el repertorio de conductas libertinas, incluso el crimen, para permitir a los individuos ejercer su “dosis de despotismo”. “La depravación de las costumbres”, afirma en otro lugar, “es necesaria al Estado”.

Su escritura parece provocación y vale a veces como testimonio sociológico
El estado de naturaleza establece la supremacía en todo —propiedad, sexo— del más fuerte. Ello no impide que como admirador de Rousseau, Sade inserte en su narración epistolar prerrevolucionaria, Aline y Valcour, una novela filosófica, la historia de Sainville y Leonora, donde la utopía del reino de Zamé muestra una sociedad feliz en que imperan la igualdad de bienes y la meritocracia, no hay cárceles ni crímenes. Su antítesis es el despotismo político y sexual de otro reino supuestamente visitado por ambos, el de Maâcoro, este sí ajustado al patrón descrito en Las 120 jornadas. En su vuelta al mundo literario, Sade ofrece varias profecías, entre ellas dos muy lúcidas: la de una colonización europea destructora y la de la grandeza futura de “la república de Washington”, la cual sobre el ejemplo romano, “subyugará primero a América y luego hará temblar la tierra”.
Un libertinaje ampliamente difundido es el marco en que se desenvuelven vida y obra de Sade. Libertinaje implicaba conversión en uso social de la primacía otorgada a la satisfacción sexual por quienes estaban en condiciones de ejercerlo. Fue así la expresión concreta del privilegio ejercido sobre el mundo de clases populares, y por tanto de mujeres, niñas y adolescentes, disponibles para su uso, abuso y desecho.
Es un punto en que la escritura de Sade parece casi siempre provocación, si bien vale también ocasionalmente como testimonio sociológico. Hoy sabemos que la pedofilia en el clero no solo era el invento de un ateo, sino una perversión ampliamente difundida. Otro tanto sucedía con la inmoralidad en los conventos. Los grandes y los peores libertinos en todos y cada uno de sus libros, corresponden a las altas categorías del antiguo régimen. Detentan el poder, su forma de actuar es necesaria e inevitable, pero son a cual más perverso y repulsivo. Es la diferencia que separa a Sade de otros autores libertinos, y en particular de su pariente Mirabeau. En El libertino de calidad, Mirabeau describe una trayectoria festiva, el recorrido de un depredador en busca de piezas (y de pago por sus servicios). Sade, con Las 120 jornadas, en el recinto cerrado del castillo, lejos de la mirada de las leyes, sigue el camino opuesto, al presentar una clasificación enciclopédica de las prácticas libertinas, según una combinatoria que martillea incesantemente sobre el lector hasta la final orgía de crímenes.

Ofrece una profecía, muy lúcida: la grandeza futura de la República de Washington
La angustiosa experiencia carcelaria de Sade debió contribuir a la extremosidad de los relatos, y el reconocimiento de esta circunstancia propició que en los años sesenta y setenta la dimensión negra de Sade fuera postergada a su indagación sobre el deseo y el sexo. Poco antes sus editores eran encarcelados, pero ahora, en el Marat-Sade de Peter Weiss, contaban las mutaciones en curso de la sexualidad, aupadas sobre la píldora, el amor libre y el feminismo. Despuntaba la convergencia de las dos revoluciones, el 68 en germen y la sexual. “¿Y qué será de la revolución sin una universal copulación?”, proponía la obra de Weiss. Sexo era libertad. En la escena final de Zabriskie Point, Antonioni puso imágenes a la utopía.
Nada menos utópico, sin embargo, que el determinismo fisiológico que preside la génesis del mal, cuya exposición pone Sade en boca de la monja libertina en la Historia de Julieta. Su lógica exigía ser pensada y explicada: “¿Qué es la existencia sin la filosofía?”, se pregunta la protagonista. Filosofía: un materialismo radical, enfrentado a la idea de Dios. El hombre está sometido a impulsos irreprimibles que fijan su conducta, los cuales le llevan “a satisfacer sus deseos sin contar con el mal producido en el prójimo”. La moral se ve encadenada por la causalidad física. Además, a diferencia del animal, la práctica de ese dominio sexual sobre el otro, acompañada del instinto de destrucción, es objeto de reflexión en su conciencia, de modo que el placer consiguiente requiere su contemplación por el actor, y sus eventuales cómplices, en una secuencia de acción-reflexión-espectáculo. Provocar el sufrimiento, recrearse en el sufrimiento. Una concepción antropológica reflejada tantas veces en la posterior historia de la barbarie, viniendo a confirmar que “el sueño de la razón produce monstruos”.
Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

lunes, 8 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre el marqués de Sade

   En "El País":
EN EL BICENTENARIO DEL MARQUÉS DE SADE

El animal que habita en nosotros

¿Uno de los espíritus más libres de la historia o alguien que llevó al límite el ideario del Antiguo Régimen?


Grabado del Marqués de Sade. / MARY EVANS (RUE DES ARCHIVES)
Donatien Alphonse François de Sade, más conocido como el marqués de Sade, de cuya muerte se cumplen hoy 200 años, nació en 1740, en pleno Siglo de las Luces, y tuvo el honor de ser perseguido tanto por el Antiguo Régimen como por la Asamblea Revolucionaria. Dicho en otras palabras: ningún sistema podía asimilarlo, y solo el paso del tiempo y el cambio de actitudes morales y filosóficas han ido permitiendo que toda su obra salga a la luz. Aún ahora mismo no es fácil enjuiciarlo. Dependiendo del prisma desde el que se le mire, puede parecer uno de los espíritus más libres y revolucionarios de todos los tiempos, como creían Flaubert, Rimbaud, Bataille y los surrealistas, o puede verse también como alguien que llevó al límite de lo posible el espíritu disoluto y despótico de la aristocracia del Ancien Régime. Quizá ambas tendencias conforman una unidad dialéctica inseparable de su figura, y quizá las dos tienen razón, si bien solo parcialmente.
Aunque en su obra aparece con mucha frecuencia la figura del verdugo en actos descritos con temple frío y distanciador, lo cierto es que pasó buena parte de su vida en cárceles y asilos mentales, y en ese sentido fue claramente una víctima purgando delitos que no había cometido, a no ser que consideremos un delito sus libros. Dicho lo cual cabe pensar que lo condenó la ausencia de libertad de expresión más que su presunta apología del crimen y el horror.

Solo el cambio de actitudes morales ha permitido que toda su obra vea la luz
Es evidente que no fue tan disoluto como sus personajes, y no pocos de sus contemporáneos se entregaron a orgías de sangre en las que Sade no participó: le bastaba con imaginarlas. Aunque fue muy original, no hay que ignorar que parte de su obra está estrechamente vinculada a un género muy de moda en su tiempo: el libelo obsceno y demoledor.
Practicó todos los géneros literarios de la época: novela, ensayo, poesía, teatro, y algunas de sus obras más celebradas, como La filosofía en el boudoir y sus novelas, están llenas de humor corrosivo y desestabilizador.
En lo que se refiere a la cultura en español, Octavio Paz le dedicó un hermoso poema: El prisionero; Rafael Conte se ubicó en su alma haciendo un relato en primera persona: Yo, Sade; y Gonzalo Suárez le dedicó una novela monumental, presidida por una desconcertante objetividad cinematográfica, no del todo ajena al efecto distanciador del marqués: Ciudadano Sade.
En lo que se refiere a Francia, los textos dedicados al marqués son innumerables y me referiré solo a dos que impresionan por su sutileza: Sade mi prójimo, donde Pierre Klossowsky profundiza en los aspectos más abismalmente humanos de Sade, y el ensayo de Roland Barthes Sade, Fourier, Loyola. Puede sorprender que Barthes relacionase a Sade con Loyola, pero no si advertimos que en los dos se detecta una mística de la enumeración. Como Ignacio de Loyola en sus ejercicios, Sade quiere ser exhaustivo y agotar todas las fantasías posibles, hasta que ya no pueda añadirse ni una más: tiene esa ambición, hija de la Enciclopedia.

Practicó todos los géneros de la época: novela, ensayo, poesía, teatro
Es ya común decir que se trata de un escritor más bien aburrido. En sus novelas no lo parece en absoluto. Puede resultar más tedioso en libros inclasificables como Las 120 jornadas de Sodoma, pero no si se lee desde un ángulo psicológico y antropológico, pues ilustra mucho de todo ese magma sangriento y totalitario que alberga la zona gris del alma, esa zona en la que la figura humana deja de conmover y emocionar para convertirse en una sustancia abstracta sobre la que poder ejercer toda la violencia que omitimos normalmente, y que según Freud sería el resultado más íntimo e inconfesable del malestar de la cultura y de todas sus mordazas. A menudo olvidamos que dentro de nuestro ser malvive un animal que clama por sus derechos, y que a veces despierta para mostrar su cara menos complaciente.
Siendo en sí mismo un racionalista, abre de par en par las puertas de lo irracional. Su verdadera filosofía aparece con bastante claridad en su poema La verdad, donde atribuye a la naturaleza un furor desatado y una violencia desmedida y aconseja dejarse llevar, sin ninguna resistencia, por ese mismo furor y esa misma violencia. Puede ser muy discutible esa idea de la naturaleza, pero con toda evidencia nos hallamos ante una visión que se adelanta al espíritu volcánico del Romanticismo y a todos los excesos del simbolismo y el surrealismo. Curiosamente, nadie ha llegado tan lejos en la exploración de la crueldad. Sade marca un límite demencial que nos sigue dejando estupefactos, a pesar de que llevamos ya un buen tiempo aceptándolo entre nosotros. Quizá hay escritores que nunca acaban de ser asimilados por completo, y en eso se fundamentaría su verdadera gloria. Nietzsche sería uno de ellos, el otro sería sin duda alguna Sade.

Sade al desnudo

WINSTON MANRIQUE SABOGAL
El marqués de Sade a través de la biografía de su esposa, de sus cuentos más eróticos y de una exposición en el Museo de Orsay dan cuenta de la realidad de uno de los clásicos más polémicos y populares de la literatura y la vida. Estas son algunas de las novedades literarias y eventos que conmemoran el bicentenario del autor de obras como Justina o los infortunios de la virtud.
Renée Pélagie, marquesa de Sade, del periodista Gérard Badou, y publicado en España por Ediciones del Subsuelo, es una de las novedades más jugosas al describir la enigmática pasión que encadenó a esta mujer a su marido que la llamaba en la intimidad su “pequeña pularda”.
Ella era solo año y medio más joven que él (nació en diciembre de 1741 y murió el 7 de julio de 1810). Al principio, Sade (1740-1814) la despreció, pero con el tiempo llegaría a decirle: “Te amaré hasta la tumba”. Más que una pareja al uso, fueron aliados, escribe Badou. Lo que ocurre es que según las propias palabras del Marqués, él reconocía tener el “pequeño defecto de amar quizá demasiado a las mujeres”, y dar rienda suelta a su libertinaje que no era otro que tratar de vivir al margen de las coordenadas sociales y ver hasta dónde podía llegar el ser humano en su vida sexual sin restricciones.
Esta biografía relata la vida de la marquesa y, de paso, de su famoso marido, y con ella la pregunta sobre qué resortes ocultos, misteriosos y desconocidos tiene el ser humano para aceptar vivir, amar y desear a alguien que lo traiciona o le hace daño. Es más, incluso, Renée Pélagie habría facilitado las cosas para que Sade diera rienda suelta a sus instintos libidinosos y sexuales. La marquesa pudo haber contribuido, según la biografía, a que su marido viviera y practicara con mujeres, en su casa, las escenas recreadas en obras como Aline y ValcourJustine y Los 120 días de Sodoma. Una biografía que más que la vida de la pareja es un viaje por los intersticios y laberintos no confesables e irracionales del ser humano.
Parte de esa vida también se refleja en el volumen Cuentos eróticos, del Marqués de Sade, editados por Hermida Editores, con la traducción de Enrique Martínez Fariñas. Son relatos prohibidos, junto a los libros, hasta hace poco más de medio siglo, pero que hoy se pueden comprar y leer. En ellos se aprecia la concepción de la libertad y el deseo erótico y la transgresión.
En Francia, una de las conmemoraciones más destacadas es la exposición en el Museo de Orsay, de París, titulada Atacar al sol. Con esta exposición y la frivolidad con la que se vive en este siglo de la sociedad del espectáculo, escribió Mario Vargas Llosa en EL PAÍS, el pasado 2 de noviembre, se logrará “acabar con la leyenda maldita que rodeaba al personaje y a sus libros y probar que ni aquel ni éstos eran tan peligrosos ni malignos como se creía”.