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martes, 26 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "'Alicia' cumple 150 años". Alberto Manguel

  En "El País":

‘Alicia’ cumple 150 años

Leídos de niño, los libros de Alicia reflejan el asombro y el miedo de la infancia; leídos en la adolescencia, la indignación ante la idiotez e hipocresía de los adultos


Representación teatral de 'Alicia en el País de las Maravillas', en Londres hacia 1900. /CORBIS

El 4 de julio de 1862, el reverendo Charles Lutwidge Dodgson, profesor de matemáticas en Oxford, anotó en su diario que, acompañado de su amigo, el señor Duckworth, había llevado a las tres niñas Liddell en una pequeña barca a tomar el té a orillas del Támesis cerca de Godstow. Las niñas —Lorina, Edith y Alicia— eran hijas del decano de Christ Church, y a las tres les encantaba escuchar las historias que el reverendo Dodgson les contaba, armando argumentos estrafalarios a partir de las interrupciones, comentarios y sugerencias de las niñas. Esa tarde, Dodgson decidió que la protagonista de la historia fuese Alicia, quien acababa de cumplir los diez años. A medida que iba desarrollándose el argumento, el asombro del señor Duckworth ante el maravilloso cuento fue tal, que le preguntó a su amigo si en verdad estaba improvisando. “Sí”, le respondió Dodgson, también él sorprendido, “lo estoy inventando paso a paso”. En tales milagrosas circunstancias nace Alicia en el País de las Maravillas.
A pedido de la niña, Dodgson volcó la historia al papel con el título de Las aventuras de Alicia bajo tierra acompañándola de sus dibujos. En 1865, la editorial Macmillan de Londres publicó el libro bajo el título con el cual es conocido, firmado por “Lewis Carroll” y con las ilustraciones del dibujante satírico John Tenniel. Seis años más tarde, en la Navidad de 1871, apareció el segundo volumen de las aventuras de Alicia, A través del espejo. Los dos libros forman parte de la pequeña biblioteca de obras esenciales de la humanidad y, como casi todas las otras —la Epopeya de Gilgamesh, la Odisea, la Divina Comedia, el Quijote, Moby Dick— son la crónica de un viaje.
Si creemos la versión de los hechos narrada por el mismo Dodgson, y también por el señor Duckworth y Alicia (ya mayor contó muchas veces las circunstancias del nacimiento), podemos preguntarnos de dónde surge y en qué consiste la inspiración poética que da a luz una obra maestra de una invención tan asombrosa y una lógica tan impecable. Nada conocemos de la composición de Gilgamesh y de la Odisea pero podemos imaginar que generaciones de recitadores pulieron estos poemas y los alteraron; suponemos (la sugestión es de Ossip Mandelstam) que Dante, privado de sus libros en su largo exilio, garabateó y destruyó docenas de esbozos de su obra antes de enviar los cantos acabados a su protector, Can' Grande della Scala; sabemos (o creemos saber) que Cervantes quiso escribir una novela ejemplar más, pero que ésta se empeñó, contra los deseos de su autor, en ser otra cosa, más ambiciosa y arriesgada; conocemos las muchas etapas de la laboriosa invención de la ballena blanca y su perseguidor, antes de que Melville se decidiera a dar a la imprenta la versión que juzgó satisfactoria.
Pero en el caso de Alicia, ¿en qué selva oscura —como la del bosque sin nombres— halló Dodgson los seres que habitan sus mundos? ¿Qué voces secretas —como la del melancólico jején en A través del espejo— dictaron al reverendo Dodgson su extraordinaria pesadilla? Dante confiesa a sus lectores que no es sino el “escriba de Dios” y que Apolo es quien lo guía, pero del misterioso espíritu que soñó para Dodgson las aventuras de Alicia no sabemos nada, salvo que la obligó a lanzarse en un viaje espiritual en el que lo absurdo se une a lo trágico, como en todas nuestras vidas.

Espíritu burlesco

En la literatura española, los viajes espirituales encuentran sus manifestaciones en la poesía mística y en la novela picaresca. En la literatura inglesa (quizás por la obligación de ser explícito impuesto por la Reforma) estos viajes son por lo general didácticos. El Pilgrim's Progress de Bunyan, el Ancient Mariner de Coleridge, los Viajes de Gulliver de Swift, son obras maestras que no ocultan su voluntad de impartir una lección y acaban con una moraleja. Es quizás para evitar esa trampa, que Dodgson no se propuso a sí mismo como protagonista de su Comedia si no que cedió ese lugar a Alicia; es como si Dante, en lugar de declararse el peregrino de su crónica otorgase ese rol a Beatriz, su inspiradora.
Los libros de Alicia, más que enseñar, se burlan de los rituales de la enseñanza, como en el examen al que Alicia es sometida por las Reinas Blanca y Roja (“¿Cómo se dice turulululú en francés?”. “Turulululú no es una palabra española”, Alicia responde con toda seriedad. “¿Quién dijo que lo era?”, contesta la Reina Roja.) Y en cuanto a extraer una moraleja de la historia, la reductio ad absurdum de la Duquesa (“Todo tiene una moraleja, con tal de poder descubrirla”) aniquila para siempre toda voluntad literariamente dogmática que un crítico intentase hallar en las obras de Carroll.
Leídos de niño, los libros de Alicia reflejan el asombro y el miedo de la infancia; leídos en la adolescencia, la indignación ante la idiotez e hipocresía de los adultos. Luego vienen las Alicias mayores que se rebelan ante la injusticia (como cuando el Mensajero del Rey es condenado por un crimen que quizás no cometerá nunca), ante la codicia y el despotismo de los que gobiernan (como cuando la Reina afirma que “habrá mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy”), ante el egoísmo de nuestros congéneres (como cuando el Sombrerero Loco se rehúsa a hacer lugar en la mesa para muchos comensales), ante la aparente insensatez del mundo (“No puedes evitar andar entre locos”, le dice a Alicia el Gato de Cheshire. “Somos todos locos aquí”.)
Hay obras que nos guían, nos iluminan, nos fortalecen, nos hacen más inteligentes, sin decirnos jamás cómo lo hacen ni por qué. Estas obras existen, en medio de nuestras infamias y fracasos, como una milagrosa prueba del poder de la inteligencia humana. Entre ellas se destacan, resplandecientes, los libros de Alicia.

martes, 3 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Oficio de contar", por Antonio Muñoz Molina

En un fotograma de 'Esto no es una película', Jafar Panahi delimita en el suelo de su vivienda la supuesta habitación de la joven que iba a protagonizar su próximo filme. ("El País")


   En "El País":
Oficio de contar
   "Estamos tan hechos para contar historias que en cuanto nos dormimos lo primero que hacemos es empezar a segregarlas".

Antonio Muñoz Molina 10 MAR 2012

   Contar historias y escucharlas no es un lujo intelectual al que se entreguen unas cuantas personas con poco sentido práctico: es una fatalidad genética de la especie. Desde que empieza a tener un cierto dominio del idioma un niño no para de preguntar y de inventar y de exigir que le cuenten y de marearle la cabeza con relatos a quien ande cerca. Queremos algunas veces que nos digan la verdad y otras que nos mientan, y con el mismo empeño miramos a alguien a los ojos y le contamos lo que hemos guardado en secreto durante mucho tiempo, y también miramos con fijeza o apartamos ligeramente la mirada para improvisar una mentira. Contamos con palabras y contamos por señas cuando las palabras nos faltan o cuando creemos que ocultamos algo y nuestros gestos o nuestra entonación nos traicionan. Miramos por casualidad una película o una serie de televisión y aunque no tengamos ningún interés si tardamos unos segundos más en pulsar el mando a distancia ya nos quedamos atrapados por una historia, no porque sea buena o mala, sino porque es una historia, porque nos propone una intriga y nos tienta con el cebo infalible de una solución. Contamos en voz alta y contamos por escrito, y algunos cuentan dibujando imágenes o tomando fotos o haciendo películas, o más primitivamente aún, más despojadamente, arañando un nombre en un tronco de un árbol, en el muro de un templo egipcio, en la pared de una celda, imprimiendo una mano abierta en la arcilla húmeda de una cueva paleolítica o en una de esas losas de cemento de las que están hechas las aceras de Nueva York.
   Para que no quedara constancia escrita de los poemas que podían mandarlo a prisión Osip Mandelstam los componía enteros en su cabeza y se los recitaba a su mujer para que ella los aprendiera de memoria. La métrica y la rima facilitan una escritura solo mental. Cuando se iba quedando ciego Borges compuso poemas mucho más medidos y rimados que los de su juventud. En vez de aquellas hojas rayadas de cuaderno escolar en las que escribía con una letra de una pequeñez inverosímil, con una pulcritud de ejercicio caligráfico y de miniatura, Borges ensayaba versos en voz alta y medía las sílabas golpeando suavemente con las yemas de sus dedos blancos de ciego. A Emil Nolde, que se sentía tan cercano a los nazis y sin embargo fue incluido por ellos en la etiqueta infamante del arte degenerado, le prohibieron exponer, y también comprar lienzos, pinceles y óleos: lo que hizo fue pintar acuarelas en láminas de cartulina del tamaño de postales, y la pobreza de medios y la limitación del espacio agregaron una fuerza más concentrada a sus visiones sombrías de horizontes marinos y playas abandonadas. Matisse hizo sus prodigiosos collages cuando la penuria de los años de la ocupación lo dejó sin otros materiales.
   Estamos tan hechos para contar historias que en cuanto nos dormimos lo primero que hacemos es empezar a segregarlas. El yo no es una figura sólida y estable sino un relato en marcha que la mente está contándose siempre a sí misma, una tentativa permanente por otorgar coherencia y continuidad al laberinto simultáneo de las operaciones cerebrales y a la multiplicación alucinante de los estímulos de los sentidos. El juego infantil del cuéntame un cuento recuento que nunca se acabe con pan y pimiento es la traslación poética y rítmica de esa narración incesante. En un solo vagón de metro, entre las conversaciones de la gente y las divagaciones de los solitarios de mirada perdida y las historias de los que se sumergen en un libro, hay más novelas posibles que en toda una biblioteca.
   Los sordos hablan tumultuosamente con las manos. Las historias que no les llegan por los ojos los ciegos las urden con el tacto, el olfato, el oído. El que ha perdido el uso del habla por un accidente o un ataque lo recupera poco a poco, palabra por palabra, como el que aprende a caminar de nuevo, con el mismo empeño sin desánimo.
   No callamos ni debajo del agua. No callaríamos ni bajo la tierra. Al cineasta iraní Jafar Panahi lo condenaron en 2009 a seis años de cárcel, a no dirigir películas y a no salir del país durante veinte años. Con la condena en suspenso lo forzaron a quedarse encerrado en su casa, con la amenaza constante de volver a prisión. Cuando lo condenaron, Panahi acababa de someter a la censura un guión sobre la vida de una chica que quiere ir a la universidad a estudiar arte, pero a la que sus padres encierran porque son muy religiosos y les ofenden esas aspiraciones. El permiso de rodaje fue negado. Jafar Panahi no iba a hacer esa película ni ninguna otra. Tenía prohibido salir de su casa. Tenía que quedarse aguardando las noticias probablemente fatídicas que le traerían los abogados.
   Entonces decidió hacer una película sobre su mismo encierro, sobre la mordaza que le impedía salir de casa y del país y hacer películas. Sobre la mesa del desayuno puso una cámara digital. Se filmó a sí mismo desayunando y mirando por el balcón hacia la calle que no podía pisar y hablando por teléfono con la abogada que lo mantenía al tanto de sus negras perspectivas penales. Vino a verlo otro amigo cineasta, Mojtaba Mirtahmasb, y le pidió que fuera él quien manejara la cámara. También filmó con la cámara de su iPhone. Filmó a una iguana que anda por su casa con lentitudes de criatura prehistórica y al portero que llama a la puerta para recoger la basura, y a una vecina que quiere dejarle un rato su perro mientras ella sale. Como no podía hacer su película leyó el guión delante de la cámara, se lo contó a su amigo, puso cintas adhesivas en el salón de su casa para delimitar los espacios de las habitaciones en las que vivía encerrada la protagonista de su historia. Describe lo que se vería en cada uno de los planos que no puede rodar: una ventana que da a un callejón, una mujer anciana que se acerca caminando despacio, un hombre joven que la ayuda y que parece que está enamorado de la chica encerrada, pero que tal vez es un agente de la policía secreta… En un momento dado el cineasta deja caer el guión sobre sus rodillas y hace un gesto de capitulación. Entre decir una película y hacerla hay un abismo irreparable.
   En las ventanas va atardeciendo, anochece. El amigo se va y la cámara que manejaba queda en marcha sobre la mesa de la cocina. De la calle vienen los ruidos del tráfico y los de los fuegos artificiales de una fiesta de fin de año. Lo que estamos viendo se titula Esto no es una película: no es una broma intelectual, sino un hecho. La última imagen es la calle a oscuras que el cineasta no puede atreverse a pisar. No hay música, casi no hay créditos. El material filmado salió de contrabando de Irán. Proscrito, encerrado, silenciado, de un modo o de otro Jafar Panahi seguirá dedicado al oficio y al vicio de contar.

   Esto no es una película (2010), de Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb, se estrenará en España el 30 de marzo. http://www.thisisnotafilm.net/.

antoniomuñozmolina.es

domingo, 20 de junio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "¿'Perdidos' o 'Flashforward'?", por Agustín Fernández Mallo

Agustín Fernández Mallo
En Babelia, suplemento cultural de "El País":

¿'Perdidos' o 'Flashforward'?


AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO 12/06/2010

Un ejemplo de texto en el que no se le anticipan acontecimientos al lector podría ser el Quijote; su trama se desarrolla a medida que el lector convive con sus personajes. En el extremo contrario, hay cuentos en los que el final es un dato dado, y la consecución de la obra consiste en ir desvelando cómo los acontecimientos han ido deviniendo hasta llegar al estado actual. Ejemplo de esta literatura "anticipatoria" lo encarna El lazarillo de Tormes: el autor se sitúa al final de los hechos y, como si de la propia tradición oral se tratara, nos cuenta su historia. Lo que separa a estas dos maneras de encarar la narración no es otra que la definición de "lo moderno". Si el Quijote es la primera novela moderna se debe en parte a que narra "sobre el vacío", de manera claramente orgánica y sin saber, como en la vida misma, qué le va a ocurrir a ese rocín, a esa célula; no acepta la tradición oral, aquella que ya sabe el final de la historia y escenifica y monta un decorado no para presentarla, sino para re-presentarla: una característica claramente premoderna pero perpetuada en manifestaciones culturales como el folclore, la religión, el rock (especialmente los subgéneros del metal) y en general todo aquello que implique mitología y rito.
Esta dualidad nos remite al debate sobre el origen de la vida. Los creacionistas afirman que la vida es un cuento en el que Dios ya conocía el final, sólo tuvo que poner en marcha su máquina de narrar y así todos somos una especie de marionetas en su Gran Ficción. Para los darwinistas, como en el Quijote, la vida se desarrolla según nociones sujetas al azar de lo mutante, la ficción nunca está escrita y, en último extremo, no existe esa Gran Ficción. En el cine, grandes películas son cuentos orales, se ajustan al "arquetipo lazarillo", por ejemplo, Ciudadano Kane o Rebecca. En ambas todo comienza por el final, "Rosebud...", "Anoche soñé que regresaba a Manderley...", la historia comienza por lo que "no deberíamos saber" para más tarde ir reconstruyéndola. En el extremo contrario, películas "modernas" [en este sentido de la palabra moderno], hallamos, Los pájaros, Hitchcock; El planeta de los simios (la original, Franklin J. Schaffner), o llevando la no anticipación al límite de la perfección, Exotica de Atom Egoyan, o Hana-Bi de Takeshi Kitano. En el inconmensurable mundo de las teleseries contemporáneas, el ejemplo de no anticipación vendría encarnado por Perdidos, en la que el espectador va perdiendo el equilibrio a cada momento al mismo tiempo que los personajes [se habla ya de esta teleserie como del Quijote de las narraciones visuales]. El caso contrario lo encontramos en otra reciente, Flashforward, en la que todo el planeta Tierra sufre un desmayo de pocos minutos para, en ese ínterin, cada persona ver su futuro; la narración consiste en desentrañar cómo demonios librarse de ese futuro que aún no se ha producido, pero que ya está escrito.
Todos estos ejemplos, de lo que realmente hablan es de dos cosmovisiones: la que admite la existencia de la complejidad de los sistemas vivos [la vida como una suma de catástrofes] y la cercana al determinismo newtoniano.

Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) ha publicado recientemente la novela Nocilla Lab (Alfaguara. Madrid, 2009. 184 páginas. 16 euros) y el ensayo Postpoesía: hacia un nuevo paradigma (Anagrama. Barcelona, 2009. 176 páginas. 15 euros).

martes, 28 de abril de 2009

BIBLIOTECA. "Todos los nombres", de José Saramago.

Don José es un funcionario que cultiva la inocente afición de coleccionar noticias sobre personas famosas. Para otorgarles fiabilidad, decide completarlas con documentos que obtiene del Registro Civil donde trabaja, aunque esta investigación suponga cometer infracciones al reglamento y le lleve a protagonizar aventuras de las que nunca se había creído capaz.
Esta novela de José Saramago, Premio Nobel de Literatura, ha sido considerada como la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos y uno de esos pocos libros que todavía merecen ser definidos como un clásico.
(Texto de la contracubierta)

Editado por RBA, en su colección Nueva Narrativa, está en la BIBLIOTECA.

lunes, 9 de marzo de 2009

CUENTO SEMANAL 1. "El hijo", de Horacio Quiroga


EL HIJO
Horacio Quiroga

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
—Ten cuidado, chiquito —dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
—Si, papá —responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
—Vuelve a la hora de almorzar —observa aún el padre.
—Sí, papá —repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte —caza de pelo— se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá —menos aún— y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
Horrible caso .. Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo, y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos suena un estampido.
—La Saint-Étienne... —piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte...
Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire —piedras, tierra, árboles—, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro —el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años—, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil..?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...
Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama par él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
—¡Chiquito! —se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
—¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! —clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...
—¡Chiquito..! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
—Chiquito... —murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
—Pobre papá...
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres..
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
—¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora..? —murmura aún el primero.
—Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...
—¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
—Piapiá... —murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
—Y las garzas, ¿las mataste? —pregunta el padre.
—No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre devuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

lunes, 2 de febrero de 2009

jueves, 8 de enero de 2009

TINTÍN


El 10 de enero de 1929 aparece por primera vez el personaje de Tintín. Desde entonces, su fama y su influencia no han dejado de crecer.


Pero, justamente por su fama y por su influencia, se ha convertido muchas veces en centro del debate. Por ejemplo, ¿cuál es su inclinación sexual? Vamos a analizarla aquí
Además, todo un dossier sobre el personaje: TINTÍN
WEB OFICIAL DEL PERSONAJE, EN FRANCÉS: TINTÍNOFICIAL

martes, 30 de diciembre de 2008

LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA, de Edgar Allan Poe

Seguimos con nuestra antología, para conmemorar el segundo centenario del nacimiento de E. A. Poe.

En esta ocasión, La máscara de la muerte roja.

Cuento publicado en 1842, narra el encierro de un príncipe y su corte en una especie de castillo fortificado, para protegerse de la peste, de la muerte roja, que anida en el exterior.
Crea un efecto de misterio basado en la descripción de los salones de palacio, con sus luces, un reloj de ébano que señala siniestramente la hora, y un baile de máscaras.

Sin duda, entre los más conseguidos del narrador norteamericano.

Léelo aquí: LAMÁSCARADELAMUERTEROJA