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domingo, 7 de febrero de 2016

SOCIOLOGÍA. Entrevista a Zygmunt Bauman

   En "Babelia":

Zygmunt Bauman: “Las redes sociales son una trampa”

Es la voz del 'precariado'. El sociólogo denuncia la desigualdad y la caída de la clase media. Y avisa a los indignados de que su experimento puede tener corta vida

Zygmunt Bauman, en Burgos. En la entrevista habla del impacto de las redes sociales /VÍDEO Y FOTOS: SAMUEL SÁNCHEZ

Acaba de cumplir 90 años y de enlazar dos vuelos para llegar desde Inglaterra al debate en que participa en Burgos. Está cansado, lo admite nada más empezar la entrevista, pero se expresa con tanta calma como claridad. Se extiende en cada explicación porque detesta dar respuestas simples a cuestiones complejas. Desde que planteó, en 1999, su idea de la “modernidad líquida” —una etapa en la cual todo lo que era sólido se ha licuado, en la cual “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”—, Zygmunt Bauman es una figura de referencia de la sociología. Su denuncia de la desigualdad creciente, su análisis del descrédito de la política o su visión nada idealista de lo que ha traído la revolución digital lo han convertido también en un faro para el movimiento global de los indignados, a pesar de que no duda en señalarles las debilidades.
Este polaco (Poznan, 1925) era niño cuando su familia, judía, escapó del nazismo a la URSS, y en 1968 tuvo que abandonar su propio país, desposeído de su puesto de profesor y expulsado del Partido Comunista en una purga marcada por el antisemitismo tras la guerra árabe-israelí. Renunció a su nacionalidad, emigró a Tel Aviv y se instaló después en la Universidad de Leeds, que ha acogido la mayor parte de su carrera. Su obra, que arranca en los años sesenta, ha sido reconocida con premios como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2010, junto a su colega Alain Touraine.
Se le considera un pesimista. Su diagnóstico de la realidad en sus últimos libros es sumamente crítico. En ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (2014) explica el alto precio que se paga hoy por el neoliberalismo triunfal de los ochenta y la “treintena opulenta” que siguió. Su conclusión: que la promesa de que la riqueza de los de arriba se filtraría a los de abajo ha resultado una gran mentira. En Ceguera moral (2015), escrito junto a Leonidas Donskis, alerta de la pérdida del sentido de comunidad en un mundo individualista. En su nuevo ensayo vuelve a las cuatro manos, en diálogo con el sociólogo italiano Carlo Bordoni. Se llama Estado de crisis y trata de arrojar luz sobre un momento histórico de gran incertidumbre. Paidós lo publica en España el día 12.
Bauman vuelve a su hotel junto al filósofo español Javier Gomá, con quien ha debatido en el marco del Foro de la Cultura, un ciclo que celebrará su segunda edición en noviembre y trata de convocar en Burgos a los grandes pensadores mundiales. Él es uno de ellos.
PREGUNTA. Usted ve la desigualdad como una “metástasis”. ¿Está en peligro la democracia?

Ha sido una catástrofe arrastrar la clase media al precariado. El conflicto ya no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad”
RESPUESTA. Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no solo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces. Para actuar se necesita poder: ser capaz de hacer cosas; y se necesita política: la habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas.


Zygmunt Bauman / SAMUEL SÁNCHEZ
P. El péndulo que describe entre libertad y seguridad ¿hacia qué lado está oscilando?
R. Son dos valores tremendamente difíciles de conciliar. Si tienes más seguridad tienes que renunciar a cierta libertad, si quieres más libertad tienes que renunciar a seguridad. Ese dilema va a continuar para siempre. Hace 40 años creímos que había triunfado la libertad y estábamos en una orgía consumista. Todo parecía posible mediante el crédito: que quieres una casa, un coche… ya lo pagarás después. Ha sido un despertar muy amargo el de 2008, cuando se acabó el crédito fácil. La catástrofe que vino, el colapso social, fue para la clase media, que fue arrastrada rápidamente a lo que llamamos precariado. La categoría de los que viven en una precariedad continuada: no saber si su empresa se va a fusionar o la va a comprar otra y se van a ir al paro, no saber si lo que ha costado tanto esfuerzo les pertenece... El conflicto, el antagonismo, ya no es entre clases, sino el de cada persona con la sociedad. No es solo una falta de seguridad, también es una falta de libertad.
P. Afirma que la idea del progreso es un mito. Porque en el pasado la gente confiaba en que el futuro sería mejor y ya no.
R. Estamos en un estado de interregno, entre una etapa en que teníamos certezas y otra en que la vieja forma de actuar ya no funciona. No sabemos qué va a reemplazar esto. Las certezas han sido abolidas. No soy capaz de hacer de profeta. Estamos experimentando con nuevas formas de hacer cosas. España ha sido un ejemplo en aquella famosa iniciativa de mayo (el 15-M), en que esa gente tomó las plazas, discutiendo, tratando de sustituir los procedimientos parlamentarios por algún tipo de democracia directa. Eso probó tener una corta vida. Las políticas de austeridad van a continuar, no las podían parar, pero pueden ser relativamente efectivos en introducir nuevas formas de hacer las cosas.
P. Usted sostiene que el movimiento de los indignados “sabe cómo despejar el terreno pero no cómo construir algo sólido”.
R. La gente suspendió sus diferencias por un tiempo en la plaza por un propósito común. Si el propósito es negativo, enfadarse con alguien, hay más altas posibilidades de éxito. En cierto sentido pudo ser una explosión de solidaridad, pero las explosiones son muy potentes y muy breves.
P. Y lamenta que, por su naturaleza “arco iris”, no cabe un liderazgo sólido.
R. Los líderes son tipos duros, que tienen ideas e ideologías, y la visibilidad y la ilusión de unidad desaparecería. Precisamente porque no tienen líderes el movimiento puede sobrevivir. Pero precisamente porque no tienen líderes no pueden convertir su unidad en una acción práctica.

El 15-M, en cierto sentido, pudo ser una explosión de solidaridad, pero las explosiones son potentes y breves"
P. En España las consecuencias del 15-M sí han llegado a la política. Han emergido con fuerza nuevos partidos.
R. El cambio de un partido por otro partido no va a resolver el problema. El problema hoy no es que los partidos sean los equivocados, sino que no controlan los instrumentos. Los problemas de los españoles no están confinados al territorio español, sino al globo. La presunción de que se puede resolver la situación desde dentro es errónea.
P. Usted analiza la crisis del Estado-nación. ¿Qué opina de las aspiraciones independentistas de Cataluña?
R. Pienso que seguimos en los principios de Versalles, cuando se estableció el derecho de cada nación a la autodeterminación. Pero eso hoy es una ficción porque no existen territorios homogéneos. Hoy toda sociedad es una colección de diásporas. La gente se une a una sociedad a la que es leal, y paga impuestos, pero al mismo tiempo no quieren rendir su identidad. La conexión entre lo local y la identidad se ha roto. La situación en Cataluña, como en Escocia o Lombardía, es una contradicción entre la identidad tribal y la ciudadanía de un país. Ellos son europeos, pero no quieren ir a Bruselas vía Madrid, sino desde Barcelona. La misma lógica está emergiendo en casi  todos los países. Seguimos en los principios establecidos al final de la Primera Guerra Mundial, pero ha habido muchos cambios en el mundo.
P. Las redes sociales han cambiado la forma en que la gente protesta, o la exigencia de transparencia. Usted es escéptico sobre ese “activismo de sofá” y subraya que Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿las redes son el nuevo opio del pueblo?
R. La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

Estado de crisis. Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni. Traducción de Albino Santos Mosquera. Paidós. Barcelona, 2016. 157 págs., 16,95 euros

jueves, 29 de mayo de 2014

PRENSA. "Ocho gráficos que explican la desigualdad en la distribución de la riqueza en España"

   En "elconfidencial.com":


AA
¿Qué factores influyen a la hora de percibir más o menos renta? La Encuesta de Condiciones de Vida 2013, publicada ayer por el Instituto Nacional de Estadística (INE), trata de dar respuesta a esta cuestión y establece siete condicionantes fundamentales: sexo, edad, nacionalidad, lugar de residencia, formación, actividad y tipo de hogarEl Confidencial analiza en ocho gráficos la incidencia de cada uno de estos aspectos en la distribución de la renta.
Para ello se han tomado las tablas de clasificación de personas por decil de renta de la Encuesta de Condiciones de Vida 2013. Este concepto estadístico se refiere a las diez partes iguales en las que se divide una población en función de la renta, cada una de las cuales representa un décimo de ella. Por ejemplo, el primer decil representa el 10% de personas que percibe menor renta, que el INE fija por debajo de 5.567 euros. Por su parte, el décimo decil muestra el 10% de personas que tiene mayor renta, cuantía establecida por encima de 27.860,5 euros.
La Encuesta de Condiciones de Vida se ha elaborado a partir de una muestra de 16.000 viviendas distribuidas en 2.000 secciones censales. Esto quiere decir que se han elegido ocho viviendas en cada sección censal.
Más fácil ser pobre en Castilla-La Mancha
Mientras en el País Vasco es más común percibir más de 27.800 euros anuales, en Castilla-La Mancha sucede lo contrario, como ilustra el gráfico que encabeza esta noticia: la mayor parte de sus habitantes vive con menos de 5.600 euros anuales. Por su parte, la regiones con mejor distribución de ganancias medias son Castilla y León y Cataluña.
El cambio metodológico introducido por el INE en 2013 no permite ver la evolución de la riqueza hasta el día de hoy. Por ello, para hacerse con una imagen de cómo se ha modificado la riqueza de los españoles durante la crisis hay que remitirse a los datos de las Encuestas de Condiciones de Vida realizadas entre 2004 y 2012.
Así, la proporción de población que se sitúa en las rentas más bajas (dos primeros deciles, menos de 8.000 euros anuales) ha aumentado en Aragón,AsturiasBalearesCanariasCataluña Madrid entre 2004 y 2012. En esta última, a lo largo de estos ocho años se ha doblado el porcentaje de ciudadanos pobres cuyos ingresos no alcanzan los 5.600 euros anuales. Pero sólo 6 de cada cien madrileños se encontraban en esta franja en 2012, muy lejos del 17,8% de quienes percibían la renta más baja en Castilla-La Mancha.Navarra, en cambio, era la comunidad donde el primer decil de renta concentraba a la menor porción de habitantes: sólo un 3,9%, la mitad que en 2004.
Entre la población con rentas más altas, destaca el aumento de La Rioja. En 2004, el 5,7% de la población percibía más de 27.000 euros anuales, mientras que en 2012 su presencia subía hasta el 10,3%. Murcia, por el contrario, es la más que más ‘ricos’ perdió: del 5,3% hasta el 2,4%.

Más mujeres con rentas bajas
Los hombres predominan en las rentas medias-altas, mientras que las mujeres lo hacen en las rentas medias-bajas. Este podría ser el resumen de la desigualdad en la distribución de la renta según el sexo, en el que las diferencias entre sexos son de décimas. La excepción se observa en el 10% de la población con menor nivel de renta, en el que hay un punto porcentual más de hombres que de mujeres (10,5% por 9,5%).


Jubilados con menos de 10.000 euros
Cumplir años aumenta la posibilidad de percibir mayores rentas, merced a la antigüedad en una empresa, al menos hasta los 65 años. La jubilación hace descender los ingresos hasta el punto de que el mayor porcentaje de jubilados se sitúa en el tercer decil, percibiendo entre 8.051 y 9.697 euros al año, con una clara diferencia entre mujeres y hombres. El 4% de los mayores de 65 años obtuvo una renta inferior a 5.567 euros en 2013.


Mayor formación, mayor renta
Un mayor nivel de formación va de la mano de una renta más alta. Las personas con un mayor nivel educativo son las más presentes en los tres escalones más altos de la renta, con unas ganancias declaradas a partir de 18.200 euros al año. Así, un cuarto de los titulados universitarios ingresa más de 27.800 euros al año (décimo decil), por el 3,2% de personas con estudios primarios y el 4,4% de quienes llegaron hasta la educación secundaria. En el caso del bachillerato, la proporción sube hasta el 9,8%. 

15% de ocupados 'ricos'
Estar en el paro condena a descender a las capas más bajas de la sociedad en cuanto a nivel de renta. Más de la mitad de los parados ingresaron menos de 9.697 euros el año pasado, y casi el 23% se situaron por debajo de los 5.567 euros. Todo lo contrario sucede en el caso de los ocupados: a medida que aumenta el nivel de renta, la presencia de trabajadores en los estratos superiores es mayor, hasta el punto de que el 15,2% de los ocupados percibieron más de 27.860 euros en 2013.


Los extranjeros perciben menos rentas
Los extranjeros, especialmente los de fuera de la Unión Europea, tienen más posibilidades de situarse en las capas bajas de la sociedad. Las diferencias entre los diferentes deciles son más bruscas para las personas de fuera de nuestro país, mientras que en el caso de los españoles se observa un aumento constante hacia los estratos sociales más elevados.


¿Mejor sin niños?
Ser padre o madre sin pareja no es fácil. Y el INE lo confirma. Según los datos de la encuesta analizada, los hogares formados por un adulto con uno o más niños son los que cuentan con menos recursos. De hecho, uno de cada cuatro de ellos percibe una renta anual que no alcanza los 5.600 euros.
La mayor concentración de riqueza, por el contrario, se sitúa en los hogares compuestos por dos adultos sin niños, ya que el 13,4% de ellos percibe más de 27.000 euros anuales.

jueves, 6 de febrero de 2014

PRENSA. Entrevista al sociólogo Zygmunt Bauman

   En "elconfidencial.com":



AA
Sonríe feliz cuando encuentra un cenicero en la sala que la Fundación Rafael del Pino ha habilitado para las entrevistas de prensa. Fumador empedernido, tiene su pipa (apagada) a mano durante la conversación, en la que muestra una vitalidad inesperada para sus casi noventa años. Zygmunt Bauman, nacido en Polonia en 1925, reside en el Reino Unido desde 1971, donde fue profesor en la Universidad de Leeds, pero fue a partir de los 90 cuando su obra se popularizó, convirtiéndose en el sociólogo de referencia, gracias a aportaciones conceptuales como sociedad líquida. Autor prolífico de éxito tardío, asegura escribir lo mismo que antes, sólo que ahora se lo publican. España le concedió en 2010 el premio Príncipe de Asturias de Humanidades, exaequo con Alain Touraine.
En su último libro publicado en España, ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (Paidós), Bauman refuta esas tesis populares según las cuales vivimos en un mundo mejor porque hay más riqueza global. ”Podemos valorar cómo está el mundo haciendo una media, pero el ser humano medio no existe, es una ficción estadística. Una investigación muy iluminadora, realizada por Richard Wilkinson y Kate Pickett [editada por Turner en España con el título Desigualdad], muestra cómo la calidad de vida de una sociedad no se mide a través del ingreso medio, sino mediante el grado de desigualdad en los ingresos. El alcoholismo, la violencia, la criminalidad y demás patologías sociales aumentan cuando lo hacen las desigualdades aunque la riqueza global se incremente”.
Las nuevas generaciones ya no parten de lo logrado por sus padres, sino que tratan de alcanzar las condiciones bajo las que han vivieronNo nos encontramos en un buen momento, asegura el sociólogo, porque estamos de repliegue, regresando a cotas de desequilibrio que creíamos haber abandonado para siempre. Bauman señala que en los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial las políticas estatales intentaron que aumentase la riqueza total, pero también que su distribución alcanzase al mayor número de gente posible, de modo que cada vez más personas pudieran incorporarse a una situación de bienestar. Sin embargo, a partir de los 70, esa tendencia cambió de sentido, acelerándose ahora de modo preocupante. Bauman recurre a palabras del Papa Francisco para señalar cómo esas diferencias en los ingresos se han hecho demasiado evidentes: “las ganancias de una minoría están creciendo exponencialmente, lo que provoca que también crezca la brecha que separa a la gran mayoría de la prosperidad que disfrutan esos pocos felices”.
“Nadie se siente seguro hoy. Nadie confía en el porvenir”
Las consecuencias sociales de esa separación son notables. En primera instancia, porque construyen una perspectiva vital radicalmente distinta. Según el autor de La posmodernidad y sus descontentos, en las sociedades de mediados de siglo XX existía una clase media que miraba confiada hacia el futuro, en el cual se veía viviendo mejor, y un menguante proletariado integrado por personas que vivían muy cerca o por debajo de la línea de pobreza. Pero hoy “esa distinción se está borrando. La clase media y los proletarios forman parte ya de una clase conjunta, el precariado, gente que no está segura de su futuro. Las leyes del mercado implican que tu compañía pueda ser devorada por otra y tú te vayas a la calle, perdiendo de pronto todo lo ganado en una vida. Nadie se siente seguro hoy. Nadie confía en el porvenir”. 
Un ejemplo significativo de esa pérdida de horizonte vital aparece en las nuevas generaciones “que son las primeras desde 1950 que no inician su trayectoria a partir de lo logrado por sus padres, sino que están preocupadas tratando de alcanzar y recrear las condiciones bajo las que han vivido. No miran al futuro, están replegadas y a la defensiva, y ese es un cambio muy poderoso”.
Es un mundo en el que tu principal objetivo es que no te echen cuando llegue la siguiente ronda de recortesEn segundo lugar, porque una brecha de tal magnitud provoca que la sociedad pierda toda cohesión. El autor de Trabajo, consumismo y nuevos pobres señala que los buenos indicadores macroeconómicos eran celebrados “porque antes pensábamos que la riqueza que se generaba arriba iría filtrándose hacia abajo y acabaría beneficiando al conjunto. Pero los nuevos millonarios han construido una barricada respecto del resto de la población. Se han encerrado en el castillo y han levantado los puentes levadizos”.  
Esa actitud implica también la ruptura del pacto no escrito según el cual los privilegios conllevaban también obligaciones. Ese deber moral que los más favorecidos tenían respecto de las personas que convivían con ellos se concretó en una serie de acciones políticas y empresariales que Bauman ejemplifica en el instante en que Henry Ford, a principios del siglo XX, “dobló el salario a sus trabajadores argumentando con humor que quería tener empleados que pudieran comprar los coches que fabricaba. Al hacer eso, consiguió que fueran fieles a su empresa, pero al mismo tiempo estableció una relación de dependencia mutua. Ahora esa relación ha sido cancelada de forma unilateral”.
Zygmunt Bauman. (Efe)Zygmunt Bauman. (Efe)
Un ‘doble vínculo’ fatal
Ese sentido de la responsabilidad se pierde porque las nuevas élites se han desvinculado de los territorios en los que residen. “Carecen de sentimiento de pertenencia, por lo que no tienen ningún lazo con la que gente que les rodea. Les basta con un portátil para trasladar toda su fortuna a otro país más complaciente…”. La separación de este deber moral hace las sociedades mucho más inhóspitas, ya que los lazos sociales se rompen inevitablemente cuando el objetivo pasa a ser la mera supervivencia. “Hemos entrado en un mundo sin piedad en el que tienes que demostrar a tu jefe que eres irremplazable, y donde tu principal objetivo es que no te echen cuando llegue la siguiente ronda de recortes”. En ese contexto, también las posibilidades de resistencia se debilitan, “porque cuando rebelarte sólo conlleva que te despidan y hacer huelga sólo provoca que los dueños cierren la empresa y se la lleven a un país en el que los sueldos son muy bajos, es más que probable que nadie se movilice”.
Vivimos un gran divorcio entre el poder y la políticaEsta situación de manos atadas que vivimos en lo laboral es una característica que define plenamente a nuestras sociedades, en las que el gran problema ha pasado de ser ‘qué podemos hacer’ a ‘quién va a hacerlo’. Según Bauman, nos metemos con los políticos diciendo que son corruptos, que no tienen corazón o que sólo se preocupan de su propia agenda, pero aunque fueran honestos y sabios seguirían teniendo que enfrentarse a lo que Gregory Bateson llamó doble vínculo, un mandato en el que deben realizarse dos órdenes contradictorias al mismo tiempo. Por una parte, “los políticos saben que tienen que someterse a la reelección, y por tanto deben escuchar a la gente y prometerles aquello que les piden, pero por otro tienen que lidiar con ese estrato que Manuel Castells llamó espacio de los flujos, donde habitan desde el capital financiero hasta las mafias, y que resiste muy fácilmente a los poderes locales. Si no hacen lo que quieren, se marchan a otro sitio más hospitalario. Si los políticos siguen el deseo de sus votantes, serán reelegidos, pero no podrán llevar a cabo lo que prometieron; si se someten a lo que se les pide desde este poder transnacional, serán alabados, pero no reelegidos. Tienen que reconciliar lo irreconciliable”.
Según Bauman, hace treinta años, los gobiernos nacionales tenían en sus manos los resortes necesarios para activar las políticas que decidían. Hoy sin embargo, “vivimos un divorcio entre el poder y la política. Esta se mantiene local, igual que en siglo XX, mientras que el poder real, el que se reside en los flujos, es extraterritorial. Los estados fueron creados para que las naciones controlaran sus propios destinos, pero ahora no están preparados para manejar la nueva situación”. 

viernes, 10 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. "Los monstruos de la moral del siglo XX"

Prisioneros miran a través de una alambrada en el campo de concentración de Dachau en Alemania. / AP 
("El País")

   En "El País":

Los monstruos de la moral del siglo XX

El filósofo inglés Jonathan Glover busca los porqués de la barbarie humana en la centuria pasada

El autor publica 'Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX'

 Madrid 8 MAY 2013 

El siglo XX se caracterizó por el progreso científico, tecnológico y médico, entre otros, pero también por una inusitada crueldad que se tradujo en la pérdida de millones de vidas y una falta de libertad por culpa de numerosas dictaduras. Por eso, el filósofo inglés Jonathan Glover reflexiona en Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX (Cátedra) sobre por qué se han escrito capítulos tan oscuros en la biografía de la humanidad.
La debilidad moral de aquella época, argumenta Glover, fue un elemento clave a la hora de no frenar el auge del nazismo, el estalinismo o las dictaduras orientales. Entendida como un conjunto de valores y creencias que distinguen el bien del mal, la moral guía las acciones y, junto con la razón, nos distingue y aleja del comportamiento animal. Estas herramientas sientan las bases de una conducta que debería ayudar a combatir la barbarie, aunque durante esos 100 años no sirviera de mucho.
Los movimientos políticos de dicha época presumían de argumentar desde la lógica de la razón y se escudaban en interpretaciones interesadas de intelectuales como Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger. "Tanto el leninismo, como el fascismo y nazismo se agarraron a pensadores como estructura legitimadora, pero no son autores de una política destructiva. Hubo una lectura sesgada. En realidad, se puede sacar citas de todo", sostiene Eduardo Crespo (Granada, 1948), catedrático emérito en Psicología social de la Universidad Complutense de Madrid.

La moral y la razón nos distinguen y alejan del comportamiento animal
Un claro ejemplo de ello, sostiene Glover, fue la lectura que el régimen nazi de Hitler hizo de Nietzsche. Según los nazis, el intelectual apostaba por la supervivencia del más fuerte ignorando así a los más necesitados. Esta corriente de darwinismo social eliminó rápidamente la simpatía por los más desfavorecidos y diferentes: si sufrían o morían no se perdía nada, eran débiles e inservibles. "La empatía es un concepto clave descalificado en el hiperracionalista siglo XX, lo que ha supuesto una de las razones del tremendo desastre de aquella época. No es cuestión de vivir lo que el otro, pero sí de ponerme en su lugar y verlo desde su posición", añade Crespo.
Con la obsesión por el racionalismo y la falta de sensibilidad, el valor de la vida humana se depreció hasta tal punto que algunas personas dejaron de ser consideradas como ciudadanas. Este fenómeno derivó en la creación de guetos, campos de concentración y gulags. "Esa deshumanización se traduce en un 'tú no eres de los nuestros' y, en su forma más radical, 'tú no eres humano'. Es vital reclamar la dignidad de las relaciones interpersonales".
Parte de esas tragedias se podrían haber evitado, apunta Glover, de no haber existido un alejamiento entre los responsables políticos y sus decisiones. "Quienes dirigen la política están muy lejos de los muertos", critica en su libro el inglés. Esta distancia, presente actualmente en temas como el paro, las reformas laborales o desahucios, erosionan la empatía y no ponen freno a un sufrimiento evitable. "La cercanía favorece la empatía, aunque no necesariamente, porque cada día comemos con atentados en los telediarios. Solo nos emociona lo de Boston o Siria", sopesa Crespo. La tecnología, concretamente, ha afianzado esa distancia gracias a la cual no se percibe el dolor y sufrimiento, facilitando así actuaciones salvajes a miles de kilómetros. 
Pero nada de esto habría sucedido de haber contado con un pensamiento crítico potente y un cuestionamiento tanto de normas, como de acciones. "El pensamiento, aun siendo conservador, es incompatible con la dictadura porque es libre y plantea la ambigüedad de algunas cuestiones. La pérdida de intelectuales en Centroeuropa el siglo pasado es una tragedia de la que aún no nos hemos recuperado", valora el catedrático de la UCM. La posibilidad de reflexionar permite desmontar discursos y falacias que, a su vez, ayudan a corroborar ideas. Estas, sepultadas la centuria pasada por la obediencia, hicieron aflorar numerosos grupos de investigación, entre los que se encuentra el conocido experimento de la obediencia de Milgram.

"El ser humano ha sobrevivido gracias a la cooperación, no a la competición"
Eduardo Crespo, catedrático emérito de psicología social en la Universidad Complutense
La sumisión llegaba de dos maneras: bien a través de una fe ciega —dispuesta a realizar ajustes de la realidad para aferrarse a una creencia— o gracias a la paralización por culpa del miedo. "El miedo hace difícil la reacción. La resistencia siempre la han formado minorías activas, que son quienes han generado cambios profundos: los homosexuales, los movimientos raciales o las mujeres". Además, la obediencia se benefició de una fragmentación y división de la responsabilidad en la que, muchas personas haciendo poco, evitan ser, en realidad, responsables de un hecho más grande. Glover, encuentra un ejemplo en la bomba atómica. ¿De quién fue culpa, de los científicos, el presidente Harry Truman, sus asesores políticos o de quien la lanzó?
Si el siglo XXI hace los deberes y aprende de los errores, el futuro debería ser más optimista. Pero la ingente cantidad de dramas de la anterior centuria hace sospechar a Crespo que la sociedad se encuentra en un estado de indiferencia provocado por un agotamiento emocional. "Es la idea del hombre blasé del sociólogo alemán Georg Simmel: hay tanto y estamos tan sometidos al sufrimiento que nos saturamos y volvemos insensibles".
El filósofo inglés sugiere que, en la línea del gobierno mundial que promovió Immanuel Kant, la humanidad se centre en la cooperación. "No es una cuestión de una moral ñoña de caridades, es el núcleo de la eficacia humana", ríe Crespo ante una obviedad para él. "Es la única manera con la que el ser humano ha sobrevivido, no gracias a la competición".
*Humanidad e inhumanidad: Una historia moral del siglo XX, de Jonathan Glover. Traducido por Germán Garrido y editado por Cátedra. 232 páginas.


jueves, 25 de octubre de 2012

PRENSA. Entrevista a Pierre Rosanvallon, sobre su ensayo "La sociedad de los iguales"

En la caída del muro de Berlín encuentra Pierre Rosanvallon el fin del miedo a la revolución y de un horizonte alternativo. / LIONEL CIRONNEAU (AP) ("El país")

   En "El País":

Pierre Rosanvallon: “Una diferencia económica acaba con la convivencia”

El sociólogo francés publica ‘La sociedad de los iguales’, un ensayo sobre los factores que engendraron las terribles desigualdades del presente europeo

 Paris 23 OCT 2012 

Con La sociedad de los iguales (RBA), el pensador Pierre Rosanvallon (Blois, 1948) propone recuperar el papel central que la igualdad tuvo en la teoría y la práctica políticas hasta finales del siglo XX. Rosanvallon ocupa desde 2001 la cátedra de Historia de la política moderna y contemporánea en el Collège de France y, al tiempo, es director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Intelectual afín al Partido Socialista francés y obsesionado por las formas de repensar la democracia —no en vano a este fin creó en 2002 un “taller intelectual” denominado 'La República de las Ideas'—, en su nueva obra aborda cómo la caída del sistema comunista, por un lado, y la revolución conservadora encabezada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, por otro, desplazaron el centro de interés hacia la eficiencia en la gestión económica, que se identificó con el funcionamiento de los mercados desregulados. La abundancia que se generaría haría irrelevante la preocupación por la igualdad.
Pregunta. Usted no propone identificar nuevos instrumentos para promover la igualdad sino redefinir el concepto.


El pensador francés Pierre Ronsanvallon. / OPALE
Respuesta. Hasta ahora la igualdad se ha pensado remitiéndola a la idea de justicia y también identificándola con el igualitarismo, como sucedió en el siglo XIX. El concepto que sugiero entiende la igualdad como relación social. De lo que se trata es de vivir como iguales, reconociendo la singularidad de cada cual. La experiencia de las utopías igualitarias, que acabaron en el totalitarismo, hizo que incluso la izquierda prefiriese hablar de equidad y no de igualdad. A mi juicio, claro que hay que hablar de igualdad, pero entendiéndola como relación social y no como distribución igualitaria.
P. Se ha preferido hablar de equidad pero también circunscribir la igualdad a la igualdad de oportunidades. Usted ve esta evolución con reservas.
R. En último extremo, se convierte en una forma de legitimar la desigualdad. Si se alcanzara una igualdad de oportunidades perfecta, entonces las desigualdades serían naturales y, por tanto, habría que resignarse a aceptarlas. Dada la infinita variedad de talentos y habilidades de los individuos, la sociedad sería inhabitable. Mi idea es que son necesarias políticas que fomenten la igualdad de oportunidades —pensemos en la sanidad o en la educación—, pero que la igualdad de oportunidades no puede convertirse en una filosofía.
P. Políticas, en definitiva, que corrijan el desequilibrio que usted observa entre ciudadanía política y ciudadanía social.

Atravesamos una crisis en la que la solidaridad resulta imprescindible”
R. Al desaparecer el horizonte del igualitarismo tras el fracaso del socialismo de la colectivización, solo sobrevivió la idea de la igualdad de oportunidades. Blair y la tercera vía la colocaron en el primer plano de la reflexión y de la acción de gobierno, pero no definieron una visión social alternativa. Las desigualdades crecieron y, como dijo Rousseau, la desigualdad material no es un problema en sí misma, sino solo en la medida en que destruye la relación social. Una diferencia económica abismal entre los individuos acaba con cualquier posibilidad de que habiten un mundo común.
P. Definir una visión social alternativa partiendo de la igualdad, ¿no es lo que hicieron las utopías del siglo XX?
R. Para esas utopías la humanidad es la vez única y múltiple, porque los individuos son individuos pero deben acabar pareciéndose. Yo parto de una visión distinta de la emancipación. A mi juicio, la emancipación consiste en promover la singularidad y, al mismo tiempo, la vida en común desde la singularidad. No se trata de que los individuos sean iguales, sino que vivan como iguales. Es, por ejemplo, el caso de la pareja moderna, que no se entiende como célula social, sino como un vínculo entre dos singularidades.
P. Usted sostiene que el crecimiento de la desigualdad no es hoy una herencia del pasado, sino una ruptura con él.
R. Antes de que estallase la Primera Guerra Mundial se inició una transformación silenciosa inspirada por imperativos morales pero también por el miedo a la revolución. Los gobiernos estaban convencidos de que, para evitarla, era preciso emprender reformas sociales que redujeran la desigualdad. A partir de los años 70 del siglo pasado empiezan a cambiar las cosas. Se pasa de un capitalismo de organización a un capitalismo de innovación. Coincide, además, con que el miedo a la revolución desaparece tras la caída del muro de Berlín. Deja de existir cualquier horizonte alternativo.
P. Sorprende su afirmación de que es preciso renacionalizar para fortalecer el espacio común de los ciudadanos. Al menos en España, la experiencia parece ser la contraria.

La empancipación consiste en promover la singularidad”
R. Hablo de renacionalización en el sentido de rehacer el Estado de bienestar, no en el de profundizar las identidades. Entiendo la nación como el espacio pertinente de solidaridad y redistribución. Pero resulta que los fundamentos morales y filosóficos de la nación, de la nación en el sentido en que yo empleo el concepto, están desagregándose. Atravesamos una crisis económica en la que la solidaridad resulta imprescindible, a menos que quieran afrontar grandes catástrofes.
P. ¿Y no será que esos fundamentos se están desagregando porque hay menos que redistribuir? La política alemana, por ejemplo, está generando graves problemas en la Europa del Sur.
R. Cuando se estableció el euro se perdió de vista que una moneda común no era solo un instrumento de regulación, sino también de solidaridad. Como instrumento de regulación, el euro funciona correctamente. Pero no ocurre lo mismo por lo que respecta a esa segunda dimensión. Al hablar de Europa hay una cifra que no puede olvidarse: desde la entrada en vigor del Tratado de Roma, el presupuesto común nunca ha superado el 1% del PIB europeo. Todo lo que la Unión puede redistribuir entre los miembros se reduce a ese porcentaje.
P. ¿Sobrevivirá el euro?
R. En economía se suele producir la paradoja de que hay quien prefiere perder 4.000 millones de euros antes que gastar mil en beneficio de todos. Si esta paradoja se confirmase también ahora, el euro no tendría garantizada su existencia.