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martes, 3 de noviembre de 2015

PRENSA. "Marina pide condicionar el sueldo de los docentes a la evaluación del centro"

   En "El País":

Marina pide condicionar el sueldo de los docentes a la evaluación del centro

El experto al que Méndez de Vigo ha encargado el 'Libro blanco de la función docente' dice que "los buenos profesores no pueden cobrar lo mismo que los malos"

 /  Madrid 1 NOV 2015  

  • Una profesora con alumnos de primero de la ESO, en Barcelona en 2010. / J. M. TEJEDERAS


    El filósofo y pedagogo José Antonio Marina, al que el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, ha encargado el Libro blanco de la función docente, considera que una parte de la retribución del profesorado "podría estar relacionada con la evaluación del centro entero, de manera que se fomente la implicación de todos los profesores en un proyecto educativo". "Ha de evaluarse a los alumnos, pero también a los profesores y a los centros", defiende Marina.
    "Los buenos profesores no pueden cobrar lo mismo que los malos", indica este experto en su reciente libro Despertad al diplodocus. Una conspiración educativa para transformar la escuela.. Y todo lo demás. Marina reclama la formación del docente (y de toda la sociedad) a lo largo de la vida. "Nos parecería criminal que los médicos no actualizaran sus conocimientos, pero somos más condescendientes con los docentes que no lo hacen", escribe en el libro, en el que propone distintas medidas para mejorar el sistema educativo español en un plazo de cinco años. "Hay que evaluar también al profesorado (viéndole actuar dentro del aula), a los directores, a los inspectores, y también a los responsables de la administración que deben comprometerse con objetivos educativos o dimitir", apunta el autor.
    Los profesores españoles son los docentes que pasan menos controles externos, junto con los italianos, según un informe de la OCDE sobre la función docente, el informe Talis publicado en 2014. Un 36% nunca ha sido sometido a una evaluación docente formal y externa de su labor.

    Los inspectores "no son policías"

    Marina reclama cambiar la selección y formación de los inspectores, para que sean un cuerpo de "élite", compuesto por profesionales con gran experiencia. Su papel "no es fiscalizar" porque "no son policías educativos". A su juicio, la tarea de estos profesionales tiene que ir encaminada a "ayudar a los profesores españoles a mejorar sus competencias".
    Este pedagogo indica que le corresponde también al Gobierno fijar el currículo, con la ayuda "imprescindible" de expertos, y advierte de que los currículos españoles, en general, han sido siempre demasiado extensos.
    Como ejemplo, Finlandia. Según Marina, el país nórdico, tras sufrir una crisis educativa hace cuarenta años, creó un currículo muy variado que incluye artes, ciencias, humanidades, idiomas, matemáticas y educación física; dio mucha libertad a las escuelas y distritos para hacerlo; priorizó los estudios profesionales y prácticos; valoró la creatividad; animó a profesores y directores a colaborar; y abrió las escuelas a la comunidad y a las familias de los alumnos.

    Los ministros deben saber de educación

    Asimismo, señala que el Ejecutivo tiene que fijar los criterios de evaluación, aunque reconoce que éste es el tema "más complejo y difícil", pues el sistema educativo español "carece de una cultura de la evaluación" y cuando ha querido implantarla, la ha "confundido" con el aumento de exámenes.
    Para el autor del libro, todos los ministros deberían tener nociones básicas acerca de la educación y del papel que ésta va a jugar en el futuro, independientemente de la cartera que ostenten. "Enviaré este libro a los ministros del gobierno que salga después de las elecciones", asegura. El actual titular de la cartera, Méndez de Vigo, admitió en una entrevista con este diario que no sabía lo suficiente de educación. "Estudio por las noches. Tengo un equipo de colaboradores que se lo saben bien", señaló el ministro.
    Marina también hace mención en este libro al 'pacto de Estado por la educación' y advierte de que "seguirá siendo meramente político" y no tendrá "repercusiones reales" si se ciñe a los partidos políticos y no tiene en cuenta a los grupos sociales "cada vez más amplios". A su entender, el acuerdo debería contemplar presupuesto, objetivos, marco básico de organización escolar, tratamiento del profesorado y acuerdo básico sobre el currículo.

    jueves, 28 de mayo de 2015

    PRENSA. "Mis queridos filósofos". Luis Landero

       En "El País":

    Mis queridos filósofos

    En la filosofía canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades. Sirve para defendernos de la banalidad y desenmascarar los discursos baratos, tramposos y fatuos de la mayoría de nuestros políticos


    EDUARDO ESTRADA


    Ocurre a veces que uno necesita reconciliarse formalmente con la razón, días en que el mundo se vuelve opaco y el alma se siente huérfana de conceptos y anhelosa de armonía y claridad. Es el momento entonces de regresar a la filosofía. Y es que a veces el conocimiento intuitivo y emocional del arte y de la literatura empacha y cansa, quizá porque su empeño no es tanto esclarecer las cosas como enriquecerlas y, valga la paradoja, iluminarlas con nuevos enigmas, de modo que en la filosofía descansamos de ese oscuro entender y, por decirlo así, canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades y vislumbres, como quien convierte su incierta mercadería en letras de cambio bien acreditadas.
    Siempre he sido aficionado a la filosofía, y nunca me ha faltado un filósofo de cabecera. Cada momento ha tenido el suyo. Ha habido épocas de Nietzsche, de Ortega, de Spinoza, de Berkeley, de Heidegger, de Benjamin y Adorno, de Sartre y de Camus, y de tantos otros, y siempre de Schopenhauer, de quien nunca me canso, y por supuesto de Montaigne. De Montaigne me admira la suave y amena indagación que hace de sí mismo y de las cosas sencillas de su alrededor. Pocas veces nos dice nada que el lector no creyera haber pensado antes. La obviedad se convierte sin saber cómo en un hallazgo y en un don. Los pensamientos de siempre cobran en él el resplandor del primer día, y hasta sus muchas citas clásicas se nos revelan con toda la fuerza repentina de la novedad. De pronto descubrimos que todo en el mundo está por descubrir.

    Otros artículos del autor

    Así que uno es una especie de trotaconceptos, un vagabundo que en cualquier parte (un tratado de lo más sesudo, un artículo de periódico, una sentencia, hasta un refrán) encuentra hospedaje: es decir, encuentra el consuelo, y hasta la caricia maternal, de una idea que de pronto, como un relámpago en la noche, pone luz en el mundo. En cuestión de ideas, soy nómada. Apenas he conocido el placer de la creencia, y aún menos el de la militancia. Soy un viajero que hoy hace fonda aquí, y pide siempre el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino. Como mero aficionado a la filosofía, me gusta además mi irresponsabilidad de lector, cosa que en la literatura me ocurrió solo en mis primeros años de juventud, cuando leía de todo, sin ley ni canon, y tenía tan buen apetito que no había libro o cómic al que le hiciera ascos. Por otra parte, yo suelo leer los textos filosóficos con cierto ánimo novelero, como si me contasen una historia cuyos personajes, héroes y malvados, son las ideas, y donde hay un argumento, un conflicto, una trama, una intriga, y hasta un desenlace desdichado o feliz. De filosofía, entiendo poco, y no aspiro a más, y en mis lecturas hace tiempo que renuncié a obtener cualquier botín teórico, lo cual me ofrece una levedad de lo más placentera. Vivo desde siempre en una alocada soltería filosófica.
    Luego, otro día, resulta que te cansas y hasta reniegas de ese lenguaje y de esa luz, de esas pretensiones de alzar una torre de conocimiento tan alta como la de Babel, y regresas a la penumbra del arte y la literatura, y así vas, de los filósofos a los poetas, del razonamiento a la revelación, del no entender entendiendo al alivio, y acaso también al espejismo, de entender algo de una vez para siempre, y de reposar al fin en esa Ítaca tan inalcanzable que es la ilusión de la verdad. De las palabras que te guían a las palabras que te pierden.

    Sin los autores estamos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón
    Uno no sería ni la persona, ni el ciudadano, ni el lector y el escritor que es, sin la filosofía, sin esa fina lluvia de ideas, de pálpitos, de querellas intelectuales, de ecos dialécticos, que nos vienen del pasado y que se filtran en nuestra inteligencia y en nuestro corazón y que nos dotan de la clarividencia y el carácter necesarios para enfrentar críticamente el mundo y construir nuestra visión propia de la realidad, y que solo ahí, en ese gran río de conocimiento que es el legado de nuestros mayores, podemos encontrar. Esa es nuestra herencia, y no tenemos otra. En la filosofía (y, si se quiere, también en la literatura, que no es otra cosa que el patio de vecindad de las humanidades) está la llave de nuestra salvación como personas libres, lúcidas y mayores de edad.
    Porque ocurre que del mismo modo que las facciones de nuestro rostro o las huellas de nuestros dedos son distintas, así también nuestro mundo interior y nuestra visión de la realidad son por fuerza exclusivos. Somos irrepetibles. Estamos condenados a ser originales. O mejor: en nosotros está la semilla de la originalidad, y de nosotros depende que caiga en buena tierra o que se agoste sin remedio. Pero para saber lo que valemos, y para lograr ser nosotros mismos, nos lo tenemos que ganar, y para eso es necesario un poco de soledad, de recogimiento, de esfuerzo, de lentitud… y de la ayuda de nuestros filósofos, de los de antes y de los de ahora, de los densos y de los ligeros, de los ceñudos y de los festivos, porque sin ellos estaremos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón.
    Y he aquí que ahora, nuestros actuales gobernantes, no contentos con haber menoscabado la literatura en las escuelas, los libros en las bibliotecas y el teatro y el cine en las taquillas, han decidido también arrinconar a la filosofía, haciéndola meramente optativa, lo cual equivale a su extinción. ¿Qué muchacho, o qué padres de muchacho, van a elegir o a animar a elegir como asignatura la filosofía, que al fin y al cabo no sirve para nada, cuando se puede optar por otra materia más técnica y práctica, que acaso pueda servir para aspirar a un puesto de trabajo, por mísero que sea?

    Solo una conjura explica la saña con la que los gobernantes persiguen a las humanidades
    Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva. Hoy sabemos ya que, en asuntos de educación, de ciencia y de cultura, el sueño de la Transición produjo, si no monstruos, sí figuras grotescas. Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así. No de otro modo se puede interpretar el desprecio y la saña con que nuestros gobernantes persiguen a las humanidades en las escuelas y a la ciencia y a la cultura allá donde se encuentren. Como si hubieran recibido de ellas una afrenta que hay que vengar y reparar.
    Seguimos, pues, como siempre en nuestra desdichada historia, a la espera de un Gobierno ilustrado, que crea de verdad en esa gran evidencia de que el progreso y la grandeza de un país se construyen por fuerza desde la educación. Algo que todo el mundo dice pero que nadie hace, quizá porque tampoco ellos, los mandatarios y demás malandrines, son amigos de la lectura y el estudio. Basta leer un par de horas a Montaigne, o cultivar el hábito de alternar, aunque sea solo de pasada, con nuestros queridos filósofos, para defendernos de la banalidad y desenmascarar y ponernos a salvo de los discursos baratos, tramposos, fatuos y hasta ridículos de la mayoría de nuestros políticos. Más que nunca, ante la ristra de elecciones que se nos avecinan, quizá esta sea la hora de regresar a la filosofía.
    Luis Landero es escritor. Su último libro es El balcón en invierno (Tusquets).

    domingo, 26 de abril de 2015

    PRENSA. EDUCACIÓN. "Objetivo 5 años: 'El sistema educativo se salva por la generosidad de los profesores'". José Antonio Marina

       En "elconfidencial.com":


    A
    Nuestras cartas están sobre la mesa: tenemos la convicción de que el sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento en cinco años. Y tenemos también la convicción de que, si la sociedad no presiona, no lo vamos a tener ni en cinco, ni en diez, ni en quince. Buscando abrir el debate, estamos planteando tres preguntas a expertos y agentes sociales educativos para saber si están de acuerdo o no con el objetivo cinco años. Hoy nos visitan Mariano Fernández Enguita, profundo conocedor del mundo de la educación, y los secretarios generales de los tres sindicatos de educación más importantes –UGT, CCOO, y ANPE–.
    Mariano Fernández Enguita ha sido profesor e investigador invitado en las universidades de Stanford, Wisconsin-Madison, Berkeley, el London Institute of Education, la London School of Economics, Lumière-Lyon II y la Universidad Sophía (Tokio).
    PREGUNTA. Todo el mundo está de acuerdo en que la educación española debe cambiar: ¿quién cree que debe gestionar el cambio educativo?
    RESPUESTA. Los requisitos del cambio son a) el compromiso del profesorado, que pasa por modificar radicalmente su formación y selección y b) el funcionamiento integrado de los centros, que requiere direcciones más profesionalizadas y más fuertes y mayor apertura a la comunidad, pero a) y b) no serán posible sin c) iniciativas atrevidas de las Administraciones, que deben perder el miedo al profesorado (y en particular a los sindicatos) y de la sociedad civil, que tiene poco papel en la educación en España.
    P. ¿Cree que el sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento (reducir el abandono escolar, mejorar 35 puntos en PISA, aumentar el número de alumnos excelentes) en el plazo de cinco años?
    R. Creo que es posible eso y más, pero también que algunas cosas son más importantes que otras. La más importante es reducir el fracaso y el abandono a cifras marginales, e hitos imprescindibles en el camino serían eliminar la repetición de curso y proporcionar la diversificación y el apoyo necesarios para que ningún niño ni adolescente se quede descolgado.
    P. ¿Qué cree que debería hacerse para conseguirlo?
    R. En cierto modo está respondido en las primeras preguntas, pero cabe señalar algunas medidas que, creo, podrían sacudir el sistema. La primera es la transparencia, porque es tremendamente opaco. La segunda es la responsabilidad: hay que restructurar la carrera docente de modo que la formación inicial (que hay que hacer mucho más exigente), la inserción profesional (prácticum, PIR o MIR docente e interinidad, que han de dar lugar a un aprendizaje guiado y evaluado) y el desempeño a largo plazo en el puesto (que ha de desfuncionarizarse en alguna medida) constituyan una trayectoria de desarrollo profesional, de aprendizaje de los errores y fracasos y también, cuando esto no sea suficiente, de salida de la profesión. Todo esto deja fuera otra cuestión: la de qué aprender, y cómo (y dónde) en el nuevo entorno digital, global y transformacional, pero esa es otra historia.
    Francisco García. (Efe)Francisco García. (Efe)
    Francisco García es secretario general de FE CCOO, profesor de Primaria y licenciado en Historia Contemporánea.
    PREGUNTA. Todo el mundo está de acuerdo en que la educación española debe cambiar: ¿quién cree que debe gestionar el cambio educativo?
    RESPUESTA. El cambio educativo no puede hacerse de espaldas a la comunidad educativa ni a la sociedad, algo que, lamentablemente, ha sucedido con la LOMCE. Al contrario, debe ser fruto de un amplio debate en la comunidad educativa (familias, profesorado) y la sociedad y de un consenso en torno a los fines de la educación y a los medios que hay que poner a disposición del sistema educativo para alcanzar esos fines. La Administración educativa debe facilitar los cauces para que ese debate se lleve a cabo y recoger las aspiraciones de la comunidad educativa y de la sociedad, que luego han de ser plasmadas en los textos legales correspondientes.
    Rechazamos la idea de que sean el partido del Gobierno y la Administración de turno los que lleven a cabo reformas que son modificadas por la siguiente Administración y que tienen más que ver con el ideario político que con las necesidades educativas.
    Sin duda, el principal objetivo del sistema educativo en nuestro país es mejorar en calidad sin perder en equidad.
    P. ¿Cree que el sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento (reducir el abandono escolar, mejorar 35 puntos en PISA, aumentar el número de alumnos excelentes) en el plazo de cinco años?
    R. Claro que sí. Los resultados de nuestro sistema educativo no son inexorables y tienen que ver con nuestra historia reciente y con las políticas educativas que se han venido aplicando. Si atendemos a la primera cuestión, nuestra historia reciente, nuestro atraso educativo hunde sus raíces en un sistema educativo raquítico que ha estado muy por detrás de los países de nuestro entorno en cuanto a la importancia y el esfuerzo que se hacía en educación. Quitando el paréntesis de la II República, que apostó con mucha intensidad por ella, el siglo XX es la historia de un abandono de la educación. Sólo tras la Transición política se comenzó a hacer un esfuerzo para recuperar el terreno perdido. Desde entonces, hemos ido consiguiendo superar nuestro atraso histórico y, paulatinamente, aproximar nuestros resultados escolares a la media de los indicadores de los países de nuestro entorno. Y aproximar también paulatinamente la inversión educativa a la media de los países de la UE. Es preciso decir que ni en un caso ni en otro hemos conseguido alcanzarla, pero parece que íbamos por el buen camino.
    Los durísimos recortes educativos de los últimos años han quebrado esta tendencia y sumen a nuestro sistema educativo en una crisis de consecuencias muy negativas en el futuro. Las leyes educativas que, como la LOMCE, apuestan por la segregación temprana van en la dirección contraria a lo que se necesitaría.
    En cinco años sería posible poner las bases para todo ello, aunque habría que cambiar radicalmente el tenor de las políticas educativas.
    P. ¿Qué cree que debería hacerse para conseguirlo?
    R. Considerar la educación una política de Estado antes que una política de partido. Esto significa dotar a nuestro sistema educativo de los medios y recursos necesarios, aproximar nuestra inversión educativa a la media de los países de la Unión Europea y garantizar un consenso educativo básico que dé a nuestra legislación educativa un horizonte de estabilidad. Significa también alcanzar un gran consenso social y político entorno a este objetivo.
    Como decía antes, hay que conseguir mejorar en calidad sin perder en equidad, es decir, un sistema educativo capaz de garantizar el éxito escolar de todo el alumnado desplegando las medidas de atención a la diversidad necesarias para tal fin.
    Por último, creo que el profesorado es la clave de bóveda en el sistema educativo y que, por lo tanto, invertir en profesorado y recuperar los miles de profesores perdidos a consecuencia de los recortes sería una de las mejores inversiones que podríamos hacer.
    Todo esto hay que hacerlo con la participación de la comunidad educativa y como fruto de un amplio debate.
    Carlos López Cortiñas. (Efe)Carlos López Cortiñas. (Efe)
    Carlos López Cortiñas es secretario general de FETE-UGT. Miembro del Comité Sindical Europeo de la Educación, del Consejo Escolar del Estado, del Consejo Social de la Universidad de Zaragoza y del Comité Confederal de UGT. Es maestro de Educación Primaria, especialista en Geografía e Historia y en Educación Física.
    P. Todo el mundo está de acuerdo en que la educación española debe cambiar: ¿quién cree que debe gestionar el cambio educativo?
    R. El cambio educativo es necesario después de la política educativa del Gobierno del PP, ha de basarse en el mayor consenso posible y para ello un acuerdo de mínimos que contemple: la financiación suficiente del sistema educativo, la lealtad institucional entre las administraciones que gestionan la educación y fijar las prioridades para mejorar el rendimiento escolar, será suficiente para ir estabilizando la educación. El cambio lo tienen que liderar los partidos políticos en el ámbito parlamentario pero en connivencia con la comunidad educativa.
    P. ¿Cree que el sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento (reducir el abandono escolar, mejorar 35 puntos en PISA, aumentar el número de alumnos excelentes) en el plazo de cinco años?
    R. En educación, que intervienen muchos factores (ambiente familiar, relación con los compañeros de clase, ambiente del aula, superación de las dificultades...), es complicado conseguir rendimiento a corto plazo. La política educativa debe orientar las directrices para conseguir mejorar los resultados, así como fijar las prioridades educativas a largo plazo. En un análisis comparativo de los diferentes sistemas educativos que obtienen excelentes resultados podemos observar que unos se basan en la exigencia y en la competencia escolar y otros buscan la excelencia sin renunciar a un sistema comprensivo e inclusivo. El PP busca la excelencia, pero rebajando en un punto el PIB dedicado a la educación, lo que conlleva que el alumnado que más necesita de la solidaridad de los PGE se encuentre sin los apoyos necesarios. Sirva como ejemplo que para el año 2015 el programa de compensatoria se ha visto mermado en un 90%. Tenemos que mejorar, ya que es una evidencia los resultados de los alumnos en las evaluaciones PISA pero sin renunciar a lo ya conseguido. En este sentido nuestro sistema educativo está bajando en equidad, como se manifiesta en los últimos informes PISA.
    P. ¿Qué cree que debería hacerse para conseguirlo?
    R.  Para conseguir mejorar los resultados se debe personalizar lo más posible la educación y para poder atender al alumnado de una forma más individualizada tienen que bajar las ratios y dotar a los centros de los programas de refuerzo y compensación necesarios, pero también apoyar a través de programas específicos a los alumnos excelentes. El profesorado es una pieza clave (junto a la familia) para mejorar la calidad del sistema y para ello la formación inicial y el ingreso a la función pública docente es determinante para elegir al buen profesorado. La motivación y la incentivación son claves y para ello la carrera profesional es imprescindible. El trabajo bien hecho en clase y la promoción profesional deben ser reconocidos para homologarnos con los países de nuestro entorno y por necesidad para el propio sistema educativo.
    Nicolás Fernández Guisado. (ANPE)Nicolás Fernández Guisado. (ANPE)
    Nicolás Fernández Guisado es presidente nacional de ANPE  (Asociación Nacional de Profesionales de la Enseñanza). Maestro y Licenciado en Derecho.
    PREGUNTA. Todo el mundo está de acuerdo en que la educación española debe cambiar: ¿quién cree que debe gestionar el cambio educativo?
    RESPUESTA. El cambio educativo es tarea de todos. Todos estamos implicados en la mejora de la educación y sin la colaboración de TODOS es difícil lograr avances sustantivos.
    Ahora bien, el cambio debe venir procedido de un pacto o acuerdo social de mínimos IMPULSADO DESDE EL GOBIERNO. Pacto político y social: el  primero entre partidos políticos y administraciones educativas y el pacto social referido a organizaciones de la comunidad educativa.
    Pero para ello hay que ponerse de acuerdo en unos puntos mínimos básicos:
    1. Modelo y estructura del sistema educativo.
    2. Vertebración y organización del sistema.
    3. Los centros educativos, conciliando libertad de creación, derecho a la formación moral y religiosa de los padres y programación general de enseñanza.
    4. Situación del profesorado.
    5. Financiación.
    En estos puntos hay aspectos técnicos profesionales y otros de marcado carácter político y social pero es necesario llegar a un acuerdo básico para asegurar la pervivencia y estabilidad del sistema y luego el desarrollo será cuestión de los gobiernos y administraciones correspondientes.
    P. ¿Cree que el sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento (reducir el abandono escolar, mejorar 35 puntos en PISA, aumentar el número de alumnos excelentes) en el plazo de cinco años?
    R. El plazo de cinco años tal vez sea corto pero creo que en diez años se puede dar un impulso impresionante, sobre todo una vez que se logre un pacto o acuerdo y se desarrollen las cuestiones concretas: el modelo educativo, autonomía de los centros, el profesorado (ingreso y acceso), carrera profesional, función directiva, inspectora...  Naturalmente que hay que empezar desde el minuto uno.
    P. ¿Qué cree que debería hacerse para conseguirlo?
    R. Para conseguirlo hay que asegurar la estabilidad del sistema y trabajar sobre certezas y sin tantas incertidumbres.
    Hablo con frecuencia de que los cambios deben ser globales y de conjunto, porque no hay nada peor que los parches. La situación del profesorado sigue sin abordarse y esto es prioritario y esencial.
    El profesorado se forma y se recluta por los mismos mecanismos del siglo pasado y eso no puede ser. Si el sistema se salva es por la generosidad de muchos profesores que son autodidactas y con un carácter voluntarista se preparan y adaptan para los nuevos tiempos. Esto hay que regularlo profesionalmente, por eso reclamo un Estatuto docente que regule todas las cuestiones profesionales y sea incentivador y motivador para permitir el mejor desarrollo profesional de los docentes.
    En definitiva, si se tiene un marco común es fácil desarrollarlo siendo además flexible,  porque en la sociedad actual y la del futuro hay que estar preparados para la adaptación continua. Por eso el sistema no puede ser rígido.

    domingo, 29 de marzo de 2015

    PRENSA. EDUCACIÓN. "Movilización educativa: objetivo 5A". José Antonio Marina

       En "elconfidencial.com":


    En estas últimas semanas he tenido reuniones con docentes, inspectores de educación, representantes de Administraciones educativas, medios de comunicación, fundaciones, y familias. Hay un extendido sentimiento de desánimo e irritación respecto a la situación de nuestro sistema educativo. Pero no reaccionamos. Pasan los años y todo sigue igual. Y lo malo es que no se avizora ningún cambio. La nueva ley ha paralizado la escuela durante una legislatura, ha provocado confusión con sus improvisaciones y desajustes, nadie sabe si va a haber dinero para implantarla el año que viene, y, por si fuera poco, la oposición en bloque ha dicho que la va a cambiar, con lo que comenzaremos otra vez el círculo perverso en el que giramos desde hace decenios. Nuestro sistema es mediocre y está estancado. Los resultados de las evaluaciones internacionales así lo atestiguan. Y me temo que va a seguir así, si ponemos nuestra esperanza en los gobiernos de turno, porque ninguno lo ha hecho bien. El problema de España en los últimos años –hasta la llegada de los recortes– no ha sido de presupuestos, sino de gestión. Ahora se han unido los dos, pero la gestión sigue siendo el problema primordial.     
    Sin embargo, no podemos resignarnos a la queja y al discurso depresivo, que al final acaba siendo cómodo. Creo que es el momento de iniciar una movilización educativa de la sociedad. Tenemos que saber que el mundo va muy rápido, que nuestros niños y adolescentes no pueden perder más tiempo, que estamos jugando con su futuro, y eso es indecente, y también con el nuestro, y eso es suicida. En el fondo, a pesar de las múltiples declaraciones, nadie se cree que esto de la educación es serio. Basta comprobar que nunca aparece en las encuestas sobre las preocupaciones de los españoles. Y, sin embargo, de ella depende nuestro futuro.
    Nuestro primer objetivo es rebajar las cifras de abandono escolar al 10%, la tasa media europea
    ¿En qué consiste la movilización educativa que impulsamos desde la Fundación UP? En primer lugar, pretende llamar la atención de la ciudadanía hacia la importancia de la educación. En segundo lugar, aspira a liberarla de la resignación, señalando un objetivo claro y viable. Tenemos que saber lo que podemos esperar y lo que debemos exigir. La propuesta que hacemos es la siguiente: el sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento en el plazo de cinco años, con el presupuesto que tenía antes de los recortes, aproximadamente el 5% del PIB. No hay excusas para no conseguirlo y, sin embargo, todo hace prever que no se conseguirá si no exigimos a los políticos que se comprometan a hacerlo antes de las elecciones. El hecho de que se nos avecina un año electoral me anima a hablar ahora de la movilización. Entre todos debemos conseguir que la educación sea un tema prioritario en las campañas.
    ¿En que se concretaría ese objetivo de la movilización? Hay algunas metas claras. La primera, rebajar las cifras de abandono escolar a las tasas medias europeas, alrededor del 10%. Otra es mejorar la calidad en las aulas. A pesar de sus defectos, me referiré al índice PISA porque nos permite una comparación internacional, y nos proporciona una serie temporal desde el año 2000. No es la Biblia y, por lo tanto, se puede mejorar con otros índices que tenemos (PIRLS, TIMSS, CIVICS,TEDS-M, TALIS, ETC.). El BBVA utiliza en sus estudios el “Índice de desarrollo educativo”, que maneja otras variables. Y UNICEF publica el interesantísimo índice de “Bienestar educativo y bienestar infantil”, en el que, por cierto,  estamos descendiendo vertiginosamente. Pero a efectos orientadores, me referiré al PISA. El objetivo sería acercarnos en cinco años a los primeros puestos de la OCDE.
    No hay que olvidar que siete comunidades autónomas españolas superan la media de la OCDE, y que algunas se acercan a las cifras finlandesas
    Ya saben que PISA se ha realizado en 65 países, de los cuales 35 son de la OCDE. En el ranking global, el primer puesto lo ocupa Shangai con 613 puntos. Finlandia, nuestro referente preferido, obtuvo 519, que es un nivel alcanzable por España, que obtuvo 484. De hecho, no hay que olvidar que siete comunidades autónomas españolas superan la media de la OCDE, y que algunas se acercan a las cifras finlandesas. Entre las comunidades españolas hay una diferencia de hasta 55 puntos. Hay una tercera meta indispensable: organizar y prestigiar una educación profesional de calidad. Proponemos, por lo tanto, que el objetivo a cinco años podría ser triple: rebajar al 10% la tasa de abandono escolar, subir 35 puntos en PISA y organizar una educación profesional de calidad.
    Un progreso a cinco años vista
    ¿Por qué mantenemos que se puede hacer en cinco años? Porque así lo han hecho otras naciones, como los informes McKinsey señalan. Además, en España algunas comunidades han tenido progresos parecidos. En tres años, Navarra pasó de 480 a 500 puntos. Por último, la mejora de los centros puede hacerse en un plazo menor, y estos son el fundamento del sistema.
    Lo que tenemos que hacer es aplicar a nuestro país lo que ha funcionado en otras naciones
    En educación no hay milagros, pero tampoco enigmas. Lo que tenemos que hacer es aplicar a nuestro país lo que ha funcionado en otras naciones. Los Gobiernos españoles han creído que las leyes bastaban para cambiar un sistema, lo que es un tipo de superstición como otra cualquiera. La única forma de hacerlo es con una gestión educativa eficaz y brillante. Lo principal para cambiar un sistema educativo es conseguir excelentes equipos directivos, formar y seleccionar a los profesores –atrayendo a la gente más valiosa mediante el diseño de una carrera profesional–, la atención inmediata a los alumnos que se retrasan, la evaluación y la publicación de resultados, y la autonomía de los centros. Ninguna de estas medidas es especialmente cara y, por lo tanto, no vale la excusa económica..
    ¿Es esto suficiente? No, porque la escuela no es una burbuja, está influida por muchos factores sociales y económicos. Los programas que han tenido más éxito en la prevención de la marginación escolar han estado dirigidos a familias en riesgo, lo que exige la colaboración de los servicios sociales y de salud. Tampoco basta con esto. La educación formal –la escuela– se da en un entorno de educación informal, en el que todos participamos. Por eso, para educar a un niño hace falta la tribu entera. Y para educar bien a un niño hace falta una buena tribu. Si iniciamos esta movilización desde la Fundación Universidad de Padres, es porque queremos contar con ellos, porque son la mayor fuerza social. Tenemos ocho millones de alumnos no universitarios, lo que convierte a las familias en la mayor fuerza social. Pero no sólo los padres, sino el resto de la sociedad está implicada en la educación, porque de ella depende no sólo el bienestar, sino el futuro económico de las naciones.
    La revolución puede comenzar en el aula. (Efe)La revolución puede comenzar en el aula. (Efe)
    ¿Quién debe iniciar el cambio educativo?  Los cambios importantes siempre han sido de abajo arriba y de arriba abajo. No siempre en este orden. La movilización educativa implica que se puede empezar a muchos niveles. Un profesor puede comenzar el cambio en su aula. Los centros pueden emprender proyectos de mejora, como están haciendo muchos. Los municipios, aunque no tienen competencias escolares, pueden ser agentes educativos prioritarios en algunas circunstancias. Por eso, pueden diseñarse proyectos educativos para ciudades. Las comunidades, que tienen transferidas las competencias educativas, deben tener el máximo protagonismo. La diferencia que hay entre comunidades demuestra que hay Gobiernos más y menos eficientes en educación. Por último, el Gobierno de la nación puede fomentar, incentivar, organizar, financiar, toda esta movilización.
    Los sindicatos deben pensar en la calidad de la educación, y no sólo en defender intereses corporativos
    Hay, por supuesto, otros agentes educativos con los que hay que contar. En primer lugar, las familias, que deben cumplir sus tareas educativas, colaborar con la escuela, y exigir a los políticos. Después, muchas instituciones de la sociedad civil. De hecho, muchas ya lo hacen. Acabo de leer que la Guardia Civil ha dado 35.000 charlas este año en colegios sobre la seguridad en internet. Papel importante tienen las fundaciones de carácter educativo, a las que animamos a elaborar un plan conjunto de ayuda a la educación. Mención especial merecen los sindicatos, que deben pensar en la calidad de la educación, y no sólo en defender intereses corporativos, y, por supuesto, los medios de comunicación.
    Ante un problema social, lo más fácil es decir “¡A ver si lo arreglan!”. Sin embargo, lo más eficaz es preguntarse: “¿Qué puedo hacer yo para arreglarlo?”. Estoy seguro de que la iniciativa que les presentamos es conveniente viable. Por eso necesitamos su ayuda. Aquí, en El Confidencial, intentaremos proporcionar información, hablar con expertos, y animar a los ciudadanos para que la educación sea el tema estrella de la cadena de elecciones políticas que se avecinan. ¿Contamos con usted?

    martes, 24 de marzo de 2015

    PRENSA. "Catequesis en la escuela". Victoria Camps

       En "El País":

    Catequesis en la escuela

    Es posible enseñar religión desde la laicidad, sin comprometerse con su doctrina. La asignatura confesional debiera ser una opción voluntaria sin contrapartida obligada para los que no la quieren


    EULOGIA MERLE


    La enseñanza de la religión vuelve a ser motivo de debate. Es la señal de que no se ha resuelto bien el paso de la escuela nacionalcatólica a una escuela laica o aconfesional, como la que propicia la Constitución. Que el decreto que fija el currículum de la enseñanza de la religión católica en la educación primaria y secundaria convierte la clase de religión en catequesis es indiscutible, pese a que explícitamente afirme que huye de “la finalidad catequética o del adoctrinamiento” y que sólo busca “ilustrar a los estudiantes sobre la identidad del cristianismo y la vida cristiana”. Mientras la religión sea una materia optativa, dirigida sólo a los padres creyentes, difícilmente estará haciendo algo más que lo que siempre han hecho las catequesis o las clases de catecismo. Tal es, por otra parte, la intención implícita en los contenidos del programa. Y es lógico que sea así. Una clase de religión para católicos ha de enseñar que Dios es el autor de la creación, ha de enseñar a rezar, ha de inculcar la doctrina moral católica, ha de transmitir la idea de que la felicidad no se encuentra en esta vida, pero sí en la otra. Una clase de Religión para creyentes es lo que siempre ha sido: una clase de doctrina cristiana.

    Otros artículos de la autora

    Es de justicia al hablar de este tema evocar la figura del estimado Luis Gómez Llorente, que, en sus años de diputado socialista, militó enérgicamente para encontrar un equilibrio satisfactorio entre el derecho de los padres a elegir una formación religiosa para sus hijos y la construcción de una escuela laica consecuente con los principios de la laicidad. Gómez Llorente fue testigo directo de los avatares que llevaron a la redacción del artículo 27.3 de la Constitución, que reconoce “el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos”, así como a la ratificación del acuerdo de 1979 sobre temas educativos con la Santa Sede. Ahí vio, a su pesar, cómo se colaba el requisito de que la enseñanza de la religión debía gozar de “condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales” (artículo 2). Un extremo que había de conducir a la prescripción de la religión como una materia evaluable, equiparable a cualquier otra, y, en consecuencia, a la imposición de una asignatura alternativa para aquellos alumnos que no asisten a clase de Religión.
    La indignación de quienes apuestan por una laicidad —o aconfesionalidad— manifiesta en la escuela suscita incomprensión por parte de quienes aducen que se trata, a fin de cuentas, de una materia optativa, a elegir libremente por los padres. Nadie está obligado a cursarla, ¿de dónde viene, pues, el descontento? Es para responder a esta inquietud que convendría repasar las ideas que Gómez Llorente vertió en algunos de sus escritos lamentablemente no publicados. La actitud laica, como se define en todas partes, consta de dos ingredientes: libertad de conciencia y neutralidad del Estado en materia religiosa. Cada ciudadano es libre de ser o no religioso y de abrazar la religión que quiera, mientras que el Estado debe abstenerse de preferir una religión a otra y hasta de militar a favor de la ausencia de religión. Desde tal actitud se explica que la enseñanza de la religión sea ofrecida como una opción libre. Incluso puede entenderse que se proponga el ámbito escolar como adecuado para ofrecer ese tipo de formación. Lo que importa es discutir los detalles y la forma de la propuesta.

    Nuestra cultura incluye el “hecho religioso”
    e ignorarlo es analfabetismo
    Hay dos maneras de ofrecer clase de Religión en la escuela: fuera del horario lectivo y del currículum, o incluida en el horario lectivo y equiparable a cualquier otra asignatura. Esta segunda opción, a la que vuelven reiteradamente los grupos conservadores, es la que va acompañada, en nuestros pagos, de la oferta de otra asignatura para los alumnos que no escogen Religión. Pero dicha opción siempre ha sido, en palabras de Gómez Llorente, una “pseudosolución”, por dos razones. La primera, porque la “alternativa” a la religión, sea cual sea, no respeta la “voluntariedad” de los padres que no quieren ni catequesis para sus hijos ni ninguna de las variantes que se proponen obligatoriamente en su lugar. La religión confesional debiera ser una opción voluntaria sin contrapartida obligada para los que no la quieren. Tenemos una red de escuelas concertadas católicas, subvencionadas con fondos públicos, que pueden cubrir la demanda de formación religiosa de los alumnos cuyos padres lo soliciten. Obligar al resto de alumnos a cursar una alternativa a la religión contradice la libertad de conciencia que se atribuye a los ciudadanos de un Estado laico, ya que se suele olvidar que esa libertad no es sólo la de los creyentes, sino también la de los que no lo son, o la de los que profesan religiones minoritarias. Aunque parece que existen decretos similares al de la enseñanza de la religión católica para las otras religiones, es obvio que estas no serán ofrecidas de la misma forma en que lo es la religión católica, que se ampara en el acuerdo con la Santa Sede.
    Hay otro elemento que hace de la solución propuesta una pseudo o mala solución al conflicto sobre la enseñanza de la religión. Suscribo la afirmación del decreto cuando dice que “el olvido y la ignorancia de la religión podría tener consecuencias catastróficas para la cultura en general y la memoria colectiva”. Es totalmente cierto. Nuestra cultura incluye el “hecho religioso” e ignorarlo es analfabetismo. Los profesores de Filosofía, Historia del Arte o Literatura comprueban cada día que la falta de cultura religiosa de los estudiantes es un obstáculo para explicar aspectos fundamentales de sus materias. No hace falta saber el Padrenuestro ni recitar el catecismo de corrido; lo que importa es tener referencias bíblicas, de la historia del cristianismo y del culto, que permitan identificar y comprender los símbolos, las imágenes, la arquitectura y el pensamiento cristiano que ha dejado huellas innegables en nuestra cultura, para bien y para mal, pero que deben ser conocidas. Tal es la razón por la que, en distintas ocasiones, se ha abogado por la creación de una asignatura, no alternativa a la doctrina católica, sino imprescindible para la adquisición de la cultura religiosa en general por parte de todos los alumnos. Una asignatura que debería abarcar tanto la historia del cristianismo (la antigua “historia sagrada”), como la de otras religiones, y que profundizara en esa “ética civil” que necesitamos todos, más allá de la moral católica, islámica o evangélica, privativas de cada una de las religiones particulares.

    La actitud laica consta de dos ingredientes: libertad de conciencia
    y neutralidad del Estado
    Tras muchos años de conflicto, habíamos llegado a consensuar una Educación para la Ciudadanía para todos los alumnos, que consistía en esa iniciación cívica indispensable para adquirir un sentido de lo que es comportarse como buen ciudadano. No era la solución óptima, a mi juicio, pero era mejor que la elección entre la religión y su “alternativa”. Comparto de nuevo la afirmación que tantas veces le oí a Gómez Llorente de que la cuestión religiosa debe importarnos a todos y que es posible enseñar religión desde la laicidad, sin comprometerse con su doctrina —lo que hace la catequesis—, pero informando de lo que ha significado y sigue significando la religión en el mundo. Ahora que el islamismo irrumpe con violencia en nuestras sociedades, no es absurdo conocer lo que ocurrió antaño con el cristianismo y lo que ha significado para bien de todos el proceso de secularización. Pero también conviene enseñar lo que le debemos a la religión en materia de costumbres y que forma parte de aquellos valores que consideramos universalizables. Valores no tan distantes de los que hoy configuran las llamadas “virtudes cívicas” fundamentales para la regeneración democrática.
    Una vez más hay que lamentar que el equilibrio que se logró al redactar la Constitución no haya perdurado. Habría que restablecer el animus negociandi de que hicieron gala las voluntades que acordaron la Constitución, una tarea cada vez más improbable.
    Victoria Camps es filósofa.