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viernes, 4 de diciembre de 2015

Entrevista al escritor Manuel Rivas, a propósito de su nueva novela, "El último día de Terranova"

   En "Babelia":

Manuel Rivas: “España es una democracia amputada”

'El último día de Terranova', del autor gallego, narra la posguerra y la Transición en España a través de la vida en una librería condenada al cierre


Manuel Rivas en A Coruña. / ÓSCAR CORRAL

"Allí es donde quemaron libros en el 36”, dice Manuel Rivas señalando al otro lado de la dársena de A Coruña. En su novela Los libros arden mal hay una foto de ese momento: un grupo de fascistas celebra brazo en alto la hoguera encendida junto al Club Náutico. Muchos coruñeses conocieron aquel episodio por esa novela. “En el escudo de Coruña, sobre la Torre de Hércules, había tradicionalmente un libro”, explica el escritor, nacido en el barrio de Monte Alto en 1957. “Lo quitaron después de la Guerra Civil. La democracia volvió, pero el libro no”. Si aquella novela de 2006 hablaba de la quema de bibliotecas, El último día de Terranova (Xerais en gallego, Alfaguara en castellano) narra ahora la amenaza de desahucio que pende sobre una librería.
PREGUNTA. ¿Quedaban libros por destruir o historias por contar?
RESPUESTA. Yo escribo en círculos concéntricos. Los libros no son cuadrículas ni propiedades separadas. En mi caso, la célula madre es la poesía. En los ochenta escribí un poema sobre la memoria ­—‘Pan negro’— y ahí está la semilla. Después vinieron La lengua de las mariposas, El lápiz del carpintero, Los libros arden mal y ahora este, que parte de la posguerra y llega hasta hoy. Siempre tengo la sensación de que cuando acabo un libro no se acaba la historia. Como en ese cuadro de Millet en el que las espigadoras recogen lo que quedaba debajo de la tierra después de la cosecha, cuando terminas una novela quedan granos que luego rebrotan. Son nuevos círculos con la misma simiente, no una prolongación. Salvo en la línea del horizonte, la recta es un atraso. Hay que romperla.
P. ¿Los círculos de la literatura pueden llenar los vacíos que deja la historia?
R. En parte sí. Hay incluso un camino paralelo entre la literatura y la arqueología. Vas encontrando signos y huellas que conectas hasta construir un relato. Hay un punto que los arqueólogos llaman línea de lo inaccesible. La historia no se detiene, pero los últimos restos suelen ser ceniza, producto de una destrucción o de un fuego. La excavación se detiene, pero la imaginación puede traspasar esa línea, ir más allá de la búsqueda histórica sin perder el principio de realidad. Ese traspasar lo inaccesible es lo propio de la literatura.
P. ¿Llegará un día en que las librerías serán historia y habrá que imaginarlas?
R. De las últimas historias que leí y que me conmocionaron porque coincidió con la muerte de Mankell, hay una en sus memorias del cáncerArenas movedizas, que cuenta algo muy inquietante para la especie humana. Hasta el siglo XX, los restos históricos eran monumentos más o menos ruinosos, pero lo que va a dejar nuestra generación no va a tener fin: los vertidos radiactivos. Dentro de 100.000 años, los arqueólogos pueden encontrarse con una pesadilla. Pero en el mismo libro se recoge otra historia. Un hallazgo imprevisto durante unas obras en Suecia: una osamenta que tenía al lado una figura de madera. Llegaron a la conclusión de que era un títere. Claro que el ser humano va a conservar el títere. Estoy convencido…. Bueno, “estoy convencido” [ríe] es una forma de empezar. Claro que va a haber un lugar como lo que hoy llamamos librerías. ¿Cómo serán? Eso para el próximo libro. Mira, es buena idea. Hay gente que nunca ha entrado en una librería.

Parte del viaje literario consiste en luchar contra tus convenciones, contra tu propia estupidez
P. ¿Recuerda la primera vez que entró en una?
R. Sí, se llamaba La Poesía. Luego nos acercamos por allí. Está cerrada, pero conserva algo. Cada vez que paso por ahí pienso: “¿Por qué no me hago librero?, ¿por qué no abro La Poesía?”. Tengo una especie de culpa. En casa no había libros y le compramos uno a mi madre. Siempre se le regalaba algo para la casa —una fregona, una cafetera— y mi hermana María, que era la vanguardia, dijo que le compráramos uno porque en la niñez mi madre había leído mucho. Por casualidad. Murió mi abuela y mi abuelo se quedó con 10 hijos. Era campesino, vivía al lado de la casa rectoral y una sobrina del cura medio adoptó a mi madre, que subía al desván y se pasaba el día leyendo vidas de santos, que es lo que había, pero también estaban los poemas de Rosalía. El primer libro de mi vida fue oír a mi madre recitar a Rosalía. Ella era la boca de la literatura. Total, que nos fuimos a La Poesía y vimos un libro que coincidía bien con el presupuesto. Era un tocho; mucho mejor, un regalo más grande. Se titulaba Cinco mil años de historia. Mi madre lo abrió y, bueno, asomó de una lágrima. Nunca tuve miedo de entrar en las librerías. Si vamos es porque hay gente con la que nos gusta estar, no solo por los libros, aunque los libros también son gente.
P. ¿Por qué ir a una librería si puedes comprar por Internet?
R. Si desaparece el factor humano en los intercambios —y una librería es un lugar donde alguien que te da el libro con la mano—, también va a desaparecer lo humano en el libro. Tal vez es demasiado determinista, pero hay parte de razón. La ciudad existe porque existen librerías, el taller de bicicletas, las tabernas… En Coruña abrieron un centro comercial. La gente se sentaba allí porque llueve. Pensaron: “Si se sientan, no compran”. Quitaron los bancos y la gente se sentaba en las fuentes, así que pusieron unos hierros. En los libros te puedes sentar siempre. La literatura es resistencia, una intervención contra la realidad. Una vez existió esa idea de las vanguardias de que podías cambiar el mundo pintando, cantando, bailando. Lo inútil podía influir en lo útil, cambiar la vida. Ahora se perdió eso. Hubo una renuncia. Asumimos el discurso de lo útil. “Vuestra utilidad es el entretenimiento”, nos dicen. “Dedicaos a eso”. Pero uno sabe que hay libros que le han cambiado la forma de mirar, y eso también es cambiar la realidad, ¿no? Aunque sea por un instante, en un tris. Un tris vale mucho.
P. El librero de su novela se identificaba de joven con David Bowie. ¿Algún músico le influyó tanto como Rosalía de Castro?
R. El salto de las falsas fronteras entre alta y baja cultura lo vivimos a través de la música. La poesía estaba pasada de moda, pero seguía en las letras de las canciones. Estuve muy colgado con Dylan, con la Velvet, con Joy Division, con Patti Smith. Creo que no metí a Patti Smith en el libro porque me quise quedar con ella.


Manuel Rivas en A Coruña. / ÓSCAR CORRAL
P. ¿Cabe la poesía en una novela?
R. Toda escritura es poética porque el lenguaje se pone o no se pone en vilo. Hay palabras que alcanzan esta condición. La lengua se pone en otro tiempo, que no es pasado ni futuro, sino otro tiempo. Esta novela tiene una hermana transgénero que es este libro [saca de la cartera A boca da terra, un poemario publicado en verano por Xerais]. Son hermanos siameses.
P. En sus libros de cuentos incluía poemas.
R. Empecé por ahí. Recuerdo estar escribiendo lo que a mí me parecían poemas en clase de matemáticas, con un profe muy serio. Pasó a mi lado y vio que en medio de las cifras había unos bichos. Me agarró la libreta. Pensaba que me iba a echar una bronca. Cuando me la devolvió dijo: “¿Por qué siempre escriben ustedes cosas tan tristes?”. Pensé: “Así que soy de una especie de club de los tristes”. Aquello me vino bien porque se dio en mí una reacción que es la marca moderna de la literatura: la ironía. Reaccionar contra el estigma de triste me activó el lado irónico. Otro detector de la literatura es que es una creación que no quiere dominar. La diferencia con otros discursos ­—la filosofía, la historia— es que no te quiere dominar. Cuando te quiere dominar notas que pasa algo raro, que está intoxicada.
P. ¿Mantiene activa la ironía para no convertirse en escritor nacional de Galicia?
R. Total. Caes en la caricatura si te consideras el símbolo de algo. Lo más triste que le puede pasar a un escritor es que lo conviertan en un monumento, decía Cortázar. Parte del viaje literario consiste en luchar contra tus convenciones, contra tu propia estupidez. Eso no quita que la literatura tenga una dimensión de activismo, pero no puede caer en la condición de instrumental. Acabaríamos matándola. Eso sí, todo lo que escribes te va a comprometer.
P. Sus protagonistas son muchas veces víctimas de la historia. ¿No se corre el riesgo de embellecer la derrota?
R. Por supuesto, por eso es importante enseñar lo que cada uno tiene de contradictorio. De cada personaje sabes a través de otro. Me lo dijeron de El lápiz del carpintero: los buenos son muy buenos, y los malos, muy malos. No lo creo. Precisamente para evitarlo le di la voz del narrador al verdugo. Pero es un riesgo. Por eso no me gustan los cuadrados. Estamos habitados por varios seres. En esta novela, a uno que es muy estudioso su hijo lo ve como un cobarde. Somos tambaleantes, frágiles. Escribir es estar en una posición de fragilidad.

Nuestra serie negra, esa que dicen que no hemos tenido, está en los libros de la Guerra Civil. La diferencia es que aquí la mafia ocupaba el Estado.
P. Parte de la novela transcurre durante los funerales de Franco y es crítica con lo que vino después.
R. España es una democracia amputada. Ya no tiene sentido discutir quién debía haber ido a la cárcel, pero la gente debe saber que un torturador como Billy el Niño sigue campando y que nunca hubo una comisión de la verdad. Hemos visto en televisión campos de concentración nazis, pero no franquistas, que hubo. Puedes acceder a documentos de EE UU, pero a los de aquí no. A lo que no podemos renunciar es a la verdad. Nunca es tarde. Nuestra serie negra, esa que dicen que no hemos tenido, está en los libros de la Guerra Civil. La diferencia es que aquí la mafia, la organización criminal, ocupaba el Estado.
P. Cuando termina la dictadura en España empieza en Argentina, también muy presente en este libro.
R. La Operación Cóndor se preparó en el funeral de Franco. Además, para mí fue muy importante escribir la historia de la aniquilación de la familia Oesterheld [“El desaparecido HGO”, recogido en A cuerpo abierto]. Les mataron las cuatro hijas sucesivamente. Tenían 24, 23, 19 y 18 años, alguna embarazada. A Héctor Germán Oesterheld todos lo adoraban, y no solo como guionista de los cómics de El Eternauta. Lo desaparecieron. Quedan dos nietos y la abuela, Elsa, que se preguntaba por qué seguía viva. La novela está dedicada a ella.
***
La Poesía sigue cerrada en la calle San Andrés. Rivas repara en que además han borrado el rótulo de la librería: “Mala señal”.

martes, 24 de noviembre de 2015

   En "infolibre":
A la sombra de la dictadura de Franco
Julián Casanova (historiador)      19 noviembre 2015

El dictador Francisco Franco junto a Heinrich Himmler y Ramón Serrano Súñer.  EP

El dictador Francisco Franco junto a Heinrich Himmler y Ramón Serrano Súñer. EP
Se cumplen hoy cuarenta años de la muerte de Francisco Franco, del “Caudillo de España por la gracia de Dios”, del dictador que dominó de forma absoluta durante casi cuatro décadas.

Si se repasa su historia, Franco logró lo que se proponía: una guerra de exterminio y de terror en la que se asesinaba a miles en la retaguardia para que no pudieran levantar cabeza en décadas. Forjado en el africanismo, la contrarrevolución y el anticomunismo, nunca concedió el más mínimo respiro a los vencidos o a sus oponentes. De palabra y de obra. "No sacrificaron nuestros muertos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar", declaraba en la inauguración del Valle de los Caídos en abril de 1959. Recordar la guerra, siempre en guardia contra el enemigo, no cambiar nada, confiar siempre en esas fuerzas armadas que tan bien habían servido a la nación española, utilizar la religión católica como refugio de su tiranía y crueldad. Ésa era la receta.

Su legado y el de la larga dictadura que presidió no es fácil resumirlo y es objeto de debate entre historiadores y de encontradas opiniones entre la ciudadanía. Franco buscó y consiguió la aniquilación de sus enemigos que, vistos los resultados, fueron en verdad muchos. Gobernó con el terror y la represión, pero también tuvo un importante apoyo social, muy activo por parte de las numerosas personas que se beneficiaron de su victoria en la Guerra Civil y más pasivo de quienes cayeron en la apatía por el miedo o de quienes le agradecieron la mejora del nivel de vida durante sus últimos quince años en el poder. Para muchos españoles, la dictadura significó cuatro décadas de miedo, subordinación, ignorancia y olvido de su propio pasado y del mundo exterior. Para otros, una idea sostenida todavía en la actualidad por una parte de la derecha política, Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes.

La España de 1939 y la de 1975 se parecían, efectivamente, poco. Una profunda transformación económica y social había causado grandes cambios en las clases medias y trabajadoras y en la administración del Estado. Los sindicatos ya no eran agentes de la revolución social sino instrumentos para conseguir libertades democráticas. El proyecto de cambio político y social de la Segunda República quedó sepultado en la gran tumba que el franquismo cavó desde abril de 1939. La república, el anarquismo y el socialismo desaparecieron de las reivindicaciones, como desapareció también el anticlericalismo, el anticapitalismo y el problema de la reforma agraria, algunos de los ejes fundamentales de las luchas sociales y políticas de los años treinta. Los modelos históricos de sociedad y cultura de la derecha y de la izquierda habían quedado atrás, superados por la modernización.

Cuando Franco murió, su dictadura se desmoronaba. La desbandada de los llamados reformistas o “aperturistas” en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos franquistas de siempre, poderosos o no, se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. La mayoría de las encuestas realizadas en los últimos años de la dictadura mostraban un creciente apoyo a la democracia, aunque nada iba a ser fácil después de la dosis de autoritarismo que había impregnado la sociedad española durante tanto tiempo. Era improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero Arias Navarro y su Gobierno mantenían intacto el aparato represivo y tenían a su disposición ese ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco. Ese equilibrio “desigual e inevitable” entre el legado autoritario del franquismo y las aspiraciones democráticas enmarcó los primeros años de la transición.

Tras una compleja transición, sembrada de conflictos y de obstáculos, la democracia cambió el lugar de España en Europa, con su total integración en ella, uno de los sueños de las elites intelectuales españolas desde finales del siglo XIX. El reto de los españoles del siglo XXI ya no consiste tanto en crear una democracia plena con derechos y libertades, caballo de batalla, a veces sangriento, de algunas de las generaciones que nos precedieron, como en seguir cambiando para mejorarla y reforzar la sociedad civil y la participación ciudadana.

Cuarenta años después de la muerte del último dictador de nuestra historia, la sociedad española ha podido dejar atrás algunos de los problemas fundamentales que más la habían preocupado en el pasado. Pero desde su tumba, Franco parece mostrar todavía el camino a seguir en otros no menos importantes. El Valle de los Caídos fue suyo en vida y continúa siéndolo tras su muerte, incapaces los gobiernos democráticos de establecer una política coherente de gestión pública de esa historia. Y las miradas libres a ese pasado traumático, así como la reparación política, jurídica y moral de las víctimas de la violencia franquista, generan el rechazo y el bloqueo de poderosos grupos bien afincados en la judicatura, en la política y en los medios de comunicación.

La dictadura de Franco recordó siempre su victoria en la guerra civil, llenando España de lugares de memoria. Los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces, y en bastantes casos presentes todavía hoy, los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos.

Los otros muertos, los miles y miles de rojos e infieles asesinados durante la guerra y la posguerra, no existían, porque no se les había registrado o se había falseado la causa de su muerte (“fractura cráneo”, “herida arma fuego”, se escribió en los libros de defunción), asunto en el que algunos obispos y curas tuvieron una responsabilidad destacadísima. Habían sido abandonados en dehesas, extramuros, tapias de cementerios o fosas comunes. Por eso sus familias, sus hijos y nietos, todavía los buscan hoy, ayudados por diferentes asociaciones y foros “para la recuperación de la memoria histórica”. Sólo quieren un poco de recuerdo y dignidad, bastante menos de lo que están obteniendo los cientos de “mártires de la cruzada” que la Iglesia católica española y el Vaticano se han empeñado en beatificar.

Calles, monumentos, símbolos, ritos y víctimas. Todo eso y mucho más nos queda del franquismo, cuarenta años después, sin necesidad de mencionar aquí a los políticos y servidores de la dictadura todavía vivos, a esos que abrazaron con tanto tesón y convicción las ideas autoritarias y represoras. Hay quienes quieren ahora que la memoria saque a la luz hechos y personas que la historia no documentó. Otros dicen estar cansados ya de tanta historia y memoria de guerra y dictadura. El pasado se ha hecho presente, convertido ahora en un campo de batalla político y cultural, donde se da la voz con más fuerza que nunca, en libros, documentos y homenajes, a los supervivientes de aquellas experiencias tan traumáticas.

Pero el registro del desafuero cometido por los militares sublevados y por el franquismo, investigado y divulgado por notables historiadores, ha hecho también reaccionar, por otro lado, a conocidos periodistas, propagandistas de la derecha y aficionados a la historia, que han retomado la vieja cantinela de la manipulación franquista: fue la izquierda la que con su violencia y odio provocó la guerra civil y lo que hizo la derecha y gente de bien, con el golpe militar de julio de 1936, fue responder al “terror frentepopulista”. La propaganda sustituye de nuevo al análisis histórico. Es la sombra alargada del franquismo, otra forma de vengarse años después.

Son varias y poderosas las armas que utiliza esa propaganda. Están, en primer lugar, los seudohistoriadores, los encargados de transmitir en un nuevo formato, con libros bien cocinados y preparados para la divulgación, las viejas tesis franquistas que ya sólo servían para uso de la ultraderecha y de los nostálgicos de la dictadura. Son relatos basados en fuentes secundarias y desprecian datos y hechos que no se adaptan a sus tesis. Sus conclusiones, además, son presentadas como novedosas por el marketing agresivo de sus editores, de quienes les hacen la publicidad y de que quienes les dedican las reseñas, donde suelen destacar su valentía para enfrentarse en solitario a la dictadura de los historiadores universitarios. Aparecen, por último, en el tercer nivel de esa estrategia propagandística, los periodistas y tertulianos de los medios de comunicación que jalean y aplauden sus libros y opiniones e insultan y calumnian al contrario.

Estamos ahora, por lo que al franquismo se refiere, en la “era de la memoria”, tan incómoda para muchos, en el regreso del pasado oculto y reprimido. Es una construcción social del recuerdo, que evoca con otros instrumentos, y a veces deforma, lo que los historiadores descubrimos. No sabemos qué quedará de todo ello para el conocimiento histórico de las generaciones futuras, de aquellos historiadores que ya no habrán vivido la dictadura. Pero para llegar hasta allí , necesitamos, y ésa es la responsabilidad de políticos y gobernantes, preservar los testimonios y documentos, crear un Museo-Archivo de la Memoria, al que deberían incorporarse como propiedad pública los fondos documentales de la Fundación Nacional Francisco Franco, y transmitir una educación democrática que impida que las nuevas generaciones de estudiantes reciban todavía el legado ideológico del autoritarismo. Es un legado pesado, dominante durante mucho tiempo, e imposible de olvidar. Por eso regresa, vuelve con diferentes significados, lo actualizan sus herederos. Cuarenta años después de su final.
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Julián Casanova
 es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y visiting professor de la Central European University de Budapest y autor y editor de Cuarenta años con Franco (Crítica).

viernes, 2 de octubre de 2015

PRENSA. HISTORIA. "Una historia de horror en Galicia"

   En "Jotdown":

Una historia de horror en Galicia

Publicado por 
Fotografía: Gabriel González (CC)
Fotografía: Gabriel González (CC)
Así como a veces la literatura no precisa de historia, la historia no siempre precisa de literatura.
Doña Severina, de ochenta y cinco años, es la primera de las personas del pueblo que accede a contarme cómo recuerda ella la muerte de Raúl en 1949. El cura de la parroquia me había facilitado dos días antes y a través de un familiar los teléfonos y direcciones de los más ancianos, pero la mayoría de ellos no se sienten cómodos ante la posibilidad de figurar en un reportaje. Si hay dos temas tabú en la Galicia rural son los incendios forestales y las siniestras historias de posguerra. Doña Severina, que me recibe en el zaguán de su casa y toma asiento junto a la galería que da al camino, ejerce orgullosa de rompehielos. «Todavía cuesta hablar en público sobre los fuxidos —explica mientras me sirve una copa de un licor de hierbas que ella misma elabora—. Tenga en cuenta que en estos pueblos se conocían todos. No es como ahora. Los de una familia se casaban con los de otra y por tanto eran los propios primos, cuñados y vecinos los que denunciaban e incluso ayudaban a la Guardia Civil a sacar a la gente de sus casas. Todavía hoy muchos no se hablan e incluso se marchan del bar si entran los otros. Y eso que son parientes».
Una mujer más joven, convocada por la anfitriona, saluda desde el zaguán y se sienta con nosotros junto a la galería. No me dice su nombre. Escucha con atención la historia de cómo los miembros de una determinada familia, durante las fiestas del pueblo, se colocan todos los años en uno de los extremos del campo de la orquesta para no tener que cruzarse con los de otro clan concreto. En su opinión, los motivos de aquellas delaciones de posguerra tenían muy poco que ver con una cuestión de fidelidad a la militancia o de intransigencia ideológica. Mantiene que en realidad solían ser viejas disputas familiares y no convicciones políticas las que subyacían a la inquina existente entre unos y otros. Doña Severina discrepa, y aunque el analfabetismo de la época y la coyuntura demográfica y sociocultural de una población gallega rural entonces muy compartimentada y endogámica son argumentos que refuerzan la postura de su interlocutora, insiste en la polarización resultante del desenlace de la Guerra Civil: «Recuerdo que a mi padre lo metieron varias veces en el calabozo. Cuando volvía a casa solía permanecer callado, nunca nos contaba nada. Poco después detuvieron a mi tío, su hermano, y jamás lo volvimos a ver. Nos dijeron que había fallecido en una cárcel de Salamanca. Esa clase de cosas no suceden por una simple venganza de alguien del pueblo. Cuántas veces se ejecutaba a gente en el Alto de Curros. Era el castigo de los vencedores sobre los vencidos».
Raúl pertenecía al segundo bando. Visitando el cementerio, un pariente lejano me cuenta que regresó al pueblo poco después de finalizar la guerra. Había huido en el 37, empujado por el avance de las tropas sublevadas —Galicia formó parte muy pronto de la zona nacional—, cuando rondaba los veinte años y el ideario comunista. «Dicen que un sacerdote amigo de la familia, don Carlos, lo ayudó a salir de Galicia vestido de mujer, pero nunca se supo dónde había ido», murmura mientras señala un ciprés cercano en cuya copa se decía que pasaba las noches durante las últimas semanas, cuando ya estaba acorralado. «Son tonterías. Anda que no había bosque suficiente para esconderse como para venir a hacerlo al cementerio, al lado del pueblo». Es probable que nunca llegase a abandonar España para integrarse en el maquis francés, como se comentaba entonces. Tal vez jamás salió de Galicia. Algunos dicen que en realidad se refugió en una cueva y sobrevivió gracias a la ayuda clandestina de los más cercanos. Cuando volvió al pueblo permaneció dos o tres años en casa de sus padres, conviviendo con los vecinos con absoluta normalidad. De él cuentan que era buena persona, muy risueño y de trato amable, «lo que pasa es que pensaba diferente». Doña Severina explica que las cosas empezaron a ponerse feas cuando varios de los miembros de su familia fueron detenidos. «Yo era entonces una niña, pero a veces bailaba con él en las fiestas y lo veía por las tardes en el bar. Era un chico muy cercano y simpático. Cuando empezaron a llevarse a los suyos dejó de hacer vida con la gente del pueblo, hasta que un día desapareció». Nadie recuerda las fechas con exactitud, pero sospecho que la huida debió de coincidir con el auge ofensivo de la Federación de Guerrillas de León-Galicia y la represión posterior a la derrota en el valle de Arán en 1944, en la operación Reconquista de España. Muchos de los derrotados se exiliaron en Francia y en Marruecos, y el resto se ocultó en los montes y los bosques de la geografía española. De ahí que la denominación «maquis» se impusiese en la terminología popular a la de «huidos», tanto por asociación a la guerrilla francesa de resistencia, en la que muchos habían militado, como por la conexión semántica de las expresiones francesa e italiana «prende le maquis» y «buttarsi alla macchia» con la española «echarse al monte», que en los tres casos hacían referencia a una misma realidad.
Raúl no tardó en buscar amparo en un grupo de fuxidos —así eran conocidos en Galicia— liderados por un guerrillero llamado Mario «que tenía fama de revolucionario». La mujer que nos acompaña en la galería de doña Severina cuenta que en su casa se hablaba mucho de él. «Nunca le hicieron daño a nadie. Todo el mundo sabía que se ocultaban en los bosques de los alrededores y a veces en los corrillos escuchabas historias sobre ellos entre susurros. Los niños les tenían miedo, pero lo único que hacían cuando bajaban al pueblo era molestar a los que alguna vez habían detenido o encarcelado a sus familiares. Había un juez con muy mala leche y un alcalde, Pepe “do Sacristán”, que eran muy crueles con los delatados, y se había corrido el rumor de que una noche Mario había matado al alcalde, pero eso en realidad nunca sucedió». Doña Severina interrumpe para afear el comentario de nuestra acompañante y centrar el tema con severidad: «Estamos hablando de Raúl, no de Mario». Un hijo de Severina llega en ese momento y la conversación es desviada a propósito hacia lugares comunes y escenarios más amables.
En el pueblo cuentan que Mario fue capturado y asesinado. También otros fueron «sacados de sus casas» y su destino era la cárcel o la ejecución. Ante la represión, Raúl y uno de sus compañeros se quedaron solos en el monte. Su pariente me lleva hasta una casa en ruinas que antaño perteneció al cura. Está al lado de la iglesia y en su parte posterior, pegado a la casa, hay un viejo cobertizo. «Cuando los buscaban en el monte venían a esconderse aquí. La casa ya estaba abandonada entonces porque el cura, al que llamaban “o Rizo”, vivía en otra parroquia. Los domingos por la mañana decía una misa en cada pueblo, y Raúl y el otro chico aprovechaban que esto estaba deshabitado para refugiarse en el cobertizo». Doña Severina corrobora la historia y recuerda en voz alta la vez en que se los encontró en el bosque, el mismo año que Raúl falleció: «En aquella época no era como ahora, que para coger leña en el monte tienes que pedir permisos y comprársela a su dueño porque todo el mundo se entera de quién ha sido y casi parece un crimen. Entonces, cuando llegaba el invierno, cualquier vecino hacía lo que fuese necesario para no pasar frío. Y si eso suponía coger leña que no era tuya, la cogías. Una tarde, antes de anochecer, mi hermana pequeña y yo salimos a buscar algunos troncos en el bosque. Fuimos hasta una arboleda que está en un cerro muy alto que todos llaman “o diestro”, y al llegar escuchamos cómo alguien removía con el pie unas hojas en el suelo, no sé si para advertirnos a nosotras de que no siguiésemos adelante o para avisar a quien fuese de nuestra llegada. Mi hermana pequeña no se daba cuenta de lo que pasaba y quería continuar, pero enseguida la detuve y le dije que teníamos que dar media vuelta. Raúl apareció entonces de entre unos árboles para cortarnos el paso. Se acercó a mí y me dijo que entrásemos en la arboleda a coger leña, que ellos se iban. Me quedé paralizada. Le contesté que daba lo mismo, que nosotras nos marchábamos, pero insistió. Dijo que eran ellos los que se iban y que cogiésemos toda la leña que necesitásemos. Cuando volvimos a casa fuimos corriendo a contarles a nuestros padres lo sucedido, y entonces mi padre nos llevó a otra habitación, se sentó delante de nosotras, y nos dijo que no podíamos hablar con nadie sobre lo que había pasado. Que jamás comentásemos nada sobre aquello y que nunca más lo quería volver a escuchar. Dijo: “No queremos atraer más problemas al pueblo”. Y aquello se me quedó grabado. Tenía la misma mirada que cuando volvía del calabozo, antes de que se llevasen a mi tío a Salamanca».
Fotografía: Gabriel González (CC)
Fotografía: Gabriel González (CC)
Otra mujer, de nombre Marisol, me cuenta la trampa en la que algunos meses más tarde cayó Raúl. Al llegar a su casa y comenzar a conversar le comento lo mucho que me sorprende la precisión con que detalla el relato. No es difícil calcular a ojo que por aquel entonces sería una recién nacida. Me explica que es una historia que en su familia se ha venido contando desde que era niña y que resulta difícil de olvidar. Terminaré coincidiendo con ella. La localización y captura de los guerrilleros se había convertido a finales de la década de los cuarenta en una de las prioridades del franquismo y su búsqueda se había intensificado. El Partido Comunista de España, que había perdido toda esperanza de contar con apoyos internacionales en su lucha contra el régimen, decide poner fin a la asistencia táctica y logística de las guerrillas y adopta una nueva estrategia en un intento de contrarrestar el descreimiento de la población y la escasa operatividad de los comandos. En otras palabras, los pocos fuxidos que todavía permanecían en el monte gallego se quedaron solos. Raúl y su compañero carecían de recursos y se veían cada vez más asediados en una situación de resistencia ficticia que ya no tenía sentido. La única salida, descartadas la muerte y el exilio, era la amnistía. «En Galicia la guerra fue diferente —comienza diciendo Marisol—. En muchas partes del territorio apenas se sintió. Pero sí se sintieron los fusilamientos y las ejecuciones controladas durante la posguerra. Raúl y el otro chico estaban cansados de ocultarse durante años y de sentirse traicionados por los que hasta entonces defendían sus mismos ideales —se refiere, imagino, a Santiago Carrillo y el PCE—, así que cuando se vieron sitiados optaron por pactar». La autoridad municipal se sirvió de la madre y el hermano de Raúl para trasladar a los dos huidos el mensaje de que se desplazasen hasta un pueblo vecino, donde en una cabaña se reunirían con responsables civiles del Ayuntamiento para tratar de negociar un acuerdo. Raúl y su compañero aceptaron, abandonaron el bosque y, sin llamar la atención, acudieron al lugar convenido en la fecha y la hora que se les había indicado. El hermano y la madre de Raúl aguardaban fuera mientras los dos chicos esperaban a sus interlocutores en la cabaña. Quien apareció, sin embargo, fue la Guardia Civil.
El escenario era el peor de los posibles. Habían caído en la emboscada y sabían que si los detenían serían ejecutados. «La Guardia Civil amenazaba desde fuera con hacer daño a la madre y el hermano de Raúl si no se entregaban. Él y su compañero se pusieron muy nerviosos y comenzaron a disparar». Raúl comprendió que no había acuerdo posible para ellos, y aunque no quería que su familia sufriese percance alguno, tampoco estaba dispuesto a aceptar el deshonor de ser fusilado por el enemigo tras una rendición que con toda seguridad identificaba como un acto de cobardía. «Se desató un tiroteo —continúa Marisol— en el que el compañero de Raúl fue alcanzado y falleció en el acto. Para Raúl tuvo que ser terrible verlo morir a su lado, encerrados entre aquellas paredes. No había escapatoria y al verse acorralado, como cualquier hombre en una situación límite, tomó una decisión extrema». Resistir habría supuesto arriesgar la integridad de su madre y su hermano, al otro lado de las balas. Rendirse era renunciar a sus convicciones y a su identidad, muriendo sin dignidad ante un pelotón de fusilamiento. Los disparos cesaron al advertir que el ataque desde el interior de la cabaña se había detenido. Segundos después se escuchó una detonación. Tras el asalto, los guardias encontraron los cadáveres de los dos chicos en el suelo. Raúl se había introducido la pistola en la boca y había apretado el gatillo.
Al día siguiente les dieron sepultura. Fueron enterrados fuera del cementerio en un último acto de desprecio y humillación, algo que no era del todo infrecuente en el caso de los huidos ejecutados. Nadie recuerda haber asistido al funeral, si es que lo hubo. Paseando con el familiar de Raúl que me había explicado su huida con veinte años y cómo tras la guerra había regresado al pueblo con la ingenua esperanza de llevar una vida normal, este me muestra las lápidas que señalan la tumba de los dos chicos. «Décadas más tarde se decidió ampliar el camposanto por razón de espacio, y sus restos quedaron dentro de los muros. El destino tiene estas cosas». Doña Severina me invita a visitar su jardín y me regala una botella de licor de hierbas casero. Da igual fingir que no puedo aceptar su obsequio. Es una mujer tenaz. «El hermano de Raúl nunca se perdonó haber caído en el engaño —comenta justo antes de despedirnos—. Lo único que pretendía era que su hermano pudiese regresar al pueblo. Y en su situación cualquiera se habría agarrado a un clavo ardiendo. Pero le atormentaba pensar que había sido él quien lo había conducido a la boca del lobo. A las pocas semanas apareció muerto. Nunca supimos muy bien cómo sucedió. Sencillamente, le pudo la culpabilidad. Supongo que por eso a nadie le gusta hablar de este tema. No es más que una historia de horror».
Fotografía: Javier Cobo (CC)
Fotografía: Javier Cobo (CC)
Regreso al coche y el pueblo me parece distinto. Los árboles, las casas, el río, todo parece cuchichear a mis espaldas. A lo largo del día el paisaje ha ido adquiriendo un aspecto siniestro, como si algo oculto me dirigiese la mirada. Como si el sistema detectase un intruso. Lo que por la mañana era un lugar apacible ahora da la impresión de enmascarar algo perverso. Más allá de la vista. Quizá en el aire o en el subsuelo. Pienso en qué otros relatos sombríos se esconden en aquellos prados, bajo aquellas piedras. Y pienso que por ahora prefiero no saberlo.

martes, 14 de abril de 2015

PRENSA. "Cercas y el gran negocio de la 'memoria histórica'". Francisco Espinosa Maestre

Francisco Espinosa Maestre

   En "blogs.publico.es":

Cercas y el gran negocio de la “memoria histórica”

12abr 2015

Francisco Espinosa Maestre
Historiador
Nuestra literatura está plagada de mediocridades encumbradasCaballero Bonald, El País, 18/03/015
Harto está ya uno de ciertos novelistas que recurren a la historia falseándola, desde aquel Fernando Marías que fabuló sobre un Lorca que no habría muerto hasta un Trapiello que cree que la literatura está por encima de la historia. Dice Cercas que “memoria histórica” es un oxímoron, dos palabras que juntas expresan algo difícil o imposible  de unir. Con ello, consciente o no, se apunta a ese grupo de gente, algunos muy conocidos, que nunca ha investigado la represión franquista, pero se permite opinar sobre ella. La memoria constituye un recurso de la historia y hay reductos donde solo entra la primera. Al historiador documentado no lo engañará cualquier testimonio oral. Ni Antonio Pastor,  en Andalucía, que también se hizo pasar por deportado sin serlo, ni Enric Marco, en Cataluña, dieron el pego. Solo hicieron falta dos especialistas en deportación, Benito Bermejo y Sandra Checa, para que se cayera todo el tinglado. “No le va a gustar a mucha gente este libro”, dice Cercas, recordando a otro de la pandilla, Juan Eslava y su “Una historia de la guerra  civil que no va a gustar a nadie”.  Algo está claro: ni Eslava sabe de la guerra civil ni Cercas de los deportados. Yo comprendo que investigar la deportación resulta mucho más duro que escribir una “novela de no ficción” sobre uno que se hacía pasar por deportado por apasionante que esta pueda parecer (bastará echar un vistazo al Libro Memorial para saber de qué hablo). Una cosa es la literatura y otra la historia. También debe ser más fácil soltar el rollo de Salamina  que investigar qué fue realmente del fascista Sánchez Mazas. Este ya había ofrecido testimonio de lo ocurrido en Caudillo (B. Martín Patino, 1977), pero en su relato no hay rastro alguno de que un soldado republicano le salvara la vida.[1] Luego David Trueba convirtió la novela en una película y recurrió, no sin caer en cierto esperpento, al “Suspiros de España” que tanto sonó en Caudillo con otro sentido muy diferente. ¡Ya el colmo es que el soldado cantaó sea el que perdona la vida a Sánchez Mazas.
La impostura de Marco no equivale al fracaso de una sociedad. España está llena de Marcos pero diré por qué. La transición permitió a cada uno elaborar su propio pasado. Fue así como mucho asesino se presentó con las manos limpias, como si no hubiera roto un plato en su vida, y muchos héroes de papel se hicieron pasar por lo que nunca habían sido, como si la resistencia al franquismo estuviera representada por ellos. Otros, los verdaderos héroes, conscientes de la farsa, callaron en su mayoría. Como no se permitió la historia, cada uno hizo lo que le dio la gana. En otros países un Marco hubiera sido descubierto de inmediato. ¿Imagina Cercas lo que hubiera ocurrido si cuando Martín Villa estaba al frente de Gobernación (1977)  hubiera ordenado que se conservaran los archivos de Falange y que todo pasase al Archivo Histórico Nacional? Ahí debía estar el expediente de Marco. ¿Qué hizo Martín Villa? Seguro que lo sabrá Cercas: ordenó la destrucción de cientos de miles de documentos y expedientes. Todos los llamados Archivos del Movimiento fueron destruidos provincia por provincia. ¿No se da cuenta Cercas que Bermejo y Checa han tenido que viajar a Alemania y Francia para descubrir que gente como Marco o Pastor eran unos falsarios?  ¿A qué cree que se debe que diez mil documentos entre 1936 y 1968 no hayan sido desclasificados aún? Como vemos, la destrucción de los archivos de Falange y la ocultación de documentos clave, según Cercas, se debe a la sociedad. Debe hablar con los historiadores, que le contarán hechos que explican buena parte de lo ocurrido. Por lo pronto ya no será posible jamás filmar en España una película como “La historia de los otros”.
En el disparate raya la afirmación de Cercas en el sentido de que no se afrontó el pasado en los años 90 “porque se creó la industria de la memoria”. E insiste: “Se sustituyó lo objetivo por lo subjetivo. El problema es que se convirtió en un negocio”. Matiza más Cercas: “… no necesitábamos una ley de memoria histórica sino que el Estado se ocupara de cumplir con su obligación”.  Pero, ¿Cercas sabe de qué habla? Es que parece ignorar que fue el Estado precisamente el que impidió toda actuación en este campo,  obligando ante su pasividad a moverse a la gente por sí misma. Cercas acude al pasado para explicar el presente, otra cosa es que sus libros tengan algo que ver con la historia.  Para Cercas Marco representa la capacidad de impostura, no sabemos si de la sociedad española o del género humano.
Cercas nos lleva a otro terreno. Marco -¡vaya la comparación!– es “El Maradona o el Picasso de los impostores”. Luego, confiesa que antes de escribir,  dijo: “¡Dios mío, hazme digno de ese tío!”. No tendrán los dioses otra cosa mejor que hacer. Y las plegarias del autor fueron atendidas. Pues menuda evolución. En la de Salamina le ayuda Vargas Llosa y en esta le ayuda Dios. Sea quien sea, siempre El País detrás. Como bien saben Trapiello, Molina y Gracia entre otros, aquí en España, con El País de tu lado, tienes parte del trabajo hecho.  Al fin y al cabo El País,  es más fiable que Dios (al menos mientras dure; El País me refiero).
Para Cercas –vuelve con el tema– la expresión “memoria histórica” es “desafortunadísima”, y matiza, que es como decir “matrimonio feliz”. Estaba inspirado Cercas. No tiene duda alguna: “La historia es colectiva y la memoria personal”. Como es normal hay reductos donde solo se accede por la memoria, que no todo viene en los papeles, pero él lo ignora o le da igual. O las dos cosas a la vez. La obsesión de Cercas es que “la memoria se convirtió en un negocio” y España perdió “su última oportunidad” para que el Estado, con el dinero de todos, resarciera por completo a las víctimas. Según Cercas “los españoles éramos unos impostores de tomo y lomo. Esa ley no ha servido para nada salvo para réditos políticos”. De este caos solo nos librará, cómo no, la literatura, y la “buena historia”. O sea él y los historiadores que le gusten. Otro Trapiello. En sus contactos con Marco Cercas captó, según dice, que este era mucho mejor que los verdaderos deportados; todo el mundo se lo creía. Todo el mundo menos cuando se entraba en detalles. Entonces empezaban los problemas. Tuve oportunidad de coincidir con Antonio Pastor en un programa de Canal Sur y nunca salió del tópico. No obstante, para su desgracia, aunque se negara a aceptarlo, también fue descubierto por Bermejo y Checa. Pero la muerte de Pastor fue poco después del descubrimiento de la farsa e hizo que el asunto pasara pronto.
Cercas cree que escribe novela sin ficción: crónica, historia, biografía y autobiografía. A esto llama novela sin ficción.[2]  ¡Menudo gazpacho! Lo de Cercas se describe por lo negativo: no es simple crónica porque pretende ir más allá, no es historia porque no hay investigación de base alguna, tampoco hay biografía porque el autor tampoco ha investigado con ese fin y, finalmente, no es autobiografía porque no hay voluntad de tal cosa por parte del protagonista. Y añado yo: tampoco es novela. De serlo su autor se mostraría más humilde. Él quiere ser nada menos que Cervantes. El XIX se le queda corto. En todo caso sería una mezcla de Cervantes (libertad y pluralidad) y Flaubert (rigor geométrico). Vaya siempre la humildad por delante. Un periodista o un historiador no pueden recurrir a las conjeturas; un “novelista de no ficción sí”. Te puedes inventar lo que te dé la gana y no tienes ni que avisar. Sin duda, Marco es un personaje interesante pero, ¿no hubiera sido mejor hacer sobre él una simple biografía? ¿Se le queda corta a Cercas? ¿Acaso merece la pena perder el tiempo en una vulgar biografía? El problema es que una biografía lleva mucho trabajo. Donde pongas el invento ese de “la novela de no ficción” quita lo demás. Las novelas de Galdós eran magníficas, recurrió a situaciones y personajes reales, pero no dejaban de ser novelas. Pero era tan bueno que, cualquiera que conozca la historia del XIX, sabe que, aunque sus libros no sean de historia, constituyen una buena guía. ¿Acaso será menos por ser un “simple” novelista? Es posible que los protagonistas de “Las novelas de Torquemada” o el de “Miau” solo habitaran en la mente de Galdós. Da igual, sus novelas reflejan a la perfección el momento histórico que quería revelar. Pero mira por dónde Cercas lo supera.
Para Cercas “los testigos son fundamentales pero es un error creer que tienen la verdad absoluta. Un testigo es solo un testigo; sacralizarlo en un grave error”. De aquí extrae que todo fue una impostura, que luego la gente se inventó el pasado. El pasado era tan desagradable que nos inventamos otro. Si en la transición hubiéramos mirado el pasado con valentía… Para Cercas la memoria histórica se convirtió en una industria. No proporcionaba beneficios económicos sino morales, políticos y artísticos. El ejemplo de esto por lo visto es Marco. Necesitábamos que con el dinero de todos se asumiesen los gastos de sacar a todos los de las cunetas. Entonces, según Cercas, convertimos esto en una industria, en un negocio. Es decir que, más que los de la transición, los que fallamos fuimos nosotros. Culpar a la transición “me parece de un infantilismo bochornoso”. La transición fue una chapuza impresentable pero la prefiere “un millón de veces” a la otra chapuza, la de nuestros abuelos, que provocó una guerra de 500.000 muertos. Que solo fuera parte de los abuelos la que decidió a eliminar a la otra le da igual. Cercas volverá a Cervantes, a la “novela como género”. Marco viene a ser un Alonso Quijano. O sea que Marco es don Quijote y Cercas Cervantes con un toque de Flaubert. ¿Alguien da más? ¿Se pueden decir más barbaridades juntas?
Las teorías de Cercas, la defensa cerrada de la transición y el desprecio por la República lo incluyen de lleno dentro del grupo de la “tercera España”. Culpar “a los abuelos” de lo que fue un brutal golpe militar que acabó en guerra civil es propio de esta vía. Hacer pasar a las víctimas por culpables también. Es lo que hizo siempre el fascismo español y ahora los de la “tercera España”. Y si para eso hay que ocultar parte de la realidad, pues se oculta: en su biografía sobre Ridruejo Gracia se olvidó de contarnos la primera etapa, la fascista; otro ejemplo: cuando Trapiello habla de Chaves Nogales tiene buen cuidado de no mencionar a los periodistas que, militancia aparte, cumplieron su deber hasta el final por más que Madrid fuera una ciudad sitiada durante más de dos años, con lo que esto supone. Un factor común a esta gente (Cercas, Trapiello, Gracia, Molina…) es su odio a la “memoria histórica”. Cercas debe pensar que va camino del Nobel. Aunque quién sabe, hay tanta competencia: Muñoz, Trapiello, Eslava…
¿Para quién fue un negocio la transición? ¿Quién sacó beneficios morales, políticos y artísticos? Por lo pronto Cercas vendió, según quienes saben de estas cosas, más de un millón de ejemplares con Soldados de Salamina. Esto sí que es un gran negocio. Cervantes, Flaubert, Galdós, todos los de la “memoria histórica” y mucha gente que me ahorro de nombrar, lo envidiarían.  Que pregunte a Benito Bermejo y a Sandra Checa cuánto sacaron de su Memorial. ¿Qué hubiera sido de la novela sin Vargas Llosa y su artículo dominguero? Por otra parte no me deja de llamar la atención que la explicación en torno a que la “memoria histórica se convirtió en un negocio” nunca quedó clara en las entrevistas. Solo en Babelia, aunque el titular destaque que “la “memoria histórica” se ha vuelto una industria”, se lee luego que aunque “se convirtió en una industria, no proporcionaba beneficios económicos sino morales y políticos y artísticos también”. Un día antes, en El Diario, la cosa había quedado en que la “memoria histórica” se convirtió en un negocio. Y el ABC volvió a repetir lo mismo. Mi impresión es que, efectivamente, la “memoria histórica” para algunos fue un negocio. Sobre todo para ese grupo de “novelistas” que encontraron un filón que no imaginaban. Lo de los beneficios morales, políticos y artísticos nos lo debería explicar Cercas. La “memoria histórica” provocó un rechazo en el poder, en su acepción más amplia, del que Cercas debería enterarse. Lo que pasa es que si se enterara también cambiaría su opinión sobre el pasado reciente y tampoco hay que pedirle tanto a ver si se da cuenta de que ni es cronista, novelista, historiador, biógrafo y tantas otras cosas.[3] Finalmente una breve alusión a esa obsesión de Cercas por personajes falsarios, como Marco, o fascistas vocacionales como Sánchez Mazas. Este pertenece a la España más negra y carece de sentido alguno que un soldado republicano le salve la vida en aquel momento. Solo hubiera faltado que pusiera fin a la novela con la “Oración de Falange”, creada por Sánchez Mazas.[4]
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[1] EL testimonio de Sánchez Mazas que se recoge en “Caudillo” dice: “El día 30 de (..) me fusilaron con otros treinta compañeros. Sonaron las dos primeras ráfagas. Ni una bala me había tocado. Di un salto. Trepé por un camino descubierto. Caí en una hoya donde había un manantial. Me quedé quieto. Por un momento desistieron de la persecución. Oí los tiros de gracia. Poco después ordenaba el director de la prisión la batida del monte. Caía una lluvia torrencial y me fui guiando por los gusanos de luz para elegir alguna dirección. Durante tres días caminé por los bosques, mendigaba en sus masías. El día 8, por primera vez, volví a dar aquel “¡Arriba España!” que a mí me tocó crear para la Falange antigua o para la España futura. Allí me restituyo el servicio de España, de su caudillo victorioso, a la Hermandad de la Santa Falange”.
[2] Esto debe estar de moda. Hace poco (marzo 2015) escuché a Sánchez Dragó decir que la novela que ha escrito sobre Roldán, el ex director de la Guardia Civil que puso el PSOE, es una “novela de no ficción”. Desde luego el título es para enmarcarlo y muestra bien el nivel del autor: “La canción de Roldán. Crimen y castigo”.
[3] Las entrevistas consultadas son “El escritor Javier Cercas”, de Paula Corroto (El Diario, 13/11/14), “Entrevista con Javier Cercas”, Inés Martín Rodríguez (ABC, 14/11/14) y “Javier Cercas: la memoria histórica se ha vuelto una industria”, de Guillermo Altares (El País, Babelia, (15/11/14)./
[4] Como en el caso de Trapiello la cosa viene de atrás. En 1984 El País inicia una sección titulada “Volver a leer”. Veamos lo que dijo Cercas: “… por entonces se puso de moda entre los escritores españoles vindicar a los escritores falangistas. La cosa en realidad venía de antes, de cuando a mediados de los ochenta ciertas editoriales tan exquisitas como influyentes publicaron algún volumen de algún exquisito falangista olvidado, pero para cuando yo empecé a interesarme por Sánchez Mazas, en determinados círculos literarios ya se vindicaba a los buenos escritores falangistas, sino también a los del montón e incluso a los malos. Algunos ingenuos, como guardianes de la ortodoxia de izquierdas, y también algunos necios, denunciaron que vindicar a un escritor falangista era vindicar (o preparar el terreno para vindicar) el falangismo. La verdad era exactamente la contraria: vindicar a un escritor falangista era solo vindicar a un escritor; o más exactamente: era vindicarse a sí mismo como escritores vindicando a un buen escritor” (ver Becerra Mayor David, La guerra civil como moda literaria, Clave Intelectual, Madrid, 2015, pp. 218-219). Estamos ante lo que David Becerra ha llamado en esas mismas páginas “la redención fascista por la estética”. Sobre este asunto ver más en Espinosa Maestre F., “Literatura e historia. En torno a Manuel Chaves y la Tercera España”, en rev. Pasajes, Universidad de Valencia, nº 44, pp. 136-161.

domingo, 8 de marzo de 2015

PRENSA. "Sobre la memoria y el olvido"

   En "blogs.elpais":

Sobre la memoria y el olvido

Por:  03 de noviembre de 2014
 :María ZambranoRevista critica
María Zambrano / REVISTACRITICA.COM

Ya en España, después del largo exilio americano, María Zambrano escribía:
"(...) No hay que arrastrar el pasado, ni tampoco olvidarlo. Nos falta a los españoles, por muchas apelaciones que los retóricos hagan al pasado y por mucho afincamiento tradicionalista de los que así se llaman, la imagen clara de nuestro ayer, aún el más inmediato. Existe una cierta rebeldía para reconocer en esta nuestra forma de vivir de hoy que hace que no se haya hecho sentir con más fuerza y claridad la necesidad y el deseo de recordar, de hacer memoria y con ella, cuentas con nuestro pasado. No es extraño: todo nuestro pasado se liquida con la actitud trágica de España. Es siempre y para todo pueblo, imprescindible una imagen del pasado inmediato, como examen de los propios errores y espejismos. El presente es siempre fragmento, torso incompleto. El pasado inmediato completa esa imagen mutilada, la dibuja más entera e inteligible...”.

Son palabras que la filósofa expresa en 1989, cuando inauguraba los Cursos de Verano de El Escorial organizados por la Universidad Complutense. María Zambrano nos lleva a sobrevolar un tema muy debatido en la sociedad española en los últimos años, la manera de encarar el pasado; la necesidad de hacerlo.
Un debate, el del olvido, que se presenta en la actualidad en la sociedad española y del que el mundo académico no es ajeno; en el que se postulan, más o menos enfrentadas, ideas sobre el acierto en el modo de acometer la transición a la democracia en España.
Paloma Aguilar, en Memoria y olvido de la guerra civil española (1996), nos hace partícipes de su sorpresa al apreciar en la obras literarias sobre la Transición un silencio en relación al pasado reciente que ella explica por una excesiva obsesión por los deseos de paz, de estabilidad y de consenso como forma de legitimar las decisiones de carácter político. La autora observa que, junto a ese silencio, y en oposición a él, se produce una proliferación de citas que aparecen en la prensa sobre el olvido o, como ella misma dice, una aparición de menciones en torno a una supuesta patología amnésica de los españoles.
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El Valle de los Caídos. Monumento memoria de la dictadura franquista /B. PÉREZ
Sin embargo, no podemos confundir olvido con un pasar página en torno a las responsabilidades de la Dictadura. Dicho de otra manera, con la ausencia de lo que se entiende como justicia transicional; de ella  prescinden, de manera deliberada y pactada, los agentes que perfilan en España el cambio de estructuras dictatoriales hacia otras democráticas.
No hubo olvido, de hecho en muchos sectores académicos, periodísticos, sindicales y en las bases de partidos políticos y sindicatos de izquierda, a través de sus fundaciones culturales, se estudia, analiza, testimonia y recuerda ese pasado oscuro que constituyó la dictadura franquista. Los hechos y las repercusiones, la pervivencia de su huella en el presente reciente e inmediato, estuvieron siempre muy presentes durante la Transición y también en los inmediatos años posteriores. El estudio del exilio, la producción científica de los exiliados y la historiografía se ocupó también de ello.
"(…) Eso es el destierro, una cuesta, aunque sea en el desierto. Esa cuesta que sube siempre y por ancho que sea el espacio a la vista, es siempre estrecha. Y hay que mirar, claro, a todas partes, atender a todo como un centinela en el último confín de la tierra conocida. Pero hay que tener el corazón en lo alto, hay que izarlo para que no se hunda, para que no se nos vaya. Y para no ir uno, uno mismo haciéndose pedazos". (La tumba de Antífona. María Zambrano.1967).
Como prueba esencial de que no hubo olvido y sí una manera de hacer las cosas, están los más de cien decretos, leyes, órdenes, que se promulgan desde las Administraciones central y autonómicas, con miras a restituir en sus puestos a profesores y maestros depurados; a reconocer títulos académicos (aquellos que fueron emitidos por la II República y luego quedaron sin efecto legal); a remunerar económicamente a los miembros, viudas y huérfanos del Ejército, Cuerpos y Fuerzas de Seguridad republicanos; normas que regularon también, entre otras, la devolución del patrimonio sindical incautado y que, cronológicamente, aparecen en 1976 y culminan en 2007 con la que se ha venido en denominar Ley de Memoria Histórica. Normas, todo un corpus legislativo encaminado a la reparación de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista.
Francisco Tomás y Valiente, asesinado por ETA y jurista admirado no solo entre sus colegas, mantenía en el temprano 1989, cuando clausuraba unas jornadas celebradas en Salamanca bajo el título Justicia en Guerra, (sobre el título de las Jornadas sostenía que se le hacía difícil poder compatibilizar ambos términos: justicia y guerra), lo siguiente:
           "(...) en este País nadie quiere ya una guerra civil, nadie tiene mentalidad de revancha, nadie tiene mentalidad de venganza, aunque nadie tiene tampoco, no nos engañemos, mentalidad de olvido…".
No hubo olvido porque existió una memoria personal y colectiva, donde los hechos de la guerra y la dictadura estaban presentes, y donde ambas memorias actúan en muchas ocasiones interrelacionadas y aún más, mediatizas por la memoria oficial de la propia dictadura, contribuyendo a ello, como no podía ser de otra manera, las instituciones de carácter represivo franquistas. Es el propio Tomás y Valiente el que nos proporciona un dato digno de estudio: en ocasiones los indultos eran firmados por Franco y enviados por correo postal ordinario hasta la prisión del reo, al tiempo que se dictaba orden telegráfica para que se ejecutase la pena de muerte.
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Placa que acompaña al monumento erigido en Marsella por el Gobierno de la República francesa en conmemoración a las víctimas del Holocausto / M. J. T.
Instituciones que desarrollan y ejecutan las medidas legislativas desde los momentos iniciales de la sublevación, enmarcando la represión y provocando la aparición de una cultura del terror que, en muchos casos, se interioriza como normal. Por ello una parte importante de la sociedad civil, ejecutora a la vez que receptora de esta legislación represiva, asumirá durante la dictadura como normal, por lo habitual del hecho, lo que no lo es en una sociedad democrática.
La suspensión de libertades y derechos civiles, políticos, sindicales, laborales y aún el básico de la vida, quedaron conculcados y grabados en la memoria colectiva y en las estructuras de poder con la promulgación de una normativa de carácter represiva sobre la que se instala y apoya el régimen franquista. La aplicación de la Ley llevó al establecimiento de un régimen dictatorial en el que se desnaturaliza la propia norma jurídica que, lejos de proteger al ciudadano, perversamente legalizaba su opresión. España se convirtió en un archivo de sumarios, juicios, fichas, delaciones, presos… un armazón legalmente establecido.
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Un grupo de jóvenes visita el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Chile / M. J. T.
De todo ello no hubo olvido, pero se hace necesario el seguir pensando, reparando a las víctimas y gestionando nuestro pasado común, nuestra historia, la memoria individual y la colectiva, y sobre todo preguntarnos qué aspectos de nuestra historia queremos conmemorar.
"(...) nuestra alma está cruzada por sedimentos de siglos, son más grandes las raíces que las ramas que ven la luz". (María Zambrano)

jueves, 8 de enero de 2015

PRENSA. "Los reformatorios de mujeres fueron cárceles ocultas y legales en manos de religiosas". Entrevista a Consuelo García del Cid

   En "Público.es":

“Los reformatorios de mujeres fueron cárceles ocultas y legales en manos de religiosas"

La escritora catalana Consuelo García del Cid publica ‘Las desterradas hijas de Eva’, una obra en la que la narra el cruel destierro que sufrieron muchas menores consideradas “caídas o en riesgo de caer” durante el franquismo y la transiciónImágen de Peñagrande en 1959, publicada en la web de antiguas internas

Imágen de Peñagrande en 1959, publicada en la web de antiguas internas

La transición llegó tarde para muchas mujeres. Durante los cuarenta años de franquismo y hasta mediados de los 80 decenas de miles de menores pasaron por centros a cargo del Patronato de Protección de la Mujer por ser consideradas “caídas o en riesgo de caer”, una vara de medir ambigua y en sintonía con la moral de la época que consideraba inmoral desde vestir falda corta, besarse en público, acudir a una manifestación o contestar a los progenitores.

"España estaba ocupada en su transición e ignoró por completo a las menores encerradas, ajenas a una realidad oculta bajo los muros de su propia vergüenza”. De esta manera arranca Las desterradas hijas de Eva, una obra que la escritora catalana Consuelo García del Cid juró escribir cuando se despidió de todas sus compañeras de destierro en el patio del reformatorio de Las Adoratrices, en el que estuvo encerrada durante dos años. Una promesa de la autora que hoy es una realidad que quiere que ser difunda.

El título del libro, Las desterradas hijas de Eva, es muy metafórico. ¿Por qué desterradas?

Porque lo que vivimos muchas jóvenes, ahora ya mujeres, fue un destierro. La labor de estos centros era la de apartar a las menores de su entorno, arrancarlas de su casa y aislarlas del mundo. Y de Eva, porque Eva era un nombre mal visto en la época franquista y yo recordé entonces una frase de la Salve que es: “A ti clamamos…las desterradas hijas de Eva”. Es que además no solamente era el encierro de las menores en los reformatorios, sino que la que no se adecuaba a las normas terminaba en un manicomio y se le tachaba de enferma mental, cuando no lo estaban, en Ciempozuelos. Y justamente este psiquiátrico de Ciempozuelos tenía un ala que la llamaban la de las “patronatas”. Jóvenes que entraban ahí sin un diagnóstico claro y que estaban encerradas.

¿La transición llegó tarde para las mujeres?

La transición llegó mucho más tarde para las jóvenes encerradas. Yo misma viví la muerte encerrada en un centro. Como también lo hicieron decenas de miles de adolescentes y no tan adolescentes ya que la mayoría de edad se fijaba en estos centros a los 25 y no los 21 establecidos en la época. Para ellos no pasaba nada, ese régimen casi carcelario permaneció hasta el 84, cuando Franco ya estaba bien muerto y enterrado. La gran mayoría no tenía ni idea de la existencia de éstos centros ni de lo que sucedía en ellos, por eso me metí yo, porque lo conocí desde dentro y me juré que lo haría. Cuando vives algo desde dentro entras en otra realidad. Fue una forma de sistema penitenciario oculto y legal que estaba en manos de órdenes religiosas y que dependía directamente del Patronato de la Mujer, institución que dependía a su vez del ministerio de Justicia. Existía todo un aparato con un claro objetivo adoctrinante. Sin duda, la transición llegó tarde para las desterradas a cargo del Patronato.
"Poco a poco fui asimilando que España era una especie de gran campo represor"

¿Cual era la función del Patronato de Protección de la Mujer?

El patronato de la mujer asumía la guardia y custodia de las que llamaban "caídas o en riesgo de caer” con una mayoría de edad fijada en los 25 años. Si una menor estaba bajo la tutela del patronato les pertenecía y la estancia allí dependía directamente de tu comportamiento y de los informes de las monjas, que les cayeras mejor o peor o fueras más o menos obediente, rezaras más o menos.

Era una institución fascista dependiente del Ministerio de Justicia y dirigida por Carmen Polo de Franco en la que se criminalizaba a la mujer, se la encerraba y se la sometía. Menores de todos los puntos del país, repudiadas por sus padres muchas veces, o denunciadas por cometer algún acto considerado impúdico por aquél entonces, podían caer en las redes de los centros del patronato en los que sufrían todo tipo de vejaciones, encierro y trabajo casi esclavo incluso estando embarazadas.

El sistema era como el penitenciario. Te podían ir cambiando de centro cuando les diera la gana. El traslado era una manera de castigo, te llevaban a uno de la misma orden pero más severo. Ellos querían evitar que se entablaran amistades. No querían grupos. No querían nada que fuera significativo. Existía el castigo del aislamiento, habitaciones acolchadas, intentaban anularnos, insertarse su moral.

En estos centros se crearon, además, lo que fueron los primeros cursos de formación profesional que existieron en España. Eran los cursos de Producción Popular Obrera y se impartían en reformatorios y cárceles. En Las Adoratrices, centro en el que estuve yo encerrada, el curso de Auxiliar de Clínica, lo impartía el Doctor Vela y yo le veía todas las tardes. Vela estaba claramente relacionado con el Patronato. El día que le vi en la tele implicado en la trama de robo de bebés entendí muchas cosas.
"Te podían llevar a un reformatorio por besar a un chico, por acudir a una manifestación..."
En el libro destacas el nombre de dos órdenes religiosas: Las Cruzadas Evagélicas y las Trinitarias, órdenes que hoy en día siguen en activo…

Fíjate que es curioso porque actualmente éstas órdenes están vinculadas a la “protección de la mujer” y temas de tratas. Es alucinante. Obviamente, no pueden seguir encerrando como encerraban. Pero han convertido el cometido inicial que tuvieron de rescatar a la mujer “caída o en riesgo de caer”. Siguen trabajando con madres solteras, con jóvenes víctimas de trata de blancas...

¿Qué entendían por “caídas o en riesgo de caer”?¿Qué tipo de jóvenes cumplían este ambiguo perfil?

Pues la verdad que cualquier cosa. Porque esto hay que trasladarlo a la época franquista. Entonces la vara de medir iba en función de su moral. Entonces desde ir a una manifestación, llevar una falda corta, fumar por la calle, no ir a clase, besarte con un chico en público, hasta llevar un bikini o contestarle a tu padre. Bueno y quedarte embarazada ya era lo peor que te podía pasar. Se quiso crear un patrón moral femenino. Y ese patrón que ya estaba creado lo impone a la fuerza el Patronato de protección a la mujer, presidida por Carmen Polo de Franco.

Sin ir más lejos, creo que las propias propias nietas de Franco hubiesen sido carne de Patronato.  Esto es un compartimento estanco colocado en esa laguna de la memoria histórica, que no le interesaba a nadie. Y menos que alguien lo sacara a la luz, claro.

Muchas terminaban en manicomios y ellas no tenían problemas psiquiátricos. Otras entraban con depresión que les generaba el infierno en el que vivían. Pero esto no se cuestionaba. O eras una puta, una terrorista o estabas loca, no había más. Lo fuerte es que se extendió hasta el 84. Es algo increíble. Hay mucha gente que lo niega, claro.

Las muertes se camuflaban. El Patronato se cerró por la muerte de una interna en San Fernando, que se suicidó. ¿Pero cuántas se mataron en silencio? Cuando se suicidó la chica en San Fernando en el 84  se intentó maquillar como un intento de fuga y hubo muchos suicidios. En la maternidad de Peñagrande se tiraban por las escaleras. La realidad era insoportable. Las que te dicen que no era para tanto era porque en su casa estaban peor. Por ejemplo, llegaban niñas de 12 años que aún jugaban con muñecas y nadie se preguntaba nada.

Usted estuvo en uno de estos reformatorios, ¿cómo llegó ahí?

Yo era de pago. Mi familia pagó mi estancia ahí. Me detuvieron en una manifestación en defensa de Salvador Puig Antich en Barcelona. El médico de cabecera de mi familia de toda la vida entró en mi habitación, me puso una intravenosa y me desperté en Madrid, desorientada y sin saber qué había pasado. Algo que hoy en día sería ilegal, un escándalo, pero en aquella época se hacía con total impunidad. Yo tenía ideas políticas, estaba en contra del régimen. Me prohibían hablar porque para ellos yo tenía el demonio en el cuerpo. Me decían que era nociva y podía dañar el espíritu de las demás y llegó un momento en el que casi me lo creo. Mi problema era que pensaba. Estuve dos años, desde los 15 a los 17.
Cuando empecé a manejar documentación vi nombres de personas implicadas que tienen cargos importantes en el Partido Popular
En el libro usted cuenta que salir de los centros era misión imposible, ¿cómo consiguió salir de allí?

Tuve mucha suerte. Yo estuve dos años como te dije en Las Adoratrices, en Calle Padre Damián 52 de Madrid. Y al cabo de un año y pico me escapé y como tenía una tía mía que vivía en Madrid la llamé y me fui con ella. Acabé en otro centro en Barcelona, El Buen Pastor, un centro que según las monjas era mucho peor pero en el que puedo decir que tenía más libertad y estuve mucho más cómoda. Incluso recibí remuneración por mi trabajo, cosa que en Las Adoratrices ni las gracias. La presión religiosa era mucho menor. Podíamos hablar con todo el mundo, algo que no era habitual porque lo que pretendían era anularnos. A mi me visitó en Barcelona el psicólogo y al ver mi ficha no entendió por qué estaba ahí encerrada. Y una mañana vino una monja y me dijo “sales hoy”. No me lo podía creer. Y ese día, cuando me despedí de todas en el patio, les dije que aunque pasaran 50 años escribiría esto y España entera se enteraría de lo que nos habían hecho. Finalmente lo hice. 40 años después.

Menciona también que durante la investigación le cerraron muchas puertas incluso organizaciones y personas que se suponían a favor de la lucha por la memoria histórica

Me cerraron todas las puertas. Porque cuando yo empiezo, que lo hago completamente sola, no tenía nada y necesitaba documentar todo. Y fue una labor complicadísima. “No te metas en esto” o “deja este tema, estás loca” fueron las frases que más tuve que escuchar. Me sorprendió que personas que se suponía que estaban implicadas en la defensa de la memoria histórica me dijeran “no te metas en esto, esto es peligroso”. Poco a poco lo entendí. Cuando empiezas a manejar documentación y empiezas a ver nombres de personas implicadas que viven y que tienen incluso cargos importantes, como miembros activos del Partido Popular que no han perdido su estatus, los médicos a los que no les ha pasado nada... Es algo que estaba ahí oculto y obviamente nadie quería que saliera a la luz.

¿Ha recibido algún tipo de amenaza o coacción durante la investigación o la publicación del libro?
Sí, he recibido hasta amenazas de muerte anónimas. Y tuve un episodio que me aterró. Una vez en un aeropuerto en Austria dos señores se acercaron y me dijeron que si era Consuelo García del Cid y que querían hablar conmigo pero en ningún momento se identificaron. Eran españoles y pasé mucho miedo, evidentemente no accedí.

Mientras investigaba y se documentaba sobre la maternidad de Peñagrande y los centros dependientes del Patronato se topó con la impactante historia de los preventorios…

Sí. No había escuchado la palabra preventorio en mi vida. Fue gracias al testimonio de una mujer, Icíar, que había estado en la maternidad de Peñagrande y que en uno de los encuentros que tuvimos me contó que de pequeña había estado en un preventorio, concretamente en el de Doctor Murillo de Guadarrama. Me contó lo que se vivía a en estos macabros centros y yo aluciné. Tanto que modifiqué el libro, que tenía ya casi listo para entregar, y agregué el tema de los preventorios, que eran auténticos campos de concentración para niños, al más puro estilo nazi.

¿Existió una idea común de adoctrinamiento en estos centros, tanto de los reformatorios y las maternidades como en los preventorios?

Sí, era un método adoctrinador desde la infancia. Era el patrón nacional impuesto por el régimen. Se adoctrinaban desde la infancia. Querían anularnos y formarnos en los valores de su moral, que imponían y era la única que daban por válida. Recuerdo una vez discutiendo con una de las monjas del reformatorio en Madrid, me quedé mirándola y le dije: ¿sabe lo único que usted no puede controlar? Mi cabeza. Usted no está en mi cabeza. Era la verdad. Solo te quedaba tu cabeza. Podían no dejarte leer determinados libros y no dejar que te relacionaras pero tú seguías pensando. Yo poco a poco fui asimilando que España era una especie de gran campo represor.

Las mujeres salían de los centros estigmatizadas y marcadas para el resto de su vida. Esto se debe saber. Yo estuve allí, yo soy una de ellas. Me movilizó mucho el proceso de escritura de Las desterradas hijas de Eva, pero sin duda si para algo me sirvió es para convertir en causa lo que vivimos. Si  alguien me ha ayudado han sido las víctimas, estamos unidas por lo que nos paso. No es solo un libro, es ya una causa, nadie se queda indiferente.