Mostrando entradas con la etiqueta Salter James. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salter James. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor James Salter

   En "Babelia":

Los restos del tiempo

James Salter vuelve a la novela con un compendio de su experiencia militar y sentimental


La obra de Salter se ha convertido en un fenómeno de masas. / GILLES SAUSSIER (GAMMA)
Cuando se presenta en el patio recoleto de la vieja casona en San Miguel de Allende donde nos citó, parecería no diferenciarse de los miles de jubilados estadounidenses que han encontrado refugio en esta pequeña ciudad del Bajío, cuna de la independencia de México y patrimonio de la humanidad desde 2008. Pero en cuanto se sienta a la mesa, los ojillos incandescentes de James Salter no dejan lugar a dudas: “Es una lástima que tantos gringos hayan descubierto este lugar maravilloso”, afirma con una dulzura que no pareciera dar paso a un reproche hacia sus compatriotas, esos gringos evasivos y atormentados a los que lleva medio siglo examinando con un escalpelo capaz de realizar incisiones tan nítidas como profundas.
Alto y bien plantado, vestido con jeans y una camisa a rayas, con el cabello blanquísimo que queda al descubierto una vez que se ha quitado su gorra de béisbol, no encarna los 88 años que sus biografías le adjudican; elige huevos rancheros para desayunar, mientras nos cuenta que lleva unas semanas en el pueblo, y que se quedará otras tantas antes de volver a los helados parajes en las vecindades de Nueva York donde vive con su esposa, con quien lleva cuatro décadas de matrimonio: una prueba de que el amor sí puede llegar a consolidarse pese a que en su autobiografía, Burning the days (1997) (Quemar los días, reeditada en español por Salamandra, como casi todos sus libros), parezca presentarse como un womenizer sentimental, un inquieto adorador de las mujeres, o que la mayor parte de sus novelas y cuentos relaten la sutil degradación de las relaciones amorosas.
Si bien durante años la veneración por Salter se mantuvo como una especie de culto secreto reservado a unos cuantos fieles, poco a poco su obra se ha convertido en un insólito fenómeno de masas, tanto en inglés como en español, auspiciado por la reedición de Light years (1975) (Años luz). Pero la publicación de All that is (Todo lo que hay), su novela más reciente, escrita después de 35 años, ha sido unánimemente elogiada por la crítica y por el público como una de las grandes novelas de la época contemporánea, una pieza que, en poco más de doscientas páginas, se muestra capaz de condensar no solo la vida entera de Bowman, su protagonista, sino de las tres últimas décadas, con un estilo de una claridad y transparencia que no dejan de ocultar una drástica melancolía por todo aquello que se lleva el paso del tiempo: otra de las obsesiones de Salter, junto con las mujeres.

Yo no invento mucho. Normalmente tomo personajes de gente que conozco e introduzco rasgos de ficción en ellos
“Yo no estuve esperando todos estos años para publicar un libro maravilloso”, nos aclara. “Escribí otras cosas entretanto [se refiere a algunos relatos, a un libro de viajes y a un libro de cocina escrito con su esposa], realicé algunos esbozos que no me convencieron, también tuve algunos lapsos de descanso, y finalmente llegué al punto, hace unos seis años, en que me di cuenta de que ciertas cosas se estaban acabando, ciertas personas estaban muriendo, y comencé este libro”.
Salter agradece gentilmente, en español, al camarero que nos atiende y que le sirve su té y sus huevos rancheros, y nos revela cómo encontró a su protagonista, un joven que, tras volver de la guerra de Corea, inicia una ascendente carrera como editor: “Philip Bowman está mayoritariamente basado en alguien que conocí, aunque no tanto como para avergonzarlo: no en su vida, sino en algunos hechos de su vida”. Más adelante nos dirá, con una humildad que no esconde cierto orgullo, que nunca tuvo demasiada imaginación y que sus personajes y sus historias derivan, en su mayor parte, de su propia vida y de quienes en un momento u otro lo rodearon.
James Salter nació el 10 de junio de 1925 en Nueva York, y muy joven, a los 17, entró en la Academia de West Point, donde se graduó en 1945. A partir de allí inició una larga carrera como piloto en la Fuerza Aérea y, como Bowman, participó en la guerra de Corea, solo que a su vuelta a Estados Unidos, en vez de convertirse en editor, publicó su primera novela, The hunters (1956) (Los cazadores), por la cual no siente ahora ningún orgullo pese a que muy pronto fuese adaptada al cine por Hollywood en una superproducción protagonizada por Robert Mitchum y un joven Robert Wagner. La guerra también será el centro de su segunda novela, The arm of flesh (1961), reescrita y publicada años más tarde como Cassada (2000).
“Más allá de que fuese el tema de mis primeras dos novelas”, insiste con esa levedad de tono que se mantendrá a lo largo de toda la charla, “no sé si se encontraría la guerra directamente en otra parte de mi obra. Pero la guerra reaparece como obsesión de Bowman, el personaje central de Todo lo que hay, y si usted lo encuentra allí, de seguro estará presente en mi escritura, aunque no me corresponde a mí analizarme para saberlo”.
—Y, como a su personaje, ¿la guerra lo sigue obsesionando?
—No diría que la recuerdo con frecuencia, pero, por supuesto, pienso en ella. Recordarla sería como aceptar una especie de estrés postraumático, y eso no lo tengo. Fue un periodo crucial de mi vida, y uno romántico. Volar es maravilloso, algo natural, pero de pronto la gente con la que volabas también empieza a desaparecer.
Cuando le preguntamos si existe alguna relación entre pilotar un avión y escribir una novela, Salter sonríe con malicia y lo niega. “Tendría que explayarme demasiado para verla”, afirma, si bien parece claro que esa engañosa facilidad para volar es la misma que uno encuentra en su escritura: siempre límpida, serena, casi traslúcida, como los cielos que navegó. Otra vez: más que la guerra, quizá sea el paso del tiempo después de la guerra lo que en verdad le fascina a Salter. Ese desolador paso del tiempo que, en Años luz, provoca la inevitable desunión de un matrimonio; ese paso del tiempo imposible de detener y que, paradójicamente, fluye en la novela como un río tranquilo.

La vida sería muy pobre si uno solo conociera a una mujer. Luego dirá tendrá que decir que solo conoce a una, pero ha de haber más
Además de The hunters, Salter pasó varios años trabajando para el cine, como guionista y director. No obstante, dice, “en algún momento perdí el entusiasmo y gradualmente me di cuenta de que era una tarea que devoraba el tiempo y no merecía tanto esfuerzo. Uno escribe un guion, espera a que lo lea mucha gente y luego la producción y el casting son interminables”. Pese a ello, no cesa de sentir un ápice de nostalgia por ese mundo. “Philip Seymour Hoffman, que murió hace poco”, recuerda de pronto, “era fantástico. Aunque la película no tuvo mucho éxito, en The master era sorprendente, sobrecogedor. Ves algo así, cuando eres joven, y por supuesto quieres hacer películas”.
—En las primeras páginas de sus memorias hay una suerte de poética sobre la forma de convertir la vida en literatura. Usted dice que es algo así como mirar una casa a través de sus ventanas.
—Yo no invento demasiado. Normalmente tomo personajes de gente que conozco e introduzco rasgos de ficción en ellos. ¿Cuánto es autobiográfico? En cierto sentido, todo lo es.
—¿Y cómo logra apresar vidas completas en una novela?
—La historia está basada en una familia que yo conocí bien. No los hechos, sino los personajes. Son muy reales en el libro. El libro es sobre la vida, el curso de la vida, el paso del tiempo. Las cosas desaparecen, pensaba en esa familia particular, a la que yo quería mucho, y me percaté de cómo era extraño pensar en ella, y en mi propia vida, y darme cuenta de que solo recuerdo ciertas cosas; el resto existió, pero no lo recuerdo. Quería escribir un libro no sobre las partes más relevantes de la vida, sino de aquellas que uno recuerda mejor.
En otras entrevistas ha dicho que sus temas principales son el paso del tiempo… y las mujeres. Salter asiente con moderada picardía. “La vida sería muy pobre si uno solo conociera a una mujer. Luego tendrá que decir que solo conoce a una, pero ha de haber más”.
—Todo lo que hay es, en buena medida, el tránsito de Bowman de una mujer a otra y de una casa a otra.
—En cierto sentido, Bowman pasa su vida buscando el amor. El sexo también, pero más el amor. Él no separa una cosa de la otra. ‘Primero la carne, luego el alma’, dijo alguien cuyo nombre no recuerdo. Esto ya no se dice, parecería que debe ser a la inversa, pero en mi novela es así. Bowman se casa; luego tiene una aventura con una inglesa, que sigue su curso y que no puede durar mucho porque viven en países distintos, hasta que se enamora de una mujer en Nueva York: esta relación es el centro del libro, y es solo la tercera mujer que se menciona.
En efecto, la plácida vida de Bowman como editor literario solo se ve alterada por estas relaciones sentimentales, sobre todo por la que mantendrá con esta mujer. De ella se enamorará completamente y juntos comprarán una casa —al fin un hogar—, que se revelará solo como un espejismo movido por la traición. Y es allí donde, inesperadamente, asistimos a un acto sorprendente y terrible: la venganza de Bowman. El hombre en apariencia apacible usará a la hija de su antiguo amor para tomarse la revancha.

La ficción restaura
tu confianza en la humanidad, te da la oportunidad de sentirte vivo e importante
“Más que una venganza es un insulto”, corrige Salter. “Muchos lectores se han quejado de este episodio. Su acto les parece criminal, inexcusable y bajo. Pero Bowman no piensa en eso, solo en insultar a la madre a través de la hija”.
—Y sin embargo Bowman parece no arrepentirse nunca.
—No, es solo una parte de su vida. No lo planeó, es algo que tuvo que hacer porque no podía olvidar la herida, y simplemente ocurre. No es el centro de su vida, solo es un episodio devastador.
—El paso del tiempo ha sido un motivo central de sus libros desde joven. ¿A sus 88 años lo ve de manera distinta?
—Por supuesto, ahora el tiempo ya pasó. Soy el último de mi generación. Te vuelves más distante de los hechos, el tiempo transcurre, pero tú no has cambiado tanto como eso. Antes estabas más o menos en el frente contra el tiempo, y el tiempo se extiende detrás de ti como una ola. Y ahora tú estás en la ola, la perspectiva es diferente.
—¿Para qué sirve la ficción?
—Una película no sirve para aprender a vivir, pero sí para aprender comportamientos. En una novela, en cambio, uno tiene la sensación de que ve lo que hay en el interior de las personas. Al final, creo que la ficción restaura tu confianza en la humanidad, te da la oportunidad de sentirte vivo e importante en el mundo. El placer que se extrae de la lectura puede ser extremadamente profundo.
Salter da un trago a su té y mueve la cabeza de un lado a otro, más sorprendido que resignado.
“Y, sin embargo”, continúa, “lo más asombroso es que la gente parece pasarla muy bien sin leer. Y quienes no leen parecen tan felices como yo”.
—Cuéntenos qué está leyendo ahora…
—No leo tanto como antes. Hay demasiados libros. Ahora me parece que hay más que nunca, pero quizá solo sea producto de la edad. Estoy leyendo a Pamuk, a Le Clézio; también A Visit from the Goon Squad, de Jennifer Egan, que ganó el National Book Award, y Los lanzallamas, de Rachel Kushner. Y leo muchas biografías.
—¿Cuál es su relación con la literatura hispano americana?
—Por supuesto, leí Cien años de soledad, y todo Borges. Admiro profundamente a Neruda. Y, desde luego, a García Lorca. He conocido a bastantes escritores latinoamericanos, a uno de Perú que es un tipo fantástico, aunque no he leído sus libros.
Sin mostrar ningún síntoma de fatiga, Salter termina su desayuno y se prepara para continuar con su anónima estancia en San Miguel. Se despide no sin preguntarnos qué autor latinoamericano debería leer. “Bolaño, tal vez”, le decimos. Salter asiente, se despide con extrema cortesía y se pierde, como tantos de sus personajes, en la distancia y en el tiempo.
 Todo lo que hay. James Salter. Traducción de Eduardo Jordá. Salamandra. Barcelona, 2014. 384 páginas. 20 euros.

jueves, 26 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor James Salter

El escritor estadounidense James Salter en su casa de Bridgehampton, Nueva York. / PASCAL PERICH ("El país")

   En "El País":

Un clásico americano vuelve a volar

La publicación de su primera novela en 35 años dirige el foco de crítica y ventas hacia James Salter En España, su obra es recuperada para un creciente número de lectores

 EE UU 22 SEP 2013

Hay veces que las historias que importan de verdad no son las que aparecen en la página. Manhattan, 1995, empieza a anochecer. James Salter, de 70 años, se dirige a un restaurante de Park Avenue donde le espera un grupo de amigos y editores que quieren celebrar con él la inclusión de Juego y distracción en el catálogo de la exclusiva Modern Library. La novela, publicada originariamente tres décadas antes y ahora recién editada por Salamandra –al igual que gran parte de su obra, que goza de un creciente e inesperado reconocimiento entre los lectores en español–, narra un affaire entre una chica de 18 años y un hombre de bastantes más, trasunto del autor, en la Francia de los cincuenta. Cerca ya del lugar de la cita, el escritor ve cómo se detiene una limusina de la que desciende una mujer muy atractiva. Es, treinta años después, la chica con la que vivió la historia que dio lugar a la novela. Su antigua amante pasa junto a él sin reconocerlo. Salter no hará mención al incidente en ningún momento de la cena.
Para entender por qué la siguiente historia jamás llegó a la página no es necesario hacer muchas cábalas. Aspen, Colorado, 1980. Luego de esperar durante mucho tiempo a que su hija Allan, fruto de un matrimonio anterior, acudiera a cenar con él y su mujer, el novelista decide presentarse en la cabaña contigua a la casa en la que se acaba de instalar su hija y la encuentra sin vida en la ducha, electrocutada.


Fotograma de 'Three', la película que James Salter dirigió en 1969.
La tercera historia es la única de las que aquí se refieren que Salter decidió contar inmediatamente después de arrancársela de cuajo a la vida. Publicada como La última noche,es el mejor cuento de Salter. No es fácil encontrar relatos sobre la eutanasia tan salvajemente conmovedores, tan devastadores y, sin embargo, tan lúcidamente hermosos como este.
James Salter nació en Nueva York en 1925. A los 17 años ingresó en West Point. Doce años de servicio como piloto de guerra en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Más de cien acciones de combate en Corea. Sus dos primeras novelas se basan en sus experiencias como aviador. Una de ellas, Pilotos de caza (1956), fue llevada al cine y protagonizada por Robert Mitchum. Charlotte Rampling, en Three, su única película como director, y Robert Redford también tuvieron papeles en guiones escritos por él, aunque Salter nunca haya dado importancia a este aspecto de su trabajo. George Plimpton, el legendario editor de Paris Review le pagó 3.000 dólares de adelanto por una novela que había tenido numerosos rechazos, Juego y distracción (1967). En 1975 publica Años luz, que llega estos días a las librerías españolas como la crónica del lento naufragio de un matrimonio, considerada hasta hace poco su obra maestra. La que hasta ahora era su última novela. En solitario data de 1979.


James Salter durante sus años de aviador.
Espaciados en el tiempo, los distintos títulos de Salter brillan de manera sostenida a gran altura, bien que ajustándose a un guion fijo: celebrado por un reducido grupo de críticos y escritores como uno de los mejores autores de nuestro tiempo, para el público general era un perfecto desconocido. Entre los demás títulos que integran su obra, destacan dos extraordinarias colecciones de relatos, Anochecer (1988, que, como otras de las suyas, editó en su día El Aleph) y La última noche (2005), así como su libro de memorias, Quemar los días (1997).
Las cosas cambiaron de manera milagrosa con la publicación en EE UU hace unos meses de All That Is, su primera novela en casi 35 años, cuando el autor contaba 87, y que, conforme al criterio unánime de la crítica, es su mejor obra de ficción. La fama que llevaba tantos años rehuyéndole, decidió de pronto llamar a su puerta. Poco después de su publicación, Salter recibía el Premio Windham Campbell, de reciente creación, dotado con 150.000 dólares. La entrevista tuvo lugar a lo largo de dos sesiones, una al principio y otra al final del verano, en su agradable casa de Bridgehampton, en Long Island. Lúcido, ágil de movimientos, extraordinariamente cordial y acogedor, Salter es la encarnación de una forma de elegancia y caballerosidad que resulta muy difícil de encontrar hoy. De su prosa, tocada por la gracia, cabe decir algo parecido.
Pregunta. Me resulta intrigante que alguna vez haya hecho alusión a la idea de Christopher Hitchens, según la cual una vida no es algo completo si no se ha conocido la guerra.
Respuesta. En Quemar los días hablo en detalle de mi pasado militar. Cuando dejé el Ejército del Aire, sentí que le había dado la vuelta a mi ser, como quien pone del revés un guante. No me atrevería a hacerle algo así a un personaje mío. Lo que dice Hitchens es una suerte de aforismo, una pequeña fórmula inteligente que trata de arrojar luz sobre aspectos muy oscuros de la condición humana.
P. ¿Diría que la pulsión erótica es el centro de su obra?

Escribo acerca de lo que sé y de lo que siento y lo que he vivido”
R. Como decía [el escritor] Saul Bellow: son las mujeres.
P. Su tratamiento del erotismo es muy sutil. El lector sabe lo que sucede, pero no está en la página. Es casi como si usted no lo escribiera.
R. Obviamente es cuestión de control y conocimiento, el método es la digresión si quiere hablar en términos técnicos, saber cuándo es preciso parar, y por supuesto dar con el lenguaje adecuado, controlando el poder evocativo de cada palabra. Lo que hago es genuino pero no tiene nada de mágico. En Juego y distracción soy muy directo, porque en aquel libro me ocupo de una pasión de juventud. Hubiera sido erróneo omitir los aspectos físicos, que resultan esenciales para el significado del libro. Evité ser evasivo o poético, hubiera sido un error.
P. ¿Qué riesgos entraña escribir acerca de algo tan íntimo?
R. Hay cosas que son totalmente tabú. Está el peligro de convertir a los personajes femeninos en objetos. Es difícil sortear ese peligro porque a la hora de describir lo que sucede durante el encuentro físico entre los cuerpos, no se puede negar que tiene lugar un proceso de objetivación, no de un sexo u otro, sino de lo que sucede en sí. No creo que haga falta entrar en detalles. Es una verdad universal. En el sexo se da una objetivación, y según el punto de vista desde el que se aborde, puede resultar problemático.
P. Pero en su caso ocurre casi lo contrario. No conozco a ningún escritor que se adentre en el misterio del sexo desde una perspectiva masculina de una manera tan sutil.
R. Las diferencias entre el hombre y la mujer son reales, somos criaturas diferentes, eso es algo que existe en la realidad, que guarda relación con la forma de hacer y de sentir, y hay que llevarlo a la página. Por supuesto, el amor tiene muchas facetas, pero ¿qué hay más profundo que el encuentro en sí? Escribo acerca de lo que sé y de lo que siento y lo que he vivido, que es auténtico y genuino independientemente de que guste o interese, o lo contrario.
P. ¿Qué piensa de toda la atención que ha despertado de manera repentina su última novela?

Fui amigo de Bellow y le admiro, pero no hay que estar a la sombra de nadie”
R. Me siento atrapado. La verdad es que a estas alturas todo eso me sobra. Si me hubiera ocurrido en un momento anterior de mi vida, lo habría vivido de otro modo.
P. ¿Estuvo cerca de Saul Bellow en una época?
R. Éramos amigos. Admiro profundamente sus libros, pero no hay que estar a la sombra de nadie.
P. Habla con admiración de autores como George Saunders. Resulta sorprendente su interés por el experimentalismo de escritores mucho más jóvenes que usted.
R. (Risas) Bueno, a lo mejor habría que darle la vuelta a la cuestión y decir… ¿Pero cómo es posible que todos estos viejos sigan escribiendo como siempre? ¿No se dan cuenta de que las cosas han cambiado?
P. ¿Quién le interesa entre los representantes de las nuevas generaciones?
R. Me gusta David Foster Wallace, el joven príncipe trágico del posmodernismo, o como quiera usted llamar a esa nueva manera de escribir. Su estilo es todo lo contrario del mío, no se cansa de darle vueltas a las cosas, pero es difícil no sucumbir a su voz, tan efectiva y seductora.
P. ¿Qué le dicen los lectores sobre la experiencia de volar?
R. Durante la gira de mi libro en Inglaterra, un piloto comercial que había estado antes en la RAF llamó a mis editores desde Shanghái, solicitando reunirse conmigo en Heathrow. Acudí al encuentro desde Gales. Un capitán de Virgin Atlantic me acompañó. El piloto que me citó se llamaba Ian Black, y me dijo que se había hecho aviador después de leer mi primera novela. Usted ha escrito la historia de mi vida, página a página, me dijo, y me contó muchas anécdotas. Durante la guerra de Serbia participó en misiones de combate con una cuadrilla de cazas franceses. Un día que tenían que salir justo a la hora del almuerzo, pusieron unas mesas al pie del avión, con sus manteles y hasta se sirvió un poco de vino. Lo más divertido es que no hablaba una palabra de francés, me dijo.

lunes, 6 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. "Noches leyendo a James Salter". Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En "El País":

Noches leyendo a James Salter

En pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, el autor trata de frente la muerte, el deseo y la traición

 12 ABR 2013

Hace dos semanas no había leído nada de James Salter ni recordaba siquiera haber oído o leído su nombre y hoy estoy intoxicado por su literatura. En el periódico he rastreado una entrevista con él que publicó hace años Jacinto Antón y críticas de sus libros y declaraciones de entusiasmo de José María Guelbenzu y de Marcos Ordóñez. He leído su entrevista en la Paris Review de los años noventa y he vuelto a buscarla y a leerla en Internet después de haber terminado una tras otra las dos primeras novelas de Salter que han caído en mis manos, Light Years y A Sport and a Pastime.En mitad de esas lecturas he ido a la librería de mi barrio a proveerme de otros libros suyos como quien almacena víveres. Compré un volumen de memorias, Burning the Days. Un amigo me escribió para recomendarme su libro de cuentosLast Night, y para alertarme sobre el último, el titulado así. Tiene unas pocas páginas y se lee en menos de diez minutos. Corta el aliento desde el principio y en la última página depara una descarga eléctrica. Terminé de leerlo y volví al principio, a las primeras líneas de transparencia engañosa. En esas pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, Salter trata de frente la muerte, el deseo y la traición. Last Night es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole a dejar de lado cualquier otra tarea; el cuento que si uno lo lee estando a solas quiere leer por teléfono a alguien, o tiene la tentación de contar en voz alta, como contaba de niño en el patio de la escuela una película a la mañana siguiente de verla.

‘Last Night’ es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole
a dejar cualquier tarea
Alguien nos había recomendado el año pasado Light Years. Uno llega a veces por caminos raros a los libros. Debí de guardar la novela en la estantería y me olvidé tan por completo de ella que cuando di con ella un poco al azar hace menos de dos semanas no tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí, tan intruso el libro como el nombre del autor entre los libros familiares de la biblioteca. Quería leer algo y no sabía qué. Quería algo de un autor que no me fuera conocido y que no tuviera que ver con mis obligaciones de lectura. Por el aspecto exterior del libro y el resumen de la contraportada imaginé que iba a encontrar una historia entre de John Cheever y Richard Yates. La falta absoluta de información previa tiene sus ventajas. Demasiadas veces llega uno a los libros, como a las películas, sabiendo demasiado de antemano; sabiendo, sobre todo, en qué medida es conveniente que algo le guste o no, atravesando una confusión de ecos que no le dejan escuchar bien y con sus propios oídos, mirar y ver con sus propios ojos. El envoltorio de la promoción, las entrevistas con el autor, nuestros prejuicios a su favor o en su contra, interfieren en el encuentro con la obra. Rara vez vuelve a ser uno el lector adánico que descubrió un día, como si iluminara con una linterna el interior de la cámara sellada en la que reluce de pronto un tesoro inexplicable, Cien años de soledad o El astillero o Santuario, por citar tres de los libros que me sobresaltaron con la impresión de lo completamente nuevo, aquello que nada previo me había enseñado a esperar. Como escuchar por primera vez Abbey Road o A Night in Tunisia; como abrir por curiosidad en el instituto el manual de literatura de un curso por encima del mío y encontrar de golpe La aurora de Nueva York de Federico García Lorca.
A García Lorca lo cita Salter en su entrevista de la Paris Review. Se acuerda de dos adjetivos que están juntos en el Romance de la luna, “lúbrica y pura” —la luna que “enseña lúbrica y pura / sus pechos de duro estaño”—. Quería que fuera así la escritura de A Sport and A Pastime, una novela en la que, dice Salter, le era preciso describir “cosas que eran, en un cierto sentido, indecibles, y al mismo tiempo irresistibles”. El relato del erotismo en esa novela es tan poderoso que puede hacerle a uno no prestar la suficiente atención a su sutileza constructiva. El hilo principal tarda muchas páginas en revelarse. Salter no tiene miedo de ofrecer al lector una novela que durante los primeros capítulos no se sabe bien hacia dónde va, y en la que los protagonistas sólo muy lentamente empiezan a perfilarse entre una variedad confusa de personajes episódicos retratados siempre con una exacta concisión. Como en El Gran Gatsby, la historia la cuenta en primera persona alguien que está cerca de los hechos pero también, dolorosamente, fuera de ellos, una de esas personas apocadas y fantasiosas que sólo parecen vivir plenamente imaginando las vidas de otros, cumpliendo a través de ellos los deseos y las ensoñaciones que les están vedados. En A Sport And a Pastime Salter logra lo que parece imposible, y de hecho casi siempre lo es: la dulzura explícita del sexo limpia de grosería, la sugestión de lo secreto y lo sagrado que ocurre entre dos amantes en el interior de una habitación, lo que es indecible y también irresistible, la mutua entrega y la desvergüenza amparadas tras la veladura del pudor.

Quería algo de un autor que no me fuera conocido y que no tuviera que ver con mis obligaciones de lectura
A Sport and a Pastime transcurre en Francia, entre el principio de un otoño y el del verano siguiente, en una Francia en blanco y negro de hoteles y cafés en ciudades de provincias que le hace a uno acordarse, por su sentido del erotismo y la agudeza de la observación, de las películas coetáneas de François TruffautLight Years sucede entre Nueva York y una casa de campo en el curso alto del Hudson. La perfección de esos días en los que parece que el tiempo se remansa, que casi llega a detenerse, como el mismo río Hudson cuando la marea está alta, el agua quieta como la de un lago, es el contrapunto del otro flujo invisible que no se detiene nunca, el que ni los ojos ni el cerebro humano están equipados para advertir en presente, la juventud que se está transformando a cada segundo en madurez, la sombra de una rama que se está moviendo como una aguja de reloj sobre la hierba en la inmovilidad del mediodía, la ilusión que se degrada en tedio, el amor que está empezando a ser minado por la indiferencia. La apariencia naturalista de los diálogos encubre una concisión afilada de poesía. Cada comparación, cada metáfora, iluminan la conciencia de los personajes y los pormenores del mundo visible con el chasquido exacto de un disparo fotográfico. El estilo deslumbra y sin embargo es sigiloso, como una lente poderosa y limpísima.
Qué importancia puede tener una literatura que no induzca al insomnio y no nos deje en un estado de vehemencia parecida a la fiebre. Estuve leyendo Light Years a lo largo de toda una noche y sólo cuando alcé los ojos tras la última página me di cuenta de que había empezado a amanecer.
Libros de James Salter editados en España. Años luz (El Aleph, 1999); Anochecer(El Aleph, 2002); Juego y distracción (El Aleph, 2002); Pilotos de caza (El Aleph, 2003); En solitario (El Aleph, 2005); La última noche (Salamandra, 2006); Quemar los días (Salamandra, 2010).
www.antoniomuñozmolina.es

miércoles, 25 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Dios bendiga a James Salter", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

   En "El País":
Dios bendiga a James Salter
   Marcos Ordóñez 23 FEB 2012

   A menudo se dice que un gran escritor no puede pasar inadvertido. Es mentira. Entre innumerables ejemplos refulge el caso de James Salter, a quien el reconocimiento le llegó cumplidos los setenta. Cuesta de creer que libros tan extraordinarios como Años luz o Juego y distracción tan solo vendieran unos pocos miles de ejemplares en la inmensa Norteamérica, y que todavía se hable de él como de un “escritor para escritores”, eufemismo para indicar que solo interesa a cuatro gatos.
   Salter comenzó a ser mínimamente conocido por sus dos libros de cuentos (había cumplido los ochenta cuando publicó el segundo, el magistral y definitivo La última noche) y por sus grandísimas memorias, Quemar los días, que debo de haber releído una docena de veces. Susan Sontag decía: "Quiero leer absolutamente todo lo que escriba Salter". Yo he leído incluso Life is meals: a food lover’s book of days, el breviario que escribió con su esposa Kay, donde las recetas alternan con las reminiscencias de maravillosas comidas en París, en Roma, en Aspen, en las casas de sus amigos. Entre ellos, Alfonso Armada y Corrina Arranz, de quien ofrece su receta de gazpacho segoviano. Y pido desde aquí que alguien reedite Años luz, porque la edición de El Aleph está inencontrable, y la primera traducción de Sudamericana es directamente ilegible.
   A menudo, por la mañana, antes de ponerme a escribir, leo unas páginas de Salter, como el diapasón que ha de darme la nota exacta, el impulso y el tono. Leo a Salter para que me limpie la mirada, como aquellos espejos negros que utilizaban los impresionistas cuando no veían con claridad los colores. Consejo para escritores jóvenes: si alguna vez os encontráis bloqueados, leed a Salter. Si estáis perdidos y creéis que lo que estáis haciendo ya no vale, leed a Salter. Si creéis que habéis conseguido una página insuperable y no hay forma mejor de expresarlo, leed a Salter.
   Leo a Salter para que me ensanche el corazón. Leo a Salter porque sus páginas arrojan la certeza, tan común en los grandes escritores, de que conoce un buen puñado de verdades sobre la vida y los hombres; verdades que te atraviesan como un rayo e iluminan, de repente, un fragmento de realidad haciéndote verla como nunca la habías visto. No: como entreviste una vez y luego olvidaste. Leo el comienzo de Los ojos de las estrellas, que tiene la misma acrobática libertad formal de Las joyas de los Cabot, de Cheever. Leo el final de Cometa, con la esposa empequeñeciéndose, tropezando en los escalones de la cocina. Vuelvo a los encuentros de Philip y Anne-Marie en Juego y distracción, y los paseos del grupo en las noches parisinas, comiendo en los restaurantes de Les Halles antes del amanecer. Vuelvo a leer la evocación de Irwin Shaw, y el fantasma flotante de Sharon Tate en Rodeo Drive (lo mejor que se ha escrito sobre ella, lo más hermoso, lo más conmovedor) en Quemar los días. Leo el final de Años luz. Hay muchos finales de novela que me parten el alma, pero ninguno como este. Viri, el marido, vuelve a la antigua casa familiar, cerrada, abandonada. Su esposa murió, sus hijas se casaron. Lleva un traje gris comprado en Roma, las suelas de los zapatos ennegrecidas por la humedad. Camina con paso lento, los ojos fijos en el suelo. Le parece escuchar todavía las risas imposibles de las niñas en el bosque. De repente percibe un movimiento entre las hojas: es su vieja tortuga, avanzando hacia él, el ojo claro, transparente como el cristal, el caparazón en el que todavía puede leer las antiguas iniciales, avanzando como si quisiera depositar a sus pies el bosque entero, el pasado entero. Dios bendiga a James Salter.