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miércoles, 31 de diciembre de 2014

PRENSA. "Nostalgia de dictadores". Julián Casanova

Julián Casanova

   En "El País":

Nostalgia de dictadores

Algunos historiadores tratan de convertir a los tiranos en santos y modernizadores

Stalin recordó en varias ocasiones, para subrayar los logros económicos de su régimen, que encontró Rusia con el arado de madera, el mismo que se utilizaba desde la Antigüedad, y la dejó con la bomba atómica. En los países que componían Yugoslavia, los más jóvenes, que no tuvieron ocasión de conocer a Tito, lo recuerdan como un gran hombre que unió al país y le dio una prosperidad sin precedentes. En Hungría, Horthy, que metió a su país en la II Guerra Mundial al lado de los nazis, con efectos desastrosos, es ensalzado por el presidente Orban y su máquina propagandística como un patriota y recordado en monumentos y homenajes. En España hace tiempo que algunos historiadores, y otros que dicen serlo, insisten en que Franco fue el gran modernizador del país en el siglo XX, el campeón de las dictaduras desarrollistas.
En 1945 Europa dejó atrás más de 30 años de guerras, revoluciones, fascismos y violencia. La cultura del enfrentamiento se había abierto paso en medio de la falta de apoyo popular a la democracia. Los extremos dominaban al centro y la violencia a la razón. Un grupo de criminales que consideraba la guerra como una opción aceptable en política exterior se hizo con el poder y puso contra las cuerdas a los políticos parlamentarios educados en el diálogo y la negociación.
Esas guerras y tiranías del siglo XX han dividido durante mucho tiempo a las sociedades europeas, utilizadas para justificar en ocasiones posiciones políticas actuales y en otras como arma de combate ideológico frente a sus oponentes. El ejemplo más claro es Rusia, donde una parte importante de su población muestra un extraordinario culto y aprecio a la persona de Stalin, más de 60 años después de su muerte y 25 años después de que cayera el comunismo.
Buscar explicaciones racionales a fenómenos tan irracionales, y complejos, como el Gran Terror, el Holocausto o las diferentes manifestaciones de la violencia desatada por esos dictadores, siempre ha resultado una tarea difícil, casi imposible, para los historiadores. Pero sabemos perfectamente, por las numerosas pruebas existentes, evaluadas y contrastadas, que toda esa modernización y desarrollo de las dictaduras, cuyos dirigentes llevaron el culto a la personalidad a extremos sin precedentes, fueron obtenidas a un horroroso precio de sufrimiento humano y de costes sociales y culturales. Para millones de víctimas, el dominio de esos líderes significó prisión, tortura, ejecuciones, campos de concentración y exilio. La ciencia y la cultura fueron destruidas o puestas al servicio de sus intereses y objetivos. Muchas minorías sufrieron deportaciones masivas desde sus hogares tradicionales y en las sociedades se instaló el miedo, la denuncia, la sumisión y la despolitización.

España es un ejemplo de sucesos trágicos del pasado que proyectan su sombra sobre el presente
Todo eso lo sabemos porque se ha investigado de forma detallada y rigurosa en esos países, con la apertura de nuevos archivos y con diferentes aproximaciones biográficas y empíricas al ingente material disponible. Con memorias divididas, y España es un buen ejemplo, esos trágicos sucesos del pasado han proyectado su larga sombra sobre el presente. La sombra del Gulag, del nazismo, de los campos de exterminio, de la persecución de los judíos, del genocidio o de la represión franquista. Por eso llama la atención el interés que ahora muestran algunos historiadores en destacar la parte más positiva de aquellos tiranos que dominaron sin piedad durante décadas las vidas de millones de ciudadanos, sometiéndolos a una fatalista sumisión a los sistemas totalitarios que habían creado.
Coincide esa ola de revisionismo, además, con un momento en que las democracias europeas se están volviendo más frágiles, la política democrática sufre un profundo desprestigio, traducido en el crecimiento de organizaciones de ultraderecha y de nacionalismo violento en casi todos los países, desde Holanda a Finlandia, pasando por Hungría o Francia, y la corrupción y los desastres económicos alejan a las nuevas generaciones de aquel ideal de Europa que sirvió para estabilizar al continente en las últimas décadas del siglo XX.
Algunos pensarán que son maneras de ver —y manipular— la historia más próxima. Lo normal en una disciplina sometida a tanta opinión y punto de vista y siempre bajo sospecha de subjetivismo y de parcialidad.
Pero en realidad no son los hechos históricos los que se discuten y se trasladan al debate público, sino la interpretación de esos hechos que mejor sirve a los gobernantes y grupos políticos para mantener una versión oficial de la historia. ¿Nostalgia de dictadores modernizadores o ignorancia de su propio pasado? Lo sorprendente es ver cómo, en toda esa trama compleja de usos y abusos del pasado, algunos historiadores convierten a tiranos y criminales de guerra en modernizadores y santos, ocultando los fragmentos más negros de sus políticas autoritarias. Buena enseñanza para aquellos que, ante la crisis y el futuro incierto, reclaman gobernantes con mano de hierro.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y profesor visitante en la Central European University de Budapest.

martes, 31 de mayo de 2011

PRENSA. "Los dictadores y sus pueblos", por Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":
Los dictadores y sus pueblos


JUAN GOYTISOLO 30/05/2011

   El amor de los dictadores a sus pueblos no requiere demostración alguna. Puede medirse por el número y variedad de armas y municiones que emplean para mantenerlos en la vía del progreso y la paz social trazada por ellos, vía amenazada por enemigos internos y externos, por "bandas de facinerosos al servicio del terrorismo internacional". A la patética antología de propuestas de enmienda formuladas por Ben Alí y Mubarak en los días que precedieron a su derrocamiento en unas jornadas que mezclaban las dulces promesas de cambio con el consabido recurso al palo a secas -tal vez por aquello de "quien bien te quiere te hará llorar"-, podemos añadir en los últimos meses las de Gadafi, Bashar al Asad y el presidente de Yemen: aferrados a sus poderes clánicos, anuncian ceses de hostilidades, medidas apaciguadoras, calendarios electorales nuevos conforme a las demandas del pueblo. Es surrealista verles y escucharles en las pantallas de televisión mientras la cámara enfoca en contraplano manifestaciones multitudinarias o escenas de una guerra fruto del hartazgo popular de su poder dinástico acaparado desde hace décadas.
   El discurso de los dictadores se adapta, claro está, a la psicología y carácter de cada uno de ellos. El sobrecogedor mascarón de Gadafi vomita amenazas e insultos a los enemigos del pueblo (¡el pueblo es él!); Alí Abdulá Saleh dice una cosa un día y otra el siguiente, pero permanece pegado con cola a su sillón de mando; Bashar al Asad afirma compartir el dolor de las familias de las víctimas para aumentar a continuación a un ritmo escalofriante el número de éstas.
   De cuantas agitaciones sacuden al mundo árabe (y que se extiende en otro contexto a las del 15-M de la Puerta del Sol), la más valerosa y ejemplar es la de Siria. Tras el asedio brutal a Deraa, en donde se sitúa el epicentro de la contestación, Al Asad, pese a su cultivada imagen de hombre amable y conciliador, capaz de transformar el autoritarismo granítico de su padre en una dictablanda, no ha vacilado en enviar la artillería y carros de combate de la Guardia Presidencial y de la Cuarta División Acorazada a Homs, Lattaquié, Banias y a los suburbios "rebeldes" de la capital. Como sus colegas de Libia y Yemen, asegura que los manifestantes son manipulados por bandas salafistas y terroristas aunque la realidad lo desmienta. Los vídeos colgados en Facebook rebelan tan solo el machaqueo despiadado de quienes protestan de forma pacífica. El ejército y la policía, insiste no obstante Damasco, se entregan a operaciones de limpieza para preservar la paz. La paz de los cementerios para las víctimas y sus allegados.
   La situación estratégica de Siria, país fronterizo con Irak, Líbano, Jordania e Israel, explica la cautela de Obama en su discurso de la pasada semana. El varapalo a Gadafi y Alí Abdulá Saleh de quienes exigen la salida inmediata para dar paso a un régimen democrático, se reduce en el caso de Al Asad, negociador ineludible de un por ahora quimérico acuerdo de paz con Israel, a un mero tirón de orejas. El riesgo de una implosión sectaria como la que sufre Irak después de la fatídica invasión de 2003 no puede descartarse, pero no debe servir de coartada a un sistema opresivo que desprecia la vida de la población, a una dictadura que se ha quitado la máscara dialogadora que exhibía cuando visité Damasco hace poco más de un año. Las represiones violentas del poder, sean las de Libia, Siria o Yemen, requieren también una condena tajante por parte de la mal aglutinada Unión Europea, que solamente ahora abre los ojos a las tropelías y abusos de unos líderes que sostenía hasta ayer por bajos intereses económicos y a quienes vendía sus armas, bombas de racimo incluidas.
   Para defender los logros y conquistas del pueblo, escuchamos aquí, allá y acullá, estamos dispuestos a todo: a sacrificar incluso al propio pueblo. El amor de los dictadores árabes y no árabes -no está de más recordar el ejemplo de los Ceaucescu y compadres- a la patria con la que se identifican no tiene otro límite que la muerte, ya sea la suya propia, ya la de un número en verdad secundario de sus bienamados súbditos.

lunes, 30 de mayo de 2011

PRENSA. 30 mayo 2011

   En "El País":

1. Porra. Por David Trueba.

2. Franco, ese (no tan mal) hombre. Reportaje de Tereixa Constenla. El tratamiento de la Real Academia de la Historia al dictador, tildado de "autoritario pero no totalitario", suscita la reacción encendida de prestigiosos historiadores. ¿Quién escribe la historia? Por Julián Casanova. "Nosotros no censuramos a nadie". Entrevista a Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia, que defiende a Luis Suárez, aunque admite que no leyó su entrada sobre Franco, y dice que hubo objetividad. Por Tereixa Constenla.

3. Las 1.001 peripecias de 'La dama del armiño', de Leonardo da Vinci. Por Miguel Mora. La familia Czartoryski es la dueña del cuadro que por primera vez llega a España.

4. Vente otra vez a Latinoamérica, Pepe. Reportaje de Pablo Ximénez de Sandoval. De México a Chile, un continente entero que habla español está creciendo al 6% anual y necesita mano de obra preparada - Jóvenes españoles ven en la región la única forma de prosperar.

5. El Sáhara occidental en el nuevo tiempo árabe. Artículo de Bernabé López García, catedrático de Historia del Islam Contemporáneo en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del 'Comité Averroes'.

6. Tierra de nadie. Artículo del escritor Enrique Lynch, sobre la foto de Obama y colaboradores "contemplando en vivo el asesinato programado de Bin Laden".

7. Los dictadores y sus pueblos. Por el escritor Juan Goytisolo.