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sábado, 14 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Todas las antígonas". Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":
Si hace un par de años Helena Cortés nos conmovió con su Edipo, este año nos sobrecoge con Antígona, otro producto rotundamente admirable de la editorial La Oficina.
La flexibilidad de la heroína griega para adaptarse a múltiples interpretaciones (George Steiner recogió decenas) la convierte en nuestra contemporánea. He aquí una muchacha que desafía al poder político con el fin de dar sepultura a su hermano. El tirano de la ciudad, Creonte, había prohibido enterrar a los traidores. Así la destrucción se cierne sobre ambos, el político y la insurrecta, en una de las más ambiguas y fúnebres tragedias.
En su edición, Helena Cortés ha reunido tres antígonas. La de Hölderlin, cuya traducción del texto de Sófocles figura en la cara izquierda de la paginación, con su versión al castellano en la derecha. La de Bertolt Brecht que viene en un CD adjunto. Y la de Straub/Huillet que filmaron la representación. Cada una de ellas es una variación original.
La tragedia de Sófocles (la ausente), según la clásica lectura de Hegel, opone a las fuerzas de la ley ciudadana, clara y universal, con su enemigo antagónico, la oscura ley de la sangre y del clan. Creonte representa el paso de la horda mítica a la polis gobernada por la razón y, frente a él, Antígona asume el pasado que va a ser destruido y desafía al poder público: la ley de la sangre la obliga a enterrar a su hermano, el traidor, para que su alma no vague eternamente. Recuerdo lo muy presente que teníamos esta tragedia en el País Vasco cuando, a comienzos de los ochenta, ETA asesinaba a cientos de personas sin que nadie rechistara, ni Antígona, ni Creonte. Ni siquiera había tragedia. Ciudad muerta.
La versión de Hölderlin es más oscura y se asoma al abismo. Su poesía tiene la fuerza de quien ha conocido el mal y ha vivido la contradicción trágica de la ley y la sangre durante la Revolución Francesa. Por eso no toma un partido tan claro como el de su amigo Hegel, sino mucho más complejo y en ocasiones tormentoso. El trabajo de Cortés es inmenso.
Tengo para mí que Bertolt Brecht patinó en su versión, sea por inadvertencia, sea por sectarismo. Al convertir a Antígona en una insubordinada que se enfrenta al nazi Creonte, no sospechó que la figura del tirano podía ser la premonición de Robespierre o de Lenin. Si Creonte es también destruido por los dioses ello obedece a que quiere imponer la virtud revolucionaria a las masas por la fuerza y el terror. Sólo Antígona (una Charlotte Corday) se le opone aunque sea por motivos arcaicos. Los dioses castigan la hybris de Creonte: Robespierre acaba en la guillotina.
Finalmente, la filmación de Straub/Huillet es un clásico de la nouvelle vague. Una verdadera joya. De una sobriedad que también traería sobre ellos el castigo divino, la película tiene la rectitud revolucionaria de Robespierre y la animada superficie de una columna dórica.
Necesitaría el doble de espacio para dar cuenta de este monumento. Baste como resumen lo siguiente: yo diría que es el mejor libro editado en España en 2014, por su audacia, por su coraje, por su elegancia.

viernes, 6 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre la nueva traducción de "La tierra baldía", de T. S. Eliot. Félix de Azúa


   En "El País":

Truenos, ninfas y agua sucia

La temible Tierra baldía, de T. S. Eliot, vuelve a vivir en la versión de Andreu Jaume


Cuando se limpia con arte una obra de arte, como cuando limpiaron la Capilla Sixtina, aparece una obra nueva para quienes viven en ese momento. La antigua, la que el tiempo ensució, tiembla un momento en la nostalgia de los ancianos, pero está irremisiblemente muerta. El mismo efecto se produce cuando una traducción artística resucita una obra avejentada por la edad y el comercio. Esa impresión he tenido tras la lectura de la emocionante traducción que ha editado Lumen. La temible Tierra baldía, de T. S. Eliot, vuelve a vivir en la versión de Andreu Jaume.
En este poema, sin duda una de las cimas del siglo XX, el poeta inglés quiso cantar (pero es un lamento) a su sociedad como si ésta fuera un sólido conjunto a la manera gótica, sólo que arruinado y disperso. El puente de Londres, el agobio sexual de algunos empleados, la asfixia de Flebas y otros cuadros se exponen en un fresco que, a la manera de Lorenzetti en Siena, quiere representar una ciudad ordenada y armoniosa. Sin embargo, está condenada. Una Ley corrompida es incapaz ya de sostener la vida en común de los desdichados ciudadanos. El árbol parece robusto, pero está agusanado.

La sociedad que canta (que lamenta) Eliot es la sociedad democrática
Algo de fresco medieval refleja el poema, pero sin la alegría y la esperanza de las sociedades antiguas, cuando un destino externo (un camino de espinas hacia la salvación) reunía todas las angustias en un solo haz de palabras celestes. Los condenados, tribu apartada, se agitaban también, pero su baile funesto, contorsionado, servía sólo para resaltar la alegría de los crótalos y panderos que conducían el baile de las muchachas en el Palacio Público de Siena.
Por el contrario, en la ciudad descrita por La tierra baldía no hay diferencia entre condenados y salvados. La democracia ha destruido la posibilidad de distinguir entre el brote fértil y el cizañero. La sociedad que canta (que lamenta) Eliot es la sociedad democrática y el río Támesis baja repleto de basura humana y municipal.
Eliot refinará su fresco del tiempo moderno en los Cuartetos (aquí está aún en estado salvaje), pero el concepto es claro. Como Benjamin, el poeta cree que el pasado (la Historia) no es sino un conjunto de ruinas del presente, seleccionadas como espectáculo para votantes. En cada ruina brilla una luminosidad que nos remite a otro pasado, éste ya inaccesible, soñado, como la luz de las estrellas muertas. Es lo propio de una sociedad baldía, que ya no produce, que sólo conserva, como esos aglomerados comunistas o islamistas donde nada nace, pero conservan el sueño de una salvación y un paraíso divinos, al precio de un sufrimiento tan inmenso como roñoso. Tierras baldías. También las nuestras.
La traducción de Andreu Jaume, admirable, nos permite regresar a este poema, uno de los últimos en los que el poeta aún podía remitirse a la trascendencia, en un español sin sonajero, de una sobria elegancia. Su prólogo, un ensayo sobre el poema que permite pensar que no se ha agotado la gran tradición crítica de los años cincuenta del siglo pasado, es imprescindible antes o después de la lectura.

lunes, 29 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Soportar el mundo o escribirlo". Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":

Soportar el mundo o escribirlo

El escritor alude a la pasión literaria de un juez y un fiscal, ambos autores de sendos libros

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Tiempo atrás muchos profesionales eran, además, buenos literatos. La más sonada es la carrera militar de Garcilaso, caso pasmoso, pero aún en el siglo XX hubo buenos poetas que practicaron la medicina (Gottfried Benn), narradores que ejercían de químicos (Primo Levi) o ingenieros novelistas (Benet). En todos ellos (y también en Garcilaso) la profesión permea las letras. Hay tabla de los elementos en Levi, cartografía noble en Benet, mesa forense en Benn.
Posiblemente la práctica mundana es excusable para el buen ejercicio de la literatura y por esta razón la mayor parte de los escritores modernos son funcionarios, profesores o empleados al modo de Kafka. El suyo es un conocimiento del mundo de componente seca, más de celulosa que de músculo. Busca uno narraciones de un leñador o de un ovejero trashumante. Caprichos de la última edad.

Me ha ilusionado ver en librería dos piezas de sendos hombres de ley
Así que me ha ilusionado ver en librería dos piezas de sendos hombres de ley. Juez el uno, fiscal el otro. El primero, Miguel Ángel del Arco Torres, es hoy juez en Granada, pero en este primer volumen de recuerdos, titulado La Audiencia va de caza, cuenta su experiencia bajo el franquismo y la primera transición en un pueblo andaluz. Es tan deprimente como cabe exigir, y además de la prosa austera, severa, de quien ha manejado toda la vida una jerga granítica, vive uno la terrible abyección de aquel mundo jurídico poblado por mercenarios y sádicos. No todos: nuestro juez se enfrentó al Tribunal Supremo cuando éste quería distraer la estafa de los ERE andaluces, no los de ahora, sino los de entonces, que el caciquismo andaluz tiene ya muchos años. Meterse en ese mundo sórdido, de una tóxica deshonestidad, se soporta gracias al gran corazón del escritor y a su probidad, porque no se dejó vencer por el ambiente putrefacto de jueces y abogados franquistas o simplemente malévolos, ni por sus promesas de ascenso.
En contraste completo, Una habitación en Europa, de Avelino Fierro, recoge la pasión literaria de un fiscal de menores que seguramente se ve sometido a la misma atmósfera asfixiante del Poder Judicial español, en permanente y escandaloso tráfico. Sin embargo, quizás porque defender los derechos de los débiles y amparar a criaturas solitarias y errabundas produce mayor satisfacción que juzgar según las leyes españolas a los adultos, Avelino Fierro dibuja un mundo limpio, terso, prístino, a veces triste. Debe decirse en su descargo que es leonés y por lo tanto lo de la lengua literaria le viene de fábrica. El suyo es un libro para leer cada noche, echando la mano hacia la mesita y diciéndose “a ver qué alegría me da hoy el señor fiscal”. Una excursión por los montes leoneses bien regados en primavera, un poema de Milosz, una visita a Cracovia. Algo de la sutil mirada infantil se le ha quedado en los ojos a este escritor y fiscal. También dibujante. Las viñetas que ha incluido delatan al observador riguroso. Buen dato para un fiscal.

jueves, 11 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la última novela de Andrés Trapiello. Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":
Me sorprendió que el último libro de Andrés Trapiello, dedicado una vez más a su genio tutelar, se encabezara con una cita de Dickens: “Hechos, sólo hechos”. Los, facts,el término que más guerra da en la filosofía inglesa, encabeza esta fantasía sobre lo que sucedió después de la muerte de Don Quijote. Trapiello, por lo tanto (yo le tomo la palabra) se atiene a los hechos. Y los hechos son extraordinarios.
Hete aquí que una vez muerto el caballero de la triste figura sus más allegados, Sancho, el bachiller Sansón Carrasco, su sobrina Antonia y el ama Quiteria van a iniciar una peripecia colosal, perseguidos por la maldad usuraria, combatidos por la estupidez aristocrática, ayudados (menos mal) por la memoria del gran Don Quijote de la Mancha que muchos admiran y que les gana su simpatía.
Esta supervivencia de los héroes, este no querer que se vayan del todo, es clásica. Muchas vidas prolongaron la muerte de Helena de Troya y la de Judas. No obstante, el experimento es nuevo en nuestra tradición literaria. O casi nuevo, porque el primero que prolongó la vida del caballero manchego fue el propio Cervantes, indignado con lo que se decía de él y lo que sobre él había escrito un desaprensivo. Así que el más cervantino de nuestros escritores continúa la historia con los últimos días de Sancho Panza.
Y en este punto es cuando aparece Dickens porque el inglés descubrió un modo de hacer más tupida la trama y los personajes. Es la misma técnica que fue llevando la sinfonía clásica a la sinfonía romántica, prolongando los temas en cada vez más imaginativas y audaces armonías, hasta llegar a la desarmonía dodecafónica. Dickens inventó un espacio nuevo, la Metrópoli, pero en lugar de componerlo en dos espacios, como Balzac (ricos y pobres), lo quebró en tres. El nuevo espacio, entre los sucios y peligrosos docks y los elegantes crescent, sería la inmensa extensión de la burguesía, la city. De ese modo un tercer personaje, que podía ser bueno o malo o ambas cosas a la vez, daba espesor a la trama.
La ambición dickensiana de Trapiello le ha inspirado tres espacios admirables, la aldea manchega (el pasado usurario y beocio), la Sevilla barroca (la actualidad criminal) y la América de los conquistadores (el futuro utópico), por donde transcurre la aventura de los protagonistas. En cada nuevo escenario se produce una mutación de los malvados y también una renovación de aquellos que, por amar a Don Quijote, echan una mano a los protagonistas siempre al borde del colapso. Llevar adelante semejante proyecto requiere un temple literario fuera de lo común: sus lectores constatarán que las páginas dedicadas a la Sevilla barroca son de las más sugerentes que se hayan escrito sobre aquel escenario.
En su momento, Sevilla fue una de las ciudades más populosas, ricas y canallescas de Europa. Aquel caos de asesinos, aristócratas, aventureros, burócratas, esclavos, prostitutas y trabajadores sin techo ni ley, ha recibido ahora su pintura más exacta y emocionante. Porque en ningún momento se despega Trapiello de lo que le mueve a prolongar la vida de su héroe: la poesía. Hasta el Nuevo Mundo. Quizás más allá.

martes, 16 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Educación en el desierto". Félix de Azúa


Félix de Azúa

   En "elboomerang.com":

 BLOG DE FÉLIX DE AZÚA

Con el paso de los años uno se pregunta si alguna vez volverá a existir la Literatura como asignatura central del bachillerato, se llame ahora como se llame. En su origen se la tenía como un museo de la gloria nacional y cada país mostraba con orgullo el repertorio de sus talentos literarios, los cuales, en algunos casos como el nuestro, arrancaban de la más remota edad media. Eso ha desaparecido excepto en lugares que por sufrir una identidad dudosa aún se empeñan en tener una literatura "nacional".
Hace años la asignatura todavía era importante porque con ella el niño y el joven comenzaban a conocer el alma del idioma y a desarrollar su potencia. Era el momento cimero de la lingüística, cuando se convirtió en la mathesis universal y la estudiaban hasta los peluqueros. Construir mejor, usar un léxico más rico, entender el laberinto gramatical, verle la sensualidad a las subordinadas, no era un ejercicio inútil sino que se tenía (y yo creo que con razón) como uno de los mecanismos mejores para el desarrollo de la inteligencia. Aquellos que saben hablar bien y con claridad, suelen también tener las ideas más asentadas que quienes sólo balbucean o se explican de modo embrollado. En la actualidad tampoco esta razón tiene demasiado predicamento porque ha descendido el valor de la palabra y a los poderes públicos, generalmente balbucientes, no les interesa que los estudiantes sean más inteligentes que ellos. Peligraría su poltrona.
¿Para qué, por tanto, mantener la asignatura de literatura? Junto con la filosofía, a la que me referí hace unas semanas, forma parte de esas enseñanzas que cada día que pasa ven apagarse su fulgor y nos parecen más cenicientas. Ahora bien, como el personaje del cuento, es posible que nuestra cenicienta literaria se case con el príncipe. Quiero decir que, descabalgada de toda utilidad de orden político, comercial o pedagógico, a lo mejor esta asignatura toma entonces su verdadera importancia como lo que es, o sea, el diccionario más completo que existe de la experiencia humana.
Esa viene a ser la opinión de José Carlos Mainer que acaba de publicar en Turner una muy útil Historia de la literatura española que llena el hueco de los estudios oficiales. Hacía mucho tiempo que no aparecía una historia de estas características, relato de más de mil años de relatos, bien organizado, claro, inteligente y de agradecida brevedad, menos de 300 páginas. Se advierte que para Mainer la literatura no es tan sólo un departamento universitario.
En su historia deja claro que la Literatura es ahora simplemente "otra forma -más consciente, más rica- de leer libros que nos gusten y que nos hablen de la infelicidad o de la dicha, del viaje o del enclaustramiento, de la soledad o de la compañía". Porque de eso se trata, de familiarizarse con el destino increíblemente variado, cambiante e inagotable de los humanos, con los cientos de miles de formas que toma su desdicha o su felicidad, la interminable tarea de recorrer el mundo entero y conocer toda clase de sociedades y culturas, la siempre apasionante verdad del que vive desperdigado entre los compromisos económicos y sentimentales, o la de quien se encierra para buscar el sentido último de su oscura aparición en el cosmos.
Siempre he creído que, dejando aparte las asignaturas propiamente técnicas, bastaría con una prolongada lectura, seguida de su discusión pública entre amigos o iguales, para que las gentes fueran mucho más interesantes y valiosas. Mejores ciudadanos, vaya. Quiero decir que, precisamente por no tener ya más valor que el propiamente artístico, es la literatura una de las mejores maneras de hacerse hombre (o mujer) en una sociedad a la que nuestro destino individual importa una higa y sólo nos considera en cuanto peones de trabajo. A veces, ni eso.
De ahí que muchos españoles nos hayamos quedado de piedra al enterarnos, hace pocas semanas, de que hasta ahora se podía adquirir el título de maestro habiendo suspendido las Matemáticas o la Lengua y Literatura. Ejemplo magnífico de la enseñanza que se imparte en el país más bruto de Europa. Y notable prueba de que tenemos la clase dirigente más necia de nuestra historia, y mira que hemos tenido...

Artículo publicado en la revista Jot Down

lunes, 14 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. Félix de Azúa, sobre la literatura

Félix de Azúa

   En "El País":

Félix de Azúa:“Menos mal que la literatura es una mercancía”

'Contra Jeremías' reúne sus artículos políticos.

'Autobiografía de papel' repasa la evolución de la literatura desde el puro contraste.

Félix de Azúa, vecino de Madrid nacido en Barcelona hace 69 años, tiene buena memoria pero se niega a escribir unas memorias. Si en Contra Jeremías (Debate) reúne sus artículos políticos, en Autobiografía de papel(Mondadori) repasa la evolución de la literatura desde el puro contraste: cómo era hace 40 años, cuando él se estrenó como poeta novísimo, y cómo es ahora que vive volcado en el periodismo de opinión. Es la segunda parte de una trilogía —cuadros, libros, dioses— que analiza el fin de la cultura tal y como la conocíamos y que se abrió hace dos años con Autobiografía sin vida, dedicada al “acabamiento” del arte.
Formado en el tiempo de los artistas-genios, Azúa ha llegado a una conclusión que expone “sin melancolía”: la cultura producida industrialmente —o sea, para las masas— es el arte que corresponde a la democracia total. “Lo que se va acabando es la mercancía que además era arte. El arte ha sido siempre mercancía, qué te crees que eran los frescos de Miguel Ángel. La gracia del arte era que daba muchas más cosas. Esta botella de agua produce los efectos de la mercancía y ahí se acaban. La obra de arte produce, llámalo, sentimiento, conocimiento... Y puede durar siglos, como la Ilíada. Esa es la parte que se está acabando. Todavía quedan literatos que hacen arte, los demás hacen mercancía que vende millones, cosa que nunca había sucedido. Pero la literatura artística se va acabando, no nos engañemos”.
Cuando se le pregunta quiénes son esos literatos artistas Azúa no duda: J.M. Coetzee, premio Nobel en 2003. ¿Y entre los españoles? “Marías, Vila-Matas...”. Igual de rotundo se muestra ante una pregunta difícil de responder con un nombre: ¿Quién dice qué es arte y qué mercancía? “La obra de arte es evidente por sí misma. No hace falta que la defienda nadie. Nadie defendió Los Cantos de Maldoror pero los descubrieron 20 años después de muerto Lautréamont”.
Es posible que los clásicos se defiendan solos, cosa distinta es quién separa, entre los vivos, el grano de la paja. La diatriba entre crítica y democracia está servida: “Lo que llamo democracia total es un proceso de tecnificación tan denso que cada vez es más automático. Cuanto más total es, más dificultades tiene para cuidar de lo excepcional, que desaparece arrastrado por el automatismo de la técnica”. Para el autor de El aprendizaje de la decepción, “la excelencia solo se admite ya en el deporte”, no en ámbitos en los que antes se daba por supuesta como la educación —“la LOGSE decidió que los suspensos eran de derechas”— y las artes.
Si la democracia total es esencialmente cuantitativa y la cultura industrial, su arte, ¿la cantidad se convertirá en un criterio estético? “Eso es inevitable. Por eso hablo de acabamiento. La dinámica de la democracia hipertecnificada tiende a eso. Lo cuantitativo aplastará a lo cualitativo. Habrá más o menos resistencia, pero el final está cantado. Los niños de ahora dios sabe dónde encontrarán la calidad, pero la encontrarán. Tengo una cría de un año y cuatro meses y estoy convencido de que no va a echar de menos lo que tenemos nosotros”. En ese punto llega la única propuesta que se permite el escritor, la “intención” del libro: “No renuncies a nada, pero de vez en cuando, párate a pensar”.
De la poesía a la novela y de esta al ensayo como puente hacia el periodismo —la “cultura literaria” de nuestro tiempo—, Autobiografía de papel es un recorrido por el estado de la literatura y, en paralelo, por la trayectoria de su autor. Tal paralelismo despierta en el lector una pregunta que el expoeta y exnovelista escucha como si la esperara: ¿no estará confundiendo su propio acabamiento con el de la cultura occidental? “Ojalá fuera eso”, responde. “Miles de personas han seguido el mismo movimiento y por eso me parece interesante de contar. Esta no es mi autobiografía: el título es una trampa para vender más”.
Puestos a redactar certificados de defunción, es imposible no hablar de la supuesta agonía de la novela. “Es verdad que se acaban las novelas en tanto que obras de arte de la lengua. Porque eso es la literatura, no el argumento o si te aburre o te divierte”, dice Azúa. “La gente dice que las novelas de Benet son aburridas, ¿y qué? Como si me dices que es aburrida la Crítica de la razón pura. Pero además de aburrido, ¿has viso algo ahí? ¿No? Pues a leer a Salgari”. Con todo, el autor de Historia de un idiota contada por él mismo no habla del pasado con nostalgia: “Menos mal que la literatura es una mercancía. Yo doy por buena la supercomercialización de la novela, me parece maravilloso que se vendan miles de ejemplares sobre templarios pedófilos. Hay finolis que dicen: ‘El arte no puede ser una mercancía’. Están locos, solo sobrevivirá si lo es. Cuanto más amplia sea la base, más podrán los editores vocacionales publicar a los jóvenes, que no tienen imagen. Y ahora solo se vende lo que ya tiene imagen”.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre 'En busca del tiempo perdido', de Proust. Félix de Azúa

Un joven Marcel Proust, de rodillas, fotografiado en 1892 en un club de tenis de París. / RUE DES ARCHIVES 
("el país")

   En "El País":

‘En busca del tiempo perdido’, de Proust: Juventud de un centenario

Marcel Proust publicó, con su dinero, el 14 de noviembre de 1913, 'Por el camino de Swann'

Es el primero de los siete volúmenes de una de las obras cumbre de la literatura: 'En busca del tiempo perdido'

 12 NOV 2013

Sobre Proust se ha escrito ya casi todo, pero sobre la Recherche no, porque es un clásico y lo propio de los clásicos es su misteriosa capacidad para cargarse de nuevos contenidos en cada sucesiva generación. Lo que hoy significa esa obra no es lo que significó en 1913. Ahora hace cien años aparecía la primera parte, Por el camino de Swann, traducido a veces, con mayor exactitud, como Por donde vive Swann.
El inmenso retablo se presentó al juicio de los lectores anteriores a la primera guerra con un fragmento que hacía imposible adivinar el conjunto. Su escala iba a ser desmesurada, más de tres mil páginas, y habría sido quimérico predecir que aquellas inaugurales teselas se insertarían años más tarde en un mosaico gigantesco donde jugarían un papel esencial, pero impredecible. Es lo único que justifica el error inmenso de Gide al rechazarlo para la editorial Gallimard.
Y tras aquella primera aparición estalló uno de los más sangrientos conflictos que ha conocido la muy sanguinaria sociedad europea. La guerra del 14/18, como la llaman los franceses, influyó decisivamente en el proyecto de Proust y no hay nada tan estremecedor como El tiempo reencontrado, la última parte de la Recherche, en forma de baile de máscaras o de danza de cadáveres que reúne a los personajes tras la contienda y cierra una vida que había comenzado con la luminosidad gótica de la duquesa de Guermantes. Tras la guerra no hay héroes, los bellos militares, las hermosas damas, los sutiles aristócratas, las seductoras adolescentes de la fureur de vivre son ahora macabros restos de una sociedad difunta. El ciclo de la vida y la muerte se había completado con aquella última y lúgubre escena.

André Gide rechazó el manuscrito para Gallimard, y al final lo editó Grasset
La obra estaba acabada y si bien Proust no alcanzó a corregirla hasta el final, el lector puede hoy leerla sorteando los bloques de mármol aún no esculpidos o inacabados, como La Prisionera o La Fugitiva, los más imperfectos. Eso no quiere decir que deba evitarlos, son de lectura obligada, pero admiten un seguimiento menos atento que el resto del material.

La I Guerra Mundial influyó de forma decisiva en la gran obra de Proust
Esta perpetua actualidad de la Recherche se debe, entre otras causas, a que no es exactamente una novela, aunque es una de las más grandes que se hayan escrito, pero es también mucho más. Sus cientos de personajes tienen la realidad verosímil del mejor retrato realista y sin embargo encarnan iconos anímicos de la misma intensidad que Odiseo o don Quijote, es decir, mitos que reúnen en sí un resumen exacto, estremecedor, de los modos de ser del humano contemporáneo y sus distintos destinos. Leer la Recherche no es solo introducirse en un universo de ficción extremadamente inteligente, es también aprender a reflexionar sobre nuestros vicios y virtudes, modos de amar, creencias falsas, esclavitudes, holgazanerías, o verdades hipócritas. Es una auténtica enciclopedia de la humanidad moderna, de su gloria y de su estupidez.

La ‘Recherche’ es una verdadera enciclopedia de la humanidad moderna
Víctor Gómez Pin, quien ha dedicado a Proust dos libros en verdad filosóficos, afirma que el único personaje de la Recherche es el lenguaje mismo y que por esta razón va mucho más allá de las peripecias y avatares de la alta burguesía parisina del ochocientos. El lenguaje tal y como lo poseemos nosotros, es decir, nuestra esencia, lo que nos hace humanos, está derivando de un modo universal e inexorable a puro instrumento, a utensilio práctico. A medida que el lenguaje se hace instrumento nosotros nos convertimos en meras herramientas. No obstante, el lenguaje de la Recherche es perfectamente ajeno a toda instrumentalización, incluso aquella que obliga al novelista a respetar la acción o el suspense, de ahí la longitud pertinaz de las frases y esa dificultad que pone nerviosos a los lectores apresurados. Podríamos decir (pero ese sería otro artículo) que el lenguaje de Proust es estrictamente poético en su sentido más riguroso y por eso exige nuestra esforzada colaboración.

Para el escritor, las palabras del habla cotidiana toman una función mágica
Cuando uno busca, como Proust, el lenguaje en su labor poética, entonces el habla, el lenguaje de la gente en su vida corriente, se transforma en un encantamiento que permite llegar a lo más recóndito del hablante. El modo de hablar es una representación fiel del alma de cada individuo y la Recherche es, por encima de todo, un repertorio de modos de hablar. Cada modo de hablar es una posibilidad de vivir.
En una útil antología de pensamientos de Proust, recogida por Jaime Fernández en El almuerzo en la hierba, figura esta frase: “Las palabras no me informaban sino a condición de interpretarlas como se interpreta una afluencia de sangre al rostro de una persona que se azara, o también un silencio repentino”.
Para Proust las palabras del habla cotidiana, en ocasiones significativas, toman una función mágica capaz de provocar reacciones involuntarias del cuerpo. Esta capacidad enigmática del lenguaje es lo que hace de la Recherche una obra que transforma al que la lee, no solo anímicamente, sino con frecuencia también físicamente. Si se hace con seriedad, su lectura no es una lectura, sino una transfusión de lenguaje, análoga a las transfusiones de sangre que reviven a un moribundo. Es posible que esa sea, hoy en día, la mejor forma de preparar nuestro cuerpo para la mortalidad.

lunes, 21 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "El Evangelio de María", de Colm Tóibín. Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":

El final de una madre

Colm Tóibín publica el monólogo teatral ‘The Testament of Mary’

El escritor imagina una historia alternativa y pagana para la madre de Cristo tras la crucifixión

 Madrid 19 ENE 2013

Si bien todos coincidimos en que Colm Tóibín es uno de los mejores escritores vivos, solo quienes lean su último libro se percatarán de que, además, es un soberbio poeta. O dramaturgo, porque este reciente monólogo de María, la madre de Jesús de Nazaret, está pensado para ser representado en un teatro. Me refiero, claro está, a The Testament of Mary,recién aparecido inglés y posiblemente ya en trance de traducción al español. No sé si los traductores optarán por traducir testament por Testamento a la manera bíblica (como en Antiguo Testamento), o por Evangelio, que es el sentido más cabal: el Evangelio de María, o según María.
El monólogo de la madre del sacrificado es muy sorprendente. Como es lógico, María no podía ser cristiana, pero su rechazo de las instituciones judías, del poder rabínico, pero también de los seguidores de su hijo, la empujan hasta “el otro Templo” de modo que, con el escaso dinero que le queda, compra una estatuilla de Artemis que le sostiene el ánimo. Una María pagana es algo digno de consideración, aunque es cierto que estaba viviendo sus últimos años en Éfeso, vigilada y mantenida por unos pocos discípulos de su hijo, cuyo fanatismo la exaspera. Ella sabe que alguno de los discípulos está escribiendo mentiras sobre lo que sucedió en Jerusalén y que la odian porque ella sabe la verdad, razón por la cual procede a contarnos lo que realmente sucedió.

Ella vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo
Lo más conmovedor es que María vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo y que nadie excepto ella va a contar. Aun cuando los signos del amor entre ambos son indudables, María expone su desconcierto ante el cambio repentino del hijo, cuando se convierte en predicador público, factor de milagros o hechicero que resucita a Lázaro (una de las figuras más escalofriantes del relato), sin que ella entienda absolutamente nada de lo que está proponiendo. Esta incomprensión llega hasta su raíz cuando, en la última disputa con sus protectores (o secuestradores), María pregunta por la razón de tan espantoso sacrificio. “Ha sido para salvar al mundo y para darnos la vida eterna”, responden los discípulos. “¿A todo el mundo?”, pregunta la anciana. “Sí, a todo el mundo”, responden. “No merecía la pena”, concluye María.
Esta incomprensión radical está ligada al espanto con el que hubo de asistir a la crucifixión de su hijo, a la atmósfera siniestra y amenazante que soportó en el Gólgota, y al terror que acabó por hacerla huir del escenario. Contra lo que luego contarán los evangelistas, contra la imaginería cristiana posterior, María no recogió en su regazo el cuerpo del hijo muerto. No lavó el cadáver, como repite una y otra vez, obsesionada por su traición, sino que escapó antes de que Jesús entregara su espíritu.

Será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera
Tóibín muestra una emocionante comprensión de la culpabilidad de María. Entiende que es una pobre mujer, ignorante y dolorida, a la que ha sucedido algo desmesurado, pero la desmesura no consiste en que su hijo resucite muertos o transforme el agua en vino, sino en que muriera sin el auxilio de su madre.
Esta es la tragedia de María: ella se ve a sí misma como una madre que ha abandonado a su hijo cuando más la necesitaba. Por eso en un momento de desesperación grita: “¡Si el agua puede volverse vino y los muertos regresar a la vida, entonces yo quiero que el tiempo retroceda!”. No sabemos a quién se lo está pidiendo, ¿a su hijo, a Artemis?, pero exige un milagro que le permita reparar la traición, la cobardía, y acoger en sus brazos al hijo muerto.
Tóibín cree en la posibilidad de que este fabuloso monólogo se ponga en escena a pesar de su duración. ¿Aguantaría un espectador actual las tres o cuatro horas que puede llegar a durar, con un solo personaje en escena? Tengo entendido que su primera opción era Vanessa Redgrave, pero que la actriz hubo de rechazarlo porque se veía incapaz de memorizar un texto tan extenso. Finalmente será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera. También sé que hay una opción en castellano. Ojalá podamos asistir a un drama que, entre otras virtudes, sobresale por su audacia, algo realmente infrecuente en lo que llevamos de siglo.
Yo querría ver ese final. Antes de que los focos se apaguen, María nos confía que está dirigiendo sus palabras “a las sombras de los dioses” y que lo hace sonriendo, smiling as I say them. Ella, que está rogando a los dioses que el mundo retroceda para poder reparar su traición, lo hace sonriendo, como una suplicante de Sófocles. La madre del Salvador transformada en heroína griega. Me parece una de las escenas más difíciles de la historia del teatro. Ojalá podamos aplaudirla.

viernes, 21 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre la biografía de Unamuno, de Jon Juaristi. Félix de Azúa

Félux de Azúa

   En "El País":

Unamuno, el vencido invicto

Jon Juaristi bucea en la vida y en la época de uno de los intelectuales más importantes de España en una obra recoge con brillantez las contradicciones de un tiempo terrible.

Las mismas que rigieron el destino de Unamuno

 8 DIC 2012

Entre los muchos que proporciona, uno de los mayores placeres de la literatura es el de convertir en literatura a los autores de la literatura. Todos sus lectores hemos imaginado a Garcilaso atacando una fortaleza espada en mano o a Berceo bebiendo un vaso de vino en compañía de otros errabundos con los que coincidía en la posada. Es una tentación irresistible. Seguramente si los estudios literarios severos, en especial los estructuralistas y analíticos, no han alcanzado la difusión de los viejos tratados filológicos de Auerbach ,Menéndez Pidal o Spitzer es por esa amputación de la mitad del placer. La obra de arte sin autor, gran fantasía francesa del siglo pasado, es teóricamente irreprochable y debe ser defendida en la Universidad, pero es también inaceptable para un lector educado.
Los autores reclaman ser imaginados junto a sus criaturas, es una de las razones por las que escriben. Y un modo agradable de imaginarlos es el de leer sus biografías, algunas más literarias que las obras del biografiado. Pocos leen hoy a Frederick Rolfe (con razón), pero su biografía, The quest for Corvo, de A.J.A. Symons, sigue siendo una de las más perfectas obras literarias del siglo XX. He aquí un escritor que casi puede decirse que sobrevive gracias a su biógrafo.

Hay autores que piden ser alternativamente odiados y amados
Rolfe era un ser odioso, un mal bicho a quien todos detestaban y su biógrafo no pudo evitar la repugnancia. O quizás fuera mejor decir que solo pudo evitarla mediante los recursos del arte narrativo. Otros escritores, por el contrario, no pueden ser odiados de ninguna manera. Antonio Machado es el caso supremo. Si usted encuentra a alguien que diga odiar a Machado, apártese de él a toda prisa. Lávese luego entero en cuanto pueda. Es muy probable que pertenezca a alguna de las sectas satánicas más peligrosas después de la de Charles Manson.
Finalmente hay autores que piden ser alternativamente odiados y amados. Y ese es el caso que ahora nos ocupa, el de Unamuno y la biografía, a mi entender soberbia, que ha escrito sobre él Jon Juaristi. Soberbia biografía porque Unamuno, sin dejar la escena en ningún momento, a veces es solo un trasunto que le permite a Juaristi hablar sobre las guerras carlistas, la renovación de la panadería en Bilbao, el periodismo caciquil, el puente colgante, la invención del folclore vasco, la mujer de Sabino Arana, en fin sobre todas aquellas cosas que hacen de una biografía una pieza literaria de gran enjundia.

El libro es por encima de todo una pieza literaria de gran enjundia
Y como debe ser, Juaristi a veces ama a Unamuno y a veces le odia. El lector agradece esa ducha escocesa, porque le sucede exactamente lo mismo cada vez que se pone a leer a Unamuno, que suele ser a menudo. Así, por ejemplo, el lector agradece que Juaristi no disimule la conducta canallesca de Unamuno con Valentín Hernández, el editor de La Lucha de Clases que fue a la cárcel en su lugar. O sus grotescos ofrecimientos a los militares sublevados durante el año 1936. Unamuno tenía momentos odiosos porque era un hombre dotado de un enorme Ego, un Yo colosal que muchas veces ocupaba demasiado espacio, como decía Ortega cuando esperaba visita del vasco y había alguien en el despacho: “Salga usted ahora mismo, que viene Unamuno con su Yo, y no vamos a caber”.

Don Miguel era un hombre dotado de un enorme Ego, un Yo colosal
El Yo es una entidad peligrosa, entre otras cosas porque no contiene nada y debe ser ocupado de inmediato por alguna identidad (nacional, deportiva, religiosa, sexual, da lo mismo) a la que obedecer. Quien desee un planteamiento filosófico riguroso del problema, lea a Carlos Piera y su espléndido La moral del testigo (Machado). Unamuno, por tanto, llenaba constantemente su Yo con lo primero que le cayera en gracia identitaria. A veces era el vasco preterdiluviano, a veces el labriego intrahistórico, o bien el socialismo, aunque también el fascismo, qué le vamos a hacer. Por fortuna, la mayor parte de las veces no era la política lo que llenaba su identidad, sino los paisajes, los tipos, el crucificado, la diversidad de la convivencia, el campo, los campesinos, la literatura, don Quijote, la muerte, en fin todo lo inactual. Y entonces no hay más remedio que amarlo.

Sus días finales fueron un ejercicio agónico de despellejamiento
Juaristi, con una de las mejores prosas que se escriben hoy en España, repasa todos los aspectos de Unamuno, los amables y los odiosos, aunque predominan ampliamente, como era de esperar, los amables. Don Miguel ha dejado miles y miles de páginas (aún sin editar seriamente, a pesar de los esfuerzos magníficos de la Biblioteca Castro) que no son solo el mejor retrato de nuestra vida terrestre y anímica, sino que son nuestra exacta definición. He aquí, en este hombre tan poseído por su Yo, cómo se fue haciendo sitio un Yo trascendente que acabó por abarcarnos a todos sus lectores.
Sus terribles días finales, cercado por las hienas de Millán Astray,salvado del linchamiento por gente a la que despreciaba, horrorizado de lo que había dicho sobre los generales y la República, fueron un ejercicio agónico de despellejamiento en el que acabó por perder lo que le quedaba de Yo. Vio abrirse el abismo bajo sus pies y aquel temor y aquel temblor de que había hablado tanto y tan bien en sus ensayos, de repente era ya todo lo que le quedaba, temor y temblor. Es muy posible que entonces se abandonara al sosiego de no ser nadie y acabara sus días en paz.