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jueves, 17 de diciembre de 2015

HISTORIA. "La Ilustración, arma contra el fanatismo"

   En "El País":

La Ilustración, arma contra el fanatismo

El historiador británico Anthony Pagden disecciona las claves de los ataques de los distintos fundamentalismos a la convivencia y reivindica los valores de la modernidad


Una guitarra con mensajes por la libertad o la paz, a la puerta de la sala Bataclan, uno de los escenarios de los atentados del 13-N. / B. GUAY (AFP)

La diana de los ataques extremistas es la Ilustración. Y la mejor defensa es la propia Ilustración. “Por mucho que sus valores estén siendo atacados por elementos como los fundamentalistas estadounidenses y el islam radical —e incluso no tan radical—, es decir, por la religión organizada, sigue siendo la fuerza intelectual y cultural dominante de Occidente. La Ilustración sigue ofreciendo un arma contra el fanatismo”. Estas palabras del historiador británico Anthony Pagden, una de las voces más prestigiosas que ayudan a descifrar el mundo contemporáneo, llegan en un momento en que algunas fuerzas insisten en dinamitar la herencia del Siglo de las Luces.
El planeta se ha convertido en un campo de minas de miedos. El penúltimo objetivo fue hace un mes, de nuevo, París, la ciudad que vio nacer el proyecto de modernidad más importante del mundo occidental: la Ilustración. Los atentados del 13 de noviembre, con un saldo de 130 muertos y 350 heridos, llegaban menos de un año después del ataque, el 7 de enero, a la sede de la revista satírica Charlie Hebdo, con 12 muertos.
Las reflexiones de Anthony Pagden, quien habla con EL PAÍS por correo electrónico, son como una matrioska: de cada respuesta surge otra pregunta. Profesor de Historia y Ciencias Políticas de la Universidad de California (UCLA), tras pasar por Oxford, Cambridge y Harvard, Pagden acaba de publicar La Ilustración. Y por qué sigue siendo importante para nosotros (Alianza). Es una continuación de La Ilustración y sus enemigos. Ensayos sobre los orígenes de la modernidad. Y complemento a su imprescindible Mundos en guerra. 2.500 años de conflictos entre Oriente y Occidente.
Un mundo, afirma Pagden, donde “escapar de la religión como una forma de organización fue el paso verdaderamente original de la modernidad y de la Ilustración. Y esto no va a cambiar”. ¿Cómo explicar los valores de la Ilustración a quienes no creen en ella, además del papel esencial de la razón como motor del desarrollo individual y colectivo? “Es un proyecto importante y en incesante evolución. Proporciona una imagen de un mundo capaz tanto de alcanzar cierto grado de universalidad como de liberarse de las restricciones de la clase de normas morales interesadas que ofrecen las comunidades religiosas y sus análogas ideologías laicas: el comunismo, el fascismo y, ahora, incluso el comunitarismo”, asegura Pagden. Y agrega: “Es importante, porque situó lo individual, lo frágil, lo mortal y lo imperfecto en el centro del cosmos. Sin la Ilustración, los avances de la civilización occidental habrían sido quizá no imposibles, pero, desde luego, muy lentos, desde la salud hasta Internet”.
No olvida el historiador algo que resulta común a todos: “Está lo que hoy llamamos empatía, la conciencia de la experiencia humana compartida y, por tanto, la posibilidad de la existencia de valores humanos comunes que no dependan de ninguna fe religiosa”.

Una religión primitiva


Varios aspectos de esas creencias más que paz han sembrado zozobra. “La religión tiende a impedir el desarrollo del intelecto, de la razón”, opina el autor. “El islam es una religión primitiva. Quiero decir que, a diferencia del cristianismo, nunca se ha visto obligada a adaptar a las circunstancias de un mundo laico moderno lo que en realidad es un conjunto muy simple de creencias y mandatos a medida de las necesidades de un pueblo tribal del siglo VII. El islam nunca ha tenido que amoldarse, como el cristianismo, a los valores de la Ilustración. Esto no lo hace intelectualmente inferior al cristianismo, que también es bastante simple, o al judaísmo, pero sí mucho más agresivo cuando se ve amenazado por la modernidad”, añade
Mientras por un lado la Ilustración es atacada, por otro se le pide que despliegue sus principios de universalidad y ciudadanía ante la ola de migraciones a Europa o las ayudas al resto del mundo. “La ciudadanía siempre ha estado estrechamente ligada a las naciones”, recuerda Pagden. “Con los nuevos inmigrantes que fluyen a Europa desde Oriente Próximo y África, el concepto de ciudadanía se ha vuelto aún más restringido. Sin embargo, sin las aspiraciones de universalismo que la Ilustración formuló e inspiró, por las que ha sido denostada, no habría cooperantes, ni Médicos Sin Fronteras, ni Corte Internacional de Justicia, ni Naciones Unidas, ni existiría el concepto de derechos humanos, y, en última instancia, tampoco la Unión Europea”.
No todo son luces; también hay sombras. El precio ha sido un mundo dividido en Norte y Sur, cuyo desequilibrio en prosperidad y las guerras se achacan al intento de imponer los valores occidentales. “La ironía es que, en este relato, los africanos y los indios, los sirios y los egipcios, han sido privados por completo de cualquier capacidad de actuación propia y se han convertido en los instrumentos pasivos de las ideologías occidentales y de las tecnologías generadas en última instancia por el universalismo de la Ilustración. Es lo que Finkielkraut llamó el etnocentrismo de la mala conciencia de Occidente”, responde.
Intentos de eclipsar un proyecto prodigioso de la humanidad, cuya crisis está lejos de superarse, lamenta Pagden: “Como dijo Kant, la Ilustración es un proceso de continuo devenir. El error de todas las religiones monoteístas es suponer que tiene que haber un fin inmutable decretado por Dios. Y no lo hay. Pero si bien esta clase de perfección no existe, el progreso, desde luego, sí”.


Raíces del conflicto

Lo que ha sucedido, sobre todo desde que terminó la invasión estadounidense de Irak, forma parte de “la creciente hostilidad hacia un mundo al que se considera responsable del hecho de que los beneficios de la modernidad no se hayan distribuido equitativamente”, afirma Anthony Pagden.
El historiador recalca que “la mayoría de los terroristas que actúan en Europa son autóctonos, y muchos han estado en la cárcel, donde se han radicalizado.Han sido rechazados y marginados por un mundo que intentaron hacer suyo sin lograrlo. La reacción es echar la culpa de su situación a Occidente”.
El profesor encuentra diversos paralelismos en ese echar las culpas a otros. “A escala internacional, es lo mismo que está haciendo el ISIS [Estado Islámico, en sus siglas en inglés]. No cabe duda de que la situación actual de Oriente Próximo es consecuencia en gran medida de la desintegración del Imperio otomano después de 1918, y del subsiguiente intento por los árabes de importar las ideologías occidentales, sobre todo el nacionalismo y el comunismo, a la región”, concluye.

jueves, 30 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Diderot. Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

El ilustrado pragmático

Denis Diderot continúa gozando de prestigio en el mercado de valores intelectuales actual

 21 MAY 2013

Denis Diderot es quizá la figura destacada de la Ilustración que sigue contando con mayores simpatías entre quienes hoy todavía se consideran ilustrados. Voltaire fue sin duda un gran señor de las letras —“¡como yo!”, se ufanó Nietzsche, no sin peligro para ambos—, pero ahora ese rasgo aristocrático se vuelve contra él, lo mismo que sus astucias de inversor que se benefició indirectamente de la trata de esclavos; y si vamos a Rousseau, sirve igual para defender luces democráticas como sombras comunitarias contra el teatro o el individualismo. ¿Y qué decir del insigne Montesquieu, que muere o resucita según le peta al politicastro de turno que quiere darse lustre a su costa?
Sin embargo, Diderot continúa gozando de prestigio en el mercado de valores intelectuales actual, que por otra parte dista de ser el Juicio Final. En lo personal, cuenta con pergaminos hoy inatacables, porque fue libertino pero trabajador (¡le debemos nada menos que la Enciclopedia, coño!), descreído pero lleno de fe en las Luces, un racionalista escéptico y romántico, tan científico como Eduardo Punset y tan sentimental como Corín Tellado. Estuvo en la cárcel por sus ideas, aunque aduló prudentemente a veces a quien podía ayudar sus empresas. En lo ideológico fue materialista y libertario como el que más (¡más que el que más!), pero se habría horrorizado de llegar a saber que la figura de su heredero no saldría de las sombras del futuro llevando en la mano el fanal de la razón, sino una cabeza cortada chorreando sangre. Lo describe bien Félix de Azúa en su reciente Autobiografía de papel (libro que, por cierto, tiene algo de reparto de premios fin de carrera). Diderot fue, es y creo que seguirá siendo un tipo simpático. Este año, con motivo del tricentenario de su nacimiento, se han multiplicado las publicaciones sobre él, como Diderot ou la bonheur de penser (Fayard) de Jacques Attali o Diderot, un diable du ramage (Gallimard) del maestro Jean Starobinski, su mejor conocedor.
También acaba de hacerse pública en España una razón más para mantener nuestra estima por él. Se trata de un escrito de circunstancias, de esos que suelen nacer al calor de las urgencias del momento y que pasan de moda con igual rapidez… salvo que las vueltas y revueltas de la historia lo traigan de nuevo a la actualidad que, como ya sabemos, suele ser “rabiosa”. El escrito es su Carta sobre el comercio de libros (ed. Seix Barral), con prólogo de Sergio Vila-Sanjuán y un estudio de Roger Chartier. Responde a una petición del gremio de libreros parisinos en defensa de las garantías de su comercio y va dirigida al magistrado encargado de la Librería (algo así como la actual Dirección General del Libro), que era entonces Antoine Gabriel de Sartine, al que algunos conocemos como personaje de la serie de novelas policiacas ambientadas en el Siglo de las Luces, invariablemente excelentes, de Jean-François Parot.
Diderot no es un entusiasta de los privilegios de los gremios ni de cualquier cortapisa a la libertad de comercio, pero entiende perfectamente que la única forma de que un autor sea remunerado por su trabajo —y por tanto pueda crear en libertad no tutelada por mecenas— es proteger los derechos de los editores que compran su obra de parásitos imitadores que vendan a menor precio lo que otros consiguieron según trato justo. Su pragmatismo ayuda a sus principios, para facilitar su cumplimento más allá de la retórica. Este razonado alegato, una bella pieza ilustrada, demuestra que las asechanzas que hoy padece la creación cultural no son espejismos de quienes no entienden la modernidad, sino la continuación de un combate contra los que desde antaño pretendieron malversarla en su interés. Y nos deja algunos axiomas imprescindibles, como que “el autor es dueño de su obra o no hay persona en la sociedad que sea dueña de sus bienes” y que “el derecho del propietario es la verdadera medida del derecho del comprador”. Gracias, viejo maestro.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "El enigma Rousseau". María José Villaverde

Rousseau

   En "El País":

El enigma Rousseau

El filósofo es uno de los autores más contradictorios. La lectura dominante lo presenta como icono de la democracia moderna pero su obra marca el despertar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo

 8 DIC 2012

Hace trescientos años nació uno de los pensadores más influyentes de la historia del pensamiento político, un hombre que cautivó con Emilio, hizo llorar con las Confesiones y alentó revoluciones con El contrato social. Rousseau es uno de los autores más contradictorios e inclasificables del siglo XVIII. Ya en 1750, tras la publicación del Discurso sobre las Ciencias y las Artes, las elites europeas, con el rey Estanislao de Polonia a la cabeza, le recriminaron sus incoherencias –escritor que ataca la literatura, amante de los espectáculos que arremete contra el teatro, crítico de las ciencias y las artes que se presenta a un premio de la academia-. Rousseau responderá a sus críticos con un gesto impactante: se retirará del mundo y sus pompas –es un decir-, renunciando al reloj, la espada, los encajes y las medias blancas, símbolos mundanos por excelencia, y adoptará la túnica armenia. La imagen de excentricidad y rebeldía que encarna, con el pelo semi-largo y la barba mal afeitada, acabará, más tarde, por convertirse en seña de identidad de los románticos europeos.
En Jean-Jacques la persona y la obra se entrecruzan, se mezclan, se superponen. Cautiva porque apela al corazón del lector, buscando su comprensión, su simpatía, su complicidad. En eso radica su modernidad –que no en sus ideas políticas-. ¿Cómo no sentirnos conmovidos por su proximidad y no apiadarnos por la profunda insatisfacción de ese ser lleno de amargura y de resentimiento social, sin familia y sin patria, que anhela ser querido y aceptado? Un hombre en guerra con el mundo, siempre por delante o por detrás de su época, inadaptado e incómodo entre la élite ilustrada, hedonista, materialista y descreída. "Un perro me resulta mucho más cercano que un hombre de esta generación" escribe en los Esbozos de las Meditaciones. Y los Diálogos aparecen encabezados con este verso de Ovidio: “Aquí soy un bárbaro porque estas gentes no me entienden”.

Es un individualista que anhela desprenderse de su individualismo y perderse en lo colectivo
A Jean-Jacques se le han puesto todo tipo de etiquetas: individualista y colectivista, defensor de la propiedad privada e igualitario, predecesor de Marx y teórico liberal, pensador anclado en el pasado y predecesor del Romanticismo, padre del Jacobinismo y padre de la Democracia moderna, padre del Totalitarismo, antecesor del Psicoanálisis, precursor del nacionalismo moderno, etc.
Entre tanta paternidad ¿qué etiqueta elegir? Si para abrirnos paso entre esta maraña de interpretaciones recurrimos a sus contemporáneos, quedaremos defraudados al constatar que tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios de 1789 utilizaron El contrato social como arma arrojadiza. En nombre de los ideales allí expuestos unos iban a prisión y otros los condenaban, unos subían a la guillotina y otros los guillotinaban. Los defensores del Antiguo Régimen editaban panfletos para demostrar que el “verdadero” Rousseau se oponía a los cambios revolucionarios. Y así es. Todos aquéllos que han visto afinidades entre su pensamiento y el comunismo o el anarquismo deberían leer sus Escritos sobre el Abbé de Saint-Pierre en los que se opone rotundamente a la utilización de medios violentos. Aún así, El contrato social se convirtió en libro de cabecera de Fidel Castro y en legado de Simón Bolívar a la universidad de Caracas, a pesar de que Proudhon lo había catalogado de “breviario de la tiranía”.
Otra lectura lo presenta como uno de los máximos representantes del siglo de las Luces. Pero, cuidado, no olvidemos que ya Diderot, en elEnsayo sobre los reinos de Claudio y de Nerón, le encuadró dentro de las Anti-Luces. No es que Rousseau viviera ajeno a los descubrimientos vanguardistas ni a las reflexiones más radicales de los ilustrados. Ni mucho menos. Se codeaba con ellos y tenía información de primera mano, incluso cenaba con Diderot y Condillac una vez a la semana en “Le panier fleuri”. Diderot le leía su Carta para los ciegos para uso de los que ven, un texto fundamental para entender su evolución hacia el spinozismo, el materialismo, el pre-darwinismo y el ateísmo. Jean-Jacques escucha, calla y acumula angustia y desazón hasta que, en 1756, rompe con sus antiguos amigos y se presenta públicamente como el defensor de la Providencia, escorando así hacia las Anti-Luces.

En la comunidad de hombres libres e iguales no tienen cabida quienes no sean propietarios
Rousseau es un individualista que anhela desprenderse de su individualismo y perderse en lo colectivo. Su ideal político remite a las repúblicas grecorromanas. Lo ratifican sus constantes elogios a Esparta y Roma en El contrato social así como el lamento de las Confesiones: “¡Por qué no habré nacido ciudadano romano!”. Y lo corroboran sus dos proyectos de constitución para Córcega y Polonia.
Su reivindicación de una comunidad todopoderosa y absoluta, presidida por la voluntad general, a la que el individuo se entrega con todos sus derechos y por la que está dispuesto a morir, no puede ser más ajena a la mentalidad ilustrado-liberal. Ni su negación de los derechos individuales, teorizados por Locke y recogidos en las declaraciones de derechos y en las constituciones del siglo XVIII. Basta recordar que en El contrato social restringe la libertad de expresión, de reunión y de asociación y que rechaza la división de poderes, el freno que Locke y Montesquieu blandían contra el poder absoluto.
Rousseau va a liquidar otro de los grandes logros ilustrados, el cosmopolitismo. El ideal de tolerancia y apertura al mundo, encarnado por la República de las Letras, será sofocado por el nuevo valor en alza, el patriotismo de raíces grecorromanas que Voltaire, en su artículo “patria” del Diccionario filosófico, califica de fanático y que en Rousseau raya en la xenofobia. “El patriotismo exige la exclusión” escribe en 1763, en carta a Leonard Vsteri. Y en Emilio ratifica: “Todo patriota es duro con los extranjeros (…) que no son nada”. Reforzar la identidad nacional se convierte en el gran objetivo de sus proyectos de constitución para Córcega y Polonia donde la educación es el arma utilizada para crear patriotas: “desde que nace, un niño no debe ver más que la patria”.

Jean-Jacques fue un misógino pertinaz idolatrado por las damas, que derramaron ríos de lágrimas con sus obras
Descartada la etiqueta de liberal, aún nos queda lidiar con la de igualitario. Es verdad que Rousseau habla mucho de igualdad y de libertad pero no nos engañemos. La imagen mítica que presenta en El Contrato social de una sociedad de hombres libres e iguales que resuelven sus asuntos reunidos en asamblea bajo un árbol, es una imagen falsa. Porque en realidad se trata de una comunidad de propietarios donde no tienen cabida los asalariados ni los sirvientes. Y es que, en el fondo, Rousseau siente un profundo desprecio por los no propietarios, como lo prueban la dedicatoria al Segundo Discurso, algunos párrafos de El Contrato social y las Cartas escritas desde la Montaña, donde abundan calificativos como populacho embrutecido e indigno, mercenarios, viles, canallas, etc.
Jean-Jacques fue, además, un misógino pertinaz idolatrado por las damas que derramaron ríos de lágrimas con Emilio y La Nueva Eloísa. Fugaz secretario de una proto-feminista, Mme. Dupin, fue inmune a sus argumentos. Es clamoroso el silencio de El contrato social en lo que se refiere a los derechos políticos de las mujeres; simplemente las ignora. Y en Emilio no vacila en recluirlas en el hogar, alejarlas de toda actividad pública y someterlas al varón, incluso en el terreno religioso.
Con Rousseau se inicia una nueva andadura en el pensamiento europeo, marcada por el surgimiento del romanticismo pero también del resurgir del antifeminismo y el despuntar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo. Aunque sus ideas han sido manipuladas y malinterpretadas, y la lectura dominante se ha empecinado en convertirlo en icono de la democracia moderna o en símbolo revolucionario, Jean-Jacques ha logrado su objetivo: ser recordado por la posteridad.
María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM

viernes, 12 de junio de 2009

BIBLIOTECA. "Lo que sé de los vampiros", novela de Francisco Casavella

Martín de Viloalle asumirá durante su vida las consecuencias de la única decisión que toma con plena libertad: acompañar a los jesuitas expulsados de España el 2 de abril de 1767. Ésa y otras circunstancias tragicómicas le llevarán hasta Roma, los estados alemanes, el reino de Dinamarca, el París revolucionario y aun más allá. En esos años, será miembro nada honorable de una sociedad marginal, itinerante, filosófica, artística o estafadora, dedicada a vagar de corte en corte para entretener el gusto, el sexo, el intelecto y, sobre todo, el tedio de la clase superior. Ilustrados y aventureros: personajes que construyen su identidad tras una máscara permanente hasta alcanzar claves muy peculiares sobre el engaño de la condición humana y el espejismo de la Historia. Visionarios corruptos quizá, pero visionarios al fin, que, adulando a la nobleza del Antiguo Régimen, modelaron las apariencias de una nueva época. La nuestra.
(Texto de la contracubierta)

Premio Nadal 2008, está editada por Destino, en su colección "Booket" (bolsillo), tiene 565 páginas, y está en la BIBLIOTECA.