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miércoles, 15 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. CINE. "Y Andy se hizo mayor", por Salvador Gutiérrez Solís

Salvador Gutiérrez Solís

En "El Día de Córdoba":

Y Andy se hizo mayor

Salvador Gutiérrez Solís
Actualizado 13.09.2010

Mi hijo me golpeaba el hombro al mismo tiempo que me preguntaba: ¿papá, por qué no nos vamos? Me inventé una excusa, le dije que los títulos de crédito escondían una nueva sorpresa. No le podía decir la verdad, que las lágrimas me llegaban a la barbilla y que me daba cierto -por no decir mucho- pudor que lo descubrieran los cientos de niños y padres que abarrotaban la sala de cine. Creo que basta este detalle para explicar las emociones, las sensaciones, que despertó en mi interior Toy Story 3. Estoy absolutamente de acuerdo con todos aquellos críticos que están encumbrando esta película, en primera posición no sólo en taquilla, de la misma manera que me adhiero, con los brazos abiertos, a la afirmación de que el mejor cine de los últimos años no ha sido protagonizado por seres humanos.
La animación cinematográfica vive una auténtica edad dorada, su gran momento, y no creo que este auge se pueda explicar, única y exclusivamente, por el desarrollo y avance de las nuevas tecnologías. Las tecnologías son el soporte, el medio, pero no son el talento, la emoción, la sensibilidad, el guión con la brillante sencillez y perfección de un artesanal reloj suizo. La animación actual juega con una gran ventaja, que no deja de ser una de sus grandes virtudes: la universalidad. Es decir, como el arte abstracto, que posibilitó que contara con admiradores de cualquier condición, admiradores que alcanzaban a descubrir diferentes planos o estratos de comprensión, según la sensibilidad y percepción de cada cual, la animación ha logrado atrapar no sólo a mayores y niños, también a eruditos del cine, a público generalista, a curiosos, exigentes, selectivos, etc.
Igualmente, la animación cinematográfica ha sabido adaptarse magníficamente a los cambios, aliarse con los tiempos y circunstancias que nos han tocado vivir, infinitamente mejor que cualquier otro género. Pixar tiene buena culpa de esto, ya que su propuesta ha marcado el camino de las restantes productoras. De los últimos años, dentro del género, destacaría Bichos y Hormigas, deliciosas ambas hasta en sus tomas falsas, Los Increíbles, Wall E o la deslumbrante Up, que cuenta con uno de los mejores arranques que he contemplado en la pantalla de un cine. La animación también ha llegado a nuestro país y ya somos capaces de crear productos de muy buena calidad que estamos exportando al resto del mundo. La andaluza El lince perdido o Planet 51 son dos magníficos ejemplos que nos demuestran que, definitivamente, la animación española ha alcanzado la mayoría de edad.
Y si cito títulos que me han sorprendido por diferentes motivos, no me puedo olvidar de Toy Story en cualquiera de sus entregas, pero muy especialmente de la tercera, última momentáneamente, y que podemos disfrutar en la sala de cine más cercana. Desde las creaciones más célebres y deslumbrantes de los hermanos Coen, no había asistido a tal despliegue imaginativo, a tan alucinante demostración de cómo un guión puede ser el perfecto andamiaje sobre el que se construye una película. Cada detalle, cada comentario, cada personaje forma parte de una sólida y compleja maquinaria que funciona a la perfección, sin estridencias, cuidando cada secuencia con esmero y arquitectura.
Toy Story es una obra divertida, a ratos desternillante, pero eso no es obvio para que, a la vez, aborde temas cruciales y profundos que a todos nos afectan. Regreso a mis palabras iniciales: emociona. La descripción, más aún, la fotografía/radiografía más intensa y nítida que he podido contemplar en la pantalla del fin del infancia, algo que todos nosotros vivimos y que, en determinadas ocasiones, puede llegar a ser muy traumático, me la ha mostrado Toy Story.
Porque en esta tercera entrega Andy se hace mayor, todo un universitario, y se ve en la obligación de renunciar al mundo que le ha rodeado durante la infancia. Un mundo que vemos reflejado en el propio físico de Andy, en una fotografía, en la decoración de su dormitorio, en las nuevas aficiones o en sus juguetes. Sin embargo, a pesar de la despedida de Andy, Toy Story es la gran metáfora de la infancia, de esa magia que consigue que los juguetes cobren vida y que los pasillos de nuestras casas se conviertan en exóticas selvas o en laberínticos palacios.

sábado, 24 de julio de 2010

PRENSA CULTURAL. CINE. Críticas de "Toy story 3"

En "El Día de Córdoba":
103 minutos de genio cinematográfico

Carlos Colón
Actualizado 23.07.2010

Animación, EEUU, 2010, 103 minutos. Dirección: Lee Unkrich. Guión: Michael Arndt. Música: Randy Newman. Con las voces originales de: Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack, Michael Keaton, Ned Beatty. Alkázar, Arcángel, Guadalquivir, El Tablero, Artesiete-Lucena.

El 22 de noviembre de 1995 el arte de la animación norteamericana vivió la quinta fecha más importante de su historia. La primera y la segunda fueron el 18 de noviembre de 1928 y el 21 de diciembre de 1937, fechas de los estrenos de Steamboat Willie -primer corto sonoro en color- y Blancanieves y los siete enanitos -primer largometraje animado y en color-, ambas de Disney. La tercera fue 1934, cuando Leon Schlesinger fundó en Sunset Boulevard su estudio de dibujos animados dependiente de Warner Bros., conocido como 'Termit Terrace', en el que reunió los excepcionales talentos de Fritz Freleng, Frank Tashlin, Tex Avery y el compositor Carl Stalling. La cuarta fue el 30 de septiembre de 1960, cuando el nuevo medio televisivo fue conquistado por Los Picapiedra de W. Hanna y J. Barbera, conociendo tal éxito que del horario infantil pasó al prime time. Y la quinta fue ese 22 de noviembre de 1995 en que los estudios Pixar estrenaron el primer largometraje totalmente animado por ordenador, Toy Story.
La unión de maestría técnica, inspiración creativa y talento para los guiones ha convertido a Pixar en estos 15 años en un coloso que atesora 24 nominaciones y siete premios Oscar, siete nominaciones y tres Globos de Oro y tres Emmy; en una máquina de hacer dinero tan productiva que se fusionó con Disney a través de un canje de acciones por valor de 7.400 millones de dólares y ostenta el récord de haber colocado el estreno de sus 11 películas en el primer lugar de recaudación: sólo en su primer fin de semana en Estados Unidos Toy Story 3 produjo 109 millones de dólares; y sobre todo -porque lo anterior es consecuencia de ello- la ha convertido en un taller creativo que alcanza la genialidad en la mayor parte de sus producciones, caso de las dos primeras Toy Story, Monsters Inc., Los increíbles, Wall-E o Up. En el cine actual estadounidense Pixar se ha convertido en el símbolo máximo de la unión entre creatividad y rentabilidad que hizo la gloria de los estudios de Hollywood.
Toy Story 3 sigue la milagrosa estela de sus inmediatas antecesoras Wall-E y Up, formando una trilogía sencillamente perfecta. El guión es una pieza maestra que maneja con habilidad motivos clásicos del cuento infantil -desde el drama del juguete desechado de El soldadito de plomo de Andersen al dolor por la pérdida de la propia infancia y la de los hijos del Peter Pan de Sir James Matthew Barrie- con elementos tomados de clásicos de la aventura como La gran evasión, del cine carcelario o de la moderna novelística de terror como It de Stephen King. Sin por ello renunciar, desde luego, a la creatividad de una historia divertida y emocionante, unos diálogos de gran comedia, unos nuevos personajes divertidísimos -el terrible Oso Amoroso y sus secuaces, el muñeco payaso amargado, el mono delator- y un desarrollo innovador de los ya conocidos, como la conversión de Buzz en un latin lover o el romance entre Barbie y Ken. La realización cinematográfica es tan perfecta que debería servir de ejemplo a los rutinarios directores pega-planos del actual cine comercial. La técnica, sobra decirlo, es, además de perfecta, innovadora.
La intensidad emocional lograda por las aventuras de los juguetes que ven con desesperación cómo su dueño se ha convertido en un joven que está a punto de entrar en la universidad -¿los guardará en recuerdo del cariño que les tuvo?, ¿los donará a una institución?, ¿los regalará a otros niños?, ¿los tirará a la basura?- alcanza cotas de grandísimo cine gracias a los talentos unidos del productor y animador John Lasseter (uno de los creadores de Pixar), el realizador Lee Unkrich (montador de Toy Story y realizador de Toy Story 2 o Buscando a Nemo) y el guionista Michael Arndt (autor de Pequeña Miss Sunshine). Unos talentos que logran producir, por ejemplo, un momento de extraordinaria emoción reviviendo el famoso efecto Kulechov (experimento de montaje que hacía expresar emociones diversas a un mismo plano de un rostro inexpresivo según los planos que le antecedieran y sucedieran) con un plano de Woody, convertido en un juguete inanimado de mirada fija e inexpresiva, convenientemente insertado entre dos planos de su dueño ahora convertido en un joven.
Porque lo formidable de estas películas es que logran, al final, tratar de emociones humanas -profundamente humanas- a través de muñecos que hacen olvidar que lo son sin dejar de asombrarnos y divertirnos por serlo. Al fin, como escribió Todorov, lo maravilloso, lo insólito o lo fantástico son diversas formas de expresar lo humano. No hace falta que se lo diga, como demuestran los datos de la taquilla internacional, pero no se la pierdan ni dejen que sus hijos, sobrinos o nietos lo hagan.

En "El País":
El juguete elevado a obra de arte

CARLOS BOYERO 23/07/2010

Después de excesivo tiempo fatigoso, aséptico, irritante o desolado para ese acto que siempre debería ser anhelante y feliz y que consiste en ir al cine, llega una película que colma expectativas, de la que sales sonriente y conmovido, que justifica el precio de la entrada. Pertenece a un género que nunca estuvo inscrito en los templos del arte más trascendente, que asociamos a los inolvidables placeres de la infancia, sin consistencia para los que la dejaron atrás. Se titula Toy story 3 . Es cine de animación, que es como ahora denominan a los eternos dibujos animados. Gracias a una factoría genial llamada Pixar, equivalente en imaginación, estilo, narrativa, atmósfera y talento a las fábricas de hacer películas más impresionantes que han existido (pongamos que hablo de RKO), creadora de una marca que pueden disfrutar los críos, pero que ante todo va dirigido a las neuronas y la sensibilidad del público adulto.
Si haces memoria, es difícil encontrar en los últimos veinte años un ejemplo tan maravilloso de cine puro y mudo como la primera parte de Wall-E (digna de Keaton y Chaplin), una forma tan primorosa de cómo contar una vida entera, de los juegos pletóricos y los aventureros sueños de infancia a la resignada tristeza y la soledad de la vejez, como en los diez minutos iniciales de Up, una comedia tan deliciosa como Los increíbles, esa familia de superhéroes consecuentemente deprimida al intentar integrarse en la normalidad. John Lasseter, alma de Pixar, y la hemorragia de inteligencia y creatividad que caracteriza a sus huestes, ya están más allá del elogio. Es paradójico que este universo de muñecos animados, junto a HBO, esa admirable productora de series de televisión, representen actualmente las esencias del mejor cine de siempre, el que no precisa de modas, el perdurable.
Pixar imaginó hace un montón de años en Toy story que los juguetes tenían vida, cerebro y sentimientos. En la tercera y sospecho que definitiva entrega de la saga, los juguetes lo tienen crudo, ha llegado su invierno, corren peligro de jubilación en el mejor de los casos, de acorralamiento, desecho y extinción en el peor. Su dueño ha crecido, se larga a la universidad, no hay sitio para que le acompañen los que durante tanto tiempo le hicieron feliz. El miedo y la incertidumbre de los juguetes está justificado. Les amenaza el trastero, o nuevos y desconocidos dueños, o la indeseada compañía en una guardería de otros de su misma especie que están resabiados y les encanta tener esclavos, o la trituradora, o el temible olvido de su poseedor ancestral. Deben elegir entre supervivencia y lealtades presuntamente inquebrantables.
El frenético arranque de Toy story 3 es deudor de La última cruzada de Indiana Jones. Pero también hay comedia loca. Y terror (ese oso paternal que huele a fresa, ese bebé monstruoso), aventura, piedad, humor, tensión. También puede humedecerte los ojos. Ninguna vergüenza por ello. No falta ni sobra nada en esta obra maestra.