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martes, 12 de abril de 2016

LITERATURA. "Juan Marsé: 'La Transición decretó la desmemoria'"

   En "Babelia":

Juan Marsé: “La Transición decretó la desmemoria”

Juan Marsé condensa en su nueva obra las grandes claves de su mundo. Socarrón y autocrítico, el escritor ajusta cuentas con políticos, nacionalismos y el cine actual

Juan Marsé, en Barcelona en 1982.
Juan Marsé, en Barcelona en 1982. 
En la mesa erizada por un centenar de artilugios para escribir de toda condición reposan unas galeradas de Esa puta tan distinguida (Lumen) con una veintena de marcas. “Son cosas que quiero retocar para la segunda edición”, comenta Juan Marsé (Barcelona, 1933), heredero literario del carácter meticuloso que ya mostraba el quinceañero que, en el taller de joyería, soldaba Cristos en la cruz. La obsesión por la palabra precisa, la placentera (o no) tortura de la escritura, es una de las aguas subterráneas que recorren quizá la obra que, junto a la pespunteada por demonios familiares Caligrafía de los sueños (2011), más trampantojos muestra del propio Marsé.

El escritor

“No ha tenido mucho gusto en haberse conocido, habría preferido pasar de largo de sí mismo”, se dibujó en 1987. Y desde ese brutal perfil que cerraba su Señoras y señores, no hay en la trayectoria de Marsé otro autorretrato como el que abre Esa puta tan distinguida, donde un escritor recibe el encargo de un guion cinematográfico sobre un antiguo crimen, lo que le lleva a entrevistar al asesino que, 30 años después, sabe que lo cometió pero no recuerda el porqué. Con el formato preferido del Marsé ante los periodistas (responder por escrito), el narrador hace lo propio dejando jirones de piel verdadera de su creador. “Hace tiempo que quería hacer algo así; además me iba bien para fijar de qué va la novela”, apunta Marsé tras la mesa.


“Nunca he dejado de pitorrearme de mí mismo y de otros y de todo tipo de nacionalismo; no voy a dejar de hacerlo ahora”

Aflora así el francotirador que siempre ha sido: “No milito bajo ninguna bandera (…) cualquier forma de nacionalismo me repugna. La patria que me proponen los nacionalistas es una carroña sentimental”, escribe. Quien ha declarado que se considera “un autor catalán que escribe en lengua castellana” y al que no le importa la gloria (“me tiene sin cuidado entrar en la historia de la literatura”), se ratifica, por herencia paterna, anticlerical (señala hoy, con la cabeza, unas caricaturas suyas sobre curas que salpican los anaqueles del despacho). Deja constancia de que declinó ser miembro de la Real Academia de la Lengua (como rechazara un homenaje de la Generalitat por sus 80 años) y se muestra leal con los suyos: ante el maremoto que ha sufrido su agencia literaria, Carmen Balcells (“el personaje de ficción que más admiro”, escribe), asegura que ya no la abandonará porque “a mi edad, vendría a ser como cambiar de tumbona la última noche del Titanic”.

La memoria

En los labios niños / las canciones llevan / confusa la historia / y clara la pena”. Con esos versos de Antonio Machado iba a encabezar Marsé Si te dicen que caí. En su autorretrato, habla de quien arrastra “un relámpago negro en el corazón y en la memoria”. Toda la obra de Marsé es memoria, lacerante y caprichosa: una puta distinguida. Es el trasfondo de esta novela y aquí tiene fecha: 1982. “La Transición española se construyó sobre la base de la memoria pactada; el gran sacrificado en España es la memoria colectiva”, dice. “La desmemoria fue decretada en este país oficialmente a partir de la Transición y después macerada y propiciada por determinadas políticas culturales; nos robaron y adulteraron el pasado”.




Juasn Marsé. Consuelo Bautista


En la novela, el asesino, Ricart, es sometido en 1949 a una psicoterapia de choque para borrarle la memoria en el centro psiquiátrico de Ciempozuelos por un equipo dirigido por el doctor Tejero-Cámara. Todo un trasunto de los experimentos reales que el jefe de los servicios psiquiátricos militares del franquismo, Antonio Vallejo-Nájera, puso en práctica con prisioneros republicanos para demostrar la debilidad mental de los rojos. “Podría entenderse como una metáfora del país que todavía no sabe cómo salir del túnel de la desmemoria. Pero hay que distinguir entre olvido y memoria”, argumenta Marsé. “El olvido es una estrategia del vivir: uno olvida ciertas cosas por voluntad propia aunque quizá no lo reconozca, es el ‘Vamos al olvidar eso’. La desmemoria es otra cosa: puede estar, y así ha ocurrido aquí, manipulada por los poderes políticos; la memoria del franquismo ha sido y sigue siendo manipulada, reordenada, recosida… Eso está en esta obra, pero no le voy a decir al lector cómo interpretar lo que hay. Siempre he querido ser alguien que sólo quiere contar historias y que se las cuenten. En mi opinión, los fulgores del intelecto no benefician en nada a la novela…”.
Convencido de que el mundo de la posguerra española “se ha prolongado tantísimo que, para mí, continúa siendo actual”, Marsé lleva toda una vida echándole un pulso a la memoria de la que, al menos desde El amante bilingüe (1990), “duda de su función cognoscitiva y esperanzadora”, como escribiera otro cultivador de ella, Manuel Vázquez Montalbán. “El escritor es memoria o no es nada; el pasado no acaba de pasar nunca”, afirma hoy Marsé.

La escritura

“Sé muy bien la distancia que media entre el proyecto literario y el resultado”, fija el escritor, que admite que en esta novela no puede negar que “hay mucho de autobiográfico, sobre todo en relación con la faena”. En voz del narrador, tras ver una vez más “oraciones simples convertidas en ceniza, era todo lo que tenía después de casi cinco horas de trabajo”, constata: “Durante los últimos años la conciencia del fracaso personal no ha hecho más que consolidarse y a menudo siento como si arrastrara el pesado fardo de una impostura y una impericia que ya sería hora de asumir públicamente de una vez”. Esa angustia Marsé la mal lleva, acentuada, desde 2005, cuando publicó Canciones de amor en Lolita’s Club: “Me sorprende haber dado por buenos tantos pasajes que necesitan retoques, ¿cuándo aprenderé?”, escribió entonces en unos diarios inéditos.
Pero todo viene aún de más atrás. “Me preocupa la forma, me desvivo por resultar atrayente”, escribe en 1957 el aprendiz literario a su primera gran mentora, la escritora Paulina Crusat. “Es una frase risible, de cuando yo aún debía querer ir a Hollywood, si no, no se explica”, ironiza hoy el escritor. “La verdad es que tuvo una paciencia tremenda… Un poco ese papel lo hace ahora mi editora, Silvia Querini”. Lo de la paciencia es clave: “Mis primeros borradores –admite Marsé- son impresentables, si salvo un par de líneas me doy por satisfecho: necesito encontrar la voz que me haga creíble lo que estoy contando”. Sigue escribiendo primero a mano y en una libreta, como cuando empezó a los 15 años garabateando los recuerdos de unos gitanos que vio un verano. “La primera versión me gusta contarla artesanalmente, no tengo prisa alguna, la escritura manual me ayuda a ese ritmo”. “Hasta que no tengo a veces esa pequeña cosa que rompa un capítulo o hallo el nombre de un personaje, pueden pasar meses”, reconoce.


“La tecnología está acabando con el cine que me gustaba: con ingenio y diálogos brillantes. Se ha infantilizado”

Las palabras se le siguen mostrando, a los 56 años de su debut, “marrulleras”, “afásicas”, y siempre encuentra “una frase que chirría, que se puede desmontar para que funcione mejor… Creí que con el tiempo, el aprendizaje y el dominio del instrumental que te has ido creando me ayudaría, pero no, descubrí hace ya mucho que cada vez que acabo un libro, el instrumental no me sirve para el próximo”. Sus folios, impresos tras una primera versión por ordenador, están masacrados con anotaciones a mano. Cuando hay “un texto cuya redacción no me va a avergonzar”, empieza con el editor el trasiego de papeles, en los últimos años en carpetas sólo amarillas o verdes, colores de la esperanza. “Con Carlos Barral no fue una relación tan intensa de editor y escritor, era más de amistad; con Gabriel Ferrater, imposible, porque era imposible pasar con él más de dos horas sin alcohol y entonces acababas charlando del Tour de Francia: era un forofo del ciclismo. Sí hablábamos más de los libros con Jaime Gil de Biedma…No sé si fue mi mejor lector”. No tiene uno de cabecera: “Confío en mi instinto”, zanja.
Quien dice que su patria está “en el lenguaje, no en la lengua”, admite, sin embargo, que ha tenido suerte con sus editores. “Excepto con José Manuel Lara Bosch, con el que no me entendí ni cuando se hizo cargo de la revista Por Favor, me considero afortunado: he trabajado con Mario Lacruz, Esther Tusquets, Beatriz de Moura y Elena Ramírez, hasta llegar a Querini”. En Esa puta tan distinguida, amén de un festival de recursos estilísticos a expensas del guion cinematográfico (abunda el flash-back, como en El fantasma del cine Roxy), Marsé ratifica el chispazo que le llevó a escribir y que ya evocó en Caligrafía…: tendría 14 años y una chica un poco mayor, ante la puerta del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona, le pidió que entrara con ella y le dijera a su profesor solo “He sido yo” y se fuera. La esperó en la calle como pactaron, pero no la vio más. Con los días, el niño pergeñó una pasión secreta entre alumna y profesor. Formular la historia fue la única manera de librarse de aquella obsesión. La semilla del Marsé narrador: “Con algunas variantes, el episodio es real. A los 14 años, quise ingresar en el Conservatorio y estudiar piano. No pudo ser”, recuerda ahora.




Juan Marsé en su casa en Barcelona. Consuelo Bautista


El asesinato, el barrio

El crimen de la meretriz en Esa puta…trae a la memoria al fiel seguidor de Marsé el crimen real de la prostituta Carmen Broto, que conmocionó Barcelona en 1949 (mismo año que el crimen del libro) por su brutalidad y la rumorología que vinculaba a la mujer con el poder político y eclesiástico y que el escritor utilizó en Si te dicen que caí (1973). “No tiene nada que ver; o quizá sí; es un reflejo de un hecho real; va con su resonancia en la Barcelona de aquellos años negros del franquismo, con el clima que quería recrear”, concede el escritor. “Ese asesinato me marcó la adolescencia: tenía 16 años, ocurrió cerca de casa y recuerdo el coche manchado de sangre… El periodista Josep Maria Huertas Clavería me proporcionó actas del juicio, impresionantes: recuerdo en una página que había, cosido, un trozo del pijama del asesino hallado en casa de la víctima…”.
Hay más personajes ya entrevistos: el “falangista pirado” Ramón Mir Altamirano asomó en Caligrafía de los sueños, si bien ni el falangista ni la prostituta son los de Si te dicen que caí, “aunque bien podrían serlo: todos los falangistas cabrones se parecían, y todas las desdichadas putas, también”. ¿Qué busca con esos cruces? “Nada especial, quizá resonancias: siempre he creído que no hay buena literatura sin resonancias. Ocurre que aquí transito por caminos ya frecuentados… No sé. Será que nunca termino de contar bien lo que quiero contar”.
No hubo nunca un crimen en la cabina de proyección del Delicias como se ambienta en Esa puta…, pero sí existió ese cine, también evocado en Caligrafía…,de los mejores del barrio de Gracia de Barcelona, área vital del niño Marsé y escenografía básica de su obra. En realidad, “el barrio de mis libros” es un corta y pega de calles de hoy dos distritos, el de Gracia y el de Horta-Guinardó, recreadas mil veces en su cabeza, seguramente desde 1961, cuando las describía en París, como texto de sus clases de castellano a la joven burguesa Teresa Casadesús, modelo para Últimas tardes con Teresa (1966).


“A menudo siento como si arrastrara el pesado fardo de una impostura y una impericia que ya sería hora de asumir públicamente”

Muchos escenarios han desaparecido (como la calle cerca de la Avenida de Montserrat que daba a una antigua torrentera donde estaba la casa de Rabos de lagartija, 2000), otros han mudado (la cooperativa La Lleialtat, donde se baila en Caligrafía…, es sede del Teatre Lliure) y otros siguen siendo bien reconocibles, como la carretera del Carmelo (y que transitaba raudo el Pijoaparte de Últimas tardes…) o la plaza Rovira (donde tomaba el sol el capitán Blay de El embrujo de Shanghai, 1993).

El cine y los demonios

“La tecnología está acabando con el cine que a mí me gustaba, hecho a base de ingenio y diálogos brillantes. Se ha infantilizado o algo así; la tecnología le ha traspasado la épica de los tebeos; a mí ha dejado de interesarme bastante y eso que fue muy importante, casi tanto como la literatura”, reconoce Marsé. En Esa puta… hay mucho guiño al cine: el narrador tiene una asistenta cinéfila, inspirada en la actriz Thelma Ritter, que aparecía en Eva al desnudo y en La ventana indiscreta. Y cobra vida el mito erótico de Gilda y las leyendas sobre su censura. También se da “un tácito ajuste de cuentas con algún productor que me adaptó algún libro” (léase Andrés Vicente Gómez y El embrujo de Shanghai), con la tragicómica degradación del proyecto cinematográfico.




Juan Marsé. Consuelo Bautista


Hay otras “coñas varias”, como las puyas contra la inflación de novela negra en España (“se ha convertido en un refugio de escritores veleidosos reconvertidos, hay una glorificación tremenda y, salvo unos nombres, casi todo es filfa”). Y un sonoro cachete a políticos y personajes del entorno del independentismo catalán como Joan Tardá, Gabriel Rufián, Pilar Rahola o Patricia Gabancho, apenas disimulados como artistas en un cartel de varietés, recurso como no se veía desde La muchacha de las bragas de oro (1978).“Nunca he dejado de pitorrearme de mí mismo y de otros y de todo tipo de nacionalismo; no voy a dejar de hacerlo ahora”. Y concluye: “En esta novela, todo es real menos el autor”. O justo al revés.




TRES NOMBRES PARA MARSÉ


Faneca. Juan Marsé nace en Barcelona el 9 de enero de 1933 bajo el nombre de Joan Faneca Roca. Tras la muerte de su madre por complicaciones en el parto, es adoptado por Pep Marsé y Alberta Carbó.

Pijoaparte. En 1966, este mes se cumplen 50 años, publica en Seix Barral su tercera novela, Últimas tardes con Teresa. El libro narra la relación entre Teresa, Maruja y Manolo, alias Pijoaparte, convertido ya en uno de los grandes personajes de la literatura española del siglo XX.

Cervantes. En 2008 gana el Premio Cervantes. “Olvidar el pasado no se aviene con la naturaleza y la función de la escritura”, dijo en su discurso.

jueves, 18 de febrero de 2016

NOVELA DE LA TRANSICIÓN. "Entre la reflexión y la intriga". José María Pozuelo Yvancos

   En "revistamercurio.es":

Entre la reflexión y la intriga

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEB 2016

La novela española durante la Transición vivió la coexistencia de dos líneas principales: la recuperación de la narratividad y la experimentación metaliteraria
© Astromujoff
© ASTROMUJOFF
El concepto y vocablo Transición viene ocupando un lugar reconocido en la historiografía literaria. Proveniente de la política, ha sido adoptado con frecuencia para referirse a varias cosas al mismo tiempo. Con los conceptos historiográficos hay que ser preciso, porque se tiende a usarlos de manera demasiado amplia y vaga. Por fortuna, a diferencia de otros conceptos (como ocurre singularmente con el de posmodernidad, que ha terminado por no decir mucho, queriendo decir tanto) la Transición tiene un inevitable anclaje cronológico, derivado de la Historia política: se denomina Transición a la época que va desde la muerte de Franco (1975) al triunfo del Partido Socialista en las elecciones de 1982. Si queremos ser estrictos la Transición es eso, si bien hay quien la quiere extender a la “movida” (remoción de estructuras y hábitos sociales) de toda la década de los ochenta, lo que nos llevaría a desvirtuar un momento que merece ser estudiado sin rigidez pero con la necesaria acotación.
Un segundo concepto de Transición en narrativa evita la rigidez cronológica y quiere referirse a los evidentes cambios que la novela española sufre desde la que podríamos llamar novela social-realista del franquismo. Esos cambios operan fundamentalmente en dos direcciones por los cuales una novela de Transición (en este sentido estilístico) se reconoce. Son dos direcciones curiosamente contradictorias entre sí. Por un lado se evidencia una tendencia a la recuperación de la narratividad, de los géneros de la intriga, bien sea policiaca o de novela histórica. Pero por otro hay una tendencia casi opuesta: la que Gonzalo Sobejano llamó ensimismada queriendo apelar a un tipo de novela reflexiva, fundamentalmente metaliteraria, esto es, vertida sobre el propio proceso de creación, en pugna con la simple narración de historias. Un tercer sentido de novela de Transición, pero que nos llevaría cronológicamente hasta la frontera del nuevo siglo, es la manera como ciertas novelas han reflejado el tema de la Transición política. Esta última acepción quedará fuera de este breve recuento.
Hay consenso en situar La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza en el quicio de la transición novelística, puesto que reúne varios de los elementos que definen el cambio de rumbo. Tiene la felicidad de coincidir su publicación con el año 1975 que sitúa el inicio del nuevo periodo historiográfico, pero además convienen a su estilo dos rasgos que serán predominantes en la Transición: la recuperación de la intriga ligada al desarrollo de una historia de investigación criminal y un fondo social y político que no se deja de lado. Podría decirse que en esta novela Mendoza realiza una síntesis muy hábil entre lo culto y lo popular, puesto que su lector no deja de verse atrapado por la intriga del género policiaco, pero respecto del cual hay una mirada desarrollada en planos de estructura muy trabajada. Otro autor que sirvió para la recuperación de la novela policiaca insertándola en un discurso político fue Manuel Vázquez Montalbán, quien inicia en 1972 la serie protagonizada por el comisario Carvalho, envuelto en intrigas de investigación criminal que tienen un reflejo de la sociedad política del momento, serie que en estos años de la Transición va desde la novela La soledad del manager (1977) hasta Asesinato en el Comité Central (1981), en el que actúa de fondo social el denominado eurocomunismo. Juan Marsé desarrolla por aquellos años casi en solitario un tipo de novela en el que el realismo centrado en la sociedad de la posguerra y el franquismo se ve asaeteado por los sueños de personajes que tienden a salir de las atmósferas sociales opresivas. Durante la época de la Transición en la que nos hemos centrado publicó Si te dicen que caí, aparecida en México en 1973 y en España en los años que hemos elegido como marco, y La muchacha de las bragas de oro (1978). Carmen Martín Gaite publica durante estos años Fragmentos de interior (1976) y El cuarto de atrás (1978), y ambas suponen la incorporación de la intimidad reflexiva sobre etapas de la formación de una sensibilidad femenina. Emblema generacional de la Transición fue Bélver Yin (1981) de Jesús Ferrero. Ambientada en China, inicia una forma de integración de cauces narrativos en la que el cosmopolitismo canaliza una visión de temas simbólicos y antropológicos. Otra vez las vertientes cultas se nutren de estructuras convencionales en la forma de novela histórica.
Hay consenso en situar ‘La verdad sobre el caso Savolta’ (1975) de Eduardo Mendoza en el quicio de la transición novelística, puesto que reúne varios de los elementos que definen el cambio de rumboLa segunda dirección de la novela de la Transición, la conocida como experimental y metaliteraria, tuvo enorme desarrollo. Aunque se publica tres años antes de la muerte de Franco, hay que convocar La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester, que fue emblemática de los nuevos tiempos narrativos, donde una fantasía desbordante y en planos estructurales complejos encauza de manera paródica temas de la historia de España. Otro novelista que desarrolló una quiebra del realismo con fábulas que revisitan la historia de España fue Juan Goytisolo, que en los años de la Transición publica Juan sin Tierra (1975) y Makbara (1980), ambas una revisión de la relación con la España musulmana, pero en estructuras sintácticas casi poemáticas. Julián Ríos publica en 1983 Larva, novela antirrealista de inspiración joyceana, donde el juego lingüístico y las metamorfosis verbales sustituyen a la historia.
En una convergencia donde se cruzan la narración histórica y el desarrollo metaliterario cabe situar la tetralogía titulada Antagonía de Luis Goytisolo, puesto que Recuento (1973), una novela que reconstruye la primera resistencia franquista en la Barcelona de los sesenta, ve desarrollarse en las siguientes entregas de la tetralogía —Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981)— toda una figuración intelectual y reflexiva sobre la propia creación novelística. También evoluciona hacia lo metaliterario Juan García Hortelano, que en estos años entrega Gramática parda (1982), una obra culturalista en el límite con el ensayo. Manuel Longares en La novela del corsé (1979) realiza una relectura con elementos de comentario e intertextuales de la tradición del folletín amoroso.
Libros Transición 2
Emerge como novelista de la Transición, en un plano intelectualista, la primera época de Juan José Millás, quien en Visión del ahogado (1977) reúne elementos de la novela policiaca y la simbología kafkiana. El José María Guelbenzu de El río de la luna (1981) supone la ruptura del realismo por el procedimiento de novela poética, puesto que es indagación simbólica en torno al tema amoroso en planos narrativos complejos. José María Merino en El caldero de oro (1981) imagina una novela como si fuera un palimpsesto en el que a modo de capas se superponen rescates de la memoria y elementos míticos.
Los años de la Transición asistieron finalmente al nacimiento para la novela de algunos de los autores de estilo más personal cuya obra ha continuado creciendo. Me refiero a Javier Marías, cuya primera novela, Los dominios del lobo, es de 1971 y que en los años que estamos siguiendo publica El monarca del tiempo (1978). Luis Mateo Díez aparece con Apócrifo del clavel y la espina (1977), sobre la pervivencia de una sociedad anacrónica, y con Las estaciones provinciales (1982) inicia una reconstrucción de la vida provinciana durante el franquismo. Álvaro Pombo publica en estos años Relatos sobre la falta de sustancia (1977) y El parecido (1979). Por último, Enrique Vila-Matas publica su primera novela, La asesina ilustrada, en 1977 y en 1982 reaparece con una colección de cuentos, Nunca voy al cine, donde se aprecia ya su visión irónica en la que la experiencia es metamorfoseada por la ficción.
Hecho un balance, podría decirse que la novela española durante la Transición no únicamente desarrolló un lenguaje narrativo preocupado por indagar nuevos ámbitos, sino que vivió la coexistencia de dos líneas principales: la recuperación de la narratividad y la experimentación metaliteraria.

martes, 9 de febrero de 2016

NARRACIONES DE LA TRANSICIÓN. "El 'vintage' como relato sentimental". Marta Sanz

   En "revistamercurio.es":

El ‘vintage’ como relato sentimental

MARTA SANZ  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEBRERO 2016

La Transición no es solo un tema visible en ficciones que la retratan desde abajo o desde arriba, son también las narrativas en las que cuajan los valores del periodo, su ideología
© Astromujoff

© ASTROMUJOFF
1Me pregunto si podemos construir la memoria sin apelar al sentimiento o las sensaciones, y me respondo que no, que no podemos. A veces no podemos hacer ciertas cosas, aunque ahora se tolere mal la frustración y se vendan utopías de andar por casa. Pero no podemos resignarnos ni construir la memoria sin apelar al olor de las magdalenas o a la armonía de los himnos. No podemos construir la memoria colectiva sin apelar a las pequeñas conciencias individuales y esas conciencias individuales están llenas de liendres, dientes de leche, hematomas, orgasmos felices… Así operan la fría estadística, los datos que soportan el relato histórico y, desde luego, la literatura. No hay memoria sin relato. El relato es la memoria. No podemos narrar sin sentimiento, pero sí podemos hacerlo sin sentimentalismo. Tratando de reblandecer lo menos posible la narración de lo que nos concierne a todos, sin limar cierta aspereza que a veces es urgente, incidiendo en lo que nos une pero también en lo que nos separa. Es inevitable no deformar el relato y, si lo hacemos, retorciéndolo, tergiversándolo, falsificándolo con nuestros filtros y nuestro dar gato por libre incluso cuando no queremos, reconozcámoslo. No finjamos una pureza que siempre es de color blanco sucio. Del color que se quedan las blusas blancas que se han echado demasiadas veces a la lavadora.
2La mayoría de los escritores españoles nacidos entre las décadas de los treinta y los setenta tenemos nuestro propio relato sentimental de la Transición. Porque hemos escrito novelas autobiográficas o porque hemos enmascarado nuestro presente vital y, en nuestras máscaras, nos hemos delatado aún más que en nuestros desnudos. Hemos hablado de nuestra juventud o de nuestros padres y abuelos, de una madurez heroica en la que nos sentimos protagonistas del cambio o personajes heridos por el desencanto y la falta de energía. Hemos escrito novelas históricas y de detectives como las de Vázquez Montalbán que se inventa a Carvalho para repasar la actualidad desde las ficciones: Asesinato en el Comité Central. Pero también la España tardofranquista de Los alegres muchachos de Atzavara. Novelas de espionaje. Novelas de amor que descorrían la suciedad de la represión nacionalcatólica —Celia muerde la manzana— y novelas que celebraban el eslogan de que, aunque después llegase el pánico y los pulmones de acero, con la movida todos follamos más y mejor. Novelas costumbristas y novelas de aprendizaje que se iluminan con las bolas de cristalitos que transforman las pistas de baile en un sueño de LSD. Novelas como falsos documentales. Anatomía de un instante de Javier Cercas y otras autoficciones. Novelas que juegan con los filos de lo verdadero y lo falso para colocarnos ante las grandes preguntas de una supuesta moral universal que no sé si existe o coincide siempre con la moral del Imperio de turno. Novelas que desde lo pequeño pretenden hablar de lo grande y otras que adoptan como protagonistas a las personalidades estelares de la Historia como Francomoribundia de Cebrián. Hemos contado la Transición desde muchas de sus facetas y los límites del concepto se han emborronado cronológicamente: Belén Gopegui en La conquista del aire aborda una épica y ética del dinero que hubiese sido incomprensible sin las nuevas relaciones de clase, sin los valores que inaugura el capitalismo democrático o la democracia capitalista, expresiones que quizá no remiten a realidades idénticas; puede que siempre fuesen un oxímoron. A lo mejor las novelas de la crisis siguen siendo relatos de la Transición. Me lo temo, me lo estoy temiendo. La Transición es el gran eje en torno al que pivota todo. El momento culminante. El clímax de nuestra historia real y contada. Toda la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX y de la primera mitad del XXI podría interpretarse como una precuela o una secuela del gran relato de la Transición: Ramiro Pinilla, García Hortelano, Martín Gaite, los Goytisolo, Marsé, Pérez Andújar, Ovejero, Royuela, Martínez de Pisón, Mañas, El vano ayer de Isaac Rosa,Verano de Manuel Rico, las novelas de Almudena Grandes o los diarios y memorias de Laura Freixas, El comensal de Gabriela Ybarra… Precuelas o secuelas de la Santa Transición diseccionada como un cadáver hediondo en los libros de Rafael Chirbes. Y de Rafael Reig.
3Pero la Transición no es solo un tema —¿manoseado?— que cuaja en ficciones que la retratan desde abajo o desde arriba, a modo de flash back o flash forward, con mirada lírica o pornográfica, desde el intento de predicación o desde la democrática necesidad de procurar ponerles nombre a nuestras incertidumbres. Reconstruyendo al niño que cada adulto aloja en su barriga o anticipando al adulto que cada niño lleva cosido al ombligo, detrás de los ojos, muy dentro de él. La Transición también son las narrativas en las que cuajan los valores del periodo, su ideología. Y esas narraciones casi siempre hablaban de otro lugar y otro tiempo, de gente que no existía o, si existía, se encerraba en sus urbanizaciones, sus consultas psiquiátricas o sus palcos de la ópera. Estas historias tenían un trasfondo de felicidad constructiva, de confianza en el propio relato, que encajaba con la euforia por la defunción del Monstruo. Curiosamente las narraciones de la Transición destilan una gran confianza en el relato y sus mecanismos relojeros, en entramados y urdimbres, a la vez que empatizan con la desconfianza en las palabras y discursos. En los metarrelatos. Las narraciones de la Transición, que casi nunca tenían como tema la Transición, depositan su confianza en la sintaxis y se apartan de la semántica. Al menos de una semántica que no se base en una única relación de significado: la polisemia que tan bien combina con el prejuicio de ambigüedad que se le supone, por definición —¿de quién?— a toda la literatura.
4Relatos sentimentales de la Transición son una gran parte de los capítulos de Cuéntame. Y los anuncios de las cuentas bancarias que utilizan como icono a Vicky, el Vikingo. Relatos sentimentales de la Transición son los libros que reconstruyen nuestro pequeño mundo de la EGB y las muletillas con que nuestras madres nos regañaban en los setenta. Relatos sentimentales de la Transición son los programas de la 2, con voz en off de Santiago Segura, donde se recuperan las antiguas canciones —“Gloria, faltas en el aire…”— y el anuncio en el que un señor con micrófono aterriza en mitad del patio de un colegio para comprobar cuántas madres han untado margarina en el bocadillo de chorizo de sus hijos. Relatos sentimentales de la Transición son los recuerdos de tebeo y la idea genial de Carlos Portela y Purita Campos de inventar la historia de Esther en el siglo XXI: la niña de trece años que a finales de los setenta estaba enamorada de Juanito y vivía en una pequeña ciudad no muy lejos de Londres, se hace mayor, se divorcia, tiene una hija, se reencuentra con su amor de juventud… Tal vez deberíamos preguntarnos si los relatos sentimentales sirven para construir la historia o únicamente para tocarnos esa fibra que nos hace especialmente sensibles a la publicidad y nos mueve a comprar a quienes ya tenemos edad suficiente para ser compradores. El vintage es el relato sentimental de la Transición. Veo recortables con mariquitinas en las papelerías pijas. Veo Nancys, Scalextric, Airgam Boys. Veo bollitos Pantera Rosa en las grandes superficies comerciales. Siento un escalofrío cuando, al escuchar una canción de Las Grecas, me vuelvo loca en los karaokes.