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viernes, 3 de junio de 2016

LIBROS. ENSAYO. "Glucksmann y el eterno retorno de Voltaire"

   En "El País":

Glucksmann y el eterno retorno a Voltaire

Llega a las librerías la versión en español de ‘Voltaire contraataca’, el libro póstumo del pensador francés fallecido hace seis meses

El ensayista propone releer al autor de 'Cándido' como medicina frente a los males del mundo actual

André Glucksmann, en 2010 en Madrid.
André Glucksmann, en 2010 en Madrid. 
Siempre que el viento viene negro se acaba echando mano de Voltaire. En 1989 el ayatolá Jomeini dictó una fatwa condenando a muerte a Salman Rushdie y en una pared de Londres apareció una pintada icónica: “Que alguien avise a Voltaire”. En enero de 2015 los hermanos Kouachi asaltaron la sede de Charlie Hebdo y mataron a 13 personas y, en pocos días, los libreros de París y las listas de Amazon comprobaron incrédulos cómo un libro escrito unos 250 años antes,Tratado sobre la tolerancia, se convertía en un fenómeno de ventas. Y antes de aquella masacre al grito de “¡Al- lahu akbar!”, en 2014, como veía que la humanidad y su hábitat, el mundo, se empeñaban en suicidarse cada día un poco más, André Glucksmann creyó necesario escribir una nueva reivindicación de Voltaire. Al año siguiente, el 9 de noviembre de 2015 —cuatro días antes de los atentados de París— Glucksmann (Boulogne-Billancourt, 1937) moría en la capital francesa. Y ahora, seis meses después, Voltaire contre-attaque llega a las librerías en su versión en español (Voltaire contraataca,editado por Galaxia Gutenberg).

martes, 5 de enero de 2010

LECTURA. "Cándido", de Voltaire (17)



Capítulo XX
De lo que sucedió a Cándido y a Martín en alta mar

Se embarcó, pues, para Burdeos con Cándido, el docto anciano, cuyo nombre era Martín. Ambos habían visto y habían padecido mucho; y aun cuando el navío hubiera ido de Surinam al Japón por el cabo de Buena Esperanza, no les hubiera en todo el viaje faltado materia para discurrir acerca del mal físico y el mal moral.
Verdad es que Cándido le sacaba muchas ventajas a Martín, porque éste no tenía cosa ninguna que esperar, y aquél llevaba la esperanza de ver nuevamente a la señorita Cunegunda y le quedaban oro y diamantes; de suerte que, si bien había perdido cien carneros cargados de las mayores riquezas de la tierra, y le roía continuamente la bribonada del patrón holandés, cuando pensaba en lo que aún llevaba en su bolsillo, y hablaba de Cunegunda, sobre todo después de comer, se inclinaba hacia el sistema de Pangloss.
-Y usted, señor Martín -le dijo al sabio-, ¿qué piensa de todo esto? ¿Qué opina del mal físico y el mal moral?
-Señor -respondió Martín-, los clérigos me han acusado de ser sociniano; pero la verdad es que soy maniqueo.
-Usted se burla -replicó Cándido-, ya no hay maniqueos en el mundo.
-Pues yo en el mundo estoy -dijo Martín- y no creo en otra cosa.
-Menester es que tenga usted el diablo en el cuerpo -repuso Cándido.
-Tanto se mezcla en los asuntos de este mundo -dijo Martín-, que bien puede ser que esté en mi cuerpo lo mismo que en todas partes. Confieso que, cuando tiendo la vista por este globo o glóbulo, se me figura que Dios lo ha dejado a disposición de un ser maléfico, exceptuando siempre a El Dorado. Aún no he visto un pueblo que no desee la ruina del pueblo vecino, ni una familia que no quiera exterminar otra familia. En todas partes los débiles execran a los poderosos y se postran a sus plantas, y los poderosos los tratan como rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millón de asesinos en regimientos recorren Europa entera, saqueando y matando con disciplina, porque no saben oficio más honroso; en las ciudades que en apariencia disfrutan paz y en que florecen las artes, están roídos los hombres de más envidia, inquietudes y afanes que cuantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son más crueles los pesares secretos que las miserias públicas; en resumen: he visto tanto y he padecido tanto, que soy maniqueo.
-Cosas buenas hay, no obstante -replicó Cándido.
-Podrá ser -decía Martín-, mas no las conozco.
En esta disputa estaban cuando se oyeron descargas de artillería. De uno en otro instante crecía el estruendo y todos se armaron de un anteojo. Se veían como a distancia de tres millas dos navíos que combatían, y los trajo el viento tan cerca del navío francés a uno y a otro, que tuvieron el gusto de mirar el combate muy a su sabor. Al cabo, uno de los navíos descargó una andanada con tanto tino y acierto, y tan a flor de agua, que echó a pique a su contrario. Martín y Cándido distinguieron con mucha claridad la cubierta de la nave donde zozobraban unos cien hombres; todos alzaban las manos al cielo dando espantosos gritos; al momento fueron tragados por el mar.
-Vea usted -dijo Martín-, pues así se tratan los hombres unos a otros.
-Verdad es -dijo Cándido- que anda aquí la mano del diablo.
Diciendo esto, advirtió algo de un encarnado muy subido, que nadaba junto al navío; echaron la lancha para ver qué era, y resultó ser uno de sus carneros. Más se alegró Cándido por haber recobrado este carnero, que lo que había sentido la pérdida de los otros cien cargados con gruesos diamantes de El Dorado.
En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navío sumergidor era español, y el del navío sumergido un pirata holandés, el mismo que había robado a Cándido. Con el pirata se hundieron en el mar las inmensas riquezas de que se había apoderado el infame y sólo se libertó un carnero.
-Ya ve usted -dijo Cándido a Martín- que a veces llevan los delitos su merecido: este pícaro holandés ha sufrido una pena digna de sus maldades.
-Está bien -dijo Martín-, mas ¿por qué han muerto los pasajeros que venían en su navío?; Dios ha castigado al malo y el diablo ha ahogado a los buenos.
Seguían en tanto su ruta el navío francés y el español, y Cándido continuaba sus conversaciones con Martín. Quince días sin parar disputaron, y tan adelantados estaban el último día como el primero; pero hablaban, se comunicaban sus ideas y se consolaban. Cándido, pasando la mano por el lomo a su carnero, le decía:
-Si he podido hallarte a ti, también podré hallar a Cunegunda.

sábado, 2 de enero de 2010

LECTURA. "Cándido", de Voltaire (16)



Capítulo XIX
Lo que les ocurrió en Surinam y de cómo Cándido conoció a Martín


La primera jornada de nuestros dos caminantes fue bastante agradable, alentados por la idea de encontrarse posesores de mayores tesoros que cuantos en Asia, Europa y África se podían reunir. El enamorado Cándido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de los árboles. En la segunda jornada se hundieron en pantanos dos carneros y perecieron con la carga que llevaban, otros dos se murieron de cansancio algunos días después; luego perecieron de hambre de siete a ocho en un desierto; de allí a algunos días se cayeron otros en unos precipicios; por fin, a los cien días de viaje, no les quedaron más que dos carneros. Cándido dijo a Cacambo:
-Ya ves, amigo, qué deleznables son las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud y la dicha de ver nuevamente a la señorita Cunegunda.
-Lo confieso así -dijo Cacambo-; pero todavía tenemos dos carneros con más tesoros que cuantos podrá poseer el rey de España, y desde aquí diviso una ciudad que presumo ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestras miserias tocamos y al principio de nuestra ventura.
En las inmediaciones del pueblo encontraron a un negro tendido en el suelo, que no tenía más que la mitad de su vestido, esto es, unos calzoncillos de lienzo azul; al pobre le faltaba la pierna izquierda y la mano derecha.
-¡Dios mío! -le dijo Cándido-, ¿qué haces ahí, amigo, en la terrible situación en que te veo?
-Estoy aguardando a mi amo, el señor de Vanderdendur, famoso negociante -respondió el negro.
-¿Ha sido, por ventura, el señor Vanderdendur quien tal te ha parado? -dijo Cándido.
-Sí, señor -respondió el negro-; así es de práctica: nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos vistamos. Cuando trabajamos en los ingenios de azúcar y nos coge un dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; cuando nos queremos escapar, nos cortan una pierna; yo me he visto en ambos casos, y a ese precio se come azúcar en Europa. Sin embargo, cuando mi madre me vendió en la costa de Guinea, por dos escudos patagones, me dijo: "Hijo mío, da gracias a nuestros fetiches y adóralos sin cesar para que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de nuestros señores los blancos y de hacer afortunados a tu padre y a tu madre". Yo no sé, ¡ay!, si los he hecho afortunados; lo que sé es que ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los papagayos lo son mil veces menos que nosotros. Los fetiches holandeses que me han convertido dicen que los blancos y los negros somos hijos de Adán. Yo no soy genealogista: pero si los predicadores dicen la verdad, todos somos primos hermanos; y no es posible portarse de un modo más horroroso con sus propios parientes.
-¡Oh, Pangloss! -exclamó Cándido-; esta abominación no la habías adivinado: se acabó, será fuerza que abjure de tu optimismo.
-¿Qué es el optimismo? -dijo Cacambo.
-¡Ah! -respondió Cándido-, es la manía de sustentar que todo está bien cuando está uno muy mal.
Vertía lágrimas al decirlo, contemplando al negro, y entró llorando en Surinam.
Lo primero que preguntaron fue si había en el puerto algún navío que se pudiera fletar a Buenos Aires. El hombre a quien se lo preguntaron era justamente un patrón español, que se ofreció a negociar honradamente con ellos, y les dio cita en una hostería, adonde Cándido y Cacambo lo fueron a esperar con sus carneros.
Cándido, que llevaba siempre el corazón en las manos, contó todas sus aventuras al español y le confesó que quería raptar a la señorita Cunegunda.
-Ya me guardaré yo -le respondió aquél- de pasarlos a ustedes a Buenos Aires, porque sería irremisiblemente ahorcado, y ustedes ni más ni menos; la hermosa Cunegunda es la favorita de Monseñor.
Este dicho fue una puñalada en el corazón de Cándido; lloró amargamente, y, después de su llanto, llamando aparte a Cacambo, le dijo:
-Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer: cada uno de nosotros lleva en el bolsillo uno o dos millones de pesos en diamantes, y tú eres más astuto que yo; vete a Buenos Aires en busca de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil duros; si no basta, dale doscientos mil: tú no has muerto a inquisidor ninguno y nadie te perseguirá. Yo fletaré otro navío y te iré a esperar a Venecia, que es país libre, donde no hay ni búlgaros, ni ávaros, ni judíos, ni inquisidores que temer.
Le pareció bien a Cacambo tan prudente determinación. Lo afligía separarse de un amo tan bueno; pero la satisfacción de servirle pudo más que el sentimiento de dejarle. Se abrazaron derramando muchas lágrimas; Cándido le encomendó que no se olvidara de la buena vieja, y Cacambo partió aquel mismo día; el tal Cacambo era un excelente individuo.
Se detuvo algún tiempo Cándido en Surinam, esperando a que hubiese otro patrón que lo llevase a Italia con los dos carneros que le habían quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo cuanto era necesario para un largo viaje; finalmente, se le presentó el señor Vanderdendur, armador de una gruesa embarcación.
-¿Cuánto pide usted -le preguntó- por llevarme directamente a Venecia, con mis criados, mi bagaje y los dos carneros que usted ve?
El patrón pidió diez mil duros y Cándido se los ofreció sin rebaja.
"Hola, hola", dijo entre sí el prudente Vanderdendur. "¿Conque este extranjero da diez mil duros sin regatear? Menester es que sea muy rico".
Volvió de allí a un rato y dijo que no podía hacer el viaje por menos de veinte mil.
-Veinte mil le daré a usted -dijo Cándido.
"Toma", dijo en voz baja el mercader, "¿conque da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil?".
Otra vez volvió, y dijo que no lo podía llevar a Venecia si no le daba treinta mil duros.
-Pues treinta mil serán -respondió Cándido.
"¡Ah!, ¡ah!", murmuró el holandés; "treinta mil duros no le cuestan nada a este hombre; sin duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros; no insistamos más; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego veremos".
Vendió Cándido los diamantes, que el más chico valía más que todo cuanto dinero le había pedido el patrón, y le pagó por adelantado. Estaban ya embarcados los dos carneros, y seguía Cándido de lejos en una lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patrón se aprovecha de la ocasión, leva anclas y sesga el mar llevando el viento en popa. En breve lo pierde de vista Cándido, confuso y estupefacto.
-¡Ay! -exclamaba-, esta picardía es digna del antiguo hemisferio.
Se vuelve a la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para hacer ricos a veinte monarcas. Fuera de sí, se va a dar parte al juez holandés, y en el arrebato de su turbación llama muy recio a la puerta; entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo más de lo que era regular. Lo primero que hizo el juez fue condenarle a pagar diez mil duros por la bulla que había metido: le oyó luego con mucha pachorra, le prometió que examinaría el asunto así que volviera el mercader, y exigió otros diez mil duros por los derechos de audiencia.
Esta conducta acabó de desesperar a Cándido; y, aunque a la verdad había padecido otras desgracias mil veces más crueles, la calma del juez y del patrón que le había robado le exaltaron la cólera y le ocasionaron una negra melancolía. Se presentaba a su mente la maldad humana en toda su fealdad, y sólo pensamientos tristes revolvía. Por fin, estando dispuesto a salir para Burdeos un navío francés, y no quedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en lo que valía un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad que pagaba el viaje, la manutención y daba dos mil duros a un hombre de bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el más descontento de su suerte y el más desdichado de la provincia.
Se presentó una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podido caber en una escuadra. Queriendo Cándido escoger los que mejor educados parecían, señaló hasta unos veinte que le parecieron más sociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. Los reunió en su posada y los convidó a cenar, poniendo por condición que hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su propia historia, y prometiendo escoger al que más digno de compasión y, a justo título, más descontento de su suerte le pareciese, y dar a los demás una gratificación. Duró la sesión hasta las cuatro de la madrugada; y al oír sus aventuras o desventuras se acordaba Cándido de lo que le había dicho la vieja cuando iban a Buenos Aires y de la apuesta que había hecho de que no había uno en el navío a quien no hubiesen acontecido gravísimas desdichas. A cada desgracia que contaban, pensaba en Pangloss y decía: el tal Pangloss apurado se había de ver para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. Es cierto que si todo está bien es en El Dorado, pero no en el resto del mundo. Finalmente, se determinó en favor de un hombre docto y pobre, que había trabajado diez años para los libreros de Ámsterdam. Cándido pensó que no había en el mundo otro oficio más lamentable.
Este sabio, que era hombre de muy buena pasta, había sido robado por su mujer, aporreado por su hijo, y su hija lo había abandonado para escaparse con un portugués. Le acababan de quitar un miserable empleo del cual vivía y lo perseguían los predicadores de Surinam porque lo tachaban de sociniano. Hase de confesar que los demás eran por lo menos tan desventurados como él; pero Cándido esperaba que con el sabio se aburriría menos en el viaje. Todos sus competidores se quejaron de la injusticia manifiesta de Cándido; mas éste los calmó repartiendo cien duros a cada uno.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LECTURA. "Cándido", de Voltaire (15)



Capítulo XVIII
Lo que vieron en El Dorado


Cacambo manifestó su curiosidad al huésped, y éste le dijo:
-Yo soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo tenemos a un anciano retirado de la corte, que es el hombre más docto del reino, y el más comunicativo.
Dicho esto, llevó a Cacambo a casa del anciano. Cándido, desempeñando un papel secundario, acompañaba a su criado. Entraron ambos en una casa sin pompa, porque las puertas no eran más que de plata y los techos de los aposentos de oro, pero estaban labrados con tan fino gusto, que los más ricos techos no eran superiores a ellos; la antesala sólo estaba incrustada de rubíes y esmeraldas, pero el orden con que todo estaba arreglado reparaba esta excesiva simplicidad.
Recibió el anciano a los dos extranjeros en un sofá de plumas de picaflor y les ofreció varios licores en vasos de diamante; luego satisfizo su curiosidad en estos términos:
-Yo tengo ciento sesenta y dos años, y mi difunto padre, caballerizo del rey, me contó las asombrosas revoluciones del Perú que él había presenciado. El reino donde estamos es la antigua patria de los incas, que cometieron el disparate de abandonarla por ir a sojuzgar parte del mundo, y que al fin fueron destruidos por los españoles. Más prudentes fueron los príncipes de su familia, que permanecieron en su patria y por consentimiento de la nación dispusieron que no saliera nunca ningún habitante de nuestro pequeño reino, por lo cual se ha mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los españoles han tenido una confusa idea de este país, que han llamado El Dorado , y un inglés, el caballero Raleigh, llegó aquí hace unos cien años; pero, como estamos rodeados de peñascos inabordables y de precipicios, siempre hemos vivido exentos de la rapacidad de los europeos, que aman con furor inconcebible los pedruscos y el lodo de nuestra tierra y que, para apoderarse de ellos, hubieran acabado con todos nosotros sin dejar uno vivo.
Fue larga la conversación, y se trató en ella de la forma de gobierno, de las costumbres, de las mujeres, de los teatros y de las artes; finalmente, Cándido, que era muy aficionado a la metafísica, preguntó, por medio de Cacambo, si tenían religión los moradores.
Se sonrojó un poco el anciano y respondió:
-Pues ¿cómo lo dudáis? ¿Creéis que tan ingratos somos?
Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religión era la de El Dorado. Otra vez se abochornó el anciano y le replicó:
-¿Acaso puede haber dos religiones? Nuestra religión es la de todo el mundo: adoramos a Dios noche y día.
-¿Y no adoráis más que un solo Dios? -repuso Cacambo, sirviendo de intérprete a las dudas de Cándido.
-¡Como si hubiera dos o tres o cuatro! -dijo el anciano-. ¡Vaya, que las personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras!
No se hartaba Cándido de preguntar al buen viejo, y quería saber qué era lo que pedían a Dios en El Dorado.
-No le pedimos nada -dijo el respetable y buen sabio- y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo cuanto necesitamos; pero le tributamos sin cesar acción de gracias.
Cándido tuvo curiosidad de ver a los sacerdotes y preguntó dónde estaban; el venerable anciano le dijo sonriéndose:
-Amigo mío, aquí todos somos sacerdotes; el rey y todos los jefes de familia cantan todas las mañanas solemnes cánticos de acción de gracias, que acompañan cinco o seis músicos.
-¿No tenéis frailes que enseñen, disputen, gobiernen, enreden y quemen a los que no son de su parecer?
-Menester sería que estuviéramos locos -respondió el anciano-; aquí todos somos de un mismo parecer y no entendemos qué significan vuestros frailes.
Estaba Cándido como extático oyendo estas razones y decía para sí: "Muy distinto país es éste de Westfalia y del castillo del señor barón; si nuestro amigo Pangloss hubiera visto El Dorado, no diría que el castillo de Thunder-ten-tronckh era lo mejor que había en la tierra. Es necesario viajar".
Acabada esta larga conversación, hizo el buen anciano preparar un coche tirado por seis carneros, y dio a los dos caminantes doce de sus criados para que los llevaran a la corte.
-Perdonad -les dijo- si me priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de modo que quedéis gustosos, y sin duda disculparéis las costumbres del país, si alguna de ellas os desagrada.
Montaron en coche Cándido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y en menos de cuatro horas llegaron al palacio del rey, situado en un extremo de la capital. La puerta principal tenía doscientos veinte pies de alto y cien de ancho, y no es dable decir de qué materia era; harto se ve qué superioridad prodigiosa necesitaba tener sobre esos pedruscos y esa arena que nosotros llamamos oro y piedras preciosas.
Al apearse Cándido y Cacambo del coche, fueron recibidos por veinte hermosas doncellas de la guardia real, que los llevaron al baño y los vistieron con un ropaje de plumón de picaflor; luego los principales oficiales y oficialas de palacio los condujeron al aposento de Su Majestad, entre dos filas de mil músicos cada una. Cuando estuvieron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo a uno de los oficiales principales cómo habían de saludar a Su Majestad, si hincados de rodillas o arrastrándose por el suelo; si habían de poner las manos en la cabeza o en el trasero; si habían de lamer el polvo de la sala; en resumen: cuáles eran las ceremonias.
-La práctica -dijo el oficial- es dar un abrazo al rey y besarle en ambas mejillas.
Se abalanzaron, pues, Cándido y Cacambo al cuello de Su Majestad, el cual correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortésmente a cenar. Entre tanto les enseñaron la ciudad, los edificios públicos que escalaban las nubes, las plazas del mercado, ornadas de mil columnas, las fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que sin parar corrían en vastas plazas empedradas con una especie de piedras preciosas que esparcían un olor parecido al del clavo y la canela. Quiso Cándido ver la sala del crimen y el tribunal, y le dijeron que no los había, porque ninguno litigaba; se informó si había cárcel y le fue dicho que no; pero lo que más sorpresa y satisfacción le causó fue el palacio de las Ciencias, donde vio una galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y matemáticas.
Habiendo recorrido aquella tarde como la milésima parte de la ciudad, los trajeron de vuelta a palacio. Cándido se sentó a la mesa entre Su Majestad, su criado Cacambo y muchas señoras, y no se puede ponderar la delicadeza de los manjares, ni los dichos agudos que de boca del monarca se oían. Cacambo le explicaba a Cándido las frases ingeniosas del rey, y, aunque traducidas, parecían siempre ingeniosas; de todo cuanto asombraba a Cándido, no fue esto lo que menos lo asombró.
Un mes estuvieron en este hospicio, y Cándido decía continuamente a Cacambo:
-Es cierto, amigo mío, que el castillo donde nací no puede compararse con el país donde estamos; pero la señorita Cunegunda no habita en él, y sin duda que a ti tampoco te falta en Europa una mujer que quieras. Si nos quedamos aquí seremos uno de tantos, pero si volvemos a nuestro mundo con sólo una docena de carneros cargados de piedras de El Dorado, seremos más ricos que todos los monarcas juntos, no tendremos que temer a los inquisidores, y con facilidad podremos recobrar a la señorita Cunegunda.
Este razonamiento plació a Cacambo: tal es la manía de correr mundo, de ser considerado entre los suyos, de hacer alarde de lo que ha visto uno en sus viajes, que los dos afortunados resolvieron dejar de serlo, y se despidieron de Su Majestad.
-Cometéis un disparate -les dijo el rey-. Bien sé que mi país vale poco; mas cuando se halla uno medianamente bien en un lugar debe quedarse en él. Yo no tengo, por cierto, derecho para detener a los extranjeros, tiranía tan opuesta a nuestra práctica como a nuestras leyes. Todo hombre es libre, y os podéis ir cuando queráis; pero es muy ardua empresa salir de este país: no es posible subir al raudo río por el cual habéis llegado milagrosamente, y que corre bajo bóvedas de peñascos: las montañas que cercan mis dominios tienen cuatro mil varas de altura, y son derechas como torres; su anchura abarca un espacio de diez leguas, y no es posible bajarlas como no sea despeñándose. Pero si estáis resueltos a iros, voy a dar orden a los intendentes de máquinas para que hagan una que os transporte con comodidad; y cuando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá acompañar, porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su recinto, y no son tan imprudentes que lo quebranten: en cuanto a lo demás, pedidme lo que más os acomode.
-No pedimos que Vuestra Majestad nos dé otra cosa -dijo Cacambo- que algunos carneros cargados de víveres, de piedras y barro del país.
Se rió el rey, y dijo:
-No sé qué pasión sienten los europeos por nuestro barro amarillo; pero llevaos todo el que podáis, y buen provecho os haga.
Inmediatamente dio orden a sus ingenieros de que hicieran una máquina para izar fuera del reino a estos dos hombres extraordinarios: tres mil buenos físicos trabajaron en ella, y se concluyó al cabo de quince días, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del país. Metieron en la máquina a Cándido y a Cacambo: dos carneros grandes encarnados tenían puesta la silla y el freno para que montasen en ellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguían otros veinte cargados de víveres, treinta con preseas de las cosas más curiosas que en el país había y cincuenta con oro, diamantes y otras piedras preciosas. El rey dio un cariñoso abrazo a los dos vagabundos. Fue cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izaron a ellos y a sus carneros hasta la cumbre de las montañas. Habiéndolos dejado en paraje seguro, se despidieron de ellos los físicos, y Cándido no tuvo otro deseo ni otra idea que ir a presentar sus carneros a la señorita Cunegunda.
-Llevamos -decía- con qué pagar al gobernador de Buenos Aires, si es dable poner precio a mi Cunegunda; vamos a la isla de Cayena, embarquémonos y en seguida veremos qué reino podremos comprar.

jueves, 24 de diciembre de 2009

LECTURA. "Cándido", de Voltaire (14)



Capítulo XVII
Llegada de Cándido con su sirviente a El Dorado y lo que vieron allí.

Cuando estuvieron en la frontera de los orejones, dijo Cacambo a Cándido:
-Ya ve usted, que este hemisferio vale tan poco como el otro; créame, y volvámonos a Europa por el camino más corto.
-¿Cómo volver -respondió Cándido-, y adónde ir? Si me vuelvo a mi país, los ávaros y los búlgaros arrasan todo a sangre y fuego; si a Portugal, me queman; si nos quedamos en este país, correremos peligro de que nos asen vivos. Y, ¿cómo abandonar esta parte del mundo donde habita Cunegunda?
-Encaminémonos a Cayena -dijo Cacambo-; allí encontraremos franceses que andan por todo el mundo y que podrán auxiliarnos. Acaso Dios tenga misericordia de nosotros.
No era fácil ir a Cayena; bien sabían, poco más o menos, hacia qué parte se habían de dirigir; pero las montañas, los ríos, los precipicios, los salteadores y los salvajes eran obstáculos terribles. Los caballos se murieron de cansancio, las provisiones se acabaron y Cándido y Cacambo se mantuvieron por espacio de un mes con frutas silvestres. Por fin, llegaron a orillas de un riachuelo poblado de cocoteros, que les conservaron la vida y la esperanza. Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dijo a Cándido:
-Ya no podemos ir más tiempo a pie, mucho hemos andado; una canoa vacía estoy viendo a la orilla del río, llenémosla de cocos, metámonos dentro y dejémonos llevar de la corriente; un río va a parar siempre a algún lugar habitado, y, si no vemos cosas gratas, por lo menos veremos cosas nuevas.
-Vamos allá -dijo Cándido- y encomendémonos a la Providencia.
Navegaron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces amenas, otras áridas, aquí llanas y allá escarpadas. El río iba continuamente ensanchando, y al cabo se perdió bajo una bóveda de atroces peñascos que casi llegaban al río. Tuvieron ambos caminantes la osadía de dejarse arrastrar por las olas debajo de esta bóveda, y el río, que en ese sitio se estrechaba, los llevó con horroroso estrépito y nunca vista velocidad. Al cabo de veinticuatro horas vieron de nuevo la luz; pero la canoa se hizo añicos en los escollos y tuvieron que andar a gatas de uno en otro peñasco una legua entera; finalmente avistaron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles montañas. Todo el país estaba cultivado, no menos para recrear el gusto que para satisfacer las necesidades; en todas partes lo útil se unía con lo agradable; se veían los caminos reales cubiertos, o mejor dicho, ornados de carruajes de forma elegante y de luciente material, llevando mujeres y hombres de peregrina hermosura, y tirados rápidamente por grandes carneros encarnados, más ligeros que los mejores caballos de Andalucía, Tetuán y Mequinez.
-Mejor tierra es ésta -dijo Cándido- que la Westfalia-; y se apeó con Cacambo en el primer pueblo que halló.
Algunos muchachos de la aldea, vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo a la entrada del lugar; nuestros dos hombres del viejo mundo se divertían en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas, amarillas, encarnadas y verdes, que lanzaban brillo singular: cogieron algunas y eran oro, esmeraldas, rubíes, de tanto valor, que el de menos precio hubiera sido la más rica joya del trono del Gran Mongol.
-Estos muchachos -dijo Cacambo- son sin duda los hijos del rey que están jugando al tejo.
En esto se asomó el maestro de primeras letras del lugar, y dijo a los muchachos que ya era hora de entrar en la escuela.
-Ése es -dijo Cándido- el preceptor de la familia real.
Los chicos del lugar abandonaron al punto el juego, y tiraron los tejos y cuanto para divertirse les había servido. Los cogió Cándido, y, acercándose a todo correr al preceptor, se los presentó con mucha humildad, diciéndole por señas que sus Altezas Reales se habían dejado olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Se echó a reír el maestro, y los tiró al suelo; miró luego atentamente a Cándido, y siguió su camino.
Los caminantes se dieron prisa en coger el oro, los rubíes y las esmeraldas.
-¿Dónde estamos? -decía Cándido-; es necesario que los hijos del rey de este país hayan sido bien educados, pues les enseñan a no hacer caso del oro ni de las piedras preciosas.
No estaba Cacambo menos atónito que Cándido. Al fin llegaron a la primera casa del lugar, construida como un palacio de Europa; a la puerta había agolpada una muchedumbre de gente; de dentro se oía resonar una música melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de manjares. Se arrimó Cacambo a la puerta y oyó hablar peruano, que era su lengua materna, pues ya sabe todo el mundo que Cacambo había nacido en Tucumán, en un pueblo donde no se conoce otro idioma.
-Yo le serviré a usted de intérprete -dijo a Cándido-; entremos, que éste es un mesón.
Al punto, dos mozos y dos criadas del mesón, vestidos de tela de oro, y los cabellos prendidos con lazos de seda, los convidaron a que se sentaran a la mesa. Sirvieron en ella cuatro sopas con dos papagayos cada una, un cóndor cocido que pesaba doscientas libras, dos monos asados, de un sabor muy delicado, trescientos picaflores en un plato, y seiscientos pájaros-moscas en otro, exquisitas frutas y pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de roca; los mozos y sirvientas del mesón escanciaban varios licores hechos con caña de azúcar.
Casi todos los comensales eran mercaderes y cocheros, de una imponderable urbanidad, que con la discreción más circunspecta hicieron a Cacambo algunas preguntas y respondieron a las de éste, dejándolo muy satisfecho con sus respuestas. Cuando se acabó la comida, Cacambo y Cándido creyeron que pagaban muy bien el gasto tirando en la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habían cogido; pero soltaron la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudieron durante largo rato contener la risa: al fin se serenaron y el huésped les dijo:
-Bien vemos, señores, que son ustedes extranjeros; y, como no estamos acostumbrados a ver ninguno, ustedes perdonen si nos hemos echado a reír cuando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos reales. Sin duda usted no tiene moneda del país; pero tampoco se necesita para comer aquí, porque todas las posadas, establecidas para comodidad del comercio, las paga el gobierno. Aquí han comido ustedes mal, porque están en una pobre aldea; pero en las demás partes los recibirán como se merecen.
Explicaba Cacambo a Cándido todo cuanto decía el huésped, y lo escuchaba Cándido con tanto asombro y maravilla como Cacambo ponía en hablarle. ¿Qué país es éste, decían ambos, ignorado por los otros de la tierra, donde la naturaleza difiere tanto de la nuestra?
-Probablemente es el país donde todo está bien -añadía Cándido- que alguno ha de haber de esa especie; y, diga lo que quiera mi maestro Pangloss, muchas veces he advertido que todo andaba bastante mal en Westfalia.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LECTURA. "Cándido", de Voltaire (13)



Capítulo XVI
Qué fue de los dos viajeros con dos muchachas, dos monos y los salvajes llamados orejones


Ya habían pasado las barreras Cándido y su criado, y todavía ninguno en el campo sabía la muerte del jesuita tudesco. El vigilante Cacambo no se había olvidado de hacer buena provisión de pan, chocolate, jamón, fruta y botas de vino, y así se metieron con sus caballos andaluces en un país desconocido, donde no descubrieron ningún sendero trillado: al cabo se ofreció a su vista una hermosa pradera regada de arroyuelos, y nuestros dos caminantes dejaron pacer sus caballerías. Cacambo propuso a su amo que comiese, dándole con el consejo el ejemplo.
-¿Cómo quieres -le dijo Cándido- que coma jamón, después de haber muerto al hijo del señor barón, y viéndome condenado a no mirar nunca más a la bella Cunegunda? ¿Qué me valdrá alargar mis desventurados años, debiendo pasarlos lejos de ella, en el remordimiento y la desesperación? ¿Qué dirá el Diario de Trevoux?
Y, mientras hablaba, no dejaba de comer. El sol iba a ponerse, cuando los dos extraviados caminantes oyen unos blandos quejidos como de mujeres; pero no sabían si eran de dolor o de alegría: se levantaron, empero, a toda prisa con el susto y la inquietud que cualquiera cosa infunde en un país desconocido. Daban estos gritos dos muchachas desnudas que corrían con mucha ligereza por la pradera, y en su seguimiento iban dos monos mordiéndoles las nalgas. Se movió Cándido a compasión; había aprendido a tirar con los búlgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del árbol sin tocar hojas; cogió, pues, su escopeta madrileña de dos caños, tiró y mató a ambos monos.
-Bendito sea Dios, querido Cacambo -dijo-, que de tamaño peligro he librado a esas dos pobres criaturas; si cometí un pecado en matar a un inquisidor y a un jesuita, ya he satisfecho a Dios librando de la muerte a dos muchachas, que acaso son dos señoritas de gran condición; y esta aventura no puede menos de granjearnos mucho provecho en el país.
Iba a decir más, pero se le heló la sangre y el habla cuando vio que las dos muchachas abrazaban amorosamente a los monos, inundaban de llanto los cadáveres y henchían el viento con los más dolientes gritos.
-No esperaba yo tanta bondad -dijo a Cacambo-, el cual replicó:
-Buena la hemos hecho, señor. Los que usted ha matado eran los amantes de estas dos señoritas
-¡Amantes! ¿Cómo es posible? Cacambo, tú te estás burlando. ¿Cómo quieres que te crea?
-Amado señor -replicó Cacambo-, usted de todo se asombra. ¿Por qué extraña tanto que en algunos países sean los monos favorecidos de las damas, si son cuarterones de hombre, lo mismo que yo soy cuarterón de español?
-¡Ah! -repuso Cándido-, bien me acuerdo haber oído decir a mi maestro Pangloss que antiguamente sucedían esos casos, y que de estas mezclas procedieron los egipanes, los faunos, los sátiros que vieron muchos principales personajes de la antigüedad; pero yo lo tenía por fábulas.
-Ya puede usted convencerse ahora -dijo Cacambo- de que son verdades, y ya ve cómo procede la gente que no ha tenido cierta educación; lo que me temo es que estas damas nos metan en algún atolladero.
Persuadido Cándido por tan sólidas reflexiones, se desvió de la pradera y se metió en una selva donde cenó con Cacambo; y después que hubieron ambos echado sendas maldiciones al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos Aires y al barón, se quedaron dormidos sobre la hierba. Al despertar sintieron que no se podían mover y era la causa que, por la noche, los orejones, moradores del país, a quienes los habían denunciado las dos damas, los habían atado con cuerdas hechas de cortezas de árboles. Los cercaban unos cincuenta orejones desnudos y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal: unos hacían hervir un grandísimo caldero, otros aguzaban asadores, y todos clamaban:
-Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengaremos y nos regalaremos; a comer jesuita, a comer jesuita.
-Bien se lo había dicho a usted -dijo con triste voz Cacambo-, que las muchachas aquellas nos jugarían una mala pasada.
Cándido, mirando los asadores y el caldero, dijo:
-Sin duda que van a cocernos o asarnos. ¡Ah! ¿Qué diría el doctor Pangloss si viera lo que es la pura naturaleza? Todo está bien, enhorabuena; pero confesemos que es muy triste haber perdido a la señorita Cunegunda y ser ensartado en un asador por los orejones.
Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dijo al desconsolado Cándido:
-No se aflija usted, que yo entiendo algo la jerga de estos pueblos y les voy a hablar.
-No dejes de recordarles -dijo Cándido- que es una atroz inhumanidad cocer a la gente en agua hirviendo, y muy poco cristiano.
-Señores -dijo alzando la voz Cacambo-: ustedes piensan que se van a comer a un jesuita, y fuera muy bien hecho, que no hay cosa más conforme a la justicia que tratar así a sus enemigos. Efectivamente, el derecho natural enseña a matar al prójimo, y así es costumbre en todo el mundo: nosotros no ejercitamos el derecho de comérnoslo porque tenemos otros manjares con que regalarnos; pero ustedes no están en el mismo caso, y más vale comerse a sus enemigos que abandonar a los cuervos y a las cornejas el fruto de la victoria: mas ustedes, señores, no se querrán comer a sus amigos. Ustedes creen que van a ensartar a un jesuita en el asador, pero asarán al defensor de ustedes, al enemigo de sus enemigos. Yo he nacido en vuestro mismo país, este señor que estáis viendo es mi amo, y, lejos de ser jesuita, acaba de matar a un jesuita y se ha traído los despojos: éste es el motivo de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana, llevadla a la primera barrera del reino de los Padres, e informaos si es cierto que mi amo ha matado a un jesuita. Poco tiempo será necesario, y luego nos podéis comer si averiguáis que es mentira; pero, si os he dicho la verdad, harto bien sabéis los principios de derecho público, la moral y las leyes, para que no seamos absueltos.
Pareció justa la proposición a los orejones, y comisionaron a dos prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad: los diputados desempeñaron su comisión con mucha sagacidad, y volvieron con buenas noticias. Desataron, pues, los orejones a los dos presos, les hicieron mil agasajos, les dieron víveres y los condujeron hasta los confines de su Estado, gritando muy alegremente:
-No es jesuita, no es jesuita.
No se hartaba Cándido de admirar el motivo por que le habían puesto en libertad.
-¡Qué pueblo -decía-, qué gente, qué costumbres! Si no hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte a parte al hermano de la señorita Cunegunda, me comían sin remisión. Verdad es que la naturaleza pura es buena, cuando en vez de comerme me han agasajado tanto estas gentes desde que supieron que no era yo jesuita.

martes, 22 de diciembre de 2009

LECTURA. "Cándido", de Voltaire (12)



Capítulo XV
De cómo Cándido mató al hermano de su querida Cunegunda


-Toda mi vida recordaré aquel espantoso día en que vi matar a mi padre y a mi madre y violar a mi hermana. Cuando se retiraron los búlgaros, nadie pudo dar razón de esta adorable hermana, y echaron en una carreta a mi madre, a mi padre, y a mí, a dos criados y a tres muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas que dista dos leguas del castillo de mi padre. Un jesuita nos roció con agua bendita, que estaba muy salada; me entraron unas gotas en los ojos, y advirtió el padre que hacían mis párpados un movimiento de contracción: me puso la mano en el corazón, y lo sintió latir: me socorrieron y al cabo de tres semanas me hallé sano. Ya sabe usted, querido Cándido, que era yo muy hermoso; creció mi hermosura con la edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me tomó mucho cariño, y me dio el hábito de novicio: poco después me enviaron a Roma. El padre general necesitaba una leva de jóvenes jesuitas alemanes. Los soberanos del Paraguay reciben la menor cantidad posible de jesuitas españoles, y prefieren a los extranjeros, de quien se tienen por más seguros. El reverendo padre general me creyó bueno para el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un polaco, un tirolés y yo. Así que llegué, me ordenaron de subdiácono, y me dieron una tenencia: y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de España serán recibidas con brío, y yo salgo fiador de que se han de volver excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha traído a usted aquí para secundarnos. Pero, ¿es cierto que mi querida Cunegunda está muy cerca, en casa del gobernador de Buenos Aires?
Cándido juró que nada era más cierto, y de nuevo se echaron a llorar.
No se hartaba el barón de abrazar a Cándido, llamándolo su hermano y su libertador.
-Acaso podremos, querido Cándido -le dijo-, entrar vencedores los dos juntos en Buenos Aires, y recuperar a mi hermana Cunegunda.
-No deseo otra cosa -respondió Cándido-, porque me iba a casar con ella y todavía espero ser su esposo.
-¡Insolente! -replicó el barón-: ¡Pretender casarte con mi hermana, que tiene setenta y dos cuarteles!, ¡y tienes el descaro de hablarme de tan temerario pensamiento!
Confuso Cándido al oír estas razones, le respondió:
-Reverendo padre, importan un bledo todos los cuarteles de este mundo; yo he sacado a la hermana de vuestra reverencia de los brazos de un judío y un inquisidor; ella me está agradecida y quiere ser mi mujer; el maestro Pangloss me ha dicho que todos los hombres somos iguales, y Cunegunda ha de ser mía.
-Eso lo veremos, bribón -dijo el jesuita barón de Thunder-ten-tronckh, desenvainando la espada y pegándole un planazo en la mejilla. Cándido desenvaina la suya y la hunde hasta el mango en el vientre del barón jesuita; pero, al sacarla humeando en sangre, se echó a llorar.
-¡Ah, Dios mío -dijo-, he quitado la vida a mi antiguo amo, mi amigo, mi cuñado! Soy el mejor hombre del mundo, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres, dos son clérigos.
Acudió Cacambo, que estaba de centinela a la puerta de la enramada.
-Tenemos que vender caras nuestras vidas -le dijo su amo-; sin duda van a entrar en la enramada: muramos con las armas en la mano.
Cacambo, sin inmutarse, cogió la sotana del barón, se la echó a Cándido por encima, le puso el tricornio del cadáver y lo hizo montar a caballo; todo esto se ejecutó en un momento.
-Galopemos, señor; creerán que es usted un jesuita que lleva órdenes, y antes que vengan tras de nosotros habremos ya pasado la frontera.
Volaba ya al pronunciar estas palabras, gritando en español:
-¡Sitio, sitio para el reverendo padre coronel!