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domingo, 18 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. CÓMIC. "Frans Masereel: sin palabras", reportaje

Frans Masereel

   En "El País":
Frans Masereel: sin palabras
   Un libro rescata la figura del autor que, a partir de postulados expresionistas e izquierdistas.
    Se convirtió en el precursor de las novelas gráficas sin texto.

Borja Hermoso Madrid 1 ABR 2012
 
   ¿Qué unió a gente tan variopinta como Thomas Mann, George Grosz, Stephen Zweig, Hermann Hesse, Art Spiegelman, Will Eisner o Romain Rolland? La pasión por la obra de Frans Masereel (Blankenberge, Bélgica, 1889 – Aviñón, Francia, 1972), uno de los más grandes creadores de su generación -la de la primera y segunda décadas del siglo XX- a quien sin embargo la Historia (oficial) del Arte decidió no reservarle una casilla de honor.
   Sí lo haría, curiosamente, la Historia del Cómic, cuyos autores, manuales, clasificaciones y recordatorios han coincidido de manera recurrente en concederle todos los honores. Entre ellos, el de considerarle el precursor de un subgénero fascinante, incrustado allá en el cruce de caminos entre la literatura, el cine y la ilustración: la llamada novela en imágenes, a su vez inspiradora de las hoy muy en boga novelas gráficas, aunque sin bocadillos de texto ni viñetas al uso.
   La reciente publicación de La ciudad (Nórdica Libros), joya de misterio, angustia y precisión y una de las obras cumbre en la producción gráfica de Masereel, recupera la figura de este electrón libre del mundo de la narración a través de la imagen. A sus 36 años, este pacifista convencido, enamorado perdidamente de la obra de Goya y nacido en el seno de una acomodada familia de Gante, ya había firmado varias obras maestras: Mon livre d’heures (1919), Un fait divers (1920) y Souvenirs de mon pays (1921), entre otros títulos, aunque nada de ello, ni siquiera la relación personal con artistas y escritores consagrados como Grosz o Mann, le habían catapultado a la fama. En todas esas obras, pero de manera destacada en la escalofriante La cité (La ciudad, 1925) Masereel bebe de las amargas fuentes temáticas del expresionismo: angustia, soledad, miseria, rebelión, violencia, sexo, muerte. También de sus fuentes estéticas. Tanto, que Masereel podría haber sido uno más en las paredes de los abundantes museos y exposiciones a la mayor gloria de dioses del expresionismo alemán como Kirchner, Meidner, Pechstein o Heckel. Quizá le faltó a Frans Masereel militar en las filas de movimientos serios como Die Brücke o Der Blaue Reiter en lugar de dedicarse a colaborar en periódicos de Ginebra y París y exhibir, a partir de los años treinta, una indisimulada fascinación por el comunismo de los sóviets.
   Pero el caso es que la dimensión de algunos de sus trabajos -y desde luego el escalofriante La ciudad- nada tiene que envidiar, bien al contrario, a los de alguien como Ernst Ludwig Kirchner, quien, como él, engrandeció técnicas como el grabado en madera o la xilografía, aprendidas en el París de principios de siglo.
   Un libro como La ciudad y, en general, la obra de Masereel, ha de ser enmarcada en el concepto de lo que el estadounidense Will Eisner, el creador de The Spirit, llamó en su día el arte secuencial (El cómic y el arte secuencial, libro de referencia para cualquiera que quiera entender por fin y para siempre la dimensión del cómic como medio de expresión).
   También ha de quedar constatada la clara influencia del cine mudo expresionista en la obra de Masereel: es imposible separar los grabados en madera ejecutados por Masereel para La ciudad con las imágenes de películas como El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene (1920) o el Nosferatu, de Murnau (1922). Por no hablar de la que sin duda observa unos paralelismos más evidentes ya no con el estilo sino con la temática de este libro: Metrópolis, dirigida por Fritz Lang. Pero aquí habría que hablar de influencias a la inversa: la legendaria sinfonía urbana de Lang fue rodada en 1927, es decir, dos años después de la publicación de La ciudad y cuando las pinturas y los grabados de Kirchner eran ya unos clásicos.
   El hecho de que, por regla general, los libros de imágenes de Masereel estuvieran vertebrados a razón de una obra por página, como si fueran fotogramas si se van pasando a toda velocidad, no hace más que reforzar esa relación de cercanía con el cine. No por casualidad, le preguntaron a Thomas Mann en 1919 cuál era la película que más le había impresionado hasta la fecha, y el autor de La montaña mágica contestó que Mon libre d’heures, de Frans Masereel… que no era ninguna película sino un libro, un libro que el propio Mann acabaría prologando.
   Dueño de un universo tan tenebroso como fiel a la realidad social y política del período de entreguerras, y tan horrible como fascinante, Frans Masereel brinda en este libro, La ciudad, el desolador retrato de lo mejor y de lo peor de que es capaz el ser humano. Es, en ese sentido, un autor de una modernidad que no se agota.
   No hay textos, para qué. Tan solo un dantesco blanco y negro para plasmar en toda su crudeza la violencia física y psicológica, la miseria frente a la opulencia, las putas bajo su yugo y las señoronas bajo sus sombreros, y el hollín tiñendo de negro las fábricas y las ventanas de las casas de los pobres.
   La ciudad según Masereel tiene ya 87 años, pero sigue vigente. Es lo que, entre otras cosas, define a las obras maestras: la perdurabilidad de su discurso.
 
PACO ROCA CONSTRUYE UN MICRORRELATO CON SEIS DE LAS ILUSTRACIONES DE LA CIUDAD:
 
1.                              Si hubiésemos preguntado a cualquiera de sus compañeros cómo era Niemand D., ninguno de ellos habría sido capaz de decir más de un par de vaguedades sobre él. Una persona puntual, hubiera dicho uno; un tipo educado, habría respondido otro. Poco más después de diez años de trabajar codo con codo junto a él.

1.                              Por ese motivo, sorprendió tanto cuando aquella mañana un misterioso avión arrojó un millar de octavillas amarillas en las que podía leerse “Niemand D. cometerá una locura”. “¿Quién es ese Niemand D. que está a punto de cometer una locura?”, se preguntaron todos en la Ciudad.

1.                              Sus compañeros lo miraron recelosos, el director de la empresa lo despidió sin atender a razones, los ciudadanos se apartaron de su lado y el conductor del tranvía se negó a abrirle las puertas ante la mirada temerosa del resto de pasajeros. Niemand D. se subió entonces a la colina y meditó apesadumbrado hasta caer la tarde.

1.                              Por más que lo intentaba no llegaba a entender qué locura podía estar a punto de cometer. Recordó entonces asustado un sueño pasado. Se veía a sí mismo con el rostro desencajado por la locura estrangulando a una joven corista. ¿Era un sueño premonitorio? ¿Acaso era él un asesino que aún no había cometido el crimen fatal?

1.                              Por primera vez Niemand D. vio las cosas claras. Por primera vez en su vida se sintió con las fuerzas necesarias para poder tomar las riendas de su destino. Llegó caminando a su edificio, después subió con decisión las escaleras y por fin cerró la puerta tras él al entrar en su apartamento.

A las 20:17 de aquel martes, Niemand D. tomó la primera decisión de su vida.

sábado, 20 de agosto de 2011

CÓMIC ESPAÑOL. AVANCE EDITORIAL. "Memorias de un hombre en pijama", de Paco Roca

MEMORIAS DE UN HOMBRE EN PIJAMA

Autor: Paco Roca
Editorial: Astiberri
Fecha: 21 de septiembre de 2011
Formato: 140 pgs color, tamaño 17x20 cm, tapa dura
Precio: 16,00 €

   Recopilación de la serie de historietas del mismo título que Paco Roca publica en el diario de ámbito valenciano Las Provincias (el mismo que aparece en la portada del cómic). La serie comenzó a publicarse el 14 de marzo de 2010 (con un importante destacado ocupando casi la mitad de la portada del diario, incluída fotografía del propio Roca en pijama), a ritmo de una página autoconclusiva en la edición dominical del periódico, y el libro recopila planchas publicadas en el diario hasta julio de 2011.
   La serie es aparentemente autobiográfica (de hecho, en la contraportada del cómic se incluye una fotografía del propio Paco Roca con un pequeño juego con la portada) y con un marcado toque de humor. Descripción de la editorial: "Con una considerable carga autobiográfica y un referente en la serie televisiva Seinfeld, el autor valenciano apela más a la sonrisa que a la carcajada. Esta suerte de memorias, donde en ocasiones también tienen cabida reflexiones de corte más serio, describen en todo caso a Paco Roca como un atento observador de comportamientos propios y ajenos."
   Formalmente, cada página consta siempre de 12 viñetas del mismo tamaño, con una rejilla fija de de tres filas de cuatro viñetas. Para su recopilación aparentemente se ha remontado en dos páginas de seis viñetas, para ajustarla al tamaño más reducido del libro respecto a la página de diario donde se publica originalmente.

   GALERÍA. Muestra de cuatro páginas de la serie, con su formato de publicación original en Las Provincias, una primera entrega de presentación (explicando el origen del título de la serie), y tres entregas más sobre la vida en pareja, la ruptura de pareja y los amigos con hijos:



sábado, 18 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". CÓMIC. Entrevista a Paco Roca, autor de "Arrugas" y "El invierno del dibujante"

El dibujante Paco Roca.- Fotografía de Jesús Ciscar ("El País")



En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La ambición del dibujante

NURIA BARRIOS 11/12/2010

   Tebeo, cómic, historieta o novela gráfica, la literatura en imágenes es uno de los regalos que más lectores conquista. Y lo nuevo de Paco Roca, El invierno del dibujante, ilustra un pasaje histórico del género: el factoría Bruguera y la rebelión de cinco dibujantes en la posguerra

   Paco Roca (Valencia, 1969) aprendió a dibujar copiando las historietas que más le gustaban: el Capitán Trueno, el Jabato, Mortadelo y Filemón, Sir Tim O'Theo... Imaginaba a sus creadores como hombres muy ricos y felices; su trabajo, como la mejor profesión del mundo, y la editorial Bruguera, donde publicaban, como la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Con ocho años dibujó con unos rotuladores Carioca un par de historietas y las envió a Bruguera. No obtuvo respuesta, pero aquel silencio, lejos de irritarle, aumentó su fascinación. Ahora, Roca se ha convertido en uno de los nombres más importantes del cómic en España. En 2008 ganó el 'Premio Nacional del Cómic' con Arrugas, una novela gráfica en torno al alzhéimer que él, fiel a su vieja admiración por la factoría Bruguera, denomina "tebeo". La curiosidad por ese mundo desaparecido ha sido el germen de El invierno del dibujante, su nuevo álbum, sobre aquellos dibujantes que rodaron en papel otro No-Do, indispensable para comprender los años de posguerra y protagonizado por personajes inolvidables: Carpanta, Zipi y Zape, Doña Urraca, las hermanas Gilda, Tribulete, Carioco, Gordito Relleno... La crónica más veraz de la vida española, según aseguraba Vázquez Montalbán.

PREGUNTA. El invierno del dibujante transcurre en Barcelona entre 1957 y 1959. ¿Por qué eligió ese momento?
RESPUESTA. En 1957, cinco de los dibujantes estrella de Bruguera dejaron la editorial para crear la revista Tio Vivo. Escobar, Cifré, Peñarroya, Conti y Giner se marcharon para controlar sus creaciones. Aquella aventura fue un anticipo de las reclamaciones sobre los derechos de autor. Por primera vez en España y en Europa los dibujantes gestionaban su propia revista, pero Bruguera hizo todo lo posible para que Tio Vivo no funcionara y a finales de 1958 regresaron. Si aquella aventura hubiera tenido éxito quizá el tebeo habría tomado otro derrotero más maduro, como sucedió en otros países.

P. En un chiste de Peñarroya, un hombre mira el fondo de su taza y dice: "Cada día consulto mi futuro en el poso del café... y cada día lo veo negro". Los nuevos dibujantes que entraron en Bruguera (Ibáñez, Raf...) tras la marcha de Peñarroya y sus compañeros no mantuvieron ese tono de crítica social.
R. Representaban dos formas de ver los tebeos: la de Peñarroya y sus compañeros era mucho más social; mientras que los nuevos, que no habían vivido la guerra, hacían gags. Era una época de transición, en un par de años sucedieron acontecimientos que cambiaron la vida de los españoles: la aparición de la televisión, del seiscientos... Los viejos dibujantes se quedaron un poco fuera de esa nueva realidad. Carpanta, por ejemplo, continuó en una España que ya no pasaba hambre.

P. En El invierno del dibujante aparecen la censura, un mensaje radiofónico de Franco, referencias al paso por la cárcel de uno de los hermanos Bruguera y de algunos dibujantes como Víctor Mora, Peñarroya y Escobar... Pero la novela no tiene un tono combativo, ni siquiera amargo.
R. Utilicé distintas tintadas para reflejar la época del año, pero sobre todo el estado de ánimo de los protagonistas. La tintada es rosa en la primavera de 1957, cuando idean la aventura; es cobre en verano, cuando la ponen en marcha, y gris en invierno, cuando asumen el fracaso y regresan a Bruguera. Esa tintada gris es el espejo de una época donde lo esencial era subsistir. La guerra estaba reciente, había miedo a algo abstracto como el poder, se buscaba no destacar para evitar que te cortaran la cabeza... Cuando los demás países reconocieron al régimen de Franco, perdieron la esperanza. Solo les quedaba agrisarse y aguantar o huir. El invierno a que hace referencia el título es el de 1959, con la vuelta de los dibujantes a Bruguera, pero en realidad habla de un invierno muy largo porque la mayoría murió antes de recuperar sus derechos de autor.

P. El año que duró la aventura de Tio Vivo debió de ser apasionante, pero usted solo habla de su inicio y de su final.
R. Fueron más importantes las intenciones que el resultado, que no fue tan innovador. Los cinco dibujantes tuvieron que competir con Bruguera, que tenía el monopolio infantil y juvenil de las distribuidoras y de los quioscos. Pero además tuvieron que competir con sus propias creaciones: los personajes que habían inventado, y que no les pertenecían, eran ya parte de la cultura popular. Nadie sabía quién era Escobar, aunque todos sabían quién era Carpanta. Cuando regresaron a Bruguera, la editorial compró la cabecera y la mantuvo como una de sus publicaciones. Para mí lo esencial es la lucha que abrieron por la posesión de sus personajes. Fue un acto de valentía.

P. Imagino que la imagen idílica que tenía de Bruguera ha cambiado radicalmente.
R. Bruguera fue muy importante para la cultura española. Mis padres leían El Capitán Trueno, yo crecí con esas y otras historias y mi sobrino ha crecido leyendo Mortadelo y Filemón. Era una empresa modélica: daba de comer a muchas familias y cuidaba a sus empleados, pero los dibujantes la veían de una forma diferente. Ellos cedían las páginas que entregaban y los personajes, y si la editorial publicaba varias veces la misma página no volvían a cobrarla.

P. Presta especial atención a Escobar.
R. Admiro a Escobar: era un excelente dibujante, estuvo en la cárcel, era una persona comprometida, inventó objetos como un cine casero, fue dramaturgo y actor, enseñaba dibujo por correspondencia... Era un renacentista. Si lo hubiera conocido, habría conectado con él. Era el personaje perfecto para poner en su boca las reivindicaciones.

P. También se fija con más detalle en Rafael González, el director de publicaciones de Bruguera, y en Víctor Mora, el redactor jefe.
R. Sucede con ellos como en La guerra de las galaxias: Rafael González fue un Jedi que pasó al lado oscuro y se convirtió en el perro guardián de la empresa, mientras que Víctor Mora representa a Luke Skywalker. Mora creó uno de los personajes míticos de la cultura española, el capitán Trueno, y luego huyó a Francia, donde escribió novelas y guiones para cómic. De él obtuve mucha información porque sigue vivo y muy lúcido. En el caso de Rafael González, la historia empieza y acaba con él, su verdadero protagonista. Era un hombre con inquietudes artísticas, escribió guiones, fue el creador de ese lenguaje tan peculiar de Bruguera que llamaba gendarmes a los policías y piastras a las pesetas para burlar la censura... Él se sentía más cercano de los dibujantes que de los empresarios, pero optó por la estabilidad familiar y económica y eso le obligó a actuar de manera contraria, lo que le debió amargar bastante.

P. Señala a Vázquez, autor de series tan populares como Las hermanas Gilda o La familia Cebolleta, como el traidor que reveló a Bruguera los planes de sus compañeros para crear Tio Vivo.
R. Era el dibujante estrella de la editorial, todos le imitaban, ser bueno o ser malo se basaba en parecerse a su estilo. Con él pasaba como con González: o era la persona más encantadora del mundo o la más vil. ¿Traicionó a sus compañeros? Es una hipótesis. Escobar se lo comentó a una persona de la editorial y Víctor Mora no lo sabía, pero me aseguró que Vázquez lo hubiese hecho sin pensárselo lo más mínimo. En cualquier caso, El invierno del dibujante es una obra de ficción, no un ensayo, y, aunque intento ser fiel a la realidad, interpreto, recreo y convierto a las personas en personajes.

P. Es curioso pensar que los perdedores fueron quienes se encargaron de entretener a la España que les había vencido.
R. Francisco Bruguera era republicano y acabó en la cárcel hasta que su hermano Pantaleón, que era nacional, lo sacó. Juntos se encargaron de la empresa. Casi todos los dibujantes de Bruguera eran republicanos y Francisco y Pantaleón crearon una especie de nido, de cúpula defensiva alrededor de ellos para protegerlos. A Víctor Mora, por ejemplo, le pagaron los meses que estuvo en la cárcel.

P. Usted forma parte de una generación de dibujantes que publican con éxito novela gráfica. ¿Qué les separa de aquella generación de Bruguera y qué les une?
R. El medio sigue siendo el mismo, pero las palabras "historieta", "cómic" y "novela gráfica" marcan las fronteras. Ellos hacían historietas infantiles, no se planteaban hacer algo que no fuera interesante para un niño. El cómic ya llega a otro público porque habla de terror, de ciencia ficción, de sexo... Y luego surge la novela gráfica, que supone la libertad total para hacer lo que quieras y como quieras, sin limitaciones. Básicamente nos separa la ambición.

El invierno del dibujante. Paco Roca. Astiberri. Bilbao, 2010. 128 páginas. 16 euros. http://www.pacoroca.com/.

martes, 16 de noviembre de 2010

PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. CÓMIC. "El invierno del dibujante", de Paco Roca

En "El País":
Paco Roca dibuja un combate por la dignidad en el franquismo


Babelia adelanta la nueva novela gráfica del premio Nacional de Cómic, 'El invierno del dibujante'

GUILLERMO ALTARES - Madrid - 15/11/2010

Las historias con una lección moral demasiado clara, con blancos y negros, buenos y malos, deberían generar una cierta desconfianza en el lector. La vida está llena de matices, de dudas. El talento de algunos grandes narradores no está solo en ser capaces de reconstruirla, de imaginarla, sino también en encontrar la historia, en hallar el relato basado en hechos reales que, desde el momento en que cerramos el libro hasta mucho tiempo después, nos llena la mente de preguntas y nos aleja de las respuestas. Y, sin embargo, también nos deja claro lo que está bien y lo que está mal, lo correcto y lo equivocado. Pero sin absolutos, sin certezas. El dibujante Paco Roca (Valencia, 1969), ganador del Premio Nacional de Cómic hace dos años por Arrugas, una narración sobre el Alzheimer, ha encontrado una de esas historias y la ha convertido en un tebeo impresionante, El inverno del dibujante, que Astiberri saca a la calle el 24 de noviembre.
Roca reconstruye la historia de la editorial Bruguera, en la España franquista de finales de los años cincuenta -un momento y un país en el que, como dijo Manuel Vázquez Montalbán, "parecía que a todo el mundo le olían los calcetines"- y narra cómo un grupo de dibujantes trataron de sacar una revista independiente, Tío vivo. Una frase, que el mítico Escobar le dice a su hijo, resume el tono del relato: "Tu padre volverá a dibujar al Zipi y Zape y al Carpanta. Son malos tiempos para soñar". Y el no menos mítico Vázquez -sobre el que se acaba de estrenar una película protagonizada por Santiago Segura, El gran Vázquez-, dibujante de enorme talento y estafador profesional, uno de los mayores jetas de la historieta española, asegura en otro momento del tebeo: "En la vida real, al idealista David le da de leches el poderoso Goliat".
En cierta medida, es un libro que se puede leer como la primera parte de otra obra maestra del cómic español, Los profesionales, en la que Carlos Giménez relata su experiencia como dibujante en la Barcelona de los años sesenta; de hecho hay un personaje en esta serie de cuatro volúmenes del autor de Paracuellos, cuyas historias están basadas en las de Vázquez, experto timador, capaz de irse sin pagar de todos los bares de Barcelona, de decirle 500 veces a su jefe que le adelante el dinero para el entierro de su padre (y convencerle 500 veces). Eran tiempos en que los dibujantes eran auténticos obreros del papel y el lápiz, en el que cosas como los derechos de autor eran una quimera impensable.
La historia que ha encontrado Roca -la buscó porque quería saber más sobre los autores de los tebeos que marcaron su infancia- es extraordinaria primero porque sus protagonistas lo eran: Escobar, Cifré, Peñarroya, Conti, Giner, Vázquez, Víctor Mora, entre otros, formaron una generación de guionistas y dibujantes irrepetible, su peso en la cultura popular española, su fuerza, puede ser comparable a la del recientemente fallecido Berlanga. Carpanta, Zipi y Zape, El capitán Trueno o el Jabato, el repórter Tribulete, Cucufato Pi, Gordito Relleno, Carioco, Apolino Tarúguez, el inspector Dan, las hermanas Gilda, la familia Cebolleta, Anacleto agente secreto forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones de españoles (incluso han entrado a formar parte del lenguaje cotidiano, todos sabemos que lo que quiere decir ser "un abuelo cebolleta" o "un carpanta"). Segundo, porque Roca consigue trazar un retrato preciso, que rezuma tristeza, de la España franquista, del final del hambre de la posguerra pero no de la miseria moral que arrastró la dictadura hasta el final, ni del miedo ni de la represión y la censura. Pero también de la capacidad para mantenerse digno en ese mundo, para crear y combatir desde la humildad del dibujo y la palabra.
Tercero, porque es un relato que se mueve en el gris, que huye del blanco y negro. Los fundadores de Bruguera fueron perdedores de la Guerra Civil con todo lo que eso significaba (el franquismo no sólo aniquiló físicamente a muchos de los que perdieron la guerra, sino que a muchos otros les aniquiló moralmente, impidiendo que trabajasen, manteniéndoles al borde la pobreza y el hambre) y, a pesar de ello, consiguieron crear una empresa que se convirtió en un gigante editorial. Y tuvieron el valor y la inteligencia de contratar y dar trabajo a muchos otros perdedores (como el propio Escobar, que pasó varios años en la cárcel al final del conflicto), por su talento, que es precisamente lo que impulsó el éxito de la editorial. Pero a la vez, las condiciones laborales en Bruguera eran muy duras y sus patronos no dudaron en utilizar los trucos más sucios para aniquilar a los competidores. El otro hallazgo del cómic es la calidad del dibujo y el planteamiento de las viñetas. Roca ya había demostrado su talento en otros libros, sobre todo en Arrugas, pero lo que logra en El invierno del dibujante es más complejo y sutil, son dibujos que se quedan flotando en la memoria durante mucho tiempo.
Todo lo que cuenta el autor es real, todos los personajes existen o existieron, lo que se describe es fruto de una minuciosa investigación. Cuando termina El invierno del dibujante, después de volver a algunas de sus viñetas, de perderse un rato por sus páginas para disfrutar de nuevo de las composiciones y de los dibujos, al lector le vienen muchas preguntas a la cabeza y muy pocas respuestas y, quizás, una certeza: que la aventura de un grupo de dibujantes por sacar adelante una revista en la que tuviesen más derechos y fuesen más libres en la España franquista mereció la pena. Que Vázquez se equivoca, que David puede derrotar a Goliat solo por intentarlo. Porque, aunque se pierda, aunque uno salga derrotado una y otra vez, siempre merece la pena luchar por la dignidad.

Primer capítulo del El invierno del dibujante.
Paco Roca

martes, 31 de agosto de 2010

CÓMIC ESPAÑOL. "El ángel de la retirada" (2010), de Paco Roca y Sergueï Dounovetz

La información procede de aquí.

El ángel de la retirada no sólo es una ficción, cuenta la historia de muchos españoles que tuvieron que exiliarse en varias ocasiones durante la historia reciente. Si España es ahora tierra de acogida, durante décadas fue tierra de exilio, por pobreza o por guerra. Los descendientes de todos esos españoles, a veces, sólo recuerdan España por su apellido. No se suele hablar de ellos; sin embargo, son muchos en el sur de Francia e intentan conservar sus costumbres, su cultura y su pasado y recordar por qué tuvieron que cruzar la frontera y cómo sucedió todo. La colonia española de Béziers es la más antigua de Francia, y se creó para defender los derechos de los españoles, a quienes Francia no recibió con flores. Alguien tenía que recordarlo.

PACO ROCA (Valencia, 1969) inició su carrera profesional en las revistas Kiss Comix y El Víbora, para la que dibuja la serie Road Cartoons. Entre sus monografías se pueden citar Gog, El Juego lúgubre, Las aventuras de Alexander Ícaro: hijos de la Alhambra y El Faro. La mayoría de sus obras han sido editadas también en Francia, Italia y Holanda. La obra galardonada con el 'Premio Nacional del Cómic', Arrugas, ha obtenido también el 'Premio Dolmen de la Crítica', el del Saló del Cómic de Barcelona a la mejor obra y al mejor guión y recientemente, ha obtenido el premio 'Salón de Lucca' (Italia).
SERGUEÏ DOUNOVETZ nace en 1959 en Ménilmontant. Ha cantado y tocado su Fender Mustang en el grupo de rock Les Maîtres Nageurs; ha escrito poemas, canciones, novelas y guiones, ha realizado cortometrajes, ha sido chófer, socorrista, roadie en giras de rock, tramoyista en el Lido (París) antes de publicar una veintena de novelas (policíaco, western urbano, fantástico, S.F, juvenil, cómics) con una predilección por la novela negra social y satírica. Sus mundos son amargos y desilusionados. Sus personajes, refractarios e inadecuados, se mueven con vivacidad y humor en un mundo que se está yendo inexorablemente al carajo. También dirige la colección 'Polar Rock', publicada por 'Mare Nostrum' y participa en reuniones y talleres de escritura en las escuelas.


A la venta el 23 de septiembre.

Rústica. 17 x 24 cm. 64 págs. Bitono. 13 €

martes, 9 de junio de 2009

CÓMIC. PRENSA. Entrevista digital a Paco Roca, autor del cómic "Arrugas"

En "el pais.com", una entrevista realizada por los internautas a Paco Roca, dibujante valenciano, Premio Nacional de Cómic por su obra Arrugas, en la que trata el problema del alzhéimer.

Además, ésta es la página oficial del ilustrador.