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miércoles, 15 de febrero de 2012

PRENSA. "Un aspecto desatendido de la historia del siglo XX", por Gabriel Jackson

Gabriel Jackson

   En "El País":
Un aspecto desatendido de la historia del siglo XX

   La lectura de las fascinantes "confesiones" de Ariel Dorfman no pudo por menos de recordarme algunas de mis propias experiencias con el Partido Comunista estadounidense.

Gabriel Jackson 12 FEB 2012

   El importante semanario progresista estadounidense The Nation publicó en su número del 28 de noviembre un artículo de lo más interesante de Ariel Dorfman, famoso escritor chileno, exiliado durante mucho tiempo y opositor a la dictadura de Pinochet. El artículo, titulado "Confesiones de un exiliado impenitente" aborda su gradual cambio de actitud hacia el Partido Comunista y la Unión Soviética. El autor se sentía igual de atraído hacia las posturas de su padre, que por necesidades prácticas solía aceptar los aspectos opresivos del estalinismo, y de su madre, "que nunca había perdido de vista las deficiencias del comunismo". De manera que, para el joven Ariel, "en Salvador Allende confluían perfectamente mis progenitores: admirador de Cuba y ardiente marxista, insistía al mismo tiempo en que se podía construir un orden social más justo sin tener que reprimir a nuestros adversarios".
   Después de que el general Pinochet asesinara al presidente Allende e instaurara una represiva dictadura patrocinada por Estados Unidos, el joven exiliado Dorfman señaló que "la Unión Soviética era la punta de lanza en la lucha internacional contra la dictadura... (y que) el Partido Comunista de Chile... constituía el eje de la resistencia contra Pinochet". A pesar de sus crecientes dudas respecto a las políticas soviéticas, esos dos hechos le llevaron a "morderme la lengua siempre que se atacaba a los soviéticos o a los comunistas".
   Entre 1973 y 1982, Dorfman, exiliado y opositor a la dictadura chilena, desde Europa occidental y desde otros lugares de ese hemisferio, aceptó el liderazgo comunista de la resistencia, aunque sus aspectos represivos cada vez le generaran más dudas. En 1975 tuvo lugar un encuentro especialmente desafortunado, cuando le presentaron al novelista y pintor alemán Günter Grass. Este acababa de asistir a "una conferencia de solidaridad con opositores checos a la ocupación soviética, a la que los socialistas chilenos se habían negado a asistir. "¿No se dan cuenta" -preguntó Grass- "de que el levantamiento de la primavera de Praga y la revolución chilena han sido aplastados por fuerzas afines, uno por el imperio soviético, la otra por los estadounidenses?".
   Dorfman y el propio Allende habían condenado la ocupación soviética de Praga cuando tuvo lugar en 1968. Para Grass, esto hacía todavía más deshonrosa la posición de los socialistas chilenos en 1975, echando por tierra un amigable encuentro personal entre dos autores que se admiraban mutuamente. Por su parte, durante los setenta Dorfman asistió a numerosos encuentros con demócratas izquierdistas exiliados de la Unión Soviética y de sus satélites de Europa oriental, sobre lo cual Dorfman escribe que "la gran lentitud de mi propia apertura a las víctimas de los experimentos comunistas fue acompañada de otra evolución paralela: el progresivo debilitamiento de los vínculos que me unían a mi propio partido".
   Podemos citar cómo define el propio Dorfman la principal pregunta política que entonces se estaba planteando: "Por insustituibles que pudieran ser esas organizaciones en la guerra contra un feroz enemigo que tenía su propio ejército, ¿acaso debían inundar cualquier aspecto vital, obligando a dar una respuesta coral a cualquier problema? ¿Cómo se podía construir una sociedad democrática con partidos que, con tendencias totalitarias, se perpetuaban a sí mismos y eran tan sofocantes como las catacumbas en las que nos escondíamos?". Para Dorfman, el momento de la "independencia moral" llegó en 1982 en Washington DC, cuando acompañó a unos amigos estadounidenses a una reunión celebrada en la embajada de Polonia para apoyar a los trabajadores polacos que se resistían a la dictadura del general Jaruzelski. "Siete años después de rechazar el razonamiento de Günter Grass sobre la necesidad de denunciar conjuntamente la represión producida, tanto por Estados Unidos como por los países comunistas, había encontrado una hermandad mixta y afín que, intachablemente dedicada a ese mismo objetivo, entendía que no se puede estar a favor de la libertad en Nicaragua y en contra de ella en Hungría, que no se puede denostar el apoyo estadounidense a Pinochet y aplaudir" una dictadura militar de cuño soviético en Polonia.
   La lectura de las fascinantes "confesiones" de Ariel Dorfman no pudo por menos de recordarme algunas de mis propias experiencias con el Partido Comunista estadounidense. En julio de 1936 yo estaba en mi segundo año de secundaria cuando tuvo lugar la sublevación militar del 18 de julio que inició los 30 meses de Guerra Civil en España. Durante toda la contienda fui uno de los miles de adolescentes estadounidenses que colaboraron con los diversos comités de progresistas laicos, protestantes, judíos, cuáqueros, socialistas y comunistas partidarios del apoyo político de EE UU, recogiendo fondos para enviar material sanitario y alimentos a la zona republicana. En esa misma época, mi hermano mayor comunista confiaba en reclutarme para la Liga de Jóvenes Comunistas.
   Pero en agosto de 1936 Stalin orquestó el primero de los increíbles juicios por alta traición en los que los principales líderes de la revolución bolchevique confesaron sus conspiraciones para matar al propio Stalin, entregar la Unión Soviética a la Alemania nazi y al militarista Japón y cometer otros espantosos crímenes. Mi hermano pensaba que las espectaculares declaraciones, en las que todos se acusaban mutuamente, demostraban lo acertadas que eran las purgas de Stalin, mientras yo me preguntaba cómo se habrían conseguido esas confesiones sin dejar rastro de tortura.
   Entre agosto de 1936 y el otoño de 1938, mientras el propio Stalin sugería que las purgas habían sido algo excesivas, miles de leales ciudadanos soviéticos, comunistas y no comunistas, eran ejecutados o enviados al exilio interior de los campos de concentración siberianos. Durante esos mismos dos años dudé cada vez más de que fuera a entrar en el Partido Comunista. Pero ni yo ni la mayoría de los izquierdistas de todo el mundo abandonamos a la República española porque el principal miembro del régimen bolchevique fuera un monstruo paranoico.
   Hasta finales de 1937 seguí perteneciendo a un comité "frentepopulista" que reunía dinero para enviar ayuda sanitaria a la España republicana. Nuestro comité estudiantil tenía un "asesor" adulto comunista, que asistía a nuestras reuniones y nos daba con frecuencia interesantísimos informes sobre, entre otras cosas, política exterior o actividades frentepopulistas en EE UU, Canadá e Inglaterra. Pero durante el otoño de 1937, en una de nuestras reuniones, describió las necesidades monetarias del semanario comunista The New Masses y después de su alocución propuso que las aportaciones semanales se destinaran a salvarlo. Durante el debate le pregunté cómo podía justificar que una publicación partidista se salvara con dinero recogido en nombre del comité de ayuda sanitaria a España. Con una sonrisa incómoda, contestó que ambos objetivos formaban parte de la misma causa. El grupo aceptó posponer la votación sobre la propuesta. Sinceramente, 75 años después no puedo recordar qué se decidió finalmente, pero después de esa reunión que quedó totalmente claro que nunca entraría en el PC.
   En este artículo no tengo espacio para hablar de las políticas comunistas respecto a la Guerra Civil Española que sí aprobé, y que también he recordado al leer el artículo de Ariel Dorfman. Pero el monstruoso Stalin, con el que las potencias occidentales cooperaron a la desesperada durante la Segunda Guerra Mundial para salvarse, en realidad había propuesto entre 1935 y 1939 una alianza defensiva que, en mi opinión, podría haber evitado esa contienda, por lo menos tal como se desarrolló. Prometo abordar este asunto en mi siguiente artículo.

   Gabriel Jackson es historiador norteamericano.

   Traducción de Jesús Cuéllar Menezo

viernes, 7 de octubre de 2011

PRENSA. "Las lecciones de Joaquín Costa", por Gabriel Jackson

Gabriel Jackson

   En "El País":
Las lecciones de Joaquín Costa

   A los 100 años de la muerte del pensador regeneracionista, sus ideas siguen vigentes. Fue uno de los españoles que más ha contribuido al concepto de Estado de bienestar que el neoliberalismo socava hoy deliberadamente.

GABRIEL JACKSON 01/10/2011

   Durante mis estudios en la Universidad de Toulouse entre 1950 y 1952, escribí mi tesis doctoral sobre la carrera intelectual y política de Joaquín Costa (1846-1911), y en febrero de este año mis colegas españoles me invitaron a dar una de las conferencias conmemorativas del centenario de su muerte, ocurrida el 8 de febrero de 1911.
   Siempre he recomendado fervientemente la lectura de Costa a los estudiantes que leen español, porque considero que fue uno de los analistas más singulares y brillantes de los problemas que tuvo su país a finales del siglo XIX y en la década posterior a la desastrosa guerra hispano-estadounidense de 1898. Pero hasta que no preparé esa conferencia conmemorativa no comprendí, de repente, la relevancia de la personalidad y el pensamiento de Costa para los problemas a los que no solo se enfrenta España, sino toda la humanidad, un siglo después de su muerte.
   En los siguientes párrafos me ocuparé primero de sus muchos talentos y pasiones, para después centrarme en el valor de su ejemplo. Desde su más tierna infancia hasta el día de su muerte fue un lector voraz, de ficción y de ensayo, interesándose por la historia de las instituciones, la importancia de la naturaleza, el desarrollo a lo largo de los siglos, tanto de la agricultura y la industria, como del derecho y las instituciones políticas, y también por la importancia de la filosofía, la poesía y la religión. Ya en sus años de estudiante dominaba el latín y el griego, y de adulto aprendió por su cuenta a leer inglés, francés y alemán. Sus ensayos sobre temas políticos y sociales contienen multitud de citas de importantes autores del momento que escribían en esas lenguas.
   Al mismo tiempo, durante toda su vida se vio acuciado por problemas de salud que, en su mayoría, no serían adecuadamente diagnosticados ni, desde luego, suficientemente tratados hasta finales del siglo XX. Desde el comienzo de la adolescencia tuvo el brazo derecho atrofiado, algo que le impidió realizar tareas agrícolas, y nunca pudo servirse de herramientas y accesorios que cualquier persona sana utiliza sin darles la mayor importancia. De adulto sufrió problemas digestivos intermitentes, era propenso al sobrepeso y en sus últimos años padeció diabetes, hipertensión y arteriosclerosis. Ninguno de esos problemas le privó de la determinación ni de la capacidad de leer y escribir constantemente ensayos, de gran valor como investigaciones, y obras de ficción, que nunca han tenido muchos lectores, pero que le permitieron expresar sus complejas emociones, permitiendo también a los estudiosos de su obra comprender algunas de sus motivaciones inconscientes o meramente emocionales.
   Era un profesor nato, y de ese don dieron fe tanto personas que le conocieron en su adolescencia como muchos de los alumnos que tuvo durante la década que enseñó en la Institución Libre de Enseñanza madrileña. Aunque los párrafos anteriores ponen de relieve sus extraordinarias capacidades intelectuales, también es un hecho que formó parte de la primera generación de profesores que insistió tanto en la necesidad de hacer trabajo de campo como en la de leer e investigar en el laboratorio. A sus alumnos les enseñaba los mejores edificios y los importantes museos de Madrid, inculcándoles también un hábito de su propia juventud: coleccionar semillas y plantas, actividad que le proporcionó un conocimiento que más tarde utilizaría en sus escritos sobre los problemas agrícolas de España.
   Quizá el más importante de sus muchos textos sobre problemas sociales y económicos fuera el relativo a la por él denominada política hidráulica. Sus recomendaciones, basadas en sus estudios sobre el Aragón rural, eran igualmente aplicables a muchas otras zonas agrícolas de la península. En primer lugar, defendía la construcción de embalses y canales para aprovechar las lluvias anuales que, muy irregulares, terminaban habitualmente por perderse, fluyendo desde las montañas hasta el mar. En segundo lugar, postulaba la realización de estudios científicos del suelo que condujeran al cultivo de especies, de las que saldrían productos de mejor calidad y en mayor cantidad según las características de cada terreno. En tercer lugar, era partidario de mejorar los servicios estatales en las zonas rurales, incluyendo la construcción de escuelas elementales y el asfaltado de carreteras secundarias, la reducción de los costes de transporte por ferrocarril, la fundación de bancos rurales y el establecimiento de dispensarios, tanto para la población rural como para su ganado. Finalmente, estaba la distribución de agua, que él consideraba un bien público, no un bien privado destinado a la obtención de lucro.
   Costa no vivió lo suficiente para ver su programa siquiera parcialmente materializado, pero durante el siglo XX tres regímenes españoles muy distintos se basaron en él y avalaron las tesis del pensador: la dictadura conservadora y relativamente suave del general Primo de Rivera, que en la década de 1920 construyó varios embalses y canales en ciertas zonas de Aragón recomendadas por el propio Costa; la Segunda República, cuyo ministro de Obras Públicas, el socialista Indalecio Prieto, era un admirador de Costa y uno de los pocos españoles que había leído las obras de los socialdemócratas alemanes y del economista británico John Maynard Keynes; y la dictadura militar del general Franco, que finalizó algunos de los proyectos iniciados por la República poco antes de la Guerra Civil.
   Los objetivos prácticos de Costa también conllevaban un elemento espiritual básico: la influencia del krausismo en su pensamiento. Costa y muchos de sus colegas de la segunda mitad del siglo XIX andaban buscando algún tipo de compromiso filosófico-moral entre las acendradas tradiciones autoritarias de la monarquía española, que incluía el control absoluto de la propiedad agrícola por parte de los terratenientes, y el rechazo de los derechos de propiedad tradicionales por parte de los pensadores marxistas y anarquistas. Los krausistas (un pequeño pero prestigioso grupo de españoles, profundamente influido por el filósofo decimonónico alemán K. C. F. Krause) abogaban por el mantenimiento de los derechos de propiedad, pero también insistían en que esos derechos relativos a la tierra, los recursos naturales y el desarrollo industrial en marcha durante el siglo XIX debían contener un elemento ético, es decir, un interés claro en las necesidades económicas del conjunto de la población. El capitalismo estaba demostrando ser lo que, según el propio Karl Marx, era el sistema de producción más eficiente. Sin embargo, en ausencia de socialdemócratas, la distribución de todos los recursos y la producción inevitablemente enriquecería a la minoría rica y empobrecería a la minoría pobre.
   Cuarenta años después de la muerte de Costa, en la estela de la depresión mundial de la década de 1930, los horrores del fascismo, el comunismo y la II Guerra Mundial, conservadores honestos como Konrad Adenauer (canciller de Alemania Occidental) y los generales Charles de Gaulle y Dwight Eisenhower (presidentes elegidos democráticamente de Francia y Estados Unidos, respectivamente) apoyaron el desarrollo del Estado de bienestar que otorgó a los países de Europa, Norteamérica y la "cuenca del Pacífico" las mejores oportunidades vitales que los seres humanos corrientes hayan conocido en la historia. Aproximadamente desde la década de 1980, fuerzas conservadoras de todos esos países han conseguido reducir el calado del Estado de bienestar. Lo que hoy nos falta son capitalistas, financieros y líderes políticos tan comprometidos con las necesidades económicas del conjunto de la población como con su propia y acomodada condición. Creo que Joaquín Costa es uno de los españoles que más ha contribuido a ese concepto de Estado de bienestar que hoy en día se está socavando deliberadamente.

   Gabriel Jackson es historiador estadounidense. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.
Joaquín Costa