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jueves, 7 de enero de 2016

CINE Y SOCIEDAD. "Maldito Tarantino". Jorge M. Reverte

Jorge M. Reverte

   En "El País":

Maldito Tarantino

La pregunta es si nos importa la violencia o solo sobre quién se ejerce


Confieso que hace ya algunos años contribuí a la fama de Quentin Tarantino después de ver Reservoir Dogs. Al final de la película, un espectador que no había parado de hacer comentarios sobre ella a su compañero de butaca dijo en voz alta: “Qué peli más bonita, Alberto”. Más o menos, y para mi vergüenza actual, es lo que yo pensé, y le hice con una carcajada un homenaje al comentarista.
La película estaba muy bien hecha y las actuaciones de los protagonistas eran soberbias, sin excepción. Valoré la película en silencio, y pensé que se trataba de una historia excelente llena de ironía sobre la violencia y la comunicación. Me pareció que la crítica que contenía era muy positiva. Y ya me hice fan del director americano.
Ahora se anuncia con gran difusión que los próximos meses se va a estrenar una nueva historia de este cineasta. Y tengo que decir que no me provoca la menor sensación de placer. Su estética de sangre y violencia ha dejado de hacerme la menor gracia.
Y solo faltaba que hubiera pasado lo de París para reafirmarme en mi nueva condición de militante (porque lo soy) anti-Tarantino. Tan nueva que ni mi mujer lo sabía. Hace no mucho recordé una película suya, Malditos bastardos, en la que sucedía un ametrallamiento de nazis en París, que era igual que el que habían realizado unos yihadistas en la discoteca Bataclan. Y me imaginé a cientos de musulmanes jóvenes, divertidos con la visión del ametrallamiento de cientos de jóvenes como ellos, salvo que eran cristianos. La ironía ya no existía, solo una mirada cruel y falta de crítica sobre la violencia. Lo mismo valía para otra película del autor, Django desencadenado, de modo que a Tarantino me parece que ya no hay por dónde cogerle.
Porque la pregunta es si nos importa la violencia o solo sobre quién se ejerce. ¿Basta que alguien lleve un uniforme nazi para que se le pueda torturar? Yo creo que no, y quiero creer que los sistemas educativos occidentales están en contra de eso. Sería espantoso que una película española viajara a Marruecos estando a favor del asesinato de cristianos. Eso vale en todas las direcciones. Espero que Tarantino deje de recaudar tanto como hasta ahora.

jueves, 30 de agosto de 2012

PRENSA CULTURAL. "La dimensión coral de la guerra civil". VV.AA.




   En "El País":

La dimensión coral de la guerra civil

La obra de Jorge M. Reverte aúna el rigor metodológico y un profundo conocimiento de la bibliografía existente con una prosa ágil y amena

 /  /  /  / /  /  9 JUN 2012 

En el año 2001, Jorge M. Reverte publicó con Socorro Thomas Hijos de la guerra. Testimonios y recuerdos (Temas de Hoy). Era un libro peculiar, que recopilaba testimonios de hombres y mujeres nacidos en la década de los años 20, que habían vivido la guerra civil en su infancia y adolescencia, y en su juventud, la durísima posguerra. Se trataba de unos testigos muy especiales, que de manera brutal transmitían los códigos morales, la postura ante el dolor ajeno, la asunción de la idea de la muerte... La metodología para elegirlos no pretendía ser científica. Los autores buscaron contrastes y visiones diferentes. Pero la razón esencial de la selección fue que los recuerdos contaran peripecias referidas a los aspectos míticos de la guerra. Ambos consideraban que el relato de las crueldades sufridas por aquellos niños contribuiría a combatir cualquier “hermosa visión de la guerra romántica” y la tendencia a “minusvalorar el carácter salvaje de la represión en el bando franquista”.
En el caso de Reverte también había algo personal en un empeño al que ha dedicado desde entonces muchos años. Porque si él no fue un niño de la guerra, sí fue el hijo de un soldado que combatió en ella y la guerra –a veces en forma de silencio- estuvo omnipresente en su infancia. Quizá de aquellos silencios proviniera la curiosidad –madre de la ciencia-, y de ahí su empeño por saber más. El afán por salvaguardar testimonios de primera mano le impulsó a instar a su padre, Jesús Martínez Tessier, para que escribiera los recuerdos de su etapa como soldado. El resultado fue Soldado de poca fortuna (Aguilar, 2001; reedición en RBA, 2012), un hermoso libro de memorias editado por los hermanos Jorge y Javier Reverte.
Hijos de la guerra y Soldado de poca fortuna fueron el preludio de cuatro libros que hoy son fundamentales para conocer la guerra civil: La batalla del EbroLa batalla de Madrid y La caída de Cataluña (Crítica, 2003, 2004 y 2006), trilogía complementada con El arte de matar (RBA, 2009), un excelente ensayo sobre las estrategias militares de la contienda. Hay en ellos cierta continuidad con su trabajo anterior, porque están labrados en torno a los diarios, cuadernos de notas, memorias y testimonios orales sobre la guerra, realizados por ciudadanos del común, recopilados a lo largo de los años. La guerra adquiere así una dimensión coral que hace de estos libros piezas singulares, lo que ha contribuido a convertirlos en éxitos editoriales. Pero, además, Reverte empleó las herramientas habituales en el trabajo del historiador: el rigor metodológico, un profundo conocimiento de la bibliografía existente, el manejo preciso de las fuentes documentales directas, la lectura crítica de las distintas interpretaciones sobre la guerra… Sin renunciar por ello a una prosa ágil y amena, al buen hacer acumulado durante años de experiencia como escritor, una virtud de la que muchos de nosotros podríamos aprender. Periodista de formación, novelista de vocación, Jorge M. Reverte también es hoy uno de los historiadores que más saben sobre la guerra civil. Y no se limita a la guerra su obra histórica. En los últimos años ha publicado dos minuciosos estudios: uno sobre la huelga minera de Asturias de 1962 (La furia y el silencio, Espasa, 2008) y otro sobre la división azul (RBA, 2011), en los que también da cabida a numerosas voces de ciudadanos envueltos en la vorágine de la historia.
Cualquier comunidad de historiadores debería celebrar la incorporación al debate historiográfico de un activo como Jorge M. Reverte. Y probablemente son mayoría los colegas que así piensan. Pero la libertad, basada en la investigación y la reflexión, con la que Reverte ha cuestionado algunas interpretaciones historiográficas sobre la guerra civil también ha levantado ampollas en algunos. En los últimos meses su trabajo ha sido cuestionado, no solo con argumentaciones críticas —algo razonable y deseable— sino también con descalificaciones que trascienden al debate historiográfico hasta llegar a cuestionar su “crédito personal”, a tildarle de frívolo o a resaltar su condición de intruso en una comunidad de profesionales de carrera.

En los últimos meses su trabajo ha sido cuestionado, no solo con argumentaciones críticas sino también con descalificaciones que trascienden al debate historiográfico
Entre las censuras recientes hay una llamativa: cómo alguien de izquierdas, como Reverte, puede airear y criticar la represión ejercida en la España republicana durante la guerra civil. Lamentablemente, esta es una opinión extendida hoy en determinados ambientes historiográficos: que ser de izquierdas exige la defensa de una visión monolítica del pasado que encubra o disculpe cualquier violación de derechos humanos que la izquierda haya cometido a lo largo del tiempo, so pena de convertirse en un traidor a la causa. Por la misma lógica, quien disienta —aun cuando sea sobre un trabajo basado en la investigación y la reflexión— de una versión idealizada del papel de las izquierdas en el pasado, ha de ser, como poco, un revisionista, o incluso un franquista emboscado. Ambos planteamientos, al condenar la libertad de investigación y el pensamiento crítico atentan contra el trabajo del historiador, al que Jorge M. Reverte se ha dedicado con pasión y solvencia durante los últimos años.
José Álvarez Junco, Mercedes Cabrera, Santos Juliá, Pablo Martín Aceña, Miguel Martorell, Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey Reguillo son historiadores.

miércoles, 18 de abril de 2012

PRENSA. "Mieres y Múnich, hace 50 años", por Jorge M. Reverte

Jorge Martínez Reverte

   En "El País":
Mieres y Múnich, hace 50 años
   En el año 1962 las huelgas de los mineros asturianos y la reunión de vencedores y vencidos significaron el fin de las consignas de la guerra civil para casi todos los españoles, excepto para los franquistas.

Jorge M. Reverte 17 ABR 2012
 
   En 1962, hace 50 años, en España pasaron muchas cosas. Tantas, que cambiaron de forma sustancial las relaciones internas en un país que vivía ya más de dos décadas de opresión por la dictadura franquista.
   España era entonces un país miserable en lo material, azotado por las secuelas de la guerra, y por los efectos de un Plan de Estabilización que pretendía abrir, por primera vez desde 1939, las fronteras a la economía mundial. En el occidente de Europa, en un proceso que todavía estaba lleno de contradicciones, se estaba construyendo el mejor de los sueños, el de una economía potente que crecía a un ritmo con pocos precedentes, dentro de unas normas democráticas que permitían a los ciudadanos expresarse en libertad tanto en la calle como en las urnas, y curar las heridas que había dejado abiertas el gran conflicto mundial de 1939 a 1945.
   España era, además, un país miserable en lo político. El abominable dictador que gobernaba a su antojo estaba apoyado en una extensa base social adoctrinada por la Iglesia más regresiva; aterrada por un ejército de pacotilla que sólo servía para recordar pasadas glorias y reprimir las ansias de libertad de los vencidos y de muchos de los que habían sido vencedores; y encuadrada obligatoriamente por una nutrida multitud de hombres del Movimiento, que se quedaban con los puestecillos de medio sueldo y los pequeños cargos en sindicatos y la administración del Estado a cambio de ejercer el matonismo ideológico en cada pueblo. Con ellos, una clase empresarial acostumbrada al dinero fácil, a los obreros humillados y el favor del Estado.
   En aquel ambiente de colores grises y discursos tabernarios, se produjeron dos acontecimientos que hicieron que las cosas comenzaran a cambiar: las huelgas asturianas de la primavera, y la reunión de Múnich, donde por primera vez se sentaron a una misma mesa representantes de los vencedores y los vencidos de la guerra civil para buscar, juntos, una salida política al sofocante régimen franquista.
   La primavera asturiana fue un hecho insólito. Millares de mineros fueron a una huelga general que no había convocado nadie ni fue, en principio, encabezada por nadie. Un acto colectivo de enorme trascendencia política que trajo de cabeza al régimen, porque no sabía cómo combatirlo. Los mineros asturianos no actuaban empleando la violencia, ni apenas podían celebrar asambleas. Todas sus acciones se fueron desarrollando en silencio, con gestos de hombres que no se ponían el mono o mujeres que arrojaban maíz al paso de los esquiroles para llamarles gallinas. La policía no sabía a quién detener, porque los heroicos militantes comunistas que, de cuando en cuando, se atrevían a desafiarles, estaban en la cárcel o no eran los promotores; ni los socialistas de la UGT, a los que su dirección en Francia había prohibido participar en conflictos que les pudieran llevar a la cárcel; ni los anarquistas, casi desaparecidos.
   Los que conducían aquella huelga eran jóvenes que no habían luchado en la guerra, por mucho que hubieran padecido sus secuelas. Y no tenían nombres que estuvieran en los ficheros policiales. Eran obreros comunes, muchos de ellos concienciados, a pesar de la Iglesia franquista, en movimientos como las Hermandades Obreras de Acción Católica o las Juventudes Obreras Católicas. Se llamaban Severino, Piti, Lourdes o Aida. Y nadie sabía nada de ellos. Algunos se convirtieron después en líderes sindicales, y fundaron nuevas asociaciones como la Unión Sindical Obrera, o participaron en la creación y el desarrollo de un movimiento que se llamó Comisiones Obreras.
   Aquel movimiento huelguístico que acabó contagiando a casi toda España, desde la siderurgia vasca hasta los latifundios andaluces, pasando por la industria catalana y madrileña; un movimiento que animó a los estudiantes de las grandes ciudades a levantarse con coraje contra la dictadura; que movilizó a los intelectuales para atreverse a firmar cartas públicas contra Franco, encabezados por gente como Menéndez Pidal. Aquel movimiento significó el desguace de la organización sindical única, y anunció el nuevo sindicalismo de clase que fue clave para el final del franquismo por su capacidad de movilización y su radical exigencia de libertad; mejor dicho, de libertades, como la de asociación y la de expresión.
   Las huelgas de Asturias tuvieron un eco enorme en el exterior, y su represión provocó la animosidad de toda Europa contra el régimen franquista, que intentaba mostrar por entonces su cara más amable para llamar a las puertas de la incipiente unión económica. Los obreros asturianos significaban el final de la guerra civil y luchaban contra un sistema que seguía en ella, como se demostró por la represión feroz que desarrolló en aquellos momentos.
   La reunión de Múnich tuvo un carácter no menos decisivo. La nómina de los que acudieron a la ciudad bávara para restañar las heridas que las diferencias políticas habían provocado durante la guerra entre unos y otros, suena ahora como si fuera un listado de gentes de otro planeta. A muy pocos jóvenes les dicen nada hoy los nombres de Salvador de Madariaga, Rodolfo Llopis, José María Gil Robles, Joaquín Satrústegui o Dionisio Ridruejo.
   Son hombres que dejaron de importar para la política española hace ya mucho tiempo, que ni siquiera tuvieron un papel decisivo en la transición política comenzada en 1976. Pero que abrieron caminos tan importantes como el de la reconciliación. No fue un camino sin tropiezos. Ahora pueden resultar incluso hilarantes las disculpas de Gil Robles para que nadie pensara que había hablado con algún comunista o que, ¡parece increíble!, alguno llegara a pensar que le había estrechado la mano al líder socialista Rodolfo Llopis.
   La simple firma común de un documento en el que se pedía que España confluyera con Europa en la aceptación de las libertades políticas y sindicales, de que se pudiera elegir a los representantes políticos en las urnas, esa simple firma les condujo a unos al confinamiento lejos de sus domicilios y a otros al exilio.
   No hubo después de Múnich un camino común para los firmantes de esos documentos. Lo que sí se produjo fue la ruptura con el discurso del odio. Democristianos, liberales, socialistas, republicanos y, desde fuera, comunistas, pudieron, a partir de entonces, hablar entre ellos sin que la amenaza física hiciera acto de presencia.
   El año 1962 significó el fin de las consignas de la guerra civil para casi todos los españoles, excepto para los franquistas y, de forma pasiva, para quienes sufrieron todavía durante muchos años, su represión. Fue la antesala de la transición de 1976, aunque esta ya tuvo nuevos protagonistas.
   ¿Sirve de algo recordarlo? No estoy seguro. Sí, para sacar una lección histórica importante: aquellos acontecimientos decisivos, aquellos momentos repletos de épica democrática anticiparon un tiempo nuevo, uno de esos momentos de los que se dice que “ya nada volverá a ser lo mismo”.
   Hoy, muchos se preguntan si el movimiento sindical es algo caduco, al tiempo que vemos cómo los grandes poderes monopólicos dictan sus leyes implacables con una fuerza que ni siquiera Lenin se atrevió a pronosticar.
   Hoy también, muchos se preguntan si la democracia, tal como la entendemos, es útil para gobernar a los pueblos de Europa, que ven cómo su soberanía se menoscaba desde las mismas instituciones que han elegido los ciudadanos. Hay que tomar decisiones inmediatas y no da tiempo a consultarlas, casi ni a discutirlas, y además no estaban en ningún programa político.
   Hoy discutimos si nos sirven los sindicatos que nacieron del impulso de Mieres, y si están desfasados los manifiestos democráticos redactados por políticos e intelectuales en Múnich hace 50 años.
   Pero lo que latía en aquellos movimientos, lo que impulsaba a aquellas gentes es lo que España, y Europa, necesitan que reaparezca. Y que lo haga en cualquier parte. Porque, como diría un castizo, “oye, es que, si no, nos comen”.
 
   Jorge M. Reverte es periodista y escritor.

lunes, 30 de mayo de 2011

PRENSA. "De holocaustos y matanzas", por Jorge M. Reverte. (Sobre el libro "El holocausto español", del historiador Paul Preston).

Jorge Martínez Reverte

   En "El País":
De holocaustos y matanzas

   El nuevo libro del hispanista británico Paul Preston es un extenso catálogo de historias de horror, una hiperbólica y desequilibrada narración de lo que sucedió en ambos bandos durante la Guerra Civil.

JORGE M. REVERTE 11/05/2011

   Mario Onaindía, que sabía mezclar con eficacia el humor y la inteligencia, decía que a él lo que le hubiera gustado ser de verdad era hispanista inglés. Se refería, claro, a la posibilidad de observar los aconteceres de España, cuya historia le fascinaba, desde un punto de vista distante y sabio.
   Por desgracia, podemos ver ahora que lo de ser anglosajón y analizar con distancia los episodios españoles no tiene por qué ir necesariamente unido.
   No deseo herir la sensibilidad de Ian Gibson llamándole inglés, pero su posición fue por un tiempo la del hispanista, y años después la abandonó para lanzarse al ruedo de la bronca. Eso sí, hay que reconocer que se hizo español para alejarse de la obligada sobriedad que se exigía a su especie.
   Ahora le ha correspondido a Paul Preston el turno de tocarnos las fibras sensibles. Preston ha decidido, al parecer, hacerse español y nos ha regalado un extenso catálogo de historias de horror que se agrupan bajo el sonoro título de El holocausto español.
   La noticia del libro tiene un carácter mayor, tanto por la importancia del bagaje de Preston como por la recepción de que ha sido objeto. Se han llegado a decir sobre este libro cosas como que solo un extranjero podía escribir esto. Y se ha rendido pleitesía intelectual a su hiperbólica y desequilibrada narración de lo que sucedió durante la Guerra Civil de 1936. Lo de la hipérbole no viene porque se exageren los espantos vividos, sino por el nombre que le ha buscado, y lo de desequilibrada por la clasificación de los autores de esos espantos según estuvieran en un bando o en otro.
   El uso de la palabra holocausto marca ya el libro desde su inicio, porque desde que los nazis procedieran al asesinato sistemático y ordenado de millones de judíos entre 1942 y 1945, conviene utilizar con cuidado el vocablo. Simplemente para entendernos mejor unos a otros. A mí se me antoja excesivo, aunque a la Real Academia Española (RAE) le baste para describir una gran matanza.
   En España no hubo una acción sistemática de eliminación de un grupo social. Quizá con dos excepciones: los religiosos, que sufrieron en algunas zonas republicanas algo muy parecido al genocidio; y los masones, que padecieron lo mismo en la zona rebelde. De los primeros, murieron casi todos los que había en Lérida, por ejemplo; de los segundos, lo mismo entre los capturados por Franco. Los porcentajes de muertos en ambos grupos superan con mucho los registrados en las unidades de choque.
   La espeluznante relación que ha hilado el autor con importantes ayudas locales tiene una intencionalidad evidente, que no oculta: la violencia cainita que se desarrolló desde el 17 de julio de 1936 y prolongó Franco hasta mucho después, no fue de la misma naturaleza en el lado rebelde que en el lado de quienes defendieron a la República.
   De una forma muy sumaria se deduce de la lectura que los rebeldes emprendieron una tarea exterminadora como parte de un plan esencial a la naturaleza de su política, mientras que la violencia en el lado republicano fue, con excepciones que es preciso analizar, de reacción ante bombardeos, fusilamientos y otras salvajadas.
   Es decir, hubo una violencia fría y programada frente a otra caliente e improvisada. Esto lo han dicho también otros historiadores, y Paul Preston lo asume.
   Las herramientas para demostrarlo son variadas. La primera, la de la justificación de las violencias en el lado republicano. A las matanzas del puerto de Bilbao les preceden los bombardeos de Portugalete; al asalto a la cárcel Modelo de Madrid, le precede la carnicería de Badajoz; a la de Guadalajara, otro bombardeo. No sabemos, sin embargo, en realidad, qué es lo que precede a las matanzas sistemáticas en Castilla-La Mancha (salvo el odio a los terratenientes), o a la liquidación sistemática de pequeños comerciantes en Cataluña, por poner dos ejemplos. ¿Cabría la posibilidad de que, como ha descrito Fernando del Rey, los campesinos manchegos tuvieran claro a quiénes liquidarían en caso de conflicto, o la de que la acción de los anarquistas catalanes y los poumistas de Nin fuera tan programática como la de los rebeldes? En las proclamas de Largo Caballero también se pueden encontrar llamadas al exterminio de la clase enemiga.
   Preston se extiende sobre las matanzas de Paracuellos, porque quizá sea el asunto que más ha desarbolado la teoría de la no planificación en el lado republicano, o sea, de la inocencia de los leales. Parece difícil demostrar que Azaña, Largo Caballero o el general Miaja y su ayudante Vicente Rojo estuvieran enterados del asunto. Pero en cambio es seguro que estuvieron al tanto los principales dirigentes anarquistas, como el ministro de Justicia, García Oliver, y todo el aparato del Partido Comunista de España. La literatura de la época señala incluso a Margarita Nelken, aún entonces en las filas socialistas, a la que Preston se esfuerza en desligar de toda complicidad. No fue un crimen del Gobierno, pero sí de una parte del aparato que estaba en él o lo sustentaba.
   Es decir, que el asunto es complejo. Como lo es el del análisis de lo sucedido con los franquistas. Cada vez parece más difícil demostrar que la matanza que pretendían, bien expresada en las directivas de Mola (que se cumplieron), tuviera que desembocar en un exterminio, en un holocausto. Fue una tremenda escabechina que se prolongó hasta 1943 con un saldo de no menos de 150.000 muertos, que no es preciso multiplicar para que nos ponga los pelos de punta. Pero una matanza que, como bien ha demostrado otro inglés llamado Julius Ruiz, no tenía fines comparables a los hitlerianos. Preston insiste, para demostrar que tenía esos fines, en la más que excesiva teoría de la guerra larga, heredada de Dionisio Ridruejo e Hilari Raguer, según la cual Franco prolongó a propósito la guerra para matar con más comodidad. Una teoría que yo creo que ya está desacreditada por abundante documentación.
   En el conteo de Badajoz, se incurre a mi juicio en un riesgo de sobrevaloración al hablar de más de 8.000 asesinados, siguiendo a Espinosa. ¿Es que nos parecen pocos 4.000 o 6.000? Es la misma técnica aplicada por César Vidal en Paracuellos, ya desenmascarada entre otros por Javier Cervera. (No puedo evitar sumar un dato a esta historia: Vidal incluye como víctima de Paracuellos a mi tío Manolo, con el que traté muchos años, y yo juro que respiraba).
   El libro de Preston no es, por desgracia, una actualización rigurosa de lo sucedido durante la guerra, ni en los números ni en las razones. Y cojea en ocasiones de forma escandalosa, como cuando explica que en Cataluña y el País Vasco la represión se volcó sobre todo contra los nacionalistas, lo que contrasta con los datos que explican que en esas dos regiones el régimen de Franco mató proporcionalmente menos que en casi cualquier otra parte de España.
   El trabajo de Preston contribuye a encender los ánimos de quienes consideran que las cosas de la guerra no se han liquidado bien, pero aporta irónicamente alguna perspectiva consoladora para creyentes en la justicia divina: en el epílogo se puede comprobar con satisfacción cómo los verdugos sufrieron su castigo. Unos murieron atacados por el cáncer; otros, se volvieron locos y mataron a sus propios hijos; otros, se arrepintieron de forma pública. ¿Castigo de Dios? Preston no cree que fuera cosa del altísimo, pero nos muestra que castigo sí tuvieron.
   Lo que Preston no demuestra es que hubiera un holocausto; ni siquiera que hubiera una intención programática de exterminar. Franco, Mola (y tantos otros) fueron seres despiadados y asesinos, pero no anunciaron a Hitler, por mucho que sus intenciones fueran claramente homicidas.
   Y de "los nuestros", qué decir. Hubo de todo. Aunque tuvieran razón en defender el régimen legítimo.

    Jorge M. Reverte es periodista y escritor.

domingo, 13 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "La División Azul. Rusia, 1941-1944", de Jorge M. Reverte. Por Julián Casanova

Jorge Martínez Reverte

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
¿Por qué fueron tan lejos?

JULIÁN CASANOVA 05/03/2011

   Jorge M. Reverte reconstruye el largo viaje de los divisionarios, entre ellos su padre. El libro, que sale la próxima semana, sobre gente común en tiempos de odios

   Cuando en junio de 1941 comenzó la 'Operación Barbarroja' y las Fuerzas Armadas de la Alemania nazi invadieron la Unión Soviética, Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, propuso a su cuñado, el general Francisco Franco, formar una unidad de voluntarios para luchar junto a los alemanes "contra el enemigo común": los bolcheviques, los masones y los judíos. Se la llamó 'División Azul', un nombre propuesto por el falangista José Luis Arrese, pero en realidad fue la 250ª División de la Wehrmacht, formada por españoles que juraron lealtad al Führer. Hasta la disolución de sus últimos restos en marzo de 1944 pasaron por ella cerca de cuarenta y siete mil combatientes en el frente ruso norte y en el asedio a Leningrado.
   Jorge M. Reverte reconstruye ese largo viaje, del que cinco mil de ellos no volvieron, enterrados para siempre en la nación que tanto odiaban, y realiza a la vez "un viaje sentimental" siguiendo las huellas de su padre, Jesús Martínez Tessier, y de otros muchos hombres a los que conoció. Es un libro de historia, aclara desde el principio el autor, pero sobre todo de historias, de experiencias individuales narradas en fragmentos, que tratan de descubrir por qué fueron tan lejos, a miles de kilómetros, a matar gente y qué daños o recompensas recibieron por ello.
   Aparecen así los actores de ese drama y las tramas que se movían detrás de ellos. Un tercio de los dieciocho mil que salieron en el primer reemplazo, en julio de 1941, eran estudiantes universitarios, del SEU, falangistas que querían "pagar dos deudas de sangre", vengarse de los comunistas que lucharon en la guerra civil española y devolver a los alemanes su generosa y decisiva contribución a la victoria de Franco. Hubo desde el principio muchos militares en busca de aventura, gloria y ascensos. Soldados que acudían para expiar el pecado de haber combatido en el lado equivocado durante la guerra entre españoles. Y se incorporaron después nuevos voluntarios, obreros, jornaleros y campesinos sin recursos, motivados por una buena paga, en tiempos de hambre, represión y miseria, y por el subsidio que recibirían sus familias.
   Pero más allá de generalidades, estadísticas o hechos relevantes sobre la 'División Azul', ya contados, y bien, por investigaciones académicas, a Jorge M. Reverte le interesa la historia de personas de carne y hueso, de gente ilustre muy bien situada ya entonces en el armazón político de los vencedores, como los falangistas Dionisio Ridruejo y Agustín Aznar o el catedrático de Derecho Fernando Castiella, y voluntarios menos conocidos, Enrique Sánchez Fraile y Benigno Cabo entre ellos, que le han prestado sus recuerdos y memorias escritas. Transita también por esas casi seiscientas páginas la flor y la nata del fascismo, del militarismo y de la ultraderecha de aquel periodo, con larga vida en la dictadura e incluso en los primeros años de la transición a la democracia, nombres como Agustín Muñoz Grandes, Tomás García Rebull, Jaime Milans del Bosch o Mariano Sánchez Covisa.
   Reverte demuestra una vez más, como lo hizo ya antes en sus libros sobre las principales batallas de la guerra civil, una notable capacidad para localizar y transmitir información de documentos relevantes, de fuentes primarias y secundarias, escritas, orales o visuales. Y elige, con su habilidad característica, diferentes planos narrativos para comunicarle al lector sus indagaciones sobre el viaje de los divisionarios, sobre los personajes de la literatura, el arte o la música que habían nacido y habitado en los lugares por donde pasaban y sobre el exterminio de los judíos que vieron y nunca recordaron. Fueron a borrar del mapa a la Rusia bolchevique, pero en sus memorias nada dicen de los millones de muertos que el nazismo estaba provocando en Europa. Son fragmentos de historias de gente común en tiempos de odios. Semblanzas de matones que se creían héroes y cruzados cristianos.

La División Azul. Rusia, 1941-1944
Jorge M. Reverte
RBA. Barcelona, 2011
587 páginas. 35 euros

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Últimas noticias sobre la División Azul", por Jorge Martínez Reverte

Despedida de voluntarios de la División Azul en la estación del Norte de Madrid en 1941.- Martín Santos Yubero / Archivo Regional de la Comunidad de Madrid ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
ÚLTIMAS NOTICIAS SOBRE LA DIVISIÓN AZUL
¿Qué buscaban cerca de 50.000 españoles en el frente ruso?

JORGE MARTÍNEZ REVERTE 05/03/2011

   Cerca de 50.000 españoles lucharon con los alemanes en el frente ruso. Cinco mil perdieron la vida. La División Azul. Rusia, 1941-1944 (RBA) ofrece otra mirada sobre esa tragedia. Es un libro de historia y de historias, de experiencias individuales. Su autor cuenta en este texto exclusivo para 'Babelia' aquella trágica guerra


   Todos los años, desde hace muchas décadas, un grupo cada vez menos numeroso de ancianos canta en el cementerio madrileño de la Almudena canciones de origen alemán como Yo tenía un camarada. Además, los nonagenarios entonan el himno falangista, el Cara al sol, acompañados por unos pocos jóvenes de gesto desafiante y estética nazi.
   Conmemoran una derrota y una matanza. La derrota en la batalla de Krasni-Bor, a las afueras de Leningrado, el 10 de febrero de 1943, cuando más de mil doscientos soldados españoles que vestían el uniforme alemán murieron y otros tantos quedaron seriamente heridos en menos de veinticuatro horas en una ofensiva del ejército soviético.
   ¿Qué hacían allí esos hombres? Si se lee la prensa de la época, la que acompañaba su marcha, estaban luchando contra el judaísmo, el bolchevismo y la masonería. En ese empeño se dejaron el pellejo, entre 1941 y 1944, unos cinco mil jóvenes de los casi cincuenta mil que se presentaron voluntarios para ir a Rusia a luchar como soldados alemanes. Unos soldados que juraron lealtad al Führer, a Adolf Hitler.
   La historia de esa unidad es la de un viaje, que empieza el 22 de junio de 1941 en torno a una mesa del hotel Ritz de Madrid, el más lujoso de una capital que se muere de hambre y de tifus. Allí, tres importantes jerarcas del régimen franquista deciden que, cuando Hitler desate su previsible ofensiva contra la Unión Soviética, España tendrá que estar presente en la guerra para tener una parte en el botín. Son Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, Dionisio Ridruejo y Manuel Mora Figueroa, dos altos cargos falangistas. El botín será cuantioso: Gibraltar, el Marruecos francés y el Oranesado. Un imperio.
   Cuando se cumple su deseo de que la guerra empiece, Serrano Suñer lanza una consigna desde el balcón de la Secretaría General del Movimiento en la calle Alcalá: "Rusia es culpable". Y con ese eslogan en los labios, miles de falangistas madrileños apedrean primero la embajada inglesa y se apuntan después a la guerra, que sueñan que podrán hacer subidos a las torretas de poderosos tanques alemanes. Hay que darse prisa, no sea que lleguen a Moscú sin ellos.
   A esos falangistas de primera hora les van a mandar oficiales también voluntarios del ejército victorioso en la guerra civil. Unos oficiales a los que los falangistas no quieren obedecer pero a los que van a tener que soportar, porque sin ellos estaría garantizado el desastre. Poco a poco, a lo largo de los tres años que dure la aventura, los falangistas revolucionarios, pro-nazis, de Madrid, irán escaseando, mientras los oficiales nacional-católicos aumentarán su presencia en la división de voluntarios. En todo caso, ambos grupos coinciden en odiar al judaísmo y el bolchevismo. Y eso se va a notar.
   El general Agustín Muñoz Grandes, que es tan falangista como militar, es el hombre al que se escoge para mandarlos. Franco descarta a un importante falangista, José Antonio Girón de Velasco, un antiguo pistolero de la vieja guardia. No es sensato que alguien sin conocimientos serios de la técnica de la guerra mande a los dieciocho mil hombres que van a Rusia en la primera hornada.
   El viaje continúa por el campo de entrenamiento de Grafenwöhr, al norte de Múnich, donde los voluntarios aprenden a usar las armas alemanas y juran solemnemente fidelidad a Hitler, hasta la muerte.
   Y después, camino de Moscú, atraviesan Lituania y se internan en Bielorrusia. No van sobre tanques, sino andando, tirando de viejos caballos a los que se comen cuando mueren de agotamiento o por algún accidente. Por ese camino hacia Moscú, se cruzan con enormes columnas de prisioneros soviéticos conducidos por soldados alemanes, que de cuando en cuando pegan un tiro en la cabeza a los que caen exhaustos. Y ven a grupos de judíos a los que está prohibido dar comida o ayudar, porque son seres inferiores. Los voluntarios españoles intuyen que el destino de esos judíos es trágico. Algunos desobedecen las órdenes y les dan de comer. A algunos les provoca lástima su miseria; a otros, les parece que es lo que se merecen.
   Y algunos se hacen preguntas, como cuando ven, al llegar a Vítebsk, un cuerpo que pende de una soga, el de un hombre vestido de paisano. A pesar de que el último gesto de agonía se le ha quedado grabado en el rostro, se puede ver bien que se trata de un joven. El cartel que le han prendido en el pecho está escrito en alemán y en ruso y en él se explica que se trata de Vladímir Baldseski, que era judío y tenía veinticuatro años. También está narrado de forma sucinta el crimen por el que fue sentenciado a la horca: apuñaló a un soldado alemán.
   La información tiene un carácter desigual. La gravedad del delito pretende explicar la severidad del castigo. ¿Pero añade algo la condición de judío del ejecutado? Los soldados voluntarios españoles van aprendiendo que sí. Según transcurre el tiempo que gastan en acercarse al momento triunfal de la entrada en Moscú, los ejemplos se van acumulando. La cuestión de los judíos es muy relevante para los alemanes a los que han venido a ayudar.
   Baldseski no es un caso único. Los expedicionarios españoles que han llegado a Vítebsk después de una nueva jornada de ocho horas de marcha a pie que comenzó a las 6,45 horas de la mañana, han visto, y van a ver muchos más, otros cuerpos desmadejados que los verdugos dejan durante tres días a la intemperie para que su visión sirva de escarmiento a quienes puedan sentir la tentación de unirse a las fuerzas partisanas que, según la propaganda nazi, se reúnen en los bosques para hostigar a las tropas del Heer, el ejército de Tierra alemán.
   En esta ocasión, como en casi todas, se ha escogido la plaza de la ciudad, para que la exhibición tenga mayor eficacia propagandística. Baldseski, lo que queda de él, se balancea con los miembros extendidos en reposo, y una postura del cuello casi inverosímil, con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante. La boca y los ojos están abiertos, y sus pantalones manchados, porque la muerte afloja los esfínteres.
   Los expedicionarios han visto durante la jornada de marcha los restos de una gran batalla. Muchos esqueletos de carros de combate, rodeados de trincheras individuales destinadas a proteger a quienes eran los encargados de abastecerlos. Chatarra bélica por todas partes. Y los bosques mutilados por la metralla.
   La ciudad les ha recibido mostrando las huellas de una devastación hasta ahora desconocida para sus ojos, que ya estaban entrenados en el oficio de ver ruinas por su experiencia de la guerra de España. Puede ser que los edificios destruidos lleguen al 95%. En la estación de ferrocarril hay varios trenes también destruidos. Todo en Vítebsk son amasijos de hierro y escombro. Por las calles, deambulan personajes fantasmales que se dirigen a algún destino seguramente tan incierto como el punto de partida. Es la estampa humana que se repite desde que han llegado a Rusia. Hombres con gorrillas de corta visera y mujeres con un pañuelo a la cabeza. Colores desvaídos de la ropa, movimientos trabajosos, ojos humillados.
   Los judíos, algunos de ellos, salen de su encierro en guetos para trabajar en brigadas forzosas, y a cambio reciben una ración de 300 gramos de pan. Los demás no reciben nada, no comen.
   De cuando en cuando, algunos de los que se hacinan entre los escombros del recinto, un barrio de las afueras muy cerca de la estación de ferrocarril, intentan escaparse. Por la ciudad se escuchan disparos cada poco, que ya no sobresaltan a nadie. Fuera del gueto, los soldados alemanes pueden matar a todos los judíos que les venga en gana. Cada soldado alemán puede hacerlo.
   No hablan apenas de ellos los voluntarios españoles que van a desfilar por las calles de Moscú y cantan para animar su larga y penosa marcha una cancioncilla de letra intencionadamente jocosa:
   "Voluntario alegre, que a Rusia te vas, con rancho de hierro para caminar...".
   Pero algunos, pese a todo, se preguntan ¿en qué se han metido?
   En una guerra criminal. En eso se han metido.
   Los falangistas y los militares que se han apuntado, los que desean con todas sus fuerzas entrar en fuego de una vez, lo están haciendo en una guerra criminal.
   ¿Es más noble su propósito que el de los soldados alemanes?
   ¿Qué les distingue de ellos?
   Los hombres que van a entrar en combate han jurado en el mes de julio fidelidad al Führer. Y forman parte de una división alemana, perteneciente a la Wehrmacht, la número 250.
   Cuando han salido de España han recibido, por boca de Ramón Serrano Suñer, la consigna de acabar con el bolchevismo y barrer a Rusia del mapa. Los periódicos que han leído han explicado en titulares qué significa eso: acabar con el enemigo judeobolchevique.
   La mentalidad de esos hombres está moldeada en torno a prejuicios muy parecidos a los que han trabajado los nazis en los soldados alemanes: el judío es el bolchevique, y hay que liquidarlo.
   Los hombres que han pasado por Bielorrusia y por Lituania y Rusia han visto desfilar a los prisioneros que no reciben alimentos, han visto desfilar a los judíos camino del matadero. Han intuido cuál era el destino de esas comitivas, pero no han querido preguntarse más por ello.
   Y han participado en algunas ocasiones en ahorcamientos o fusilamientos de presuntos partisanos. En esa "lucha contra los partisanos pero sin partisanos" que provoca una desproporcionada cifra de muertos entre los dos bandos: mueren cien partisanos por cada soldado alemán. En Bielorrusia, los responsables del grupo de ejércitos del Centro los contarán con precisión: los alemanes sufrirán mil noventa y cuatro bajas frente a ochenta mil presuntos partisanos liquidados, entre junio de 1941 y mayo de 1942.
   Las crónicas de los divisionarios que escriben esporádicas narraciones para cuando vuelvan a España, las de los que toman apuntes para futuras memorias personales, identifican a los partisanos con judíos.
   La Wehrmacht -de la que forma parte la división 250- tiene una instrucción que está emitida el 13 de mayo, por la que puede proceder a ejecuciones masivas en la retaguardia, no sólo de partisanos según la definición de los acuerdos de La Haya, sino también de "elementos sospechosos" y "hostigadores", tales como los que reparten octavillas o desobedecen órdenes militares.
   Los españoles forman parte de la Wehrmacht, y tienen que ser fieles a su juramento y a las órdenes que establecen la fórmula de colaboración entre las SS y el ejército en la Unión Soviética. Son matanzas de las que no tienen nada que ver con las cámaras de gas. Se hacen a la vista de todo el mundo, para que sirvan de escarmiento y como parte del plan de limpieza. En Vilna, los médicos, las enfermeras y los heridos que están en el hospital español, verán matanzas de cientos de judíos. Y no hablarán de ello.
   ¿Podían haberse negado a seguir? ¿Se podrán negar en adelante?
   Hay un precedente como el de los italianos, que se niegan a obedecer las perentorias órdenes alemanas para que les entreguen judíos o para que los asesinen ellos mismos. Hay críticas de los oficiales del ejército alemán hacia "el escaso antisemitismo de los italianos". Y se han producido incidentes graves en varias ocasiones.
   Pero hay una importante diferencia de base: los italianos luchan en el Este como un aliado de Alemania. Sus divisiones han jurado lealtad a algo tan repulsivo como el fascismo, pero no al Führer, que exige la eliminación de los eslavos o de los judíos y gitanos.
   Los españoles venían preparados para ello. Venían a Rusia para acabar con el judeobolchevismo. Su 'Hoja de Campaña', que se edita en Riga, se lo va a recordar todas las semanas: judíos y bolcheviques son los enemigos.
   De la masonería es más difícil encontrar rastros en las estepas rusas.
   Los divisionarios se encuentran en una guerra de gran ferocidad. Luchan casi siempre con gran valor contra un enemigo que defiende el territorio de su patria. Lo hacen en condiciones extremas. A cuarenta grados bajo cero. A las orillas del lago Ilmen.
   Pero lo más importante de su acción llega en el otoño de 1942. Los voluntarios participan directamente en el asedio de Leningrado, la antigua San Petersburgo. Cercan la ciudad y tienen un papel protagonista en la muerte por hambre, por frío, o por la metralla de los cañones, de más de un millón y cuarto de personas, de civiles, de ancianos, jóvenes o niños, de hombres o de mujeres.
   Por lo que eso significa casi ninguno se pregunta.
   Sólo se preguntan por sus caídos. Por los miles de camaradas que se quedan para siempre bajo la tierra de Rusia. Los que mueren, por ejemplo, en Krasni-Bor.
   La actitud piadosa de muchos divisionarios españoles crea conflictos con el ejército alemán. Pero no hay protestas de los oficiales ni de los jefes. Ni de Muñoz Grandes, ni de su sucesor, el general Emilio Esteban-Infantes, surge ninguna oposición a los actos que pueden observar y que van de manera flagrante contra la 'Convención de La Haya'.
   Cuando la guerra acabe, y se celebre el proceso de Nüremberg para esclarecer y castigar los crímenes de guerra cometidos por los responsables alemanes, se abrirá un proceso contra el OKW, el centro de mando del ejército alemán. De los catorce encausados, tres habrán sido jefes directos de los españoles de la división 250: el mariscal Wilhelm von Leeb, jefe del grupo de ejércitos del norte; el general Georg von Kügler, jefe del 18 ejército, y el general Karl von Roques. Un buen plantel de hombres que serán declarados culpables de crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad. De manera más explícita, por haber elaborado y puesto en práctica órdenes criminales como la del exterminio de comisarios, por haber perpetrado crímenes contra prisioneros de guerra, por haber deportado a civiles de los países ocupados condenándoles a realizar trabajos forzosos, y por haber tomado parte en el asesinato de judíos en el frente oriental. Todos los mandos que serán condenados pertenecen a la Wehrmacht, no a las SS, sino al ejército profesional alemán, que ejecuta con aplicación las órdenes recibidas, siguiendo las instrucciones del mando supremo.
   Les guste o no, los voluntarios católicos y falangistas forman parte de una guerra. Han jurado obedecer. Detienen a supuestos partisanos, ejecutan cuando procede a sospechosos de serlo, entregan a los alemanes a los prisioneros para que les interroguen de formas más severas que las que ellos practican. Y contemplan con pasividad cómo sus camaradas alemanes disparan a los prisioneros rezagados cuando caen exhaustos en las cunetas. Callan lo que saben sobre los asesinatos de judíos. Y observan con fascinación los bombardeos de los aviones stuka sobre Leningrado y su población civil.
   Su viaje acaba en 1944, cuando los últimos, los irreductibles pronazis, son obligados a volver. Su coronel, Antonio García Navarro les había ofrecido un fin más heroico:
   "¿Sabéis lo que os pide la Legión? Os pide morir".
   Los que fueron despedidos como héroes en 1941 vuelven a España a hurtadillas, para no molestar a los aliados que van a ganar la guerra. Muchos militares ascienden. A algunos soldados les dan empleíllos, una portería o un estanco.
   Setenta años después, son muy pocos los que quedan para ir al cementerio de la Almudena a cantar Yo tenía un camarada.


   Primeras páginas de La División Azul. Rusia, 1941-1944, de Jorge Martínez Reverte